San Andrés había quedado atrás y Omar esperaba ansioso que aparecieran las luces de la próxima estación, Malaber, pero las vías estaban en reparación en ese tramo y los trenes no superaban los 30 kilómetros por hora. El suave zumbido de los motores y el típico ruido a riel, en un ritmo mucho más lento que el habitual, envolvía a los pocos pasajeros que se alejaban de la Capital esa madrugada de verano. La mayoría dormitaba en la semipenumbra de los coches mal iluminados, cansada de esperar que la noche entrara con un poco más de viento que de calor por las ventanillas abiertas. Él se movía inquieto, no sólo por la incomodidad del viaje y el calor sino por el entusiasmo de conocer personalmente a Lali. Ella había llamado a la empresa tres días atrás, preguntando por Alejandro, uno que había estado cubriendo una suplencia de vacaciones la semana anterior y ya había regresado a su sucursal.
- Si es por una cuestión de trabajo quizás pueda atenderte yo.
- No, yo llamaba sólo para hablar... –dejó la frase inconclusa.
- Bueno, si se trata de hablar... también puedes hablar conmigo- la animó él, que había percibido una deliberada picardía en la voz de gata de la joven.
Sabía que lo que estaba haciendo era deshonesto, pero también sabía que hubo una insinuación de parte de ella y además Alejandro no volvería a esa oficina hasta el año próximo, quizás, y sólo podría enterarse si ella se lo decía. Después de darse cierta importancia respecto de sus funciones en la compañía, acordaron volver a comunicarse. Captó el entusiasmo de Lali y colgó con gesto ganador sin hacer comentarios.
Al día siguiente, durante una larga conversación, ella le dijo que, en realidad, no era amiga de Alejandro sino que lo había conocido por teléfono cuando llamó a la compañía de seguros para hacer unas averiguaciones en relación a la empresa de su padre y que había vuelto a llamarlo porque tenían una charla y un encuentro pendientes, aunque ambos suponían que ya no se concretarían. Entonces él le propuso una cita, pero Lali le respondió que había quedado a cargo de la pequeña fábrica de ropa de su padre, quien estaba de vacaciones, lo que le impediría viajar a la Capital hasta dos semanas más tarde. Omar estaba pensando en alguna alternativa cuando ella le sugirió que fuera a visitarla en los días siguientes. Él se entusiasmó y le propuso encontrarse esa misma noche. Ella aceptó y le indicó cómo llegar en tren y dónde se encontrarían.
La llamó poco antes de subir el tren para que fuera a esperarlo a la estación, pero cuando se enteró de las obras en las vías volvió a llamarla para avisarle del inminente retraso. Se había puesto una camiseta ajustada que le marcaba los hombros y se ceñía en la cintura, encajada dentro de un liviano pantalón de verano. Observaba el tostado de sus brazos y colocó las mangas justo en la mitad de los bíceps ejercitados el día anterior en el gimnasio, hinchándolos para que entre los vellos rubios y la piel bronceada resaltara una gruesa vena azulada. Se acomodó el cabello repetidas veces y bajó levemente un vidrio de la ventanilla para verse en el reflejo. Se sentía fuerte, saludable y ganador.
Una media docena de pasajeros descendió en Malaber y un momento después sólo él quedaba en el andén vacío, tratando de seguir las instrucciones de Lali. El punto de encuentro era una parada de buses en la calle paralela a las vías, de donde vio partir un bus con los pocos pasajeros que habían descendido con él. Miró en su derredor hasta donde las escasas luces se lo permitían y comprobó que estaba solo, aunque pronto vio el coche que se acercaba y supuso que sería ella, pero cuando estaba a poco metros comprobó que tenía varios ocupantes y lo descartó. El coche frenó junto a él y tres hombres lo miraron calculadores. El acompañante del conductor asomó la cabeza por la ventanilla.
- ¿Omar?
- Sí... -respondió sorprendido y dubitativo, algo temeroso.
Pese al calor, los tres llevaban chaquetas. Tras su respuesta, el que había hablado bajó con rapidez y le abrió la puerta trasera para que subiera junto al tercer hombre.
- Nos manda Lali a buscarte -le dijo con voz falsamente suave mientras lo miraba descaradamente a los ojos con gesto seguro y sobrador. Omar observó que estaban a la misma altura, aunque él se encontraba sobre el cordón de a vereda.
- ¿Quiénes son ustedes? -preguntó asustado, sintiendo que se estaba metiendo en un problema.
- Nos manda Lali a buscarte –reiteró, casi con delicadeza, el que había descendido. Omar percibió que él era objeto de burla de los tres, pero no se animó a resistir.
- Adelante -le dijo su compañero de asiento, acomodándose el saco, para esconder algo que llevaba debajo o quizás para demostrar que llevaba algo allí. Supo que no tenía alternativas y entró. Sentía miedo pero sus circunstanciales guías no parecían dispuestos a hacerle daño y sabía que no hubiera podido hacer nada para evitarlo si así fuera, por lo que intentó tranquilizarse resignado.
El conductor aceleró y partieron a gran velocidad. Recorrieron varias cuadras junto a las vías y luego desviaron por un camino de tierra apisonada bordeado por una cerrada arboleda; entraron a un barrio oscuro y salieron a una ruta sembrada de pozos. El recorrido continuó en forma sinuosa durante casi un cuarto de hora, aunque él se había desorientado mucho antes. Finalmente ingresaron a un barrio de aspecto elegante, bien iluminado, con vigilancia privada en las esquinas. El chofer saludó con las luces a un vigilante que descansaba sobre una banqueta fuera de su cabina, quien contestó con un movimiento de cabeza, y estacionó frente a una casa de amplios ventanales, junto a la que había un galpón de ladrillos con cortina metálica, donde él supuso que funcionaría la fábrica de ropa.
- Ve. Te espera. Toca timbre y ella abrirá. Nosotros nos quedaremos acá hasta que ella nos diga que te llevemos de vuelta a la estación -ordenó amable uno de ellos, señalando la casa con el mentón, y los otros lo observaron con mirada burlona.
Tocó brevemente el timbre, dubitativo, y una voz de mujer preguntó mientras miraba a través de la persiana entreabierta.
- ¿Quién es? -a él le pareció una pregunta ociosa.
- ¿Lali? Soy Omar... -respondió sabiendo que también era ociosa la respuesta.
Ella lo vio y se contentó de que se ajustara bastante a la descripción que le había dado por teléfono. Superaba el metro setenta y era delgado y de brazos trabajados. Cabello castaño claro y muchos pelos en el pecho y los brazos. "¡Uh, debes ser como un postre de crema y miel!", había comentado ella cuando escuchó la acertada autodescripción telefónica, y apenas lo vio le dieron ganas de consumirlo lentamente como a un helado.
Él lamentó que lo que había creído una broma en la autodescripción de Lali no lo fuera, o que al menos ésta se ajustara tan fielmente a la realidad. Rondaba el metro sesenta y estaría tranquilamente por encima de los ochenta o noventa kilos ¿sería verdad que había bajado 30, como le dijo?. Empezó a entender porqué fue tan fácil la seducción telefónica y el porqué de la voz de gatita alzada, casi suplicándole que fuera a verla, mientras le prometía satisfacerlo en todo lo que él quisiera durante las charlas en las que Omar se excitaba con la voz lasciva y debía disimular su erección bajo el escritorio cuando ella le anticipaba muchos besos y suaves mordiscos en el pecho y los hombros, como él le había comentado que le gustaban. A la vez, Omar le aseguraba que la abrazaría hasta hacerla crujir y la besaría profundamente acariciándola con todo el cuerpo, “pero con todo, porque cuando digo con todo, quiero decir exactamente con todo. ¿Te va a gustar?” y ella respondía con un “síííí...” que se derretía del otro lado de la línea, asegurándole que cuando se encontraran lo iba a besar todo, y aclarándole que ella también, cuando decía “todo”, quería significar, precisamente, todo. Él movía las piernas ansioso bajo el escritorio, masturbándose con los muslos y quería escuchar más. ”¿Sólo me vas a besar?” / “Eso será sólo el principio, bebé”.
