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Vazquez, Cristian (Saúl Sabatini)

Yocasta



La lluvia es una cosa

que sin duda sucede en el pasado

Jorge Luis Borges

16 de junio, 2003

Esteban:

Hoy pasó una cosa extrañísima. Te escribo acá desde el Bogavantes. Estoy muriéndome de frío porque tengo toda la ropa húmeda, pero no puedo esperar para contártelo. Capaz que no me creés o vas a decir que soy un loco o un tarado, pero te tengo que contar. Apareció, hermano, apareció. La encontré.

Voy a tratar de contarte las cosas en orden.

Resulta que esta mañana tenía que viajar a la Capital a llevar un currículum, por un aviso que vi en el diario. No va que justo hoy el reloj se me queda sin pila. Esta mañana lo agarré antes de salir, me lo abroché a la muñeca sin mirarlo y recién me di cuenta un rato después, en la calle, muy orondo el señor clavado en las dos menos veinte. Y anduve todo el día así, medio desorientado, y encima ahora, en este bar, no hay ni un mísero reloj en la pared. Va oscureciendo, serán las seis. Aunque con este tiempo, nunca se sabe, viste cuando está tan nublado. Voy a tratar de no irme por las ramas, aunque te darás cuenta de que si me puse a escribirte esto en vez de irme a casa, pegarme un baño y acostarme a dormir, es porque es importante lo que te voy a decir. El estado del tiempo no es un dato menor: hoy fue, y es, un día de esos de interminable lluvia, llovizna mejor dicho, una niebla a mitad de camino entre el estado líquido y el gaseoso. Un día de esos que no te dan ni la menor esperanza de que puedan mejorar hacia la tarde, como dicen en el noticiero. Te acordás que el tío Felipe decía que estos días no tienen tarde: son una mañana que se va acomodando como si no terminara de saber lo que quiere, que de pronto se interrumpe, y luego cae abruptamente la noche. Bueno, así. Uno de esos días en que cuesta creer que hay otros en los que brilla el sol.

Fui hasta allá, dejé el currículum, me dijeron cualquier cosa te llamamos, lo de siempre. Volví en el subte, como había ido. Pensaba tomarme de nuevo el tren para volver a Varela. Pero cuando llego a Constitución, veo en el cartel que los servicios estaban suspendidos por un accidente. Había un tren especial sólo hasta Temperley que saldría cincuenta minutos después y pararía sólo en algunas estaciones. Tenía entonces dos opciones: tomar un colectivo o esperar que restablecieran el servicio. Yo tenía muchas ganas de volver a casa, sabés lo poco que me gusta andar por la calle en días tan fuleros, pero también sabés lo poco que me gusta viajar en colectivo. Así que decidí esperar.

¿Qué hacer para pasar el tiempo? Me acordé de un barcito en el que había estado una vez, hará como un año, del otro lado de la plaza, sobre la calle Cochabamba. Ahí era que me metí esa noche que volvía a casa, que te conté en una de las primeras cartas, al tiempo de que vos te fuiste, esa vez que estaba tan triste y no había colectivos hasta no sé qué hora, y me compré un cuaderno y una birome y me metí ahí. Un bar de borrachos, de esos que te gustan a vos, y me puse a escribir casi sin darme cuenta, escribí de un tirón, y después te lo mandé y vos me dijiste que te gustaron. Que eran poemas. Me había quedado un buen recuerdo de ese lugar, y las ganas de volver, entonces hoy digo me tomo un café ahí, era una buena oportunidad para volver.

Con esa idea salí de la estación. Cruzo la calle, y acá viene lo que quiero que leas bien. Llego al terraplén ese donde está la última boca del subte y ahí, en ese lugar, siento un estremecimiento, una sensación rara. ¿Te acordás esa cosa de la que hablábamos cuando éramos chicos? No sé, te diría un presentimiento pero no, porque no fue algo que haya sentido previamente sino que lo supe, no sé si me entendés, fue una “precerteza”, qué sé yo, una “precertidumbre”. No había nada fuera de lo normal, ni en la calle ni en la plazoleta ni en nadie, pero lo iba a haber. Algo me decía, me aseguraba, que había llegado el momento, me entendés, ese que yo siempre esperé y del que vos te reías: del túnel del subte iba a salir alguien, una persona especial. Esteban, ¡mamá iba a salir! Lo supe, creeme Esteban que lo supe, no me preguntés cómo. Vos sabés que yo siempre estuve seguro de que este momento iba a llegar, que era algo que no se podía explicar con palabras. Y fue hoy.

Dale, seguí leyendo. Para mí no creas que fue fácil, eh. Enseguida me dije: es una locura, cómo va a ser. Me acordé de vos, claro. Pero no, era una seguridad, una cosa inobjetable, algo que no se podía discutir. Decidí entonces (aunque ahora me pregunto: ¿lo decidí?, ¿hubiera podido hacer otra cosa?), bueno, decidí esperarla allí. Esperarla ahí parado justo hoy, con el día era horrendo que era. Hacía un frío de cagarse… En eso sale la primera persona: una viejita que llevaba el pelo mal teñido, una campera muy ajada y una bolsa colgada del brazo. Me surgió la pregunta: ¿cómo la reconocería a mamá? No tenemos fotos, y con los años ella fue teniendo un montón de rostros para mí. Ese temor me recorrió todo el cuerpo, y mucho más porque enseguida (se ve que había llegado un subte) salió un grupo grande de personas, varias mujeres que podían ser ella. Seguí con la vista a unas cuantas, pero a todas les encontraba algo que me convencía de que ninguna era, no sé explicar qué pero seguro que no eran.

Enseguida ya tuve la ropa toda húmeda. Temblaba de frío. Comencé a caminar, yendo y viniendo los breves trechos que me permitía el terraplén. Me acordé de nuevo del bar de Cochabamba, y me sorprendí de cómo me había olvidado de repente de mis planes anteriores. Ir al bar fue ahora una tentación efímera, porque sabía que no podía abandonar mi posición, que era un momento crucial, que tenía que acudir a ese llamado. Era mamá, entendés. Vos seguirás pensando que soy un boludo, pero pará que te cuento. Comprendí que a mamá no la iba a identificar con los ojos: no debía anhelar la salida de una mujer parecida a vos o a mí, ni menos a los abuelos, sino que esa misma sensación que me anunció que debía aguardar allí también me señalaría a mamá, me diría es ella, y no habría, al igual que antes, ninguna posibilidad de duda.

Pero ante esto existía la posibilidad de otro inconveniente: ¿ella me reconocería a mí, se daría cuenta de quién soy? Comencé a torturarme ahora con esa pregunta. Me acordé de ese chiste que solíamos hacer vos y yo, cuando alguien nos decía que si a los perros no les das la espalda no te muerden, y nosotros repetíamos: ah, eso lo sé yo pero ¿el perro sabrá que si no le damos la espalda no nos tiene que morder? Sonreí al recordarlo. Pero estaba preocupado, parado frente a la boca del túnel. Era el peor momento del día, el viento chiflaba y la lluvia era casi horizontal y me daba en la cara y yo la sentía como miniflechazos, como habrá sentido Gulliver cuando lo atacaron los liliputienses. Casi por necesidad supuse que ella iba a reconocerme, no podía no sentirlo. ¿Cómo no reconocer a un hijo…?

