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Corrales Mayorga, Humberto Antonio (Cours)

A tu lado



Cuando Pablo y María se casaron ella estaba muy joven aún. No había cumplido los diez y seis años. Vivía con sus progenitores. En cambio, Pablo ya poseía dominio propio comprado con el esfuerzo de haber dedicado años a auxiliar a su padre a mantener sus tierras bien cuidadas. El mísero estipendio que recibió de su predecesor durante arduos años había rendido su recompensa: A media legua de la casa paterna encontró la oportunidad de comprar propiedad, de un hacendado que había abandonado su viudez y que, a solicitud de la esposa, cambiaba de clima y emigraba hacia la ciudad más cercana para gozar de las bondades del dinero de su caudal. El hasta entonces ganadero había vendido su finca en pequeñas parcelas, a precios módicos, para beneficiar a sus otrora vecinos.            Cuando Pablo cumplió sus veintiunas primaveras asistió a las festividades en celebración del patrono del pueblo, varios kilómetros abajo, sobre el río. Ya en la fiesta, observó a una muchacha radiante de un pueblo vecino de más allá, que se había tomado la libertad de asistir con su hermana, casada con un oriundo del poblado, a la celebración. María permanecía casi a escondidas, protegida por el cuerpo de su hermana que no se separaba de ella. Ya llegada la noche, el cuñado de María se armó de valor y llevó a su esposa al centro de la glorieta, a bailar un vals seguido de un par de polcas y varias mazurcas. Pablo aprovechó el momento. Caminó la distancia que lo separaba de la muchacha con un vaso de licor en su mano, asegurando varios sorbos para armarse de valor. Tras un último y tardado trago que le hizo detenerse casi frente a la que sería su cuñada, se acercó seguro. Cruzó un par de palabras con María y a partir de la festividad, realizó cualquier encomienda hasta el pueblo de la muchacha, con cualquier justificación o pretexto que lo llevara a montarse en su mula para partir hacia ella.            Varios meses después, a como se acostumbra en las montañas del interior del país, ambos decidieron huir. Al seguir la costumbre, María regresó a su hogar ya hecha mujer una semana después, a conversar con sus padres que le imploraron realizar su unión a como lo mandaba la madre iglesia. Pablo asintió de buen talante. Accedió a casarse el día de la Inmaculada Concepción de María, el 8 de diciembre de 1930. Al salir de la iglesia, a eso de las seis de la tarde, en todo el país comenzaba el rito de lanzarle cohetes, triquitracas y otras cargas de pólvora a la virgen. María consideró que la celebración nacional era también para ella, ya que en honor de la divina celestial, ella llevaba su nombre: fue la única celebración que gozó. A lo inmediato, los novios se refugiaron en el que sería su hogar por los siguientes meses. Ya el matrimonio se había consumado en concubinato y no había nada que celebrar. En ese sitio, como en otros en lo recóndito de la nación, la luna de miel era un sueño irrealizable y muchas veces un ritual desconocido. Cuando llegaron al rancho, el atardecer brillaba. Los sonidos de animales al presagiar la noche eran un campanario constante con un repicar pronto a callar: Aullaban los monos, se escuchaban los grillos y cigarras, cantaban las aves, rugían los felinos, silbaban los murciélagos. Se atendía el llamado al descanso del campo entero. A la hora del canto del alcaraván, se retiraron del recinto de la cocina y se refugiaron en su humilde aposento, a renovar la pasión que les había llevado a su dichosa boda.            En ese tiempo, la guerra que asolaba la zona norte del país, comandada por el general Sandino, sonaba lejana. Cada tarde, ambos jóvenes se sentaban sobre el borde de piedras del pozo de la propiedad a escuchar los ecos de los disparos de fusiles y cañones que al avanzar entre la jungla, sonaban cercanos. Algunas veces se escuchaban las revoluciones de algún motor de avión, que la pareja jamás logró divisar, que volaba en un vaivén de idas y venidas descargando explosivos. María, aún sin experiencia en los avatares de guerra, abrazaba a su esposo, temerosa y confiada a la protección de su hombre.            Pablo era un joven inquieto. En el pueblo había escuchado los comentarios sobre la guerra rebelde que llevaba a cabo el general más allá de sus montañas. A pesar de la lejanía de los combates, en su mente rondaba la idea de alistarse en el bando libertario para eliminar a la marinería yanqui que castigaba y asolaba al país. Algunas veces, los combates proseguían por la noche. Cada vez que la conflagración llegaba en resonancias a la casita de Pablo, este se despertaba ofuscado. Se levantaba de su camarote sobresaltado. Abría la pequeña puerta que daba hacia el pozo y se sentaba sobre su borde circular a escuchar, mientras debido a los pensamientos confusos que pasaban por su mente, subía y bajaba la sondaleza  de la que colgaba el recipiente lleno de agua que nunca vaciaba. María se levantaba al no sentir el cuerpo tibio de su marido cerca de ella. Entre las tinieblas de la noche, sin encender el candil, lo interpelaba: Pablo, ¿estás allí?, y él, desde el pozo de agua, contestaba: Sí, María, a tu lado.            Cada semana los combates se hacían más frecuentes. Aparentaban acercarse pero a media noche que cambiaba la dirección del viento, el eco se dirigía hacia otras latitudes, desanimando al muchacho que había tomado una decisión suicida. Cada noche de cada combate, Pablo se levantaba a escuchar los retumbos lejanos sobre su sitio en el pozo. María siempre preguntaba: Pablo, ¿estás allí? y recibía la misma respuesta: Sí, María, a tu lado. Una noche de marzo, Pablo estaba más inquieto que de costumbre. Estaba callado, monótono y absorto. María lo había notado extraño desde que había terminado la tarde con sus sonidos mortales. Le pidió a su marido que se acostara. Pablo obedeció diligentemente. Ella se dirigió a encerrar a los animales en el corral. Pablo se durmió enseguida. Respiraba con dificultad. María ingresó a su casucha luego de terminar la faena. Se acercó a su marido para descubrirle un manifiesto, pero al escuchar sus leves ronquidos, decidió dejar la noticia para la mañana siguiente. A media noche, cuando el mortal ruido de la guerra reinició, Pablo se levantó como de costumbre. Se dirigió hacia el pozo. María sintió el frío que le llegaba del lado del camastro en el cual dormía su marido y le llamó: Pablo, ¿estás allí?. Pablo no respondió. Se había marchado en búsqueda de la guerra. Se había largado a procurarse paz. María se dirigió al pozo, temerosa, rezando ante una eventual desgracia que ese día no llegaría. Su hombre no se había ahogado. Se había ido al desconocer que su mujer se encontraba encinta.            Siete meses después en un anochecer de octubre, lluvioso como en todo crepúsculo de dichas fechas, María preparaba su cena en el fogón. Su vientre fecundo latía y pateaba. Se escuchó un golpe fuerte en la puerta de acceso. María se acercó portando un candil. Trató de observar entre las ranuras de la madera, pero la lluvia hacía imposible que lograra distinguir algo, salvo la silueta mojada del visitante. El corazón se le aceleró. La piel destiló con furia. El vientre vibró con fuerza. El estómago provocó una enérgica punzada. Con voz entrecortada preguntó: Pablo, ¿estás allí?. Del otro lado de la puerta, una voz de hombre, apagada por un sollozo de felicidad, contestó: Sí, María, a tu lado. María palideció. Abrió la puerta con violencia y se entregó al abrazo amoroso de su marido. ¡Pablo!, ¡mi Pablo!, dijo. Pablo sintió el vientre abultado de su mujer y apreció el calor que irradiaba. Se abrazó a María en un llanto de melancolía y vergüenza que se calmó hasta la mañana siguiente.            El tiempo transcurrió tranquilo. Durante las noches, Pablo salía al pozo, a recordar sus peripecias de los últimos meses luego del abandono de su mujer. María se levantaba temerosa. Preguntaba: Pablo, ¿estás allí?. La respuesta le calmaba las angustias. Sí, María, a tu lado.            