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García Núñez, Luis Fernando (Luisa Ezquerro)

Yo no soy Marta



Acabo de pedirle a Gonzalo que me ponga “A mercé de una saudade”, el disco de Camané que se trajo de Oporto en octubre. El sonso se ha reído pero ha tragado, convencido de que -de otra forma- podían darnos las uvas si yo me enfurruñaba y me negaba a hacerle caso en los cuatro planos que nos restan para terminar el trabajo de la casa de medias. Odio estas campañas de ropa interior, todo el día desnuda y sin poder desprenderme completamente de ese sentido del ridículo que, a pesar de mis seis años posando en las condiciones más singulares, sigue recorriéndome la espalda en cuanto en el estudio hay alguien más que Gonzalo, su Nikon y yo.

De todos modos, lo reconozco, no es mi día. Venía tan tranquila por los jardines de la Plaza de España (me gusta atravesarla por el centro, a la sombra de Cervantes y de su Sancho y su Quijote, estas tardes de frío y llovizna fina, con la boina bien calada y las solapas de la gabardina hasta las orejas), cuando, al subir la escalinata frente al Edificio de España, me he topado con mi propia mirada sobre la marquesina de la parada del autobús: la sonrisa carnosa, el catavinos junto a la mejilla, los ojos mirando con desafío... mirándolo a él, mirando a Tonho, aunque nadie, salvo quizás él mismo -y, claro, Gonzalo-, pueda imaginarlo.

Tonho Gamboa. Tonho Gamboa Robina. Así nos lo presentó el director de las Bodegas do Barrio, en la avenida Diogo Leite, a orillas de un Duero que se desparramaba ya olisqueando el océano tan cercano. A la sombra del gran puente de Don Luis I, con su estilo eiffeliano y sus dos vías de tránsito a diferente altura, como el emblema de una modernidad antigua, de ingeniería casi legendaria.

Tonho Gamboa... El señor Sousa nos dio una explicación vaga en su particular hispano-portugués: Gamboa era una especie de relaciones públicas, hombre para todo de la Asociación de Productores de las Caves do Vinho do Porto. Aquel hombretón de más de 1,80, que debía pasar de los noventa kilos, de mirada cálida y acuosa, el ancho bigote disimulando apenas su permanente sonrisa -un tic que le reconciliaba a él y a cuantos le rodearan con el mundo-, extendió su mano como quien abre una puerta de par en par, cediéndote el paso. Rebosaba ese aspecto de los que parecen siempre estar a punto de cumplir 40 años, sin atravesar nunca la frontera, y que yo he asociado desde niña con mi padre, con los paseos sobre sus hombros todopoderosos, con la energía de una autoridad investida no se sabe por qué extraño espíritu. Vestía en tonos oscuros -como lo hizo durante toda aquella semana-, con pantalón gris, polo negro y una chaqueta de tejido baboso, como una segunda piel de color indefinible.

Gamboa era la persona encargada de ocuparse de nosotros, de entretenernos los dos o tres días que -“el tiempo mejorará antes, sin duda”- Sousa esperaba habría que demorarse para iniciar las series fotográficas de exterior en los campos de Vila Real. Entre tanto, nuestro anfitrión ponía a su empleado a nuestro entero servicio para conocer la ciudad y sus alrededores, para acompañarnos en nuestras compras: para cuanto necesitáramos.

Gonzalo lo tuvo claro desde el principio. Él no necesitaba a Tonho para nada. Le bastaba un automóvil para ir a los viñedos y estudiar las localizaciones en las que trabajar en cuanto el tiempo mejorase un poco y aquel incómodo txiri-miri que no cesaba diese paso al luminoso sol del Atlántico. De modo que salí sola con Gamboa, amparados ambos en su amplio paraguas negro, y yo, además, en ese gesto que de inmediato percibí en él: la sensación de ser intensamente abrazada sólo con que enarcara su hombro junto al mío, como si despidiera un calor suave, tenue, provocador.

En taxi atravesamos el puente y fuimos hasta el parque del Palacio de Cristal. Era la primera hora de la tarde y Tonho quería mostrarme el Museo Romántico de la ciudad, pero cuando llegamos estaba cerrado. En realidad -pude comprobarlo-, el museo parecía estar cerrado siempre. La languidez de los arbotantes de su fachada hacía pensar que aquella mansión había quedado suspendida en el tiempo, como un fantasma de piedra gris inaccesible. Paseamos por los jardines amurallados sobre una alfombra de hojarasca que despertaba del letargo otoñal a los sorprendidos componentes de un mini zoológico bastante excéntrico. Y continuamos hasta las balconadas sobre el Duero. Había dejado de llover y un tímido sol vespertino asomaba en dirección a la desembocadura del río que corría suavemente abajo, con el bamboleo del oleaje vecino salando ya sus aguas y tostado por la luz que se abría paso entre las nubes.

