DESVELO Seudónimo J. DE CARO
“…noches en las que desearíamos que nos pasaran la mano por el lomo, y en las que súbitamente se comprende que no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme.” Oliverio Girondo.
Las lombrices se revuelven en el fondo del tarro de lata, ajenas a la mirada atenta del chico arrodillado sobre la vereda angosta del puente. El pequeño escoge una, la atenaza con dos dedos y se la muestra a su abuelo que asiente mientras trata de desenredar el embrollo de sedal y anzuelos de su línea. En un aquelarre de alas y graznidos una bandada de gaviotas sobrevuela en círculos el puente. Un ave se aparta del grupo. Ensaya una cabriola sesgada y después de una pasada rasante sobre la vereda y se aleja velozmente con una lombriz en su pico. La mirada desconcertada del chico oscila entre sus dedos, que ahora atenazan el vacío, y la silueta del pájaro que se aleja, desdibujándose entre el resplandor de las nubes.
Desde la ruta llega un zumbido creciente que ahoga el murmullo de las pequeñas, interminables olas que se estrellan contra los parantes del puente y tozudamente se rehacen para retomar su rutina suicida. Los pescadores acodados sobre la baranda interrumpen la contemplación del vaivén de las boyas sobre el río y se vuelven sorprendidos hacia el auto que se acerca a gran velocidad. De la curva al puente hay cerca de quinientos metros. El coche avanza, devorando desenfrenado la lengua de asfalto. De pronto, quiebra la línea de su recorrido y zigzagueando de un lado a otro de la ruta, se abalanza sobre el puente. Un temblor extraño arrincona, por un instante, las figuras de la plataforma, como marionetas asustadas tironeadas por un titiritero invisible, hasta que se desbandan para escapar del bólido descontrolado que se les viene encima atropellando sillas y baldes de plástico que saltan por el aire y siembran el asfalto de carnada, anzuelos y peces moribundos.
El anciano se encorva para proteger al niño que mira azorado cómo el coche se zarandea en dos ruedas y sale del puente inclinado peligrosamente sobre un lado para continuar su marcha a los tumbos rebotando entre vizcacheras y zanjones. El auto da dos o tres vueltas sobre sí mismo y, deslizándose sobre el techo en un mar de pasto, termina como un escarabajo muerto al pie de unos eucaliptos.
Una de las ruedas se recorta contra el cielo azul, como un molino, y continúa girando en sentido inverso, cada vez más lentamente, como si quisiera desandar el tiempo.
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Los golpes nerviosos que resuenan en la puerta de calle prolongan su eco por la galería de la casa en penumbras y se concentran al llegar al dormitorio retumbando como campanadas lejanas, siniestras. Susana despierta sobresaltada. Se incorpora, enciende el velador y volviéndose hacia su marido, lo zamarrea.
- ¡Javier! ¡Javier! Despertate. Alguien llama.
- Ya va. – Responde Javier convencido de que esa voz es parte de un ensueño empalagoso que no está dispuesto a abandonar. Se acomoda con la intención de acurrucarse nuevamente entre la calidez de las sábanas.
- ¡Javieeer!
- ¡Ufa! – Masculla fastidiado. Sacude la cabeza y, resignado, se levanta. Esquiva una silla y sale a los tumbos del dormitorio. Antes le dio una ojeada al despertador. Son las cuatro y diez.
- ¿Quién puede ser a esta hora?
- ¿Y quién va a ser, si no? ¡Tu amiguito Aguirre! Vas a tener que hablar de una vez con ese loco. ¿Qué se cree, que sos su mucamo?
- Shssst, que te puede oír. - Javier se calza el pantalón y se acerca a la puerta.
- ¿Quién es? – Pregunta, mientras otea, de gusto, por la mirilla hacia el zaguán.
- Soy yo Negro. ¡Abrime de una vez, carajo! – Responde una voz ronca, resuelta.
Javier se asoma. La luz del farol de la calle le lastima los ojos. A su frente, distingue la inconfundible silueta de Aguirre con las manos apoyadas sobre el marco.
- ¿Qué pasa? – La pregunta se escurre por entre los labios de Javier escapando del cepo de un bostezo prolongado.
- Me avisaron los del remate que el camión llegó con veinte vacas menos.
- ¿Qué? ¡No puede ser! Yo mismo las conté y no faltaba ninguna.
- Vestite. Tenemos que irnos.
- ¿Ahora? Hay más de doscientos kilómetros.
