Su silueta cruzó la vidriera que daba a la calle, tan sólo un instante; luego desapareció tras la pared. Yo examiné entonces la puerta del café, conté hasta dos y la vi abrirse. Quise retomar mi lectura y acomodar mi cigarrillo entre los dedos, dotar a mi figura de una normalidad confortable, quizá para ahorrarle en un punto la vergüenza de llegar media hora tarde, quizá porque eso es lo que hacemos cuando nos sabemos observados en un café. Sin embargo algo traicionó en mí tal intento de simulacro. Cerré de pronto el libro, incorporé la cabeza y dirigí hacia la entrada una amplia sonrisa que cruzó todo el salón. Pero mi amigo todavía no me había localizado. Se encontraba a dos escasos pasos de la puerta y avanzaba lentamente, con los ojos entornados, inspeccionando el local. Yo podía intentar conservar aquella sonrisa idiota hasta que su mirada miope cayera sobre mí o alzar el brazo y sacudirlo enérgicamente, hice lo segundo. Aquél movimiento lo arrastró afuera de su aturdida acción de reconocimiento y me lo agradeció con un gesto parejo. Lo observé mientras se acercaba esquivando torpemente las sillas, pidiendo disculpas a la gente que, por otro lado, ni se percataba de su tránsito. Desgarbado, viejo, pensé; demacrado, en el sentido arquitectónico de la palabra.
Te conservas bien, Federico Carmona, dijo al llegar a mi mesa, nadie diría que han pasado tantos años. No era el saludo en sí, más bien ese cariño inmoderado que lo acompañaba, ese ladear la cabeza, sonreír entrecerrando los ojos: no cabía duda, seguía siendo poeta. Le devolví el cumplido en la medida de lo posible y le hice notar que me gustaba su chaqueta; siempre había fardado de tener buen gusto para vestirse. Cuando vio la oportunidad ordenó un par de copas –la mía ya se había extinguido- y comenzamos el ritual de reconocimiento. Nos trajeron la bebida, nos pusimos al corriente sobre esas cosas que están hechas para poder ser puestas al corriente. Él casado, yo divorciado, él con poco trabajo, yo con mucho, él feliz, yo también, por supuesto.
- Por cierto –le dije en un momento dado-, leí tu último poemario, Interiores y semen.
- De hecho es el antepenúltimo –dijo sin esforzarse en ocultar su decepción. -Después de ése he publicado dos más.
- Ah, no tenía ni idea.
- Ambos los he publicado en Epogé, una editorial minúscula.
Su cara se había ensombrecido de pronto. Yo conocía esa sombra, la veía continuamente en mi trabajo, se encaramaba a la facha de los poetas cada vez que yo rechazaba publicar sus trabajos. Por mucho tacto que uno pusiera, por muy poética que fuera la negativa –pues decirle a un poeta que no vas a publicarlo requiere de una poesía brutal-, el dolor siempre emergía, imposible de ser bloqueado. Por ese motivo yo había dejado de hacer ciertas cosas en las entrevistas. Mi respuesta en directo había pasado a ser imprecisa, postergaba la decisión hacia un comunicado futuro. Y eran los comunicados los que negaban: pequeñas cartas poéticas, sensibles, que lamentaban que no fuera el mejor momento. O acaso, en ocasiones, un oportuno y rotundo olvido. De pronto algo pasó cimbreando por mi mente, un recuerdo vago pero pertinente, algo que debía reconocer y solventar en dos segundos, pero Carlos se me adelantó. Se acomodó un poco sobre su silla y con timbre calmado dijo por lo visto, Federico, no lo recuerdas o te haces el tonto.
- ¿El qué? –dije, haciéndome el tonto.
- Yo te envié esos trabajos, los dos últimos. Te pedía una entrevista. La primera vez me llegó una carta. La segunda nada: un vacío muy feo.
Yo estaba enteramente sumido en el teatro: me frotaba la barbilla con la mano derecha y mi mirada constreñida buscaba en algún tipo de archivador etéreo.
- Verás, Carlos, no sé qué decirte. Estoy seguro de que no me llegaron. A veces no soy yo quien lee los trabajos. Hay una selección, ¿entiendes? También se dan algunos traspapeleos…
Ignoro si mi representación le convenció de algo, pero hubo silencio. De pronto nuestro interés por las copas había crecido: las mirábamos, las acariciábamos, bebíamos de ellas.
- Bueno –dijo de pronto-, ¿y qué te pareció?
- ¿A qué te refieres?
- A mi libro. Al que sí leíste: Interiores y semen.
- Una mierda.