Lali tenía un escotado vestido oscuro que destacaba su piel blanca, lechosa, y dejaba ver el inicio de unos pechos enormes por debajo de una papada que reemplazaba a la garganta. Sus ojos eran redondos y saltones, casi desorbitados, como si sufriera de vocio oftálmico. Tenía una boca ansiosa, amplia, rosada y carnosa, de comisuras amables que apuntaban hacia los pómulos. Sólo la nariz, diminuta y respingada, se mantenía firme en el rostro flojo, destacándose, justamente por su pequeñez, de las otras facciones que parecían ahogarse a sí mismas en su voluptuosidad.
Pese a la sorpresa, Omar trató de parecer amable y le acarició el cabello en un gesto cariñoso. Era lacio y corto y estaba húmedo y aplastado. Ella sonrió entusiasmada y lo besó en la boca, superficialmente.
- ¿Quieres tomar algo, Bebé?
- No, gracias. Creí que irías tú a esperarme ¿quienes son ésos? -indicando hacia fuera con un movimiento de cabeza.
- Ah, mis hermanos -respondió ella con naturalidad.
Era evidente que no eran sus hermanos y Omar se dio cuenta que ella mentía sin preocuparle que él le creyera. Lali lo tomó de la mano y lo acercó a un diván donde se sentó. Él la seguía, desconcertado.
- Ponte cómodo -le dijo sonriendo.
El trató de encontrar una salida a la situación. No sabía qué inventar para poder irse.
- No te preocupes por mi comodidad. No tengo mucho tiempo, porque me tengo que levantar antes de las seis. Hubo un problema en la oficina y arreglé con otros dos de mi sector llegar más temprano para tratar de arreglarlo antes que llegue el resto...
Esta vez fue ella la que entendió que él mentía, aunque Omar, a diferencia de Lali, hubiera preferido que no se diera cuenta y lo dejara ir.
- Bueno -respondió ella, como si le creyera-, no hay problema, te quedas un rato conmigo y después mis hermanos te llevan a la estación. Ahora deben haber ido a tomar unos tragos, pero en cuanto yo los llame -señalando un teléfono- te esperarán en la salida, porque solo no podrás llegar a la estación. Hasta entonces -agregó entusiasmada-, ni se van a acercar a la casa, así que estamos totalmente solos, como nos habíamos prometido.
- Mira, yo sólo vine para cumplir lo prometido, pero no puedo quedarme mucho tiempo.
Ella no dejó de sonreír, pero hubo un brillo maligno en sus ojos cuando, mirándolo fijo, con voz mimosa, respondió:
- Es que si quieres irte demasiado pronto mis hermanos se van a enojar, porque no les gusta interrumpir sus tragos
Él entendió y se sintió vencido. Ella se acercó y tomándole la mano comenzó a acariciarle la cabeza y la espalda, por debajo del cuello de la camiseta. Luego lo atrajo y lo besó profundamente en la boca. El cerró los ojos y trató de pensar en cualquier otra boca, porque además de la nariz, también la boca era medianamente normal, de labios grandes pero firmes, y podía soportarlos aunque sin penetrar con su lengua, porque la lengua de ella era como el resto de su cuerpo, gorda y fofa.
- Si debes irte temprano, es mejor no perder tiempo ¿no, Bebé?
Él sólo atinó a sonreir resignado y a dejarla hacer. Ella le levantó la camiseta y le acarició el pecho y el vientre mientras comenzaba a encimarse, colocándole uno de sus muslos sobre las piernas. El se sentía sofocado y, casi con espanto, notó que, totalmente contra su voluntad, comenzaba a excitarse. Reflexionó sobre cuán independiente era su sexo, que alguna vez no funcionó cuando él lo deseaba o en la medida que hubiera querido, pero justo esa noche, en que deseaba un ataque de impotencia para que ella lo echara de su casa, empezaba a tener una erección. Se sintió un pobre animal dominado por el instinto y quiso pensar en el momento más amargo o más triste de su vida para anular la excitación, pero entonces comprendió que quizás el peor momento de su vida como hombre lo estaba viviendo en ese instante y sin embargo el miembro continuaba actuando como si viviera un momento placentero. Ella observó la hinchazón bajo el pantalón y sonrió complacida y comenzó a acariciarle el sexo con la mano hasta lograr una total erección que se le marcaba en una diagonal bajo la tela hasta casi tocar el cinturón. Pese a su aspecto, no le faltaba experiencia y sabía lo que hacía. Se inclinó suavemente y acomodó su cabeza sobre el bulto como si éste fuera una almohada, palpándolo con la nariz pequeña y firme, acariciándole con una mano el interior de los muslos y la entrepierna, mientras la otra bajaba por el vientre, deslizando los dedos bajo el pantalón hasta comenzar a rozar el miembro erecto.
El se incomodaba más y hubiera querido tener una descompostura, pero su organismo continuaba funcionando y ella ya le había desabrochado el pantalón y comenzado a besar el miembro que apenas asomaba. Omar cerró los ojos tratando de pensar, ya no en algo que le interrumpiera la excitación porque sabía que era imposible, sino en otra boca, en otra mujer, porque el calor de su saliva era el mismo, la suavidad de los labios rodeando el pene también y los movimientos, debía admitirlos, los más acertados. Pensó que quizás tras la inevitable eyaculación su instinto se calmaría, Lali quedaría conforme y entonces podría irse. Ella ya le había corrido las ropas hasta la rodilla y lo besaba y succionaba con desesperación. Con una mano llenaba de caricias la zona y con la palma de la otra apretaba con firmeza la pelvis junto al sexo, con lo que éste le pareció a Omar más grande y erecto que nunca antes. Lali había dejado caer los breteles del vestido y sus pechos se arrastraban sobre los muslos y los genitales de Omar, quien trataba de sólo percibir el calor de la boca, porque todo lo otro le causaba repugnancia. Se encontraba pensando en otras mujeres, ya al borde del orgasmo, cuando instintivamente bajó una mano y tocó la cabeza de Lali y sintió su cabello escaso y grasoso, con lo que regresó de sus lejanos pensamientos y vio la gran espalda desnuda y rechoncha que se movía como un flan sobre el diván y sobre sus piernas y la cabeza que se revolvía cubriendo su ingle. Deseaba estar muy lejos de todo eso y lo único que podía hacer era tratar de alejarse con el pensamiento, pero ella se acurrucó junto a él, sin dejar de succionar y le llevó una mano a la entrepierna; él sintió cómo le acomodaba la mano entre los muslos flojos y calientes y luego se la apretaba con fuerza contra el calzón, totalmente húmedo, para después, con rapidez y una increíble habilidad, bajarse esa prenda y colocar la mano contra el sexo, llevándolo a penetrarla con sus dedos. Omar dejó su mano quieta, totalmente empapada y sofocada entre las carnes viscosas y ardientes, sin saber con exactitud si estaba dentro o fuera de ella, asqueado de la situación. Lali comenzó a moverse en busca de placer hasta que, roja de excitación, dejó de chupar y se quitó totalmente el calzón acostándose junto a él.
- Ven, Bebé, ven - le dijo apretándolo contra su cuerpo, y agregó, ya sin altivez, casi en un ruego - por favor...
Como él seguía quieto lo colocó boca arriba y se sentó en su centro.
Cuando estuvo dentro de ella no entendía cómo podía mantener la erección, porque ya no era como cuando estaba en su boca, que podía pensar en cualquier otra mujer esperando el final. Jamás había estado dentro de un ser tan repulsivo y de nada le valía tratar de volar con la imaginación. Pensó en las mujeres violadas que deben soportar un hombre dentro de ellas, alguien que quizás es exteriormente igual a cualquier otro que antes las penetró con su consentimiento y que físicamente no puede hacerles daño, pero a quien es imposible que puedan aceptar ocupando ese espacio, por lo que muchas se resisten y prefieren la muerte, o quedan luego con serios traumas. Él sentía lo mismo pero no podía dominar su miembro, que no se rendía. Tampoco Lali se rendía y, pese a su quietud, terminó con un fuerte suspiro aferrandole los pelos del pecho hasta causarle dolor. Entonces lo hizo salir para llevarse nuevamente el pene a la boca, decidida a hacerlo eyacular. El se limitó a dejarse dominar y a limpiarse la mano húmeda fregándola contra el tapizado del diván. Su organismo funcionaba al margen de su mente y estaba a punto de acabar cuando ella, que lo había advertido, se arrodilló en el piso para dejar la cara a la altura del diván, y al sentir el primer chorro dentro de su boca se separó y apuntó el resto de la descarga hacia sus tetas.
