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Pérez Conde, Luis (Laraño Conde)

El adefesio



EL ADEFESIO

Entre luces de colores que giraban como sirenas de ambulancia, en medio de la multitud hilarante, apoyada en la búsqueda de la mejor carne para atrapar entre sus fauces, después de un largo recorrido nocturno de club en club, advirtiendo a cada paso los espasmos de una adrenalina que iba definiendo todas y cada una de sus acciones de caza feroz, la pequeña Silvia merodeaba con sus pequeños ojos chispeantes, tras sus gafas antiguas, la mujer que la proveería de sexo suficiente para ahogar la multitud de pensamientos que se habían adueñado de sus miedos o tal vez sus miedos habían hecho mella en sus pensamientos. Narcotizada por esa búsqueda que pusiese en orden su quebradiza figura. Su aspecto que destaca sobre los demás por la falta de misericordia de la naturaleza, aquella gran sabía que presidía el mundo había pasado de largo dejándola marcada con la peor huella, la indiferencia. Su estatura pequeña, su cuerpo sin forma donde sus pechos se pegaban con su vientre ambos prominentes, sus piernas cortas y delgadas, su trasero desaparecía bajo aquellos pantalones rectos en la conjunción de colores que la daban un aspecto de desaliño, la indiferencia por el buen gusto, sus cabellos lisos se sentaban sobre la base de un cráneo pequeño, rodeando su cara menuda, de nariz afilada, de labios que parecían desdibujarse bajo su nariz, sus dientes habían nacido puntiagudos, su espalda encorvada por la atracción de la gravedad de sus grandes pechos, sus manos pecunias y nerviosas se movían con cierta resolución cuando trataba de hallar la armonía de una felicidad que no llegaba a encontrar.

Maltratada por la naturaleza, había desarrollado un encanto en el trato con los demás a los que, antes de ganarse con su tranquila presencia, había observado de forma tenaz para hallar en cada uno de los casos o personas que parte era la que podía escarbar en ese devenir del rasgo vulnerable que cada uno tiene. En esa pelea lenta que tenía que ejercer para sobreponerse de cara a los demás por su aspecto, había adquirido la eficaz y mordaz capacidad de saber estar en los dos lados de cualquier orilla, de cualquier río navegable o no, ella sabía pasar de un lado a otro sin ser vista, sin ser descubierta.

En ese momento de luces de sirenas de ambulancia, donde el piso del club era de un material de goma que al pisarlo daba la sensación de pegarse al suelo, el esfuerzo supremo de Silvia era olvidar su relación acabada con Enriqueta, a la que había advertido de la necesidad de abandonar la casa que ambas compartían para impedir que el paso del tiempo acelerase una ruptura que se haría cada vez más descarnada, más insoportable de seguir compartiendo el mismo hábitat, robándolas a ambas lo poco que las quedaba. La expresión de Enriqueta había sacudido un poco la conciencia de Silvia, que a golpes de cadera se abría paso entre la multitud para hacerse un hueco en ese baile de luces de sirenas de ambulancia. Enriqueta no entendía aquella ruptura repentina, su aspecto desbordaba una obesidad mórbida, mezclado con un carácter pacifico, rogaba un poco más de tiempo para sobreponerse a aquella situación de la que ella no había sido conciente hasta el mismo momento en el que Silvia había dejado claro cual era la realidad de su relación o cual era la realidad de cómo ella sentía después de tres largos años de relación. No podía darle más tiempo, debía marcharse para poder dejar entre ambas algún recuerdo que mereciese la pena mantener, de lo contrario aquello podía convertirse en una condena que desharía cualquier posibilidad de mantener con el tiempo una buena amistad. Enriqueta aceptó sin poner mucha resistencia a aquel consejo que recibía como un fuerte golpe sobre su rostro hinchado, casi infantil, dada su juventud, no podía saber ni siquiera intuir que en medio de aquellas palabras había una zona oculta de la que Silvia no había hablado, ni hablaría sino con aquellas personas que eran de su entera confianza. En aquella casa, donde ambas vivían al tiempo que compartían casi siempre con otro inquilino, había nacido una nueva emoción que compartía el lecho de Silvia, una nueva joven inexperta a la que había conseguido con la resolución de sus encantos y aquel ambiente de festejo desenfadado en el que había convertido su casa. Una nueva relación que había surgido bajo el mismo techo y que aunque ocultó a los ojos de Enriqueta, la permanencia de ésta en la casa, haría que terminase por ser descubierta. Había soltado una rama cuando tenía otra cogida. Pero la táctica era ocultar aquella realidad de una nueva relación, sobre todo por lo que podrían pensar los demás, aquellos que eran amigos de ambas. Aquellos que eran de su confianza en exclusiva, con los que compartía tiempo de recreo y trabajo, la habían advertido de la necesidad de acabar con aquello lo antes posible, confirmando de esa manera que su actitud al hablar con Enriqueta y resolver ese problema tenía la aceptación de una parte de sus conocidos, lo más importante era impedir que esa aquella situación la colocase al frente de una parte de su personalidad desconocida para todos. Impedir ser vista, ser oída cuando saltaba de una orilla del río a la otra, su relación con Enriqueta había terminado antes de la aparición de Susan, una americana que las había alquilado una habitación. Enriqueta se había marchado en silencio sin oponer resistencia, Susan estaba de viaje y Silvia se descabalgaba en aquel ambiente nocturno, presa del miedo a ser descubierta, presa de una persecución imaginaria que la atenazaba, al tiempo que la lanzaba a una danza de deseo ciego. Aquella patología había hecho presa a su hermana menor y había atenazado la vida de sus padres que habían desatendido a Silvia para proteger a su hermana. Desde muy pequeña ella había sido consciente del papel que jugaba en medio de aquella enfermedad, como un monito gracioso era como se la recibía en todas las reuniones de familia, mala suerte para sus padres, la hija menor atrapada en aquella patología, la mayor atrapada en una naturaleza defectuosa, poco agradable a la vista, aunque su personalidad alegre ante los demás la justificase del propio horror del pensamiento de los demás que desconocían aquellas recaídas por las que ella atravesaba, como si aquella patología de su hermana la hubiese infectado desde la niñez hasta el momento actual. Aquel ambiente espeso y la ocultación de su sexualidad la había provisto de la determinación de salir del hogar lo antes posible para tratar de hacer su vida, dejando aquella otra en las zonas más residuales de la obligación en las fechas más señaladas del calendario.

