EL PRETÉRITO IMPERFECTO
Hacía ya mucho tiempo que habían dejado de amarse cuando sus cuerpos se fundieron en un abrazo entre el amasijo candente de hierros de avanzada tecnología alemana. Los airbags se mecían al viento de la tarde y en el CD de carátula frontal, siguió sonando una dulce melodía que solo pudo acallar el estallido del depósito de gasolina no contaminante.
Un cuarto de hora antes habían hablado por última vez. Ella le preguntó si quería un cigarrillo y él, la mirada fija en la autopista, le contestó que sí con la cabeza. Ella tembló ligeramente cuando sintió el roce de su mano al pasarle el cigarro encendido y él la miró de reojo, sorprendido por la inexplicable torpeza de su gesto.
Sintió un repentino pálpito de ternura y, por un momento, pensó en acariciarle la rodilla, pero ella ya perdía la mirada por la ventanilla, observaba la carretera recorrida en el retrovisor, como si fuera el pasado, la vida, y sacudiendo levemente la cabeza valoró como ridícula e inconveniente la sola idea de mostrarse vulnerable y regreso al paisaje plomizo, al gris del firme de autopistas concesionarias confundido con el gris del cielo agonizante de octubre, y ocupo su mente en recordar que al regreso del fin de semana debería llevar el coche al taller a que revisaran nuevamente aquel ruido apenas perceptible que solo él parecía escuchar y que le irritaba más que le inquietaba.
Mientras ella, que fingía mirar el paisaje, observaba con disimulo las manos del hombre al volante y pensaba que continuaban siendo unas manos hermosas, largas y morenas, que no eran ellas las que habían envejecido sino el deseo que antes sentían de acariciar y tocar, y recordó con nostalgia los recorridos que habían hecho a través de su cuerpo, el cálido contacto deshelando el frío del invierno, la fuerza y la confianza que en un tiempo le transmitieron.
Finalmente rechazó a tiempo la punzada de tristeza que atenazaba el estomago y le cerraba la garganta y ya no quiso mirar las manos por más tiempo, así que regresó al paso vertiginoso de los carteles que anunciaban la próxima salida, de los postes de la luz, de las urbanizaciones de casas pareadas, del inmenso aparcamiento vacío del centro comercial con multisalas, del desierto polígono industrial donde dormitaban los enormes camiones a la espera de la nueva jornada laboral y, poco a poco, le desapareció la pena sin apenas esfuerzo.
Quince minutos después ardían juntos, como la tapicería de piel noble color champagne, como habían ardido la primera vez que se amaron veinticinco años atrás.
Más tarde una terca llovizna apenas perceptible caía sobre los bomberos, los camilleros, la policía, parecía cubrir de rocío los coches patrulla, las ambulancias, lamía inútilmente los hierros humeantes.
Los conductores del sentido contrario aminoraban la marcha el tiempo suficiente para observar el desastre, para intentar localizar los cuerpos, para adivinar la marca del vehículo y sentir la mezquina satisfacción de que el suyo, mucho más barato, sobreviviera a lo que aquel altivo animal metalizado no había podido sobrevivir.
La policía escuchaba con incredulidad al propietario de la furgoneta detenida en el arcén a pocos metros del lugar del siniestro, que había dado aviso de lo ocurrido por el móvil, mientras el fuego le obligaba a retroceder y juraba por su vida que en mitad de las llamas había visto con claridad como los dos cuerpos, ya carbonizados, se abrazaban y se besaban mientras él les gritaba que salieran del coche si aun estaban con vida.
Y pese a que dio resultado negativo en la prueba de alcoholemia, mientras los sanitarios de la ambulancia le suministraban un calmante, un agente registró con disimulo la guantera de la furgoneta por si encontraba algún tipo de sustancia sospechosa.
