El Dr. Sandalisky vive en un lujoso edificio en la zona más selecta de la ciudad. Es un piso exclusivo con varios dormitorios, un gran living comedor y un escritorio decorado con muebles de estilo inglés.
Dorita viene todas las mañanas muy temprano con los dos diarios más importantes y cuatro medialunas, dos para cada uno. Prepara café con leche en una cafetera express italiana que fue regalo en el último homenaje que le hicieron al Doctor en el Colegio de Abogados cuando cumplió 50 años en la profesión.
El desayuno se lo sirve siempre en el balcón. Este dá al contrafrente y desde allí puede verse el jardín, la piscina y los juegos de niños que hay en la planta baja. También un árbol en el que siempre paran algunas palomas.
Toma su desayuno mientras lee los diarios.
Marta con sus dos hijos vive en un edificio sencillo en la zona más selecta de la ciudad. Tres pequeños ambientes atiborrados de cosas. Juguetes, ropas, libros, bicicletas, triciclo, computadoras, sillita de comer, cochecito y un angosto balcón que ofrece la vista de un jardín ajeno, con piscina y un árbol lleno de palomas. Tadeo el más chico de sus hijos las llama patos y luego de comenzar el día muy temprano con su mamadera, vá al balcón a saludarlos.
Desde allí le dice a la madre “Mamá, está el abuelo” y como todos los días ella le contesta “Bueno, saludalo”
El Dr. Sandalisky termina de leer los diarios y se queda sentado en el cómodo sillón de jardín con la vista entrecerrada. Dorita levanta sigilosamente la vajilla observando con disimulo si su pecho se mueve al ritmo de la respiración. El se queda escuchando los gritos de los chicos de aquel balcón, le recuerda las ganas de salir a jugar. Hoy vendrá a verlo como todos los viernes el Dr. Brumann, además de amigo ahora lo necesita como médico de confianza.
Marta tiene una mañana muy atareada ordena y limpia la casa, ayuda con los deberes a Camila, cocina y plancha. Se prepara para su trabajo. Almuerzan los tres juntos porque se propone preservar a cualquier costa algunos rituales que atribuye a ser del interior. En su casa hay caos, hay desorden pero no hay salchichas y nadie come parado. Los hermanos listos con sus guardapolvos blanco y a cuadritos, antes de salir de casa, agitan efusivamente las manos y dan gritos para saludar al abuelo. El no contesta, parece que está dormido.
El Dr. Sandalisky, luego del almuerzo liviano que Dorita le prepara y le sirve según las indicaciones del Dr. Brumann, acostumbra a dormir una siesta. Nunca lo hizo pero ahora lo siente necesario y además se encuentra muy apegado a su rutina, le dá parámetros para sentirse ubicado. Cuando se despierta toma un baño y luego será hora de trabajar. Para eso se viste. Siempre con camisa y corbata, el saco no le hace falta con este clima. Los zapatos rigurosamente lustrados. Aunque hace ya algunos años que no ejerce la profesión, metodicamente se sienta frente a la computadora y pasa su vista por las páginas de noticias jurídicas que el sobrino le dejó programadas como favoritas. Luego, como el Dr. Brumann le dijo que debe caminar, acostumbra a recorrer el perímetro de su departamento siguiendo los ángulos de manera que permitan conformar una buena extensión o si el día está muy lindo lo hace en el balcón de extremo a extremo. En esos momentos sueña que camina en los pasillos del Palacio de Justicia como otrora y entonces cada tanto Dorita lo vé hacer un ademán con la cabeza saludando a los colegas.
Marta corre cuando deja los chicos para poder cumplir con esas tres horas de trabajo diarias que se propuso hacer en el estudio de un amigo. A veces ni enciende la computadora. Encuentra gente que la espera, su colega que le quiere comentar algo y los llamados telefónicos. Pide un café en el bar de la esquina porque prefiere el express. Juntando más trabajo para hacer en casa y luego de reinventariar las tareas pendientes que se le acumulan, corre a buscar los chicos a la escuela. Es que no le gusta mandarlos a doble jornada. Todos juntos y cargados hacen las compras para la cena o van a la plaza. En las pocas horas que le queda al día Marta los va a bañar, les va a dar de cenar, va a jugar con ellos o leerles algo, los hará dormir, limpiará la cocina y se va a sentar en la computadora a trabajar. Por fin. La mirada se le escapa hacia el balcón, no hay una luz en los otros departamentos y se pierde en la oscuridad.
