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Laso Tamayo II, Ana (Iktomi)

El acantilado de Lady Mayelling



 

EL ACANTILADO DE LADY MAYELLING

 

Seudónimo: Iktomi.

El niño Theodor no solía tener problemas de sueño, pero aquella noche se revolvió inquieto entre las sábanas. Miró hacia la ventana, donde el cristal golpeaba debido a la terrible tormenta y le pareció oír que el viento le decía algo susurrándole. Asustado, pensó en llamar a la joven niñera; pero no fue necesario. Anne, como si hubiese estado esperando tras la puerta, entró en la habitación del niño sonriéndole y encendió la lámpara al lado de la cama del niño. Colocó un pequeño trozo de tela de color rojo encima para que la luz no fuese tan intensa y, sin necesidad de decir ni oír nada, Theodor se tranquilizó. Miraba a Anne con inmenso amor y le cogió la mano cuando ésta se sentó a su lado en la cama.

-   Hace una noche horrible, ¿verdad? O eso te parece.

-   Es horrible; no es que me parezca a mí- y apretó más fuerte la mano de la niñera.

-   A veces, si se mira de otro modo, las tormentas pueden ser hasta hermosas.

Anne miró ensimismada la ventana y Theodor notó lo mucho que adoraba esta región del sur de Escocia.

-   Tú eres de aquí, ¿verdad?

-   Sí.

-   ¿Y lo sabes todo?

La niñera observó fijamente al niño antes de responder:

-   ¿Qué es lo que quieres saber?

-   Es que…- Theodor bajó la mirada como cuando sabía que iba a decir alguna tontería- Es que a veces me parece oír algo. Voces. Y vienen del acantilado- al decir esto último alzó la cabeza para comprobar la reacción de Anne. Temía que se riese de él.

-   ¿Sabes un secreto?- le respondió ésta mirándole cómplice-. A veces yo también las oigo. Son voces de mujer.

-   ¡De mujer! ¡¿De Lady Mayelling?!

Anne no contestó. Bajó la mirada y, entre esa penumbra rojiza, a Theodor le pareció que una lágrima resbalaba por su mejilla.

-  Anne- se atrevió a preguntar al cabo de un rato- ¿Por qué se llama acantilado de Lady Mayelling?

-   Es por algo que ocurrió hace ya mucho tiempo. Doscientos años exactamente esta noche.

-   ¡¿Esta noche?! ¿Y qué fue? ¿Qué paso?

Anne acarició con dulzura el pelo lacio y oscuro que caía sobre la frente de Theodor.

-   A lo mejor no quieres saberlo. Es una historia triste y tú eres todavía muy pequeño. Tienes sólo cinco años.

-   ¡Casi seis!- se defendió el niño- Además, no tengo sueño. Cuéntamelo.

-   Está bien. Pero después, prométeme que te dormirás.

Theodor asintió y se dispuso a escuchar el relato.

-   Lady Mayelling era la menor de tres hermanas. Vivían aquí con su padre.

-   ¡¿Aquí?!

-   Sí. Exactamente aquí. En esta casa- Anne hizo una pausa-. Pero todo ha cambiado mucho. En aquel entonces hacía mucho más frío porque no había calefacción y la gente se alumbraba con antorchas. La casa no tenía ninguno de estos muebles tan modernos y el paraje que la circunda era mucho más salvaje… Aunque las zarzas todavía siguen aquí

›› El padre de Mayelling,, era un enfermo y rico terrateniente cuyo único objetivo era casar a sus tres hermosas hijas para poder morir con la tranquilidad de que serían bien cuidadas. De la mayor no tuvo que preocuparse porque, tras unos meses de intensa agonía provocaba por unas fiebres, murió. La mediana aceptó casarse con el conde de Hadrian y partió en carruaje a un castillo del norte pasando a ser ella la condesa de Hadrian. Pero la pequeña… la pequeña Mayelling le causaba más de un dolor de cabeza. Se pasaba las horas sentada sobre el acantilado escribiendo poemas con una pluma o componiendo música. Entre sus planes no se encontraba el matrimonio y eso que pretendientes no le faltaban. De todas partes de Escocia, incluso de fuera, venían jóvenes, y no tan jóvenes, a probar suerte. Pero no había manera, Mayelling sólo pensaba en escribir y tocar su arpa. ‹‹

›› Más de una vez pensó su padre, que cada vez estaba más cerca de la muerte, en obligarla a casarse. Pero entonces Mayyeling rompía a llorar de manera tan desconsolada que nadie hubiese tenido el corazón tan duro como para no deshacerse entre sus lágrimas. ‹‹