Finalmente la grúa retiró la chatarra, lo que apenas unas horas antes había sido un bello objeto cuyo discreto color azul nocturno no hacía sino añadir distinción a sus elegantes líneas, ahora convertido en una trágica escultura a la merced de la lluvia, como un perro sin amo atropellado, abandonado en mitad de la autopista en un punto kilométrico indefinido entre dos municipios colindantes.
Y cuando las ambulancias se fueron aullando su dolor con una sirena inútil, porque ya no había prisa para sus ocupantes ni la habría nunca más y el coche de los bomberos regresó al cuartel avanzando con su hermoso color rojo en mitad de los grises desbordados aquella tarde fatídica, tan solo quedó sobre el asfalto el serrín empapado de aceite, gasolina y lluvia y los conos anaranjados, grotescos gorros de la fiesta de la muerte, señalando el tramo de valla arrancado por el impacto.
El conductor de la furgoneta esperó en la gasolinera más próxima a que su hijo viniera a recogerle con el coche, tiritando bajo la lluvia persistente, desorientado bajo el efecto de los tranquilizantes suministrados, en el mismo lugar en que le dejó la patrulla cuando le aconsejaron que no condujese en esas condiciones, le apartaron la furgoneta del arcén y confirmaron por quinta vez sus datos de filiación, haciéndole saber que tenía obligación de comparecer ante la autoridad a declarar sobre los hechos presenciados tantas veces como fuese requerido.
Asimismo, palmeándole la espalda, le aconsejaron que en su declaración se ciñera estrictamente al accidente, dejándose de alucinaciones producidas por sabe dios que circunstancia, y que solo podrían acarrearle problemas.
Pero él, que era un hombre de bien, sabía perfectamente lo que había visto y también sabía que no podría olvidar por el resto de su vida la imagen de aquellos cuerpos ennegrecidos, ajenos al dolor o al miedo, acariciándose tiernamente entre las llamas, paradójicamente liberados del infierno por el fuego, casi felices, que le miraban compadeciéndole mientras él agitaba los brazos y gritaba impotente pidiendo una ayuda que ellos parecían ya no necesitar.
EL PRESENTE INDICATIVO
Se recuesta en el asiento frío y duro de la furgoneta y cierra los ojos, por no ver más la carretera, el asfalto, la tarde gris y plomiza. Siente arrancar el vehículo y mira de reojo el perfil del muchacho serio, silencioso, firme. Le desgarra la necesidad de hablarle pero no encuentra las palabras. Tiembla el asiento agitado por la dura suspensión del vehículo y él se siente mareado por los calmantes y la angustia.
- Esos hijos de puta – masculla al fin – No se han creído ni una palabra de lo que les he dicho.
El chico le mira por el retrovisor. Medita la respuesta.
- ¿Por qué no habrían de creerte? Lo recogieron todo en el atestado.
- No hablo del accidente. Hablo de lo otro.
Guarda silencio el muchacho.
- Tampoco tú me crees ¿Verdad?
Sigue callando.
- Di. Tampoco tú me crees...
- Joder, papá – se excusa el chico – Yo qué sé. Has visto a dos personas ardiendo y no podías ayudarles... es normal que estés confuso, que creyeras ver cosas...
- ¡Me cago en la hostia! – Escupe el hombre – Sé muy bien lo que he visto. Yo no tengo alucinaciones.
Se agita inquieto en el asiento. El cinturón le presiona el pecho. O tal vez no sea el cinturón sino la pena, la impotencia, el desaliento.
- ¡Para! – ordena. El chico le mira sin entender - ¡Para te digo! – repite
- ¿Que pare? ¿Aquí? – Pregunta indeciso.
- Aquí, joder. Donde sea.
Se aparta la furgoneta a un lado de la autopista, guiñan los intermitentes perplejos por la urgencia de la parada, vigila el muchacho por los espejos los coches que les sobrepasan. El hombre abre la portezuela, sale al arcén, respira la húmeda tristeza de la tarde que agoniza. Se queda el chico al volante, confuso, asustado, observando a su padre que de repente le parece muy muy viejo, muy, muy indefenso. Por fin se decide a salir del vehículo y a enfrentarse a su mirada arrasada.