- Con el Mercedes en un rato estamos. Traé el mate. Dale.- Ordena Aguirre.
Javier chasquea la lengua y se vuelve. Entorna con suavidad la puerta sin atreverse a cerrarla totalmente. Aguirre enciende un cigarrillo y camina en círculos por el zaguán. Las volutas del humo se escurren, lentas, huyendo hacia el techo de la noche estrellada. Desde la cocina llegan ruidos de cacharros mezclados con cuchicheos y frases interrumpidas. Al cabo de unos minutos Javier reaparece en el zaguán, seguido por Susana, en camisón. La mujer saluda a Aguirre con un parco movimiento de cabeza evadiendo su mirada y se alza en puntillas para abrazar a Javier. Mientras lo besa y observa de reojo a Aguirre, le susurra:
- Tengan cuidado en la ruta. Llamame en cuanto lleguen. Sabés que no me duermo hasta que…
Susana se interrumpe. Sus ojos desorbitados se quedan inmóviles, atraídos por la visión de unos plumones que se desprenden del faldón de la camisa de Aguirre y lentamente se depositan sobre el sendero, como señales.
………………………………………….
- Cebá unos mates, Negro.
Aguirre baja el parasol del automóvil y sorbe largamente whisky de la petaca. A su derecha Javier se despereza y crece, como un genio que emerge de la lámpara. Las dos figuras recortadas en la penumbra del auto comienzan a teñirse con el tinte óxido del amanecer.
Javier sostiene el termo entre los muslos y apisona con un dedo la yerba contra las paredes del mate. La bombilla parece de juguete, perdida entre la monumental calabaza y su cuerpo joven, musculoso. Del termo se eleva un hilo de vapor que se condensa sobre el parabrisas determinando un círculo esfumado. Javier da una chupada, luego otra. Cuando considera que el mate está a punto lo ofrece. Aguirre extiende el brazo y lo acerca a su boca con la lentitud y precisión de una grúa telescópica. Como si ese movimiento le hubiera transmitido un cierto sosiego arrima la bombilla a sus labios y la sostiene sin chuparla. Dos pronunciadas ojeras, cuelgan en medialuna sobre los pómulos sosteniendo su mirada perdida en el asfalto que se angosta, interminable, hacia adelante.
Sobre la margen izquierda del camino que corre cercano a la costa la vegetación comienza a ralear. La tierra se torna blanquecina. Espaciadas matas de arbustos salpican la amalgama de tosca y conchilla que aplana aún más el páramo. El vuelo esporádico de algunas gaviotas anuncia la cercanía del Océano Atlántico. Cerca de allí, en la desembocadura del río Salado, los reflejos sesgados del amanecer sobre la superficie del agua manifiestan con distintos tonos la lucha de ambas corrientes. El océano penetra con fuerza en el ancho río y lo inunda de salitre.
El sol se ha trepado al horizonte. Javier observa a Aguirre, más precisamente a sus ojos. Hay algo en ellos que lo intriga y lo fuerza a acercarse al espejo retrovisor para revisar los suyos. Luego se vuelve y comenta, como al pasar:
- Tenés los ojos colorados. ¿Es por el sol o dormiste poco?
- ¿Dormir? ¡Ja! ¿Qué es eso? Ya ni sé… - Responde Aguirre, sin disimular su molestia. Amaga continuar con el retruque pero calla y permanece con la vista fija en la nada. El silencio se ha hecho más largo esta vez. Javier lo mira y duda en preguntarle:
- ¿Está frío? - Se atreve por fin.
Aguirre no contesta. Luego, apartándose quizá de un pensamiento que lo mantuvo ocupado, se vuelve bruscamente.
- ¿Qué dijiste?
- Si está frío... el mate.
- No. Está bien.
- ¿Te pasa algo?
- Nada, Negro, nada.
- No parece.
- Debe ser ese sueño. - responde Aguirre, fatigado.
- ¿De nuevo?
Los números del cuentakilómetros giran cada vez más aprisa a medida que los árboles del borde del camino huyen hacia atrás, repitiéndose en una sucesión inagotable y vertiginosa. La atmósfera en el interior del vehículo comienza a cargarse de tensión, como una burbuja o un escenario de teatro donde los personajes, sobreponiéndose a las circunstancias, actúan sus roles con severa profesionalidad.