Me apoyé en una de las columnas de metal y estuve un rato así. Sentí hambre. No sabía qué hora era, a cada rato miraba el reloj y siempre eran las dos menos veinte, cierto que está parado. La gente salía y salía por el túnel, y todos pasaban junto a mí como si no me vieran, como si yo no existiese. Me sentí flaquear. Pregunté la hora por enésima vez a alguien que pasaba. Perdí la noción del tiempo que llevaba parado ahí, muerto de frío. El servicio de emergencia a Temperley debía haber salido hacía rato, los trenes ya andarían con normalidad. Y yo tenía hambre, y me acordé otra vez del bar de Cochabamba, de lo raro de aquella madrugada, lo contento que me puse cuando me dijiste que le mandara esos versos a tu amigo, que después los publicó en una revista.

Por un instante me dejé dominar por el deseo de volver a casa. Di unos pasos hacia la estación, pero me frené. La duda era terrible. Hasta que me dije que debía enfrentar las dificultades, y que tenía que desfallecer en mi espera. Me dispuse a quedarme el tiempo que fuera necesario. Compré un choripán y una Coca y me dispuse a aguardar.

Pasaron, no te miento, horas.

Mojado, muerto de frío, estuve otra vez, muchas veces, a punto de rendirme. Hasta que, de pronto, tuve otra de esas sensaciones. Supe que venía. Lo supe, fue como antes, como me imaginaba que iba a ser. No lo puedo describir, creo que ni siquiera puedo recordar la sensación. Fue algo inexplicable, vi como un resplandor que provenía de abajo, desde el final de la escalera del túnel. Es ahora, me dije. Es ahora. Me lo repetí tres, cuatro, cien veces: es ahora…

Lo que vino después es la cosa extrañísima que me motiva a escribirte. Sólo te voy a contar los hechos, no voy a pretender analizarlos ni interpretarlos. Eso lo dejo en tus manos, ya que después de que leas mi relato vas a estar en las mismas condiciones que yo.

Por el túnel aparece una mujer joven, de unos veinticinco años, como vos sería más o menos de edad. Tiene el pelo renegrido, lacio, con bucles, un peinado muy, no sé cómo explicarte, como antiguo; una camisa muy amplia y una campera de jean con corderito por dentro; pantalones también de jean con la base muy ancha, de esos que se usaban antes, que les llamaban patas de elefante. Viene nerviosa, como apurada, inquieta, no tiene cartera ni nada. Me quedo perplejo, te darás cuenta, no era lo que esperaba; pero la mujer viene hacia mí, se me acerca, me mira.

—Hola —me dice. Su expresión es seria, reconcentrada, cara de estar realizando un trámite, sin un gramo de emoción.

—Hola —le respondo.

Mi corazón palpita como el de aquel pajarito recién apresado.

—Tomá —me dice y veo que extrae del bolsillo de la campera un paquete, un manojo de papeles envueltos por una bandita elástica. Me lo da—. ¿Cómo andás?

—Bien, pero…

Algo en la garganta me impide seguir hablando.

Ella me mira de pronto, como extrañada:

—¿Qué? ¿Pero qué?

—Es que… pensé que íbamos a hablar…

—Sabés que ahora no podemos. Mañana en la reunión hablamos. Te dejo, sabés. Cuidate —y sale disparada.

—Esperá —digo como en un grito ahogado, como una de esas voces de las pesadillas—, no te vayas, no me dejes.

Ella parece no escucharme y se larga a cruzar la calle, bajo la llovizna que no cesa.

Miro el paquete. Lo guardo en el bolsillo y cruzo la calle tras ella. La alcanzo cuando estamos llegando a la otra vereda. Le toco el hombro, la llamo:

—Mirta.

Ella se da vuelta con una expresión de furia en los ojos.

—¡No me digas mi nombre, pelotudo! —exclama—. Nos vemos mañana te dije, chau.

Y entra en el edificio de la estación.

Yo me quedé afuera, nervioso, confundido, mirando alrededor. Esperaba no haber llamado la atención, al menos no demasiado. Sin embargo, la gente me seguía pasando por al lado como si nada, como si nadie hubiera escuchado o como si hubiesen escuchado y les fuera indiferente.

Después entré a la estación casi corriendo, choqué gente en los pasillos, casi piso a una mujercita que estaba echada contra una pared y tenía un bebé encima y pedía plata con el brazo estirado hacia arriba. Busqué con la vista, me desesperé ante los obstáculos y los pasillos cerrados del edificio en refacciones, hasta que de pronto salí al hall gigantesco y me sentí una hormiga más de todas las que iban y venían por ahí, mirando el cartel luminoso que anunciaba los horarios o caminando hacia las boleterías mientras buscaban la plata en los bolsillos, o quizás esperando encontrarse con alguien o simplemente derrochando el tiempo. Ahora que hago memoria es como si me viera, como en un sueño o, mejor, en una película: el plano se abre y termina en una toma gran angular, desde arriba, y yo chiquitito en el mar de gente… La busqué con la vista por todos lados pero no la encontré. Fui y vine, recorrí las salidas, esperé en la puerta del baño de mujeres, anduve por los andenes, me metí en un montón de vagones, revisé. Pero nada. No volví a verla.

Pasó como una hora hasta que me resigné a que no la iba a encontrar. Desahuciado, me subí al primer tren eléctrico que salía para Temperley.

La escena del encuentro se repetía en mi cabeza una y otra vez, pero funcionaba como un proyector con una cinta sin fin: la pasaba pero no la miraba, no la pensaba. Parecía actuar sola, más allá de mi voluntad, reconstruía la imagen, el diálogo. Reproducía cada palabra pero no las interpretaba, no podía alcanzar el sentido. Te juro que las palabras que transcribí son exactamente las que nos dijimos. Ese grito: ¡No digas mi nombre, pelotudo!, no dejaba de resonarme como si me martillaran los tímpanos, golpeaba y golpeaba. Aunque ¿te diste cuenta, no?, era su nombre. Mirta. Era su nombre.

Te parecerá increíble, pero vine tan obsesionado con eso que me bajé del eléctrico, hice el trasbordo al diesel, esperé como veinte minutos que saliera y después como veinte minutos más de viaje, hasta que recién cuando me acercaba acá a la estación me acordé: el paquete de papeles. Me toqué espantado el bolsillo de la campera, con la súbita sensación de que lo había perdido, pero no, estaba ahí, esperándome. Quizás era que no los tenía que ver hasta llegar acá. Bajé del tren y me dije: me meto al Bogavantes y leo a ver qué son. Y eso hice. Salí de la estación y crucé la calle bajo la eterna llovizna. Ya empezaba a oscurecer. Era ese momento que decía el tío Felipe, el hueco entre la mañana y la noche. Entré, me acomodé en esta mesa, junto a la ventana que da a Monteagudo. Pedí un cortado y me puse a mirar los papeles.

