El día en que llegó a San Miguel pensó que cuando le tocara marcharse de allá no sentiría ni el más mínimo de los remordimientos. Sin embargo, al leer la nota que Iván le había dejado pegada en el frigider, sujetada por el imancito en forma de cafetera, «Prepara las cosas para el viaje, mañana vienen los de la mudanza a llevarse todo», una aguda desazón compitió con otras muchas que por aquellos días ocupaban sus pensamientos. Habían llegado a la ciudad por un año, un día en que parecía desierta, y quedaban apenas tres para que se cumplieran diez desde que lo hicieran. Era febrero, y nadie circulaba por las calles pues, luego lo sabrían, el calor había educado a sus pobladores en los placeres de la siesta prolongada y no era bueno el día en que ésta no se estiraba hasta las cinco o las seis de la tarde.
La empresa le había asegurado a Iván que en realidad aquél era un buen destino. Él sospechó que se trataba de un año en el infierno, purgando pecados ajenos que no había cometido o propios que llegaría a cometer más adelante. Cuando se encontró con Ana en su casa, situada en uno de los distritos más desahogados de la capital, de casas amplias y jardines sin límite, entre eucaliptos incaicos, olivos coloniales y papelillos republicanos, le prometió que se trataba del camino más recto hacia el ascenso seguro. Un primer año por los desiertos del norte y después de vuelta a Lima, y mejor que entonces, con posibilidades de ascenso. A la vuelta iría todo rodado y podría ofrecerle aquello que ahora tomaba de la mano de sus padres, y no un triste departamento alquilado como podía en ese momento. Además, ese año podría ser vivido como una extensa luna de miel, con fines de semana en playas de aguas cristalinas, paseos por el desierto, de oasis en oasis, y si se extrañaba demasiado a la familia, siempre quedaba el avión, y en un par de horas ya estaban allá, entre aquellos eucaliptos, olivos y papelillos, reviviendo el momento en que por fin habían tomado la decisión de casarse.
La presión del viaje aceleró sus vidas a un ritmo insospechado. El noviazgo languideciente salió fortalecido por una decisión que después coincidirían en no reconocer como propia. Cinco años de enamorados, dos de novios, y un mes después de aquella conversación salían de blanco y negro en las páginas centrales de los periódicos capitalinos, sección sociales, entre una nube de arroz, una alfombra roja y unas ganas de comerse el uno al otro que durarían menos de lo esperado.
Cuando llegaron a San Miguel la ciudad dormía una siesta monumental. No era para menos. Se trataba del mes más caluroso del año. Las noches se cubrían de una pandemia de insomnio alentada por el vuelo rasante de los zancudos, siempre prestos a rodear en maniobras imposibles los oídos de la víctima elegida. La gente alargaba de este modo las ganas de reponerse del sueño perdido hasta después del almuerzo. Los ajíes, el culantro y la cerveza hacían el resto y hasta las seis de la tarde la ciudad parecía habitada solo por sombras minúsculas y fantasmales. Acostumbrados al frenesí capitalino, a demorar una hora, dos o más hasta llegar a su trabajo o a la facultad, a no almorzar en casa, a no llegar de donde fuera hasta las ocho o las nueve de la noche, se encontraron en San Miguel sin que nadie les hubiera adiestrado en cómo vivir un día de veinticuatro horas y no de dieciséis o dieciocho, lo normal en una ciudad que roba a cada uno de sus habitantes un trocito de vida. Ninguno de los dos sabía cocinar, y menos aún, pasar las horas entre cuatro paredes. Él llegaba del trabajo desesperado porque una vez más los objetivos de ventas marcados antes de venir no serían superados. A ella la cocina se le hacía demasiado grande y la ciudad demasiado chiquita, y no sabía qué hacer todas aquellas horas en que esperaba a que Iván regresara de la oficina.
