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Peña Parra, Mima (Dominga)

Aceitunas...como sus ojos



Aceitunas... como sus ojos                                                                                                                                Por: Dominga (seudónimo)     Se vieron en Nueva Orleáns bajo los sopores calientes de un  domingo de Agosto. El se llamaba David Ellstein y sudaba a borbotones. El mas ligero aumento en la temperatura siempre lo hacía sudar, y ese día el agua tibia que emanaba de entre sus poros no había dejado de correr. La mujer era Dolores Castro y se acaloraba en seco, el calor la prendía por dentro hasta moretearla, pero nunca se le mojaba la piel. Su madre atribuía esa peculiaridad al hecho de que había sido concebida en Agua Bendita, México, donde el agua era bendita no por sagrada sino por escasa y que la niña había llegado al mundo adiestrada en no malgastar ni  gota de agua.      Aquella tarde David y Dolores coincidieron en un parque amarillo de lo marchito pero afamado por los helados que un belga de cara rosada, y sus hijos aún más colorados, vendían por entre las ventanas de una camioneta que estacionaban frente a los columpios oxidados.      Mientras David esperaba tras ella su turno para pagar, notó que los rizos marrones de Dolores bailaban como resortes sobre sus hombros descubiertos. Cautivado, su pescuezo pegajoso se desdobló hacia delante, como el de una tortuga, hasta casi tocar a Dolores. Tuvo que hacer un esfuerzo por detenerse y no lanzarle un lambetazo a uno de los bellos hombros color miel, como el que en su lugar tuvo que meterle al helado de caramelo que se derretía en su mano.      Arrastrando una descolorida silla de plástico con una mano y balanceando un vaso de helado verde en la otra, Dolores ensayó varias ubicaciones hasta que logró refugiarse bajo la estrecha sombra de un sauce.  Los párpados de David la seguían disimuladamente desde otra silla enclenque que casi no lo aguantaba. Se le pareció a la joven reina de un país árabe que había visto hacía unas noches en un programa de televisión. Jordania, ¿será de Jordania? no sé, de pronto es de Guatemala. Siempre le había llamado la atención el nombre de ese país y su gentilicio. Guatemalteca, mi novia es guatemalteca. ¿Estará sola? Registró el parque repleto de jóvenes universitarios, cualquiera podría ser su novio. Guatemalteca, mi novia es guatemalteca, repitió mentalmente. La siguió observando y notó algo en sus ojos que le hizo pensar en aceitunas. ¡Española! de Sevilla, ¡olé! o ¿guatemalteca?  Imaginó que caminaba hacia ella. Le hablaré sobre este calor tan desgraciado, tal vez me invite a compartir su sombra, parece generosa. Si, comentaremos sobre esta maldita humedad, y luego nos contaremos nuestras vidas, hablaremos hasta el anochecer. Me pedirá que la acompañe a su casa, querrá que me quede con ella, pero hoy solo la besaré; le besaré los hombros. Nos veremos mañana en el Café Du Monde; allí, con azúcar en sus labios me convidará a la casa de verano de sus padres en Marbella - tenemos una semana antes de que empiece el semestre-. Nadaremos en el agua transparente de una piscina de mosaicos azules, comeremos calamares y aceitunas... como sus ojos. Tendremos lentas y generosas jornadas de sexo y me suplicará, una y otra vez por que le muerda los hombros.      Unos hilos de agua corriendo por su patilla lo trajeron devuelta al parque. Se secó la frente con una bola de servilletas, mientras ajustaba su mirada cada vez menos discreta. Dios mío, que sea latina, imploró apretando la mandíbula.      Dolores había llegado hacía apenas unos días a la ciudad. Era la tercera vez en sus dieciocho años que salía de Zacualtipán y la primera que sentía un calor tan endemoniado. En inglés solo sabía decir las frases que una de sus tías le había enseñado durante la fiesta de despedida que el alcalde había organizado en su honor por haber ganado el concurso juvenil de pintura del Estado de Hidalgo. Ahora, sentada en un parque infernal, el calor se colaba por su piel espesándole la sangre. Mientras sorbía un granizado de limón –lo único que había podido descifrar y señalar de la lista del belga- notaba que sus manos y sus muñecas, se hinchaban con cada chupetón. Se empezó a sentir como la bolsa de agua caliente que su abuela Felicia llenaba en las noches lluviosas y le dieron ganas de llorar.      