De lo que no carecía era de una inteligencia precisa para ver en los demás la parte más vencida de cada uno, la paciencia de saber escuchar, la audaz y tenaz capacidad de vivir a pesar de todo y contra todo, de sobreponerse a su propia naturaleza, aquella que se veía con un solo golpe de vista, aquella que había conseguido dominar e imponer a los que sentía mas débiles, pero de lo que no se podía deshacer era de la parte inexpugnable de sus propios miedos, aquellos de los que había sido infectada por la patología de su hermana menor, la persecución o brotes de grandeza que la impulsaban a ser el centro de las fiesta, a subirse sobre cualquier atril para proferir sus palabreas siempre llenas de una carga de fraternidad  y hermandad que parecían defenderla de su propia imagen. Descabellada, de una fealdad que no superaba, sentía un mezquino rencor cuándo alguien, quien fuese, le dedicaba palabras que pudiesen tener un tono de reproche, o una observación para hacer las cosas de la forma debida. Aquellas palabras las sentía como una amenaza, la autoridad de un carácter fuerte la sentía como una amenaza, por aquellas razones que sólo ella conocía trataba de conquistar aquellos caracteres, como el que trata de engañar a sus miedos.

Enriqueta había supuesto sólo un pequeño asalto en sus comportamientos ocultos. Pero en esos momentos sus ojos irradiaban un deseo que necesitaba consumar sobre la carne que se prestase a ello, en medio de aquel ruido incesante, en medio de aquella adrenalina que podía respirarse en su cuerpo y en los cuerpos que la rodeaban, siempre muy por encima de su pequeña estatura. Sus pequeñas manos nerviosas hallaron el cuerpo que despegará la presión de sus pensamientos, la ausencia de Susan, la marcha conforme y quebradiza de Enriqueta, pero de lo que no podía huir fue de su última acción de rencor, miedo, mezquindad, ni siquiera tras haber subido de los lavabos donde sus manos había tomado entre sus dedos el deseo de otra mujer a la que había reconocido en el ruido, interesada por ella, con la que había compartido momentos cortos de estertores, resbaladizos y húmedos, había jugado entre sus pechos ofreciendo los suyos voluminosos caídos sobre su vientre, había tomado en breves minutos el aliento que la faltaba, como si nada hubiese ocurrido subió los escalones para volver sobre la pista, sobre el suelo de goma que absorbía sus pasos. No se detuvo necesitaba respirar el aire de la calle, salió casi empujada por la ceguera de su miedo y el olvido de aquel contacto furtivo, inmediato.

En todas la calles el ruido seguía, las gentes caminaban por grupos tratando de hallar las mismas sensaciones que ella había abandonado al salir de aquel último club, los amigos con los que había acudido estaban aún dentro pero ella no podía recordar ni siquiera quienes eran en aquel momento, la complicidad de su acto vivía en la sonrisa que la habían dedicado cuando había subido de los lavabos, pero los había abandonado en el interior, salía a tomar el aire, a estar sola, como si no pudiese controlar el estado de todos y cada uno de sus pensamientos que tenía la obligación de ocultar a todos los demás.