Para tomar el té el Dr. Sandalisky recibe los lunes a su amigo Gabriel Teherán. Fue su primer socio hasta que dejó el estudio aceptando ser juez de la nación. Los martes viene el rabino Azvadal, leen juntos algún pasaje del Talmud y luego lo comentan. Hablan mucho sobre la muerte. Los miércoles viene su sobrino que es un abogado exitoso y brillante. Es el día que más disfruta escuchando los comentarios de casos y situaciones de lo que fue su mundillo. No es el mismo en realidad que él habitaba, las cosas han cambiado tanto que ya no las entiende, además casi no puede seguir las palabras y las ideas que tan velozmente transmite el muchacho. Sin embargo, el simple sonido de palabras como expediente, caso, juicio, juez le recuerda ese contenido del que estaba lleno y temporalmente lo sacia. Los jueves recibía a Sara. Ella era viuda de su amigo de toda la vida, Pelerman. Una señora exquisita, con la que le daba tanto gusto hablar. No importaba el tema de conversación pero el tono de su voz y el olor de su perfume eran una caricia que él sentía en todo el cuerpo. Hace algunos meses ya no está y para que él no sufra, ese día Dorita se sienta a tomar el té mientras le cuenta cosas del barrio y algunas noticias. No está segura de que el Doctor note la diferencia.
La semana se pasa volando y siempre le quedan más cosas por hacer que las que hizo. No es una mujer práctica, organizada ni eficiente, pero se esfuerza por adaptarse al mundo concreto con su cabeza llena de sueños. Marta imagina que se desplaza todo el tiempo en una franja entre el espacio y el suelo, en la que la fuerza de gravedad actúa sólo intermitentemente; va dando grandes zancos que a veces pesan y a veces ni se sienten.
El fin de semana es más tranquilo rehúsa los horarios y los deberes. Salen a la plaza o a algún espectáculo de títeres. Sábado a la noche se abre un vino, mira una película y duerme en el living como le gustaba hacer cuando vivía sola. La mañana del domingo es una fiesta, café con leche y medialunas en el bar de la esquina. Los chicos juegan a ser mozos y los mozos juegan a ser padres. Ella aprovecha y lee los dos diarios más importantes que sólo ese día le trae el diariero.
El Dr. Sandalisky los fines de semana no tiene rutina. Los sábados a la mañana como siempre, Dorita le sirve el desayuno, pero antes del almuerzo ella se va y ya no vuelve hasta el lunes. Entonces él se mete en la cama, pierde la noción del tiempo y espera. Cuando tiene hambre toma de la heladera algunos de los tres platos que ella le deja preparados y listos para el microondas. Los come fríos porque no sabe como funciona. Pero lo que más extraña es el café y los diarios, el domingo. Cuando oye las voces, corre apenas la cortina en su dormitorio y oculto, observa a los niños del otro balcón
Este sábado de enero hace un calor que no se soporta, los chicos están irritables y es imposible llevarlos a la plaza. Marta les dice “pónganse las mallas que nos vamos a la pileta del abuelo” prepara el bolso, protector solar, salvavidas, toallas. Mate, mamadera y galletitas. Amaga tomar un libro pero no lo hace. Preparados como para la playa se encaminan. Tocan el timbre varias veces pero nadie responde. Parados en la calle esperan. Es un edificio con entrada para coches, señorial, lleno de espejos y tres o cuatro custodios de seguridad. Alguien levanta el tubo pero no habla y entonces se la escucha decir “Abuelo vinimos a visitarte, somos tus nietos”. El portero no hace ningún ruido.
El señor de seguridad sale y pregunta si va a lo del Dr. Sandalisky ella afirma y le abren la puerta, la acompañan hasta el ascensor. Marca el tres y cuando llegan a un pequeño vestíbulo toca un nuevo timbre, los chicos gritan como en la cancha “abuelo, abuelo, abuelo”. La puerta se abre y Marta le dice “¿vamos a la pileta abuelo?” El se hace a un lado para que pasen, el más chiquito le tira para abajo el pantalón pijama y timidamente se rie. Camila recorre el living saltando como si fuera un salón de baile, se detiene en el balcón y vé por allá su bicicleta. El Dr. Sandalisky pide permiso para ir a cambiarse. En su dormitorio abre el placard buscando un pantalón y una camisa sport que no tiene, usa la ropa de trabajo que se puso el viernes. Todos bajan. Es la primera vez que él está allí. Los chicos corren y le muestran lo que saben hacer. Se bañan con su mamá mientras él mira y se pregunta si serán su esposa e hijos, los de aquella vida con la que no se quiso comprometer. Toman mate y galletitas y la conversación fluye entre ellos. Tienen mucho que hablar además de vecinos son colegas. La tarde se termina.
