En estos días, gracias a esas rarezas de la vida, estoy leyendo por primera vez a Simone de Beauvoir. Empecé con una biografía de ella y de Sartre y… quedé “enamorada” de la dama francesa.
Estoy con muchos de sus libros dando vueltas: “El segundo sexo”, “La plenitud de la vida”, “La invitada”, “Hermosas imágenes” y “Una muerte muy dulce”. Estoy buscando “Todos los hombres son mortales” y más de su autobiografía y de una biografía autorizada. En fin, me encantó. No tanto sus teorías, sino su vida tan plagada de vivencias e intensidades, que deslumbran y que hasta me sacaron las ganas de “tomar partido”. Al contrario, abrieron mi mente a una lectura apasionada sin necesidad de tener que estar de acuerdo con esto o con aquéllo.
María se olvidó en casa el libro “Una muerte muy dulce”. Tal vez otra de esas casualidades de las que hablé al principio de este relato. Lo cierto es que de no haber obtenido el libro de esa manera, no sé si lo hubiese adquirido –el título no me resultaba para nada atrayente-.
Quedé profundamente impresionada leyendo el pormenorizado relato que hace de Beauvoir acerca de la muerte de su madre.
La autora describe minuciosamente, en esa obra, sus sentimientos y sus reacciones ante esa situación.
Esos relatos me generaron ganas de escribir sobre la enfermedad y muerte de mi madre.
-II-
1 .
Un día, allá por el año 1999, el Dr. E., médico de mamá, me llamó para avisarme que ella tenía Alzheimer. Quedé paralizada ante la noticia. Una oscuridad me invadió sin dejar lugar a nada que se pareciera a la paz.
Además, el Dr. E. me describió, paso a paso, con una alarmante precisión, todo lo que iba a pasar. Lo que nos esperaba. A ella y a nosotros, a mi hermano y a mí.
Fue desgarrador volver a verla después de conocer el diagnóstico.
No haber escrito esto con inmediatez, impide recordar algunos detalles, pero creo que lo principal seré capaz de escribirlo. Incluso minuciosamente.
Mamá hasta ese momento vivía en un pueblo a unos 200 kilómetros de la Capital Federal.
Al conocer la noticia sobre su enfermedad, la primera decisión que tomamos con mi hermano fue que ella viniera a vivir a Buenos Aires. Resultaba necesario que estuviera aquí. Que estuviera cerca de nosotros.
Esta decisión en sí era un golpe duro. Era arrancarla de su rutina.
Mi madre –por ese entonces- pasaba cuatro días en el pueblo y luego tres en Buenos Aires. Era su vida. Durante muchos años conservó esta costumbre. Cuando trabajaba y también cuando se jubiló.
Siempre pensé que este modo de vida le permitía esquivar la soledad que sintió siempre. Aún cuando estuviera acompañada. Significaba, no estar en ningún lado, y prácticamente, no “detenerse” jamás.
Sorpresivamente, no se resistió a la idea de mudarse. Viviría en su departamento de la calle U. La enfermedad ya comenzaba a hacer sus primeros estragos. Ella se sintió más protegida en Buenos Aires. Ya no podía “sostener” la vida en el pueblo.
Durante ese año -mientras vivió en Buenos Aires- todo estuvo plagado de dolor. Su empeoramiento era empecinado. Significó ver su desgaste y la presencia constante del sufrimiento y de la muerte.
Además –como era lógico- resultaba necesario resolver las “cosas prácticas”: convencerla que debía estar con alguien que la acompañara, encontrar a ese alguien, las comidas, la limpieza, los horarios de las medicinas, y retrasar como fuera posible, el deterioro por ella tan temido.
2.
Ya no entendía las novelas que daban en la televisión. No le interesaban los diarios, ni las noticias, ni la radio. Tampoco el cine. Había sido una buena lectora y una amante del cine.
Ella no daba señales de comprender la magnitud de lo que le estaba pasando. A veces decía algo referente a su falta de memoria o a sus dolores y preguntaba qué le pasaba. Además del desgaste mental también estaba el desgaste físico. Por ejemplo, no llegaba a tiempo al baño.
A veces llegaba, entonces, la decisión de usar pañales para adultos se retrasaba, con el consiguiente espanto, para ella y para mí.