A mediados de noviembre, María se preparaba para concebir. Aún así, en su estado prenatal ayudaba a su marido en todas las actividades de su pequeña finca. Pablo se levantaba al alba y marchaba a los sembradíos, a cultivar y a cosechar, según el grano de turno. Ella se encargaba de los animales domésticos y de granja, de los que obtenía una buena fuente de nutrientes necesarios para la buena formación y el crecimiento del bebé. Una tarde, mientras Pablo tapiscaba maíz, María observó que en el desfiladero montañoso sobre el horizonte de su hogar, una columna de hombres marchaba sigilosa. Los soldados se dirigían en posición de asalto al campo que su marido cosechaba. El corazón se le comprimió. Corrió hacia el labrantío, sosteniendo con ambas manos el abdomen a punto de reventar. Cuando logró acercarse lo suficiente, observó a su marido demolido, en  el suelo, golpeado brutalmente. Su hombre sangraba profusamente. Tenía la cara partida por un latigazo, las piernas majadas a garrote limpio y las costillas fracturadas tras la andanada de culatazos. El superior de la tropa sostenía a la mujer, evitando que se acercara a socorrer a su esposo. Ella brincaba, gritaba, se contorsionaba buscando liberación, lanzaba mordiscos y escupía. Ya bien sujeta por el cabecilla e incapaz de soltarse, imploró clemencia.            El jefe ordenó que levantaran a Pablo del suelo y lo amarraran a un árbol de pino cercano. Un soldado raso sustrajo de una pequeña talega un papel enrollado que el tipo aplanó sobre la espalda de otro que se aprestó para ello. El soldado leyó el papelucho: Pablo Díaz Cáceres, soldado. Acusado de desertor. Se le condena en este momento a ser ejecutado por fusilamiento.            María cerró los ojos llenos de lágrimas en una contorsión de rabia y frustración. Recordó la noche del regreso de Pablo, en la que en medio del llanto, su marido hubo de confesarle que había matado por equivocación a un combatiente de la tropa que se le había atravesado en la línea de fuego durante el fragor de la batalla y por temor de ser erróneamente enjuiciado, había huido. En ese momento, el juicio le había alcanzado.            Pablo se encontraba amarrado de pies y manos. Un pañuelo rojo le cubría los ojos. El grupo de fusilamiento estaba listo para disparar. Sólo esperaban la voz de mando del cabo. El cabo preguntó al cautivo si se quería despedir de su mujer. Pablo asintió conmocionado. María aprovechó para pedir al cabo que se le concediera un deseo a ella también. Se le acercó al oído e hizo su solicitud. El soldado la observó de pies a cabeza. Frunció el entrecejo, abrió los ojos sorprendido e hizo una seña con la mano en la que sostenía el látigo. María se acercó a su marido. Le acarició el rostro cubierto y depositó sobre cada mejilla, un amoroso beso de despedida. La mujer invocó al Señor. Comenzó a tiritar del miedo. Estaba sumamente turbada. Antes de que el pelotón de fusilamiento se acomodara las carabinas sobre el hombro, preguntó por última vez: Pablo, ¿estás allí?. Pablo, soltando un amargo llanto, contestó en un último suspiro: Sí, María, a tu lado. María acarició su vientre fecundo, volteó la mirada a su marido: te adoraré a donde quiera que nos encontremos, dijo. El hombre bajó la cabeza desconcertado y melancólico.            El cabo ordenó: preparen armas, apunten…             Cuando la densa nube de pólvora se diseminó, se observaron los cuerpos. Estaban como siempre habían deseado estar: Juntos. Muy juntos. María había solicitado al cabo su ejecución junto con su hombre. Su cuerpo yacía al lado del de su marido como estuvieron durante noches en el camastro de ambos. Aún en las montabas resonaba el eco de los disparos y entre la niebla, el eco del viento:

-Pablo, ¿estás allí?.

-Sí, María, a tu lado.

Cours

El manto



Lloviznaba persistentemente. La puerta, como siempre, se encontraba entreabierta. Raúl ingresó al lugar taciturno y pensativo. El umbral de ese edificio y las letras que le adornan siempre le han causado tristeza. El sitio se encontraba silencioso, casi desolado y monótono. Ya adentro, caminó despacio. Un jardinero cortaba el césped. Lo observó con desdén. Raúl hizo caso omiso del desaire. Observó el pasillo principal en el que caminaba, hasta a donde la vista se lo permitió. Aprovechó el inmenso patio para avizorar los árboles que se mecían al compás del viento, al celebrar que la lluvia lavaba la suciedad de sus frondas. A lo lejos se apreciaban los surcos blanquecinos que atravesaban el cielo y que partían en infinitos fragmentos movedizos su celestial cámara. La lluvia, con sus retumbos luminosos, se marchaba. Las nubes continuaban con su eterno peregrinar depositando sus lágrimas en el horizonte, en donde el sol aún alumbraba con algo de brillo. Al doblar el primer pasillo, Raúl divisó a la enfermera Raquel que salía del recinto. Se ocultó para que no lo notara.            Sobre la marcha pensaba en el razonamiento que iniciaría al llegar. Contaba los pasos. Repasaba su narración de esa tarde. Practicaba su cara de congoja. Imitaba los movimientos corporales que repetiría frente a su amigo. Se acercó sigiloso. Antes de saludar, observó la cobija que cubría a William: perfecta, lavada y llevada al extremo de la blancura por su madre, que semana tras semana, se encargaba de mantener el abrigo impecable. Se sentó al lado. Su parlamento inició: Hola. Dispensá que no viniera antes. El trabajo y las clases nocturnas me tienen copado. La semana ha sido pesada, bien ajetreada. ¿Vos, qué tal?. ¡Qué pregunta más trivial!. Ya sé la respuesta: ¡siempre lo mismo!, ¿no?. ¿Sabés?, mientras viajaba en el autobús recordé el día que nos conocimos. Yo observaba cómo se acercaba la lluvia en la lejanía, allá por detrás del cerro El Chipote, dejando manchas negruscas en el espacio que cambiaban de posición a medida que los céfiros soplaban. Mis compañeros se apresuraban a sujetar sus casitas de campaña para que el viento que ya llegaba no arrasara con todo. Mientras todo se convertía en un embrollo, vos caminabas orgulloso, con la mochila en la espalda, el fusil sobre el hombro y el sombrero camuflado doblado sobre la charretera de la camisa. ¡Te valía un carajo la brisa que ya anunciaba la tormenta!. Preguntaste por el jefe del pelotón. Cuando te respondí que era yo a quien buscabas, sonreíste con sorna. ¡Qué tipo, Dios mío!. Te habían trasladado de pelotón porque el jefe del tercero no soportaba tus indisciplinas. ¡Qué horror!, te enviaban a mi pelotón para que aprendieras a seguir órdenes militares de un tipo que no sabía darlas si no era “por favor”. ¡Qué clase de dirigente el que se iba a encargar de tu disciplina!. ¡Yo, jodido, yo!. Raúl suspiró y acarició con ternura el manto blanco que cubría a su amigo. Por lo que veo, tu madre siempre se me adelanta. Ya el manto está limpio. A lo mejor fue Raquel la que se encargó, porque recién la vi salir. Tengo que confesarte que desde tu incidente la he esquivado. Ahora mismo me escondí para evitarla. Es que… no sé. Me parece que al verla, inevitablemente conversaremos sobre tu desgracia. No estoy preparado aún y no creo que ella tampoco. Sólo recuerdo su cara el día que le llevé la noticia. Lo primero que hizo fue buscar a Juliancito para abrazarlo. Lloró con el niño en brazos. Julián la abrazaba igual. Al ver llorar a su madre comenzó a gemir de tristeza sin saber qué pasaba. ¡Pobres!, les ha tocado duro en tu ausencia. Ya volverás a ellos; entonces, los tres caminarán juntos y no habrá más dolor para ninguno. Supongo que por aquello de que los niños se pueden enfermar en estos sitios, no te lo trae. Algunos lugares poseen políticas estrictas en cuanto a eso, particularmente en el interior del país. En eso, están más adelantados o… retrasados, depende del punto de vista. Raúl acarició de nuevo el manto, para tratar de reconfortar a William. Lo observaba impasible. No sé… No me imagino… supongo que quedar así… como… parapléjico… debe ser… Ahora que te veo allí, cubierto por ese manto blanco, inválido, sin movimientos, sin alegría, rememoro aquellos momentos. Todavía recuerdo claramente el hilillo de sangre que brotaba de tu espalda cuando en el estallido del combate caíste de primero, víctima de la avanzada enemiga que se había emboscado al detectar nuestra presencia. A pesar de todo, la tropa entera gozó cuando el sanitario contó su experiencia con vos. Narró que cuando llamaste pidiendo auxilio, se acerco a rastras con la balacera silbando sobre su humanidad. ¡Valiente el tipo!. Vio tu camisa verde olivo toda empapada en sangre, desprendió los botones de sus ojales e introdujo la mano en tu vientre para detectar de dónde sangrabas. Hubieras visto la cara cuando relató que al sentir la masa blanda sobre tu pecho, se espantó. Siguió diciendo que sacó la mano de la camisa y al observar la masa sanguinolenta te dijo: ¡hermano, te hicieron mierda!. Luego puso cara de alivio cuando sonreíste, al decirle que no eran tus intestinos, sino unos bananos que llevabas guardados dentro de la camisa porque en la mochila ya no te cabía nada y que al caer, se habían aplastado bajo tu cuerpo, revolviéndose con la sangre. ¡Hubieras visto la cara del jefe de batallón cuando escuchó semejante barbaridad!. Se retiró al puesto de mando. Cerró la puerta para aislarse. ¡Aún así se escuchaban sus risotadas y eso que estaba cayendo un soberano diluvio!. Raúl sonrió aliviado.            