- La vida – Dice el hombre al muchacho – es una puta mierda. Ahora ya lo sabes. Una puta mierda.
Y abrazándose a él, rompe a llorar.
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- Estás muy callado – dice el guardia mirando a su joven compañero que conduce en silencio. Y le da una calada profunda al cigarro hasta que casi siente la nicotina quemándole los pulmones. Sonríe amargamente enseñando el colmillo y pregunta - ¿Impresionado por lo que has visto?
- No – contesta el otro. Y reflexiona un instante preguntándose si proseguir – No es lo que he visto. Es lo otro. Lo que contó el tipo ese de la furgoneta.
El guardia mayor apura el cigarrillo y aplasta la colilla contra el cenicero hasta asegurarse de que sucumbe.
- No me jodas que le has creído – murmura – Te estás quemando vivo y aprovechas para echarle un quiqui a la parienta – se ríe como una hiena – Con lo que cuesta hacerlo en estado normal, no te digo...
- Él no dijo eso – mantiene el otro sin apartar la vista de la carretera – Dijo que se abrazaban.
- Ardían, como San Lorenzo, en un espacio inferior a un metro y con un salpicadero revestido de madera noble incrustado en la caja torácica. No es extraño que pareciera que se abrazaban...
- No sé – susurra el más joven – No sé...
Quedan en silencio. La radio emite mensajes metálicos, órdenes que alguien contesta desde el vacío espacio de otra dimensión paralela a la autopista. Ambos se aseguran de que las voces no les hablan a ellos, los ruidos del aparato parecen risas cascadas y siniestras. Y es escaso el tráfico. Se hace de noche y llovizna de nuevo.
- Tú eres gallego ¿No? – pregunta el más mayor.
- Sí ¿Por qué?
Busca el paquete de tabaco. Enciende un nuevo cigarro. Agita la cerilla y se queda mirándola hasta que desaparece la columnita de humo.
- Los gallegos sois la hostia. Siempre dispuestos a creer historias paranormales...
El muchacho sonríe. No se da por ofendido.
- Mi abuela siempre decía que no consentiría que la muerte le apartara de nosotros. Faltaría más, decía, muerta o viva, yo seguiré a vuestro lado. Yo la creía...
- ¿Y lo hizo? ¿La has visto alguna vez?
- No – reconoce el chico.
- Ahí tienes – Afirma el otro satisfecho.
- Pero a veces....- Se interrumpe y medita si vale la pena exponerse de nuevo al sarcasmo de su compañero – Qué sé yo. A veces...
- Tú lo que necesitas es una novia y veras como dejas de pensar en muertos... – ríe el otro – Una tía bien viva, carne mortal, y con buenas tetas si puede ser...
Ya no hablan más en todo el trayecto pero la imagen de aquellos dos cuerpos, fundidos, unidos, sólo uno, sobre la escueta camilla de la ambulancia, arropados por la innecesaria manta metálica que protege su intimidad, la imagen negruzca del tizón del abrazo indisoluble, les turba el ánimo a ambos y ya no piensan en otra cosa.
EL FUTURO IMPRECISO
Absurdos ramos de flores atados al quitamiedos, flores inútiles esparcidas por la mediana de la autopista, el paisaje será gris e inalterable de todos modos, no se conmoverá el camino por la ausencia de los viajeros, no lograrás más lágrimas que la lluvia que no cesa. Flores ajadas que verás al pasar, fugazmente, a través de la ventanilla, y olvidaras tan pronto como desaparezcan del retrovisor, concentrando tu atención en el ruido incierto del motor que te inquieta. Tu mujer encenderá un cigarrillo y tal vez mirará tus manos y ambos avanzareis silenciosos en la tarde plomiza hacia el abrazo imposible que os aguarda.