Luego de muchas discusiones logramos convencerla que debía convivir con una persona que la cuidara. Hubo una primera experiencia muy negativa y luego conocimos a Cefe, que fue para nosotros como un ángel de la guarda. La cuidaba con tanta delicadeza que logró que transcurrieran unos meses (habrán sido tres o cuatro) relativamente tranquilos. Esa tranquilidad consistía en que mamá estaba más respuesta físicamente. Se sentía contenida. Comía mejor. Descansó de los “problemas” que en esa época la agobiaban, como atender el teléfono, entender las cuentas que llegaban, vestirse, prender el televisor, etc.
Nosotras –madre e hija- aprovechamos para tener nuestros primeros encuentros con relativa paz. Fue algo muy raro, que aún hoy no puedo desentrañar, pero ella con la enfermedad se puso mejor espiritualmente, estaba más buena.
En ese lapso, el hecho de estar Cefe en la casa, permitía que nos pudiéramos “sentar a conversar”.
Todo estaba envuelto con un halo de tristeza, melancolía, despedida. Pero comparándolo con las épocas tumultuosas que habíamos vivido antes –desde mi nacimiento hasta esa fecha- ese tiempo fue tranquilo, y a nuestra manera, lo disfrutamos. Ocurrió algo parecido a un reencuentro.
3.
Le gustaba comer casi siempre lo mismo: pechuga de pollo bien sequita con ensalada de zanahorias. Tomaba agua, odiaba las gaseosas. Algún postre muy pequeño. Iba perdiendo también el apetito, y sobre todo el gusto por la comida.
Como dije, vivía con Cefe. Yo la pasaba a ver todos los días.
Además, la atendía Claudia una vez por semana, pasaba mi hermano, y la visitaban siempre Jorge –un gran amigo- y Margarita.
Aparte de esto, alguna que otra visita ocasional.
Así pasaba el tiempo. Lento y triste, dejando su marca precisa: el deterioro de mi madre avanzaba y avanzaba.
4.
Comenzó a no dormir, a confundirse el día con la noche, a perder toda noción de la realidad.
En una oportunidad quiso visitar el pueblo.
En esos momentos es muy difícil tomar una decisión. Porque por un lado uno sabe que es riesgoso y por otro lado pensás que no vale la pena cortarle todo, que tal vez la pasara bien y se distrajera.
Una prima que vivía en el pueblo se ofreció a acompañarla. Supe, más tarde, que el viaje fue un verdadero desastre. Desconoció los lugares, la casa, no se acordaba de nada.
Sufrió una especie de “ataque de locura” y no quería volver a Buenos Aires. Solo la pude convencer hablándole de un turno médico que a ella le interesaba. Volvió aún más desgastada; era muy difícil “recuperarla”. Pero igualmente, la rutina volvió a hacerle bien.
En otra oportunidad, un 24 de diciembre, hubo un malentendido con Cefe y ella se fue un rato antes de que yo llegara al departamento.
Durante ese tiempo –habrán sido a lo sumo 2 horas- mamá vació los placares y los cajones, tirando al piso todo su contenido.
Cuando entré al departamento el espectáculo fue desolador. Las cosas desparramadas por el piso: toallas, sábanas, repasadores, ropa, papeles, dinero, monedas. Todo.
Ella –pobrecita- estaba perdida, desorientada, con los ojos redondos y desorbitados, sin entender qué había hecho.
Sentí una terrible compasión. Me dio tanta lástima verla así “desprotegida”, como superada por ella misma, o por la enfermedad -que le calaba el alma, los huesos y la mente-.
El 31 de diciembre de ese mismo año estuvimos ella y yo en mi casa.
Era justo el fin del año 1999 y en la tele había montones de programas acerca de las fiestas en los distintos lugares del mundo.
Ella decía que eso la podía entretener y estaba excitada por el cambio de siglo.
Pero no entendió los programas. No entendía qué estaba pasando. No sabía qué era fin de año… Se descompuso, se ponía muy nerviosa, era muy difícil calmarla. No llegó a tiempo al baño. Y fue horrible, un desastre… otra vez la culpa, la vergüenza, el dolor y el asco.
5.
Un tiempo después –aproximadamente 1 año y dos meses desde su mudanza a Buenos Aires- empezó a querer llamarme todo el tiempo.
A la noche Cefe le decía que yo estaba trabajando… Luego a la tarde, yo llegaba para hacerla dormir.
Solo dormía así: yo tenía que estar en la cama con ella y arroparla.
Este “sistema” rápidamente se resquebrajó. Y el Dr. E. me dijo que debíamos internarla en un geriátrico.
Mi sensación al recibir esta indicación es difícil de describir. Fue una mezcla de dolor y alivio. La vida así ya no era vida para nadie.