- ¡Acá, acáaaa! -gritaba con placer, untando sobre su piel el líquido caliente que se enfriaba con rapidez, sonriendo como si ella también hubiera llegado a otro orgasmo. Tenía los labios rojos y dilatados y la saliva y el semen le brillaban sobre el mentón hasta la papada. Continuó masturbándolo con la mano, casi con violencia, como exigiéndole al miembro que no se guardara nada, hasta que éste se volvió fláccido y pequeño. Entonces miró contenta a Omar, que observa casi con lástima su semen desperdiciado, que corría por los pechos y otras redondeces, aún más blancas que el líquido, y había comenzado a gotear sobre el mueble. Ella terminó de untárselo satisfecha sobre el cuerpo y se levantó.
- Voy al baño Bebé, ya vuelvo.
La vio perderse en la penumbra de un pasillo, al fondo del cual se encendió una luz. Tomó una servilleta de papel de una mesa y se secó el miembro y la ingle. Cuando ella dejó el baño entró él. Se lavó con furia luego de orinar y miró con resentimiento a su órgano, que permanecía inerte entre sus dedos. Estaba empapado en transpiración y sentía en todo su cuerpo y sus ropas el olor de la piel y del sexo de Lali. Se enjabonó y enjuagó varias veces las manos, los genitales y la cara, pero el olor continuaba en el ambiente. Cuando salió ella estaba nuevamente vestida y lo miraba satisfecha, con algo de lástima y culpa.
- ¿Qué hora es? -preguntó él, por decir algo.
- Casi las cuatro ¿no quieres quedarte otro rato, solamente a descansar o tomar algo? -prometió ella, con una sincera dulzura.
- No. Debo ir a mi casa al menos un momento antes de volver a la oficina. Te lo dije.
- Les aviso que te lleven.
Llamó por el teléfono mientras lo observaba con mirada nostálgica, sabiendo que no volvería a verlo.
- Te están esperando -le dijo, y antes que él saliera lo abrazó con fuerza mirándolo a los ojos.
- Un último beso -murmuró y lo apretó metiéndole nuevamente toda la lengua en la boca, recorriéndosela durante varios segundos-. Ahora sí, adiós.
Cuando él salía agregó con humildad:
- Y gracias...
Sólo dos de los hombres estaban en la entrada, junto al coche. Continuaban mirándolo sobradores, sin hablar.
- ¿A la estación, señor? -preguntó el que conducía, que había dejado de tutearlo, y él supo que era parte de la burla. Supuso que se trataría de personal de seguridad de la empresa del padre, que había quedado a órdenes de ella durante su ausencia. Asintió con la cabeza.
El viaje fue directo y duró unos pocos minutos. Lo dejaron frente a la estación y se fueron. Acababa de partir un tren y los andenes estaban vacíos y oscuros. Sólo un perro vagabundo dormía acurrucado bajo los asientos de madera. Se sintió muy desgraciado y el recuerdo de la reciente situación le produjo arcadas. Se agachó a vomitar y sólo un corto chorro agrio corrió por su boca. Escupió, pero no podía sacarse el sabor pastoso de Lali; entonces hizo correr la lengua contra los dientes y escupió varias veces más hasta que, con desesperada repugnancia, se arrimó a una áspera pared y raspó con furia la lengua y los labios contra el revoque, hasta irritárselos, para quitarse la sensación gomosa. Se sentía muy pequeño, débil e infeliz. Se sentó a esperar el tren en un banco de madera, junto al perro que después de dedicarle un desinteresado vistazo seguía durmiendo. Un momento después se dejó deslizar al piso y también acurrucó su cuerpo como el animal, aunque no pudo dormir.-
Una equivocación
"Usted se equivocó", ensayó mentalmente antes de trasponer el umbral. Había pensado varias veces cómo empezar hasta que, segundos antes, optó por esa frase. Él vio entrar a la mujer joven, de una belleza serena y puntillosamente cuidada, con ropas caras y elegantes, coqueta en todos los detalles, que procuraba disimular su nerviosismo, y sintió por ella el mismo interés que le despertaba cada nuevo paciente.
"Usted se equivocó" había pensado decirle en cuanto lo viera, pero cuando él le tendió cortezmente la mano al presentarse, debió primero responder el saludo. Lo miró inexpresiva y apenas movió los labios al hablar, modulando con claridad monocorde.
- Doctora Irene Maciel. Supongo que usted ya sabe quién soy...
Él prefirió no decirle que el nombre le era totalmente desconocido, o que al menos no lo recordaba. Ella continuó, sin esperar su respuesta.
- De todos modos, seguro que conoce a Andrés Leaños.
Le dijo que por supuesto, sonriendo, y fugazmente recordó a su ex paciente, un hombre de negocios cuarentón, a quien había tratado en forma prolongada hasta casi un año antes. Sin embargo, nada le decía el nombre de ella. Irene ¿Irene... qué? tuvo ganas de preguntarle, porque no escuchó bien el apellido ni lo recordaba de su agenda diaria.
- Póngase cómoda -invitó con una mano extendida, indicándole un mullido sofá junto al diván, mientras tomaba la libreta de anotaciones y se sentaba en una silla, detrás del escritorio. Ella también se sentó aunque no se relajó; se mantuvo rígida, con la cartera apoyada sobre sus rodillas. No estaba dispuesta a asumir el rol de paciente.
- Vengo a decirle que usted se equivocó –le espetó.
El no pudo evitar un gesto de sorpresa y curiosidad, pero se cuidó de manifestar el disgusto que le producía tal sentencia y mantuvo una expresión interesada, con una media sonrisa comprensiva. "¡Qué pacientes que me manda Leaños!", pensaba, mientras continuaba tomando nota de sus palabras, casi sin dejar de mirarla. Ella siguió, como si reflexionara para sí misma.
- Si yo o cualquier otro profesional de la salud se equivoca, puede que a veces no suceda nada, pero también puede que alguien sufra un daño severo o llegue a morir, y si esto ocurre es seguro que alguien advertirá el error y entonces el responsable será denunciado, juzgado y sancionado, y deberá pagar una indemnización o irá a la cárcel, además de quedar inhabilitado para ejercer por un tiempo o de por vida, según lo que decidan los jueces. En su caso – lo señaló fugazmente con un dedo que volvió a reposar sobre la cartera- las consecuencias son similares, pero no hay sanción; usted puede continuar trabajando y eventualmente equivocándose, como si nada. Por eso estoy acá. Vengo a decirle que se equivocó...
- Mire -replicó con calma- vamos a poner un poco de orden en esto. Yo creo que la que está equivocada, por la manera en que pretende iniciar esta relación, es usted. ¿Por qué mejor...?
- No -lo interrumpió en tono suave pero firme- Usted cobra muy caro por escuchar -con cierta ironía- y yo pagué para eso, así que escúcheme -agregó imperativa.
Ella sabía que si le permitía hablar él terminaría convenciéndola, o al menos convenciéndose, que no se había equivocado, ya que expondría razones probablemente falsas pero que debido a su eficaz verborragia a ella le resultaría difícil refutar. Decidió seguir.
Él pudo intentar contenerla o imponer sus reglas, pero como se sentía seguro de controlar la situación le hizo un gesto para que continuara, mientras tomaba datos y recordaba a Leaños, quien quizás por agradecimiento o por respeto profesional lo había recomendado a Irene... ¿Irene... qué?
Reparó en las coincidencias entre Leaños e Irene: la ropa cara y elegante (¿la habría pagado él?), la coquetería, algunos gestos, el manejo de frases hechas y muletillas, la mirada y la expresión soberbia de quien se siente seguro en el marco de una estructura de la que forma parte. Su ex paciente, quien hacía casi medio año había dejado la ciudad, acudió a él mucho antes, cuando era gerente en la sede local de una importante empresa transnacional y despilfarraba su abultado sueldo en dólares entre los caprichos de su mujer, viajes por el mundo, sus amantes y lujos varios.
