A las 3 de la mañana toqué la puerta de Gonzalo. Abrió en mangas de camisa, un vaso de tinto en la mano. Los dedos y la cara salpicados de pintura. Anilina, creo.
¿Y ahora?, me dijo.
¿Puedes prestarme dinero?
¿Para qué?
Tengo que ir a Paris.
Dejó de reírse cuando se lo expliqué.
Estábamos rodeados por sus cuadros, algunos terminados, otros en proceso.
Pintaba como un niño de seis años. Un niño de seis años interesado por el sexo, la antropofagia, las variadas curvas de los órganos internos.
Le mostré la foto. A estas alturas lucía desvaída. Durante un tiempo la llevé en un sobre de celofán pero la sacaba todo el tiempo, el contacto con el plástico me desagradaba.
Gonzalo bebió vino, asintió.
Esta muerta, me dijo.
Sí.
¿Quieres ir a París a buscar a una muerta?
Sí.
Bebió otro sorbo de vino.
No puedo prestarte mucho, dijo al fin.
Con las contribuciones estaba armando un fondo para el viaje.
El boleto de avión, estadía por al menos una semana, la indumentaria adecuada.
Esto último dependía de la fecha de partida, por si viajaba a finales del año. No tenía ropa de invierno.
Mi hermano dijo que tiraba la toalla conmigo.
Era menor que yo pero había triunfado en la vida. Alta gerencia en una transnacional. Proyecciones Mercantiles. Análisis de viabilidad de proyectos.
Ver cómo hacemos para que la gente compre lo que nuestro cliente desea vender, me explicó. Aunque no lo necesite, aunque deba usar para ello el dinero de la comida de sus hijos.
Habíamos fumado una hierba increíble. Me abrazó con fuerza y me habló al oído. Momento fraternal con cannabis sativa y Dakkar Noir.
Trabajo en la puta Estrella de la Muerte, confesó.
Ahora estábamos en su condo. Le había pedido plata. Algunos me daban. Él no.
Tiro la toalla, broder.
En su laptop la página web.
www.zoelund.com.
Bio, Documentos, Películas y videos, Fotografías y Links.
Una foto íntima.
Luna de miel en un cuarto de hotel en Skyland Lodge, Shenandoah National Park, Virginia.
Recostada en la cama, desnuda y delgada. En aquella época llevaba el cabello rojo cobrizo muy largo.
Verónica Lake retratada por Egon Schiele.
¿Y está muerta?, preguntó mi hermano.
Asentí.
¿Y quién coño le hizo está página?
Su ex marido, dije.
Abrió los ojos. Hizo un sonido despreciativo con los labios fruncidos.
¿Muerta y divorciada?, gimió.
Yo trabajaba redactando mensajes de texto con las ofertas del mes y las promociones especiales.
Llegué al punto en el que componía mentalmente frases que rezaban “200 segs gratis…” y “Con 20 mil ptos optas a…”, mientras hacía el amor, para no correrme.
Dormía poco. Veía mucha televisión. Mi alma estaba seca como la tiza.
Una madrugada cambié de canal. Un policía y una junkie compartían una jeringa sentados en una cocina.
La junkie introdujo la aguja en el antebrazo del policía, comenzó a recitar un poema:
Es fácil para los vampiros.
Se alimentan de los demás.
Nosotros tenemos que alimentarnos de nosotros mismos.
Tenemos que devorar nuestras piernas,
para tener la energía para caminar.
Tenemos que ir, para poder venir.
Tenemos que chuparnos a nosotros mismos.
Tenemos que comernos a nosotros mismos.
Hasta que no queda nada más
que el apetito.
Esperé a que terminara la película para saber quién era la actriz que interpretaba a la junkie. Para mi sorpresa, era también la autora del guión. Zoë Lund.
La empleada en taquilla vio el ticket, observó la única maleta con un vago desprecio.
¿Algo más?, preguntó.
Miré hacia arriba, medité.
Le pedí dinero a mamá.
Por favor, mijo, intérnate voluntariamente, me suplicó.
Le pedí dinero a papá.
Parpadeó mucho, como si estuviese viendo una luz fortísima. No dijo nada luego de escucharme y se mantuvo así hasta que me fui.
Mi hermano no abrió la puerta. En el condo se escuchaban detonaciones de armamento pesado y juramentos en inglés. Los primeros niveles de Metal Gear Solid , deduje.
Gonzalo había ganado una bienal. Me firmó un cheque con salpicones de anilina y tinto. Me abrazó y dijo:
Dios me perdone.
Vomitó ruidosamente.