Es domingo a la mañana, en el café de la esquina ya está todo preparado para abrir. Entonces un abuelo con su hija y sus nietos se acomodan, piden café con leche y medialunas. Se turnan para leer el diario.
Nuria E. (Seudónimo)
Out of the World
Cuando la televisión apareció
todos estuvieron de acuerdo que quien debía hablar era Montalvo. El, se sintió
honrado con la elección, le parecía poseer las cualidades necesarias para hacerlo,
no sólo dominaba bien el idioma, por ser uno de los pocos argentinos que
protagonizaban la rebelión, sino también su carácter de profesor de meditación
lo investía de la serenidad y perspectiva necesarias para enfrentar los
conflictos. Ecuanimidad era exactamente la palabra que se le aparecía en la cabeza
sin dejar ser mencionada. Ernesto Montalvo había llegado al hotel veinte días
atrás, oriundo de un pueblo de la provincia de Santa Fé, venía sin embargo de
Garopaba la ciudad de Brasil en la que había tomado sus últimos cursos de yoga
y meditación. Su estadía en Buenos Aires era por tiempo indefinido y llevaba
como propósito conseguir un buen trabajo. Por eso se abocó a dejar su
currículum en importantes empresas que
supuso al corriente de las modas en materia de meditación para mejorar el
rendimiento de los empleados.
Cuando llegó al hotel ya había
hecho una reserva vía e mail e incluso adelantado cuatro semanas mediante
transferencia bancaria para asegurarse el precio especial que hacían por
estadías largas. Nadie se lo había recomendado pero buscando en Internet le
pareció que podía ser el más adecuado. Además de económico, el clima de fiesta
y algarabía que prometía pondría a prueba su calidad de meditador.
Aquel amanecer lo recibió Jorge,
el encargado. Parado frente al mostrador mientras llenaba una ficha con sus
datos olía a café recién hecho, no era el aroma que sale de los bares o del
café molido, éste llevaba la impronta inconfundible del colador de tela que lo
remontaba hasta la cocina de su infancia. No pudo menos que interpretarlo como
un buen augurio. Después de completar todo siguió al hombre que sin palabras lo
guió cruzando el hall hacia una galería con baldosas pequeñas en beige y marrón
que formaban algún diseño alrededor de la columna central. Había tres puertas
con persianas metálicas a un lado y al otro,
un gran cantero lleno azaleas en flor. En la tercera puerta el encargado
se detuvo y entraron a una habitación con piso de madera que crujía al paso
y techos altos. Las paredes estaban
blancas y desnudas y había dos camas cuchetas puestas en ángulo, el hombre le
señaló una de las camas de arriba. Montalvo
quiso preguntar sobre quienes iban a ser sus compañeros de cuarto,
también sobre las instalaciones pero cuando sacó la vista de su nuevo lecho
Jorge ya estaba cruzando la puerta.
Si bien no era exactamente como
lo había imaginado fue fácil acostumbrarse a las carencias, en su camino
espiritual iba aminorando cada vez más la lista de las cosas necesarias. Además
enseguida se sintió cómodo con la otra gente que habitaba el lugar casi en
forma permanente.
Martinez apoyando la cara contra
el vidrio y tapando la luz con sus dos manos a los costados se asoma cansado de
golpear para que le abran. La puerta del hotel está cerrada con llave, puede
ver un grupo de huéspedes sentados en el hall, algunos en los sillones y otros
en el suelo. Jorge no aparece y a nadie le importa su llamado. Dá pasos para
uno y otro lado sin saber bien cómo moverse, enciende un cigarrillo y sonríe. Marca
el número en su celular y escucha desde afuera el sonido del teléfono ignorado.
Se pregunta por Jorge, más de siete años de encargado nocturno sin faltar le
hacen presentir que algo malo puede haberle pasado. Piensa entonces a quien
debería llamar si así fuera y se dá cuenta lo poco que sabe sobre aquel hombre
corpulento y manso, taciturno y callado. Se cruzaban todas las noches y las
mañanas Cada día cuando Martinez llegaba él le abría la puerta y hacía por
saludo un gesto con la cabeza. Le servía un café con leche y luego se retiraba.
Las novedades y encargos los hacían a través de un cuaderno como el de
comunicaciones de los niños en la escuela. Martinez siempre supo que el afecto
que sentía por él era correspondido. El desdén que mostraba frente a las cosas
que pasaban en el hotel era como aquel que podría tener frente a las cosas de
su propia casa. Cerraba a la noche, atendía el teléfono, los pedidos de los
huéspedes y hacía y servía el café a la mañana de manera muy metódica. De
pronto se sintió realmente preocupado por él y pensó en tirar la puerta abajo,
ya hacía un buen rato que intentaba que le abran. Pero en ese momento llegó un
móvil de un canal de televisión de noticias amarillas.