Había ido a verlo porque la situación no lo conformaba. El éxito en su puesto ejecutivo, que era una de las causas de su éxito entre las mujeres, era inversamente proporcional al de su relación matrimonial y bienestar personal. Leaños quería rehacer su vida mediante un proyecto que consistía en reencontrar la felicidad conyugal de los primeros años de casados, dejar la empresa sin culpas, como quería su mujer, y dedicarse a otra actividad menos estresante, lejos de la ciudad.
Al principio, la terapia había sido individual; luego, de pareja. Varios meses más tarde, el matrimonio estaba prácticamente reconstituido, su mujer nuevamente embarazada y la pareja se sentía cómoda en la nueva situación. Podía calificárselo de un éxito total. En cuanto a la cuestión empresaria, él le había comentado a Leaños, como opinión personal, que si le interesaba irse de la ciudad, quizás no le convenía dejar la empresa sino tratar de ascender a un puesto más alto y pedir el traslado a algún país donde gozara de mayor confort o tuviera expectativas acordes con su capacidad y hábitos, pero Leaños estaba decidido a cambiar totalmente su ritmo y sistema de vida. Quizás por eso su posición dentro de la compañía comenzó a declinar, ya que no le dedicaba el tiempo ni el interés anterior, y había muchos que ambicionaban su puesto. Él se había debilitado en la constante pugna interna por el poder, pero para entonces eso había dejado de importarle. Leaños continuó concurriendo solo al consultorio y estaba convencido que podría concretar su proyecto. Varios meses después le contó su decisión indeclinable: con el dinero acumulado durante los años fructíferos y la venta de un par de sus propiedades compraría una estancia en el interior, donde viviría con su familia administrando cosechas y la cría de ganado. Por una cuestión formal él le dijo que entonces le daba el alta definitiva.
- Yo supe, desde un principio, que usted estaba equivocado -continuó ella-. Él vino a buscar una solución a su problema y usted lo terminó de hundir. Sé que es su responsabilidad, porque él me dijo cuánto confiaba en su tratamiento.
Él escuchaba extrañado y curioso la nueva versión de la vida de Leaños que ella le exponía. Decidió no interrumpirla.
- Usted sabía que nosotros nos amábamos y que él acudió a usted porque necesitaba que lo ayudara a acomodar sus ideas y a sentirse bien -apoyando un dedo sobre la frente- y con fuerzas para concretar su proyecto de iniciar una nueva vida conmigo, porque no sabía cómo hacer algunas cosas, ya que no quería lastimar a su mujer o afectar a los niños con la separación...
"Es una de sus amantes", pensó, "pero ¿cuál? Dijo ser doctora ¿será la abogada? No, habló de 'profesionales de la salud'. Él me contó algo de una médica, pero no mencionó a alguna Irene"
- Él quería continuar ascendiendo en la empresa para poder concretar nuestros planes, como yo se lo había pedido –siguió, con voz quebrada-. Usted debe saber, porque él le habrá contado, que yo fui la persona que más lo ayudó en todo y que nadie podría haber hecho más por él, y por eso me eligió.
"¡Qué hijo de puta!", pensó divertido, mientras la escuchaba indiferente.
Ella comenzó a lagrimear. Sacó de la cartera un pañuelo beige prolijamente doblado, se secó las primeras gotas y volvió a guardarlo, algo arrugado, sin cerrar la cartera.
- Entienda que no es mi situación la que vengo a reprocharle, sino la de él. Porque si me hubieran dicho que desapareció y me abandonó para irse a Manhattan o Francfort, yo hubiera sentido el golpe, pero me hubiera alegrado por él ¿pero usted sabe dónde terminó? ¡En un pueblito de mierda perdido en el campo, y junto a la insoportable de su mujer! Él se va a morir allí, si es que aún está vivo.
Nuevamente el pañuelo absorbía las lágrimas y corría el rimel. Él continuaba escuchándola y tomando nota, mientras pensaba cómo sugerirle la verdad sin violar el secreto profesional en las próximas sesiones, cuando estuviera más tranquila. Supuso que, transcurrido el tiempo, ella también, como Leaños, le quedaría agradecida.
- No se preocupe tanto por él -sugirió para calmarla, aprovechando su pausa.
- ¡Déjeme hablar! Le dije que le pagué para que me escuche -respondió casi con violencia, mientras guardaba el bollo beige en la cartera, que mantenía abierta sobre sus muslos.
- Está bien, siga usted, luego voy a hablar yo -aceptó con seriedad, demostrando su disgusto y seguro de lo que hacía.
- No es mucho lo que tengo para decir, sólo que además de provocar nuestra separación cuando más nos amábamos, usted le arruinó la vida a Andrés y hasta es probable que se muera por no poder soportar la vida a la que lo condenó su tratamiento. Si él hubiera sido una oficinista gris de traje lustrado por años de resignaciones, que vivía o sobrevivía diez o doce horas por día agarrado a un escritorio, sepultado por papeles que ni él sabía para qué servían, porque sólo debía sellarlos o distribuirlos, bebiendo café con caspa sin cesar y temeroso del jefe y los horarios, yo ahora le estaría agradeciendo a usted por lo que hizo y por el destino al que lo condujo, en el improbable caso de que me hubiera relacionado con un tipo así, por supuesto -aclaró con soberbia-. Pero Andrés era un ganador nato y estaba acostumbrado a los Mercedes, trajes ingleses, encendedores de oro... no a andar en tractores y mirar pasar las vacas entre el llanto de los chicos y la aburrida charla de su mujer. Por eso vengo a decirle que usted es el culpable, que se equivocó en todo, que el fracaso de Andrés es producto de su fracaso. Usted es un fracasado y un irresponsable que no puede continuar ejerciendo -se secó otra vez las lágrimas y dejó caer el pañuelo en la cartera abierta.
- ¿Es todo? -preguntó con frialdad, pensando en la fotopostal de Leaños que había recibido un mes antes, posando junto a su familia frente a la estancia; se lo veía bronceado y algo más gordo, sonriente, apoyado en una moderna camioneta.
- No. Le dije que cuando un profesional de la salud se equivoca grueso, como en su caso, se lo sanciona e inhabilita o se lo encarcela, pero usted sigue impune...
- ¿Es todo? -repitió con mayor firmeza, como si no hubiera escuchado el último párrafo. Comenzaba a fastidiarse ante tantas acusaciones y ante la sospecha de que ella no continuaría el tratamiento.
- Le dije que no, y precisamente por lo que le acabo de decir es necesario agregar algo.
Él la vio guardar nuevamente el pañuelo húmedo, ya totalmente arrugado y manchado de rimel, al tiempo que se paraba, y pensó que se disponía a dar por concluido el encuentro e irse. Pero el repetido y automático movimiento de la mano, que dejaba el montoncito beige y se retiraba hasta aferrar el borde de la cartera, varió en su última fase. La mano delicada y pecosa, en la que brillaban dos discretos anillos de oro, emergió sosteniendo una pesada y reluciente pistola negra, cuyo hueco oscuro oscilaba con un leve temblor de Irene y parecía la fosa nasal de una bestia que olfateaba la presa inmovilizada, dispuesta a atacar. Si no se le hubiera helado la sangre y quedado paralizado por la sorpresa y el susto podría haber hecho algo antes que ella amartillara el arma, ya que debió utilizar las dos manos para ese movimiento. Luego fue tarde para cualquier cosa; ya había una bala en la recámara y sólo tuvo que apretar el gatillo.
- Falta agregar esto... -dijo ella, y la frase, que se escurrió entre el castañeteo de sus dientes, fue absorbida por el estruendo.