Después de la misa de doce, la familia y los amigos de Dolores habían caminado hasta el kiosco del pueblo y se habían acomodado en butacas de madera. Al discurso del alcalde le habían seguido las palabras orgullosas de Don Miguel, el padre de Dolores. Luego había habido abrazos de despedida y muchas lágrimas, de emoción, algunas, pero de envidia casi todas. Hugo, el hermano mayor de Dolores disparó al cielo y con eso comenzó la fiesta. El primo Fidel ayudó a repartir cervezas y a colgar la piñata con cara de diablo. Sobre la parrilla cubierta con tortillas se cocía también la barbacoa, y en tres ollas inmensas, prestadas por las monjas, hervían carnitas en su jugo, elotes, y rajas con cebollas. Fue tras las ollas humeantes que apreció Hortensia, la tía soltera de Dolores, experta en culinaria a falta de admiradores. Estaba envuelta en una capa vaporosa que meneaba con habilidad para que sus movimientos, dejaran entrever su ajustado vestido de encajes. Con la parsimonia de quien pasa el secreto de la eterna juventud, le enseñó a Dolores las frases que le salvarían la virtud y la castidad en los Estados Unidos; “Ai dont du drogs, Ai dont foc, Ai uil gou bak tu Mexico in six mons, ten cuidado con six que se pronuncia parecido a sex y tu no quieres nada de eso. Es importante que aprendas a decir esto, los gringos son unos cochinos. Por último...” dijo mientras verificaba el contenido vaporoso de las ollas, “si has de besar a alguien; no vayas a abrir la boca”.      Congestionado por el calor, David continuaba secándose las emanaciones de sudor con la plasta de servilletas, una manía que había adquirido de niño durante sus estadías en el campo de verano donde sus padres lo plantaban por meses. Al pequeño David, le producía tanta angustia ver a esos niños ágiles y avispados, que desde el desayuno tomaba un fardo de servilletas de la cafetería, lo guardaba en su bolsillo y  lo usaba reiteradamente para enjugarse los chorros de sudor que expedía mientras intentaba, sin éxito, todas las actividades sociales y deportivas del día.     Su adolescencia se apiadó por un momento efímero y una asombrosa habilidad para bailar floreció en David; sin duda tenía la sangre cubana de sus padres. Complacidos con la revelación, Samuel y Esther Ellstein organizaron una pomposa fiesta en la casa de Miami. Durante los días anteriores al festejo, David estuvo inusualmente parlanchín, participando en todos los preparativos y sugiriendo ideas para el menú. Sin embargo, con la primera pieza de la orquesta, los gordos rosados y blandengues de David se desdoblaron sudorosos por entre sus ropas, rociando  en cada vuelta el piso de parqué  y causando miradas de consternación  e inclusive de temor en los invitados. Por eso, sólo el espejo de su habitación y las hermanas de su padre, eran los únicos que daban verdadera fe de sus habilidades de danzarín.      Desde que había llegado a Nueva Orleáns se había propuesto liberarse de su desdichado pasado. Estaba estudiando  relaciones internacionales en Tulane y luego deseaba conseguir un trabajo en un lugar donde se hablara español - el idioma de sus abuelos – y que fuera bien lejos de La Florida. En las solitarias noches de estudio siempre se despabilaba imaginando que vivía con una esposa  latina de cabellos acaramelados con quien bailaba hasta el amanecer. En el sueño, comían sopa de bolas de matzo y kugel de manzana, preparados por la bella esposa; pero esa tarde sofocante, David tranzó el judaísmo por los hombros tersos de Dolores, por los que colgaba una cadena con una cruz de plata. La bella joven de los ojos como aceitunas parecía ideal.      Dolores no se había percatado de la presencia de David, ni siquiera había sentido el pesado vaho contra su cuello mientras hacía fila para pagar por su helado. La humedad de la ciudad la tenía turulata desde su llegada, hacía tres días.      La mujer encargada del programa de becados internacionales la había recibido en el aeropuerto con un cartel que decía Dalores Castrou. Rumbo a las residencias de estudiantes, la señora Brown la había emborrachado, en un castellano pobre y nasal, con una introducción al curso, a la ciudad y a la vida. Con los ojos abiertos, Dolores había fingido asimilar las palabras de la mujer, mientras realmente le examinaba las verrugas carnosas que le brotaban alrededor de los ojos, y se preguntaba si alguna vez habrían sido pequeños lunarcitos que habían ido creciendo con el tiempo o si habría nacido con ellas. Un olor agudo y dulzarrón que provenía de algún lugar dentro del carro tampoco la dejaba concentrar en el parlamento de Mis Brown. Muchas veces más olería ese perfumillo; agua sucia con sándalo y lo identificaría por siempre con sus días en Nueva Orleáns. Se convenció de que las verrugas habían ido abultándose y oscureciendo con el pasar del tiempo y que no se las había quitado por falta de vanidad al igual que el leve bigote que le escurría sobre las comisuras de los labios. Compadeció al señor Brown, si es que había uno. Con las llaves de su nueva habitación se bajó del auto, se despidió y comentó:   - Hasta Luego, supongo que el señor Brown la estará esperando.   - Si - respondió la señora.   Increíble,  pensó Dolores.      