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Enríquez Muñoz III, Francisco (Kid Marlboro)

Doggie Style



DOGGIE STYLE

Kid Marlboro

Cada aspecto de tu vida cotidiana por muy insignificante que sea lleva una etiqueta mental con un número de apariencia absoluta férrea sagrada, los números constituyen la verdadera coloración de tu felicidad y tristeza tu éxito y fracaso tu autoestima, mides 1.70, tienes 11 consoladores en el cajón del buró, bebes 2, 5 litros de agua al día, conduces a 90 por hora, desde hace 18 años sólo usas la cama para dormir, tu matrimonio duró 365 días, diario haces 600 abdominales y 300 sentadillas, alquilas semanalmente entre 3 y 6 películas eróticas, tus medidas corporales son 95-65-92, quincenalmente te gastas casi el 30% de tu sueldo en pilas, pesas 68 kilos, siempre le apuestas al 15, en una escala del 0 al 10 a tu presente le pondrías un 2, hoy cumples 38 años, las huellas de tus sandalias te siguen sobre la arena, los dedos del sol vespertino te acarician el rostro y arrancan destellos de tu cabello, con los ojos provocadores como si estuvieras mirando a Patricio y esas formas generosas cubiertas solamente con un bikini caminas dejando un ligero rastro de perfume, un poco cursi como es normal un poco triste como es normal un poco tonta como también es normal paseas tu historia y tus deseos por la playa, los 4 chavos todavía no tienen pelos en los sobacos y ya quieren encamarse cuanto antes con una mujer, esto significa que todavía no saben lavar un calzón y ya están pensando en quitártelo, te miran vestida y te imaginan desnuda porque todo lo que tu bikini muestra es muy sugestivo pero todo lo que esconde es lo esencial, al mirarte se emocionan y al imaginarte se excitan, miran, imaginan, vuelven a mirar, se deshacen en sonrisas y piropos, y tú te sientes bien, poderosa, que vean lo que quieran que se alimenten te dices, y te dejas bañar de flores con mucho meneo de nalgas, sin decir agua va te eclipsa una muchacha, avanza en sentido contrario al tuyo, trae la luna llena a la espalda y el sol esplendoroso a la derecha, anda toda de negro el pelo los lentes el sostén la tanga las chanclas la piel, pasa a tu lado, la escaneas de reojo, vaya par de nalgas que tiene redondas abundantes generosas por decir lo menos pero no excesivas no grotescas no invadidas por la sombra de la celulitis, esas nalgas portentosas son la culminación de un cuerpo bien formado no menos llamativo en su totalidad rematado eso sí por un rostro de suma fealdad, oyes que el grupito de escuicles calenturientos se alborota, oyes el barullo que arma la presencia de la chamaca, oyes los gritos y los chiflidos, recuerdas que Patricio vio a Galilea tu mejor amiga un montón de ocasiones antes de reparar en su rostro, piensas que unas nalgas de película razón suficiente ¿no? también a él le impidieron percatarse del horror facial, al arribar a un sitio desierto te sientas en la arena cerca de la orilla, aparece en tu memoria una tarde nublada tú en tu habitación en la silenciosa casa de tus padres tratando con una guitarra de ponerle música al primer poema que habías escrito en tu vida, entonces yo era a la vez improductiva y prodigiosamente creadora piensas qué hermoso era ser adolescente, y también piensas que la adolescencia fue tu último tiempito de libertad, ahora tienes que vestirte de cierto modo para ir al trabajo y sonreír de otro cierto modo para festejar un chiste vulgar de tu jefe y decir ciertas cosas para que tu secretaria no vuelva a preguntarte por qué tú que eres tan amable tan tierna tan inteligente tan bonita estás tan sola, pero ya no estás sola, un lindo perro labrador adulto se encuentra sentado a tu izquierda, jamás habías visto tan grande a su pene tan obstinado en salírsele del cuerpo, esbozas una sonrisa y le dices hola Coco ¿qué tal eh?, y él da brincos y mueve la cola se te acerca y te olisquea arriba y abajo, procede a lamerte ahí abajo y tú experimentas esa sensación la misma que padeces cada vez que Patricio está en tu mente esa sensación que altera tu percepción de la realidad esa sensación de mojarte con fuego, entretanto Coco chilla y se refriega contra tu pierna izquierda, y tú entre el asco y una cachondez mayúscula te dejas hacer, así están durante un rato hasta que a él los ojos se le cierran con intensidad y por su hocico brota un aullido gatuno, efectúa un empujón que casi te rompe la pierna izquierda y se detiene, abre los ojos sacude la cabeza disipa la bruma que le nubla la vista mira tu cara, ¡guau guau! te explica y tú comprendes lo que ha pasado, no pasa nada declaras y él se aleja un poco se vuelve a sentar se rasca la cabeza con una de las patas traseras y revela momentáneamente que a su juguete se le han acabado las pilas y ya no funciona más porque cuelga lacio deshinchándose y menguando lentamente como un globo pinchado que va perdiendo su volumen para al final quedarse en la pura arruga, no pasa nada repites mientras él se entretiene contemplando el vuelo de una gaviota, al punto