Disparó a la altura del abdomen, para que la herida fuera efectiva, según había comentado una vez su hermano, que era militar y a quien le había sustraído la pistola. Cuando gatilló por segunda vez, sosteniendo el arma con ambas manos, para soportar mejor el golpe en los codos, y alejando la cara como si le causara repulsión, aún no se había disipado el humo del primer disparo. Le temblaba el pulso pero no herró. El cuerpo de él, que había quedado despatarrado contra un rincón junto a la silla caída, apenas vibró al ser atravesado nuevamente. La habían educado para no equivocarse y aprendió a ser muy estricta con quienes lo hacían. Su último pensamiento, antes de dejarse caer boca abajo sobre el diván, tuvo que ver con la necesidad de castigar las equivocaciones que perjudican al prójimo. Se le aflojó el cuerpo y, sin fuerzas para moverse, quedó sollozando mientras el arma se deslizaba de su mano, ya sin preocuparse por enjugar sus lágrimas, que humedecían de gris el diván. Sabía que quienes vociferaban alborotados y asustados del otro lado de la puerta pronto se animarían a entrar.-
Los peces chicos
El río estaba crecido y murmuraba monótono en su corriente unos metros por debajo de los dos hombres, ocultando el ruido de sus pasos inseguros y fatigados. Algunas olas golpeaban como cachetazos contra la muralla que bordeaba el río y salpicaban mojando el borde, un tosco pasillo sobre el cual caminaban tras el altercado con los nativos. La franja de cemento que separaba el río de la espesura del monte era angosta pero alcanzaba para que avanzaran a la par. El más pequeño se enjugó la transpiración de la frente y miró en la oscuridad la robusta figura del otro, que respiraba agitado y mareado por el alcohol. No hablaba. Lo último que le había escuchado fue la traducción de la conversación entre los dos pescadores con quienes se cruzaron al comenzar a bordear el río. "Mala noche, hoy sólo hay pez diablo" le comentó que había dicho uno de los pescadores, y él pensó que era inconcebible que Norman, quien prácticamente no hablaba español, pudiera entender el dialecto local. Detestaba al gringo y su sabiduría de computadora. Decidió seguir avanzando unos metros más antes de matarlo y, mientras lo hacían, pensaba en la declaración que emitiría la organización internacional de periodistas cuando se supiera que, nuevamente, un pequeño y primitivo país se había devorado a uno de sus miembros.
Odiaba al gringo adinerado. Por gringo y por adinerado. Se habían conocido una semana antes, cuando los dos llegaron a ese país perdido entre ríos y selvas tropicales para cubrir las primeras elecciones libres después de varias décadas de dictadura. Norman había sido enviado por una importante agencia internacional, que lo alojaba en el hotel más caro de la capital -y por lo tanto el mejor del país- con todos los gastos pagos, además de haberle llenado la billetera y concedido tarjetas de crédito sin límite de gastos. También disponía de un ordenador portátil con el que enviaba sus informes y recibía desde la central cualquier dato de archivo que necesitara sobre la situación o los personajes locales, o simplemente se comunicaba por un teléfono móvil, también sin límite de llamadas, otorgado por la agencia. Él, desde su país, había recorrido en bus una distancia mucho más corta, pero su viaje había durado casi el doble que el vuelo del gringo, y se hospedaba en un hotel apenas aceptable. Hacía meses que estaba escaso de trabajo y había decidido costearse los gastos con la esperanza de obtener algún material que pudiera luego vender a alguna editorial, aunque no tenía garantías de sacar buenas ganancias. Tras la primera conversación que mantuvieron en el centro de prensa sintió una profunda envidia; de allí al odio hubo un solo paso y pronto tramó el plan.
Cuando concluyeron los comicios comprobó que no obtendría ganancias por su trabajo, ya que lo que cobraría al regreso apenas superaría lo gastado en viáticos, comida, hospedaje y comunicaciones, porque pocos medios de países como el suyo compraban material a periodistas solitarios; la mayoría prefería abonarse a los servicios especiales que para esos casos brindaban las grandes agencias internacionales, que enviaban sus corresponsales, como Norman, a cubrir los hechos, y acaparaban así las tareas en los países periféricos. "El pez grande siempre se come al pez chico", maldijo cuando hizo el balance de su viaje. Para entonces había ya estrechado cierta amistad con Norman, a quien ayudó repetidas veces a entender el español mediante sus conocimientos de inglés, porque su colega sólo se había ocupado por aprender previamente, quién sabe dónde, un vocabulario básico del lenguaje autóctono local, suponiendo que sería suficiente, pero no estaba al tanto de que en los círculos en que debería moverse le sería estrictamente necesario el español. No sólo lo ayudó con el idioma sino que también lo acompañó a restaurantes y a reportajes fuera del centro de prensa, le facilitó varios trámites y lo salvó de ser estafado por taxistas y comerciantes inescrupulosos. El día anterior a su partida le dijo al gringo que esa noche celebrarían la despedida y la amistad que había nacido. Él invitaba.
Se encontraron en la cafetería del hotel de Norman, donde bebieron una botella de whisky en las últimas horas de la tarde. Él había comido en abundancia y bebido mucha agua antes del encuentro y no le resultó difícil vomitar en el baño antes de salir, para no emborracharse. Lo llevó más tarde a cenar a un restaurante del centro, donde dejaron varias botellas de cerveza vacías sobre la mesa. Tras un nuevo paso por el baño salió junto a su acompañante, fingiendo estar más borracho que él. Norman quiso volver al hotel pero él le dijo que faltaba lo mejor.
- ¡Girls! -exclamó levantando las cejas con picardía-. Hay un lugar mucho bueno cerca del río –agregó con gesto cómplice y tentador, imitando la tonada y el español del gringo.
Norman era muy responsable de su trabajo y al principio rehusó, pero él le dijo que ya la cobertura de las elecciones había terminado, que nada le impedía divertirse.
- It's over! Come on! Lets go for some fun! -lo incitó en su idioma.
La tranquilidad del trabajo cumplido y los tragos que ya tenía dentro decidieron al gringo a acompañarlo. No temía nada de él sino del ambiente: era un país subdesarrollado, con pocas garantías para la seguridad y con gente aún eufórica y agresiva tras las elecciones. Pero confió y partieron en un taxi.
En el burdel llamó la atención la presencia del gringo, porque no era de los habitualmente visitados por extranjeros y además se encontraba cerca de un lujoso hotel donde los turistas podían conseguir todo tipo de mujeres según la cantidad de dólares que estuvieran dispuestos a pagar. Sin embargo, nadie los molestó y sólo fueron el centro de curiosas miradas. Se sentaron a una mesa redonda de madera gruesa y agrietada, bajo una luz mortecina, a la que pronto se arrimaron, con andar felino, dos sonrientes mujeres morenas, de firmes muslos y anchas caderas movedizas. Tras un gesto del dueño se sumaron al grupo otras tres, que a esa hora ya no tendrían clientes para entretener. Como las primeras, vestían ajustados pantalones o vestidos coloridos y sus amplios escotes dejaban ver el inicio de generosos senos tersos que brillaban cubiertos de un fino sudor en el ambiente sofocante y amarillento.
- Yo pago -dijo él con entusiasmo y pidió ginebra para todos.
Cuando terminaron la segunda botella, fue al baño y nuevamente se deshizo del alcohol apenas acumulado en su estómago. Al regresar a la mesa comenzó a mirar provocativamente a los lugareños de otras mesas, quienes para entonces ya casi no reparaban siquiera en el gringo
- ¡¿Cuál es el problema, eh?! -les gritó imperativo a los de una mesa, quienes desviaron la vista sin miedo y luego lo miraron con recelo varias veces.
- ¿Qué… qué sucede? -preguntó Norman preocupado.
- No sé qué murmuran y miran, parece que nunca vieron gente decente acá -le respondió, levantando la voz para que escucharan los lugareños.
- Tranquilo, nadie te va a molestar si estás con nosotras -dijo una de las alternadoras, acariciándole el cabello y sonriendo con falsa ternura, gesto que fue imitado por las que rodeaban a Norman, hablándole en un pobre inglés.
El cantinero observó la escena y los de la otra mesa, como dijo la mujer, no respondieron la provocación porque no querían hacerle perder dos buenos clientes al dueño.
Al rato se levantó violentamente y, dirigiéndose a la mesa vecina, donde los parroquianos hablaban y reían algo borrachos, les gritó alterado:
- ¡¿Qué carajo miran, indios de mierda?! ¿Me siguen provocando?.
- Dos de ellos se levantaron dispuesto a pelear y él tomó una botella vacía de ginebra, la rompió contra la mesa y los enfrentó amenazante. Entonces ellos echaron manos a los infaltables cuchillos que llevaban en la cintura. El patrón intervino con un grito.
- ¡Basta, mierda! ¡Acá nadie pelea! -y amagó manotear un trabuco que colgaba junto a un espejo, a sus espaldas.
Todos se calmaron y el gringo, asustado, dijo que quería irse. Él pagó y se retiraron no sin antes insultarlos nuevamente.
- Vamos al hotel -dijo al salir, señalando el monumental edificio junto al río- ahí el ambiente es mucho mejor.