Se bajan dos muchachos que
abriendo la puerta trasera de la combi se dedican a desenrollar cables, uno de
ellos se acerca a preguntarle a Martinez quien es y el otro sólo levanta la
cabeza para escrutarlo cuando escucha la respuesta. De la puerta del
acompañante sale una rubia con un espejito y una polvera retocándose a la luz
del día las mejillas y poniéndose algo en los labios. Después de dejar las
cosas en el asiento habla con los muchachos y mientras se acomoda el cabello con
las manos se acerca a Martinez y le dice:
- Entonces … vos sos el dueño –
- Sí – contesta Martinez – ¿ Y ustedes
por qué están acá?
- Nos avisaron – responde la
rubia señalando con la cabeza para adentro del hostal
- ¿Qué es lo que les avisaron? -
- Dicen que hay muchos robos y
además que las instalaciones no son las prometidas –
- ¿Qué me querés decir? ¿Que tomaron el hotel
para hacer una protesta?
- Eso parece – dice ella con una sonrisa desganada
- Quiero hablar con ellos sin
cámaras primero
- Va a ser difícil porque
estamos un poco apurados tenemos que hacer otro móvil
Montalvo al ver que la camioneta
del canal estaciona se levanta del sillón y acomoda su postura exageradamente
mientras su amiga le pasa la mano por el cabello largo y rubio acomodándoselo.
Ella sonríe sacándo la lengua y dejando a la vista todos sus piercings juntos.
Pamela es chilena, está en Buenos Aires para estudiar una carrera de guión de
cine. No hace mucho tiempo terminó la escuela secundaria en Santiago, donde su
padre, un reconocido y acaudalado empresario, le ofreció financiar cualquier
viaje con la condición de que estudie. Podría estar en algún lujoso hotel de la
ciudad sin embargo eligió éste. Aquellas fotos que vió en Internet la
decidieron. Aunque no le gusta estudiar asiste rigurosamente a sus clases pero
ahora lo que le interesa es meditar. Montalvo está experimentando con ella
todas sus técnicas juntas y la morocha con su corta estatura y sus curvas
pronunciadas regala una sonrisa amplia cuando él la llama discípula. Luce
siempre como una niña recién salida de abajo de las frazadas paseando la pereza
y el enriedo de su pelo corto y oscuro
por la galería del hostal. Desde la mañana peregrina en pantuflas ofreciendo a
quien se le cruce café, té o mate. Luego desfila con tazas y platos llenos de
galletitas con manteca y mermelada. Hace interminables excursiones al lavadero
con bolsas propias y ajenas y siempre está pidiendo a los demás que posen para
clickear la cámara que lleva colgando alrededor del cuello. Parece empecinarse
en hacer del hotel un hogar y de ella una ama de casa.
La notera golpea la puerta y
hace señas para que le abran, entonces Montalvo se dirige a ella interrumpido
por Pamela que quiere sacar algunas fotos y pide a todos que posen. Cuando
Martinez lo vé salir reconoce la autoría, sí, ahora se explica un poco mejor.
Lo primero que le pregunta es por Jorge pero Montalvo no lo mira y se dirige
directamente a la notera a quien saluda con un beso diciéndole que le avise
cuando comiencen a filmar. Los muchachos de la cámara sonríen y la encienden,
Martinez tira el cigarrillo al suelo y escucha que la rubia hace una anunciado.
Después Montalvo explica que el calefón no tiene salida al exterior, que la
mesa de pool no es la que se muestra en las fotos, que de los lockers siempre
faltan cosas, que las computadoras son sólo dos y que Internet nunca anda. La
notera actuando su rol le pone el micrófono a Martinez que insiste en que es
algo que tienen que hablar entre ellos y que está disponible para llegar a un
acuerdo. Se ocupa de dejar bien claro además que nunca hubo una denuncia por
robo, Montalvo insiste en mantener dada
vuelta la cara mientras el otro repite su pedido de que cesen con la toma del hotel y se sienten
a conversar, después de todo ellos son clientes y él es el dueño, nadie los va
a retener, si algo no les gusta pueden irse y hasta se compromete a devolverles
lo que hayan anticipado. Montalvo agradeciendo muy educado a las cámaras y
aprovechando para mandar un saludo a su pueblo vuelve a entrar y Martinez no
puede evitar dar un manotazo a la puerta para pasar él también, pero ellos lo
impiden, son muchos y la puerta se cierra contra su cara. Cuando se recompone
los muchachos de la cámara están terminando de enrollar los cables y la rubia
ya no está. La combi desaparece. Martinez camina con la mirada fija hasta el
bar de la esquina preguntándose si esto tendría alguna relación con los
acontecimientos que se vivían en el país. Que la gente se movilizara cada noche
golpeando cacerolas por las calles de la ciudad se había transformado en el
mejor atractivo turístico en esos días. Tampoco faltaba el que se sacaba fotos
con cuanta manifestación piquetera, taxista o judicial hubiera. Pero esto era
otra cosa y si bien la situación lo incomodaba estaba claro que muy lejos no
podrían llegar. Se sienta en una mesa al lado de la ventana, hace señas al mozo
para que le traiga un café y llama con el celular a su abogado que le dice que
se quede tranquilo que vá para allá.