Sola en el pequeño cuarto que también olía como el carro de Mis Brown, Dolores había conocido el abandono silencioso que guarda a los recién llegados. Había llorado sin lágrimas - como siempre - pero hasta gemir, algo que no le había sucedido antes, y se había prometido regresar a su tierra tan pronto pudiera. Acostada sobre un colchón tieso y húmedo, pensó en  Fidel, y como acto reflejo pellizcó la almohada. El mero pensamiento en su primo le producía vergüenza entre las tripas. Se habían besado hacía meses, un beso insulso y con los ojos abiertos luego del cual, Fidel había desaparecido.      Su aliciente para pasar esa noche eterna, habían sido la tía Hortensia y Fidel. Tan pronto como besara a un gringo con la boca abierta, volvería a México. Sin apagar el bombillo que colgaba de la mitad del cuarto, finalmente se durmió y soñó con un pequeño señor Brown besando la cara verrugosa de su mujer.      Bajo el sol esplendente, David continuaba inmóvil en la silla ya con la certeza, de que no había novio ni pretendiente a la vista. Tuvo la sensación de que algo crucial iba a suceder, auguró inclusive que tendría que convertirse a otra religión, y sintió la anticipación del momento como una punzada en el estómago. Deseó poder exprimirse como una esponja antes de la ocurrencia de tan célebre encuentro pero tuvo la certeza de que sudado o no, su destino ya había sido resuelto y caminó hacia ella.      Sentada, Dolores parecía estar floreciendo; sus ojos rozagantes rotaron lentamente hacia arriba y observaron al sancochado David. El sofoco derritió el tiempo como a los helados melcochudos del belga, y evaporó cualquier rezago de cobardía en David o de aprensión en Dolores. Solo hubo espacio para mirarse. Se miraron y se siguieron mirando. Se miraron más.  Alguna nube debió pasar  y entonces el tiempo recobró temporalmente su presencia.   -Hot day, ¿ah?       -¿Qué dice?   -... Hot and humid,¿no?   -I don spec inglis.      Las plegarias de David habían sido contestadas; no era norteamericana y efectivamente los ojos eran del color y la forma de las aceitunas, sin embargo, reconoció que de cerca parecían más maduras de lo que había advertido desde su silla.  Apresado por la ilusión, acercó a tropezones una silla, se apoltronó al lado de Dolores, y emprendió una serie de preguntas acompañadas por abundantes secreciones sudoríparas. Dolores contestaba lacónica mientras escrutaba al desagradable hombre mojado. Le parecieron repugnantes las manos achatadas con las que arrugaba unas servilletas sucias que pasaba sobre sus sienes tan grasientas que brillaban. Tampoco le gustó la manera casi malévola como sonrió, al enterarse de que ella era mexicana y que le gustaba bailar. Si hubiera hecho menos calor se hubiera marchado, pero ante el sofoco prefirió soportar la mirada del tal David clavada sobre sus hombros, antes que abandonar su sombra.     Pasaron minutos que se volvieron horas entre un bochorno pesado que hinchaba sin misericordia a Dolores y mojaba copiosamente a David. Amodorrada bajo el calor y las palabras de David, Dolores hizo un lento pero preciso enlace de ideas y recordó los consejos de su tía; fue entonces cuando afinó su mirada y enfocó a David con otros ojos.      Radiante con las perspectivas de su futuro, David no paraba de hablar. Estaba casi nadando entre aguas diáfanas en algún lugar de México, cuando por unos instantes volvió su mirada sobre las manos de Dolores, luego reparó en su cuello y con sobresalto detalló toda su cara; las facciones de la mujer de sus sueños se habían soplado. Entonces su mente empezó a cabalgar a miles de ideas por minuto. Fotografías de su matrimonio en una impotente catedral mexicana, fueron interrumpidas con posibles explicaciones por el inflamiento de Dolores, hasta que una imagen suya, asfixiado por dos enormes copos acaramelados: los hombros de Dolores, nublaron por completo su visión.      Seguramente fue por rebeldía contra la tía Hortensia o tal vez un arrebato producido por el calor tan brutal o simplemente para detener la profusión de palabras que salían de la boca de David, sea lo que fuere, a Dolores le provocó besarlo. Lo besaría con la boca abierta, saldría de ese horno maldito y se devolvería a Zacualtipán, a contarle a Fidel, a Hortensia y a todos.      Decidida, giró su recién engrosado torso hacia David. Apoyó sus nuevos codos rollizos sobre los brazos de la silla y con la cara morada y por primera vez repleta de diminutas gotas de agua, se acercó al hombre. Sus ojos como aceitunas fermentadas observaron los labios lisos de David. La humedad turbia y una leve aroma a sándalo que expedía el hombre casi la devuelven, pero Dolores continuó; alcanzó a sentir los labios del hombre, como de caucho, pero solo por un segundo, porque David, espantado, se retiró.  