Dejó la copa a un lado y me miró incrédulo. Yo le sostuve la mirada. De pronto, para mi sorpresa, se echó a reír como cuando era un chaval. Una carcajada sincera y abierta. Yo hice lo mismo. También lo hice sincera y abiertamente. Cuando la carcajada amainó, Carlos se secaba los ojos y yo encendía un cigarrillo. Qué putada, Federico, dijo, cómo pasa el tiempo. Los dos, él primero y yo después, paseamos entonces la mirada por el local, como si en ese bullicio de tarde, de cañas y anchoas y miradas oblicuas se encontrara agazapado un trozo de nuestra historia, como si hubiéramos de hallar entre los comensales dos fantasmas juveniles, charlando con algunas personas más mayores, jugando a ser poetas. Entonces Carlos volvió a fijarse en mí.
- Verás –dijo-, cuando me llamaste para que nos encontráramos, no te voy a mentir, me sorprendió. Se acuerda de mí, pensé, a pesar de los años. No sabía qué podía ser lo que te había llevado a querer contactar conmigo. Pero no puedo ocultar que se me pasó por la cabeza que quizás te habías retractado y te habían entrado ganas de publicarme. He venido en parte sujeto a esta esperanza. Ahora sé que no es así. No sé, Fede, no sé. ¿Te parece incorrecto que te pregunte para qué coño me has llamado?
Había pasado de la alegría total a la nostalgia y, ahora, como sintiéndose a causa de ello demasiado expuesto, vulnerable, se había puesto serio. Yo también me puse serio. De hecho, no tenía ningún motivo para no estar serio. Así que le di una larga calada a mi cigarrillo y me dispuse a soltar la bomba.
- He comprado dos billetes de tren, Carlos.
Me miró atentamente, no conseguía entender.
- ¿Sí?
- Sí.
- ¿Y me has hecho venir para contármelo? ¿No te queda a nadie con quien hablar?
No, no tenía ni idea de lo que le decía. Sin embargo, podía sentir que mi actitud parsimoniosa no le resultaba en absoluto simpática. No había ningún motivo para alargar aquello.
- Son dos billetes de tren para Salamanca.
Ahora sí. Carlos consiguió que su cuerpo no se moviera un ápice, pero su semblante palideció de golpe: una incredulidad total y una certeza total lo estaban partiendo en dos hemisferios totales enfrentados. Le di algo de tiempo para que recobrara el aliento. Cuando lo hizo, adoptó una postura flexible, creo que hasta sonrió.
- No pretenderás que me coma ese pastel, ¿no? ¿Estás de guasa?
- No, no lo estoy.
- ¿Y para qué quieres dos billetes a Salamanca?
- Carlos, te he llamado, te he hecho venir a este café y ahora te estoy diciendo que tengo dos billetes para Salamanca. Creo que tú sabes que solamente los puedo querer para una cosa.
Sus manos pasaron, una detrás de la otra, por su cabeza, presionando los cabellos.
- Estás loco.
- Puede ser.
- Pero ¿porqué? ¿Porqué ahora?
- No lo sé.
A estas alturas Carlos Duarte ya había dejado de mirarme. Era comprensible. Por otro lado, yo también me sentía perturbado. Un extraño calor había comenzado a dar vueltas a mi alrededor. Sentía un oleaje batiéndose en mi interior, una marea que ascendía hasta tocar de vez en cuando las paredes de mi garganta. Interiores y semen, pensé, vaya guarrada, tío. Me deshice de la cazadora y desabroché un par de botones de mi camisa. Cerré los ojos. Respiré profundamente. Casi olvidé todo por un segundo.
Creo que estuve así un buen rato. Las cosas suelen suceder de un modo totalmente extraño a lo que uno había proyectado. De todos modos, la temperatura comenzó a bajar poco a poco. Decidí abrir los ojos y cuando lo hice comprobé que Carlos también se había sacado la chaqueta. Estaba recostado sobre la silla, tirado sobre ella como un montón de trapos, me miraba fijamente.
- ¿Y qué piensas hacer? –dijo.
- No lo sé.
- ¡Ah! ¡Esta sí que es buena! ¿No lo has pensado? Estoy seguro de que no es así. Estoy seguro de que lo has pensado demasiadas veces y ahora no tienes ni idea de qué hacer. La verdad es que si lo piensas demasiado tienes que entender por cojones que no puedes hacer nada, no hay nada que hacer.
- No estoy tan seguro.
- ¿Ah, no?
Carlos se incorporó y apoyó sus dos brazos sobre la mesa. Su cara estaba demasiado cerca, pude ver todas sus imperfecciones, todo su desencaje.
- Dime –prosiguió-, ¿qué has pensado? ¿Aparecer por ese pueblo de mierda y buscarla? ¿Buscar su casa? ¿Buscar a su familia y presentarte?
De pronto se detuvo. Abandonó aquella inclinación hacia mí y fue a recostarse de nuevo.
- Ah, ya lo has hecho. Ya la has encontrado, ¿no es así?
- Sé donde vive.