Cambiando de tema... Te parecerá absurdo, pero al menos te ubicaron en el ala tranquila. Supongo que en tu estado eso no importa. Allá, por la entrada y por el otro lado del pasillo principal se oye todo el bullicio de las casas vecinas, de los vehículos y de los vendedores ambulantes. La puerta principal parece feria de pueblo. En las afueras venden flores, comida, la barbería de siempre, la ferretería. Unos mediterráneos incluso instalaron un negocio de lápidas para funerales. ¡Qué bárbaros!. De entrada, se te inhibe el deseo de visitar. Uno espera con mucha esperanza que el que entra vivo aún saldrá en el mismo estado... No sé... De todas formas creo que es un buen lugar para ese tipo de negocios; si alguien fallece no hay que buscar mucho, simplemente hay que llegar allí. Suena tenebroso, pero realmente te ahorrás tiempo. Es decir, si la empresa médica provisional que te atiende… ¡Qué digo!, es decir… si la familia posee contrato… ¡Bah!, ¡a estas alturas del día ya estoy como drogado!. ¡Dispensá la confusión, hermano!.            Un guarda se seguridad con el uniforme de la Alcaldía de Managua viajaba de pasillo en pasillo, indicando que pronto sería hora de concluir las visitas. Algunos se marcharon a lo inmediato. Apuraban el paso previendo que la lluvia arreciara. Otros se quedaron un rato más, conversando amenamente en recuerdos de sus vivencias pasadas, quizás. Al fondo se escuchaba una alegre canción de cumpleaños. La gente que se encontraba rodeando a su familiar, alzaban copas, comían y celebraban tal y como si estuvieran en algún parador campestre, deglutiendo a dentelladas la carne asada que llevaban a la boca sin guardar la debida compostura. Para el otro lado, por la salida, un par de jóvenes tórtolos gozaban de su amor en interminables besos debajo de un macizo roble centenario. El sitio completo, en vez de llamar al recogimiento y al alivio, llamaba al desorden y a la anarquía. A esta hora, siempre es lo mismo, dijo el Guarda de Seguridad, impotente.            Ya la tarde anunciaba su despedida: cientos de pijules, zanates y otras aves se posaban en los árboles cercanos cantando su sonata de siempre. Raúl continuó: ¿Alguien te ha comentado que tu vecino de la derecha es un anciano?. ¡Jesús me valga!, son… ¡noventa y… siete años!. ¡Este señor pasó las dos guerras mundiales, las dos nuestras, los dos terremotos, el eclipse, el maremoto, los huracanes!. ¡Por sí mismo es historia!. En cambio, por lo que veo, al del otro lado se lo llevaron durante esta semana. ¡Qué extraño!. Siempre me encontraba a su madre que le lloraba inconsolable. Pensé que jamás saldría de aquí. Con tantos cuidos y mimos, es difícil de creer que alguien en su disposición saldrá. El Señor bien sabe lo que hace.                       Raúl guardó silencio por un tiempo. Limpió un par de lágrimas que le recorrieron el rostro, brotadas de sus ojos por el deleite y bienestar que le causaba esta visita. Bien, afirmó como en jaculatoria, ya me retiro. Volveré, como siempre.            La lluvia raleaba. Persistía aún. Antes de partir, Raúl observó el manto blanco que cubría a su amigo. Se despidió y salio cabizbajo. Al acercarse a la salida, miró detenidamente la puerta principal. Se apreciaba imponente aunque deteriorada y sucia. Al salir, trató de cerrarla. ¡No la cierre, siempre tenemos emergencias!, le gritó el jardinero que acababa su faena.            A Raúl le causan tristeza el umbral de ese edificio y las letras que lo adornan. Para desdicha, su padre le había traducido su significado: LETUM NON OMNIA FINIT; “la muerte no es el fin de todo”. En el interior del camposanto, yacía su amigo. Descansaba en la muerte como cualquier parapléjico en vida, sin alegrías, arruinado completamente en su juventud por una bala, cubierto por un manto de mármol blanco.             Ya en el autobús Raúl recordó la tumba vacía del antiguo vecino de William: debe ser triste que al deudo de uno lo desalojen de la fosa cuando la familia falta en el pago del canon de renta. ¡A saber a dónde terminan con los huesos!. Menos mal que mi familia tiene contrato eterno. En teoría, jamás extraerán a ninguno de mis difuntos, o… a mí.            El vehículo destartalado giró en la esquina. El conductor prendió los focos delanteros y siguió su ruta de siempre, echando maldiciones a las aves que sobre los árboles colindantes a la necrópolis, dejaban caer sus excrementos sobre la capota del armatoste. ¡Pájaros de mierda, por qué no anidan en el trasero del diablo!.  En el interior del huerto del Señor, yacían muchos cuerpos. Las almas de algunos de esos cuerpos anidan en el infierno, allá por donde el diablo tiene su trasero. El chofer del bus pretendía ignorarlo o lo ignoraba…            La noche caía tranquila. Doña Teresa, madre de William, se acercó a la tumba de su hijo para decir adiós. Raúl desconocía que mientras conversaba con su vástago, ella acudía a la florería de las afueras del cementerio para comprar algunas rosas. Depositó un par de ramos en los floreros de cemento que adornaban la tumba. Sustrajo de su bolso un trapo limpio y lo pasó por enésima vez sobre el manto de mármol blanco. Con la punta del índice recorrió cada una de las letras de la inscripción mortuoria: William Emaú Flores Estrada. ? 25 de marzo de 1970. † 3 de octubre de 1987. Se retiró silenciosa. En la calle se encontró con la enfermera Raquel, primera y única novia de William y madre de su primogénito sin hermanos, que la esperaba para transitar juntas. Se tomaron de la mano y se alejaron caminando en total mudez. Ocasionalmente se volvían a ver y doblaban las cabezas sobre el hombro más cercano de la otra. Del otro lado de la calle, frente al cementerio, los empleados nocturnos de las marmolerías italianas encendías las luces que colgaban de los fanales de sus fachadas.            Un vehículo se estacionó frente a la floristería. Una señora vestida de total negro desde la cabeza hasta los pies, incluyendo velo sobre la cara, preguntó por el precio de las flores. El dependiente la observó completa, incluso la joyería de incalculable valor que acarreaba en cuello, muñequillas, dedos y orejas, calculando con ello el precio que le podría brindar a la dama que acababa de dejar el Mercedes Benz. ¿Para velorio o para entierro?, preguntó el dependiente. Uno que pueda llevar cómodamente en la mano, voy a una fiesta de disfraces, dijo la mujer. El Mercedes Benz partió raudo, en dirección contraria a la puerta principal del camposanto. A la misma hora, el jardinero abría de par en par las puertas del recinto. Sobre un carretón de madera ingresaba un pequeño féretro. El padre del pequeño difunto halaba por delante mientras la madre empujaba desde atrás la pesada carreta. El hermanito de la criatura fallecida aprovechaba la oscuridad para recoger las flores que los árboles de la necrópolis botaban sobre la calle. Al lado de la tumba de William, unos pocos enterradores esperaban el pequeño ataúd para depositarlo en el hoyo vaciado. El jefe de enterradores ordenó: Solamente esperaremos que la familia del niño se retire para sacar la caja. Lo iremos a botar al basurero de la costa del lago para que se lo coman los buitres. Luego, metemos al dueño del sepulcro y ya, nos ganamos unos billetes, terminó el cabecilla. Un par de pasillos más allá, el resto de enterradores celebraban con música el cumpleaños del jefe, mientras de centro de mesa tenían el féretro del vecino de William cubierto con papel de regalo, que esperaba que terminara la estafa para volver a su cripta. Los delincuentes comían la carne asada que algunas horas antes, la pobre mujer que había perdido a su criatura, les había preparado como parte del pago por el favor de haber conseguido espacio en el cementerio oriental, descartado para más entierros desde una década antes. Amén.