La manada

  Llegaron de vivir en un departamento en pleno barullo de Prado Sur en la ciudad de México, a una casa  rodeada por un bosque apartado y escuálido, repleto de venados pardos que observaban por las ventanas a Juan Emilio y su familia.   La Compañía suiza para la que trabajaba Juan le ofreció un cargo con base en Nueva Jersey, Estados Unidos. Al comentarle la propuesta a su mujer; Carmenza advirtió que ella estaba muy mal acostumbrada, o más bien, bien acostumbrada, como corrigió inmediatamente y que eso si, ni esperaran que ella fuera a servirles de sirvienta ni de chofer en los Estados Unidos, como le había sucedido a su prima Roberta que se había casado con un hombre de Minneapolis. Juan Emilio discutió la preocupación de su mujer con la persona a quien iría a reemplazar y el hombre le aseguró que en Nueva Jersey se conseguía de todo; cocineros, camareros, masajistas, y hasta bailarines. Inclusive le comentó  que en la terraza de su casa rodeada por frondosos árboles de arce que estaban empezando a enrojecer, había celebrado una cena para su novio atendida por un chef que salía en la televisión. El hombre de manos menudas también le habló sobre el tren  que los podría llevar en 55 minutos hasta Manhattan y le ofreció en venta su casa convenientemente situada cerca de la oficina y con un “backyard” ideal para los hijos de Juan Emilio. Con aquellos cuadros pintados en su mente, Juan Emilio convenció a Carmenza y junto con sus cuatro hijos dejaron la comodidad de su vida establecida, por la aventura en un país diferente, en la ex casa de los maricas.   Los primeros días casi mueren del frío. Juan Emilio tuvo que escribir un correo electrónico a recursos humanos para que le facilitaran el número de teléfono de un electricista que pudiera prender la calefacción. La lista que Carmen guardaba como un tesoro entre su cartera con los nombres de posibles muchachas recomendadas, pronto quedó tachada sin siquiera haber entrevistado a una. Un argentino de ojos compasivos que trabajaba con Juan le pasó disimuladamente una nota con los datos de una compañía especializada en  cleaning ladies y handymans, pero además de cobrar por un día lo que ellos le pagaban a Joaquina en México por todo el mes, ninguna parecía estar interesada; tan pronto sentían el tono desesperado tras las especificaciones demasiado puntuales de Carmenza, ninguna volvía a llamar.   El cielo cerúleo y los rayos de sol tan luminiscentes  como inermes, engañaban a Los Cárdenas todas las mañanas hasta que aprendieron a enguantarse y enrollarse con bufandas siempre, a caminar apretado, a comportarse con más sosiego y  menos alharaca. En las tardes los abatía la  premura de la oscuridad; la luz del día se acababa cada día más temprano opacando la piel de los niños y el ánimo de los padres. Inclusive el inicial optimismo de Juan Emilio fue estrujado por sus compañeros de oficina quienes ignoraban sus intervenciones y bostezaban sin disimulo durante sus  presentaciones. En las reuniones de estrategia,  Juan no entendía la mitad de lo que se decidía y su carcajada patética a chistes que no comprendía le estaba generando una hinchazón dolorosa en los pómulos; adicionalmente, el carro que le habían prometido no era negro sino verde y olía como a la curtiembre de su tío en Sinaloa.     Con los vientos gélidos de una noche sin luna, Juan  llegó a casa; los ojos negros de los ciervos, como las castañas que había visto tostar a la salida del supermercado, lo esperaban en el jardín recriminando su decisión. La familia estaba desbaratada, nadie los volteaba a mirar, el se sentía solo e incomprendido. Retando la cercanía estática de las siluetas con cuernos, les vociferó un hijos de la chingada, echó reverso y tomó nuevamente la carretera desolada y luego la autopista hasta  la tienda de mascotas que había visto frente al supermercado. Caminó entre  acuarios de aguas fluorescentes y jaulas con pájaros negros y otras con roedores diminutos. Se detuvo frente a la vitrina de perros e inmediatamente sintió la compasión achatada de uno ocre que lo observaba desde lo alto. Los labios de Juan Emilio se aflojaron naturalmente por primera vez desde su llegada a los Estados Unidos; como  mono, se encaramó sobre los escaños de las celdas de perros que empezaron a ladrar al olfatear su sangre extraña. Llegó hasta la cúspide y por entre las rejas tocó la tibieza y la ternura del  boxer; el cuerpo pesado del animal casi lo hace perder el equilibrio, pero logró extraerlo por entre la pequeña rejilla y descender a resbalones hasta el piso. Pagó y se marchó bajo un coro inmisericorde de aullidos.   