estudias con la mirada a tu pierna izquierda y eres torturada por la cruda moral que a decir de los verdaderos libertinos es privativa de espíritus débiles, te pones de pie abruptamente y a toda velocidad como si estuvieras envuelta en llamas te internas cerca de doscientos metros en el mar cuya profundidad en aquella zona es relativamente baja, la soledad te ha emborrachado, no puedes permitir que se repita lo que acaba de suceder, la tarde se tornó al cabo otra noche que pasar durmiendo, ahora mastúrbate comienza acariciando el interior de los muslos y la vulva (ah, y también el ano), aunque puedes introducir un consolador en tu vagina llegarás al orgasmo masajeando y presionando el clítoris, el orgasmo es un proceso de relajación física y mental pero a ti te ha engrandecido las ganas de macho, no recuerdas haber besado o tocado a algún cuerpo masculino desde hace 18 años, tantos años de hambre, tantos años con viento en los brazos, el divorcio te pegó el Síndrome de Lamentación Romántica una enfermedad santificada en canciones y versos, el SLR hunde a sus víctimas en la autocompasión en el debilitamiento y a veces en la autodestrucción, nulifica aquellas cualidades como la dignidad y el control necesarias para la única cura el remplazo del amor perdido, también vuelve a la víctima inmune al restaurador conocimiento de que por lo común se está mejor sin el amor perdido, he oído leído inventado que cuando una mujer ha tenido las piernas cerradas durante 18 años ya es tarde tanto para el amor como para la poesía ¿tú qué opinas?, bueno aquí lo relevante es que inocente frágil iluminando con tu desnudez todo este cuarto impregnándolo con tu olor salado no tardas en levantarte de la destartalada pero eficaz cama matrimonial, en esa misma cama hace 18 años descubriste a Galilea desvestida debajo de tu desvestido marido, abres la ventana y es el golpe frío del aire nocturno el que te obliga a entrecerrar los ojos, no olvidemos que la soledad como una muela siempre duele más de noche, la oscuridad del cielo está salpicada de agujeros que dejan pasar la luz, oye ¿oyes…?, es el mar negro que no logras ver, tapándote sólo lo que alcanzan a cubrir dos manos mientras mujeres ambiciosas con automóviles nuevos y machos nuevos rigen las calles contemplas la playa vacía, ayer fue tu cumpleaños número 38 y sigue valiendo la pena verte tomando el sol en esa misma playa, eres una fémina imposible de olvidar por donde quiera que se te mire, sin embargo llegará un momento en que no serás atractiva el mismo cuerpo que hoy es punto focal de apetitos se volverá una especie de repelente sexual o no el mismo cuerpo mejor dicho sino tu misma alma con un cuerpo decaído decadente decrépito, algún día te morirás y los automóviles nuevos seguirán caminando y la gente irá a la playa como siempre y tú estarás muerta bien muerta… muerta para toda la vida, y si nada al otro lado de la muerte nada sólo habrás conocido un hombre y una sola forma de sentir el amor (el amor no se hace se siente), me gusta más de a perrito solías decirle a Galilea cuando fanfarroneabas sobre tus aventuras pornográficas, pero tú sabes que el único pene que se ha alojado en tu vagina es el de Patricio quien la única postura que practicaba era la del misionero, cierras los ojos, el silencio es subrayado por el mar, tú mantén los ojos cerrados, permite que la cabeza se te vaya pesada demasiado habitada por Patricio, Patricio, ¡oh Patricio!, el pendejo que sólo bebía Coca-Cola y que sólo leía los periódicos de deportes, el panzón con el que empezaste a compartir el cuerpo y el techo cuando tenías 19 años y él 43, tu amado panzón, tu amado pendejo, no existe algo que induzca en tu corazón el deslumbre que él producía sin hacer nada más que existir, lo oyes entrar a este cuarto tu cuarto su cuarto, lo oyes aproximarse, no abras los ojos no voltees sólo ponte de rodillas y ofrécele a él unas blandas y a la vez muy firmes nalgas esféricas que brotan hacia fuera hacia arriba pero todavía infantiles tersas ingenuas, la verdad es que el trasero se conserva infantil toda la vida en hombres y mujeres y quizá esto explica muchas cosas, él lengüetea primero antes de la penetración aquella sencillez complejísima dos medias esferas de materia pura y femenina curvatura donde la mujer es más mujer ya desde niña, te parece entrar en él y es él quien entra en ti, se hunde buscándote el fondo, y tú lo recibes con deleite infinito, lo aceptas en toda su longitud y anchura, él empieza a menear las caderas adelante atrás dentro fuera primero con suavidad después con fuerza después con violencia, él péndulo tú trompo él tú tú él éltu túel ambos sin poder traspasar el espacio donde cada quien existe irremediablemente solo en el límite del propio placer, ¡guau guau! exclama él inclinándose sobre ti, sobresaltada abres los ojos y vuelves la cabeza y ves que es Coco tu mascota y no Patricio tu obsesión quien te ha inundado las entrañas con el escupitajo blanco que los ovarios ya pretenden beber.              