La maldición de Tiscapa

           La noche se tamizaba sobre la población. La pirámide, a pesar de la penumbra que ya le cubría, se apreciaba aún. Lucía reluciente, pulcra y limpia: como nueva. Poseía nueve terrazas en cuadrados concéntricos que iban disminuyendo en perímetro en la medida en la que la subsecuente, hacia arriba, se sobreponía sobre la anterior. La estructura finalizaba hacia el cielo en una especie de recinto semicerrado; en un altar que antaño se utilizaba de sitial para adoración e inmolaciones, con orificios rectangulares en las cuatro cardinalidades a manera de portales de acceso. A este sagrario se llegaba desde los cuatro costados inclinados hacia adentro, en escalones simétricos que nacían en el suelo y morían en la techumbre. Esta idolatrada azotea entonces, ya no se utilizaba para realizar sacrificios; más bien, evocaba la grandeza de siglos anteriores.            La mampostería de toda la edificación era simple, con bloques lisos que juntos ofrecían un imponente poliedro a los dioses de antaño. En ninguno de sus costados existían relieves conmemorativos o imágenes que recordasen alguna deidad importante. En dos de sus plantas existían aberturas cubiertas con algo así como cristales, en un conjunto que, se podría decir, lucía anacrónico en una época en la que el vidrio aún no se conocía. Todo el contorno era majestuoso por el tamaño mismo de la obra, pero sencillo; rodeado de árboles centenarios y aves dormidas en sus ramas que agregaban un generoso colorido ya apagado por la penumbra. De uno de los lados del monumento dos majestuosos tótem de madera con un águila con el plumaje extendido sobre cada una de las respectivas cumbres de los obeliscos, custodiaban las fronteras. Más allá, otros postes sumamente delgados y llanos adornabas sus picos con simples alas labradas. Todas las esculturas emblemáticas habían sido ubicadas en el interior de una especie de empalizada. Esta valla se encontraba empotrada en piedras de cantera talladas a mano. La barrera rodeaba a toda la pirámide: creaba un límite artificial entre el local para festividades y los adyacentes a este, como confín entre varias delimitaciones disímiles. En el lugar se respiraba un frescor tropical como antesala al sitio de celebración.            En el altar de adoración que se sostenía sobre el techo de la novena terraza, el chamán gozaba soberbio con su penacho bicolor azul y rojo, mientras abajo, la tribu bailaba eufórica, excitada y dominada por el hechizo de tambores y de otros instrumentos sonoros, de viento y de percusión. Extraordinariamente, el viejo nigromante que paseaba su mirada desde lo alto del altar, poseía perfil árabe y bajo la luz de la luna, su piel se apreciaba blancuzca. Debajo de sus ojos lucía sendas máculas elaboradas con algún betún negro que le daban un aire de misterio. El chamán estaba sobre todos los presentes a treinta metros de altura. El viejo del plumaje bicolor observaba hacia el norte, en dirección a la laguna Tiscapa.            La laguna Tiscapa o “Laguna de espejo” en lengua náhuatl, se formó por la explosión de un volcán, cinco mil años antes de que el chamán asomara su rostro sobre la cubierta de la pirámide y tratara de otear más allá de sus dominios. El boquete de Tiscapa posee un diámetro aproximado de quinientos metros y enormes farallones perpendiculares que bajan hasta el cráter. Luego de tantos miles de años, el hueco en su interior se llenó del agua de lluvia que, copiosa como siempre, ha caído desde antes de Cristo hasta que el suelo se sumergió a cincuenta metros por debajo. Los ancestros náhuatles sembraron en la laguna peces y tortugas llevados desde un poco menos de una legua, desde el Lago Xolotlán. Se asentaron en las cercanías de la laguna por la abundante caza que se encontraba fácilmente en sus riberas. Ya sembrada la pesca, no había que viajar hasta el lago para alimentarse de sus acuosas entrañas.            La “laguna de espejo” ya no es más un espejo. Si alguna vez lo fue para la raza náhuatl que se sirvió de ella, ahora no queda sino un reducto opacado por la suciedad de cierto cauce pluvial desviado hacia ella para llevar en su caudal, toneladas de sedimento y suciedad moderna de la ciudad, oscureciendo el futuro de la histórica fuente de agua. Ya las tortugas no desovan. Ya los peces no nadan, Falta oxígeno. Toda su tradición puede perderse.            La mente viaja. El chamán observa la laguna. Si pudiera, el viejo adivino recordaría los sacrificios humanos que los antepasados realizaban dentro del cráter, depositando en el centro de sus aguas a doncellas atadas que inútilmente se resistían, presas del terror, mientras la gigantesca constrictor se aproximaba confiada, percibiendo en el aire el horror de su entregada víctima. Las vírgenes se sumergían en el abrazo mortal de la inmensa boa que halaba con ella la vida de las mozuelas hasta el fondo de ese abismo de líquido verdoso. Quizás, en las orillas de la laguna de espejo, los padres de la moza de la oblación de turno rezaban a los dioses junto con el resto de la tribu, agradeciendo las bondades de la madre tierra mientras la víctima sucumbía en ahogos de pavor y desaparecía debajo del agua con los huesos pulverizados. La noche que el chamán observaba desde la cima de la pirámide, la tribu no participaba de ningún sacrificio: bailaba, ingería destilaciones y fumaba.            Quizás algún viejo cacique en tiempos anteriores al del chamán que avizora desde la cima de la pirámide habría contado a sus vasallos la historia de la creación de la laguna, de la forma en la que ellos comprendían el mundo y observaban los acontecimientos: Uticapa o “en el agua de la piedra de los sacrificios” o ya “el lugar del charco” en lengua mexicana, se formó cuando la princesa Xincalt, hija del cacique del reino del Cuzcatlán se enamoró de Nahoa, hijo del cacique del reino del Quiché, que pasaba por el reino de la manceba en tránsito hacia el reino de su padre en estos territorios. Cuando los jóvenes comprendieron que el padre de Xincalt no bendeciría la unión entre ambos por ser de razas distintas, decidieron huir. En el escape hicieron un alto en la orilla de una laguna en la que la princesa lloró apesadumbrada, porque jamás la volvería a admirar. Nahoa realizó un conjuro: Convirtió la laguna en un pequeño charco de agua que introdujo en un huevo de chompipe. Cuando llegaron a estas, las tierras de su padre y se presentaron ante el soberano, el príncipe le narró que dentro del huevo de pavo llevaba a la laguna de la princesa. El rey, asombrado, tomó el huevo entre sobresaltos de asombro.  Este cayó de sus manos hacia la profundidad de un precipicio formado dentro del cráter del volcán, en cuya sima, el óvulo se destruyó en pedazos. Llenó entonces, el vacío en el interior del cráter con el agua de la laguna del reino Cuzcatlán.            Ya en la leyenda que llega hasta nuestros días, dos jóvenes, en razón de la diferencia de sus razas, jamás consumaron su amor. Xincalt murió de melancolía, congoja y desconsuelo. El príncipe se arrojó en la recién formada laguna Tiscapa, ahogándose en un remolino de pasión: la discriminación entre sus tribus los había consumido en el odio de sus linajes.            La laguna Tiscapa ha estado maldita en el devenir de la historia. Los primeros pobladores náhuatles asentados en comunidades cercanas al volcán Momotombo fueron desplazados por extranjeros de ropaje similar. Los chorotegas extendieron sus dominios desde allí hasta la zona montañosa en el norte. Los náhuatles, degradados por congéneres de la misma raza, emigraron y se establecieron en las costas del lago Xolotlán, en la ribera de lo que ahora se conoce como la ciudad capital, Managua. Nadie pudo hacer nada. El arco y la flecha reinaban en nombre de sus dioses.            