Todos aplauden a Montalvo cuando
entra que no rehúsa recibir besos palmadas y ovaciones. Pamela aparece con una
ronda de café. Nadia mira hacia fuera y vé que Martinez ya no está. Su
participación tiene un sentido propio. En la toma del hotel ella se levanta
contra su abandono. Hace tiempo que Martinez dejó de buscarla, sin decir nada
omitió aquellos encuentros que tenían. Ella continúa aceptando sus condiciones
como una disciplina. Sabe que decírselo fue un error, pero por un instante
imaginó que él también quería. Nadia es entrerriana y vino hace seis meses a la Capital con el sueño de
ser modelo. Tiene atributos para serlo, es rubia, de finas facciones y labios
carnosos, es delgada y tiene una altura que sin ser la que siempre exigen es
bastante apropiada, pero por alguna razón que ya nadie entiende, nunca la
llaman. Ella optó por acusar a la envidia de sus compañeras de desfiles
provincianos que ni osaron pensar en tamaña aventura y por eso lleva en su
muñeca una cinta colorada. El dinero que había juntado desde la escuela
secundaria y que acrecentó con la ayuda
de familiares seguros de apostar a su triunfo, se está acabando. Ahora reparte
panfletos en la calle. Publicidad que le encargó una tarotista. De Martinez sólo sabe lo que él le dijo. Está
casado con una mujer hermosa. El rapidamente cedió a la seducción de Nadia aún
contrariando su estrecha moral que le indicaba no hacerlo en el trabajo. Fue en
alguna de esas mañanas que pasaban juntos que a Nadia se le ocurrió, entonces
le dijo que quería un hijo. Martinez no contestó, pasó la mano sobre su cabello y como si fuera
el padre al que jugaban, la dejó ir a ese ningún lado que ella padecía.
Florián, el alemán, es el primero que interrumpe los festejos
para preguntar que van a hacer ahora, porque Martinez seguramente va a ir a
buscar a la policía. Todos lo miran con cara de sospecha y de a poco van
girando sus caras hacia Montalvo. El hace una mueca para explicar que no le
importa, dice que van a seguir hasta que obtengan lo que quieren. Entonces el
holandés en un español trabado y ocultándose en un tono de broma pregunta “qué
es lo que queremos”. Ahora sí, el silencio se instala interrumpido unicamente
por Pamela que otra vez ofrece café. Florián le dice al holandés que sería
bueno que llamara a su novia, como Marta es abogada le podrían preguntar que
les puede pasar por estar aquí y como deberían seguir. Montalvo sabe que esto
no es cuestión de abogados pero ante el gesto afirmativo de la mayoría de los
presentes se acerca al holandés para pedirle que lo haga. Allí parado en el
hall mira hacia la galería y se le revela claramente la figura que las baldosas
de dos colores forman en el piso, aquella que intuyó al entrar por primera vez
sin poder descifrar y que rapidamente olvidó hasta este momento. Como esas
imágenes mágicas que al tiempo de posar los ojos en ellas, en el momento en que
se produce cierta desvinculación de lo visto, se manifiestan tridimensionales
haciendo aparecer dibujos de la nada, así puede ver claramente que en el piso a
lo largo de la galería se extiende una cadena.
Camina sobre la misma y llega
hasta la puerta del baño del fondo. No se sorprende al ver que con diferentes
azulejos de otro tamaño y color la cadena continúa. Vuelve sobre sus pasos al
hall de entrada y observa los dibujos pintados sobre los cerámicos confirmando
lo que ya esperaba. Tiene la sensación de que eso ya lo vivió, un deja vu.
