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Picas Alabau, Anna (Ender)

A un superviviente



A UN SUPERVIVIENTE                                                                Autor: Ender

 

» Abro comunicación desde mi cubo. Llevamos aislados cinco días con sus noches. La comida y el agua empiezan a escasear. El E-401 de nuestro edificio se estropeó hace tres días y ahora no podemos ni siquiera respirar fuera de los cubos.

Mantengo comunicación con Mauri y Slayer y sus equipos en los cubos contiguos al nuestro pero ignoro si hay más supervivientes además de nosotros.

Si estás ahí, seas quien seas, y recibes esto: ven a buscarnos. Te necesitamos para sobrevivir.

Cierro comunicación «

No tengo ni puta idea de cómo demonios empezó todo esto. Es decir, no sin retroceder hasta el momento histórico en que el G-6 decidió apostar por la tecnología de depuración  ambiental y acabar de llenar el planeta de mierda de la que no había que preocuparse porque podíamos “reciclar”.

Supongo que no se les ocurrió pensar que los sistemas de depuración podían fallar un día y dejarnos a todos aislados e incomunicados en nuestros avanzados habitáculos cúbicos de 15 metros cuadrados.

No, no se les ocurrió a ellos ni a ninguno de nosotros y, para ser justos, no fue sólo eso lo que empezó la cosa.

La cosa, de hecho, tiene un nombre y es tan antigua como la propia humanidad y, como a todas las amenazas antiguas y terribles, esta humanidad nuestra jamás le ha prestado la más mínima atención. Lo tachamos de superstición y nos quedamos tan anchos… ¡pobres infelices!

Sólo unos pocos libros nos advirtieron de cuál era la plaga y de cómo combatirla. Los llamaron “ciencia ficción”, los desprestigiaron y tacharon de locos y conspiranóicos a sus autores. Espero que hayan sobrevivido.

La cosa, pues, se llama Solanum y es un virus devastador que arranca en pocas horas la vida y el espíritu de sus víctimas, dejando sólo un monstruoso cuerpo en largo estado de descomposición que actúa y reacciona únicamente para satisfacer su voraz apetito.

¿Y qué come?, te preguntarás.

A nosotros.

Nos muerden, nos mastican y nos devoran hasta que sus estómagos se hinchan y les desborda la carne por la boca porque no se alimentan para sobrevivir como individuos sino para propagar su mal. Cada vez que una de estas bestias muerde a uno de nosotros el virus se propaga: sufrimos, morimos y revivimos para vagar por la tierra torturando a la humanidad con gemidos infernales y propagar así ese demonio llamado Solanum hasta que no quede vida alguna que tomar.

Esta es la fatalidad que nos aguarda, el sino que se forjó cuando aquellos que tenían conocimiento de la verdad decidieron ignorarla y ocultarla en vez de prepararnos para la supervivencia en caso de avecinarse la guerra definitiva.

Ignoro cómo empezó el brote y porqué no se detuvo a tiempo. Lo único que sé es que nosotros sí estábamos preparados y por eso seguimos vivos, aunque ya no por mucho tiempo.

Cuando la ciudad cayó, cinco días atrás, no fue por un pequeño brote; hordas de no-muertos emergieron del océano y descendieron de las montañas para tomarla.

El ataque nos cogió por sorpresa, pero no desprevenidos.

La facultad fue el primer sitio que se hizo eco de la noticia. Sabíamos que sería así de manera que intentábamos pasar allí la mayor parte del tiempo. Uno de los profesores entró en la cafetería totalmente fuera de sí: balbuceaba una historia increíble sobre como había logrado escapar con nada más que un mordisco de una panda de locos que olían a podredumbre y muerte y que habían intentado devorarles. Desafortunadamente, sus compañeros no lo habían logrado.

Mauri y yo nos miramos con esa expresión que significa que nos hemos entendido sin tener que hablar nada. Nos levantamos de la mesa y nos volvimos hacia Víctor pero él ya no estaba. Lo siguiente que oímos fue un disparo que reventó el cristal de la pared derecha de la cafetería reduciéndolo a añicos. Lo último, el disparo que atravesó el cráneo del pobre profesor.

