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Lapido, Paula (En escorzo)

Iverness



(…) vi en Inverness a una mujer que no olvidaré,

vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo (…)

Borges, El Aleph

La última vez que vi a Mòrag, ella estaba de pie mirando hacia el fiordo, no lejos de la muralla del castillo de Inverness. Sus pies rozaban el borde del acantilado y el viento siseaba a nuestro alrededor como si nos incitara a saltar. Entonces los ojos violeta de Mòrag todavía eran capaces de observarte con la intensidad de un caudillo mogol antes de atravesar a su enemigo con la espada. Entonces yo todavía era incapaz de dormir por las noches, que me pasaba escribiendo sin descanso poemas dadaístas sobre sus hombros rectos como columnas dóricas y su cabello oscuro, que parecía tener la vida de un nido de anémonas y el tacto urticante pero irresistible de lo que uno desea tocar con toda su alma, pero no se le permite. Recuerdo que nuestra última conversación estuvo llena de rascaduras con la uña del dedo índice en una pizarra y moras verdes de las que raspan la garganta. El día, la voz de Mòrag y el mismo fiordo con sus aguas gélidas me parecían imborrables como una de esas etiquetas de precio en la tapa de un libro que nunca puedes arrancar del todo. Esas que dejan su rastro pegajoso de trocitos de papel y cola, un rastro que con el tiempo se vuelve negro y acaba desprendiéndose en forma de una pequeña bolita parda que se queda eternamente prendida a tu dedo corazón.

Yo tragaba saliva y Mòrag despegaba sus labios igual que despegaban los aviones para bombardear las ciudades centroeuropeas. Quería esconderme en mi refugio antiaéreo, pero los ojos como fuegos de San Telmo de Mòrag me sujetaban con imperdibles por las solapas de la chaqueta. Lo que habría dado entonces por clavarme esas pequeñas agujas en las palmas de las manos, y soltar gotitas de sangre, y que Mòrag viese que todo aquel tiempo solo había deseado una cosa concreta, a pesar de los monstruos legendarios sumergidos en los lagos, de los kilt y de las piedras mal colocadas que los druidas habían dejado por toda la campiña, para que nosotros las encontrásemos e hiciésemos nuestros propios sacrificios.

Para mí, aquella tarde iba a tener lugar el primero o el último sacrificio de una larga serie. Yo entonces todavía no lo sabía. Solo podía pensar en que no había suficientes versos dadaístas en el mundo para expresar lo que se sentía al tener un pajarillo desplumado metido en el estómago, picándote de pura desesperación, y tú sin poder escupir, ni digerirlo, ni nada.

A pesar de toda mi compostura y de mis pañuelos con las iniciales bordadas, yo no era más que un Arthur Bloom cualquiera. Llegué a Inverness escapando de cualquier cosa que tuviera que ver con relojes marcando la hora en punto, biblias católicas o amaneceres con niebla en playas de Normandía. Entonces todavía quería ser escritor y creía que estaba destinado a ello, sin duda, a causa del tic de mis manos, que nunca podían estar quietas, y de mi pelo rebelde que jamás lograba ocultar bajo sombreros de bombín. Había publicado tres poemas larguísimos y dadaístas en boletines para alumnos de Oxford y tenía la intención de encontrar trabajo en algún periódico escocés. Todo en mí era romanticismo en digestión con alergia al polen, desde los calcetines tejidos a mano hasta el lunar en forma de reloj de arena que me tapaba el lóbulo de la oreja izquierda. Jamás había escrito otra cosa que no fueran poemas larguísimos y dadaístas, pero me pasé todo el viaje en tren a Inverness fantaseando con comprarme un kilt como el de William Wallace, justo igual que el de William Wallace, y hacer crónica de la vida rural en las Highlands, que tenía que ser heroica y estar llena de momentos inolvidables mirando a un sol de forma estrellada que surgía entre la niebla con sabor a menta y a menhir.