- Joder, Federico, ¿de qué cojones estamos hablando? Han pasado más de cuarenta años.
- Para nosotros quizás.
- ¿Y para ella no?
Supongo que en ese momento debí pensar sobre qué era lo que me había llevado a aquella situación. Debió surgir la misma pregunta que seguramente estaría recorriendo el cerebro de mi amigo como un sacacorchos. ¿Tan desesperado estás, Federico, por salvarte que quieres buscar la explicación de tu miseria en algo que pasó hace cuarenta años? Carlos aprovechó que el camarero pasaba cerca y encargó dos tragos. No sabía como pilotear aquél absurdo encuentro, que ahora entendía que era consigo mismo. Yo tampoco, así que no protesté. Nos quedamos en silencio. Más allá del barullo de voces coagulaba algún tipo de ruido mecánico y persistente, como de motor de nevera enferma. Cuando llegaron las copas, llenas de no sé qué sustancia, él bebió un largo trago y sin mirarme me dijo Federico, pasó mucho tiempo entre aquello y el momento en que dejamos de vernos, ¿te das cuenta?, nunca lo mencionamos, seguimos con nuestra vida de siempre, sólo dejamos de vernos después, por otros motivos, supongo, y no sé porqué ahora, porqué de pronto esta mierda, pero creo que esto ahora es asunto tuyo, no me toca, yo estoy bien.
- Tú también se la metiste –le dije.
Lo que sucedió a mi comentario fue una implosión: Carlos se plegó sobre sí mismo, no llegué a ver su cara, sólo escuché ese ruido de silla que se retira, la manga de su chaqueta casi me dio en la cara –la oí chasquear como un látigo- cuando se la colgó al hombro a toda prisa, y ya estaba del otro lado de todo, saliendo por la puerta. Cuando pude reaccionar me levanté de la silla, cogí mi cazadora y me dirigí a la puerta no sin antes dejar un par de billetes sobre la barra.
Ahora era otra vez su silueta lo que veía. Caminaba delante de mí, a unos veinte metros, lentamente por la acera. Su voluminosa espalda opacaba las pocas luces nocturnas que dibujaban la fuga de la calle que se perdía frente a él, frente a mí. Caminé a su mismo paso, sin ganas de alcanzarlo. Más bien me dediqué a observar el balanceo de su figura, ese bloque negro y lento que poco a poco se iba sumiendo en un anonimato brutal, desfigurado, como ocurre en ese experimento en el que repites una palabra, una y otra vez, hasta que su significado se descompone del todo. Creo que de este modo recorrimos varias cuadras, él delante, yo detrás, mientras nuestro significado se iba desintegrando. El frío era agradable. Hacía parecer al aire que entraba por los pulmones algo un poco puro. Interiores y semen, pensé en un momento dado, no era un mal libro, sólo que era totalmente falso, ni siquiera era poesía, no tenía nada que ver con aquello que avanzaba en la noche delante de mí, aquello que ahora, a medida que se sucedían mis pasos, me hacía sentir las manos duras y los dientes apretados.
Carlos llegó a un cruce y se detuvo. No había tráfico que interrumpiera su camino. Tampoco había nada que interrumpiera el mío y, sin embargo, me quedé quieto en medio de la acera, a unos diez pasos de él. Esperé a que pasara algo. Pensé que en algún momento el se daría la vuelta y vendría hacia mí. Pensé que tal vez reanudaría su camino. Pero no pasaba nada. Estábamos solos en aquella calle. Algunas hojas caían de los árboles y al tocar el suelo crujían ligeramente. Ese sonido me hizo pensar en cien escarabajos plisando sus alas bajo sus caparazones. Luego pensé en un suelo mullido y lejano, bajo el cuál los insectos del mundo emitían sus vibraciones ancestrales. Pero me encontraba en alguna calle de alguna ciudad, sin comprender muy bien qué hacía ahí, de pié, parado detrás de aquél hombre. De pronto sentí que tenía algo entre las manos. Miré: eran los dos billetes de tren. No sé bien por qué motivo empecé a avanzar lentamente. Sólo paré cuando estaba apunto de alcanzarlo. Me quedé quieto, sin estar exactamente a su lado, sin estar exactamente tras él. Entonces no sé si le hablaba a él o me hablaba a mí mismo o le hablaba a la puta ciudad entera, pero dije la verdad es que no sé qué hacer y sin embargo hay algo, no sé, algo inevitable… ¿Nunca has sentido unas ganas terribles de caer en lo más hondo, no has sentido un vértigo suicida, no querrías haberte sumido bien en tu mierda antes de morir? No, no sé si lo dije o lo digo ahora, no sé ni siquiera si lo pensé. Aflojé los dedos y uno de los billetes cayó al suelo. Di media vuelta. Comencé a caminar solo, a través de la noche.