Sólo veía un rostro, solo le veía a él, a alguien que nunca le había hecho daño, a alguien en el que ella se había escondido para salvarse de los demás en las primeras horas que había pasado en su trabajo, a alguien a quien había pedido consejo, alguien que se lo había dado, impidiendo juzgarla por el acto que debía llevar a cabo, incluso lo que la debía decir a Enriqueta, alguien que parecía estar por encima de la moral cicatera, arrogante de juzgar a los demás, tal vez la primera persona con la que había hablado y de la que había recibido el consejo de años de experiencia, quizás la única persona que sabía apreciar los rasgos de sus temores, de sus miedos, que con la comprensión debida la había dado una solución para terminar sin daño aquella relación. Aquella persona había velado por sus inseguridades, la había tratado por encima de su aspecto, la había entendido, en definitiva, en sus miedos. Había contribuido a liberarla de presiones y malos entendidos, se había confiado a ella contándola situaciones que a ambos les rodean en el quehacer diario. Con la dicción de una persona honrada que la contaba las cosas no para sacar provecho de ellas sino para aclarar aquello que enturbia el día a día y el sin sentido de tantas y tantas ambiciones. Pero ella, Silvia, trasnochada en ese momento, no sabía ver el rostro de aquella amabilidad, no era capaz de apreciar la voz y la palabra de aquel que no quiere absolutamente nada. Su naturaleza se había estrechado tanto dentro de aquel cuerpo poli deforme, amarrada al miedo de aquella enfermedad que había tenido que respirar de su hermana menor, aquella aberrante mentira de cual era su destino y el sentido de su sensualidad, incluso sus ambiciones ocultas, que la ponían en la disposición de dañar con la única caligrafía de tratar de hacer una justicia que no era que no sería. Había dañado a aquella persona, confesando sus confidencias, le había arrastrado hasta la parte más baja, le había colocado en el inicio de su vida, siendo pasto de todos los lobos que les rodeaban, había mentido para tener sobre si la calma precisa de la que te dota aquel que tiene el poder de hacerlo, había convertido la vida de aquella persona a la que no ponía el nombre que ella conocía, como presa fácil para todos los demás, le había desafiado en el daño causado, le había robado su destino, por haberse adherido al capricho, a la sumisión de un deseo que no podía satisfacer, aquel su cuerpo pequeño deformado porque la naturaleza le había pasado por delante indiferente, dejando la huella de todo lo miserable que hay en ella. Aquello si la convertía en un adefesio, no sólo su aspecto sino su naturaleza rencorosa, aquella disposición para que las cosas estuviesen siempre cerca de ella, cuidándola, mimándola, siendo tolerante con ella, pero las dos orillas siempre se la representaban en sus pensamientos, y en ambas orillas vivía a conveniencia, todos los papeles ignominiosos los había representado, pero aquello no resultaba tan fácil como la marcha de Enriqueta, esa aquella otra persona, resistía, no abandonaba su posición ni siquiera cubierto de barro, ni siquiera después de haber recibido todos los golpes que se pueden acumular, seguía de pie erguido, como si aquella situación estuviese muy por debajo de sus aspiraciones, muy por debajo de su vida, el azote del daño le había dado aun más perseverancia en sus acciones. Sus silencios eran como actos de elocuencia que llenan el espacio que se comparte, trivializar con todo lo sucedido era como una daga afilada que se clavaba en la carne trémula de una traición que ella, Silvia, había pertrechado para hallar más calma, mas reconocimiento en su vida. Pero la soledad de la traición, las mentiras, el engrandecimiento de lo que había escuchado donde solo había el análisis de una situación maltrecha pero sin ánimo de causar ningún daño, ella la había transformado en la peor de las atrocidades, la peor de las deformidades como si contemplase en un espejo el reflejo de la deformidad de su propio cuerpo. Atroz destino de adefesio. El aire de la noche que busca la premura de un nuevo amanecer resaltaba por encima de sus propios miedos, la amenaza de aquella mirada cruzada, de aquel reo sin esperanza que era el cuerpo del delito de tantas mentiras la aterrorizo, había cometido un delito que su conciencia entendía pero su cuerpo maltrecho, deforme, sin esperanza, marcado por la indiferencia de la naturaleza, rechazaba. Tal vez su fealdad no residía en aquellas formas irremplazables, sino en el brote de su carácter que negaba haber cometido un daño incalculable contra alguien que nunca le había hecho nada que no fuese ayudarla, estar a su lado, darle la posibilidad de estar ocupando la parte mas tranquila de un reconocimiento sin fisuras,  que apela a la inteligencia, a la confianza por encima y al margen de la imagen que se tenga. La rebeldía contra el daño causado hacia de Silvia reo de su propia condición, el adefesio era el epíteto con el que había sido bautizada a lo largo de su vida comulgaba ahora en su pequeño y poli deforme alma. No quedaba más lugar  que para el miedo y el virus contraído durante su infancia. Caída y ocultación  de sus ambiciones bajo un amanecer de vació, de nada.

Fdo.: Laraño  Conde

Herencia



Atravesada por aromas de sal, vientos de tierra fina, aguas azules cristalinas cargadas de de arrecifes de corral, altas palmeras de frutos líquidos y carnosos, dulces como el almíbar de caña, días despejados por lluvias torrenciales en competencia con los horizontes limpios y soleados de la pequeña isla, reverdecen las selvas que escampan del atropello de las ciudades coloniales, aún en los senderos de tierra se escucha el latir de los tambores, las danzas tribales de los esclavos arrancados de sus tierras vírgenes, tal vez donde muchos de ellos tuviesen el privilegio de los príncipes, atados en las tripas de madera de los buques que surcan océanos de tiempo hacia las tierras remotas descubiertas no hace demasiados siglos, ulcerados por el hambre, arañados por la humedad salina que escama sus piel oscura, sus ojos negros, grandes, almendrados, redondos, cautivos del miedo, y la oscuridad de madera con olor a rancio, a humedad, a distancia, les afecta trastornando la terquedad del viejo instinto de supervivencia, fenecer antes de seguir atado a las cadenas de una esclavitud que se prolongará por generaciones cuyo camino de vuelta será el olvido del origen, de la procedencia, las imágenes retenidas de los que se dejan lejos desaparecerán con la siguiente generación que no tendrán más recuerdo que las palabras, ni más recuerdos que los que sus progenitores hayan podido poner en su memoria, memoria de palabras, memoria de danzas tribales, arena fina que sepulta los recuerdos del primer esclavo que pisó la nueva isla descubierta no hace demasiados siglos.