Son seis hojas escritas a máquina. Cuatro parecen cartas. Tienen mensajes extraños, confusos, en apariencia inocentes pero poco comprensibles para alguien que no sepa de qué hablan. En el dorso, con lápiz, dicen: “Para Orlando”, “Para Alejandro”, “Para Mary”, “Para René”. Pero esos nombres no coinciden con los destinatarios escritos a máquina: por ejemplo, el que en lápiz dice “Para Luis” tiene como encabezado del mensaje mecanografiado “Rodolfo”, dos puntos, y los otros tres lo mismo, los nombres no coinciden. Los otros dos papeles tienen pinta de comunicados, llevan membretes y evidentemente fueron copiados por mimeógrafos de muy baja calidad. El papel también es bastante rústico. Los membretes tienen dibujitos, un fusil y una lanza cruzados como tibias en una bandera pirata.

Te describo los papeles y sé que estoy terminando la carta, y ya tengo la sensación de que esto mañana va a ser viejo, que te tendría que haberte llamado o escrito un mail. Pero es otra cosa, necesitaba escribirlo. Escribirlo en algo que quede y que no se borre así nomás, que no sean palabras que se lleve el viento.

Esteban, hoy la vi. Y mañana, en la reunión, también la voy a ver. No sé dónde es la reunión, ni a qué hora, no sé con quién. Pero mañana estaré allí. Sé que lo voy a sentir; mejor dicho: lo voy a saber, de alguna manera lo voy a saber. Algo me está llevando hacia ese lugar, y no voy a oponerme.

Hace rato que se hizo de noche oscurísima. Recién se volvió a largar la lluvia con todo. Le pedí la cuenta al mozo, y le pagué. La ropa ya se me secó, y el clima acá adentro es tan agradable que no me dan ganas de irme, y no puedo dejar de escribirte: siento como si esta carta no debiera concluir nunca, como el temor de que cuando termine de escribirla pase algo malo, como si al mismo tiempo en que se acabe la carta también se cerrarán otras cosas. No sé, siento que quisiera contarte todo de vuelta, volver a escribirlo, y después de nuevo, y otra vez, y otra vez, y otra…

Mirá: recién cuando el mozo se acercó, le di un billete de cinco pesos y me di vuelta. Quise mirar hacia afuera por la ventana, pero afuera está tan oscuro que lo único que vi fue su reflejo en el vidrio, el mozo buscando el vuelto.

—¿Irá a terminar alguna vez? —me preguntó.

—¿Qué cosa?

—La lluvia.

Pensé en decirle que hay cosas que parecen no terminar nunca, pero cuando lo miré sonreía con unos ojos tan inocentes que apenas me encogí de hombros y creo que también sonreí. Me dio el vuelto y las gracias y se fue.

Esta es la parte triste, la parte en la que a uno le da la sensación de que decide algo. Debería levantarme, salir, irme, pero pienso que si salgo me mojaré, y no tengo ganas. La noche está oscura. No tengo la menor idea de qué hora será. Y ya no quiero mojarme más, no puedo soportar una gota más de lluvia. Además, si salgo quizás se moje también esta carta, que de última no sé si algún día te llegará porque recién podría despacharla mañana y mañana ya va a ser vieja. No sé, pero prefiero que no se moje. No sé qué voy a hacer mañana, pero mejor que no se moje. En una de esas te la mande igual.

Yegua de la noche



1

El mediodía en que el doctor Mandra le anunció que dejaría de atender a su hija, Etelvina Fitte sintió rencor, un nudo en la garganta, las lágrimas inundándole los ojos. Si no insultó al anciano médico sólo fue por ese respeto ancestral que el puñado de diplomas colgados en la pared le imponía. Salió del despacho y se alejó sin pronunciar palabra.

El sol miraba de reojo las polvorientas calles de San Carmen y el camino que conducía hacia su casa.

El problema principal era que los médicos no se ponían de acuerdo. Unos sospechaban que la nena estaba incubando algo, lo veían como la larga incubación de una enfermedad que no lograban descifrar y que no llegaba nunca. Otros creían que era un mal desconocido. Algunos habían desistido a poco de comenzar. No faltó quien le sugiriera a la madre llevar a la niña a una curandera. Fueron largos meses de esfuerzos infructuosos, de ensayos y errores, de leves mejoras e incomprensibles recaídas. Hasta ese mediodía en que el doctor Mandra —setenta y tantos años, casi ciego, el único médico del pueblo— convocó a Etelvina en su despacho para informarle que la pequeña Elsa debía permanecer en su casa y reposar y esperar que la fiebre y los delirios dejaran de arreciarla. Espere que se le calme el alma, dijo Mandra. Ellos —él y los médicos de los pueblos vecinos que habían tratado a la niña— ya no podían hacer nada más por ella. Que se le calme el alma.

Al llegar a su casa comprobó que Elsa seguía durmiendo. A esas alturas ya era inusual un lapso de paz tan prolongado. Acomodó las frazadas de su hija, que se había destapado un poco, y se sentó en una silla junto a la cama.

Lloró. Lloró de impotencia, de rabia, de dolor, dejó ir sus lágrimas quizá con la ilusión de que así, en ese torrente, pudieran irse todas de una buena vez.

Pensó en don Horacio. Ese hombre era, ahora sí, su única esperanza.

El invierno, como siempre, había traído sus agüeros. En un boliche del pueblo, un viejo de apellido Bermúdez anunció que los fríos serían aciagos para la gente de la zona. Que se lo habían revelado los indios, apuntó. Desde entonces, aunque nadie quiso creerle y muchos juraron no hacerlo, en el fondo todos esperaban desgracias.

En esa época, San Carmen era un pueblito de cuarenta casuchas de madera. A su alrededor, como si las hubiese desperdigado el viento de la Patagonia, muchas otras casitas se perdían en la distancia. El frío era oprobioso y el trabajo tan rutinario como el desierto. Los hombres salían al alba y retornaban a sus casas con la puesta del sol. Eran en su mayoría rudimentarios, silenciosos, curtidos, muchos indios o mestizos. También había extranjeros, sobre todo chilenos. Habían llegado algunos europeos, gringos huidos de una guerra de la que en ese sur del mundo nadie tenía noticias. A decir verdad, a casi nadie le importaba tampoco la historia de San Carmen, y la mayoría de esos hombres y mujeres no tenían interés siquiera en la historia de sus propias vidas.

Esa tarde, minutos antes de que el sol se pusiera, la pequeña Elsa fue presa de un nuevo ataque. Duró unos pocos minutos; Etelvina ayudó a calmarla aplicándole compresas frías. Compresas frías y oraciones, como le había enseñado don Horacio, aunque ella no podía darse cuenta de si todo aquello servía para algo.

La enfermedad había comenzado con algunas fiebres a finales de febrero. Elsa Fitte tenía doce años, era una niña normal, muy apegada a su madre, introvertida. El doctor Mandra y los otros médicos trataron en primer lugar de aliviar las calenturas; buscaron sus causas, pero no pudieron hallarlas: la fiebre parecía actuar a su propio albedrío. Pronto la niña empezó a sufrir delirios. Aunque al principio fueron breves, rápidamente se extendieron, se hicieron de horas enteras y se confundieron con los sueños, y las horas de sueño se mezclaron con las de vigilia. Los médicos expresaron su desconcierto y Etelvina la desesperación de una madre que padece junto a su hija sin poder ayudarla. Su padre, Froilán Fitte, y sus dos hermanos pasaban casi todo el día fuera, trabajando en el campo, y no compartían casi nada con ellas.

