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Blanco López III, María del Pilar (Rita Luna)

Diario glamuroso de una periodista femenina

DIARIO GLAMOUROSO DE UNA PERIODISTA FEMENINA Autora: RITA LUNA

  Lunes 1 de marzo

Paula Lans llama por teléfono para destrozar el último día de mis fantásticas vacaciones en la Costa Brava. Me cuenta que el nuevo Coordinador Editorial, íntimo amigo del Gerente, lleva toda la mañana hurgando en mis papeles, abriendo la correspondencia y revisando mis e-mails personales. Ni qué decir tiene que lo encuentro de lo más inadmisible, pero no pienso darme por aludida ni que se le pase por la cabeza a ese pedazo de cretino pisarme el reportaje de Los Diez Hombres más Sexies del Mundo. Estoy tan enfadada que podría aullar como un coyote si no fuera porque tengo las cuerdas vocales más escamosas y resecas que mis zapatos de piel de serpiente. Martes 2 de marzo

No he dormido nada y llevo la piel más opaca que una hoja de acelga seca a pesar del chute de colágeno de cartílago de tiburón Oceanic y la crema ultrashock efecto bótox de primera hora. Esta mañana, después de tomarme un zumo “On” y hacer diez minutos de pilates, conduje mi Audi por la autopista superando en 30 km. los límites de velocidad y sin dejar de hablar por teléfono con Paula Lans. Pero, en vez de tranquilizarme, la tonta de la Lans no hizo otra cosa, con sus típicas divagaciones de lo más abstractas, que confirmar las peores sospechas sobre las pésimas intenciones de ese tipo. Según ella, su primera medida como Coordinador será encoger la plantilla estirando en el potro de las torturas a los escasos supervivientes, porque -de acuerdo con los cálculos de ese ignorante- esta Redacción se ha convertido en una especie de balneario de reposo plagado de parásitos incompetentes. Estoy tan furiosa que podría arañar como un gato salvaje si no fuera porque, al bajar la Sonsonitte del Audi TT, me rompí casi de cuajo la uña del dedo índice. Miércoles 3 de marzo

Ese gusano de Coordinador, cuyo nombre no voy a pronunciar, ha pasado mi reportaje de los Diez Hombres más Sexies del Mundo a la incompetente de Clara Berdejo. Totalmente inadmisible, aunque no voy a negar que me estoy muriendo por ver cómo se estrella con el tema de portada ese fósil cegato incapaz de distinguir al tipo más estupendo de la tierra de un mojón de carretera. Teoría que queda sobradamente demostrada con la foto del alfeñique cara de pene que afea patéticamente la esquina derecha de su mesa de despacho.

Estaba tan enfadada que me pasé la mañana contestando e-mails y enviando las fotos más divinas de las pasadas vacaciones a los Pérez-Chacón, a los Álvarez–Soto y a la desdichada de Tita Rex. Cuando estaba a punto de acabar, el Coordinador de pezuñas cóncavas me preguntó cómo llevaba el reportaje de Las Últimas Tendencias en Trajes de Cóctail en las Islas Mediterráneas para el suplemento de moda internacional que se regala con el número 100 de Life Style. Ese tipo insensible no me deja ni respirar y sus axilas son dos pozos de constantes humedades. Realmente compadezco a la mujer que tenga que compartir su vida con semejante detritus de paquidermo.

Espeluznante. Tres horas después, cuando ni siquiera había podido acabar de explicar a la pobre Tita la fiesta del sábado en casa de los Pérez-Chacón –ella se estaba recuperando de una terrible crisis nefrítica que la obligó a guardar cama durante dos largos días-, ese majadero ya quería el maldito reportaje sobre su mesa.

Estoy tan rabiosa que podría morder como un perro de presa si no fuera porque llevo carillas blanqueadoras y el dentista me ha prohibido comer a dentelladas. Jueves 4 de marzo

Clara Berdejo es el ser más despreciable sobre la capa de la tierra. Esa cerda varicosa con medias de espuma ha entregado su ridículo reportaje ¿Crees que soy Sexy? a primera hora de la mañana. Así puede dejar en evidencia a toda la Redacción y, de paso, ella se pone una medalla delante del Coordinador. Con ese golpe bajo, imposible ponerme a buscar documentación para ese aburrido artículo de los trajes de cóctel, así que me pasé la mañana chateando con Tita Rex. Era una cuestión de humanidad. ¡Cualquiera lo hubiera entendido! La pobre quería saber todo sobre la fiesta de los Álvarez-Soto en la playa, porque un constipado inoportuno la mantuvo tres horribles días fuera de la circulación.