Le pedí a Cefe por favor, que se quedara hasta encontrar el geriátrico adecuado.
Así, averiguando, encontramos un geriátrico atendido por monjas.
Me aterraba la idea que le pegaran, tenía en la cabeza una historia que había escuchado acerca de un geriátrico donde bañaban a los viejitos todos juntos, muertos de frío y de vergüenza, en un patio, todos desnudos. No puedo acordarme ahora si esta historia era real o no, pero sí me acuerdo que por esos días la idea me torturaba…
6.
Arreglamos todos los papeles con mi hermano y decidimos llevarla al geriátrico. Es un espectáculo devastador. La culpa, la lástima, el dolor, el miedo, todo mezclado, en un conjunto de sentimientos que pareciera que no podrían existir por separado. Que en ese momento existen, justamente, porque están apelmazados.
Llegamos al lugar. No pude hacer nada. Mi hermano tuvo que ocuparse de todo. Aún ahora me duele esa sensación que percibí en el rostro de mamá, que imploraba por entender.
Así nos fuimos, así la dejamos. El médico me caía bien. Las monjas, me caían diría “normal”, pero no parecían “enfermitas”, que fueran a pegarle.
Esos primeros días, yo llegaba al geriátrico a cualquier hora. Estaba como sumida en la tarea de “descubrir” si la maltrataban. A veces, me iba del trabajo y llegaba a media mañana, otras a la siesta, otras a la tarde. Hasta que empecé a tranquilizarme.
Mamá tuvo una nueva mejoría. El proceso fue parecido al que se produjo con la llegada de Cefe a su casa. La rutina, la contención, tener todo acomodado, le hicieron bien. Además de las tareas propias del geriátrico, le habíamos contratado un kinesiólogo y Cefe, que iba a verla una vez por semana. Eso se sumaba a nuestras visitas y la de su amigo Jorge. También la visitaba, cada tanto, otro amigo del alma, Raúl.
En este período, ella y yo pudimos tener encuentros que no habían sido nada habituales entre nosotras. Mientras ella estuvo en el geriátrico, se vio reforzada la posibilidad de conversar, a veces reír, tomar mate juntas, etc. porque el tiempo que yo iba era todo solo para ella.
La sacaba a caminar por el parque, una amiga mía le arreglaba las uñas, la llevábamos a la peluquería, con otra amiga la llevamos varias veces a pasear en auto, la llevamos a Luján, etc.
Este período también terminó. Nos íbamos acomodando a las pautas “dictadas” por la enfermedad y el deterioro. Fuimos suprimiendo salidas porque ella ya no las soportaba.
7.
Un día llegué y estaba en cama con gripe. Una de las monjas me avisó que habían decidido que no se levantara.
Había comenzado la última etapa. Al principio, no lo recordé, pero luego sí. El Dr. E. también me había prevenido sobre esto.
Transcurrieron casi dos meses, que fueron extremadamente dolorosos, oscuros, llenos de angustia y acompañados con una permanente sensación de “lejanía” con la realidad, con las cosas cotidianas.
Su cuadro “gripal” fue empeorando. No respondía bien a los medicamentos.
En ese lapso iba casi todos los días al geriátrico. En una oportunidad las monjas me dijeron que debían internarla.
Me opuse. Me invadió un terror indescriptible. Ya no podía verla así.
Las monjas no sabían cómo convencerme. Yo hablaba con el Dr. E. por el teléfono público que estaba en el comedor del geriátrico, y él opinaba que una internación podía ser muy cruel. Yo pensaba lo mismo. Llegó la ambulancia. Tuve que firmar infinidad de papeles haciéndome responsable de lo que pudiera pasarle. Era de noche. Se fueron los médicos, se fueron las monjas y quedamos ella y yo.
Al rato llegaron mi hermano y mi amiga G.
Mamá tuvo una severa descompostura. Ya no pude evitar la internación. Llegó otra ambulancia. El enojo de los médicos conmigo era indisimulable. Me increpaban preguntándome los motivos por los cuales me había opuesto a llevarla al hospital. ¿Cómo explicar esos motivos? ¿Cómo explicarle que quería evitar que mi mamá sufriera más de la cuenta? Imposible.
Salimos para un hospital de la Capital Federal. Yo fui en la ambulancia. Mi hermano y G. en auto.