Durante aquellas primeras semanas la niña conservaba lapsos de serena lucidez. Su tranquilidad, sin embargo, se alteraba al narrar sus sueños.

—Había una casa —dijo una madrugada ante los azorados ojos de su madre, su padre y sus hermanos— y junto a la casa un corral muy grande, lleno de caballos. Repleto. Caballos de todos los colores, negros, tordillos, blancos, marrones, grises, algunos más grandes y otros potrillos. Se hacía de noche y yo caminaba y entraba a la casa y adentro estaban ustedes, los cuatro, sentados alrededor de la mesa, y encima de la mesa había una vela prendida, que era la única luz que había y apenas les iluminaba las caras, y los cuatro me miraban como asustados, pero no me decían nada. ¿Por qué me miraban así?

Nadie supo qué responderle, pero casi no importó porque Elsa volvió enseguida a internarse en los vahos de sus temperaturas. Con el paso de los días sus palabras en sueños se hicieron cada vez más confusas. Los médicos eran incapaces de explicar que los delirios se acentuaran, se hicieran cada vez más intensos y prolongados.

Doña Etelvina casi no se despegaba de la cama en la que su hija transcurrió el otoño. La escuchaba contar sus historias soñadas, siempre llenas de caballos. La niña describía los caballos con una minuciosidad inverosímil, y poco a poco dejó de haber una multitud de animales y quedaron sólo cuatro: un cuarteto de equinos blancos. En sueños, la niña parecía conversar con ellos, aunque cuando despertaba y la madre le preguntaba si había charlado con los caballos, Elsa le respondía que no.

—Los caballos no hablan, mamá. Entienden lo que yo les digo pero no saben hablar, los caballos solamente llevan a las personas.

La niña contaba que las crines brillaban con el sol y que tenían el olor que tiene el desierto en las mañanas, y que ella los montaba y se sentía veloz como el viento. Imitaba con la boca el ruido del galope, de los relinchos, de sus bufidos. En San Carmen comenzó a circular el rumor de que la chica de los Fitte estaba engualichada, que le habían hecho un trabajo o que estaba poseída por algún ánima. Su familia, a pesar de que a su manera no era supersticiosa, a fuerza de las fiebres y las murmuraciones y los largos silencios del doctor Mandra y sus discípulos, se fue convenciendo de que la niña estaba volviéndose loca o algo peor.

Esa noche, cuando Froilán y sus hijos llegaron exhaustos a la casa, no se detuvieron en el cuadro repetido noche tras noche: mujer inclinada sobre niña sufriente bajo la luz de una vela. Con voz queda, Etelvina dio la noticia a su esposo.

—El doctor dijo que no la van a seguir atendiendo.

El hombre no habló. Hizo un gesto con los brazos, que Etelvina no alcanzó a distinguir o interpretar.

Los muchachos habían pasado de largo hasta la otra habitación. Uno de ellos volvió para averiguar dónde había más velas. No hay más, dijo Etelvina. Esta era la última. El muchacho volvió a la otra habitación, a oscuras y en silencio.

Algunos hechos habían alterado en los últimos meses el orden de aquellos parajes. Don Froilán se había acercado mucho a un hombre de apellido Vincenzi, un recién llegado que trabajaba en el ferrocarril. Sus hijos también. Tenían largos encuentros con Vincenzi y otros vecinos de la región, por lo general durante la noche, tras la agotadora jornada laboral.

La que más lo sufría era Etelvina, que no sabía con quién se encontraban su esposo y sus hijos y sólo percibía que su soledad se expandía hacia el infinito.

Una tarde, en el almacén, alguien le recomendó que acudiera a don Horacio. Dicen que es un curandero, le dijeron. No es curandero, es un religioso, corrigió alguien que escuchaba. Dicen que vino de Buenos Aires. Dicen que escapó de la guerra o de la justicia. Dicen que es inglés, dijo alguien con un extraño tono de advertencia, a lo que Etelvina, encogiéndose de hombros, respondió:

—Menos nosotros, todo es inglés en esta tierra.

Etelvina salió del almacén y fue directamente hacia donde le indicaron que era la casa del hombre.

Etelvina golpeó la puerta con decisión. Don Horacio abrió enseguida, como si la hubiese estado esperando. Ella se presentó y le contó su historia. El hombre aceptó ayudar en lo que pudiera.

Don Horacio se transformó en el principal cimiento de la abnegación de Etelvina. Le contó que efectivamente era inglés, que era pastor de su iglesia, que su nombre real no era Horacio sino Horace, aunque ya se había acostumbrado y le gustaba que lo llamaran don Horacio.

—¿Hace mucho que vive aquí? —quiso saber Etelvina.

—En San Carmen, hace dos años. Antes viví tres en Buenos Aires.

—Habla muy bien el idioma.

—Lo estudié mucho tiempo. Era especialista en idiomas. Ahora creo que me olvidé de casi todos.

Don Horacio comenzó a visitar día por medio a la pequeña Elsa. Etelvina le hablaba, en las largas horas junto a la cama de su hija, de sus recuerdos, de sus pesares, de su vida. Él la escuchaba y casi no decía nada. Siempre tenía en las manos o bajo el brazo su Biblia en inglés forrada de cuero negro. Cada tanto salía al desierto y fumaba en una pipa con punta de oro que, decía, le había regalado un amigo navegante. Sabía que no representaba demasiada ayuda para la niña aunque sí para la madre, que había confiado, quizá por demás, en sus oficios.

Elsa habló por primera vez del caballo sin cara un par de semanas después de la primera visita del pastor. Su estado había empeorado: cada vez lloraba más mientras dormía, pronunciaba frenéticamente palabras desesperadas, salpicadas de violencia. Decía que los caballos se habían enojado, que ahora ya no la entendían como antes y que entonces nadie podría controlarlos. Sollozaba y decía que, furiosos como estaban, los caballos blancos vendrían y sembrarían miedo y sangre.

—El que viene adelante —decía, tragándose los mocos—, el caballo que viene adelante, no tiene cara. Nunca le veo la cara. No es que se esconda: es que no tiene. Los otros sí tienen y es una cara de caballo y todos tienen la misma, pero el de adelante no tiene, no tiene…

Desde que la niña empezó a hablar del caballo sin cara, pasaron otras dos se manas hasta que el doctor Mandra le dijo a doña Etelvina que ni él ni los otros médicos seguirían atendiéndola.

Terminaba julio.

Don Horacio se enteró al día siguiente. Lo lamentó, aunque lo preveía. Comenzó a visitar la casa todos los días. Se acercó más a la pequeña Elsa, y también a su madre. Eran los días más fríos del año. El hombre armó un brasero para dar calor a la casa de los Fitte y pasaba las horas allí junto a la niña. Doña Etelvina le cebaba mate. De a ratos, la mujer tenía la impresión de que aquello sería una rutina perpetua, que nunca podría salir de esa rueda de delirio y contemplación en torno al lecho de su hija.

Froilán Fitte y sus hijos cada vez regresaban más tarde y parecían más abstraídos de la situación en su casa en general y del estado de la pequeña Elsa en particular. Una noche de mediados de julio, al llegar a la casa, Froilán le había avisado a su esposa que había mucho trabajo y que tal vez alguna de esas noches ni él ni los muchachos volvieran a casa. No otorgó precisiones. Etelvina no dijo nada. Algunos días después, Froilán y sus hijos regresaron a casa la noche del día siguiente al que los vio partir. Lo repitieron antes de que se cumpliera una semana.