- Ves, es el Douro, el río de oro -me explicó, extendiendo su mano hacia los destellos que levantaban los rayos pálidos y sólo levemente inclinados sobre el cauce.

Me sorprendió su explicación, pero junto a aquel hombre era evidente que estaba permanentemente expuesta a sorprenderme, y a dudar de mi seguridad en mí misma. Y eso me disgustaba tanto como me atraía, me agitaba; a mí que llevaba años cultivando la firmeza como el bien más preciado de la existencia.

Descendimos una rúa empinada hasta desembocar en el barrio de Miragaia, entre callejones de apenas un par de metros de ancho, escalinatas, recovecos y los primeros azulejos manuelinos... Los azulejos que salpican con sus reflejos toda la ciudad, protegiendo los edificios de la humedad atlántica y dando a Oporto esa continua refracción de azules y violetas. La Alfândega, la antigua aduana portuaria, había sido restaurada para acoger una rimbombante cumbre de políticos iberoamericanos, que ya anunciaban los abundantes controles policiales. Llegamos a las tabernas de La Ribeira justo al comenzar a encenderse, tímidas, las primeras bombillas en las esquinas.

Me sentía transportada en aquel ambiente de puerto ajado y calles escarpadas. Hacía fresco y tuve esa curiosa conciencia de desear que ocurra algo que reconozco en mí, siempre, cuando la excitación llama a mi puerta. Al salir de uno de los tugurios donde Tonho me había explicado las diferentes clases y categorías del Porto, un vino del que yo desconocía todo menos el nombre, intuí que iba a cogerse de mi brazo, o incluso a agarrarme por la cintura. Pero no lo hizo. A aquella infundada premonición siguió una decepción fría que me hizo sentirme cada vez más estúpida. Aquel tipo estaba comportándose exquisitamente -era simpático, se preocupaba por hacerme entender cuanto íbamos visitando...- y yo me ponía nerviosa porque no daba un paso que, de producirse, me llevaría, seguro, a hacerme la indignada y estropear aquella tarde tan hermosa. ¡Creo que no me había sentido así de imbécil desde los 17 años!

Nos encaminamos hacia la catedral por una subida prolongada y recta, como un cortafuegos de alta montaña. Los pies también comenzaban a flojearme.

- Lo siento, pero no puedo caminar trechos tan largos por estas cuestas. Este ejercicio desarrolla los gemelos, y resulta muy antiestético -me disculpé.

Tonho no pudo evitar que la media sonrisa se trocara en una carcajada contenida.

- ¡Oh, pobre Martinha! Claro. Disculpa que no me diera cuenta antes. Tomaremos un taxi, pero es que Oporto, como dijo el poeta sobre todas las bellas ciudades, es un libro que hay que leer con los pies...

Me sentí, de golpe, definitivamente ridícula:

- No me llamo Marta -le corregí.

- Ya, ya, perdona. No lo puedo evitar, es un nombre que me encanta y me parece que a ti te cuadra… según dicen ustedes, los españoles: como anillo al dedo.

Definitivamente enojada, no correspondí a ninguno de sus comentarios, ni a las explicaciones que desde el taxi fue dándome de la ciudad: la catedral, el palacio de la Bolsa, las iglesias azulejeadas, la estación de San Bento... De pronto, mandó parar el coche y me invitó a bajar. Me tomó de la mano para apremiarme y mi supuesto enfado se diluyó en una sensación de ridículo azorado pero, ahora, obediente.

- Quiero que te asomes a la baranda del mercado antes de que terminen de cerrarlo.

Corrí con él y llegamos en el momento en que el guarda juntaba los portones, pero Tonho le convenció para que nos dejara echar un rápido vistazo. El Mercado do Bolhao es un enorme patio con galerías en dos alturas de sabor neoclásico, pero los puestos se agolpan unos contra otros al estilo de los zocos árabes. Como si una legión de bereberes hubiera desembarcado inopinadamente en la ciudad e impuesto su ancestral cultura comercial entre aquellas paredes. Muchos vendedores recogían todavía la mercancía y bajaban los cierres de las bancadas. Olía a especias y a café. Se respiraba un inconfundible aroma de vida. Y a él le brillaban los ojos escudriñando un ambiente ante el que su rostro respondía recuperando el sabor perdido en la memoria de un niño lejano; en aquel momento hubiera jurado que Tonho creció correteando por aquel mercado, o por otro -cuyo exotismo evocaba- de latitudes luminosas, trasatlánticas. 