Víctor estaba al otro lado del pasillo con el revólver en la mano, su taquilla llena de armamento abierta tras él. Entre el ataque de histeria que reinaba ahí dentro, los compañeros abalanzándose encima del cadáver del profesor o haciéndose un lloroso ovillo en los rincones de la sala temerosos de que Víctor se hubiera vuelto un maníaco dispuesto a emular la masacre del Columbine, Mauri y yo conseguimos salir al pasillo, recoger las armas y municiones de nuestras taquillas y correr a toda prisa hacia el garaje donde teníamos las motos, a unos cien metros de la facultad. Víctor, que a partir de aquél momento decidió que le llamaríamos Slayer (asesino), vigilaba que la seguridad del Campus no fuera tras nosotros. Mientras tanto, Mauri y yo llamamos a nuestros equipos de supervivencia.

De camino a los cubos descubrimos que la huida de la ciudad iba a ser impracticable. En veinte minutos de trayecto Slayer eliminó a unos treinta objetivos y entre Mauri y yo dimos cuenta de otros tantos.

Al llegar al edificio, nuestros equipos ya nos esperaban a medio construir las barricadas. Pasamos y sellamos entradas y salidas, ascensores y ventanas. Derribamos las escaleras a medida que íbamos subiendo hasta nuestros habitáculos, situados en la novena y última planta del edificio.

Habíamos reunido provisiones para dos meses para los tres equipos. Calculamos mal.

Sin el funcionamiento exterior de los sistemas de depuración E-401 el aire fuera de los cubos se hace irrespirable y el de dentro llega a una temperatura media de 28 grados. El agua empieza a tener mal sabor y alguna de la comida ya ha empezado a estropearse. No podemos abrir las ventanas para deshacernos de la mierda que se va acumulando porque si lo hacemos nos vamos a ahogar.

Creía que lo teníamos todo preparado, todo calculado por si la guerra definitiva llegaba sin avisar pero nos equivocamos. Nosotros tampoco pensamos que, sin gente que llevara a cabo las tareas de mantenimiento y con zombis deambulando por todas partes los generadores de oxígeno y las máquinas de depuración de todo tipo iban a dejar de funcionar.

Ahora estamos atrapados a la espera de ver quién se vuelve loco antes y se pega un tiro o intenta comerse a alguno de los otros. Janina hace dos noches que no duerme y ayer Mauri y yo tuvimos que disuadir a Slayer de salir con la antigua bombona de oxígeno de su abuelo a “morir luchando y no encerrado como una rata”. Creo que él se volvió loco cuando tuvo que disparar a aquél profesor…

Mientras tanto yo me sigo comunicando cada hora a través de la red y de la radio de onda corta por si alguien me recibe y puede venir a rescatarnos. En el fondo, no obstante, soy consciente de que estamos condenados.

Si alguien sobrevive a la agonía de esta guerra infame y puede leer esto y puede entender lo que le estoy contando, que nunca baje la guardia, que no de el peligro por lejano ni la tecnología por segura, que no se equivoque al hacer sus cálculos y que nos recuerde a los que, aunque perecimos, luchamos por la vida.

A quien lea mis palabras, a ti dedico estas líneas, la poca sabiduría que he podido sacar de todo esto: prepárate, lucha, huye y sobrevive. No hay nada más importante.

» Me llamo Elena. Abro comunicación desde mi cubo…

El escritor



“Quise cancelar nuestra boda pero mis padres se habían gastado tanto dinero en ella que me supo mal…”

Apretó la tecla de cancelar por enésima vez aquella noche. Ojalá hubiera suspendido la boda, pero aquello no era manera de decirle a una persona que se la iba a abandonar. Menos cuando aquella persona le había empezado a importar a uno, cuando incluso había llegado al extremo de quererla.

Estaba hastiado. Nada de lo que se había propuesto hacer aquella noche le estaba saliendo bien. Sólo tenía que escribir una maldita carta. ¡Escribir! Había sido su oficio durante más de veinte años y ahora no le salían las palabras. “El bloqueo del escritor” lo llamaban algunos, pero era algo más. Era la presión, el deber de acertar en cada palabra, de hacerlo bien, de decirle que se iba para siempre y lograr que no derramara ni una sola lágrima o, al menos, que no tardara mucho en reponerse de ello.

Paseó su vista por la roñosa habitación del motel. ¡Qué asco de sitio! Era tan apropiado… Debía de haber estado allí muchas veces puesto que el vigilante de noche le había llamado por su nombre y hablado con cierta e incómoda familiaridad. Sólo que no lo recordaba.

Sacó la maleta de debajo de la cama y la abrió. Le televisión sonaba tan fuerte en la habitación de al lado que apenas lograba concentrarse y cada vez que perdía el hilo de sus pensamientos ella volvía a asaltarle.