›› -   Me casaré solamente por amor- decía una y otra vez la joven-. Y sólo por esa misma razón traeré un niño a este mundo. ‹‹

›› Y así hizo lo primero. Un día un harapiento niño trajo una carta a la rica casa del terrateniente. Era del hermano menor del conde de Hadrian, un apuesto joven llamado Sir Laurence. Se encontraba por la zona debido a sus negocios y una terrible nevada había dejado su carruaje semienterrado y a los caballos exhaustos. No veía posada alguna cerca. Lo único que había encontrado era un niño, al cual le había encomendado la misión de llevar esta carta a la familia de su cuñada, que, sabía, vivía por esta zona. ‹‹

›› Tuvo suerte y la carta llegó a su destino. El señor fue en persona, junto al niño de guía y a tres criados más a recoger a sir Laurence y ofreció alojamiento al joven y establo a los caballos. ‹‹

›› Lady Mayelling y Sir Laurence marcharon tan sólo dos días después a casarse a la casa de éste, y un mes después ya esperaban un hijo. ‹‹

››Fue entonces cuando, debido a lo avanzado de su enfermedad, o quizá a la felicidad de saber a su pequeña casada y que iba a tener descendencia, el rico terrateniente murió placenteramente en su lecho. Para algunos habitantes de la comarca, aquél fue el desencadenante de las varias desgracias que se sucedieron. ‹‹

›› Los condes de Hadrian pasaron a  habitar la casa del barón, volviendo la chica a su lugar de infancia. Allí dentro se acordaba de Mayelling y la echaba de menos tanto que a veces se le oprimía el pecho de sólo pensar en ella. Habían estado muy unidas en la niñez, además, el conde se ausentaba a menudo y la casa se le hacía enorme. Varias cartas le mandó para que fuese a visitarla. Pero Lady Mayelling sólo respondió el día en que su amado murió tras una caída de caballo. Sí, iría a visitar a su hermana; se encontraba terriblemente sola porque, además de al amado esposo, había perdido también al niño que esperaban. Tan dura fue la noticia del accidente a caballo de Sir Laurence, que Lady Mayelling se había desmayado en el acto provocando un derrame interno que inundó la sala de sangre y mató al feto de ya casi siete meses y medio que llevaba dentro. ‹‹

›› La llegada de Lady Mayelling coincidió con una terrible guerra casi al otro lado del mundo a donde el conde de Hadrian fue a luchar. Así que las dos hermanas se encontraron, a excepción de la presencia de la hermana mayor y del padre, como antaño: en el caserón donde habían nacido y crecido. El dolor de tener a los esposos, uno muerto y el otro ausente, las unió más si cabe. Pero más que estar con la hermana, lo que de verdad le gustaba a Lady Mayelling era sentarse sobre su querido acantilado. Eran momentos de serenidad y paz para ella donde recordaba a su añorado Sir Laurence y a su hijo no nato. ‹‹

›› Mientras, la guerra, como todas, se hacía cada vez más cruenta hasta que llegó a su fin. Seis años tardó el conde de Hadrian en llegar a casa. Lo primero que hizo su esposa tras besarle, abrazarle y comprobar una y otra vez que las balas y los golpes se lo habían devuelto entero, fue presentarle a su querida hermana. Poco debió de importarle a él la presencia de la muchacha, ya que se limitó a hacer una reverencia. Pero Lady Mayelling se desmayó nada más verlo, no sin antes pronunciar una palabra que surgió de su boca como un suspiro: Laurence. ‹‹

›› El gran parecido entre los dos hermanos reavivó el dolor de la pequeña de las hermanas hasta hacerla caer en una terrible agonía que no la dejaba apenas levantarse de la cama. La trataron los mejores médicos de la zona y, lo días que parecía encontrarse mejor, los condes organizaban fiestas para intentar levantar el ánimo de la chica. Todo fue en balde. Una noche se levantó y, con camisón y descalza, a pesar de las zarzas del paraje, se arrojó por el acantilado. ‹‹

Theodor abrió los ojos como platos.

-         ¿Y murió?

-         Era imposible no hacerlo. Encontraron el cuerpo estrellado contra una roca.

-         ¿Y qué más pasó?

-         ¿Por qué crees que pasó algo más?- se extrañó Anne.

-         Bueno… has dicho que hubo varias desgracias. Y me has contado solamente una.

Anne sonrió.

-   Sí. Pero lo que ocurrió después… Algunos dicen que es sólo una leyenda. Otros que fue producto de la locura de la condesa. Pero nadie cree que sea verdad. Así que mejor no te lo cuento.