Poco después, faltaron dos noches seguidas. La tercera tarde de ausencias, mientras cebaba mate junto al lecho de su hija, Etelvina detuvo sus ojos extraviados en don Horacio, quien a su vez no quitaba la vista de la pequeña Elsa.

Etelvina estaba convencida de que tampoco esa noche Froilán y sus hijos habían de retornar. El enésimo mate la animó:

—Quédese, don Horacio, esta noche en mi casa —dijo con una voz apenas audible.

El hombre arrastró pesadamente sus ojos tristes desde el rostro de la niña hasta el de la madre. Demoró un instante en responder. Un instante que después, al recordar la escena, lo avergonzaría.

—No —dijo.

Etelvina insistió. Arguyó que era por la salud de su hija, que tenía miedo, que ahora hasta ella soñaba con caballos, caballos blancos que sembraban miedo y sangre. Que no quería quedarse sola.

—No —repitió él.

Quizás la escena se extendió por demás. Quizás Etelvina llegó al extremo de la súplica, de la humillación.

Cuando el hombre vio la primera estrella por la ventana, anunció que se iba. La mujer lo acompañó hasta la puerta. Lloraba, una vez más.

—Vuelva mañana.

—Sí, claro —respondió él.

2

El hombre se despertó agitado. Miró por el ventanuco de su cuarto y sólo vio un manojo de nubes coloradas. Todavía el cielo era de noche profunda. Sonaron otras tres descargas de máuseres: las anteriores lo habían despertado, no habían sido un sueño. Se vistió tan rápido como pudo. Cargó la Biblia, la pipa y una buena ración de tabaco en el morral. Desató el caballo. Lo embridó. Al montarlo, acercó la boca a las orejas del animal y le susurró unas palabras en inglés. Lo taconeó y salieron al galope al campo sombrío. Se dejó guiar, mitad por los ruidos de la tierra y mitad por su instinto. En lo alto, una luna incierta echaba sus restos. En un momento, creyó que había equivocado el camino, que estaba perdido, que se había acercado demasiado a donde no debía. Tuvo suerte: la tiniebla lo camufló y le permitió continuar. La claridad ganaba lentamente el desierto. Debía darse prisa. Cuando llegó a la casa de los Fitte, llamó a la puerta. Escuchó aterrorizado los golpes de su corazón saltándole en el pecho y se preguntó cómo no se delataba, cómo podía ser que ese ruido no retumbara en todo San Carmen. Nadie salió a atenderlo. No había tiempo: rodeó la casa y llegó a la ventana de la pieza donde dormía la niña. Abrió los postigos. Elsa dormía agitadamente. De vez en cuando dejaba caer un no o alguna otra palabra desesperada. El hombre entró por la ventana, atravesó la habitación, recorrió la casa: ni rastros de Etelvina. Volvió al cuarto. Vio que sobre la mesa había una vela apagada. La luz de la luna se colaba ahora por el hueco de la ventana y le daba a Elsa en la cara. Le tocó el hombro:

—Elsa, Elsa, despertate.

La niña levantó los párpados con una mansedumbre que al hombre le pareció sobrenatural, como si de pronto despertara de todos sus sueños. Un segundo después, Elsa pareció reaccionar y se incorporó de golpe.

—¡Soy yo! —gritó—, ¡soy yo!

Rompió a llorar con desesperación.

—¿Qué pasa, Elsa?

—¡Era yo! ¡El caballo sin cara tenía mi cara! ¡Era una yegua y tenía mi cara!

Y después de los primeros gritos, lo de la pequeña Elsa se transformó en un llanto de congoja, de infinita amargura.

El hombre reconoció a lo lejos nuevos disparos.

Levantó a la niña por las axilas y la cargó. Ella lo dejó hacer. Salieron por la ventana, montaron, ella se sentó detrás de él y se aferró a su cuerpo. Partieron raudamente hacia la nada. Mecida por el viento, la pequeña Elsa se calmó. El hombre miró adelante y vio un cielo blancuzco, ceniciento, abrirse paso sobre la línea del horizonte. Le pareció que comenzaba a amanecer más temprano.

Los balazos siguieron sonando en la distancia.

—¿Qué pasa? —preguntó la niña.

—Tranquila —dijo él—. Una pesadilla, nada más.

El ruido del siguiente tren



Fue en uno de esos misteriosos días en que el humo de los pastizales que a alguien se le dio por quemar llegó a Florencio Varela.

—Te voy a pedir un favor más antes de que te vayas —me dijo Roxi. Y se quedó esperando mi respuesta.

—Sí —le dije sonriendo.

—Ay, no sé si vas a querer. Si te aburre decime.

—¿Qué es?

Me explicó que había comprado cuatro madejas de lana y, para poder tejer, necesitaba convertirlas en ovillos. El trabajo que me pedía consistía en sostener cada madeja con los brazos extendidos hacia adelante, con las palmas enfrentadas y los pulgares hacia arriba, de modo que ella fuera quitando la lana de allí como si la sacara de un telar.

—Guille no quiere hacer esto —agregó—, dice que se cansa y se aburre y no quiere.

—Bueno, a ver.

Levanté los brazos y Roxi acomodó la lana entre ellos, a la altura de mis muñecas. Luego comenzó a ovillarla.

—El hombre que me vende la lana tiene una maquinita con la que hace esto. La pone y en un minuto ya lo hizo todo.

—¿Ah, sí? —dije por decir algo.

—Y si ahora vos no me ayudabas lo iba a hacer con el respaldo de la silla… pero no es tan cómodo porque se engancha. ¿Ves que vos hacés así? Si no se engancharía…

Lo que yo hacía era subir y bajar los pulgares y rotar un poco las muñecas, y eso le facilitaba el trabajo.

—¿Te cansa? —preguntó.

—No.

—En todo caso hago uno solo, o dos.

—No me cansa, en serio.

Iba por la mitad de la madeja cuando sonó el celular. Lo buscó con la vista: estaba en uno de los estantes del mueble que en su casa separa el living de la cocina. Por un segundo dudó de qué hacer con el ovillo que había ido formando en sus manos; decidió apoyarlo en el suelo y me dijo que ya venía y terminaba. No hay problema, respondí. Ella tomó el teléfono y miró la pantalla. Le brillaron los ojitos.

—Hola, Cuchi… No, no, estaba acá… Estoy con Sebas, vino a traerme el suavizante… No, hace un ratito, y merendamos y ahora… sí… No, nada… Ah, sí, trajo fotos de España… impresas, sí…

Yo intentaba no prestar atención al diálogo ajeno y concentrarme en la tele. El Canal 26 informaba que las hectáreas incendiadas eran setenta mil, que hoy viernes era el día en que el humo había alcanzado su máxima intensidad, que habían detenido a dos sospechosos y había un tercero prófugo, todos acusados de ser responsables de los incendios que están llenando de humo la Capital y el conurbano, el humo continuaría hasta el martes según fuentes del Servicio Meteorológico Nacional. Intentaba concentrarme en las noticias, pero aunque el primer plano de mis pensamientos, el más superficial, estaba en el televisor, el que viene detrás, mucho más hondo, estaba en la charla telefónica. Lamentablemente no se pueden cerrar los oídos.