El holandés llama a su novia
resignado a no ser atendido. Ella es muy estricta con los horarios y no le
permite que la moleste en su trabajo. Lo atiende una operadora y luego le pasa
con una secretaria que finalmente lo deja escuchando música. Podría ser Bach
pero no está seguro, de todas maneras le gusta y hasta olvida que su mano
empieza a cansarse de sostener el tubo. Piensa en Marta, en su cabello lacio,
castaño y ordenado. En su acotada estatura y tamaño. En ese gesto adusto que le
hace con la boca. Es diferente a todas las mujeres que tuvo antes. No podría
decir qué es lo que le gusta de ella sin embargo se siente seguro a su lado.
Entre lo que él es cuando está en Argentina con ella y lo que es cuando está en
Holanda a causa de llevar consigo una novia argentina, retorna en paz a un
sitio de identidad definida que desconocía. Quizá ésa sea la razón de tanta
perseverancia. Aunque Marta no ha dado todavía señales de que está dispuesta a
compartir con él su vida, el holandés la visita una vez más, y sin exigir nada
acepta ser nuevamente examinado como purgando viejas culpas.
Cuando Marta llega al hostal vuelve
a sentir la sensación de siempre frente a ese letrero de focos que parece
empecinarse en dejarlo claro: “afuera del mundo.” Nada importa el idioma en que
se diga. Atravesar esa puerta para ver a su novio es un costo que decide pagar
para no comprometerse demasiado. Al entrar también ella recibe ovaciones, como
en la cancha, que sólo le provocan un gesto desaprobatorio.
Con actitud docente trata de
obviar la extrañeza que le provoca el contexto y explica qué es una usurpación.
También les dice que sólo es cuestión de tiempo y que si no los habían sacado
ya con la policía debía ser porque Martinez quería evitar un escándalo. Además habla
sobre los papeles de la residencia y los antecedentes policiales. Luego se
aparta junto a su novio para conversar a solas, tras lo cual él aparece con
huellas de gran sorpresa en su cara, anunciando que Marta lo invitó a parar en su casa.
El holandés se despide de cada
uno con un beso y muchas exclamaciones. Sin ocultar su alegría, junto a Marta,
desaparecen por la puerta como yéndose de un cumpleaños. Al pasar por el bar ven
que Martinez que les hace señas con el brazo para que entren.
Se sientan en su mesa y esperan
intercambiando miradas a que corte la llamada. Entonces Marta sin poder evitar
sentir más en común con ese hombre que con cualquiera de los que había dejado
adentro del hostal le explica que su novio desde ahora parará en su casa.
Martinez mirando al holandés pregunta:
- ¿Y los demás que piensan
hacer?
- No lo sabemos – se adelanta a
contestar ella – pero creo que van a desistir
- Vos que sos abogada te das
cuenta de lo increíble de la situación … son turistas en un hostal, no
trabajadores en una fábrica
- Ellos dicen que les faltan
cosas y que las instalaciones están en muy mal estado, pero la verdad es que no
sé realmente qué pasa, todo el tiempo tuve la sensación de que hay algo más.-
Tras decir eso ambos miran al
holandés esperando una respuesta. Sin embargo a él le basta con poner cara de
desentendido. Y nunca fue tan cierto, en las últimas horas habían sucedido
cosas a su alrededor que no podía explicarse, era esa misma ignorancia la que
lo ponía en alerta y por eso a pesar de la simpatía que sentía por Martinez no
pudo decir palabra.
Poco tiempo después que la
pareja se fuera llegó al bar el Dr. Iribarne. Esteban Iribarne saludó con un
abrazo a su amigo y se sentó después de haberle hecho señas al mozo para que le
sirviera un café.
Dentro del hostal Montalvo
discute con Florián, el alemán quiere desistir de lo que están haciendo, tiene
miedo de tener problemas con la policía. Montalvo le recuerda una y otra vez en
lo que quedaron anoche, pero la ida del holandés lo devolvió a su realidad.
Había trabajado mucho para conseguir la posibilidad de hacer su residencia en
Argentina, eran demasiados los aspirantes y muy difícil el idioma sin embargo
allí estaba ahora en el servicio de pediatría del hospital. Mientras trataba de
explicar sus razones buscaba comprensión en la mirada de los que quedaban pero
no podía culparlos de aquello que justamente ejercía tanta atracción en él,
pasión lo llamaba tratando de simplificar esa forma de actuar sólo impulsada
por la emoción. Tampoco era tan simple como irse, sentía verdadero afecto por
sus amigos y compañeros y lo que quería era que todo volviera a la normalidad.