Con piel morena de tono aceituna suave y áspera, cabellos negros rizados, ojos negros almendrados, labios carnosos, rostro de sangre mulata, hermosura exótica donde se combinan las razas, senos voluminosos nacidos para alimentar deseos, nacidos para alimentar una nueva estirpe, que se agitan en el corazón de una hembra que combina esos dos deseos, hedonismo de piel aceituna, marcadas areolas oscuras para alimentar bocas voraces que muerda esos pezones puntiagudos. Baile de caderas, de exorcismos, de éxtasis reprimido, mordedura carnosa de agitado sexo, trémulo entre muslos que danzan al son de la raíz más pronunciada de la raza que predomina, en el mestizaje que la ha dotado de esa exótica hermosura. Que la hace reír y soñar sin freno en todas las cosas que el viejo continente la depara después de haber atado con cadenas los sueños de sus ancestros hoy ya olvidados.

Sin recuerdos de la esclavitud, con aire principesco, tal vez de sangre heredada, Mercedes danza entre los caprichos y una especie de equilibrio en calma. Donde sus deseos no se desatan mas que en los brotes de las danzas que la cautivan mientras recorre el comedor de su casa, espacio de clase media, ni alta ni baja, casa adosada a otras casas de forma horizontal, entrada ajardinada por su puerta principal, jardín trasero, amplio, donde el parterre aún rezuma los sonidos de la última fiesta, los pasos de las últimas danzas en la parte baja del jardín de la parte trasera. Un comedor grande, tras su tabique principal la cocina y un lavabo, preparado para una rápida ducha tras una mañana o tarde de aguas de cloro en la piscina de la comunidad, a la izquierda la escalera de obra que sube a los dormitorios, al otro cuarto de baño amplio, decorado con todas las comodidades propias de un lugar de aseo. Siguiendo la balaustrada de obra, en la parte más profunda de ese pasillo una nueva escalera, ésta de madera que conduce a la buhardilla ganada y arreglada que hace las veces de dormitorio y lugar de estudio. Es en ese lugar donde Mercedes, Caridad Mercedes, remueve muchos de sus deseos que se esconden a los ojos de todos, incluso a los suyos propios durante un largo espacio de tiempo. En ese espacio cubierto de todos los objetos de sus caprichos caminan los pensamientos que dominan a aquella vieja raza donde el hambre trémula de los deseos se cobijan para escribir sobre las paredes una realidad sometida. Sus aureolas pegadas como estampas sobre sus senos voluminosos, sus pezones puntiagudos no alimentan la estirpe que siempre había esperado, la naturaleza parece haberla robado un trozo de sus sueños que impide que sea como debía ser, con quien debía haber alimentado su sueño como había alimentado todos y cada uno de sus caprichos. En la buhardilla se esconde, se mira en el espejo de sus recuerdos, rechaza la compañía, nada parece estar en lugar que ella siempre había diseñado, tal vez su acompañante no era más que la seguridad que debía proveerla de una semilla que la alejase de sus más primitivas sensaciones de danza mulata donde el hedonismo tiene una raíz de herencia, limpia, clara, firme, emociones de carácter como aquellas caricias que había olvidado y ahora llegan a ella como estrellas nocturnas cerca del aire de la sal, con pies descalzos sobre la arena aun caliente de la mañana, aunque la noche y la oscuridad escondan a los amantes que se aprietan, pubis contra pubis, saliva de labios carnosos erizados por la fragancia primaria de la carne. Aquel joven mulato que arrancó sus primeros estertores entre la arena y el cemento, que bebió sus flujos, una inconsciencia que no había vuelto a repetirse hasta ese momento, donde la palma blanca de las a manos de su primer amante amamantaba aquel éxtasis de suspiros, donde pechos, nalgas, muslos, vientre suave, vello púbico, se entremezclaban. Una emoción pasajera abría una brecha en su relación que había sido la parte más clara de aquel que escapa de la necesidad del momento, de aquel que sabe que los estertores de las caricias son pasajeros. Con aquella lógica de superviviente, de vieja herencia de esclavos, había afrontado muchos de los días y años de su convivencia que se verían recompensados por aquellos niños de raza que andarían entre sus senos y por la alegría de la familia que también tanto los anhelaban. Todo se había escapado por esa negación de la naturaleza, y era la naturaleza la que ahora tocaba su puerta en forma del primer estertor. Una forma de vida sucumbía y otra se alzaba. En medio de una confusión que averiguaba que aquel entorno de calma debía desaparecer de su vida para que otra vida surgiese de aquellas cenizas, pero con la precisión de quien ha visto delante de sus ojos la necesidad de todas las cosas que no se pueden tener, aún habiéndolas visto en el escaparate de aquellos que las poseen, habiéndolas incluso tocado, tenido, habiendo visto como sus caprichos habían sido satisfechos por su acompañante, ahora no podía sino verle como un esclavo de miedos que se agitaban a su alrededor y que él no quería verlos, nunca había habido opulencia carnal ni la suficiente inconsciencia que hace del momento algo más importante que el propio momento, el cariño, aquel sinónimo de amor, existía pero no era suficiente para que los deseos tuviesen la confirmación de los deseos. La única verdad es que aquella herramienta se había roto, su espacio la ocupaba aquel deseo escondido pero que toma la forma de las caricias que siempre la había apetecido tener, más allá incluso de las cosas que deseaba tener.