Una telenovela



Carmen y yo hablamos de las oportunidades, de ganar bien, de vivir mejor, de casarnos. Las mujeres tienen varios pretendientes en su juventud, pero se casan con el único que les estropea la vida. Por ejemplo, Carmen se casó conmigo. Y hablamos de tener un perro y dos o tres hijos. Hablamos de una bonita casa con seis espaciosas habitaciones, reluciente camioneta aparcada en el garaje y césped indefectiblemente cuidado un fin de semana tras otro. Hablamos de una cocina limpia, llena de comida y electrodomésticos, y de un baño enorme con jacuzzi donde nos meteríamos todas las noches a hacer el amor. «Vamos a coger todas las noches», me decía ella, y yo sentía mariposas en el sexo y pensaba: «Vamos a vivir en un hogar de lujo».

Pero nuestro verdadero hogar era un tenebroso departamento con un muestrario de miles de cucarachas que una vieja gorda nos alquilaba por los pocos billetes que nos quedaban en la quincena, y que tomamos porque no había otra opción. El cine se ha equivocado infinidad de veces porque no son las casonas abandonadas en los bosques, o las cabañas levantadas en el pico de la montaña, o las fábricas deshabitadas las que te invitan a cometer desvaríos: son los departamentos. Y no puedo evitar sorprenderme cuando, ahora, hojeando el periódico, me encuentro con un anuncio que dice: «Se renta precioso departamento». Me pregunto cómo puede considerarse PRECIOSO a un departamento. ¿Qué mente perversa puede llamar  PRECIOSO a un cubo de ochenta metros cuadrados?