Anne le besó la frente y se dispuso a marcharse.

-         Pero tú sí te lo crees, ¿verdad? Tú no piensas que es una leyenda.

Anne no contestó, pero Theodor conocía la respuesta.

-    Cuéntamelo. Por favor, Anne, cuéntamelo.

-   Está bien. Esa misma noche, con el cuerpo de Lady Mayelling amortajado en la sala principal del caserón y velado por dos criadas; la condesa, acostada en la cama, creyó oír una dulce voz que venía del acantilado. Se levantó, salió de la casa hacia la oscuridad arañándose las piernas con las zarzas y se dirigió al acantilado. A medida se acercaba oía la voz más clara, hasta el punto de entender lo que le decía: fue él. Sentada encima del acantilado vio a su hermana y esta vez oyó la voz salir de sus labios: fue él. La condesa no entendía nada. Se acercó con ojos llorosos hacia su hermana, pero la imagen de ésta empezó a diluirse.

›› -   ¡No te vayas!- le gritó- ¡No me dejes! ‹‹

››  -   El conde me empujó. Fue él- dijo cuando ya era poco más que una neblina-. Yo no me tiré. Yo no lo hice. Fue él. ‹‹

›› La condesa se despertó gritando en su cama. Varios sirvientes y el conde en persona fueron a ver lo que le ocurría. ‹‹

›› - No ha sido nada- dijo ella-. Una pesadilla. ‹‹

›› En cuanto se quedó sola pensó en lo ridículo de su sueño, pero supuso que el estrés era capaz de cosas así. Ya estaba amaneciendo, debían de ser cerca de las cuatro de la madrugada y pensó en correr las cortinas. Había mucho que hacer, hoy era el entierro. Apartó las mantas y tuvo que reprimir un grito: ¡Sus piernas estaban llenas de arañazos y barro! ‹‹

›› Dos horas después, cuando fue detenida por haber clavado un hacha en pleno corazón a su esposo, no dejaba de gritar cosas extrañas sobre el acantilado, voces y neblinas. Todos lo tomaron como fruto de la locura tras la pérdida de la hermana. ‹‹

›› -   ¡Miradme las piernas!- gritaba-. ¡No ha sido un sueño! ‹‹

›› Pero sus piernas no tenían ni un solo arañazo o resto de suciedad. ‹‹

›› Esa misma madrugada, mientras los criados quitaban el hacha del cuerpo de su señor y le amortajaban, la condesa de Hadrian ya la pasó en el calabozo a la espera de fecha para ser ejecutada. Se quedó adormilada y cuando despertó vio la puerta de su celda abierta de par en par. Salió sin ver a guarda alguno y volvió al acantilado. Allí estaba de nuevo lady Mayelling, pero esta vez no se encontraba sola: tenía sobre su regazo al conde, muerto y con el hacha todavía clavada en el pecho. ‹‹

›› -   Ahora es mío- miró con dulzura el cuerpo-. Sir Laurence pasará la eternidad conmigo. Sabía que si me arrojaba por el acantilado, tú me lo darías. ‹‹

›› La condesa gritó espantada ante la escena. ‹‹

›› -   Ahora ya tengo a mi amado. Sólo me falta mi niño- añadió con tristeza. ‹‹

›› La condesa se despertó entre sudores en el calabozo y, cuando los guardas abrieron la puerta con la llave, no se explicaron cómo era posible que tuviese las piernas tan sucias y arañadas. ‹‹

›› Y esa es toda la historia- concluyó Anne. ‹‹

-   Entonces- dijo Theodor- Lady Mayelling consiguió lo que había perdido: a Sir Laurence. Bueno, más o menos. Porque el conde no era Sir Laurence.

-   Para ella sí lo era. Y eso es lo que cuenta.

-   Pero se quedó sin hijo. Debía de tener más o menos mi edad.

-   Exactamente la tuya.

-   Oye, Anne, ¿y tú cómo sabes esta historia?

-   Eso es algo que te contaré otro día- dijo levantándose.

La niñera abrió un cajón de ropa del niño y cogió unos calcetines, que depositó con cuidado sobre los pies de la cama de Theodor.

-         ¿Cuándo me lo contarás?

-         Pronto. Y abrígate esta noche. Que va a hacer frío.

Anne salió de la habitación y sonrió a Theodor enigmáticamente:

-   Hasta pronto, mi niño.