Aguirre chasquea la lengua con el fastidio de quien es arrancado de un sueño demasiado profundo para abandonarlo de un tirón. Sin embargo, se anima:
- No sé. Por ahí será que me cansé de estar solo. - Hace un gesto con la mano dando a entender que prefiere evitar el tema y aprieta más el acelerador, como si quisiera escaparle a las noches solitarias.
- Pero ¿No era lo que querías? Vos decías que…- Recuerda ladinamente Javier que soslaya, de pronto, la oportunidad de una pequeña revancha. Prefiere comenzar a tirar de la punta del hilo de esa madeja de recuerdos apretados que, bien lo sabe, se resisten a someterse al olvido.
- Si…decía, decía... – Aguirre, ajeno a la artimaña, comienza a desgranar sus desvelos.
- Al principio te gusta. Hacés lo que se te da la gana, cuando se te ocurre, sin pedirle permiso a nadie. Lo jodido es que nunca llegás a acostumbrarte o, peor aún, cuando te acostumbrás, cagaste, viejo. El vacío se te mete por los poros como una peste y no te lo podés quitar con nada… ¿Sabés lo que hago a veces? – Continúa sin esperar respuesta - Dejo encendido el televisor, así cuando llego me ilusiono. Durante un tiempo me engañé con esos jueguitos. Cuando uno no funcionaba más probaba con otro. Pero ahora todo da igual….
La ruta, antes desierta, se sobresalta. Un camión irrumpe de frente perseguido por voluminosas nubes de polvo que las ruedas del acoplado zigzagueante levantan de la banquina. La mole crece hasta ocupar casi todo el parabrisas del auto. Parece que va a estrellarse contra el Mercedes pero pasa casi rozándolo, y montado en un silbido de obús lo deja atrás. La onda reverbera en la carrocería del auto, sacudiéndolo. El estruendo del escape persiste unos instantes. El ruido y la silueta del camión se van achicando hasta fundirse en una mancha borrosa. Por fin desaparece.
El ambiente queda impregnado por un fuerte olor a bosta y orines de ganado. Javier, sobrepuesto del susto, masculla entre dientes: “Años cuidándole la plata, arriesgándome la vida con cuatreros, con la policía. Negro que tenemos que ir al remate, Negro mañana vamos a Dolores, y yo, como un boludo siguiéndolo a todas partes. Y ahora me viene con que faltan veinte vacas”. Lo aparta de sus cavilaciones la voz de Aguirre.
- ¿Sabés? Me estoy convirtiendo en un experto de la oscuridad. En cualquier momento me pongo a escribir un tratado. ¡Ja! – La pretendida risa se ahoga en una mueca. – No lo vas a creer… – Ahora el tono de su voz adquiere un dejo extraño. Aguirre, como deslumbrado por el hilván que impensadamente van urdiendo sus palabras, continúa. - Hay noches que me siento en la sala en penumbras hasta que empiezo a reconocer los sonidos del silencio. ¿Te pusiste a escucharlos alguna vez?
La pregunta viborea hasta Javier que, preocupado por no errarle al mate con el agua del termo, se vuelve frunciendo las cejas. Pero Aguirre no puede esperar.
- Aparecen cuando todo está dormido. Entonces me acurruco en el sillón y me quedo quieto, hasta que oigo el crujir de los muebles. Anteanoche escuché como gritos ahogados en las cañerías. Yo creo que hay fantasmas que se esconden ahí dentro y se divierten conmigo. No me dejan dormir.
Javier se revuelve en el asiento. Intenta comprender aquello, pero todo se le torna confuso. Comienza a preguntarse qué diablos hace allí.
- ¿Qué te olés en los dedos? – Pregunta intrigado Aguirre.
- El olor de mi mujer. – Responde Javier casi con insolencia. El contacto con el termo lo remite a la tibieza de las sábanas y recuerda a Susana y su despedida en esa misma madrugada. Fue hace un par de horas pero lo siente tan lejano. “Debí dejarlo llamar hasta que se pudriera. ¡Qué mierda me importan sus negocios y su locura!”, masculla. Luego, como temeroso de que sus pensamientos hubieran hablado, se concentra en ablandar la tirantez de sus mandíbulas que amenazan triturarle las encías. Da una chupada larga al mate. La bombilla se queja, solidarizándose con su bronca.
- Y ahora ¿En qué te quedaste pensando?
- Y… pensaba. - Responde, moroso, Javier.
- ¿En qué?