- Bueno, a ver si consigo cambiar ese gesto de enfado -me dijo y, ahora sí, me tomó del brazo desde su planta imponente, como la de los piratas atrevidos de las películas de mi infancia; desde sus rasgos profundos y su oscura mirada de navegante portugués-. Te invito a tomar algo en el café más bonito de Porto. ¡Pagan los bodegueros!

El “Magestic” no es simplemente bello, elegante, barrocamente recargado. En su interior se respira algo especial, “majestuoso”. Tonho me narró, mientras removía en la fina porcelana, con la cucharilla de plata, su té de las Azores, la historia y la leyenda que rodean al local. Allí se habrían fraguado históricas conspiraciones, reuniones de bribones de cuello blanco y otros cónclaves de diverso pelaje durante los dos últimos siglos. Por sus salones corrió el champán en madrugadas de algaradas revolucionarias, pero sus bodegas habrían servido, años antes, de privilegiado escondrijo a nobles y conspiradores en días de ruido de sables. Luego me llevó hasta el fondo para mostrarme un hermoso y recoleto jardín trasero:

- El primer día que recuperemos el sol, y tu arisco fotógrafo lo permita, te invitaré aquí al aperitivo. Preparan el mejor Martini con aceitunas del mundo -dijo, y me guiñó un ojo, no sabría decir muy bien a mitad de qué momento de la frase.

Salimos a Santa Catarina, una calle peatonal, repleta de comercios y, con las manos en los bolsillos, los hombros inclinados hacia delante, como queriendo mirarse las punteras de los zapatos, me pareció, por primera vez en todo el día, triste:

- Están matando la ciudad, Martinha -y yo ya no repliqué-. Esta misma calle, el barrio entero, los tranvías que van arrinconando como a viejos chochos en sus asilos, los edificios más bellos abandonados a la desidia para levantar nuevas construcciones... Por todo eso, creo, estoy encantado de trabajar en las bodegas; el Porto es lo único auténtico que nos va quedando.

Me contagió la tristeza y me negué a aceptar una invitación a cenar que ambos sabíamos forzada.

- Pero mañana, en taxi en honor a sus gemelos, señorita, haremos el “circuito dos azulejos”. Rezaré para que se mantengan las nubes en su sitio y los puedas ver brillar como estrellas marinas.

Me despidió en la puerta del hotel y estuvo -estoy segura- al filo de buscar con sus labios mi mejilla, pero se contuvo y tendió la mano: era caliente y fuerte, te envolvía. Puse la mía sobre su solapa y fui yo quien le besé en la cara, un rostro húmedo de mar, de sal depositada en la piel por generaciones y generaciones de navegantes, de pescadores de atún con redes de deriva, de vagabundos del océano.

- Buenas noches, Tonho, gracias por todo.

- Hasta mañana Martinha, y no te me duermas.

Pero el día siguiente amaneció despejado, con un cielo limpio, del que el poniente había borrado las nubes como de un papirotazo. Gonzalo me despertó golpeando la puerta con decisión, pero a intervalos cortos, para asegurarse de que no me encorajinaba ya antes de desayunar. Tomamos juntos un buffet abundante, se levantó dos veces a servirme café y cargó mi bolsa hasta el automóvil que le habían prestado, un precioso Audi metalizado que le hacía sentirse -dijo- como un millonario de vacaciones. Esperó a ponerlo en marcha e hizo un par de comentarios intrascendentes sobre la densidad de casas de comidas por kilómertro cuadrado de la ciudad, y la circunstancia de que todos los taxis fueran Mercedes de primera categoría. Pero se iba conteniendo la pregunta que pugnaba por salirle de los labios, y yo lo sabía, como él sabía que yo lo sabía.

- Bueno, ¿qué tal ayer con mazinger Porto? -balbuceó por fin, consciente, él mismo, de la escasa gracia de su ocurrencia.