Norman intentó convencerlo para que regresaran al centro pero él insistió y en pocos minutos recorrieron los doscientos metros que separaban el tugurio del lujoso hotel casino de turismo y convenciones. El ambiente climatizado les enfrío la transpiración que pegoteaba sus ropas y pidieron una botella de whisky, que bebieron sentados pacíficamente en el bar.
Poco después de la medianoche, el alcohol acumulado desde la caída de la tarde había hecho efecto en el gringo, que respiraba pesado, recostado en uno de los cómodos sillones. Él fingía estar borracho y continuaba brindando divertido por la amistad entre ambos. Norman no debió insistir esa vez para que aceptara regresar al centro. Al salir, el calor y la humedad pesaron sobre sus organismos, especialmente en el gringo, que había ingerido más alcohol de lo acostumbrado en un clima al que tampoco estaba habituado. No había taxis en la puerta y él, con un rápido gesto, declinó el ofrecimiento del portero de llamar a un remís. Le dijo a Norman que les haría bien caminar hasta la próxima avenida, a unas pocas cuadras. Al pasar obligadamente frente al burdel, él simuló un ataque de furia y comenzó a insultar a los parroquianos y arrojó algunas piedras contra el frente del local, rompiendo un vidrio de una estrecha ventana. Media docena de clientes, cuchillo en mano, salió a enfrentarlos y él comenzó a correr desandando el camino, rumbo al río, seguido por el gringo, que no atinaba a hacer otra cosa.
- ¡Escapemos, que éstos son salvajes y si nos alcanzan nos matan! -gritó desesperado al pasar nuevamente cerca del acceso al hotel, para que lo escucharan el portero y los guardias, quienes no intervendrían en una pelea callejera. Pudieron haber entrado al hotel, donde estarían a salvo y hasta les conseguirían un coche, pero él tenía otros planes.
Minutos después se habían perdido en la espesura y caminaban junto al río, sobre el pasillo que conformaba la muralla de contención de las aguas. La luna menguante filtraba entre las nubes y las copas de los árboles y, de a ratos, reflejaba su luz en la correntosa superficie del río tropical. Norman estaba asustado y le recriminó que hubiera generado camorra. Cuando se cruzaron con los pescadores le sugirió volver con ellos.
- ¿Piensas que nos van a defender? ¡Estás loco! Son capaces de matarnos para robarnos -y continuó caminando, seguido por el gringo, que se tambaleaba borracho y agotado.
Poco después llegaron a un punto en el que los árboles se inclinaban sobre el río, por encima de ellos, formando un túnel de ramas y hojas donde la oscuridad era total. La luna se había ocultado y un tenue reflejo surgía de la superficie que murmuraba unos metros más abajo. Consideró que eran el lugar y el momento ideales. Sin que Norman lo advirtiera sacó de entre sus ropas un largo y puntiagudo cuchillo y se lo clavó con violencia en la boca del estómago. El gringo dio un gemido sorprendido e intentó manotear el arma, pero él la retiró con rapidez y, mientras Norman se tomaba la herida, dirigió la siguiente puñalada a la garganta. Su mano transpirada se cubrió de la tibia sangre del moribundo mientras éste caía gorgoteando sobre la muralla. Sin perder tiempo le revisó las ropas y encontró la abultada billetera, donde calculó que aún habría muchos dólares; extrajo el fajo de billetes y lo escondió bajo sus bragas. Le dejó algo de dinero junto a sus documentos y arrojó al agua el cuchillo, que se sumergió tras un ruido ahogado, similar al de los peces que otras noches había oído saltar mientras estudiaba el lugar. Hizo rodar el pesado cuerpo hasta que cayó al agua con un fuerte chapuzón que rompió el silencio; luego todo fue nuevamente quietud, salvo el murmullo del agua que parecía crecer junto al muerto que se alejaba arrastrado por la corriente. Entonces se sacó los zapatos y los tiró al agua, abrochó el bolsillo donde llevaba su documentación, lanzó un par de desesperados alaridos pidiendo auxilio, se sentó en el borde y se dejó caer al agua. Calculó que los centinelas de la policía fluvial habrían escuchado los gritos y estarían alertas y lo recogerían cuando la corriente lo acercara al puesto de control, un centenar de metros aguas abajo, cerca del hotel; si así no fuera igual llegaría nadando y pediría ayuda al aproximarse al muelle. Entonces relataría cómo, después de los altercados -de los que fueron testigos el dueño del tugurio, las alternadoras y los guardias y el portero del hotel- él y su amigo, ambos borrachos y asustados, se internaron entre los árboles para escapar, pero fueron alcanzados por un grupo de nativos, quienes apuñalaron salvajemente a Norman e intentaron matarlo también a él, que logró arrojarse a las aguas, que lo despabilaron, y pudo escapar nadando. Al día siguiente alguien encontraría el cuerpo del gringo y, tras la intervención de las embajadas, la policía encarcelaría a alguno de los parroquianos del burdel. Él quizás debería permanecer unos días más en el país para las declaraciones pertinentes, pero pronto los diplomáticos y colegas lo ayudarían a volver a casa. Entonces regresaría con muchos dólares y ya no debería preocuparse por las pérdidas del viaje.
"Esta vez el pez chico se come al pez grande", se dijo satisfecho mientras nadaba suavemente hacia el destacamento policial, ayudando apenas a la corriente que lo arrastraba. No se equivocaba. Había ya divisado las luces del puesto de guardia cuando percibió un murmullo similar al que había escuchado después que arrojó el cuerpo del gringo al río y sintió un breve y agudo pinchazo en un pie, como si se hubiera enganchado por un momento en una rama espinosa o un anzuelo; de inmediato, el murmullo creció a su alrededor hasta transformarse para él en un bramido, y sintió pequeños pero secos tirones que le rasgaban la ropa y unas filosas puntadas sobre la piel, como si le tiraran firmemente de los vellos hasta arrancárselos; al instante era la carne desgarrada por decenas de diminutas mandíbulas y el dolor brotaba con la sangre de sus piernas, brazos, cuello, manos, tronco y testículos; intentó con sus últimas fuerzas debatirse contra el cardumen y llegar a la costa pero ya no tuvo fuerzas para sacudirse, ni siquiera para emitir un grito desesperado, sólo el gorgoteo de su última exhalación, porque también sus labios y garganta fueron despedazados y el agua ensangrentada le inundaba la boca, la nariz y los pulmones.
El gringo, que había aprendido muy poco el español pero bastante del idioma nativo, le había dicho que los pescadores se quejaban del pez diablo, que les había arruinado la noche. Él, si hubiera sabido algo de la cultura autóctona, hubiera entendido porqué tampoco saltaban los peces en el río esa noche: los había espantado el pez diablo que mencionó Norman, o pirá añá, como habían dicho los pescadores en guaraní, o piraña, en el término adaptado al castellano. Quizás, como él suponía, la organización internacional de periodistas emitiría un reclamo, salvo que no se referiría sólo uno de sus miembros, sino a dos, nuevamente devorados por un primitivo y perdido país tropical.-
Sangre de viñedo
Desde el aire, la tierra yerma parecía
una vieja cerámica gastada por el tiempo y el calor, con profundas rajaduras y
algunas manchas oscuras conformadas por sierras con valles sinuosos, donde las
figuras geométricas de las plantaciones verdes contrastaban con la monotonía
del desierto que reverberaba bajo el sol ardiente. Unas filas detrás viajaba
Isabel, aunque yo aún no sabía su nombre. Poco antes, al ir a los sanitarios la
había visto dormida, ocupando dos asientos distendida, la cabeza como un peso
muerto sobre un hombro, el cabello desparramado sobre la cara y los labios
exánimes pero vivaces, pequeños y carnosos, de un rojo oscuro e intenso como
frambuesas maduras.
Unas
horas después circulábamos por esos terrenos áridos y polvorientos que había
visto desde el avión, rumbo a uno de esos estrechos valles con sus viñedos como
oasis.
“Más
de 300 días por año brilla el sol en esta tierra, por eso nuestras uvas y
nuestros vinos tienen ese cuerpo y color incomparables...”, recitaba orgulloso
el guía, de espaldas al chofer, a quien desde el primer asiento Isabel indicaba
el camino rumbo al viñedo.