Carmenza amanecía cada día más verdosa y despelucada. Desde que había visto al perro brillando en los brazos de su marido, se le habían encrespado sus cabellos de alambre. El perro orinaba dardos que atravesaban la alfombra y perfumaban la casa a amoníaco.  El maldito Zorro- nombre escogido por Juan Emilio sin haber aceptado ninguna sugerencia – llegó para añadir más trabajo a sus horas extenuantes: En la mañana, dejaba a los dos hijos mayores en la escuela y a los dos menores en un lugar donde solo los entretenían por un par de horas. Mientras tanto, iba al supermercado donde la interminable hilera de cereales de sabores siempre le producía  ganas de derribarlos; a carterazos o en dominó. Después recogía a los pequeños, tomaban la autopista, luego la carreterita y estacionaba sobre el casquijo congelado.  Sacaba del auto al pesado Tomás, a Pedro y a los paquetes, y los cargaba  entre la nieve odiando a los maricas por ese paso tan vasto e innecesario entre la calle y la casa. Arrumaba en la despensa  paquetacos de comida crujiente que ella y su marido no podían dejar de adquirir. Maldecía al perro, le daba agua y lo sacaba al jardín a que comiera  ardillas. Mientras despegaba pedazos de yemas de huevo de los platos del desayuno, observaba por la ventana  el dichoso backyard, tan desolado y gris como el panorama de su existencia.  Subía y bajaba las escaleras recogiendo zapatos y boronas que Tomás regaba por toda la casa y restregaba los mocos aguados de Pedro. Solo el ocasional timbre del teléfono interrumpía el mundo sideral de Carmenza con grabaciones comerciales en un idioma que ella apenas comprendía. A veces era su madre llamando desde lo que parecía otro planeta, donde las mujeres iban a la peluquería y almorzaban con amigas. En la tarde envolvía otra vez como cebollas a Tomas y Pedro y recogían a los dos mayores en la escuela. Raul, de doce años se montaba al auto con el ceño fruncido y dolor de cabeza y Cesar con una lista de proyectos por hacer sobre héroes y lugares que nadie en la familia había oído mencionar.  En las noches, cuando Luis Emilio llegaba de la oficina, Carmenza retomaba con cierto gusto el quehacer de las tareas domésticas; repasaba con la aspiradora el tapete donde Juan y Zorro se tendían a hacer tareas con los niños,  lanzaba fuertes lamentos y hacía sonar las cacerolas para que no quedara duda sobre quien estaba sufriendo más en “este país de mierda”; palabras que mascullaba mientras lanzaba huevos al sartén.   Una noche mientras los venados observaban tras las ramas los movimientos alterados de Juan Emilio y Carmenza discutiendo  en la cama, el teléfono timbró. La voz madura y dulce de una mujer que dijo llamarse María, explicó que una amiga de una vecina le había comentado que ellos estaban buscando a una persona que les ayudara en casa y que ella estaba dispuesta a hacerlo. Con frases pausadas explicó sus oficios y experiencia, y enfatizó que su gusto por planchar y almidonar manteles había sido afinado en el convento de monjas Clarisas donde había sido ayudante de  cocina hasta hacía pocos días. Con aquella confesión, Carmenza sintió una lágrima de esperanza caer sobre sus cachetes escurridos.  El único problema era que María se encontraba en México, en la frontera, y  necesitaba dinero para pagar el coyote quien garantizaría su paso hasta Nueva Jersey. De llegar a un acuerdo, ella podría estar amarrándose el delantal en la casa de Los Cárdenas en cuestión de días. Acordaron sueldo y condiciones, intercambiaron teléfonos y quedaron en comunicarse al día siguiente una vez Carmenza hablara con el señor.