El clima se
transformaba de una aventura estudiantil hacia la espera en la antesala de un
exámen. Montalvo comunicó a los demás que necesitaba meditar, serían
suficientes unos veinte minutos y por supuesto si algo pasara estaba allí para
que lo llamen. Invitó a su amiga a acompañarlo y juntos se los vió salir por la
puerta que conducía a la galería. Sentados frente a frente, con frazadas
envolviéndolos sobre la espalda y las piernas cruzadas, ella lo miraba
esperando que él comenzara pero Montalvo haciendo un esfuerzo para que su voz
saliera comenzó a hablar.
En el living Nadia sostenía
conversaciones imaginarias con Martinez en las que le contestaba una y otra vez
por qué ella también estaba ahí. Sumida profundamente en el papel de niña
jugaba enredando sus dedos con las hilachas de un agujero del asiento.
Suspiraba recostada de lado a lado en ese viejo sillón de uno con las piernas
largas cayendo desde el apoyabrazo. De vez en cuando miraba de reojo hacia la
puerta pero luego volvía a sus devaneos.
Mientras, Florián sentado frente
a ella, la observa. Aquellas facciones, el color de su cara, el cabello, bien
podría pasar por su hermana. Nadia le
había contado que provenía de una colonia alemana asentada en Entre Ríos. Sin
embargo, a pesar del parecido, algo: la tierra, quizá el agua, la cultura, la
experiencia ya habían impreso una evidente
diferencia. Tenía que reconocer que algunas veces se sentía superior, le
parecía pertenecer a un mundo más serio entonces exageraba su modestia, en
cambio otras veces cuando veía en la gente esa disposición a sentir, a
expresarse y hasta vivir como si se tratara de algo más que un trabajo, le
pasaba lo contrario. Lo que le costaba era sentirse igual, sólo en dos o tres
ocasiones la experiencia provocó alguna unidad, como anoche y ése era sin duda
el motivo por el que todavía no se había ido.
No sabe con qué impulso se puso
en cuclillas al costado de Nadia y aunque nunca habían tenido mucha confianza
la invitó a que se fuera con él cuando regresara a Alemania. Fantaseó con la
idea de ser un salvador, pudo imaginarse verla allí triunfar. Y aunque la rubia
esbozó una dulce sonrisa nunca salió de su ensoñación lo suficiente para tomar
en serio la invitación. En esa lejanía él obtuvo el empuje que le faltaba. No tenía mucho que guardar y decidió hacerlo antes
de que Montalvo termine con su meditación.
- “El otro día tuve
un sueño …- comenzó a decir Montalvo a Pamela - …yo era jugador de fútbol,
estaba con mi equipo preparándonos en un vestuario y cuando llegaba la hora y
nos avisaban, todos formábamos y entrábamos a una manga llena de aire que nos
llevaría a la cancha. Mientras la atravesábamos hacíamos bromas, nos
divertíamos, nos alentábamos, nos palmeábamos y abrazados unos con otros
seguíamos adelante sin llegar a ningún lugar. Estábamos tan contentos que
demoramos en darnos cuenta. Hasta que alguien lo notó y entonces varios
comenzamos a correr primero hacia la misma dirección que llevábamos buscando la
salida, queríamos entrar a la cancha, jugar, para eso nos habíamos preparado,
para eso atravesábamos el túnel pero la salida no llegaba, entonces algunos
comenzamos timidamente a mirar para atrás. Pero nadie quería volver, allá sólo estaba el vestuario. La manga no
nos llevaba a ningún lado y aunque lo supimos no podíamos regresar.
- ¿Y entonces?
Preguntó Pamela
- Nada más … no sé
adonde nos habíamos metido pero supongo que terminamos todos asfixiados.
- Que sueño raro
Ernesto … ¿y por qué no saldrían por donde entraron ?
- No lo sé, es un
sueño.
Ella sin darle
importancia al relato se acomoda mejor en su postura de loto y espera
nuevamente la señal para comenzar, pero entonces vuelve a escuchar su voz que
le dice:
- Pamela, voy a volver a mi casa.
Tal vez la
posibilidad de perderlo que implicaban esas palabras fue la que la arrancó de
su timidez habitual o bien el cambio en la actitud de él que en sus comentarios
ya no sostenía la distancia propia de un maestro con un alumno, entonces ella
se arrimó y le dio un beso que dejara claro su deseo. Montalvo respondió
tomándola con énfasis. Internándose en su carne blanca y abundante buscaba
implacablemente las respuestas. Volver a intentar encontrarlas en el cuerpo de una mujer le produjo algo parecido a la sensación de
retorno al hogar y guiado por esa alegría, cuando los espasmos de placer que se
confundieron con llanto y risa cesaron, condujo a Pamela a juntar sus cosas, él
tomó las suyas y se marcharon rapidamente como si el reloj de arena fuera a
terminar cuando el pulso volviera a la normalidad.