Volviendo a nuestro cuento, una tarde atravesada por el otoño, una tarde común y corriente, pensé que las cosas no podían empeorar más, que mi existencia había tocado fondo, pero luego llegué a mi departamento (por llamar de alguna forma a ese cuchitril) y comprendí que me equivocaba. Nada es nunca tan malo que no pueda ponerse peor. Carmen (complexión delgada, piel color canela, uno sesenta y ocho de estatura, playera negra, pantalón de mezclilla azul, tenis rojos) estaba en la cocina sujetando una cubeta bajo el vigoroso chorro de agua del grifo del fregadero.

—¿Qué tal? —me preguntó con una sonrisa enorme de labios gruesos y acolchados, muy aptos para el beso con mordisco o/y el sexo oral, y dientes parejos y rectangulares. 

—La misma mierda de siempre. —El trabajo estaba hartándome. Dos años y no tenía un centavo en el banco. Así es: te dan sólo lo justo para que sigas vivo, pero nunca te dan lo suficiente para que puedas enviarlo todo a la chingada.

Sin perder un milímetro de su sonrisa, Carmen vertió el agua de la cubeta en el gigantesco bote de plástico que yacía junto a la estufa.

—Hace un rato empezó a caer agua. —No había caído agua desde una semana atrás y nadie, ni los vecinos ni la casera, consiguió explicarnos satisfactoriamente a qué se debía ese fenómeno.— Pero quién sabe cuánto nos dure el gusto. —Huy, obviamente, muchísimo menos de lo esperado.— Por eso estoy llenando el bote. —«¿Y qué?», me dijo una voz al oído. «¿Quiere que le aplauda o que le ayude?» O bien era esquizofrenia incipiente, o bien era un pensamiento espontáneo. Aposté por un pensamiento. «Quiere que le ayude, pero yo no le quiero ayudar.» Definitivamente era un pensamiento. «Me voy a hacer güey.»

Miré hacia el techo de la cocina y el foco luminoso me dio de lleno en los ojos, como una quemadura instantánea quedó en mis retinas una sensación de deslumbramiento. Cuando se me restableció la vista, pregunté:

—¿Cuándo hay que pagar la luz?

—Mañana.

Recordé con nostalgia los días donde yo me pasaba horas en un chat insultando a todo mundo o matando zombis de un videojuego sin tener que preocuparme por los ceros que le añadía al recibo de la luz. Claro que no había transcurrido tanto tiempo (dos años) pero esos días pertenecían a un pasado que ya me parecía remoto. Esos días volvieron a mí como tiempos felices en los que yo reía como deben reír los monjes budistas, en paz con la mente y el cuerpo, disfrutando verdadera y espontáneamente de los grandes momentos sencillos de la vida. Y no obstante, yo sabía que no había percibido ni una parte de esos días como felicidad, y que nunca estuve en paz. Pero, bueno, los sonidos intermitentes de mi estómago me trasladaron al presente.

—Tengo hambre. —Me habría encantado cenar pizza, tacos, pollo rostizado, quesadillas o una colosal hamburguesa.

Carmen se limitó a mirarme durante unos segundos. Me pregunté si siempre le llevaba tanto tiempo procesar la información y reaccionar.

—¿Quieres un café? —me propuso al fin.

El extremo de mi labio inferior se torció.

—¿No hay otra cosa?

Carmen movió los músculos faciales en un intento de conservar la sonrisa. Fracaso total.

—No, no hay nada. Ya se acabó todo. ¡El refri está vacío! —Tanto fruncir el entrecejo no tardaría en dejarle marcas permanentes en la frente, arruinando una cara maravillosa: profundos ojos del color del pavimento mojado, centelleantes de inteligencia, y una nariz pequeña y respingona con solo una ráfaga de pecas, todo enmarcado por una lacia y sedosa cabellera negra que le llegaba a los codos.  

—Está bien —dije, dando cabida a la paciencia, lo que más se aprende cuando un ogro deja su núcleo familiar y se va a vivir con una princesa—. No te pongas histérica. Dame un café.