Así fueron los primeros meses. La luna de miel no duró tanto como se habían propuesto. Descubrieron que las cristalinas aguas del Pacífico dejaban traslucir no solo conchitas y algas verdosas. También había rayas enormes, cuyos arpones de ballenero fueron probados por Ana ya en la segunda ocasión. El dolor fue tan grande que tuvo que pasar cinco días en la clínica, con la sensación de haber sido mordida por una jauría de tiburones de hambre voraz y dientes desafilados.
A todo esto, además, había que añadirle los continuos viajes de trabajo a Lima de Iván. Ella, entre el desconsuelo y la soledad, se preguntaba por qué lo habían enviado a San Miguel si después continuamente reclamaban su presencia en la capital. Ana pasaba así semanas enteras con la única compañía de la señora Socorro que, siempre silenciosa, ponía cara de no entender muy bien qué pasaba entre ellos dos al recibir la noticia de que aquella semana tampoco estaría el señor en casa. Negándose a conocer la ciudad y con todas las cosas del hogar hechas puntualmente de acuerdo a las instrucciones que daba cada mañana, Ana desterró todas sus aficiones salvo la de la televisión por cable, y en un mes ya era experta en los chismes más recientes de Hollywood, en las telenovelas mexicanas y brasileñas e incluso en el póquer, cuyo campeonato mundial se afanaban en retrasmitir canales gringos dedicados única y exclusivamente al deporte. Además de eso, el sushi no tenía secretos para ella, ni las pastas frescas italianas, ni el asado argentino, ni las múltiples maneras de preparar el cebiche. Para no perderse ni una coma, algunas mañanas llevaba a la terraza los dos televisores, el del dormitorio y el de la sala, uno junto al otro, y mientras seguía los amoríos de Carmela Ágata con Andrés Alfonso Benavides tomaba nota de las exactas proporciones de una causa ferreñafana o de un sushi japonés.
Al mes la señora Socorro percibió un cambio, a peor, en el comportamiento de su jefa, mientras entre sacudida y sacudida a los muebles o rastreo sin piedad a la araña más minúscula no quitaba ojo a las evoluciones de la inacción de la señora Ana. Un arrebato melancólico que Iván, en la cresta de la ola cuando por fin los objetivos comenzaban a cumplirse de manera sostenida, no llegó a percibir, había redoblado la mudez de la señora y sus ojos caían como plantas mustias hasta el suelo. Ni ella misma se daba cuenta, pero la señora Socorro, que de vez en cuando se sentaba a compartir una limonada con ella mientras se sancochaban las papas, se tomó la libertad de hablarle de su pueblo, y de su primo, un chamán de mucho éxito que recibía visitas desde muy lejos. De seguro le podría salvar del aojamiento o del mal aquél que le quemara las entrañas.
Pronto se descartó el embarazo, -la otra opción prevista por Socorro-, el día en que Ana le dio cinco soles para que fuera a comprar de suma urgencia un paquete de toallitas higiénicas a la bodega más cercana. El jueves en que se estrenaba una nueva teleserie brasileña de la que esperaba no perder ni ripio, una llamada por el intercomunicador rompió con el estado de expectación en que la encontraba todos los días, yaciente más que tumbada, en la hamaca de la terraza con un mando a distancia en cada mano.
-Señora Ana, disculpe, -carraspeó Socorro-, es mi primo, que quiere conocerla.
-¿Ahorita tiene que ser?
Antes de que pudiera decidir si quería o no atenderlo, el primo ya estaba allá. De baja estatura y cargado de hombros, sus bigotes caían a los lados de una boca con los dientes mal repartidos como caía la alforja sobre su hombro derecho y el poncho recogido sobre el izquierdo. Sus pantalones estaban raídos y sucios, y por las ojotas de goma se asomaban los dedos de unos pies encallecidos y ñudosos, como de madera, y se adivinaba una piel gruesa y reseca que cubría un cuerpo castigado por los rigores de una vida entre cerros y lagunas de agua helada.