En ese camino había descubierto que los acentos se ponían de su lado, que su persona tomaba la forma de los que siempre supieron que podían estar del lado de los que dominan, que su hermosura era la pieza para tomar entre sus muslos los pensamientos que deambulaban por la buhardilla. Quería tener sus deseos pero al tiempo quería dominarlos. Quería ver satisfechos todos y cada uno de ellos. Ser reconocida y descubierta en todos aquellos atributos que su naturaleza tenía, que la naturaleza la había dotado para la carne, para el dominio, para todo cuanto se propusiese, aunque fuese a costa de derribar años perdidos. Ese pensamiento le producía ansiedad, el verse reflejada en él la producía miedo pero el miedo se supera, más donde ella aún vivía. Las palabras que hablaban del primer momento, del primero de sus eslabones perdidos, en ese canto y compás que siempre le habían dado todos y cada uno de los miembros de su familia como si reconociesen en ella al primer esclavo que, a su vez, había tenido los privilegios de los príncipes antes de haber sido capturados. Todos y cada uno de sus movimientos siempre habían sido complacidos. Era ahora cuando veía con la claridad del que siempre supo que su alrededor los demás hacían pasillos de halagos y se arrodillaban para tratar de tomar de su piel, el hambre de sus deseos, el miedo de sus dudas. Ella ya había atravesado de nuevo océanos de tiempo para hallar lo que sus ancestros habían perdido, avalar con sus actos sus propios instintos. Las ambiciones se iban colocando delante de ella con la misma serenidad que se pasea junto a las orillas de aquel mar donde aun veía el compás agitado de tantos cuerpos color aceituna que, como el suyo, destacaban, impregnados de esa sensualidad ordenada y sabia como la naturaleza de selvas espesas en la vegetación de aire alimentado de humedad sofocante para todos aquellos que no podían respirar con  plenitud el sudor de la selva.

Roto el espejo de la estirpe, amalgama de decisiones sin aparente conexión, Caridad Mercedes había buscado entre todos cuanto la rodeaban el paso decisivo, la inspiración para romper la concepción misma de todos cuantos temores se habían prodigado a lo largo de su vida, aquella que no se había iniciado sino a través de otros o con la complacencia y el cuidado de otros. Ese muro sólido debía saltarlo, tal vez romperlo. Abrir en el espesor de aquel cemento un agujero por donde escapar para reencontrarse con la tolerancia de sus instintos, con la devoción de aquellos deseos que circulaban por el techo abuhardillado de aquel escondite donde llevaba horas, meses escondida. Decir adiós a aquellas comodidades a las que veía como necesarias al tiempo que detestaba contemplarlas, por debajo de aquella escalera de madera, más debajo de aquella escalera de obra, el silencio de su acompañante que negaba una realidad que deambulaba por toda la casa, un final irremediable.

El rostro de su acompañante se vestía de colores oscuros, todas y cada una de sus facciones la impedían avanzar, la mandaban destellos de rabia y absurdo, aquellos juegos infantiles que la divertían en otro tiempo ahora resultaban erizadamente vomitivos, las muestras abyectas de devoción que aquel su acompañante hacía para premiar su atención, la envolvían en una agitación sólo comparable con la sacudida agresiva de aquellas olas que rompían contra el dique donde había paseado por primera vez su primer éxtasis y su primera decepción.

Después de un intento fallido de arrancar de una experiencia fugaz el regreso a uno de aquellos dos lados que trataba de conjugar para hallar el camino perdido de sus anhelos más inconfesables, Caridad Mercedes había retrocedido, había regresado a aquel encierro de silencio asfixiante, de pasos bajo sus pies, la luna había cambiado de forma, y con ella su carácter había entrado en la parte más deformada de ella misma, una amargura que la impedía saber cual era su destino, se hallaba también ella de pie en medio de los campos de caña de azúcar donde el sudor de los esclavos regaba la tierra, perdida ya la esperanza de encontrar el camino del regreso. Aquella experiencia fugaz, aquel contacto de carne, no había tenido la fuerza que hace de nuevo reverdecer aquella selva salvaje, donde los frutos acuosos calman la sed. Cual de los dos lados tendría la fuerza suficiente para saltar sobre el otro, el de la comodidad cerca del calor de la seguridad, o aquel que había dormido durante años junto a ella en sus sueños de estertores de muslos trémulos y sexo agitado. Su deseo era fuerte, su ambición marcaba las líneas de su angustia, no podía renunciar a ninguno de los dos, pero no hallaba la formula para hacerles vivir con la misma intensidad junto a ella. No encontraba a aquel otro que la pudiese proveer de ambos a la vez, por eso aquella experiencia fugaz había tomado la misma forma de todas sus relaciones, el macho sometido a sus caprichos pero sin la fuerza necesaria para hacer de ella aquella fuerza de carne imprevisible que la alzase a la parte mas alta de cualquier pecado, que estuviese más allá de la memoria de aquellas iglesias coloniales que habían capturado la libertad de la piel para arrogarles al vicio de los sentidos contenidos.

De aquella casa huiría, de aquella experiencia fugaz haría un  nuevo sentido de su vida, donde ella, Caridad Mercedes, tendría el margen para que sus deseos fuesen fuente de su libertad sin tener que dar explicaciones, mientras tanto dominaría con la fuerza de su raza todo cuanto la rodease, reordenaría sus amistades, reharía su vida en un entorno que ella misma organizaría, ella si hallaría el camino de regreso dejando atrás los campos de caña de azúcar, para tomar entre sus manos el aire y el destino principesco que la correspondía por herencia por sangre.