Carmen cerró el grifo del fregadero, le puso la tapa al bote, llenó la cafetera con agua del garrafón, dejó la cafetera sobre una parrilla de la estufa, agarró la cajita de cerillos que se encontraba en la parte superior del refri y se colocó ante la estufa, dándome la espalda. El  pantalón de mezclilla azul, pese a lo holgado, no disimulaba sus nalgas de manzana, esas impresionantes nalgas que brotaban hacia fuera, hacia arriba, en una doble ostentación de duras redondeces, y que, además, realzaban la brevedad de la cintura. Semejante espectáculo habría despertado la cachondez de cualquier hombre heterosexual, y sin embargo yo, parado en el umbral de la cocina, la miraba como un perrito que espera que su ama se apiade y le arroje un hueso. Lo malo fue que Carmen sólo arrojó un cerillo chamuscado al diminuto bote de basura y dio media vuelta.

—No hay gas —expresó con una voz que revelaba tanta hambre como la que yo sentía. «¿Tiene algún sentido esta vida?», me dije. «Trabajamos para comer y comemos para trabajar. ¿Algún día haremos otra cosa que no sea pensar en cómo no tener hambre?»

—Bueno —le dije—, dame una buena noticia.

—¿Una buena noticia?

—¿Ya vino a verte tu amiguito?

—¿Qué amiguito?

—Ya sabes, mi amor, el que viene cada mes.

—Ah, no. Todavía no. —Ya tenía un retraso de seis días. 

—Eso es normal —manifesté sumamente tranquilo, con una serenidad que me nacía de la poca suerte—, un síntoma pasajero del anticonceptivo. —No importaba lo que en aquel momento le dijera ni cómo se lo dijera, mis palabras no traían consigo una garantía de autenticidad. Hacía un mes, tras dos años de vivir bajo el mismo techo, ambos decidimos que íbamos a coger sin condón. ¿Por qué? Porque sí. ¿Por qué no? Había chiquillos de doce años que no usaban preservativo en sus relaciones sexuales por mejores razones que nosotros. Sin embargo, antes de darle gusto al gusto, yo le había inyectado a Carmen un anticonceptivo. Nuestro peor pecado fue uno que cometen todos, el de no pensar que puede ocurrir lo peor. Sería una de las primeras cosas que les enseñaría a mis hijos: la virtud de la desconfianza. 

Carmen se encogió de hombros y se puso a mirar el suelo de la cocina, como buscando un minúsculo letrero engalanado con flechas centelleantes que dijera: «NO ESTÁS EMBARAZADA». Pero, obviamente, no lo encontró, y volvió a dirigir la vista hacia mi rostro.

—Tal vez tengas razón —murmuró con un tono cercano al fastidio que hacía más profunda, más grotesca la pena de ser pobre. Ay, si al menos yo hubiera tenido un pariente rico a quien asesinar…—. O tal vez el anticonceptivo no me hizo efecto.

Lo único cierto era que estábamos maravillosamente jodidos: Carmen daba clases de español en una secundaria, yo atendía el mostrador de una farmacia y, aun así, no lograríamos mantener a un bebé. Siempre que estoy con una mujer pasa algo. Tarde o temprano pasa algo. En esa ocasión pasó bastante rápido. Si le hubiéramos preguntado algunas cosas a un doctor (qué es un anticonceptivo inyectable mensual, para empezar) nos habríamos evitado muchas preocupaciones. En realidad, a mí me habría dado otras razones para preocuparme, pero me preocupo mejor cuando tengo motivos fidedignos para estar asustado. La mayoría de los problemas parecen totalmente previsibles con la ventaja de la retrospección. Si tan sólo se hubieran escuchado las advertencias, si tan sólo alguien hubiera pensado en esa posibilidad, si tan sólo, si tan sólo. Creo que subconscientemente uno supone que los dioses de la fortuna lo favorecerán cuando suenen las trompetas de la calamidad.