Estaba tan desquiciada que hubiera abofeteado en la cara a ese zurullo si no fuera porque eso es lo que estaba deseando el muy miserable para redactar una carta de amonestación y comenzar a abreviar plantilla.

Viernes 5 de marzo

El oso peludo, sudoroso, uñas de cerdo del Coordinador ha tenido toda la desfachatez del mundo al dar mi reportaje de los trajes de cóctel a Clara Berdejo con la inverosímil disculpa de que lo necesitaba para antesdeayer. Mi primera intención fue coger el bolso y el trench camel y salir de allí a toda prisa para no volver a ver la cara de ese indeseable en los días de mi vida. Pero luego me pareció una estupidez ponerme en evidencia por semejante tontería, porque si a la bruja gafuda de la Berdejo le encanta explicar a las lectoras cómo vestirse para deglutir ese Dry Martiny en Porto Cervo -que ella no se tomará en toda su patética existencia-, ¡adelante!, le cedo el dudoso honor. Yo soy de las que prefieren estar allí, luciendo mis mejores galas y refrescándome los dedos con la copa helada de un Bloody Mary en la cubierta de cualquier yate de más de 40 metros de eslora, mientras ella se pudre en las cavernas oscuras de la Redacción de “Life Style”. Después de comer, el Coordinador me llamó a su despacho para castigarme por lo que él llamó “mi actitud poco colaboradora”. Quiere que el lunes haga la entrevista del bloque central con un cirujano plástico de la Clínica Planas sobre soluciones definitivas para la doble papada. Una pesadilla total. Ahondar en todos esos detalles tétricos de los quirófanos y la aspiración de grasas en cuellos adiposos me pone de los cuatro nervios. ¡Esto, señor Coordinador, es inadmisible, está fuera de la ley, tiene un nombre y se llama moobing!

Me puse tan atacada que me hubiera colgado de esa absurda lámpara de Vinçon que tiene sobre la mesa de supuesta caoba si no fuera porque hoy llevaba ese tanga lila de corazones rosa chicle tan poco favorecedor que compré en un outlet de La Perla. Sábado 6 de marzo

Me encontré al Coordinador en la fiesta de Tita Rex. La pobre había intentado disimular un herpes incipiente enterrándolo bajo varias capas de un tapaojeras infame con los peores resultados del mundo. Absolutamente infecto. Intenté no mirar su cara, ni tampoco a la de mi enemigo, pero el Coordinador parecía tan diferente vestido de fiesta –con un traje de Armani igualito al esmoquin de la suerte que se viene enfundando George Clooney desde hace diez años para la entrega de los Oscar- y sonriendo por primera vez, que no puede rechazar su amable invitación a bailar.

Seguramente, me dejé llevar por la luz de las velas, las notas de Carlinhos Brown o por el maravilloso aroma a Allure de Channel que despedía su torso musculoso. No sé. El caso es que después de la segunda balada tomamos algunos tragos y, sin haberlo planeado, acabamos en su casa. Resulta que tiene un ático en la parte nueva de la ciudad que es la superbomba, con sofás de Capellini, mesa y silla de Santa&Cole y un fantástico equipo de música de Bang&Olufsen que es la pera. Rodamos por la alfombra turca de Kayseri y vivimos momentos de pasión intensa. Mañana hemos quedado en el Club Náutico para tomar unas copas antes de comer. Domingo 7 de marzo

El domingo me despertó Tita Rex a las diez de la mañana. Al parecer, el tapaojeras inmundo había convertido su herpes incipiente en un buñuelo purulento de lo más nauseabundo. Yo tenía la cabeza como un tambor, así que, para sacármela de encima, le aconsejé que lo camuflara bajo su cuello de zorro plateado, se dejara crecer el bigote o corriera a un bazar chino a comprarse una barba de pitufo. Todo, antes de molestar a las amigas del alma a esas horas intempestivas del domingo con un problema tan vomitivo como personal.