Luego, las deidades que llegaron de ultramar en casas flotantes conquistaron el pequeño reducto de chozas, repoblando las costas del lago con extranjeros de ropaje distinto. Los náhuatles, marginados por congéneres de otra raza, se vieron de nuevo precisados a dejar sus tierras y partir hacia el sur, al sitio en donde yace la laguna. Nadie pudo hacer nada. El arcabuz y la pistola de chispas reinaban en nombre de Dios.            En la época contemporánea, en la ladera noroeste de la laguna se construyó la primera Casa Presidencial del país. Allí se erigieron ergástulas en las que se torturaba y se asesinaba, porque los bandos en choque no poseían los mismos ideales ni igualdad en sus preceptos políticos. Medio siglo de desavenencias se arreglaron en ese averno sobre la tierra, en donde cientos de almas subieron a los cielos a punta de suplicio y martirio dejando sus cuerpos hechos guiñapos, únicamente porque no se compartían la misma visión del mundo, de principios y de la libertad. Nadie pudo hacer nada. El garand y el AK reinaban en nombre de Dios.              Si el chamán hubiese tenido el poder de avizorar el pasado o el futuro, definitivamente hubiese llorado por los horrores anteriores a él o los venideros. Hubiese podido evitar lo que aconteció esa noche, a sus pies: En la pirámide seguía el jolgorio entre libaciones y danzas. Las muchachas, como en el ceremonial de apareamiento que algunas veces se presentaba, lucían trajes translúcidos, minúsculos y llamativos. Usaban cargados colores carmesí en sus rostros, semejando un buen maquillaje de azafrán. Lucían collares de piedras brillantes para pretender la atención de los mejores guerreros de la gala.            Por su parte, los muchachos llevaban sus mejores atavíos y calzados. Ya al calor de las bebidas, exaltaban los atributos propios y lanzaban una que otra mirada de acecho a las posibles candidatas. Algunos más aventajados, halaban a las chicas a danzar en intensos y estimulantes saltos. Aunque el ritual de danza comenzaba con las parejas comprometidas, ya a cierta hora se rompía el rito y los más jóvenes, bajo las miradas de curiosidad, se desinhibían al ritmo de la danza y los néctares etílicos.            A media noche que la celebración subía de tono, se acercaron varios visitantes forasteros. Sonrieron cuando observaron la imponente obra piramidal. ¡Hemos llegado!, dijeron en su lengua. Llegaban de otras tierras en donde ocupaban importantes puestos. Se bajaron del carruaje que los transportaba. Alisaron con las manos los pliegues de sus trajes y se dispusieron a ingresar al sitio de peregrinación acostumbrado por los nativos criollos. En la entrada principal, dos ruinosos oriundos sin trajes de guerra les impidieron el acceso. Uno era un impresionante y macizo ejemplar, con músculos bien definidos que seguramente acababa de cumplir algún rito, porque su cráneo lucía desposeído de cabello. El otro, con el pelo lacio como fiel descendiente de su tribu, era un rollizo chocante que enseñaba los dientes de forma amenazadora a los recién llegados. Entre los visitantes forasteros y estos dos nativos que custodiaban el pórtico del templete se entabló una monserga acalorada. Adentro, la celebración proseguía sin variación. Los visitantes, que no eran descendientes de náhuatles, más bien descendientes de miskitos o autóctonos del Atlántico, se retiraron farfullando por la ofensa recibida. Para la madrugada, la pirámide había perdido totalmente su encanto. No era un sitio ceremonial. Más bien parecía palacio romano: Entre baco y tabaco el interior de la edificación quedó hecho un caos. Con las primeras luces de la alborada, el emplazamiento quedó desolado, salvo el chamán que sin inmutarse e inmóvil, continuaba su observación perenne de la laguna Tiscapa.            A la mañana siguiente, en su edición matutina del 14 de febrero de 2009, día del “amor y de la amistad”, los periódicos nacionales anunciaban: En la discoteque “Chamán”, que estrena un novedoso local en forma de pirámide en las cercanías de la laguna Tiscapa, se negó el ingreso a la diputada del Parlamento Centroamericano Bridgete Ivonne Budier Bryan quien se hacía acompañar de varios funcionarios, entre ellos Sidney Francis -Presidenta de la Organización Negra de Centroamérica-, Delia Martínez -Asistente del Viceministro de Asuntos Indígenas de la Cancillería de la República-, el funcionario del PARLACEN Francisco Campbell, Katheryn Hodgson, Majaila Francis y Jahaira Omier. La congresista Budier y Campbell denunciaron ante el Ministerio Público a los dueños palestinos de la boîte de nuit por discriminación racial bajo el alegato de supuesto “derecho de admisión” o “admisión reservada”.            “Fue escalofriante la experiencia de El Chamán. En pleno siglo XXI existe discriminación”, dijo Budier. “Fue humillante, porque a todas mis amigas blancas las dejaron entrar y a mí no, sin más explicación. No entiendo por qué lo hacen si el dinero es el mismo”, expresó Hodgson.            La Alcaldía de Managua estudia la posibilidad de cerrar el local. Para mientras, la pirámide que luce en su parte superior una marquesina con un indígena de perfil palestino, que usa un penacho rojo y azul, y que se ha convertido en el último boom para la juventud deseosa de nuevos locales de diversión, abre sus puertas para los visitantes que bailan noche tras noche en su interior. La versión de los palestinos es otra…            Desde hace cinco mil años, del lado norte de la nueva y reluciente pirámide de la discoteque Chamán, está la laguna Tiscapa. Ha observado otro de los muchos atropellos y vejaciones cometidos en sus laderas. De Xincalt a Bridgete la laguna sigue maldita, esperando la próxima afrenta o el próximo holocausto mundial que quizás nos alcance. San Martín de Porras, santo de piel negra, ora pro nobis….   

La pesadilla de Aurelio

           La neblina acariciaba el torso descubierto de Aurelio que a grandes zancadas se acercaba a su pequeña casa de tambo, evitando las charcas que la llovizna había formado en todo lo largo de la trocha. Llegó a su hogar sin contratiempos, pero pasada la hora acostumbrada. En la puerta descubrió su cabeza y depositó el sombrero húmedo sobre el molendero de la cocina. Desenrolló su camisa de la cintura y la colgó sin retorcer en el mecate de henequén que colgaba, ahumado y tostado desde siempre, sobre el fogón. Entre las luces de los carbones encendidos del brasero que de vez en vez flameaban, distinguió la silueta de su mujer que un poco más allá, dormía placidamente sobre una butaca en la que a fuerza de costumbre, noche tras noche, había aprendido a mecer bajo su cuerpo adormilado sin perder el equilibrio.            Aurelio tomó un pocillo con café recalentado que yacía en el borde del horno casero. Con ambas manos cubrió el recipiente para proporcionarse calor. Sorbió con delicia. Lo depositó en el fogón para que no perdiera temperatura. A tientas logró encontrar un plato de plástico que acercó al perol de frijoles que hervían en el mismo brasero. Los frijoles estaban a poco de perder toda la humedad, por lo que volteó una jarra, cubriendo de agua la frijolada. Se sirvió abundantemente, como nunca. Acompañó la cocida con un par de cuajadas recién hechas, media docena de tortillas y tres pocillos con café. La mujer se incorporó. Acordate de tus pesadillas, le dijo somnolienta, al observar el banquete que su esposo se daba. Él le lanzó una mirada de glotonería, engullendo rápidamente y de un sólo bocado, media tortilla rellena de frijoles con cuajada desboronada. Francisca se retiró al aposento. Bajó al perro de los trapos que cubrían el camarote en el que cada noche se acomodaba con su marido. Se acostó sin dar las buenas noches.           