Esa vez la jefa no prestó demasiada atención, y con las justas permitió que el visitante pasara a la cocina. Ella y su primo pusieron cara de saber esperar y pasaron horas y horas escondidos en la lavandería, desde cuyas ventanas se apreciaba la molicie prolongada de una esposa abandonada en mitad de un desierto.
Esto ocurrió durante varias semanas, en las que, principalmente los martes y los jueves, el primo Rómulo bajaba del pueblo para conseguirse en el mercado las malas hierbas llegadas desde la selva y más allá, cuyas raíces guardaban secretos de tierras caribes y aún más remotas.
No obstante, el momento señalado tenía que llegar y el tiempo mudó su actitud hacia don Rómulo, que ya había formado, junto a los muebles, las plantas y el tronar de los pajarillos, parte del paisaje doméstico. Así que, cinco o seis semanas después de su primera visita, todo parecía haberse confabulado para que ella aceptara que Rómulo diera un paso en la casa más allá de la cocina.
Todas las telenovelas habían dado en concluir por las mismas fechas, y las futuras se anunciaban como algo todavía lejano. En aquellos días, todos los canales se dedicaban a entrevistar a los guionistas y actores que prometían amores más inquietos que nunca, descalabros de cualquier tipo y rencores sin piedad para fechas próximas. Ana no quería eso, le aburría, quería acción, sus ojos buscaban y buscaban bajo el pulso acelerado del control remoto del televisor y no se avizoraba ninguna novedad. Por eso, cuando terminó su segunda jarra de limonada, Ana cerró los ojos e hizo algo inusual desde hacía mucho tiempo y más a aquellas horas del mediodía, apagar la televisión. Al abrirlos, en vez de toparse con la pantalla negra del aparato, lo hicieron con la igualmente negra sombra de don Rómulo, que ante ella iba sacando sus artilugios. Le llamó la atención la forma en que extendió su poncho, que dio en mantel de mesada de vivos colores, la calavera de un amarillo sobado, -¿sería de verdad?-, y la garrafa de plástico con un contenido acuoso y sucio, aderezado con unas cuantas raíces y lagartijas buceando al interior. Después de varias abluciones, bebió un poco de ese licor viscoso, y comenzó a escupirle a la cara la mayor parte de lo que se llevaba a la boca. Impactada ante semejante costumbre animal, Ana no supo decir que no a don Rómulo quien, en un idioma sin vocales que debía ser castellano del antiguo, le ofreció el tabaco quemándose en medio de una tea de ron, sobre una concha que en otro lugar hubiera sido de peregrino pero que allá se entendía sacada de las entrañas de los cerros como recuerdo de que todo aquello fue océano alguna vez. En el momento en que se quiso llevar la mezcla ardiente a la boca él le agarró con suavidad de galán la mano y le dijo, con la voz más dulce que había escuchado en su vida, que no era por ahí sino por la nariz. Ella aceptó, ignorando cuánto le cambaría la vida ese gesto, repetido hasta convertir lo que un momento fue curiosidad en una necesidad cotidiana, casi orgánica.
Un día miró tan fijamente el espejo que éste se rompió en mil pedazos. Se dio cuenta entonces de que ya habían pasado seis años desde que recibiera la primera visita de don Rómulo. Se descubrió unas arrugas sin importancia aparente, pero que no estaban antes de su última discusión con Iván. A esas alturas, ya no peleaba con él porque la dejara sola en San Miguel por sus viajes de negocios. Se quejaba de que no se marchara lo suficiente, pues cuando él estaba en casa no podía seguir el hábito inhalante. Él, que no entendía nada, agradecía sin embargo que ella se mostrara tan comprensiva por sus cada vez más largas ausencias. En ese tiempo don Rómulo le había querido enseñar todos sus secretos. Desde cómo tragarse esa mezcla de delirio sin que el tabique nasal se escaldara hasta cómo prepararla, eligiendo los ingredientes más eficaces que solo los de su oficio sabían encontrar en los más recónditos huecos del mercado. Le enseñó el poder de las raíces, el por qué de la calavera, testimonio de una muerte que si hacía acto de presencia en ese mundo no podría aparecer en los mundos que habría de recorrer en sueños infinitos e imposibles. Ana comprobó que cuantas más raciones aspirara más profundos eran sus sueños, más grandes las bestias que poblaban aquellos mundos y más largas sus peregrinaciones. Quiso quedarse en las primeras lecciones, sobre las conchas peregrinas.