—…sí, amor… tarta de jamón y queso… ¿Está bien? Bueno… besitos…

Le hice señas de que lo saludara de mi parte.

—Acá Sebas te manda saludos… —y luego a mí—: dice que gracias e igualmente.

Gracias. Igualmente. ¿Qué querían decir exactamente gracias e igualmente en aquel contexto? Me lo pregunté en ese momento, pero de alguna manera (de otra manera) también me lo venía preguntando desde antes, desde que había llegado, más aún, desde que llamé para ver si iban a estar, así les llevaba el suavizante que mi mamá compró por pedido de ella, y de paso charlábamos un rato, y Roxi me dijo que Guille no estaba, que ese día cursaba y volvía a las once de la noche, pero que se lo llevara, que ella sí iba a estar, que no había ido a trabajar porque se pidió el día para redactar un informe que debía presentar en el posgrado y ya lo estaba terminando, y le vendría bien tomarse un recreo.

Volvió a tomar la lana y retomó su tarea. Tenía en la cara los hoyuelos que se le forman cuando sonríe.

—Salió de una clase y está por entrar a otra y me llamó —dijo.

—Está entusiasmado con su carrera, ¿no?

—Sí. A veces se bajonea un poco porque no tiene mucho tiempo y le mandan un montón de ejercicios y no llega a hacerlos todos, y dice que en el examen no le va a ir bien. Pero yo sé que sí le va a ir bien.

—Claro que le va a ir bien. Seguro.

Terminó el primer ovillo y me preguntó si hacíamos otro. Sí, claro, le contesté.

En la tele ahora un especialista en temas judiciales explicaba las posibles penas contra quienes fueran hallados culpables por el incendio de los campos.

—¿Le contaste a Victoria lo del humo? —me preguntó mientras comenzaba con la segunda madeja.

—Sí. Igual ella también lo vio en la tele. Los noticieros y los diarios de allá lo sacaron.

—Las cosas por las que somos noticia.

—Viste. Siempre con rarezas.

—Yo no sé cómo no te diste cuenta del color de ojos.

—¿Y por qué te acordaste de eso ahora? —me reí.

—Porque la nombré y me acordé de las fotos, y recién cuando las miraba no te dije nada, pero con los ojos que tiene no puedo creer que no lo supieras.

—Es que tiene las pupilas muy grandes…

El propio tono de mi voz delataba la fragilidad de la excusa. Roxi me miró y soltó una carcajada, como si le hubiese contado un chiste graciosísimo.

—Además la había visto nada más que un par de días…

—Pero igual. Te volviste enamorado de ella y no sabías el color de sus ojos.

—Será que me fijé en otras cosas.

—¿En qué te fijaste?

—Qué sé yo, Roxi…

—¿Qué es lo primero que le mirás a una mujer?

Hice un gesto de reproche. Ella lo entendió.

—Ya sé que ya te lo pregunté alguna vez, pero no me acuerdo —dijo. Iba a empezar a responderle algo, pero volvió a hablar ella—: ¿Te molesta que te pregunte?

—No, Roxi, no me molesta.

—Ah, bueno.

—La cara.

—¿Pero qué parte de la cara?

—La cara en general, el conjunto. Me pasa que miro a una chica y me gusta o no me gusta, es una impresión, algo así como un golpe de vista. Los detalles van apareciendo después.

Roxi tenía los ojos fijos en el nuevo ovillo al que le iba dando forma.

—Una cosa que estuve pensando hace poco —dije— es que en general las chicas con las que estuve tienen cara de buenas. Más que cara, pinta de buenas.

—¿Victoria tiene pinta de buena?

—¿No te parece?

—No, no sé, no lo había pensado.

—Se lo dicen. A veces.

—En ese tren debe venir mi mamá.

—¿Qué tren?

—Ese. ¿No escuchás?

Nos quedamos callados. Sólo cuando presté atención se me hizo evidente el ruido del tren que iba llegando a la estación.

—Claro que ahora que viven acá tienen el ruido de los trenes —dije.

—Al principio me despertaba cada vez que pasaba uno de noche. Es que yo estaba acostumbrada a la casa de mi mamá en San Francisco, que no hay ningún ruido, es todo campo. Después me acostumbré…

—Y ahora te indica cuando viene tu vieja.

—Sí. Ella suele pasar por acá cuando vuelve del trabajo. Igual no es seguro, por ahí viene en este, por ahí en el siguiente…

Pasó un rato y la madre no apareció. Vendría nomás en el siguiente. Mejor, pensé. Prefería no cruzármela. La conocía de hacía muchos años pero no me terminaba de caer bien, siempre con ese humor tan extraño y sus dobles sentidos… Roxi había terminado el segundo ovillo y comenzado el tercero; seguramente terminaríamos con toda la lana antes de que llegara el siguiente tren.

Ahora ambos mirábamos la tele. El notero entrevistaba a un gordo que afirmaba muy seriamente que el humo era la quinta plaga de la Argentina, después del granizo, las inundaciones, la sequía y la nieve, y que pronto llegaría la sexta, las cenizas de la erupción de algún volcán, y que Dios nos libre de la séptima. Luego la entrevista terminó y empezó un anuncio comercial que explicaba las maravillas de un juego de escaleras plegables.

Yo seguía moviendo acompasadamente los pulgares y las muñecas para ayudar a Roxi a ovillar la lana. Miraba la tele pero con el rabillo del ojo la observaba a ella. Casi sin moverme, como si no me distrajera del televisor y lo que dijera fuese un elogio de las escaleras plegables, dije:

—Hay una tira de Mafalda en la que ella la ayuda a su mamá a hacer esto mismo.

—¿Ah, sí?

—Sí. Hacen esto y cuando terminan Mafalda le dice “tendríamos que cacarear, acabamos de poner un huevo de pulóver”, o algo así.

Roxi se rió:

—Qué pícara que es Mafalda.

Luego de unos momentos de silencio, hablé:

—Vos no tenés pinta de buena. Nunca tuviste.

Seguía mirándola con el rabillo del ojo.

—¿No? —se sorprendió, o simuló sorprenderse.

—No, no sé. ¿Te lo dijeron alguna vez?

—¿Si parezco buena?

—Sí, o si no.

—En mi familia tengo fama de pícara.

—Como Mafalda.

—Je, sí. Pero… vos me conocés.

—Ajá.

Nos miramos a los ojos un segundo. Luego seguimos con la costumbre de llevar la vista alternadamente de la tele a la lana, de la lana al piso, del piso a los ojos del otro, de los ojos del otro a la tele.

—Guille nunca me dice que soy buena.

No le respondí nada.

—A veces me dice que soy mala.

Volvimos a cruzarnos las miradas, esta vez una fracción de segundo más que las veces anteriores. Luego las desviamos. Ella sonrió.

Había terminado el tercer ovillo y comenzado el cuarto.

Después de un rato de silencio, ella dijo:

—Así que en España fue noticia el humo.

—Sí, Victoria me dijo que flipaban con la noticia.

—¿Qué es flipaban?

—Que se sorprendían mucho.

—Estos gallegos y sus palabras…

—Viste.

—¿Y ella está contenta?

—¿Con qué?