“¡Por ningún motivo!”, sentenció Juan Emilio, una vez terminada la conversación, de la cual había oído apartes por el auricular que Carmenza había abierto para que él pudiera escuchar. “Imagínate el escándalo si se llegan a enterar de que estoy patrocinando la inmigración ilegal a este país..., los suizos me echan, ¡me deportan!, ¡nos deportan!, ¡con todo y la tal María!”. Carmenza berreó y pataleó y hasta mandó un par de guantones al aire ante los ojos inconmovibles de su marido y de los venados. Dejó de hablarle a Juan Emilio hasta el sábado siguiente, cuando amarró sus cabellos gruesos en una moña que parecía un nido de halcones y anunció que se iba a pasar el día a Manhattan, sin embargo en Hoboken tomó el tren de regreso porque le dio miedo no poder regresar.   Por días continuó castigando a Juan Emilio con el látigo del silencio hasta que por pura necesidad fonética pronunció unas frases durante la cena:

-Hoy vino una mujer, creo que era la vecina, pero no estoy segura, me hizo salir hasta la calle y me mostró que las cajas de cartón deben ir en un bote de basura y las cáscaras de los huevos en otra. Nos debe estar espiando, pero no me imagino cómo porque estamos tan aislados del mundo..., de todos modos la miré a los ojos hasta que la asusté y logré que me dejara en paz.

-Deben ser los venados - respondió Juan Emilio - ¿Como van las clases de inglés?

- No tengo tiempo, ¿y las tuyas?

- Yo tampoco. Talvez la mujer piensa que somos mojados.

-Talvez...

-Carmenza; los niños y yo estamos un poco cansados de comer huevos al desayuno y a la cena, ¿será que podemos cambiar de menú?  También hay cereal, añadió ella.   Días más tarde, mientras Carmenza paleaba cerros de nieve, Tomás y Pedro se escabulleron por la puerta y Juan Emilio los encontró en medio de la carretera oscura jugando con una ardilla desnucada. Luego, el día en que el jefe Suizo llegaba a entrevistarse con Juan, Los Cárdenas amanecieron sin ropa entre los cajones. Juan Emilio bajó en calzoncillos al sótano y encontró una montaña de ropa sucia, arrumada contra la pared mohosa. Dos venados  desde afuera y Carmenza en las escaleras lo observaron con satisfacción.

-Está bien, -  claudicó - llama a María, averigua como se le envía el dinero.   Con la celeridad de la antigua funcionaria de Banamex, Carmenza finiquitó el acuerdo con María. Sintiéndose ligera  y con la cabellera rebelde amansada sobre sus hombros, descendió las escaleras hasta donde los cuatro hombrecillos dormitaban frente al  televisor. Con sus labios escamosos besó a su marido en el pómulo caliente, estudió con cariño renovado la respiración de sus hijos; tomó a Zorro en su regazo, y se sentó a esperar a que su vida se enderezara.   Desde la noche yerta la manada de ciervos observaba casi sonriendo, la ingenua placidez de los que no saben lo que les espera.

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