“¡Cállate bruja!” le gritó en más de una ocasión.

Ella se reía y le amenazaba desde el silencio del inconsciente.

Sacó las bolsas de plástico y empezó a recubrir minuciosamente la habitación. Otro fracaso. Habría querido hacerlo en un descampado, en un sitio desierto donde nadie fuera a darse cuenta nunca. Ojalá pudiera haberlo hecho en lo alto de un acantilado para ir a dar al mar y perderse para siempre en la inmensidad del océano y ser devorado por los carroñeros y las aves marinas y desaparecer del mundo por toda la eternidad. Habría querido muchas cosas pero últimamente en su vida nada había salido como lo había planeado.

“No servirá de nada” le susurraba ella desde lo más recóndito de su ser pero él sabía que estaba aterrorizada.

Siguió recubriendo la habitación de plástico. Iba a ser una carnicería y se sentía mal por la persona que lo tuviera que recoger pero no había otra forma de hacerlo. Si no la encerraba en un lugar que conociera, ella iba a salir y todos sus planes fracasarían de nuevo. Sólo esperaba que su mujer no lo llegara a ver.

“Puede que mueras pero yo viviré”

Otra amenaza vacía.

Guardó la cinta adhesiva y el plástico sobrante en la maleta. Al menos sería lo más limpio posible. Sacó el revólver y se sentó sobre la cama. Odió por un instante a los huéspedes de las habitaciones contiguas, con sus televisores y cadenas de música a todo volumen para intentar amortiguar sin mucho éxito los ruidos de los cabezales de las camas al dar contra las paredes en una sesión de sexo desenfrenado y probablemente adúltero.

“Déjame salir” siseó casi tímida “yo nunca te he hecho daño”.

“¡Cállate! Puta mentirosa, ¡cállate de una vez!”

No podía soportarlo más. Las lágrimas le recorrieron las mejillas cuando notó el frío cañón del revolver en su sien.

“No lo hagas” susurró ella con voz casi ahogada.

“¿Cuándo empezó todo esto?” se preguntó en voz alta. “¿Cuándo mi vida empezó a decaer así? ¿Cuándo naciste tú para llevarte todo lo que me importaba, todo lo que tenía sentido para mí?”. Por una vez, ella no respondió.

Era un hombre recién casado, felizmente casado para su sorpresa. Tenía una esposa guapa y joven, una casa bonita, un buen empleo que le gustaba y se le daba bien aunque no fuera el sueño de su vida… Hasta que ella apareció y lo jodió todo.

Se dio cuenta de que la mano le temblaba y apartó el revolver de su cabeza. Había empezado a llorar como el hombre que sabe que no tiene más remedio que morir pero teme hacerlo más que cualquier otra cosa.

“Yo te ayudé. Hice de ti lo que eres”

“Y por eso voy a acabar contigo” siseó lleno de rabia “porque me has convertido en un monstruo”.

Siempre había querido escribir, contar historias a la humanidad y aunque muchas veces sabía qué quería contar, era totalmente incapaz de hacerlo. Le sobraban ideas y le faltaba talento. Fue entonces cuando ella apareció.

Al principio no era más que un pseudónimo, el personaje-autor que hablaba en primera persona en sus narraciones, de una manera que él siempre había sido incapaz de hacerlo. Era su musa, su fuente de inspiración y su mano redactora, y pronto pasó a ser quien tecleaba por él en el ordenador, quien pasaba horas encerrada en su despacho componiendo tramas y elaborando historias que se convirtieron, una tras otra, en grandes éxitos de ventas.

Luego vinieron las gemelas, las niñas de sus ojos, sus queridos vástagos. Eso fue lo que ella les llamó en la primera nota suya que recibió, el día que se dio cuenta de que ya no era el único amo de su cuerpo sino que alguien más habitaba dentro de él, alguien que dormía mientras él velaba y que trabajaba mientras su mente divagaba por el mundo de los sueños.

Dame libertad para escribir. Tus vástagos ocupan mi tiempo.

“Y era verdad. Dejaste de lado tu trabajo” le reprochó ella.

“¡Cállate! Son mis hijos…”

Recordó el terror al leer la nota, la paranoia de cerrar puertas y ventanas de día y de noche, de vigilar a sus niños cada minuto del día para que nada les ocurriera. Recordó el cansancio, la falta de sueño, el dolor de cabeza incesante y la confusión cada vez más grande al encontrarse en lugares de la casa donde no recordaba haberse dirigido.