Al rato, mamá sufrió una descompensación y los médicos decidieron llevarla a un hospital más cercano. Continuaron reprochandome y el enfermero me negó el teléfono celular para avisarle a mi hermano el cambio de destino…
Por suerte, ellos vieron a la ambulancia detenida, llegaron a tiempo para enterarse de la situación.
Finalmente, mamá sobrevivió al momento y quedó internada en terapia intensiva en una clínica de Castelar.
Nos fuimos a dormir, luego de un día interminable para todos.
Al otro día, cuando entré a verla, sentí un escalofrío. Llena de tubos. Toda lastimada, la nariz, la boca, llena de sangre reseca. Traté de aliviarla. La limpié un poquito, con mucha suavidad y la agarré de la mano. Le dije que si podía escucharme me apretara la mano, y eso hizo. Entonces le hablé bajito, le dije cosas que me parecían lindas, tiernas, tranquilizadoras. Una nunca sabe….
Después de un tiempo, ya no recuerdo exactamente cuanto, le dieron el “alta; volvió al geriátrico. Ya casi no podía comer, tenía que estar permanentemente con suero. Pero su vuelta al geriátrico pareció tranquilizarla de alguna manera… reconoció a una monja y sonrío.
Así transcurrieron otros tantos días. Casi no me conocía cuando iba. Tampoco reconocía a los demás. Volvió a tener otro episodio de gripe, y era espantoso pensar en más sufrimiento.
Llegué un día a verla. Cefe se acababa de ir. El dolor fue muy intenso. Volví a casa y llorando le pedí a Dios que la hiciera morir. No dábamos más.
Esa noche, casi a la medianoche, me llamaron del geriátrico para decirme que estaba muy mal, si quería ir para allá. Me acompañó mi amiga G.
-III-
Entramos al geriátrico que estaba totalmente oscuro. Una enfermera me acompañó hasta la habitación. G me esperó afuera.
Encontré a mamá inconciente, sentada en la cama, agarrada con fuerza a las sábanas, respirando agitada y entrecortadamente. Su cara denotaba un gesto de pavor. Los ojos grandes y desorbitados y todo muy tieso.
Comencé por acariciarle las manos y muy lentamente tratar que aflojara un poco la tensión y soltara las sábanas. Le hice caricias en la cara, en la cabeza y en las piernas. Le dije que no tuviera miedo. Que se fuera tranquila, que ya había pasado lo peor.
No sé, aún ahora me cuestiono si eso que hice “está bien”. Qué sé yo. Es lo que me salió. Luego le tomé una mano, la puse entre las mías y comencé a rezar. Al rato, cuando ya no podía más, le dí un beso y me fui afuera de la habitación con G. a esperar…
Menos de 5 minutos más tarde, vino la enfermera a avisarnos que había muerto.
Anna K.
El golpe certero
Las dos mujeres supieron desde el principio que la relación entre ellas no era posible, pero ninguna de las dos quiso aceptar esa realidad, aunque esta gritaba sin reservas.
Insistieron, casi con soberbia, en inventar un vínculo que tenía marcada su suerte, su final violento y doloroso.
Clara lo sabía con certeza, no tenía dudas. Sin embargo, no podía actuar de acuerdo a lo que su mente le decía. Su corazón era más fuerte. Se había enamorado. Además, eso de enamorarse le pasaba por primera vez y se aferró a ese sentimiento. A pesar de todo, a pesar de las advertencias de sus amigos… Y de aquellos gritos y de aquellos sueños reveladores.
Buscaba con desesperación y con tristeza razones que justificaran ese amor. Buscaba justificarse.
Cada noche cuando Martha se dormía -extenuada después de hacer el amor apasionadamente, casi con furia-, ella también quedaba extenuada y feliz, pero con la certeza que sufriría mucho.
Esa sensación, esa presencia de un dolor seguro la acompañaba siempre. Era como algo que tenía cierta corporeidad. Solo la dejaba cuando hacían el amor; era tanto el placer que sentía.
Clara vivía días mágicos. Estaba extasiada, llena de vida, contenta, reluciente. Solo la perturbaba esa molestia, esa persistente voz que le anunciaba la tragedia. Ah! sino hubiera sido por esa presencia…
Ahora su vida estaba llena de color, su cuerpo agradecido por tanto gozo, sus sentidos exultantes y ávidos de más y más.
Para Martha era distinto. Ella era fuerte, segura. No podía ni recordar la cantidad de experiencias amorosas que había vivido y vivía. No permitía que el dolor la rozara. Lo había decidido así, concientemente. Había construido a lo largo de los años una coraza potente que protejía su corazón. Además -y sobre todo-, no estaba enamorada de Clara, solo quería pasar un buen rato.