Todo me pareció como una telenovela, y consideré que ya tenía bastante. Abandoné el umbral de la cocina sin pronunciar palabra, sin dejar huella, como si nunca hubiera estado allí. Carmen apagó la luz y me siguió. En el dormitorio encendí la única lámpara del único buró. Luego me desnudé y me tumbé bocarriba en la cama. Lo mismo hizo Carmen. Durante un prolongado momento (demasiado largo, la verdad verdadera), nos quedamos tendidos uno al lado del otro, en silencio, inmóviles, mirando hacia el techo. Éramos como salvajes ante un altar, aguardando milagros. Me pregunté cómo le habían hecho mis papás para comprar una casa, un montón de muebles, una serie de aparatos electrónicos, un coche; cómo le hacían para que su refrigerador estuviera siempre lleno; cómo le hacían para que en su casa siempre hubiera luz, gas y agua; cómo le hicieron para mantenerme a mí durante veintiocho años. Pensé que yo nunca sería como ellos…, nunca viviría en una casa propia. Finalmente, con un gran suspiro, apagué la lámpara.

La oscuridad volvió las cosas un poco menos reales.

De repente, las paredes empezaron a retumbar con los agresivos bajeos de una balada norteña. Entonces fue cuando me sentí desesperado entre tanta dificultad y me imaginé de vuelta, otra vez en mi barrio, en mi casa, en mi cuarto con mis cosas y mis amigos y la comodidad de vivir con papá y mamá. Imaginé lo que habrían dicho mis amigos si me hubieran visto: «Miren a Arturo cómo se lo está llevando la chingada». Yo, que no rezo, esa vez recé; pedí con fuerzas que terminara la pesadilla, bien o mal, pero que terminara ya. Tuve ganas hasta de fumar; desde hacía dos años no prendía un cigarrillo. ¿Carmen no se preguntaría, como yo, si habría valido la pena hacer todo lo que hicimos con tal de estar juntos, y después de tanta penuria volver a encontrarse con lo mismo? Me irritaba, además, que yo hubiera rezado, precisamente yo que no tengo esa fe que mantiene vivo a Dios. Y soñé despierto con el silencio, con largarme del ruido y la idiotez de esa ciudad, con refugiarme en unas montañas frías, inhóspitas, pero con buena vista, lejos de ese departamento en el que sólo había agua durante unos cuantos minutos al día, a no oír nunca más las rolitas llegadoras de los impertinentes vecinos, a no esclavizarme más por un mísero cheque quincenal, a no levantarme más con el timbrazo seco del despertador, con el sueño roto, a unas horas infames de la mañana para pescar un destartalado microbús, a no volver a estar constantemente preocupado por el estado de las cosas, por mañana, la semana que viene, el mes próximo, embelesado en el viento y en los pájaros, en el sereno vaivén de las hormigas en fila.

La imaginación ayuda a calmar la angustia pero no resuelve la realidad. Uno debe tragarse las ingratitudes de la realidad cotidiana, las mil pequeñas cosas que debemos soportar todos los días. Así es la vida. La imaginación debe someterse al bien común, y todos lo hacemos. Algunos lo hacemos tan bien que olvidamos que alguna vez aventamos un poco de ropa en un morral para tener dónde apoyar la cabeza cuando la noche nos encontrara con un amor sin más armas que la imaginación y la juventud. Sí, se van mermando las esperanzas, se va uno acostumbrando a la prisa, uno comienza a ser desleal con sus sueños, se deja de reír. 

Poco a poco me di cuenta de que Carmen estaba llorando. Acerqué mi cuerpo al suyo y le pasé el dorso de la mano izquierda por encima del húmedo rostro.

—Tranquila, mi amor —dije—. Tranquila. —Para eso hemos nacido los hombres, para consolar a las mujeres, hasta los que algunas veces nos sentimos niños.

Carmen apoyó la mejilla derecha en mi pecho. La estreché en mis brazos, y, gracias al cansancio que sentía en el alma, el sueño me venció casi al instante.