La
había visto por primera vez en el aeropuerto, antes de partir. Una figura
menuda en la que no hubiera reparado si no me hubieran encandilado por un
instante sus cabellos rojizos oscuros y si no hubiera sentido el tenue latigazo
de sus ojos negros como brasas, semiocultos entre gruesos mechones. Pero el
verdadero contacto tuvo lugar cuando yo ya estaba ubicado en mi butaca y ella
entró al avión buscando la suya. No fue una mirada descarada y sostenida como
cuando se quiere llamar la atención del otro, sino casi casual, espontánea y
breve, porque los dos la desviamos al instante, aunque la mantuvimos de reojo
quizás un segundo o dos, y ese contacto cómplice fue más seductor y elocuente
que cualquier otro gesto o conversación. De alguna manera debíamos conocernos y
ésa fue mi intención cuando me levanté con la excusa de ir a los sanitarios
durante el vuelo, pero ella dormía.
Al
llegar, quienes íbamos a la convención de vinicultura nos reunimos con los
anfitriones, que nos esperaban bajo un cartel alusivo en el aeropuerto. Allí
convergieron mi compañero de asiento, con quien no había hablado durante todo
el viaje, y otros pasajeros que había visto en el aeropuerto o el avión;
también Isabel, aunque ella no era invitada sino integrante de la comisión
organizadora. Alguien hizo las presentaciones y ya no volvimos a hablar hasta
la noche.
El
bus corría por el camino de ripio y las piedras rebotaban contra el piso
mientras el guía hablaba de la benevolencia de su tierra y la calidad de sus
vinos. Algunos dormían por el efecto del alcohol degustado en la primera bodega
y durante el almuerzo y otros aburridos por la charla del guía, cuando entramos
al verde valle de los Viñedos y Bodegas Bosques, el último establecimiento que
visitaríamos ese día. Era el más alejado de la ciudad, detrás de un extenso
desierto y una sierras bajas y moradas; desde allí tendríamos un largo regreso
y llegaríamos al hotel para la cena. Su propietario se presentó como el doctor
Bosques Santillán, un hombre de abundante cabello canoso y un rostro huesudo y
curtido, en el que se destacaban sus ojos verdes acerados de mirada penetrante,
como la de un desequilibrado, pensé. Era alto y delgado, de contextura fuerte y
brazos nervudos, pero caminaba apoyado en un bastón. Más tarde su capataz,
Becerra, nos comentaría que había sufrido una caída de un caballo que le
lesionó la cintura, aunque el chofer nos confiaría a algunos que en realidad
tenía una enfermedad progresiva y estaba sometido a un tratamiento médico.
Bosques Santillán era gentil y parco a la vez y, según algunos enólogos
locales, su anterior carácter jovial había desaparecido al comenzar sus
problemas motores. Nos acompañó durante la degustación en la bodega, donde
todos sus vinos recibieron una unánime aprobación, y luego le encargó al
capataz que nos guiara por los viñedos.
-
Yo debo viajar esta tarde a la capital, pero los veré el sábado, en la evaluación
final, donde van a probar mi preferido para este año: “Sangre de Viñedo”, un
syrah que les aseguro va a estar entre los primeros.
Dejamos
el interior fresco de la bodega y caminamos bajo un largo parral hacia los
viñedos. Becerra e Isabel se habían adelantado y charlaban junto a la
plantación. Él movía las manos parar explicar algo y ella mantenía un gesto
firme, con mirada reprobatoria y un tenue movimiento de negación. Cuando nos
acercamos Becerra comenzó a caminar y ella apuró una simpática sonrisa hacia
nosotros. Luego ambos nos explicaron el sistema de siembra, cosecha y riego de
ese viñedo, como había ocurrido en los establecimientos que visitamos antes. El
terreno pedregoso refractaba el calor bajo nuestros pies y el bochorno nos
hacía caminar con pesadez y agitados. Un viento sofocante levantaba por
momentos el polvo del suelo y sobre todo el valle se veía una bruma que parecía
una mezcla de ese polvo y el escaso vapor que aún podía surgir de la tierra
reseca o cualquier ser vivo que quedara bajo el sol.
-
Es el zonda –explicó Becerra-. Un viento sucio que corre de norte a sur por los
valles y dura varios días. La temperatura sube mucho cuando hay sol y llega a
incendiar pastizales o árboles resecos, pero de noche hay que cuidarse porque
baja de golpe y hay que andar bien abrigado.
Tomé
varias fotos de los viñedos y del paisaje y en casi todas incluí a Isabel, que
se prestaba sonriente a aparecer casualmente en mis tomas, con sus cabellos
color borgoña y sus labios como frambuesas destacándose sobre el verde de las
vides y el cielo azul. Varias veces se detuvo un instante para posar divertida
frente a mi cámara, mientras los demás escuchaban a Becerra, que frunció el
ceño con sorpresa y desagrado al advertir nuestro juego. Cuando nos despedimos
observé que me siguió con una mirada curiosa y calculadora de hombre de campo.
Esa
noche cenamos en una antigua casona de la ciudad convertida en restaurante, a
la que varias bodegas enviaron sus vinos para congraciarse con la comitiva.
Logré sentarme junto a Isabel en una gran mesa en forma de U, en la que
cambiaron varias veces platos y cubiertos y llenaban constantemente las copas
con el vino que cada uno eligiera. En medio del bullicio de voces, brindis,
risas y canciones con que todos aplacaban el cansancio de un día tan trajinado
pudimos hablar tranquilamente, mirarnos ya descaradamente y aprovechar
cualquier movimiento grupal para arrimarnos y rozar nuestras manos y piernas
con disimulo.
Tras
los postres, casi todos los hombres decidieron ir a un club nocturno y otros,
junto con algunas mujeres, optaron por el casino. Sólo unos pocos volveríamos
al hotel en el bus. Quizás mis colegas más cercanos advirtieron la mutua
atracción y ninguno insistió para que los acompañáramos.
Como
anticipó Becerra, la noche era muy fría a causa del zonda y los primeros en
subir al vehículo calefaccionado fuimos Isabel y yo, mientras los demás
abandonaban lentamente el restaurante y se despedían en la vereda. Los dos
fingíamos estar más ebrios de lo que realmente estábamos y nos sentamos casi al
fondo del bus, cuyo interior el chofer mantenía a oscuras mientras esperaba a
los pasajeros, somnoliento, con la cabeza apoyada en el volante.
-
Todavía siento frío –murmuró.
-
Es que estás muy cerca de la ventanilla. Acércate –la rodeé con los brazos y la
atraje.
-
Espera –resistió sin convicción.
-
¿Qué sucede?
-
El chofer...
-
No nos ve, está detrás de la cortina y semidormido.
En
la penumbra, el reflejo de las luces de la calle daba un tono azulado a su
rostro, en el que vi brillar sus ojos negros y sus labios de frambuesa, que
pronto se perdieron dentro de los míos y ya ninguno sintió frío ni ebriedad.
Fue breve, porque pronto la puerta volvió a abrirse y comenzaron a subir los
pocos comensales que retornaban al hotel. Al llegar me quedé en la recepción,
como distraído, mirando en la tele un combate de boxeo durante unos minutos,
mientras ella enteraba al conserje sobre las actividades de la mañan siguiente
y los demás subían a sus habitaciones.
Nuestros cuartos estaban en el mismo piso, lo
que facilitó las cosas. Nos besamos apurados y con ansias en el ascensor y
salimos separados. No había nadie en los pasillos.
-
¿Tu cuarto o el mío? -apuré.
-
El mío. Puede que alguien me llame a cualquier hora por alguna cuestión de la
organización.
-
¿Y a mí no? –pensé en mi mujer, pero no se lo dije.
-
Por cuestiones de organización, seguro que no -sonriendo con suficiencia- y si
es un llamado personal podrías estar en el casino o el burdel, con los otros.
De todos modos, te irás antes del amanecer.
Me
encogí de hombros convencido y ella apuró el paso a su habitación. Yo la seguí
y en cuanto abrió la puerta la levanté en mis brazos y cerré con la espalda.
A
la mañana, todos llegamos con retraso al desayuno, especialmente los que
siguieron la noche en el club y el casino. El chofer del ómnibus esperaba con
gesto aburrido mientras Isabel le daba instrucciones. Ella nos hizo un gesto
para que nos apuráramos y luego se dirigió a la cafetería. Algunos comentaban
sus aventuras de la noche anterior o su suerte en el casino.