No importaba el daño que causase ni el dolor que dejase a su paso, de no poder vivir en ambos lados de su naturaleza, viviría en uno, en aquel que domina a los demás, en aquel que la proveería de la comodidad necesaria, sin tener que abordar ningún sentimiento intimo, aquel lugar donde podría tomar decisiones sin dejar de soñar con esa danza de la piel húmeda por el agua salina, ardiente, por la tierra fina, suave y áspera, firme y frágil, como juncos en las orillas de aquellos ríos salvajes que se hacían senderos para hallar el océano más caudaloso y cristalino.

Aquellos pasos bajo sus pies dejaría de oírlos, aunque estaba segura que siempre estarían cerca de ella, para seguir dándola caprichos en el momento que ella decidiera, aquel experimento fugaz también estaría cerca, como cerca de ella estarían todos aquellos que se cansaban de contemplar todos los aspectos más vulnerables de ellos mismos. Tan solo debía derribar a aquellos que se la resistían, a aquellos en los que veía una fuerza que ella no podía dominar, era precisamente en esos otros donde veía la fuerza de los estertores más deslumbrantes, era precisamente en esos en los que contemplaba la agitación de sus muslos, la heredad de esos vástagos que no tendría, donde el hambre de su piel, el sabor carnoso de sus labios, sus pechos voluminosos podrían desatarse sin pecado y bajo la única conciencia de sus danzas tribales.

El caudal de sus deseos estaría en el dominio sobre los demás, de pie sin oír ya el paso bajo sus pies, danzaba con aquel movimiento de exorcismo que sus caderas ponían al éxtasis reprimido, la mordedura carnosa de agitado sexo, debía caminar junto con el olvido de aquella vieja raza de esclavos, de pie sobre las tierras de caña de azúcar. Mientras húmedas y calidas lágrimas caían sobre sus mejillas al tener que despedirse de su mayor anhelo, su deseo. Manos de palmas blancas, piel aceituna, estertor púbico, aguas de océanos cristalinos.

 

Última instantánea



De manera insospechada Raúl había caído en la trama producto de una situación que le había pasado inadvertida. Su carácter pasivo, casi alejado de la realidad, oculto en sus aficiones de fotografía, encerrado entre las cuatro paredes de una casa antigua compartida con sus ancianos padres, le impedía ver más allá de ese encierro que bien podría catalogarse como una aceptación de una forma de vida, sin posibilidad de cambiar.

La vida de Raúl se reducía a compartir esos pequeños momentos ocultos entre el papel de fotografía y las imágenes que iba hallando en su deambular por las calles de una barrio antiguo, encerrado en una ciudad que había crecido de forma desproporcionada y sin sentido. Como si estrangulase a aquellos viejos, antiguos edificios descarnados por el paso del tiempo, heridos por la agresión de una polución que se había acelerado en pocos años.

Observaba a través de la ventana del escaso comedor de una portería, aquel era el oficio que había desempeñado su madre durante toda su vida, ahora retirada, y que les había permitido mantener aquella vivienda. Los nuevos inquilinos no necesitaban de nuevos porteros, y por un alquiler de los de entonces permitían que aquellos ancianos cuidados por su hijo viviesen como unos inquilinos más. Sentado en una silla, mientras la respiración de una profunda y larga siesta de sus ancianos padres remontaba paredes cortas y techos bajos, los ojos claros de Raúl miraban sin enojo, casi adormecidos, la fachada de enfrente y el trasiego de los viandantes que entraban en la taberna que había al pie de la calle, de alargada fachada acristalada con frisos de madera pintados de verde. Entre sus manos su cámara recién adquirida, aún podía olerse el metal brillante, el objetivo afilado al que Raúl acariciaba con cuidado. Los grupos entraban en la taberna a horcajadas como tragados por un gran gigante de ojos de vidrio. El parterre de la calle relucía al paso de los pisos de goma de todos cuantos zapatos pisaban sobre él, como si le fuesen puliendo al tiempo que le sacaban brillo.

El aire de aquel entorno se sumergía con el contraste de los olores de los viejos muebles de tonos oscuros que minimizaban aun más aquel pequeño comedor. Raúl se había acostumbrado a aquel aire enfermizo. Los ancianos en ocasiones parecían muertos sobre aquellos sillones de telas cargadas de estampas de flores, tapados con cortas mantas de lana. Sus cabezas caían sobre sus pechos mientras sus manos entrelazadas parecían estar pronunciando una oración, el cabello áspero de su madre, blanco como un horizonte nevado, la calva prominente de su padre que tenía la misma configuración en su cráneo, en el cráneo del propio Raúl, el azul claro de sus ojos era mimético a los de su padre, su tez blanca era la última confirmación que entre ambos no había diferencias, salvo en el carácter. Su padre siempre había sido un hombre cuya sociabilidad había adquirido renombre en el barrio, la fuerza de su madre había contribuido siempre a mantener aquel hogar a flote del que ya no dependían sus dos hermanos. Su hermana se había casado con un hombre al que Raúl y su hermano no veían con buenos ojos, pero aquella fue la decisión de su hermana, toda su hermosura la había puesto en manos de aquel que menos sabía apreciarla, el anuncio de su embarazo y posterior parto habían abierto nuevas puertas de comunicación, donde Raúl y su hermano Alberto se obligaban a pasar por alto todo aquello que no les gustaba de su cuñado. Alberto hacía mucho tiempo que había abandonado el hogar familiar, sus relaciones habían confluido desde hacía mucho tiempo con su novio, Manuel, al contrario que Raúl, Alberto era mucho más parecido a su madre salvo en la fuerza del carácter, sobre su cabeza había cabello que aunque encanecido antes de tiempo aún la daba un aire de jovialidad a pesar de ser el mayor de todos los hermanos. La hermana era una mezcla de ambos padres, donde destacaban los rasgos más refinados de ambos, de ahí la gran hermosura que siempre había tenido desde niña. La descripción de su cuñado era para ambos como hablar del parterre pulido de la calle. La gracia del destino o la lucha genética por vencer habían dado a su sobrino los mismos cabellos rubios y rizados de su hermana, los mismos ojos azules de ambos, más un carácter primario alegre, muy alejado de lo que su padre representaba para ambos.

