Una de las campanas suena diferente. Su tañido es violento, vivo, casi febril; no se asocia con el ruego, la celebración o el lamento, parecían haberse fundido en ese sonido la agonía y el rescate. Es difícil identificar a la campana irreverente, sólo de a ratos, cuando suenan unas pocas, es posible distinguir a la que cuelga de un árbol pequeño, empeñado en florecer tempranamente.
…vengo a hablar de algo importante con usted, Señora Eulalia. La mujer llamada Eulalia quedó atrapada entre la sorpresa y el temor, ante la visita de la maestra. –Inés tiene que seguir estudiando; a fin de año termina la primaria y sería una pena que se quedara ahí. Es inteligente, disciplinada, sabe distinguir cuáles son las cosas importantes…no es fácil encontrar una chica así. Yo me sentiría culpable si no hiciera todo lo posible para que empiece la secundaria. Es el destino de Inés el que está en juego, Doña Eulalia.
Es el destino de Inés el que está en juego… esas palabras de la señorita Martha -¡qué linda era!- siempre le volvían a la mente; le parecía que las veía escritas con letra firme en rojo y negro y la invadía una oscura envidia hacia sus hermanos. Porque su madre había respondido que no podía ser, que su hijo mayor ya estaba en la secundaria y al menor le faltaban dos años para empezar… que ella estaba sola para criar a los tres y alguien tenía que empezar a ayudarla…
La vida de Inés era así, los demás no le impedían existir, pero parecía importarles poco que existiera. Se sentía caminando hacia delante sobre arenas movedizas, entre coordenadas de indiferencia. Solamente la señorita Martha había hablado de un destino para ella.
¿Por qué tardaban tanto en insinuárseles los pechos, cuando a algunas compañeras ya se les notaban, como pichones de torcaza bajo el delantal blanco? Es que en ella todo demoraba, o no ocurría nunca. Jamás supo porqué era la única de piel oscura en la familia ni porqué los elegidos eran siempre los otros. Nunca le habían dado participación en los actos escolares; las maestras parecían no ver o ignorar las miradas ansiosas, esperanzadas, que la alumna Portillo les dirigía cada vez que hacían una selección. Debe ser porque mamá me corta el pelo muy corto, se mentía, sabiendo que no podría modificar aquel rito materno de acercársele con las tijeras cuando el cabello intentaba tocarle los hombros.
-Inés Portillo, vaya usted a tocar la campana de recreo- dice la directora en tono casi pontificio al pasar por el aula del 6º A, recordando que el portero se ha retirado. Inés se siente gratificada, distinguida. Mira a la señorita Martha y luego de su asentimiento alza los hombros y baja la cabeza para observar las tablas de su guardapolvo -¿por qué quedaría tan azul después de aquel enjuague que le daba su madre?- se mira los zapatos: no están ni bien ni mal, algo gastados pero limpios; y esta vez no le importa que el pecho se vea plano. De algún modo, la designación de la directora la transporta de la nada a la popularidad, sin escalas. Siente ganas de orinar, pero sale del aula caminando esta vez sobre tierra firme, mientras la figura elegante de la directora se aleja hacia su despacho.
Sería ella, Inés Portillo, quien diera la señal para que los alumnos y maestros de toda la escuela salieran al recreo. Y por elección de la directora.
La campana suena con tañido débil. Aún así, los chicos irrumpen en galerías y patios como si acabaran de librarlos de ataduras y mordazas.
La campana está en el pasillo de entrada. Allí ha quedado Inés, confusa e inmóvil, orinándose casi, mirando cómo la gorda del 6º Grado B la hace sonar desmañadamente. Alguien se había adelantado a la orden del la directora, justo ese día.
Pero Inés no quiere tenerse lástima, no quiere que los demás la miren con los ojos piadosos con que ella se mira. Es apenas un instante, un lapso brevísimo en el que se produce la mezcla de extraños elementos generadores. Y nace una nueva Inés.
Vuelve al sector del aula soplándose las manos, como si le ardieran por tanto repique. Con una actitud nueva, desconocida, se pliega a las corridas y a los empujones, como queriendo embriagarse de gente y de ruido. Quizá algunos de los compañeros se dan cuenta del cambio, pero en esta ocasión esto tampoco le importa; ha decidido tragarse todas las vergüenzas, todos los desdenes, todas las postergaciones.