- Muy bien, Gonzalito... Pero, antes de que continúes: ¿no has conseguido matar el hambre con el desayuno? Porque puedo llevarte a una zona del río, que ayer me enseñó precisamente míster mazinger, donde puedes competir con las gaviotas para atiforrarte de carroña. Cualquier cosa menos que me des el día, ¿OK? -Y le tiré un pellizco de la cara sólo a medias cariñoso.

Como de costumbre, Gonzalo enmascaró su vergüenza en un gesto de introspección interesante; ése que se le apodera en cuanto algún elemento del universo mundo no le baila el agua al son que a él le place. Pero, también como esperaba, el enfurruñamiento le duró tan sólo hasta comenzar la sesión fotográfica. Ni siquiera la compañía de Tonho, que se nos unió en las bodegas, le distrajo. Hicimos dos series completas a lo largo de más de tres horas, hasta que -a mediodía- el cielo volvió a cubrirse; primero con unas nubes blancas, como vaporosas bolas de algodón, y al poco, de un tono gris oscuro que parecía jugar con la camisa de un Tonho silencioso y discreto, que seguía a distancia nuestros movimientos.

Sólo en un breve aparte, mientras descansábamos de una de las tomas, se acercó a mi lado y susurró:

- Este ajetreo entre las viñas no puede ser bueno para tus gemelos, Martinha.

Estaba claro que me tenía ganada. No suelen hacerme gracia las ironías que me tienen a mí misma por destinataria, menos aún mientras trabajo, y sin embargo no pude evitar reírme.

- Vas a continuar llamándome Marta toda la vida... -lo dije sin pensarlo, como una frase hecha, pero a Tonho no podían ofrecérsele flancos al descubierto de forma impune.

- Me encantaría -contestó como una flecha-, desearía hacerlo cada mañana, cada tarde, cada noche: sí, toda la vida.

Por suerte, las nubes acudieron a rescatarme y la sesión que vino a continuación era una serie de planos largos. Pero el propio Gonzalo me notó azorada.

- ¡Relájate, suelta los hombros! -me gritaba-. Estás saboreando un vino, no esperando ansiosa la llegada del tren. A ver, mira a tu fotógrafo preferido: una sonrisita para la prensa. ¡Qué cosa más rica de vino!

Lo dejamos. La luz ya no era la adecuada ni yo estaba al cien por cien. Pero Gonzalito se mostraba contemporizador tras el rifi-rafe de la mañana:

- Está bien, está muy bien... La serie de primeros planos es perfecta. Cruzaremos los dedos para que mañana vuelva a salir el sol -y me besó los morritos, como suele hacer cuando está contento con mi trabajo. ¡A veces siento que me tratara como a su mascota, o su niña predilecta! Aunque tampoco quiero exagerar: sé que, a su manera, me quiere un montón. Todo lo que su pasión por los objetivos le permite amar a algo o a alguien que no tenga por corazón una película fotográfica.

La tercera jornada de trabajo, a media mañana, vi incorporarse a Gonzalo despaciosamente tras repetir cuatro veces una misma toma. Se estiró, sujetándose con ambas manos los riñones, miró al cielo -ese día, límpido, luminoso- y supe que habíamos terminado. Pero me estuve quieta en mi posición, sin inmutarme, hasta que él se desperezó, me sonrió y me hizo la señal de “positivo” con el pulgar de la mano izquierda, mientras la derecha se apresuraba a poner una tapa sobre el objetivo.

- ¡Buen trabajo, princesa! -su frase favorita-. Ya me relamo pensando en las cañitas que voy a tomarme mañana en “La Dolores”. Estoy harto de vino de Oporto, de humedad, de mar, de barquitas... ¡Manzanares, mon amour!

Tonho se apresuró a convocarnos a cenar con Sousa y la plana mayor de la asociación. A mediodía, él mismo nos invitaba a almorzar langosta en algún chiringuito de Matosinhos. Gonzalo se excusó, por una vez educadamente: tenía que ir sin falta al laboratorio para comprobar el resultado de la película. Postergaba la cita hasta la tarde.

- Te acepto un Porto, de esos en los que sé que eres todo un experto, antes de la cena. ¿A las siete y media en el hotel? -lo dijo y se giró, sin esperar respuesta ni preguntarme qué hacía yo, si me quedaba con Tonho o me marchaba con él... De nuevo, arropada con una cazadora sobre el vestido escotado, sin mangas, extemporáneo en aquel lugar y con aquella temperatura, sentí una profunda irritación hacia aquel inseparable compañero de fatigas.