El libro de las tapas verdes



El rico terrateniente Val poseía en su enorme caserón una de las mayores y envidiadas colecciones de obras literarias del país, y, sin duda, la más extensa de todo Aragón. A menudo más de un opulento comprador le había ofrecido una extensa suma de dinero por alguno de sus libros, pero la respuesta era siempre negativa. No existía placer mayor en el mundo para el terrateniente aragonés que la lectura, y se recreaba en todas aquellas primeras ediciones e incluso manuscritos de los escritores más ilustres; la mayoría de origen español, pero no faltaban obras del resto de Europa.            Tanto tiempo dedicaba el hombre al honorable ocio de la lectura que poco a poco había ido olvidando los otros placeres que le proporcionaban la fortuna de no tener que trabajar para poder vivir. Hacía tiempo que no acudía a ninguna fiesta o comida con larga sobremesa celebradas en casa de alguno del resto de hombres de renombre de la comarca. Y ni que decir tiene, que él tampoco organizaba ningún tipo de evento. Sus últimas apariciones en público habían sido en tertulias literarias junto con otros amantes de los libros. Al principio disfrutaba de estos encuentros sabiéndose el más culto y experto de todos. Se ponía en pie y se complacía al saberse escuchado con atención, admirado e incluso envidiado. Pero pronto se cansó de este protagonismo. Se aburría con los que consideraba inferiores a él. Primero inventaba excusas para no tener que asistir, luego decía claramente que no le apetecía, más tarde las misivas quedaron sin contestar. Y llegó el momento en que nadie le invitaba a nada.            No le importaba. Allí solo con sus libros era feliz. Elegía uno de la inmensa biblioteca y se lo llevaba con él a sus aposentos privados hasta que llegaba a la última página. Entonces, volvía a la biblioteca, colocaba la obra en su sitio y elegía otro.            Tan feliz se encontraba dentro de su soledad, que hasta renunció a buscar esposa y formar una familia. Vivía solamente con el ama de llaves, una joven cocinera y dos criados personales. A veces había llegado a plantearse si no hubiese sido acertado formar una familia, más que nada para tener a alguien que heredase su valiosa colección de libros. Pero hacía ya mucho que había desechado la idea. ¿Qué le importaba a él lo que pasase cuando ya no estuviese en este mundo?            Y así pasaba los días y días: leyendo sin parar y saliendo de casa apenas unos minutos diarios para respirar aire puro antes de volver a enfrascarse en la lectura.            Y cuanto más leía y más se encerraba, peor era su temperamento. Nunca había sido un hombre tranquilo y amable, eso era cierto desde que tenía uso de conciencia, se había sabido mejor y más poderoso que aquellos que le rodeaban, y esto había influido enormemente en su rudo carácter. Pero desde que había dejado de tener contacto con sus antiguos amigos y compañeros de tertulias, su conducta era cada vez más despectiva e insoportable para los que le rodeaban; esto es: sus cuatro sirvientes. La casa nunca estaba lo suficientemente ordenada, la comida demasiado caliente o demasiado fría, a los caballos siempre les faltaba algo, el jardín tenía malas hierbas y, lo que era peor, a menudo había polvo sobre la cubierta de sus adorados libros. Nada de eso veían sus criados. Eran cosas que sólo los ojos de Val apreciaban. Y, cuanto más huraño se volvía el señor, más sufrían los sirvientes: las palizas e insultos eran cada vez más frecuentes y la joven cocinera temía a la noche más que a nada en el mundo debido a las habituales visitas a su dormitorio del señor para apaciguar las necesidades de la falta de una esposa a su lado.            Una madrugada de invierno, el terrateniente cerró un libro de un filósofo francés. Había llegado a su fin y era hora de empezar una nueva obra. Se dirigió a su biblioteca y rebuscó entre las estanterías en busca de algo que no hubiese leído todavía. Creía conocer de memoria todos los lomos que allí descansaban, pero uno de color verde oscuro le llamó la atención: nunca había reparado en él. Lo sacó y vio que no tenía título alguno en la cubierta. No lo dudó. Lo agarró con firmeza sin ni siquiera haber hojeado y se lo llevó a sus aposentos privados.            Cuando lo abrió y leyó la primera página dio un respingo: ¡Se trataba de su propia biografía! ¿Quién habría escrito aquello? Era un manuscrito con letra impoluta y redactado con un estilo tan inmaculado que parecía digno de  cualquiera de los mejores escritores de la Ilustración.            Leyó hasta la llegada del sol sobre su propia vida. Desde su infancia hasta la actualidad, en concreto hasta el momento en que había decidido llevarse el libro de tapas verdes a su dormitorio.            