Fue Mòrag quien me trajo de vuelta a la tierra, el mismo día que pisé el suelo de Inverness con mis zapatos de amante del remo. Llovía, como yo imaginaba que solo puede llover en una ciudad que a la fuerza tiene que estar llena de druidas que tocan el arpa a la puerta de las oficinas de correos. Llovía tanto que hasta los poemas dadaístas que llevaba en la maleta se habrían deshecho con el diluvio. Yo caminaba por las calles adoquinadas de Inverness en busca de algún lugar donde refugiarme, y fue entonces cuando vi a Mòrag. Caminaba con pasos decididos en dirección al acantilado sobre el fiordo. Era la única persona que no llevaba paraguas, pero al cruzarme con ella vi que únicamente sus pies estaban mojados. Me detuve y la miré, porque su cabello negro era tan denso que el agua no lo traspasaba, así que sus hombros como columnas dóricas seguían secos, y su cara, y sus manos cubiertas por los rizos oscuros, y toda ella que parecía envuelta en una piel de oso como una deidad paleolítica de la guerra. Se volvió hacia mi y fue la primera vez que supe lo que se siente al ser traspasado por una lanza, como los caballeros en las justas medievales. Solo que aquello no había sido un combate cortés, sino un ataque a traición, y hasta una semana más tarde no fui capaz de hilvanar dos versos dadaístas seguidos, ni comer otra cosa que no fueran trozos de pan mojados en cerveza negra.

Cuando conseguí recuperarme de este primer encuentro tan expeditivo, logré encontrar una pequeña pensión regentada por una viuda con el pelo del color del bronce de las estatuas, la señora O’Malley, que, en cuanto se enteró de que yo era escritor, ya nunca más dejó pasar una ocasión sin mencionarme a sus antepasados Macbeth por parte de padre. Se ponía de perfil cada vez que iba a pedirle algo, para que apreciase su nariz shakespeariana, y me daba los buenos días con un tono declamatorio que conseguía hacerme bullir la cabeza como una olla exprés, sobre todo si era temprano.

Pasé varias semanas agotando los pocos ahorros que tenía y yendo de un lado a otro de la ciudad, entregando cartas de presentación en los diarios locales y por las tardes sentado en un café u otro, con mi libreta, buscando inspiración para mis versos dadaístas en las piedras empapadas por la lluvia y en los musgos de mil años de edad, que tantas cabezas decapitadas habían visto rodar. Secretamente miraba a través de los cristales tintados de azul y amarillo en busca de aquel cabello como de piel de oso, de aquellas columnas dóricas que me habían despertado de un sueño de té con leche y sándwiches de pavo. Pero las únicas almas que cruzaban la calle en medio de aquel diluvio constante, como de fondo del mar, eran manos secas armadas con paraguas negros puntiagudos, cabezas con sombreros de ala ancha que no conseguían tapar la barbilla, de la cual goteaba siempre un chorrillo de agua espumosa, como con restos de jabón.

Mi primer encargo periodístico fue escribir una crónica sobre el funeral del propietario y fundador de la destilería McPhee. El director de la gaceta local de sociedad me había mirado desde el otro lado de su mesa y había juzgado que mi traje dos tallas más grande, mis zapatos de amante del remo y mis versos dadaístas me convertían en la persona idónea para escribir cualquier noticia relacionada con la muerte y el duelo. Todos mis artículos futuros deberían estar llenos de crespones negros, tartas de higos con crema y piernas de mujeres enfundadas en medias cuanto más gruesas, mejor. Yo asentía una y otra vez como un pequeño móvil perpetuo, y me fui de la redacción con una foto del muerto en un bolsillo y unos cuantos billetes de anticipo por mi primer trabajo en el otro. Era un día más de esos en los que llovía en Inverness, pero yo andaba tan contento que no me habría importado ver rodar cabezas por la cuesta que llevaba a la catedral de St. Andrews. O incluso avistar al legendario monstruo asomándose por un meandro del río, a pesar de que el lago quedaba lejos de allí, hacia el interior. De hecho, nada me habría gustado más aquella mañana que sentarme a escribir la necrológica del monstruo mismo. Imaginé una oda en versos dadaístas, hermosísima, que glosara su historia, tan trágica como la de un huérfano sin hogar, y casi lloré yo mismo de emoción y de alegría, aunque no tanto por lástima del monstruo, sino de alivio, pues de nuevo me esperaban tres comidas al día y no tendría que alargar una mínima taza de café, ya frío y áspero como la lija, durante las tres o cuatro horas que permaneciese sentado en algún local, mirando a través de los cristales amarillos o azules sin ver absolutamente nada.