Raúl recaudaba esos recuerdos o imágenes de la misma manera que coleccionaba sus imágenes permanentes, instantáneas. Aquel silencio habitado por cuerpos que se consumían poco a poco, el porqué de aquellos recuerdos o recauchutar en ese silencio de aire húmedo con sabor a viejo. Ver a su hermano Alberto con sus ojos pardos mirándole atentamente, mientras alargaba con sus palabras el devenir de tantas y tantas realidades que como una enciclopedia bien numerada aportaba en todas y cada una de las conversaciones que mantenían. Manuel sin duda era la mejor pareja que Alberto había podido encontrar, su tranquilidad, su aspecto sosegado bien invertido, su gusto por la ropa, su posición social, habían permitido que Alberto hubiese andado inmerso en sus andanzas artísticas para las que tenía el talento de los buenos pintores que nunca se verán reconocidos. Sus accesos de rabia y caída en picado en imborrables tiempos de depresión eran abordados por Manuel con el talante más amable de su carácter que siempre sus padres habían destacado de aquel antiguo miembro de su familia. Todos y cada uno de los hermanos habían absorbido la parte más invertebrada de la herencia de otra generación que no era la de sus progenitores directos, una tendencia a caer en largos vacíos, en tristes ausencias de la realidad o caminos de una realidad insoportable.

Esa era la tendencia, ese era el ejercicio que en ese momento tenía sentado a Raúl en una silla contra el espejo de la ventana, frente a la vida que se sucedía por momentos en aquellos grupos de hombres y mujeres que circulaban bajo la ventana. Raúl no hacia sino esperar que la circunstancia que le tenía allí postrado entre respiraciones agitadas, sordas, con espacios mudos, le hiciese arrancar de nuevo.

Su vida anodina, retirada, ausente de objetivos, erizada sólo por las noches en la oscuridad de su dormitorio, donde las imágenes de una sensualidad ambigua habitaban en deseos que no terminaban de consumarse, sobornados por su última relación que había salido mal trecha, por la que el mismo había apostatado tras largos años de agarrarse a ella. Sólo las imágenes con las que se masturbaba en esas noches de soledad y oscuridad le traían de nuevo los cabellos negros de aquella mujer que había fracturado su vida, los pocos hallazgos de su sociabilidad, de la misma manera que sus pechos, con aquellos pezones amplios bien estampados sobre su piel ligera y suave. Le había convertido en una persona real para los demás, sus labios carnosos que jugaban con la sonrisa de sus ojos le habían amordazado en una sensualidad oral que no había vuelto a hallar, ni siquiera en sus primarias intenciones de reponer aquel deseo aunque fuese pagando. Las prostitutas que de pie junto a las fachadas descarnadas como la del edificio en el que él vivía, le causan indefensión, tal vez horror, le caricaturizaban como un miembro más de aquellos que deambulan sonámbulos por caminos inciertos de una pereza aguda para hacer de sus vidas algo distinto a lo que pasan el tiempo esperando que suceda y no llega a suceder. Tan fácil resultó no ver ni alcanzar a entender el peligro que le rodeaba en su nuevo ambiente de trabajo, de esos que más que productivos resultan eficaces para las aspiraciones políticas de los que nada tienen que hacer ni decir que no sea restaurar sus ambiciones ya perdidas pero que han de andar siempre presentes, aunque sea para evitar caer hechos pedazos por una única realidad, no haber visto cumplidos sus planes de futuro. En medio de aquella realidad sin fotografía instantánea, Raúl se había visto inmerso, por el propio descuido de su personalidad, en uno de los lados que otros tratan siempre de establecer entre unos y otros, aquella perspectiva donde su personalidad y su vida habían yacido durante largos años, se había vuelto del revés a pesar de intentar en el día a día abrir la puerta a su más amplio sosiego, el de volver a estar junto a su cámara al margen de todo cuanto le rodeaba que no fuese aquel mismo escenario, donde ahora hacia guardia y hacia de guardián de sus pensamientos. Todo fue tan rápido, tan vertiginoso que Raúl no supo dónde estaba colocado, quizás el calor de las palabras de las hembras, tal vez el compartir aficiones similares e iguales, tal vez el encontrar un lugar donde aparentemente se sentía protegido, entendido, le hizo perder el horizonte de su personalidad, de aquella que se protegía a sí misma, en la soledad oscura de sus imágenes y su autosatisfacción.