—Que ya estés por volver.

—Ah, sí. Muy. Como yo.

—Qué emoción, ¿no? Lo pienso y se me pone la piel de gallina a mí.

—Sí, va a ser muy lindo…

—Bueno, listo —dijo al concluir el cuarto ovillo—. Ay, gracias —agregó, exagerando su emoción.

—De nada. Y ahora sí me voy.

En ese momento sonó el timbre. Ella levantó el tubo del portero eléctrico y sólo dijo sí y luego presionó el botón que permite abrir la puerta de la calle empujándola desde afuera.

—Te vas a cruzar con mi mamá —dijo. Antes de que yo cayera en la cuenta de que no habíamos escuchado el ruido del siguiente tren, me aclaró—: Al final vino en colectivo.

Volvió a darme las gracias con énfasis y luego quedamos en hacer algo el fin de semana, ella arreglaba con Guille y yo le decía a Juan Cruz y tal vez a alguien más. Le di un beso en la mejilla y bajé las escaleras. En el descanso del primer piso me crucé con la madre.

—¿Qué hacés? —dijo después de saludarme—. ¿Guillermo está?

—No, está en la facultad —dije.

—Ah… mirá que yo le voy a contar, eh.

Sonreí y no le respondí nada. Seguí bajando las escaleras. Si no la conociera a la madre de Roxi de hace tantos años, pensé, tendría que preocuparme.

Fabiana Lugano



Un cuento que empieza con la frase «un cuento que empieza con» me genera, naturalmente, una profunda desconfianza, aunque quien lo haya empezado a escribir sea yo. Y es que es la sexta vez que inicio este relato; espero sea la definitiva. Todos los otros comienzos anteriores se afanaban (y arruinaban) en mis intentos de describir a Fabiana Lugano, y no puedo, y decidí dejarlo de lado, pero me salgo de la vaina por describir a Fabiana Lugano, porque Fabiana Lugano… ¿Cómo explicarlo? Es difícil de justificar, porque esa mujer es un personaje; no porque alguien escriba sobre ella: es un personaje en sí misma, ya en la vida real, y si yo escribo sobre ella hago un personaje basado en otro, sombra de sombra.

La conocí en Mar del Plata, un sábado. Yo había viajado para participar de un foro organizado (es un decir) por el gobierno de la provincia, titulado «Los jóvenes artistas construyen nuestra identidad»; había viajado, claro, en calidad de joven artista, aunque las circunstancias por las que allí llegué son difusas y azarosas. Acerca de cómo construir identidad, antes del viaje mi ignorancia era proverbial, pero me tranquilizaba no ser el único. Ese sábado era el primer día del foro y coincidió con el segundo y último día de un encuentro de poesía que también tuvo su sede en aquella ciudad, y entonces decidimos construir identidad allí. Se hacía en el bar Citizen Kane, un refugio de la calle Bolívar al 3900. Digo decidimos porque éramos varios, una banda de muchachos y chicas catalogados como poetas: por una cuestión de coherencia tampoco a ellos voy a describirlos. Que me califiquen de poeta también me produce una amplia desconfianza: uno es tantas personas a la vez que siento que todos mis otros yo desdeñan a la fracción de mí que de vez en cuando se sienta a escribir algunos versos; mi superyó contemporiza: ser poeta no es solamente eso, es una actitud ante la vida, una forma de ver el mundo,  y entonces me digo que tengo razón y quedo en paz con mi alma. La cuestión es que llegamos a Citizen Kane, un lugar limpio y bien iluminado donde nos aguardaba una muestra de libros y revistas de poesía, y un recital a cargo de otros poetas llegados también de diferentes puntos de Buenos Aires. El recital se llevaría a cabo en una sala del fondo, a la que se llegaba por un sendero de piedritas; la sala era espaciosa y austera: neutra, diría una amigo mío. Nos dirigimos allí enseguida porque la función estaba por comenzar.

Al rato de que hubiera comenzado a leer el primero, una de las chicas, Cecilia, que se había sentado al lado mío y tenía en las manos una especie de programa con el listado de quienes iban a presentar sus obras, me dijo:

¾A ésta la conozco ¾y señaló con el dedo un nombre en el papel.

Yo leí las dos palabras, y luego ella las pronunció en voz alta:

¾Fabiana Lugano.

Y agregó:

¾Es un personaje.

Cuando largos minutos después la vi que se acercaba a la mesa de lectura, casi no tuve dudas:

¾Es ella, ¿no?

Cecilia me dijo que sí, y como era obvio, Fabiana Lugano se robó el show desde el momento mismo en que se hizo ver, desde que se sentó frente al auditorio con ¾disculpenmé¾ sus atuendos colorinches y estrafalarios, una porra en la cabeza comparable a la de Medusa si es que los ofidios que la Gorgona tenía por cabellos no acostumbraban a higienizarse seguido, un maquillaje hiperbólico y una expresión que transitaba rauda y constantemente del yo no fui al no sé qué demonios estoy haciendo acá. Aquello tuvo algo de egipcio: como si Fabiana Lugano se hubiese disfrazado del dios Ra y ordenado al universo detenerse, y todos los planetas y los satélites y los que habíamos ido a construir identidad hubiésemos quedado alelados ante esa pausa celestial, a la espera del fenómeno que alterara la rutina cósmica.

¾Bueno… eh… ¾comenzó Fabiana Lugano¾, yo voy a leer, en realidad esto no es una poesía, o sí, no sé, algunos dicen que sí pero yo no quiero escribir poesía. A veces sí, pero no cuando escribí esto. Esto es una novela. Una novela cortita, a mí me gusta escribir novelas cortitas, así que ahora la voy a leer, y bueno, después me dicen.

Y la leyó.

Muchas veces, lo admito, he intentado parecerme a Borges; si ahora tratara de emularlo, tendría que poner una nota al pie para citar el libro de Fabiana Lugano. En ese caso me enfrentaría al problema que implica lo artesanal: dicho libro no tuvo producción en serie, sino que se trató de nueve ejemplares confeccionados a mano. Particulares. Naturalmente, ni hablar de registros de propiedad intelectual ni de números de ISBN. Digamos que el título de la obra es Natalia, que el tamaño de su formato es de unos diez por diez centímetros, que la extensión del texto es de once páginas, que está narrado en primera persona, que su protagonista es una joven que vive en la ciudad de Buenos Aires, y que el argumento es el siguiente:

Cuando sale de la adolescencia, la muchacha se aburre de su novio de hace varios años y decide probar nuevas experiencias. Así empieza a salir con otros hombres, conoce nuevos lugares, aprende a distinguir el sabor de las diversas clases de semen y los problemas que algunas gotas de ese fluido pueden acarrear si se salpican en un ojo, descubre la existencia de penes que no le caben en su totalidad en la boca (su primer novio no queda muy bien parado, valga el vocablo) y acaba en una relación lésbica con el personaje que da nombre a la novela cortita. La narración tiene un registro coloquial, en muchas ocasiones soez y extremadamente simplista, con pasajes delirantes como el de la contemplación de una Virgen que dormita sobre una hamaca paraguaya o la reflexión final acerca de que la única persona por la que dejaría a Natalia y volvería a un amor heterosexual es el Potro Rodrigo. Pero el Potro se murió y por eso nunca voy a dejar a Natalia. Con ella soy feliz, dibujó su pluma en la última línea del relato.