Martha era una mujer de ideas firmes, sabía lo que quería y no estaba dispuesta a permitir que nada ni nadie cambiara sus planes.
Al principio de la relación, Martha fue muy sincera. Le dijo a Clara que no estaba dispuesta a modificar ni un ápice su modo de vida. Era una persona libre y quería seguir siéndolo, cualquier relación “solo de a dos” le representaba una atadura y marcaba un retroceso para su evolución.
Un “compromiso” como el que Clara pretendía no la atraía.
Clara la escuchó estupefacta y ahí –en ese momento- cometió el primer error, un grave error que pagaría caro: no fue capaz de ver la magnitud de lo que significaba lo que acababa de escuchar.
No fue capaz de admitir que Martha le estaba diciendo que no se enamoraría nunca de ella. Que no la quería. Que solo deseaba divertirse y seguir su vida con otras personas, con otras mujeres.
En ese momento tuvieron todos las cartas sobre la mesa… y eligieron seguir juntas.
¿Qué llevaba a Clara a tomar esa decisión? ¿Qué extraños recovecos del alma le impedían ver realmente a Martha? ¿Qué podía hacerle creer que Martha la querría? ¿Solo la cama? ¿Solo el placer que sentía al hacer el amor con ella?
“Parecen razones insuficientes para elegir el sufrimiento”, le decía una tenue voz del alma.
Clara empezó a contarle esas sensaciones a Martha, pensando que tal vez la conmoviera y la ayudara a dejarla. Pero Martha sonreía. Siempre sonreía. No eran sonrisas cínicas, tampoco francas. Eran sonrisas que ocultaban “algo”. Un “algo” oscuro e inquietante.
Martha se aburría con esos planteos. Los detestaba. Quería vivir el momento, sin consecuencias. No le importaban las consecuencias. Lo único que a veces la preocupaba era que -cuando se separaban- extrañaba a Clara. Poco, pero la extrañaba. Empezaba a añorar la presencia de Clara en su vida. Era raro. Algo que no estaba en sus cálculos. “Ya pasará”, pensaba. Jamás podría quererla. “Son solo sensaciones pasajeras, sin ninguna trascendencia”, se decía, “yo sigo mi camino, no me detendrán”, insistía.
Las dos mujeres crearon una complicidad. Se divertían, ser reían, celebraban haberse encontrado. Inventaron un lenguaje, una forma de comunicarse que estaba llena de ternura, también de pasión y de ansiedad. Tenían ganas de estar juntas.
A Clara le encantaban los códigos que compartían. “Evitan explicar”, decía a veces –sonriendo-. Sonreía con picardía porque sabía que no era del todo así, que eran códigos muy frágiles, incensatos. Pero los disfrutaba igual. O… por lo que fuera, esa complicidad construida entre ambas la enamoraba aún más. Y su rostro se llenaba de alegría.
A Martha no le gustaban tanto. Sentía que la cerraban, que limitaban su posibilidad de huir. Posibilidad que siempre estaba latente, acechando, acechándola. “Los códigos a veces te comprometen y el compromiso cercena la libertad”, se decía convencida, rígida.
Igual -y a pesar de todo-, mantuvieron sus encuentros, basados en la necesidad que tenían la una de la otra. Eso era lo único verdadero.
“A nuestro vínculo hay que ponerle un nombre”, le decía Clara cuando hablaban de ese necesitarse.
Martha durante esas conversaciones sentía por esa mujer rechazo y atracción a la vez.
Sin embargo, cada vez experimentaba con más fuerza que algunas cosas solo podía compartirlas con Clara. Que era ella quien las comprendía. Lo peor para Martha era pensar que Clara le daba sentido a su realidad.
Entonces, se sentía aterrorizada y quería correr, escapar.
Reaccionaba: “¿Por qué ponerle nombre”. Le daba rabia. Y a su vez una voz interna le decía sonriente “es tierno, es tan tierno… en este mundo tan hostil y feo, que exista alguien que busca ponerle nombre a un vínculo, encima a un vínculo que casi no existe”.
A Clara un nombre no le salía. También era conciente que a Martha no le divertía la propuesta. Pero necesitaba imperiosamente avanzar sobre eso; le servía para entenderse. También de alguna manera para empezar a preparar la despedida.
Otras veces Clara creía que a esa complicidad había que cuidarla mucho. Era muy infantil con respecto a las exigencias para ese cuidado. Era casi indecente.