A las 12 del mediodía, había un ambiente de muerte en el Club Náutico y yo me sentía estupendísima con mi vestido nuevo de Bottega Veneta, el bolso de Diana Von Furstemberg y mi chaqueta de Paola Fran. Pasamos enseguida a la terraza interior y me presentó a algunos amigos editores de toda la vida. Todos se portaron fantásticamente y él no dejó de mirarme con una sonrisa de lo más encantadora. Después, salimos los dos solos en su barco a dar un paseo por el puerto y lo manejó como el regatista más diestro del mundo. De nuevo acabamos en su penthouse sobre la alfombra del salón bebiendo champagne Don Pérignon Vintage 96 helado mientras escuchábamos abrazados What re´you Waiting for? de Gwen Stefani. Creo que empiezo a sentir algo por ese gorila cejijunto. Y lo más superfuerte: por primera vez en mi vida, estoy deseando que llegue el lunes.

Estoy tan contenta que me pondría a bailar Capoeira si no fuera porque estos tacones de aguja me han pulverizado los dos tobillos y descoyuntado la cadera izquierda.

Lunes 8 de marzo

Nada más entrar en el despacho, me crucé con el Coordinador. Me guiñó un ojo diciéndome con un gesto de complicidad: señorita Hidalgo, esta tarde a las ocho inauguran una exposición de kilims y alfombras turcas medievales y me gustaría que la cubriera informativamente para el suplemento de decoración. Pero, por lo que más quiera, no me falle. Recuerde que ese anticuario es uno de nuestros mejores clientes. ¿Le va bien la hora? –preguntó atento-. Fantásticamente –contesté yo con la mejor de mis sonrisas.

-Pues recoja la invitación y no se le ocurra faltar. La encontrará sobre mi mesa.

Cuando se alejó a paso atlético, quedó flotando en el aire un delicioso olor a Polo Blue de Ralph Lauren.

El resto del día lo pasé envuelta en una nube de algodón de azúcar intentando decidir si me pondría el vestido lila de Blumarine o el de batista blanca de Anna Molinari; si llevar tacón alto, medio o zapato casi plano; recogerme el pelo y sacarme unos rizos hacia la frente con la tenacilla o pasarme la plancha por el flequillo; hacerme la manicura francesa o apostar por un berenjena atrevido; rociarme con Eau Svelte de Dior o echar apenas unas gotas de Hugo Woman. Después de comer, aún estaba dándole vueltas a la cabeza, así que llamé a Tita Rex para pedirle que viniera a echarme una mano con el atrezzo. Pero la pobre continuaba en la cama con una jaqueca terrible y aún no había localizado a su maldito cirujano para librarse de esa especie de alien comedor de crema tapaojeras que le había deformado el lado izquierdo de la cara. Aún así estuvo de acuerdo conmigo en que el vestido lila con un recogido mono, manicura francesa y un poco de Dior sería una decisión muy acertada para seducir a ese adorable simio. Después, me dejó con la palabra en la boca porque al parecer le entraba otra llamada por el terminal fijo y podía ser el caradura del doctor Rechel, así que el resto de los detalles los tuve que decidir por mí misma y sin ayuda de nadie.

A las siete y media, saqué mi TT del garaje y puse rumbo supernerviosa a la Avenida Diagonal. Aparqué en el garaje de la finca y me dirigí al penthouse. Un nuevo portero con acento sudamericano trató de impedirme el acceso a los pisos superiores, pero al ver mi ropa exclusiva y el gesto decidido de mi rostro de piedra se hizo a un lado pidiendo disculpas. Subí por el ascensor de cristal y marco dorado hasta el ático y pulsé suavemente el timbre. El zumbido sonó tan hueco como en el caserón de Psicosis. Aún así, probé diez o doce veces más y cuando estaba a punto de marcharme, escuché unos pasos vacilantes de pies desnudos sobre la tarima de parqué desde el fondo del pasillo.

El Coordinador abrió por fin la puerta con el torso desnudo y envuelto de cintura para abajo en una sábana de satén negra. -¿Qué hace aquí, señorita Hidalgo? –preguntó muy formal con un gesto de estupefacción pintado en la cara-. ¿No tenía que asistir a la première de esos puñeteros kilims bizantinos o lo que demonios fuera? Le dije que era nuestro mejor cliente.