Con ella soy feliz, leyó Fabiana Lugano, y cerró el librito y levantó la vista hacia el público, aunque en realidad sus ojos se extraviaban en sus órbitas como si pretendiera seguir el derrotero de una mosca que volase a media cuadra de distancia. Uno aplaudió, luego otro, después aplaudimos todos, un aplauso breve, quizás confundido. Fabiana Lugano saludó moviendo un brazo y salió, rodeada de miradas, arrastrando su aura tras de sí.

En las horas siguientes fue, como era de esperarse, el tema de conversación. Estábamos sentados en torno a tres mesas juntas, tomábamos café con leche con medialunas y tostados con jamón y muzzarela. El tema era ella, no su obra, dijo alguien. ¿Y dónde termina su obra?, pregunté yo. ¿Quién dijo que la obra es sólo el libro? Más aún: ¿quién dijo que la obra es sólo el relato?, pues el libro todavía no lo habíamos visto. Cecilia explicó que Fabiana Lugano venía de las artes plásticas, que era más conocida en el ámbito de la pintura que en el de la poesía. Lo de hoy no era poesía, reaccionó Rubén hablando con la boca llena, ella misma lo dijo. Yo no estaría tan seguro, dije yo. Mara arriesgó: ella no lo piensa como poesía. La pregunta que venía después era si Fabiana Lugano lo pensaba, en qué pensaba, si pensaba algo, a qué acepción del verbo pensar debíamos remitirnos; pero no vino eso: lo que vino fue la propia Fabiana Lugano, en persona, de pie junto a la puerta de Citizen Kane. Cecilia se levantó, dejó el cigarrillo sobre el cenicero, se acercó a la muchacha, vimos que le habló pero la distancia y la música que sonaba nos impidieron oír qué se dijeron, pero ambas señalaron el sitio donde estábamos nosotros y luego Cecilia volvió y pitó el cigarrillo y dijo ahí viene.

¾Hola ¾se presentó la autora de Natalia al llegar, con una voz raquítica, flameante, como la de una ramera de quince años en su primer día de trabajo.

¾Hola ¾dijimos.

Hubo un silencio. Ella distendió el ambiente con una risita pueril.

¾Muy interesante lo tuyo ¾dijo Rubén.

¾Ah… ¿les gustó?

¾Sí ¾dijo Cecilia.

¾Es raro ¾espetó Mara.

¾Ah… sí… siempre me lo dicen.

¾Vos buscabas lograr… eeeehm… ¾Mara revoleó los ojitos como si las palabras que buscaba estuviesen flotando alrededor de ella¾, ¿qué buscabas lograr?

¾Nada ¾dijo Fabiana Lugano¾. Escribí una historia.

¾¿Tenés el libro? ¾pregunté.

¾Sí.

Lo sacó del morral y me lo dio. La portada estaba cubierta de una especie de brillantina rosada, y en el medio tenía un corazón blanco sobre el cual se leía Natalia en letra cursiva. En el extremo inferior derecho se leía “Fabiana Lugano”.

¾Es genial ¾dijo Rubén, que estaba al lado mío¾. Es re-kitsch.

Le pregunté cuántos había impreso y me dijo que nueve, y que no nos podía dejar ninguno porque ése era el único ejemplar que le quedaba. Después nos preguntó de dónde éramos: le dijimos que de Lomas de Zamora, Villa Ballester, Quilmes, Florencio Varela, Junín, San Nicolás, Maipú pero vivo en Mar del Plata, aclaró Marcos, que todavía no había dicho nada, al menos en este cuento.

¾De todas partes ¾dijo Fabiana Lugano. Y sonrió con una sonrisa que de tan inocente era impúdica, prostibularia.

Yo había notado que cuando Rubén dijo kitsch ella no entendió bien. Dije:

¾Tiene una estética medio de telenovela, ¿no?

¾Sí ¾pareció entusiasmada¾, yo digo que es una telenovela escrita. Yo no leo casi, yo pinto, y bueno, miro televisión. Las telenovelas me gustan. Un día dije voy a escribir una. Y la escribí, pero esa primera que escribí no me gusta tanto.

¾¿Puede ser ¾dijo Cecilia¾ que se llame algo de la casa o algo así?

¾El ama de casa.

¾¿De qué se trata? ¾preguntó Rubén.

¾De una mujer que se cansa de ser ama de casa y se va y tiene aventuras con hombres por ahí.

¾¿Y por qué ésta te gusta más?

¾No sé. Me parece que es más linda.

¾Yo te quiero hacer una pregunta ¾habló Marcos¾. No es por chusma…

¾¡No! ¾dijo Cecilia, que abrió los ojos como farolas.

¾Sí ¾dijo Fabiana Lugano.

¾¿Es autobiográfica?

¾Sí ¾reafirmó la autora, para dejar en claro que el sí anterior era la anticipada respuesta a esta pregunta.

¾No podés preguntar eso ¾dijo Cecilia.

Todos nos reímos. Fabiana Lugano también; dijo:

¾Obvio que una agrega cosas, pero…

¾Siempre lo hacemos ¾dije yo.

Cecilia siguió enojada:

¾Eso no se pregunta…

¾Bueno, en realidad ¾agregué¾ todo lo que escribimos es de alguna manera autobiográfico. Siempre nos estamos basando en algo que vivimos, o que leímos, o que nos contaron, pero eso no deja de ser la propia vida. No podemos escribir de otra cosa que de nosotros mismos.

Recordé aquello que solía repetirnos Martín Malharro en sus clases en la Facultad: primo vívere, doppo parlare. Pero no lo dije. En ese momento Fabiana Lugano me miró y me dijo que sí con la cabeza, y por primera vez me pareció que enfocaba los ojos en algo, en alguien. Creo que tenía los labios húmedos.

Después se levantó de repente y dijo bueno chau chicos y salió de Citizen Kane como quien hace mutis por el foro, vaya uno a saber hacia dónde. Desde ese momento tengo la oscura sensación de que el universo no consta más que de unas inconmensurables bambalinas.

Es la primera vez que alcanzo a escribir hasta esta altura del relato, las veces anteriores me había extraviado antes, me hallaba con el camino bloqueado por un alto muro y sin poder retornar, o navegando en el brazo de un brazo de un brazo del río de la historia, preguntándome cómo había llegado hasta allí si lo que yo en realidad quería era escribir sobre Fabiana Lugano. Y ahora, llegado a este punto, ahora que el cuento se termina me pregunto si en verdad he dicho algo de ella, si en realidad no me he ido en estas páginas en vanos intentos de una descripción imposible, y me respondo que sí, que he caído en la trampa una vez más. Que si se pudiera encerrar a Fabiana Lugano en un cuento ella no sería Fabiana Lugano, que su verdadera, su única novela cortita es su propia vida y que Platón tenía razón, que detrás del maquillaje y las mugrientas serpientes de su cabeza y su boca y sus ojos míticos capaces de poner la carne dura como la piedra, detrás de esa máscara, no hay más que otra máscara. ¿Por dónde andará a estas horas Fabiana Lugano?

Ya había anochecido cuando salimos de Citizen Kane y seguimos construyendo nuestra identidad por las calles de Mar del Plata.

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