Es indecente cargar todo el dolor, todas las frustraciones en un único lugar. Y ella hacía eso. Cargaba y cargaba su necesidad de amor, su imperioso deseo de sentirse única, en Martha. Era mucho. Era demasiado.
A Martha en ciertos lugares de su alma le pasaban cosas parecidas. Pero muchas veces sus necesidades implicaban destruir esa complicidad. Sentía un extraño placer en buscar momentos, frases, hasta caricias, que dañaran a Clara.
Las mentiras de cada una -más que las dichas a la otra-, asestaron el primer golpe. Golpe que no fue mortal.
Sin embargo, el final parecía inevitable.
Volvieron momentos de gozo. De aparente gozo. De idilio. Encontrarse era una fiesta. Una fiesta de caricias, de sexo, de lecturas compartidas. De comida y de vino.
Martha viajaba mucho por esos días. Mandaba cartas febriles. Mails febriles. Y luego sucedían nuevos encuentros. Nuevas fiestas.
Esa felicidad no era tal. Nunca hubo tranquilidad. No es posible la felicidad sin tranquilidad. Es, necesariamente, una felicidad ficticia.
Y la felicidad ficticia duele mucho. Lastima. Ninguna de las dos quería soltar, dejar a la otra libre, aún a sabiendas que se dañaban. Clara lo intentaba. Martha sufría ataques de furia, no soportaba que le dijeran que no. No podía –realmente estaba imposibilitada- de ver más allá de sus deseos, y Clara cubría una parte de ellos…
Martha no podía perdonarle cierta ingenuidad, la enceguecía. No podía perdonarle la ternura, le agrietaba el alma. No podía perdonarle que se haya metido en su vida. Que se haya colado en su corazón. No lo toleraba. No era justo.
Ambas eran víctimas de sus propias angustias y frustraciones. La única cuestión que las distinguía era la manera que elegían para intentar dejarse.
Era difícil. Comenzaron a atraerse con lo peor que tenía cada una. Clara sacaba sus reproches afuera, toda su oscuridad y tampoco soportaba la idea de no verla más. No quería perderla. Se enloquecía. Quería contarle todo lo que hacía. Hasta los detalles más insignificantes cobraban sentido si Martha los aprobaba.
Esto ahogaba a Martha, que a su vez usaba esta debidlidad de Clara a su favor. Usaba la energía de la otra. La dejaba vacía y necesitada. No tenía plena conciencia del daño que le hacía, pero tenía deseo de vaciarla, de quitarle todo, todo el sentido, toda la energía, todo el dinero.
Era una mezcla siniestra. Explosiva.
¿Quién tomaría la decisión de dejarse? ¿Quién la llevaría a cabo? Clara creía que no podría. Prefería con todo su ser que lo hiciera Martha. De alguna forma para ella era menos doloroso que la dejaran, la quería tanto que le resultaba imposible perderla.
“¿Eso es amor?”, se preguntaba rigurosamente. Pero su alma turbada era incapaz de darle una respuesta eficaz.
Martha no se hacía esas preguntas. Era, vuelvo a decir, incapaz de ver más allá de sus deseos. Pero esto le producía un sufrimiento insoportable y un terror a ser abandonada que llegaba hasta el paroxismo.
En esos días que estoy recordando -contra todo lo previsto-, Martha se descarriló. Perdió el frío control que mantenía sobre su carácter y sus sentimietnos. Al contrario, Clara sentía una tranquilidad extraña, pero tranquilidad al fin, y esto terminó de exasperar a su amada.
Pasó así: Clara intentó un nuevo acercamiento. Reconquistarla con algo. Fue un intento confuso, casi pueril. Decidió compartir con Martha un secreto, un secreto muy caro para ella.
Y ahí… llegó el golpe certero.
Martha se burló de ella, consideró su secreto sin valor, tonto. Se rió a carcajadas, burlona, cínica.
Clara sintió un ardor que le quemaba el cuerpo, la miraba y no la reconocía, sentía cada vez más lejanos el rostro y las burlas y la risa. Se sintió ajena a ese momento.
Estaban sentadas en un bar y Clara podía ver la situación desde afuera, hasta lo que habían pedio, la otra gente y los mozos. Todo lo que veía no le gustaba, y de ese disgusto sacó la la fuerza -que tanto había deseado- para lograr irse.
Lo hizo. Se paró cuidadosamente, agarró la cartera, y se fue de una vez y para siempre.