Antes de que me desalojaran del apartamento vendí el escaso mobiliario, la televisión, y el microondas.
Guardé en una maleta un pantalón, dos camisetas, un par de medias que no combinaban, un interior Calvin Klein purpúreo.
En un koala llevaba el pasaporte y unos DVDs piratas de películas con Zoë Lund:
Bad Liutenant. (Guión y actuación secundaria. Donde hacía de junkie).
Miami Vice Season 1. (Breve cameo en uno de los capítulos iniciales).
Ms 45. (Su primer rol cinematográfico a la edad de 18 años).
Dejé los billetes arrugados sobre la mesa de la agencia de viajes. El agente miró también la maleta. Entre los dos flotaba el acre olor de mis axilas. Me entregó el pasaje como si alimentase a un animal en el Zoo.
¿Algo más?, repitió la empleada.
Sonreí con mis dientes sin cepillar. Negué con la cabeza. Me entregó el boarding pass.
Atravesé la terminal rumbo a París.
En 1996 Zoë Lund fue contratada por los productores del show de Geraldo Rivera como “downtown street expert” para un programa sobre el consumo de drogas.
Era una ferviente defensora de los derechos individuales y la legalización de los estupefacientes. Había escogido la heroína como su “droga de preferencia”.
En el transcurso de la producción se involucró con el novio de una de las entrevistadas. Había dejado la actuación y el modelaje para dedicarse a la escritura. Se había divorciado.
Al concluir la grabación viajó con su nueva pareja a París. Las fotos de este período la muestran aún más delgada. El pelo corto y teñido de rubio como una muñeca barata.
La relación no prosperó. La heroína fue desplazada por la cocaína. Zoë Lund se enfrascó en la redacción de su novela 490.
El título hacía referencia a un salmo del Nuevo Testamento.
Mateo 18, 21-22:
Entonces Pedro se levantó y dijo, “Señor, ¿qué tanto puede pecar mi hermano contra mí y yo perdonarlo? ¿Unas siete veces?”. Y Jesús le respondió “No he dicho siete sino setenta veces siete”.
70 x 7 = 490.
El 16 de abril de 1999 fue encontrada por su casera en su habitación de la 42 rue de Sevre. Se dictaminó que la causa del deceso había sido una falla cardiaca.
Había dejado más de 600 folios escritos de la novela. El guión cinematográfico “Testamento y libre albedrío “. Un libro que alternaba fotos de bolsas de heroína (los diferentes nombres sellados sobre el plástico o el papel encerado, “angel dust”, “Lucifer mist”, “White shatrk”) e historias del Lower East Side llamado The Book of Bags.
Un mes después su madre esparcía sus cenizas en el Sena, desde el Pont des Artes.
Tenía 37 años.
Había nacido un 9 de febrero, como yo.
Si vas a viajar a Paris tienes que saber francés. Yo sabía inglés. No sirve.
Apenas pronunciaba las primeras palabras en la lengua de Mickey Mouse los hijos de Voltaire me ignoraban olímpicamente.
Gonzalo me había dado el teléfono de un tal Sebastián, un viejo conocido de la Reverón que estudiaba pintura en la Ecole de Arts. Lo llamé desde una cabina. Comprar la tarjeta telefónica y conseguir que la operadora me comunicase me llevó poco más de una hora.
Gonzalo me dijo que vendrías, saludó Sebastián.
Tenía un timbre fino y juvenil. En el fondo se escuchaba Paco de Lucía. “Yo vivo enamorado y para miiiii tus besos son comoooo la fuente de mis peeensamientos…”.
Decidí no contarle nada acerca de mis planes. Pensé que de esa manera sería más fácil conseguir que me albergara.
Estoy de paso, dije.
Me ofreció el sofá por una semana. Me dio instrucciones de cómo llegar a su casa.
Caminé por las calles de Paris como deambulan do por otro planeta. El murmullo de las voces en otro idioma, los rostros familiares y al mismo desconocidos. La torre Eiffel apareciendo intermitente entre los edificios y a veces sobre los techos.
El decorado de una película gigantesca.
Nuestra película, Zoë.
Visité los lugares de la ciudad donde ella había estado. Seguía sus pasos esperando alcanzarla en algún momento.
Un café en el Barrio Latino donde fue entrevista para Zone Frontiere.
El cine Odeón donde presentó su corto Hot Ticket para el público francés.
Su edificio en la Rue de Sevre. Cerca de allí había un parque en el que estuve una tarde. La imaginé saliendo de su casa a comprar comida en la tienda de abarrotes cercana. Leyendo un periódico, fumando un cigarrillo.