Durmió durante todo el día presa del agotamiento de haber pasado la noche en vela y, sobre todo, del desconcierto. Al despertarse, estaba empapado en sudor y por primera vez en su vida sintió el amargo sabor del miedo. Pensó en consultar a sus sirvientes, pero de nada serviría: eran todos analfabetos y, en el caso de leerles en voz alta lo que allí estaba escrito, seguro que no le creerían.            Mandó que le llevasen el desayuno a la cama. No tenía ganas de bajar al comedor. Y, tras, dar un par de bocados y beberse el té, volvió a abrir el libro. Esta vez el manuscrito había aumentado unas líneas donde se contaba la terrible noche que había pasado y el desayuno que había tomado: Apenas un par de bocados de pan de trigo con queso y un té con limón, leyó.            Asustado arrojó el libro de tapas verdes a una esquina del dormitorio: ¡Eso era exactamente lo que había desayunado!            Salió a pasear sobre uno de sus corceles y trató de pensar. Pero su mente estaba bloqueada. ¿Qué demonios estaba pasando? Tenía un libro maldito en su casa que se escribía solo. ¿Sería la mano del diablo quien estaba tras esto? Pero, si así era, ¿por qué? Aunque existía una posibilidad que le infundaba más miedo que el propio maligno: ¿Y si estaba cayendo en una inmensa locura?            Al llegar de nuevo a casa, recogió el libro del suelo y lo abrió con manos temblorosas sabiendo ya lo que se iba a encontrar. Y allí estaba: su ira al tirar la obra, su paseo a caballo y sus pensamientos.            Tres días después cayó enfermo con altas fiebres y delirios. Se alimentaba de los caldos que la cocinera le llevaba y apenas salía de la cama. Tan sólo para hacer sus necesidades y para mojarse la cara con el agua fresca que el ama de llaves le ponía en un recipiente sobre el aparador.            Para leer el libro no tenía necesidad alguna de levantarse. Lo había escondido debajo del colchón y, cada vez que se despertaba, veía con horror como su biografía seguía aumentando.            Así pasó una semana entera con sus días y sus noches. Y, cuando creía que aquel tormento no podía ser peor, lo leyó: El señor Val creía estar en cama debido a los delirios provocados por los acontecimientos ocurridos en los últimos días, pero lo cierto es que moría por una terrible enfermedad. Apenas le quedaba un par de semanas de vida, e iban a ser las más angustiantes y dolorosas de toda su vida. Las fiebres y los delirios eran el primer paso, después vendrían las convulsiones y los terribles dolores. El padecimiento sería tal, que, ante la imposibilidad de soportarlo, se daría muerte él mismo con un cuchillo.            Y así es como Val leyó el futuro que le deparaba. Pero no quería aceptarlo, no estaba a dispuesto a morir. Era posible que ese libro maldito se equivocase. Decidió aguantar y llamar a los mejores médicos.            Tras varios días de reconocimiento, cuatro sangrías y varias medicinas, Val no mejoraba. Su aspecto era cada vez más patético: se había quedado pálido del todo y su cuerpo, antes robusto, había perdido tanta masa que hubiese parecido un vagabundo muerto de hambre de no hallarse entre sábanas de seda.            Tras la rendición de los médicos, ninguno sabía qué le pasaba, empezaron las convulsiones. Su cuerpo se agarrotaba y le dolía tanto que a veces creía que iba a morir en uno de esos ataques. Pero no era así. El libro lo decía claramente: su muerte iba a ser de otra manera.            Rendido, mandó a uno de los criados que le trajese un cuchillo le la cocina. Ante la negativa de éste, sintió el impulso de molerle a palos, pero no podía ni levantarse de la cama.            Aquella noche metió la mano bajo el colchó y palpó el libro. Pero había algo más: algo frío y duro. Sacó el cuchillo y se dio muerte.

Los cuatro criados lloraron en el funeral. Pero sus almas se sentían al fin libres y con el delicioso y dulce sentimiento de la venganza bien cumplida.            Sin duda ocultar que el ama de llaves no era analfabeta había sido una grandísima idea. Y había tenido años para leer a escondidas para conseguir un estilo de escritura más que decente. Al fin y al cabo, había vivido en la casa con la mejor biblioteca de todo Aragón.            Con la ayuda de los criados, que espiaban a su señor a cada paso, había podido narrar hasta los sueños de su señor. Desde siempre había hablado en sueños.            Y la cocinera, tan inepta e inútil como parecía, había estado contaminando a Val con sus caldos. El veneno lo había hecho ella sola recordando la receta de una vieja bruja que vivía cerca de su chabola cuando era niña. Recogía ella misma las hierbas y las trituraba con el mortero antes de ponerlas en la cena de su señor.

Nunca más volverían a golpearlos ni a humillarlos.

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