           Aurelio eructó satisfecho. Se desnudó y se echó en pelotas al lado de su mujer. Entre las hendijas que formaban los pedazos de madera de su casucha, se filtraba el rocío de las diez de la noche. Se cubrió con un pedazo de tela remendada que le abrigaba únicamente la mitad del cuerpo. Se durmió luego de varios quejidos en los que desahogó el tamaño de su estómago inflamado por la gula.            Aurelio se veía desnudo, caminando entre la montaña oscura, amarrado de ambas manos con un alambre metálico que le aprisionaba las muñecas. Su mujer dormía plácidamente sin sospechar que algunos minutos antes, a su lado, había comenzado una cruel pesadilla. El sueño que la invadía bajo su tibia frazada había evitado que escuchara los aullidos de terror de su marido y que sintiera sus movimientos y convulsiones. Aurelio quiso detenerse para tratar de descubrir qué pasaba. No pudo. El alambre halaba con fuerza y sin piedad. Un hombre sin rostro le miraba con un par de centellas en lugar de ojos. El tipo que sostenía el alambre que le ataba, parecía salido de la historieta mexicana “El monje loco” que había ojeado algunos días antes: lucía una caperuza oscura y un traje completo de abadía medieval. Era la peor pesadilla que había tenido jamás.            Aurelio se observaba cansado, jadeante y sudado en el frío de media noche. Subía y bajaba colinas en la maraña de montes. El monje que le dirigía, encendió una minúscula tea que terminó en una chispa que se encendía eventualmente a un color naranja brillante, volviendo a su color rojo luego de llenar el ambiente de un humo pegajoso y desagradable que viajaba con el viento, guiándolos en la dirección que ambos llevaban. ¡Brujería nunca vista!, dijo Aurelio. Como en la historieta, esperaba terminar el viaje en un convento. Llegaron a su destino rodeados de una neblina tenebrosa. El lugar no era un claustro clerical, más bien un sitio de superiores pesadillas: se encontraba en el centro de la selva, aislado de cualquier lugar, en un emplazamiento de horrores empotrado en una cueva repleta de pequeñas casitas, muchas de las cuales yacían casi al ras del suelo. Allí, el humo que Aurelio sintió sobre la marcha se mezcló con otros olores y humos distintos. El monje que lo arrastraba lo dejó en un boquete cerrado con lanzas, dentro del interior de la gruta. Le retiró las amarras y lo dobló sobre el suelo de un fuerte empujón. Cerró la minúscula puerta de la ergástula. Se desvistió del ropón. Aurelio trató de verle el rostro, pero la opacidad le impidió ver claramente a su basilisco carcelero. El monje se retiró.            Aurelio se sentó sobre la tierra mohosa. El sitio expelía horrorosos olores a sangre reciente. Al llevar sus manos más allá, al deambular en cuclillas, descubrió un cuerpo descarnado. ¡Jesús!, se dijo, estoy en la prisión del peor monasterio y de aquí no hay escape... Aurelio viajaba en sus fantasías. Recordó las palabras premonitorias de su mujer: no comás tanto. Si esa noche hubiera hecho caso al recordatorio de su esposa, ese mal sueño no habría llegado. Hubiese logrado superar el miedo y se habría levantado a lo inmediato, alertando a Francisca.            A la mazmorra de Aurelio llegaron gritos de pavor y palabras solicitando conmiseración. Los monjes se divertían martirizando a los cautivos que, como en la historia de la Santa Inquisición, torturaban a sus prisioneros hasta obtener la última confesión. Al igual, llegada la confesión, el tormento culminaba en la ejecución del pobre torturado. Aurelio esperaba ver las hogueras de la historieta, pero en cambio, la vida de los reclusos terminaba incierta. Hasta su prisión no llegaban las luces de las fogatas ni los gritos despavoridos de los inmolados. Aurelio comenzó a tiritar en intensos temblores que le llegaban de un estómago convulsionado. Sudaba copiosamente sin saber si esto se debía al malestar estomacal que ya le subía por la garganta o por la incapacidad de despertarse de aquella pesadilla. Trató de pensar lúcidamente, olvidando sus fantasías de siempre, pretendiendo acercarse más a la historieta de “Batman contra Guasón” o a la de “Kalimán y la tumba del rey Midas” que la tarde previa le había comentado uno de sus amigos de copas. Fue imposible. El sueño en el que se encontraba parecía una de aquellas pesadillas circulares en las que uno sueña que pervive otro sueño a su vez, nada más que Aurelio vivenciaba un único mal sueño.            El pobre campesino trató de llevar la mente a algo más positivo sin lograrlo: Se encontraba enclaustrado en el interior de una montaña desconocida, en una situación espiritualmente insalvable que ni Dios, en ese momento, podría ayudarle a superar. Al fin, su mente trataba de viajar dentro de un sitio en el que seguramente el Señor no habitaba. Si pudiera acordarme de alguna oración, el Todopoderoso se acordaría de mí en estos momentos de angustia, pensaba el hombre. Francisca yacía dormida, sonriendo. Seguramente soñaba con sus hijos que finalmente habían logrado superar la adversidad en la ciudad y ya se dedicaban a tiempo completo a honrosos trabajos en la capital, a trescientos cuarenta kilómetros de aquel pueblo denominado Kurinwás, hasta a donde hacían llegar algunos córdobas para ayudar a sus padres que se resistían a dejar el pequeño rancho. La guerra no nos alcanzará, decía Francisca confiada. Por las noches, desde lo alto de su casita en la cima de la montaña, Aurelio y Francisca observaban en la lejanía, los faroles de las tropas que circulaban ganando territorios al enemigo. Gracias a Dios que ni los unos ni los otros se acercan a estos lares, decía la mujer.            Esa noche, antes de llegar a su propiedad, Aurelio había pasado por el pueblo, a varias leguas trocha abajo. Se había encontrado con un par de campistos con los que había departido dos botellas de ron en el estanco local. Entre trago y trago, la conversación irremediable sobre la situación del país emergió. Cada cual expuso su punto de vista sobre los bandos en conflicto hasta que, sin lograr un entendimiento común, decidieron marchar hacia sus respectivas parcelas no sin algún malestar político aflorando en sus mentes turbadas por el licor. Aurelio se despidió de uno de sus conocidos. Pastor le acompañó por algún tiempo hasta que cada cual tomó su rumbo en el riachuelo que servía de límite entre las propiedades de los dos amigos. Santiago salió del estanco por otros derroteros, en búsqueda de su caballo que había soltado sus amarras en el sitio en el que lo había dejado en resguardo.            La mente de Aurelio viajaba confundida. Ya no sabía si pensaba, soñaba o imaginaba. El estómago le había jugado una mala pasada. Mañana, si amanezco muerto, Francisca sabrá que fue por culpa de mi hambre, decía con tristeza. Aurelio trató de dormir pero recordó que ya soñaba o lo pretendía. No sabía. Nuevamente, el estómago estremecido por el licor y la cena le hablaba en incesantes ecos y estruendos desde su interior.            El hombre que le había encerrado en aquel sitio se acercó. Vestía de nuevo el ropaje de monje. Llevaba la cara cubierta, dejando visibles únicamente dos pequeños orificios que brillaban al tenor de la lumbre que el tipo llevaba en sus manos. Aurelio se giró para que el monje le amarrara con la liana metálica de nuevo. Ambos salieron. Se retiraron a buena distancia de la cueva. Aquí será, le dijo el monje en una voz que a Aurelio le pareció de ultratumba. El malestar del cuerpo, promovido y provocado por la indigestión lo tenían en una realidad suspendida. La vista se le turbaba y las resonancias de aquella madrugada las escuchaba lejanas. El monje le entregó un pedazo de madera que terminaba en punta. Le ordenó que cavara. Cuando las primeras luces del alba llegaron, el monje ordenó a Aurelio que se acostara en el fondo del hoyo que había excavado. Aurelio se acomodó. El monje sacó la mano de sus ropajes verificando que ya no llovía. Dio la espalda a Aurelio y se desvistió de su envoltura. Al fin, Aurelio vería a su verdugo. El desdichado campisto ni se inmutó cuando vio la cara de su carcelero. Era su amigo Santiago, con el que temprano en la noche acababa de echarse unos buenos vasos de alcohol. Suspiró aliviado. Poco a poco, salía de su pesadilla. Volvía a la realidad. Santiago se apresuró. Se sentó sobre el cuerpo de Aurelio. Sustrajo de su cinturón militar una bayoneta que apuntó sobre la garganta de su amigo de tragos. Aurelio permanecía con los ojos cerrados. Cuando sintió la cuchilla hiriente sobre su cuello, pretendió despertar. Abrió los ojos en un destello de luz blanca. La pesadilla había culminado.            