Me acerqué al coche, cogí mi bolsa y me calcé unas mallas sin quitarme el vestido. Luego, aún acalorada por la rabia, me lo saqué por la cabeza y me puse un jersey y unos mocasines. Tiré todo el disfraz de trabajo en el asiento trasero, recogí mi bolso y la cazadora y me dirigí hacia el automóvil de Tonho, que asistía atónito a nuestra escena, como si se tratara una representación teatral. Gonzalo, entre tanto, trasegaba cámaras y trípodes al maletero. No me volví siquiera cuando le dije “adiós”.

- ¡Hasta la tarde! -le gritó Tonho mientras yo montaba en su coche y entonces pude ver, con el rabillo del ojo, que él dejaba por un momento sus artilugios para despedirnos con la mano, como si no hubiera sido en absoluto consciente de toda mi escenita, a apenas un par de metros de donde él se hallaba.

- Me encanta veros pelear. Parecéis novios -se burló Tonho ante mi gesto enrabietado.

- Es un grosero, de verdad. ¡No creo que cueste tanto quitarse la careta del malhumor permanente y hacer un poco más fácil la vida; la de uno mismo y la de los demás!

Recorrimos en silencio buena parte del trayecto.

- ¿Quieres ir al hotel para cambiarte? -me preguntó al cabo de un rato.

- No -contesté-. Llévame a ver el  mar, estoy cómoda así.

- De acuerdo, pero antes déjame invitarte a ese Martini que tenemos pendiente en el “Magestic”.

El ambiente y la luz del jardín eran, efectivamente, a aquella hora deliciosos. Me encanta tomar el aperitivo en mesas con mantel de hilo. Debe de ser una reminiscencia de mi conciencia de niña de familia humilde que ha “llegado a la fama” (casi) y cree haberlo conseguido por méritos propios. “En consecuencia -supongo que razona mi subconsciente-, no hay mantel demasiado bueno para mí”.

Pero estaba agotada. Me acomodé en la silla almohadillada, tomé un trago largo de aquella ginebra seca pero intensamente olorosa, apenas aliñada de vermouth, eché la cabeza atrás y suspiré. Tonho me miraba con su sonrisa acogedora, invitándome a dejar fluir las cosas, a vaciar mi cabecita, tan ocupada, al menos por unos minutos... Le tomé la mano, tirando de él hacia mí, le acaricié suavemente la mejilla, el contorno de la oreja y el nacimiento del pelo y atraje sus labios hasta los míos. ¡Dios, no recuerdo haber sentido tanta humedad de golpe en toda mi vida! Húmeda mi boca al contacto con su lengua dulce, fresca. Húmeda mi frente que se perló de inmediato con un sudor frío. Húmedo -y tembloroso- mi cuerpo entero, por fuera y por dentro, como no recordaba haberlo sentido jamás...

Tonho prometió hacer una escapada a Madrid lo antes posible. Pero han pasado ya cuatro meses largos. Al principio nos llamamos varias veces; sobre todo llamé yo. Y nos decíamos tontas lindezas evocando esa tarde en la habitación del hotel, la penumbra en la que, por primera y única vez, nuestros cuerpos se conocieron por completo, cómo nos dormimos y faltamos a la cita con Gonzalo -y la absurda crispación que le sobrevino- o las miradas de felicidad angustiada que nos cruzamos esa noche, uno a cada lado de la mesa, en el restaurante del Gran Casino. Sí, al principio nos telefoneamos con frecuencia, aunque nunca me atreví a preguntarle por qué aquella noche, tras la cena, no quiso quedarse a dormir conmigo. La conversación, de todos modos, me llenaba de una alegría especial: el recuerdo de su aroma, de sus espaldas fuertes y a la vez tiernas provocaba en mí un extraño efecto, jugoso y fresco.

La última llamada fue por Navidad; una vez más era yo quien telefoneaba y, al otro lado del auricular, en segundo plano, pude distinguir la risa de una mujer en medio de alguna conversación indescifrable, que me hizo sentir un celo completamente paranoico. Juraría que alguien le estaba llamado Martinha a aquella extraña sin rostro, pero seguramente era imposible que yo pudiera distinguir un nombre en mitad de una conversación en portugués que escucho como telón de fondo de una llamada telefónica... ¿Imposible? No lo sé. Sólo recuerdo que, de pronto, frené en seco la cariñosa felicitación de Tonho.

- Lo siento -le dije-, yo no soy Marta-. Y colgué.

No hemos vuelto a saber uno del otro.

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