Si no me dejas salir, tendré que hacerlo en casa.

Esa fue la siguiente nota y la primera vez que lloró como cuando era niño y tenía miedo de la oscuridad. Reconoció su letra en el papel y no fue capaz de asimilar lo que pasaba.

“Por eso te hablé” explicó ella.

“Ya sé porqué me hablaste. Ojalá no lo hubieras hecho”

“Cálmate” le dijo la voz en su interior esa primera vez. “No llores”. Fueron sus primeras palabras y su primer ataque de pánico antes de poder comprender que aquél ‘yo’ que creía haber inventado, la voz que narraba al público sus cuentos, se había convertido en algo real y tangible que compartía con él el cuerpo y parte de la consciencia.

“Y me sentí aliviado” susurró para sí mismo. “¡Qué absurdo fui!”

Porque pensó que ella era sólo eso: la voz en su interior que había tomado la forma de una persona distinta para poder contar aquello que él no era capaz de poner en palabras, para imaginar como en una película aquello de lo que él solamente podía formarse una vaga idea. Pensó eso y se equivocó. Pero no sería la primera vez ni la última.

“¿Cómo iba a saberlo?” se reprochó estrellando unas cuantas lágrimas más sobre el suelo recubierto de plástico.

“Sólo se puede escribir sobre lo que uno conoce” le contestó ella como si parafraseara los libros de aprendizaje de la escritura que había estado leyendo durante años.

“Creí que no era cierto, creí que la imaginación…”

“Tu imaginación soy yo” replicó ella “y nací de la experiencia”

Sintió el revolver en la mano y se dio cuenta de que era la tercera vez que lo intentaba. La primera había sido al descubrirlo, el día que se le ocurrió pensar cómo debía ser que podía imaginar tantos horrores y crueldades, siendo él una persona tan afable y tan normal. El día que ella le sugirió que bajara a mirar al sótano.

Todavía recordaba el hedor, la podredumbre, la muerte. Le asaltaban nauseabundamente sacándolo de la cama con las pesadillas más horribles, pesadillas que ella acabaría escribiendo en algún otro éxito de ventas.

“¿Porqué tuviste que hacerlo? ¿Por qué matar, mutilar, asesinar a tanta gente…?” era la pregunta recurrente, la cuestión que repetía mil veces al día desde que descubriera todo aquello. “¿Por qué no me dejaste hacerlo?”

“¿Acabar conmigo?” preguntó con sarcasmo. “Hombre, tenemos una buena vida… ¿por qué iba a querer terminarla?”

“¿Es que no te das cuenta?” gritó totalmente fuera de sí, mucho más que ninguna de las veces anteriores. “¿Es que no te importa todo el mal que has hecho? Que hemos hecho… ¿Cuántas vidas hemos segado?”

“¿Segado? Unos cuantos cientos, supongo. Pero también hemos torturado, violado, mutilado, perturbado, acosado, masacrado, crucificado…”

“¡Basta! ¡Basta ya! ¡Cállate maldita bruja!” chilló histérico al tiempo que se levantaba de la cama y asía el revolver con más fuerza. “No puedo más, no puedo seguir con esto. No puedo dejar que sigas con esto”.

Se llevó el revolver a la boca, consciente de que no había escrito esa carta de despedida para su mujer y sus hijos. La policía se encargaría de decir lo que hubiera que decir, no podía arriesgarse a otro arrepentimiento.

“No lo hagas” susurró ella asustada por última vez antes de que el sonido del disparo lo acallara todo.

“Cariño, ¿por qué, por qué lo hiciste?”

Oía la voz llorosa de su mujer en algún sitio recóndito de su mente.

“¿Por qué no dejaste una nota al menos? Amor… no puedo comprenderte”.

Lógico. ¿Cómo vas a comprender que tu marido se dispare en el cielo del paladar con toda la premeditación del mundo? Aunque, claro, como era una constante en su vida, las cosas no habían terminado de salir del todo bien.

Un fracaso, eso decía siempre él. Pobre hombre… Dormirá una buena temporada y mientras él duerme, mientras él descansa y vaga por el mundo de los sueños, mientras sigue postrado en la cama del hospital con su mujer llorando a su lado yo aprovecharé cada minuto, cada segundo de libertad para emerger de sus tinieblas y experimentar mi mundo lleno de horrores y transmitirlo a esa pobre humanidad que siempre creerá que las ficciones salen de la nada que hay dentro de las personas que las escriben.

Y así es, aunque esa nada es más real que la persona misma.

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