-Me basta con esto. Quédese con las demás hierbas. -Le dijo un jueves de agosto. Don Rómulo obedeció, recordando ese día para siempre.
Desde el principió le llamó la atención el paisaje que descubría al quedarse en estado de trance después de la décima ración. Se trataba de un páramo acuoso, como una cantidad insospechada de agua helada en medio de cerros dispuestos a hablarle si les mantenía la mirada mientras contaba hasta tres. Y todo ello con una placidez que no debía ser de este mundo. Cuando ya se hubo familiarizado con el paisaje descubrió extraños animales. Un enorme pelícano, dulce y de un plumaje adornado de colores como nunca había visto le llamó la atención. En la cabeza del cerro más alto tenía su nido de rocas, y ahí llegaba a diario una serpiente dispuesta a matar a sus crías. El pelícano siempre llegaba tarde. Consumado el crimen, y después de arrojar la serpiente del nido, el ave abría de un picotazo su pecho sangrante, tiñendo de rojo a sus polluelos. Con la última de sus plumas cubierta de sangre, éstos volvían a la vida. A la orilla del inmenso lago se encontraba un árbol que nunca había visto hasta entonces. Tuvo que atreverse a preguntarle al cerro de qué se trataba:
-La bernacha es su nombre, -le respondió, con un acento que hasta entonces solo había escuchado de los labios de don Rómulo, -pero lo más interesante es su fruto.
Ella se fijó bien. A la distancia parecían peras, aunque lo extraño no era tanto su forma como la rapidez de su crecimiento. Después de inhalar un par de conchas peregrinas más, se dio cuenta de que en realidad se trataba de patos que nacían como frutos de sus ramas. Habiendo crecido lo suficiente, esos patos caían cual fruta madura. Los que terminaban en la tierra se convertían al instante en esqueléticos despojos. Los que caían al agua resurgían del fondo y se echaban a volar, formando un auténtico enjambre. Estos animales y muchos otros, junto al cerro hablador, fueron poblando sus sueños nocturnos, y hubo un momento en que ella no sabía si lo visto había sido soñado por las noches o resultado de una nueva expedición en cuanto Iván emprendía viaje a cualquier parte.
Salvo por un ligero pero persistente mareo que lo teñía todo de irrealidad, ella hubiera preferido el estado de salud de aquellos años, aquel bienestar afable, para toda su vida, aunque por las mañanas se despertara cansada y con la boca seca de tanto hablar dormida. Él se asustó e intensificó las negociaciones para abandonar la ciudad, al tiempo que pensaba en llevarla, en cuanto tuviera alguito más de tiempo, a un psicólogo. Después de tantos años, no estaba dispuesto a perder a su mujer, a quien veía más lejana, inmersa en un sueño pétreo y constante, apartada de la realidad y que además comenzaba a mostrar signos de enfado en cuanto los domingos le anunciaba con alegría que aquella semana no debía viajar y que por lo tanto podrían hacer planes juntos, a hacer todas aquellas cosas que la ausencia de niños en la casa y los rescoldos de su juventud les permitían. Ella quiso alargar el recuerdo de aquellas criaturas inefables, de la atmósfera espesa y vivificante, del dulce y grave timbre del cerro que hablaba hasta el mundo de la conciencia y desempolvó los pinceles y demás herramientas de pintura que no había tocado desde que dejara la escuela de Bellas Artes en Lima, en los días de la boda con Iván y de su venida a San Miguel.