-
Debiste venir, Linares, estuvo bueno.
-
Estaba muy cansado después del viaje y las caminatas por los viñedos bajo el
sol, especialmente en esa bodega que queda en el culo del mundo, la del viejo
rengo...
-
¡Sht! – me interrumpió el colega que estaba a mi lado, con gesto alarmado,
señalando con el mentón a Isabel, que abría la puerta.
-
¿Qué sucede? –sorprendido.
-
Baja la voz, que ella es su mujer -me dijo acercándose a mi oído.
El
paseo de esa mañana fue a una bodega vecina a la ciudad y terminó al mediodía,
cuando regresamos para el almuerzo. Ni Isabel ni yo cambiamos el modo de
tratarnos en público -es decir, casi no nos tratamos- y nadie parecía sospechar
de nuestra aventura nocturna. Antes de subir al bus me dijo que después del
almuerzo me llamaría a mi cuarto.
Era
el día previo al de la evaluación final en el centro de convenciones y teníamos
la tarde libre, por lo que después de una prolongada sobremesa, desde el
restaurante cada uno tomó el rumbo que quiso, solo o en grupo. Algunos volvimos
en el bus al hotel para dormir una siesta. Apenas cerré los ojos relajado sonó
el teléfono.
“Mi
marido voló a Buenos Aires, para su tratamiento semanal, y volverá mañana a la
tarde para el cierre de la convención; puedes acompañarme a la finca y
pasaremos la noche juntos”, propuso Isabel.
Fue
un alivio entrar al ambiente climatizado de su coche en las afueras de la
ciudad, donde me levantó cuando el zonda tornaba más sofocante la tarde; aunque
al acercarnos a la finca la temperatura comenzó a bajar al mismo tiempo que el
sol.
Debíamos
estar al mediodía siguiente en la ciudad para la apertura de la muestra, por lo
que saldríamos a primera hora de la mañana para que nadie advirtiera que no
dormimos en el hotel. Cuando entramos a la finca, al caer la noche, nos
sorprendió encontrar a Becerra, quien nos abrió el portón y tras un saludo
falsamente cordial a Isabel me echó un vistazo desafiante.
-
¿Por qué se quedó hasta tan tarde, Becerra? –preguntó ella.
-
Enseguida me voy, señora -dijo él con un tono humilde y resentido, aunque sin
contestar la pregunta directamente, y se alejó del coche.
Avanzamos
el último centenar de metros hacia la casa en una noche ya tan cerrada que el
reflejo de los haces de los faros nos encandilaban. Había una luz tenue en el
recibidor y antes de subir los tres escalones del pórtico, seguros de que
Becerra no nos vería desde tan lejos, nos abrazamos y besamos profundamente.
Abrimos la puerta, dimos unos pasos sobre la alfombra y nos quedamos duros de
la sorpresa cuando vimos a Bosques Santillán sentado en un sofá, una mano
apoyada en su bastón, esperándonos.
-
Norberto... - balbuceó ella, y su boca no volvió a cerrarse. Los labios
quedaron tan exánimes y rojos como cuando dormía en el avión.
-
Querida... señor Linares…
Nos
saludó sonriendo y con exagerada amabilidad y contenida frialdad, mientras se
levantaba con ayuda del bastón, aunque no parecía necesitarlo.
-
Postergué mi viaje para asegurarme que nada faltara en la organización y, en vista
de que la muestra parece bien encaminada en la ciudad, vine a ver cómo estaban
las cosas en la finca, pero Becerra tiene todo bajo control y –mirando a su
esposa- parece que acá tampoco es necesaria mi presencia.
Ella
sonrió como si le causara gracia la ocurrencia.
-
Qué buena idea, querido. Yo también vine a ver cómo estaba todo acá e iba a
llevar a Esteban... a Linares, a la ciudad, pero ahora creo que es mejor que
regrese con Becerra, si él va para allá.
-
No. Becerra, en unos pocos minutos -mirando su reloj- regresará a la ciudad,
pero en el helicóptero que me trajo, y el señor Linares puede quedarse a cenar
y ser nuestro huésped esta noche.
-
Pero él tiene que estar mañana temprano para la apertura de la muestra...
-
Sí –agregué en mi primera intervención, cuando comencé a escuchar el motor que
se ponía en marcha a lo lejos.
Él
sonrió con suficiencia y señaló con las cejas hacia donde provenía el ruido.
-
Usted se queda, amigo. Y va a probar el vino especial que tengo reservado para
la muestra ¿se acuerda? “Sangre de Viñedo”. Lo degustará usted antes que el
jurado.
El
ruido del helicóptero aumentaba a medida que levantaba vuelo y Bosques
Santillán me pidió que aguardara mientras él y su esposa iban a la bodega,
junto al camino de parrales. Abrió la puerta del fondo y la sostuvo,
esperándola.
-
¿Querida?- dijo invitándola a adelantarse. Ella obedeció nerviosa y me dio una
última mirada de reojo, tan fugaz como la que cruzamos en el avión, pero
cargada de inquietud, casi suplicante. Él permaneció junto a la puerta con
gesto cortés y después que ella salió me hizo una breve reverencia, siempre con
su tenue sonrisa, y desapareció cerrándola. Luego me pareció oírlos discutir y
quise escuchar, pero me lo impidió el tableteo ensordecedor del helicóptero,
que justo sobrevoló unos segundos la casa. Cuando se alejó, al otro lado de la
puerta sólo reinaba el silencio del desierto. Pasó un largo rato y comenzaba a
inquietarme cuando Bosques Santillán entró con una bandeja con dos copas con
vino, que puso sobre una mesa ratona entre los sofás y se sentó frente a mí.
-
Estoy seguro que este vino le gustará, señor Linares -dijo clavándome su mirada
acerada- Es un vino que nos identifica. Usted advertirá su color fuerte, diría
apasionado; el olor del desierto y la soledad, y en el paladar sentirá las
maderas en que descansó, más un toque frutado... a frambuesas, quizás.
¿Frambuesas?
Yo lo miraba dubitativo y sólo asentía levemente con la cabeza mientras él me
alcanzaba la copa bajo la luz mortecina. La tomé de la base con fuerza e
inseguridad.
-
Beba, por favor -ordenó con cordialidad y vi sus nudillos sobresalir en la mano
que tomaba el pomo del bastón y no supe si fue por la presión al apoyarse en él
para erguirse o era una velada amenaza. Lo vi llevarse la copa a la boca sin
dejar de mirarme y lo imité.
Tomé
un sorbo y escupí asqueado el líquido aún tibio y entonces vi sus comisuras
también manchadas de rojo, como sus zapatos y sus huellas en la alfombra. Lancé
un alarido de repugnancia y le di un empellón que lo hizo caer y salí corriendo
desesperado mientras escuchaba su carcajada. Corrí entre los parrales,
refregándome la boca y escupiendo, y no me detuve cuando del terreno parejo del
viñedo pasé al suelo inculto, irregular y pedregoso, ni cuando mis ojos se
habituaron a la oscuridad y podía entrever grandes rocas y grietas en la tierra
árida bajo la palidez lunar. No sé cuánto tiempo ni distancia había corrido
cuando a lo lejos escuché el aullido de un lobo poco antes de resbalar y caer a
un zanjón y desmayarme entre unas matas espinosas, pero estaba ya muy lejos de
la finca.
Las
matas y el bloque de piedra bajo el cual terminó mi rodada me protegieron del
frío, del sol y nuevamente del frío, hasta que un grupo de baqueanos a caballo
me halló a la noche siguiente. Estaba cubierto de cortaduras, con la ropa
destrozada, aterido y sediento. Me
dieron agua, me acostaron sobre unas cobijas y me abrigaron mientras
iban en busca de un vehículo para llevarme a la ciudad. Comencé a recordar y
pregunté ansioso por Isabel y Bosques Santillán. Los jinetes se miraron unos a
otros dubitativos unos segundos, hasta que Becerra, mientras montaba el caballo
me clavó su mirada rojiza e inundada, cargada de odio y, con un gesto de
desprecio, nuevamente sin contestar directamente la pregunta, taloneó al animal
y mientras se alejaba me espetó que la policía ya había cerrado el caso.