-¿Quién se anima a hablar con la directora para que nos “larguen” un poco antes, así vemos el partido de la selección? Y es ella, Inés, aunque le hubiera correspondido a uno de los varones, la que se anima. Se ha convertido en un espejismo, sustituyéndose por una imagen. Logró disimular tanto su sentimiento de inferioridad, que cree haberlo abolido. Pero en el bagaje de su memoria, junto a la imagen de la muñeca de paño que había sido su único regalo de Reyes y que su hermano destripó, sobrevive aquella niña atónita, de manos pequeñas y busto liso, mirando cómo la gorda del 6º B hace sonar “su” campana.
Al final, su hermano menor quiso ser cura, pero no duró ni dos años en el seminario. . La madre había sentido un enorme disgusto ante este fracaso, luego de hacer alarde de que tendría un sacerdote en la familia. “Fraile rebotado” terminaron llamando a su hijo en el barrio El otro llegó a maestro mayor de obras y se casó enseguida. La primera vez que Inés se puso un vestido “de confección” que no estuviera hecho con tela ya usada, fue para el casamiento de su hermano. Ya era tarde para sus ilusiones, pero no se dejó estropear por el zozobrante y desvaído clima familiar.
Las palabras de la Señorita Martha, “es el destino de Inés el que está en juego”, se han vuelto en esta etapa fantasmales, lejanas, como si hubieran sido pronunciadas durante una guerra, temida quizá por invisible y una sorda irritación se empeña en caminar junto a los planes de cambio de la alumna Portillo.
-¿Vieron que Inés no falta a ninguna de las reuniones?
-Ni a las asambleas-
-No habla, pero siempre está-
También va Inés a las marchas y manifestaciones del gremio docente. Hasta pensó alguna vez en postularse como candidata a secretaria del gremio. Un novio que se le acercó unos meses atrás le hace la propuesta y a ella la embruja la idea de ver su nombre escrito en cientos de boletas para los comicios; hasta piensa en un “slogan”, pero tarda en animarse a comunicar a los otros este proyecto y cuando algunos vienen a prestarle apoyo, ya es tarde.
Continúa para Inés el lento contrapunto de sensaciones. A veces, intenta inundarla un odio espeso, que casi puede tocarse. Otras, le llega la ternura ante su madre envejecida y olvidada por sus dos hijos varones. Y también la decepción, renovada por el alejamiento sin explicaciones del novio –al menos ella había creído que lo era- desanimado tal vez por el fracasado intento de que Inés llegara a dirigir el gremio.
Algunas veces, pocas, se encuentra a con algún acto de reconocimiento, aunque sea pequeño. Entonces, especialmente por la noche, ya en su cuarto, se siente envuelta en una especie de luz rosada y le parece sentir el regusto de un licor reconfortante. Se cree capaz de reinventar el futuro y aproximarse a aquel destino del que hablara la Señorita Martha, el que siempre estuvo en juego sin que pudiera obtener un premio, tan siquiera una vez.
Y el modo que tiene Inés de caminar, no sabe bien si hacia ese destino pero al menos con compañía, es sumarse a las marchas de protesta. Eligen casi siempre la plaza ubicada frente a la casa de gobierno como lugar de concentración. Desde allí, entre estribillos y manotazos para espantar a insectos ansiosos, hacen oír sus reclamos a las autoridades de turno.
-Mirala a la portera, no se cansa de tocar la campana, no deja que la reemplacen- comenta uno de los organizadores de la manifestación.
Esta vez han colocado campanas en los árboles de la plaza, haciéndolas sonar en forma constante, relevándose unos a otros.
-Y bueno, todavía es joven, déjenla, agrega una maestra entrada en años, aún ilusionada-
Inés parece enajenada, tirando y tirando de la soga. Los manifestantes la rodean admirados, alentándola algunos, otros instándola interrumpir su incansable repique. Las flores tempraneras del arbolito parecen caer desmayadas al piso, agobiadas por la contundencia del mensaje.
Por alguna razón, las imágenes de la muñeca destripada y de la niña mirando a la gorda del 6º B han desaparecido, mientras el tañido de aquellas campanas transporta miles de pedidos y esperanzas.