El resultado, sin embargo, fue monstruoso. Iván se tomó en serio la idea de buscar un psicólogo para ella cuando descubrió uno de esos cuadros ya terminados. Al principió desconfió de su habilidad con el pincel, después, de la posibilidad de traerlos al mundo. Sin embargo, consiguió compradores. Se trataba de un grupo de mexicanos que cayó por la ciudad para seguir a su equipo en un campeonato de fútbol, y que regresó entusiasmado con lo que habían visto de una excursión por la sierra de la región. Su entusiasmo era tal que Iván tuvo que hacer uso de sus dotes profesionales en la subasta improvisada, para calmar el deseo voraz de quienes habían perdido en la puja, ante la mirada de Ana, que no entendía nada, mientras ellos se quejaban de que un pajarraco monstruoso ocultara con sus alas parte del lago que habían visto aquel fin de semana.
Hacía tiempo que no veía a don Rómulo, que le podría haber dado consejos sobre la forma y los colores de aquella fauna tan inverosímil. La señora Socorro, por su parte, asustada al presenciar los últimos resultados de sus empeños pasados prefería no hablarle de su familia. Por eso, desde que Iván comentó que viajaría a Ecuador para ampliar el mercado por Guayaquil, esperó a que el anuncio se hiciera realidad y al día siguiente ya estaba ella en una de las carcochas que llegaban hasta Huancabamba, la tierra de su maestro, cuya sabia compañía tanto extrañaba. De allá salió rayana la medianoche hacia las lagunas, para ver, cinco horas después de un viaje en mula, el reflejo de un sol rosado y naciente en unas lagunas de las que ya reconocía hasta los repliegues de sus orillas. Allá estaba, sumergido hasta la cabeza, don Rómulo, dando gracias a los cerros tutelares por tantos años de bendiciones. Se acercó a él antes de que empezara con su ración diaria de tabaco y ron, -dos filas de diez conchitas cada una esperaban el momento en que fueran vaciadas- y fue invitada a la sesión. A la quinta, los efectos conseguidos en San Miguel se multiplicaron por diez y entonces vio claramente, con la transparencia del vitral más terso, el pelícano y la bernacha. No estaban en la laguna, sino en el jardín de su casa. La bernacha dejaba caer sus frutos alados a la tierra, donde todos morían. El pelícano quería aterrizar en la terraza, donde sus polluelos iban muriendo, uno a uno, pero el techo era demasiado bajo y sus alas enormes no le permitían entrar. Don Rómulo la despertó al verla llorar.
Llegó a casa y descubrió la nota que Iván le había dejado en la refrigeradora. Lo dispuso todo para una nueva sesión. Pensó que quizás sería la última y que no había tiempo que perder. Media hora después, postrada en la hamaca, tenía la laguna frente a sus ojos, pero no quedaba rastro de la bernacha ni del pelícano, y el cerro que hablaba se había desmoronado en un mar de grava. Unas plumas viejas posaban en las raíces resecas de un árbol que bien pudo ser la bernacha de sus visiones anteriores, o cualquier otra cosa. Igualmente, esas plumas podrían haber sido también de los patos muertos o del pelícano, o de una gallina o del viejo plumero con que la señora Socorro sacudía el polvo de la casa.
Ese día, cuando Iván llegó a casa, no encontró a Ana. Todo estaba perfectamente embalado, tal como había sido su deseo, pero no había rastro de ella ni de sus cosas. Socorro no supo darle razón. Iván desapareció al día siguiente, con la esperanza de verla en Lima y con el miedo de haberla perdido para siempre, mientras ella vagaba por las polvorientas calles de un San Miguel canicular pensando por dónde empezar la búsqueda del cerro que hablaba, en mitad de aquel desierto sin sombras.