Rebaño apestoso



Alfombra rosa, grandes espejos ahumados colgando de las paredes, pista en forma de corazón con su manoseado tubo de metal al centro, televisores donde por el momento no hay más imagen que un azul profundo, olor a desinfectante de pino mezclado con el perfume barato de las teiboleras, o, por mejor decir, bailarinas eróticas, acodadas en la barra. Las mesas aún están desnudas de clientela. Quizá por eso Aleida se sienta junto a ti, quizá por eso apoya la mano derecha en tu pierna izquierda para no dejarte ir. En ningún otro putibar, o, por mejor decir, men’s club, podría hallarse mujer alguna que ostentara las perfecciones de ese cuerpo que se adivina bajo un vestido de licra blanca que la iluminación cambiante vuelve amarillo y luego verde y más tarde rosa. Sin embargo, tú rehúsas la oferta de un show particular y te limitas a observar cómo su lisa cabellera negra, espesa e increíblemente sedosa, le cubre las orejas hasta llegar a los hombros por ambos costados. ¿Tienes algo que contarme?, pregunta ella con voz dulce, tierna, como una madre que ve a su hijo llorar. Le da un gran trago a tu cerveza helada para luego esbozar una sonrisa carente de maldad en sus gordos labios escarlatas, dejando al descubierto una fina hilera de dientes blancos que contrastan con su piel morena, y posar su brillante mirada azul en la tristeza que llevas en los ojos, como si quisiera conocer tus problemas y hacerlos suyos. A ti te gustaría contarle los capítulos más bonitos de tu biografía. Contarle con cuánta alegría redactabas los deseos que siempre te concedían los Reyes Magos. Contarle ese gol increíble, con el empeine, que metiste bajo un rojizo cielo aborregado. Mucho antes. Contarle las únicas cosas que cuentan de veras. No puedo hablar de un futuro a tres años, a cinco (dices con la amargura que te caracteriza). Siempre ocurre algo con los créditos, los intereses y la realidad. Tengo que compaginar dos chambas para pagar la renta de un departamento; tengo que pelear a gritos para que los prestadores de servicios no abusen de mí; tengo que aguantar. Tengo que poner mi mejor cara para que la gente inepta me hable con un poco de respeto; tengo que cargar el billete para las mordidas; tengo que cuidarme de todos. Tengo que acostumbrarme a que aumenten los precios, a escuchar justificaciones idiotas, a mendigar. No puedo crecer, no puedo soñar, no puedo sentirme bien. Aleida te pasa la mano derecha por encima de los pantalones, en las inmediaciones de la ingle. Oye (te dice), ¿me invitas una copa? ¡Chingada madre!, exclamas, sacando un revólver del bolsillo interno de tu chamarra. Hay un largo silencio en el que no tintinea un solo vidrio ni se oye respirar a nadie. Pocos tienen la experiencia de que les apunten con un arma. No es una situación social frecuente. Pruebe usted, oh lector mío, quien quiera que sea, en su próxima fiesta, a ver cómo reaccionan los invitados. Suena un disparo y brota sangre de la frente de Aleida. Aleida se queda petrificada. No quiero decir quieta, sino petrificada en el instante del desastre interno, como una Pompeya humana. Un disparo más, y ella cae de bruces sobre la mesa. Tú le gritas si es eso lo que quería, si quería morir. Tienes la cara y la ropa moteada de rojo, como en una rara enfermedad de la piel. Clavas un ojo en las teiboleras que emiten alaridos y se arrojan al suelo, un ojo en el cantinero que levanta las manos detrás de la barra y un ojo en los meseros que se arrastran bajo las mesas. Como esto suma tres ojos, es obvio que estás muy ocupado. Eres el hombre más ocupado de este valle de lágrimas. Como si no bastara, mueves el cañón del revólver hacia acá, hacía allá y hacia acullá, muy enojado con el mundo, vociferando que todos son reses, agachados, rebaño apestoso, que odias que no te pongan atención cuando hablas.

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