Las especulaciones cruzan la cabeza de Javier entrechocándose, torpes, como animales que huyen de un incendio. Hay un momento en que parece decidido a vomitar todo el rencor acumulado. Siente la vertiginosa tentación de desenmascarar a ese fantoche al que, sin saber por qué, acompaña. Ya sus labios se mueven, sus puños se crispan y... De pronto sus pensamientos se paralizan. El sesgo ladino que le ladea la boca, abrillanta sus ojos. Atiende el susurro de una cavilación agazapada, que resistiendo el empuje del tropel, le sugiere otra especulación. Entonces, recompone su gesto y medita un instante antes de responder:
- Me quedé pensando en lo del sueño. ¿Te agarran seguido esas pesadillas?
- No sé…- Aguirre parece sorprendido por la preocupación súbita de Javier.
- ¡Es cosa de locos! – Exclama Aguirre. Javier aprueba, asintiendo con la cabeza, sin preocuparse en esconder la sonrisa socarrona que despunta en sus labios.
- A veces sueño que estoy en un baile o en un corso y siempre escucho ese tango. “Desvelo”. ¿Lo conocés? …. Pero, cómo vas a conocerlo, si eras un mocoso. ¡Ah! No te das una idea lo que eran esos bailes. ¡Mil, dos mil personas! Los sábados tenías para elegir. En cualquier club de barrio actuaba una orquesta de las grandes. Yo lo seguía a Pugliese a todas partes. Y el flaco Morán… ¡Qué cantor! Cuando aparecía en el escenario la gente explotaba. Era un delirio. Después se quedaban mudos. Entonces el Flaco empezaba a cantar bajito, como susurrando: “Aunque vos pretendas / que me aparte de tu senda / aunque me dejes soooolo/ yo siempre te he de amar…” Su voz crecía con cada verso y él, con los ojos cerrados, abrazaba el micrófono y le cantaba al oído, como si fuera una mina. Yo me volvía loco. ¡Cómo me quería parecer a él!
Javier contiene un bostezo. Enrosca la tapa del termo y lo acomoda junto con el mate entre el hueco de los dos asientos. Recoge del piso un bollo de papel y partes de un diario viejo. Baja la ventanilla del auto y con el brazo fuera los deja volar. Se acerca al espejo retrovisor y se entretiene admirando el juego de las hojas del diario que revolotean entre las rachas de aire. Una botella de whisky rueda de un lado a otro del piso. Javier la recoge y comprueba que aún tiene algo de licor. Antes de que Aguirre se dé cuenta la tira fuera y sube la ventanilla.
- ¿Qué estás haciendo?
- Esto es un desastre, che. – Responde Javier mirando de reojo el velocímetro. – Tranquilo, viejo. ¿Qué apuro tenés?
Aguirre no responde. Parece que estuviera hurgando entre los vericuetos del sueño para retomar el relato.
- Es como estar perdido en serio. – Recita Aguirre con la morosidad de quien suelta una revelación grandiosa.
- ¿Qué?
- A veces me veo en medio de un baile de Carnaval, sin saber dónde estoy, ni que hago ahí, solo. Entonces una mascarita se aparta de su pareja y se me acerca. Viene decidida, como si me conociera, pero cuando llega frente a mí se detiene y me rodea, lentamente, mientras ríe sin dejar de observarme, hasta que comienza a girar cada vez más aprisa. Yo trato de seguirla con la mirada, quiero encontrar sus ojos, pero ella es un torbellino que me envuelve. Y ya no sé… Anoche se me apareció en el sueño y no pude volver a dormir. Esta vez era como un ángel o una diosa, aprisionada, arrastrada por la muchedumbre. Movía los labios desfasados de la música, llamándome, y extendía sus alas como si quisiera abrazarme, pero cuando estaba por alcanzarla las replegaba y entonces…
Aguirre sigue absorto la visión de su sueño. Sus manos abandonan el volante y se alzan, remedando un aleteo. El auto da un respingo y se bambolea. Los ojos de Javier van del velocímetro a la ruta. Las manos de Aguirre vuelven a aferrar el volante.