Santiago tomó su capote enlodado de cuerpo entero y caperuza, y el pasamontañas con el que se había cubierto el rostro. Haló nicotina de su cigarrillo, iluminando sus ojos. La chispa cambió de naranja brillante a rojo cuando terminó de absorber. Pobre indio, se dijo a sí mismo, ya sabía yo que este condenado ayudaba al enemigo. Se retiró cabizbajo, pensando en la suerte del hombre que se había salvado de la tortura tras su confesión en el estanco del pueblo. Ingresó a su casa de campaña al ras del suelo, en el campamento de su tropa.            En el rancho, Francisca abría los ojos. Viró la mirada hacia el lado del camastro en el que acostumbraba acostarse su esposo. Este Aurelio, se dijo en voz baja, debe andar bañando sus desgracias. Seguro se volvió a ensuciar luego de su mal sueño…            A media noche, en total oscuridad, el marido había sido secuestrado, como otros muchos en el campo, mientras ella dormía apaciblemente bajo su manta. Santiago, por algún respeto que le causaba la hermana de su mujer, evitó la violación y el tiroteo.            A tres leguas de distancia, la tierra cubría las desgracias desnudas de Aurelio. Una manada de chanchos de monte había olfateado el olor a sangre. Escarbaban la loma que cubría su cuerpo enterrado. Algunas horas después, los restos de las desventuras del hombre estaban sucios, llenos de las heces de los saínos salvajes que le habían devorado.            En el mostrador de la venta del pueblo, la carátula del último ejemplar de “El monje loco” mostraba al lunático religioso de cara desagradable que reía, mientras probaba carne con un cucharón, de la espalda de un pobre desgraciado que hervía en una caldera…

Obsequio de despedida

           La muchedumbre aplaudió desde antes de que los jóvenes terminaran de ejecutar su propio arreglo y variación de Für Elise para piano y marimba. Carlos al piano y Juan José en la marimba habían maravillado a la multitud que, de pie, aplaudía. La ovación se extendió por minutos. Los jóvenes, tomados de la mano, reverenciaban en agradecimiento. Complacidos, esperaron que el telón cerrara: Había concluido la audición del fin de curso de la Escuela Nacional de Música “Luis Abraham Delgadillo” que se realizaba en las instalaciones del Instituto Nicaragüense de Cultura.            Carlos y Juan José habían culminado el espectáculo como despedida: El cierre era un tributo al joven pianista de último año que en los siguientes meses marcharía a los Estados Unidos como prospecto de una prestigiosa orquesta sinfónica californiana. El contrato había llegado de súbito. La inesperada noticia había trastocado a la familia completa que ya se ilusionaba con la jugosa recompensa estipulada en los documentos legales. Por fin, la situación familiar mejoraría sustancialmente. Gracias a Dios que iluminó los pasos de mi muchacho, decía la madre complacida.            De niño, desde el alba hasta el ocaso, Carlos vendía tortillas de maíz para ayudar a la economía familiar de once miembros. El padre había abandonado a la madre tras escuchar los melosos argumentos de una quinceañera que prometía candentes y despiadadas noches. El hombre, alcohólico y drogadicto, había sido juzgado, procesado y encarcelado por estupro en una primera ocasión, hasta que a la pena se le sumaron algunos años más cuando su esposa, madre de sus diez vástagos, armada de valor, lo acusó de violencia intrafamiliar.            El mozo ocupaba el lugar de su padre para llevar el sustento a su humilde hogar, al vender el acompañamiento nacional  de cada tiempo de comida de puerta en puerta, en los residenciales en donde se deglutía tortilla y se eructaba pan francés. Ya de adolescente había variado de visión y de actitudes, hasta que una promotora social lo libró de una banda de criminales que asolaban los barrios aledaños al propio. Había sido rescatado con la humanidad al revés: De una certera puñalada que le partió el abdomen en dos, un rival de otra pandilla le había vaciado las entrañas en la acera de un parque local. En su lecho de hospital, había escuchado los rezos de los hermanos de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, los regaños y amenazas de un oficial de la Policía Nacional, las súplicas de un funcionario de una ONG dedicada a rescatar a jóvenes del horror de la droga, las oraciones en otras lenguas de un brujo de Niquinohomo que le lanzaba un exorcismo criollo y las palabras de aliento de una funcionaria del Ministerio de la Juventud. Los mensajes de la funcionaria de este ministerio, le calaron el alma. Al salir recuperado del hospital, cambió su vida radicalmente. Acudía puntualmente a los rezos en el templo de los hermanos de la iglesia, cooperaba con las actividades comunales de la policía, increpaba a los pobladores de Niquinohomo para que no cayeran en las garras del engaño de la brujería y colaboraba con las acciones de la ONG. Al final de un medio día de actividades que le colmaban su tiempo y le calmaban los vicios, asistía a clases en la Escuela Nacional de Música, en donde la funcionaria del ministerio había logrado obtener una beca para el joven en recuperación.            Tras nueve años en la escuela, Carlos se había convertido en un virtuoso del piano. Desde el inició maravilló al profesorado por su calidad artística en las clases de solfeo, coro y composición musical. En el segundo año había ganado diploma por buen rendimiento en las disciplinas de teoría musical y ejecución del instrumento. Ya desde el cuarto año sus actividades en la iglesia, la policía, Niquinohomo, la ONG y en particular en el Ministerio de la Juventud, las realizaba acompañado de un piano de cola que viajaba en la parte trasera de un camión arrendado por cualquiera de las instituciones, en el que se movilizaba a distintas partes del país, en cuyos sitios, al compás de su música en tristes melodías, narraba sus descarnadas vivencias vandálicas de antaño y su reinserción a la sociedad, para que sus experiencias sirvieran de fuerza inspiradora a la aglomeración de mozuelos en riesgo que le escuchaba encantada.            La noche de la audición, cuando las luces en escena se apagaron y el interior de la sala quedó vacía, ambos amigos, Carlos y Juan José, se dirigieron a la esquina sureste del edificio, a un bar de local rentado llamado “La Colmena”, a cenar. Carlos había superado todas las etapas de su recuperación, de tal forma que ya podía sentarse a gusto entre parroquianos que ingerían licor. Él comió poco, siguiendo la costumbre de hambre que había aprendido en su niñez, en el marginado barrio de pescadores situado en la costa del Lago Xolotlán, en donde el alimento era una suntuosidad para lucir día de por medio. Juan José cenó como bestia. Luego, se dedicó a ingerir algunas cervezas de una compañía que, dueña de la marca, había cambiado la presentación del producto para dar un giro formidable a su mercadeo: Los envases eran de edición limitada. Las latas no eran las plateadas de siempre, sino totalmente doradas. Los anuncios publicitarios habían llegado a los consumidores que solicitaban insistentemente el producto, ya que, según la propaganda, pronto acabaría sus existencias. En miles de casas los recipientes de latón dorado se utilizaban de adorno. Se había desarrollado una competencia tal, que el que tuviera menos de una docena de latas acumuladas, no se consideraba nacional, según las emisoras, la televisión, los despliegues en los periódicos y las gigantescas marquesinas de caminos y carreteras. Al aprovechar los días patrios, en los hogares se desplegaban tanto el pendón bicolor azul y blanco de la bandera, como el color dorado del envase de latón de la bebida preferida de los nacionales.            