No supe qué contestar. La alusión a los tapices turcos y su convincente guiño me hicieron creer que la orden de trabajo ocultaba, en realidad, otra invitación para rodar sobre la seda de su maravillosa alfombra, pero no quería resultar tan deplorablemente patética. Así que simplemente le pregunté de nuevo la dirección y me dirigí a la galería del anticuario, intentando salvar de los restos del naufragio las últimas migajas de amor propio, sin atreverme a preguntar siquiera porqué la silueta desnuda tras el biombo japonés me recordaba tanto a los contornos escurridos de la mema de Paula Lans. Martes 9 de marzo

Estaba tan trastornada, que a las tres de la mañana llamé a Tita Rex para que viniera a hacerme compañía y explicarle lo de Paula Lans y el horrible Coordinador. Pero su estúpido cirujano se había sacado de la manga no sé qué solución extraordinaria para curar la afección facial que no había hecho más que empeorar las cosas, según el médico de urgencias que intentó reparar el desaguisado del doctor Rechel con un par de nuevos errores totalmente imperdonables. En tan lamentable estado, la pobre no se sentía de humor para arreglarse y llamar un taxi con el moflete convertido en un balón de rugby y tuve que pasar semejante mal trago totalmente sola, como ya empezaba a ser costumbre.

Así que no pude pegar un ojo en toda la maldita noche, dándole vueltas al asunto y sin poder llegar a comprender cómo alguien de mi clase pudo sufrir semejante malentendido. Por fin, cuando salió el sol e iluminó mis ideas confusas, sólo se me ocurrió una única respuesta: no se trataba de ninguna equivocación. Tales coincidencias simplemente no existen. Ese mico salido estaba intentando darme celos o, lo que es infinitamente peor, quería hacerme entender de la manera más cruel que todo había acabado entre nosotros.

Con tal incertidumbre, me presenté en la Redacción a las diez de la mañana, totalmente gagá, con los ojos hinchados y la piel más amarilla que March Simpson, resultado todo ello de una noche en duermevela ensombrecida por las más oscuros presentimientos.

Antes de quitarme el abrigo, Paula Lans ya me estaba esperando en mi mesa. El Director de Publicaciones quería vernos a las dos urgentemente en su despacho desde hacia más de media hora. Cuando entramos, no nos invitó a sentarnos. Ni siquiera nos dio los buenos días, como hubiera sido de esperar de cualquier tipo con un mínimo de clase. El muy grosero fue directo al grano, o sea, al Informe de Optimización de Recursos Humanos redactado por el maldito Coordinador, según el cual las personas menos útiles y más caras para la empresa éramos, justamente, mi nueva enemiga Paula Lans y yo.

Tachó nuestro trabajo de anodino, estéril, baldío, caduco y carente de cualquier interés para el lector de Life Style y para la misma Editorial. Después, nos despidió con un gesto de circunstancias mientras se miraba la punta de las uñas, comprobando ensimismado el estado de su perfecta manicura. Nos dio la mano deseándonos suerte en nuestra próxima etapa profesional y se deshizo de nosotras para siempre con un vulgar talón al portador de cinco cifras delante de la puerta de nogal de su impresionante despacho.

De lo más penoso. Estaba tan deprimida que por la noche llamé a la Lans para ir a cenar algo de sushi al Sakura. Durante la cena me confesó que la alfombra del Coordinador dejaba una pelusa imposible en la lencería de seda y que, en realidad, no era de Kayseri -como yo había imaginado- sino una reproducción sintética del Leroy& Merlín de lo más zafio. Pero, de todas formas, eso ya no tenía demasiada importancia porque ella sabía de buena tinta que el penthouse y el yate eran en realidad un préstamo temporal del Director Editorial de Life Style como incentivo a su buen trabajo y que el esmoquin de la fiesta había sido alquilado en la casa Menkes de Gran Vía, entre Paseo de Gracia y Pau Claris -tal como rezaba en una etiqueta grapada sobre el bolsillo izquierdo de la chaqueta-. Y que el Coordinador sólo había sido contratado por Editorial High Standing S.L. para realizar ese estúpido informe; y que a estas alturas, ya debía de estar metiendo la nariz en otra empresa ansioso de poner a unos cuantos de patitas en la calle, echar a rodar a otro par de ilusas por la alfombra y embolsarse, de paso, algunas docenas de miles de euros.

Y después de mucho discutir, llegamos a la conclusión de que nuestro común galán, desprovisto del atrezzo y el oropel que nos deslumbró en la fiesta de la maldita Tita Rex -a quien, de paso, el demonio confunda-, seguía siendo un tipo de lo más vulgar, con aquellas  pezuñas cóncavas y brazos de chimpancé que me llamaron tanto la atención la primera vez que se acercó a una servidora para dar mi reportaje de los Diez Hombres más Sexies del mundo a la cegata varicosa de Clara Berdejo.

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