Grandes vacíos en la memoria de lo inmediato, aunque entre sus manos estuviese la cámara fotografía con la que no había conseguido grabar una instantánea porque estaba allí sentado como un guardián del tiempo y el espacio que se respira. Se lavó de repente la cara como si en ella aun estuviese presente alguna sustancia espesa, húmeda, que colorease su piel blanca y estallase sobre el azul de sus ojos. No podía, no sabía como retener ningún acontecimiento más cercano que el que le proveía la visión a través de aquella ventana. No podía pedir consejo, ni podía mostrarse sincero, ni siquiera refugiarse en la calma amable de aquellos que le entendían, sólo un nerviosismo, una alteración de sus reacciones siempre pasivas le abordaba sin saber el motivo, sin reconocer en ninguno de sus pensamientos el porqué de aquella reacción que se desataba a su alrededor hasta el punto de dejar caer la cámara al suelo. Escuchó como el timbre de la puerta de la casa sonaba sin espacios de tiempo, se prolongaba en un ruido ensordecedor, seguido de golpes secos provocados por un puño cerrado que hacía temblar la puerta de madera de la entrada, aquellos golpes sacaron de su sueño a sus ancianos padres que parecían confusos, sus mantas cortas de lana cayeron de sus piernas que se habían debilitado no sólo por la edad sino por la falta de movimiento, las miradas de sus padres confluyeron sobre Raúl que no cejaba en su empeño de mirar al otro lado del cristal como si no hubiese escuchado todo aquel estruendo de timbres agudos, finos como cuchillos, aquellos golpes que tenían el eco de las viejas mazmorras o pasadizos, de aquellos que se contaba que estaba echa la vieja ciudadela donde él siempre había vivido y residido.

El padre le advirtió de aquella llamada que parecía desesperada, la madre le miró como si adivinase que algo había ocurrido, aunque Raúl liberase sus pensamientos mas allá de aquel ruido insoportable, sencillamente no existía. El anciano padre se levantó, caminó por el corto comedor, abordó el pasillo con la dificultad de una distancia que se hace más larga que el propio destino aun sin desencadenarse. Raúl pudo notar que sin preguntas, los cuerpos sin descripción habían entrado, recogió la cámara del suelo, lanzó una foto instantánea sobre rostros que no tenían identidad ni facciones con rasgos destacables, que se apoderaban de su cuerpo y de sus movimientos mientras dejaban en el aire palabras que se confundían con la humedad y el sobresalto de gritos que su madre profería, su padre se hallaba aun recorriendo la distancia del pasillo que no pudo, no llego a terminar de recorrer, como elevado por encima de la tierra tal y como se había sentido en mas de una ocasión caminaba el estrecho pasillo sin triunfo, para hallar el destino que le esperaba. Raúl pasó junto a su padre viéndole desde lo alto, como si estuviese fuera de su cuerpo, en sus muñecas sentía la fuerza del hierro, el calor de una presión irreconocible para él. Era una detención, testigo y reo de sus actos, sólo en el transcurso de aquellos rotativos de destellos azules contra el azul de sus ojos despejo la incógnita, aquella que le había tenido durante todo el día amarrando recuerdos leves sin prolongación, sólo por una vez, aunque fuese aciaga, había sido protagonista de algo, de aquello por lo que había sido detenido. El aire de sus nuevas inversiones en la vida compartida con los demás había destacado en él aquella parte que se escondía en la oscuridad de su dormitorio, un resentimiento de espectador, aquel nuevo entorno de tramas y ambiciones donde las personas y los personajes más ruines hacían de su vida el destino de otros, incluido el suyo. Aquellas mujeres que rodeaban su tiempo le habían descubierto el fracaso de su propia relación, el dolor y la tolerancia de aquella ruptura se habían convertido en el vómito instantáneo de una rabia momentánea como sus fotografías. No había podido ocultarse de él mismo, había dado un paso sobre otro llevado por una mirada fría que necesitaba ser satisfecha de todas aquellas medidas de prudencia, había desatado su cólera como si hubiese quemado aquel espacio pequeño y asfixiante que era el espacio que compartía con la herencia de sus progenitores que más que ayudarle le habían dado las pautas oportunas para recaer antes de tiempo, antes que el tiempo se hubiese revelado a sus ojos como suyo propio, había matado aquella parte de él mismo, aquella misma que recibía tolerancia y comprensión, miró en sus manos advirtiendo, como nunca había advertido, que sus dedos estaban llenos de anillos de plata, en cada uno de ellos había una calavera, sobre su camiseta negra había calaveras, en la hebilla de su cinturón había una calavera, en el reflejo de la ventana del coche de policía había una calavera, en todos y cada uno de sus recuerdos había una calavera, en el cuerpo que yacía junto a sus pies fotografiado de forma instantánea, mientras él eyaculaba sobre aquel cadáver, había una calavera, aquel era su crimen, había matado a aquel dolor que le había obligado a ser un espectador de su propia vida. Todo cuanto le había rodeado hasta ese momento le había capacitado para tomar el camino de un crimen que ya había cometido antes incluso de haberlo llevado a cabo. Cerro los ojos como si empujase el botón de la cámara para captar la última instantánea. Antes se lavó la cara de aquella sustancia húmeda que coloreaba su piel blanca contra el azul de sus ojos.

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