Entre cerveza y cerveza, la plática continuó amena. Juan José levantó el envase de turno y brindó: ¡Viva nuestro segundo deporte nacional!, al señalar la lata en su mano que borboteaba una fría espuma. La noche transcurría serena. El local casi brillaba en desolación. La dueña se acercó a los muchachos para recordarles que el sitio cerraba a las diez, producto de la peligrosidad de la zona. Les recomendó así mismo que viajaran en el taxi que ella utilizaba, que diariamente, la llegaba a recoger a eso de las diez y quince de la noche. El conductor del vehículo era vecino de confianza de la señora y garantizaba que llegarían a sus destinos sanos e ilesos. Juan José, luego de varias estocadas de trigo fermentado, preguntó a Carlos si conocía la historia del edificio en el que se encontraban. Carlos asintió. En este país hay que ser extranjero para no conocer la historia y la grandeza que trae en su estructura este hotel, aclaró. ¿Sabés?, preguntó Juan José, ¿que se cuenta que una vez, en los años treinta del siglo pasado, se encontraron en el restaurante del hotel, Mario Moreno y Celia Cruz?. Carlos se acercó a su amigo, interesado. ¿Cómo?, inquirió. Sí, prosiguió Juan José. La Celia había sido invitada a una gala musical en el Teatro Nacional Rubén Darío y Cantinflas viajaba por Sur América para promocionar su película del momento. Juan José apuró un sorbo de su cerveza, encendió un cigarrillo y continuó su relato con Carlos en atención completa, que, apoyado sobre la mesa, escuchaba atónito. Entonces, dijo Juan José, el restaurante del hotel se encontraba cerrado para que Cantinflas cenara sin molestias. Celia recién había acabado su presentación. Se bajó del vehículo y se dirigió en seguida al restaurante. Por supuesto que ante la importancia de tal visitante, los Beklin González, dueños del hotel, solicitaron a Cantinflas que les permitiera atender al otro distinguido huésped. Cantinflas asintió de muy buen gusto. Celia ingresó al local y nuevamente las puertas se cerraron. Cuentan que tras la puerta se escuchaba el murmullo de los empleados del hotel y de algunos visitantes que habían logrado penetrar e invadir la recepción cuando observaron que la diva se bajaba del vehículo. Celia se sentó frente a Cantinflas en una mesa para cuatro. Pidió algo de cenar. Ya Cantinflas había terminado de comer y gozaba de una taza con café negro. La cubana aprovechó la soledad de ambos para levantarse de su asiento. Se plantó al lado del mexicano. Le dijo. ¡Óyeme chico!, luego me dices... Comentó el bartender, que era el único presente, que Cantinflas la observó, extrañado. Sorbió un poco de su café y asintió con la cabeza. Celia comenzó a cantar una salsa. Luego de un par de estrofas, enmudeció. Volvió la mirada a su interlocutor y preguntó: ¿qué le falta?. Cantinflas soltó la taza del café y explotó enérgicamente: ¡azúcar!. Ya conocés cómo acostumbraba terminar sus canciones la dama negra, terminó Juan José. Carlos se echó para atrás en su asiento. ¡Ya te llegaron los tragos, mejor nos largamos!, reprendió a su amigo. Este hotel tiene muchas historias, pero esa sí que no la sabía, dijo Carlos. Sé, agregó, que por el Gran Hotel pasaron en efecto Celia Cruz, Cantinflas y otros muchos artistas, pero ese cuento, ¡que te lo crea tu abuela!, terminó. ¡Un momento!, gritó Juan José, embriagado. ¡Ese cuento me lo contó mi abuela!, aclaró. Agregó: Antes de que nos retiremos, tengo que darte un obsequio. De hecho, son dos. Carlos se acomodó en su asiento, intrigado. Juan José le hizo una seña con los dedos: dame la mano, ordenó. Carlos, aún más extrañado, obedeció. En el fondo, la dueña del local terminaba de cerrar las cortinas hacia la calle. Señaló su reloj, para indicar a sus clientes que la hora de cerrar había llegado. Juan José unió los dedos índice y pulgar de la mano para indicar que les diera un poco más de tiempo. La mujer asintió mientras acomodaba unas botellas de bebidas gaseosas en la nevera.            Con la mano de Carlos extendida sobre la mesa y a su alcance, Juan José tomó una de las latas doradas de edición limitada. Desprendió de un tajo la pieza que se utiliza en las bebidas enlatadas para abrirlas, que invariablemente terminan en una argolla para sujetarlas fuertemente al halar esta pieza. Con una ceremonia alcoholizada, sin practicar, introdujo el aro de la pieza en el dedo central de la mano de su amigo. Esto es, le dijo, para que te acordés de nuestra última reunión. A continuación, sin permiso y viendo de reojo a su amigo que lo observaba conmocionado por la emoción, agregó: y este otro, es para que recordés que siempre serás… ¡un pendejo!. En la otra mano, en el índice, le había introducido la argolla de otra de las latas. Carlos soltó una risotada que llamó la atención de la dueña del bar. ¡Ahora sí, muchachos, es hora…!. Pagaron. Se levantaron. Salieron. En las afueras del local, un taxi esperaba. Decidieron marchar a la parada de buses urbanos. La mujer se alzó de hombros y siguió a su vehículo. El taxi partió. Dejó un fuerte olor a humo y a gasolina frente al local. Los amigos se retiraron abrazados. Juan José había ingerido una buena cantidad de alcohol y caminar solo no era opción. La parada de buses estaba desolada. Del otro lado de la avenida, un guardia de seguridad custodiaba el edificio de la Cancillería de la República. Al menos, dijo Carlos, aquel hombre nos socorrerá ante cualquier percance. A lo lejos, se observaron los faros de un solitario vehículo. Automáticamente, Carlos estiró la mano para detener al automotor en el caso de que fuese un taxi. El vehículo se detuvo. Ya he terminado mi turno, dijo el conductor, pero si van por mi rumbo, con mucho gusto me gano esos billetitos. Carlos dio la dirección de las casas de ambos. Cuando brindó la propia, el taxista movió la cabeza negativamente. Te vas solitario, le dijo a Juan José. Pagó el viaje al conductor y se alejó hacia el pilote de metal que anunciaba los números de las rutas del transporte colectivo que desde la madrugada y hasta las diez de la noche, circulaban por allí. Trató de sustraer de sus dedos los aros dorados que su amigo le había dejado como regalo. ¡Jodido!, se dijo. O los dedos me crecieron o es la maldición de los anillos pequeños, que entran bien y cuando se requiere, no salen. Con una herramienta de pico, corto estos latones en cuanto nomás llegue a casa, pensó. Al cansarse de intentar deshacerse de aquellos aros se dedicó a observarlos a la luz de la luminaria pública. Los aros, dorados, emitían cierta luz agradable en determinada posición respecto con el haz resplandeciente que viajaba desde los postes portadores de los faroles incandescentes. Desde el edificio de la Cancillería, el guarda de seguridad hacía señas al novel músico. Carlos seguía maravillado, pensando en el fino detalle de su amigo borracho que, en su mente embotada, había tratado de expresar de una manera muy sui generis, que lo extrañaría. Carlos levantó la vista de pronto, perplejo. Dos sujetos se encontraban frente a él. Uno de ellos le ordenó que entregara los anillos de oro. Carlos, instintivamente, escondió sus manos en las axilas de los brazos contrarios. Ambos sujetos lo tomaron violentamente y lo arrojaron al suelo. La andanada de golpes era brutal. Carlos cerraba los ojos, cubría su rostro, pataleaba y pedía auxilio al guarda de seguridad que, desde el otro lado de la calle, observaba impávido como los delincuentes reducían al joven con un par de navajas. El guarda utilizaba insistentemente el radio comunicador mientras se paseaba dentro del recinto que custodiaba. Los minutos se hicieron eternos para el músico. De pronto, contra la vía, se escucharon las revoluciones de un motor. El vehículo se subió sobre la cuneta. La patrulla sonó la sirena y el policía tras el volante encendió las luces delanteras y superiores que cambiaron el tétrico panorama a un rojo- azul escalofriante, premonitorio de desgracias. Tres oficiales se bajaron raudamente y sometieron a los delincuentes. Uno de los uniformados se dirigió al conductor de la patrulla. A la víctima le pedimos ambulancia, dijo. En el fondo, los otros oficiales gritaban y ordenaban militarmente a los asaltantes. Los arrastraron y los arrojaron violentamente en la tina de la camioneta. Esperaron a que llegara la ambulancia. Marcharon impetuosamente hacia la delegación policial del distrito correspondiente.            Carlos despertó en el hospital. A su lado, su madre rezaba en silencio. ¿Madre, qué pasó?. La humilde mujer lo observó detenidamente. Viajó con la vista hacia el medio cuerpo del hijo y le dijo apesadumbrada: No ha pasado nada, salvo que el Señor ha querido que volvás a vender tortillas.            En la delegación policial, el interrogador se persignaba. Otro de los oficiales daba palo a los delincuentes que, sin asomo de vergüenza ni asco, recién habían arrojado sobre la mesa, los dos dedos ensangrentados de Carlos. ¡Puta, mierda!, dijo uno de los delincuentes. ¡Que anillos de oro ni qué ocho cuartos!.            En la Cancillería, el guarda de seguridad anotaba en su libro de incidencias: A eso de las diez de la noche, un par de sujetos asaltaron a un transeúnte en la parada de buses del otro lado de la avenida. Convoqué a la ley… El tipo cerró el libro y llamó desde su teléfono móvil: Estoy bien mi amor, recordá que no podemos abandonar los puestos. Nuestra obligación es con nuestra estación de cuido. Lo que pase afuera de ella, es asunto policial. Si algo pasa fuera del muro, según el procedimiento, únicamente tengo la obligación de reportar, no de asistir, nada más…            En el hospital, Carlos lloraba sobre su almohada. Su madre le reconfortaba. De vez en vez, el muchacho abría totalmente los ojos como para apreciar bien sus manos mutiladas, engasadas hasta los codos. Al otro lado de Managua, Juan José dormía desnudo. Su cama soportaba la borrachera: estaba defecada. El marimbero roncaba a pernil suelto sin saber que se había cagado en todo.

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