Iribarne ya en el café, escucha
de nuevo la historia que Martinez le cuenta, le dice que lo mejor es llegarse
hasta la comisaría, caminando nomás porque es muy cerca y explicarle sin muchos
detalles al comisario, lo único que necesitan es aparecer por ahí con un par de
efectivos y está seguro que enseguida van a abrir la puerta
Mientras caminan, Martinez
contesta lacónicamente las preguntas de siempre. Cargadas de la intencionalidad
aleccionadora de la que no pudo escapar ni siquiera en aquellos cortos intervalos
en los que le pareció que hacía todo bien. Con las manos en los bolsillos y la
mirada perdida hacía un esfuerzo como si se tratara de una montaña
preguntándose por qué le costaría tanto hacer lo que debía. Pasaban por su
mente las imágenes vividas en los últimos tiempos en el hostal. Aquella gente
que hoy le impedía el paso y aquel lugar lo habían hecho salir momentáneamente
de su estigma de perdedor, se sentía él mismo y aunque el contraste con la vida
externa se acentuaba cuanto mejor estaba adentro, eran aquellos momentos de
libertad los que esperaba cada día. Mucho más que una guarida, era un paso
hacia fuera que no llevaba a ningún lado. Adentro también estaba ella, esperándolo. Y si no había salido a buscarlo había sido seguramente
porque ambos temían que afuera todo como una foto se velara. De pronto le
entran dudas e imagina que quizá son ellos los que están atrapados pidiéndole a
él que abra.
En el recorrido de vuelta su
amigo entretiene a los oficiales sin parar de hablar. Se detienen al ver la
puerta abierta. Desplazado, Martinez entra en último lugar, mientras los
policías sobreactuan su función revisando todo, él repasa con la vista los
rastros tratando de reconstruir cuales fueron las últimas escenas, los últimos
diálogos en el lugar. Quería hacerlos suyos. Las colillas de los cigarrillos,
los vasos, las posiciones de los sillones. Encendió un cigarrillo y les dijo
que no iba a hacer una denuncia que parecía que todo estaba en su lugar.
Despidió a Iribarne también, que se fué con la resignación que siempre le
provocaban las actitudes inentendibles de su amigo.
Martinez cierra con el manojo de
llaves y se sirve un wisky. Sentado en el sillón de uno mira por la puerta
hacia afuera con la sensación de no saber donde está ni qué hora de qué día es,
un sorbo de la bebida flota dentro de su boca. Entonces levanta la vista hacia
la galería y vé a Nadia. Traga y siente como se agita su respiración. Camina hacia
ella. La puerta de metal de la galería se arrima. Un cigarrillo encendido se
fuma solo apoyado en el cenicero del posabrazos. Frazadas gastadas caen al piso
y se escuchan los ruidos que hacen los cuerpos acomodándose en una cama barata.
No hay palabras, suspiros ni gemidos. Después de un rato Martinez desnudo
vuelve al hall y busca atolondradamente algo, pasa su mano a lo largo del
mostrador esperando tantear lo que no vé, hace lo mismo con los estantes
internos, recorre el piso con la mirada, luego los sillones. Vuelve a la
habitación, Nadia está fumando, vé sobre sus pantalones arrollados en el suelo
el atado de cigarrillos. Una risa nerviosa comienza a salir de él sin que pueda
modularla, mejorarla, controlarla. Vá subiendo en intensidad y le produce una
flojera en el cuerpo que le impide seguir parado. Nadia le tiende una mano y
termina acostado debajo de ella, pero la posición boca arriba lo hace sentir
peor. Las muecas en su cara son duras y no sabe si es llanto o grito. Nadia se
mueve para arriba y para abajo. La idea de que necesita un preservativo le
produce todavía más risa. Escucha el ruido del celular que vibra moviéndose en
el piso de madera para cualquier lado y siente que vá a explotar en uno de esos
espasmos. Le duele la parte de abajo del cráneo, como un calambre que lo toma
desde la nuca. Instintivamente se incorpora sacándola a ella hacia un lado y se
sienta acercando su pecho a las rodillas, la risa sale ahora mejor y le parece
que entra un poco más de aire, pero no puede parar de reir. Golpean la puerta
de entrada, tocan el timbre, ríe más y más. Un ruido de vidrios rotos y la
imagen de Jorge que con el mismo gesto de siempre le ofrece el desayuno.