Me perdí en el metro intentando llegar a la estación más cercana al Ponte de Artes.
Salí de noche. En un callejón ví prostitutas marroquíes y dealers del África Septentrional. Tal vez uno de ellos le había vendido una papelina a Zoë. No tenía la menor idea de donde me encontraba.
Bebí una cerveza negra y caliente en un bar, luego una copa de tinto. El mundo se convirtió en sombras chinescas y gestos derretidos.
Caminé dando tumbos. Durante toda la semana había estado pisándole los talones a Zoë, pero siempre llegaba un minuto después de se hubiera marchado. Una desesperanza abrumadora me cubrió.
¿Ha visto a esta mujer?, murmuré a los transeúntes que me cruzaba. Mostraba la foto, a veces lo decía en inglés.
Unas teenegers que practicaban 360 con sus patinetas no lo encontraron gracioso. Sentí el primer impacto en los riñones.
La foto se me escapó de las manos. Adidas y ruedas kriptonita se estrellaron contra mi cuerpo.Entendí que connard significaba huevón en francés.
Llegué a las tres de la mañana a lo de Sebastián. Me dolía todo. Las muelas me bailaban en el fondo de la boca.
Alumnos de la Ecole de Art. Borgoña barato y barras de pan, paté de campaña y latas de aceitunas. Una niebla de Gitanes y hashís se arremolinaba entorno a los convidados. Un rap árabe inundaba la estancia como un tsunami de piedras.
Te ves espantoso, observó Sebastián. Me tendió un vaso de plástico verde con vino. Me presentó gente.
Veía todo como a través de una ventana empañada. Sostuve conversaciones en idiomas que no comprendía. Alguien me pasó un cigarrillo de hash.
Me di cuenta de que Sebastián me hablaba. Su cara era una sustancia mezclándose en una batidora. El giro se detuvo, se armó un rostro delgado y pecoso, de dientes separados y labios del color de la sangre seca.
Pana, ¿en qué andas tú que siempre estás con esa foto?, preguntó.
No había reparado en que llevaba la foto de Zoë en la mano. Una esquina rota, el papel arrugado y manchado de tierra.
Hablé largo rato. Le conté cómo me había topado con Zoë Lund, los pormenores de su vida, el por qué de mi viaje a la Ciudad Luz.
Terminé de la siguiente manera:
Cuando la vi supe que había una conexión entre nosotros. Sentí que en sus actos y pensamientos ella me entendía completamente. El tiempo y el espacio no pueden interrumpir un vínculo semejante. La muerte tampoco. Así que he llegado hasta acá siguiéndola, con la esperanza de alcanzarla y, al fin, encontrarnos.
Sebastián me observó con los ojos entrecerrados, el vino agitándose en su vaso.
Mañana llega mi hermana, dijo al fin. Vas a tener que buscarte otro lugar.
En el equipo de sonido sonaba un horrible pop francés.
El concierge del hotel Royal Phare si hablaba inglés. Me preguntó si tenía con que pagar. Puse mis últimos euros sobre la reluciente caoba de la recepción. Sonrió y me recomendó el servicio de habitaciones. Le dije que no quería nada más.
¿Nothing more?, preguntó.
Nothing more, respondí.
Me di un largo baño caliente y me aseé utilizando los jabones, cremas y maquinillas de afeitar que el hotel ponía a la disposición de su estimada clientela.
Abrí varias botellitas de Johny Walker del minibar. Bebí lentamente admirando como el atardecer daba paso a la noche titilante de Paris.
Escribí una carta dirigida a mis padres con instrucciones para ser entregada en la embajada de Venezuela. El logo de las libretas del hotel era una especie de dorada flor de liz. La tinta del bolígrafo era azul.
Dispuse la foto de Zoë Lund sobre la cama, luego tomé la correa. Durante largo tiempo pase el cuero negro entre mis manos y contemplé la lámpara principal, estimando que tanto peso podría soportar.
En algún momento de la medianoche suspiré, vi la foto por última vez y me paré sobre la cama.
Deshiciste el nudo de la correa como si aflojases una corbata. Ajustaste las solapas de un traje de terciopelo azul.
Te sienta maravillosamente, dijiste.
Caminamos por la calle, tu cabello rojo, tus enormes ojos felinos.
En la noche flotaban las risas como insectos de alas transparentes buscando una luz donde extinguirse. De los bares salía el sonido de nuestra música favorita.
¿Estamos muertos?, pregunté.
Pusiste los dedos sobre mis labios.
Estamos juntos, respondiste.
Mi Zoë, Zoë Lund .