Ignorando lo ocurrido, Aguirre prosigue. – Quiero dejarme llevar... pero me falta el aire y doy vueltas entre las sábanas y las plumas se me pegan a la piel. Trato desesperadamente de librarme de ella pero …
Afuera, un cartel remachado por balazos de cazadores furtivos alerta sobre la cercanía de un puente. El mate cambia de manos, sin comentarios. Sólo se oye el rugido del motor atorado, como si exigiera un cambio más. Javier se desespera con la oscilación de la aguja del tacómetro que enloquece a cada acelerada. Pretende decir algo pero su intención queda sólo en eso, suspendida por la mirada de Aguirre, ahora fija en la cinta roja del amuleto anudado en su muñeca que le acerca el mate, y vislumbra cómo los labios de Aguirre se tuercen en una mueca burlona. Un pájaro enfila directo hacia el auto y se estrella contra el parabrisas. Retumba un golpe sordo y un plumón ensangrentado, aprisionado contra el vidrio, tiembla un instante. Luego desaparece dejando una mancha de color incierto.
- Yo sé que es ella que vuelve para torturarme. Entonces despierto sobresaltado y me apuro para unir esas imágenes, aún vivas, con las del otro sueño, el mismo. Pero no puedo. Y de vuelta al insomnio y al terror de dormirme. – Aguirre aprieta más el acelerador - Y ese tango que me parte la cabeza… “Ronda flotando por el cuarto tu figura / y luego riendo te detienes junto a mí” ¡Te das cuenta! Pensar que yo lo cantaba porque sí, porque me gustaba, pero nunca le había prestado atención a la letra… Y ahora… Parece una profecía.
- Vos necesitás una mujer, viejo.- Interrumpe Javier - Alguien que te quiera bien, como a mí Susa…- Se arrepiente, pálido. - Che, ¿no vas demasiado fuerte?-.
Anoche, sin ir más lejos…- Aguirre pretende retomar el relato pero enmudece al descubrirse en la visión de esa misma madrugada huyendo espantado de su casa decidido a terminar de una vez por todas con esa soledad tenebrosa que lo atormenta cada noche y enfila hacia la ruta pero al desembocar en la alameda da un volantazo y endereza el Mercedes hacia lo de Javier y mientras urde la excusa ya está llamando a la puerta hasta que Javier se asoma desconcertado y rezonga restregándose los ojos pero igual se va vistiendo el muy imbécil y se despide de Susanita que en puntas de pie le alcanza el bolso y lo besa en la boca pero por encima del hombro lo mira a él y entonces Aguirre la ve estúpido angelito en camisón contener un sollozo y descubre esa mirada de horror que se queda fija en su ropa desarreglada o quizá en los plumones que se le van desprendiendo del faldón de su camisa para quedar como señales sobre las baldosas húmedas de rocío la misma humedad y el mismo rocío que lo atraviesan hasta pegotearle la suela del mocasín que se le adhiere como ventosa al pie desnudo para apretar a fondo el acelerador y el Mercedes ya brama en la ruta mientras los números en el cuentakilómetros cambian cada vez más aprisa y los árboles huyen hacia atrás en una sucesión vertiginosa y siente el manotazo desesperado de Javier que trata de enderezar el bólido indomable que se vuelve un carrusel que gira enloquecido mientras en el poste de la sortija un cartel de chapa repite a cada vuelta: “PRECAUCIÓN, A 100 METROS PUENTE” y aparecen las caras horrorizadas de los pescadores que abandonan la contemplación del río para huir hacia cualquier parte y también la del pibe que aferrado a las piernas del abuelo se obstina pendejo estúpido en desafiarlo sosteniendo su mirada y desde los ojos del pequeño Aguirre se ve a sí mismo montado en el trueno que se aleja hasta que en un reflejo alcanza a reconocer esa mirada suya tan lejana y quieta como la del pez ensartado en un anzuelo que se estrella contra el parabrisas y el círculo viscoso lo enfoca desde el otro lado del océano de pasto sobre el que se desliza el coche dado vuelta y ahora todo es verde deshilachado abajo y azul intenso arriba empapado por un silbido de obús que se anticipa al golpe seco contra el árbol y el volante que se quiebra y se le clava en el pecho velludo y la medalla de oro que pende de la cadena comienza a gotear sangre como una clepsidra siniestra y un sabor dulce se le instala en la boca que rezuma un hilo de baba oscura sobre una mueca indescifrable y se queda mirando a Javier que inmóvil con la cara aplastada entre las chapas retorcidas y su ojo izquierdo como el del pez lo enfrenta mientras del termo chorrea agua hirviendo y la hebra de vapor se eleva escapando por un agujero del piso por donde se ve la rueda delantera del Mercedes recortada sobre el azul del cielo que gira hacia atrás sus aspas de molino sin viento cada vez más lenta cada vez más lenta cada vez más cada vez cada.