Aunque lo cierto es que nunca llegué a escribir la necrológica del difunto señor McPhee porque, cuando seguía al cortejo fúnebre de camino a la catedral, apareció Mòrag y yo di media vuelta y la seguí a ella, así, de pronto, como quien no quiere la cosa pero se muere de ganas. Una de las dolientes acababa de entregarme un cirio, que se me apagó enseguida, en cuanto le cayó una descarga de agua, y a pesar de eso me impedía tomar notas o escribir sobre medias cuanto más gruesas, mejor. Entonces Mòrag dobló una esquina y se metió en medio del cortejo, y lo atravesó a codazos o a golpes de su melena impermeable, no llegué a verlo del todo, y logró hacerse hueco en zigzag hasta llegar al otro lado de la calle y desaparecer por la siguiente esquina, con los pies mojados y los hombros como columnas dóricas secos y altivos y tremendos como dólmenes druídicos.

Le devolví el cirio a la doliente, sin preguntarle si era familiar del difunto o si llevar dos cirios, o tres, o media docena era demasiado peso para ella. Doblé yo también la esquina y bajé resbalando por las piedras medievales, siguiendo el rastro esquivo de Mòrag. En ese momento se me venían a la cabeza magníficos versos dadaístas, y mi corazón estaba dividido entre las puertas de los cafés que veía a un lado y otro de la calle, invocados por la libreta ansiosa que llevaba en el bolsillo, y el pelo oscuro que aparecía y desaparecía y parecía restregarme por las mejillas una toalla recién lavada con mucho suavizante. Ganó el suavizante, y yo seguí a Mòrag y se me olvidaron los cafés, y los versos dadaístas, y de pronto ya no era poeta ni periodista ni escritor ni nada, era solo unos zapatos de amante del remo poco hechos para caminar por Inverness detrás de diosas celtas de la guerra.

Justo después vino el bofetón del viento en el fiordo de Moray en mi cara y un vozarrón de trompeta del Apocalipsis gritándome para que me apartara antes de que a una ola se le ocurriera sacudirme y lanzarme al mar. Ni se me ocurrió darle las gracias, porque lo único que me salía de la boca en aquel momento eran amagos de versos dadaístas y preguntas, una detrás de otra, y proposiciones que no me atrevería a llamar deshonestas, pero qué más habría querido yo que lo fueran. Ella dijo su nombre, yo dije el mío, y después el mar pareció querer subir por el acantilado y me quedé sordo. Volví a la pensión con una sonrisa de muñeco de guiñol en la cara. La foto del muerto se me cayó por el camino y probablemente acabó en algún charco, medio deshecha o deshecha del todo, convertida en una pasta gris y desvaída como la sopa que me servía la señora O’Malley y que yo me comía de pura inanición. Aquella noche estaba tan contento que acabé hablándole a los otros huéspedes de lo difícil que es escribir sonetos en griego ático, explicándoles que Oxford en verano se llenaba de escarabajos rojos que por las noches se tiraban como suicidas desde los alféizares, para espachurrarse en el suelo con un crujido que se parecía mucho al del pan recién horneado cuando le das un mordisco.

Después de aquel encuentro de carácter tan expeditivo y marítimo, me pasé tres días vomitando un poema dadaísta detrás de otro, presa de una compulsión amorosa o existencial, en ese momento no habría sabido distinguirlas. Al cabo de esos tres días, justo cuando abrí la puerta de la pensión, al sol le dio por salir en Inverness, lo que me pareció tan bueno como un caligrama de Apollinaire o un trozo grande de bizcocho con nueces. Lo interpreté como una señal de los druidas, que me animaban a ser osado y valiente como un guerrero picto, y corrí a presentarme al borde del fiordo de Moray con un ramo de caléndulas envuelto en papel amarillo y un poema dadaísta sobre la lluvia en Inverness y las capas de piel de oso, escrito con mi mejor caligrafía gótica. Todo lo tenía pensado y repensado, todo salvo a Mòrag, que no se dejó convencer para pasear por el campo y, en lugar de eso, me llevó a ver el castillo y la cámara de torturas, y se rió a mandíbula batiente con mi cara pálida de espectro poco amigo de las hachas afiladas. A pesar de que casi no hablaba, ni mucho menos contaba cosas de su vida, deduje o imaginé que Mòrag era descendiente de la mismísima Lady Macbeth, que veía en sueños a las tres brujas y ellas le contaban lo que sucedería en el futuro. El estampado de sus kilt tenía que ser a la fuerza amarillo y azul y sus antepasados habían inventado el whisky en sus ratos libres entre batallas y cacerías. De ahí le venía sin duda la cabellera celta, y justamente por eso no dejaba que el tan plebeyo Arthur Bloom le rodeara los hombros con el brazo, para cubrirse él mismo de la lluvia con la melena impermeable y rozar con la barbilla las columnas dóricas, en un trasunto del beso que aquella vez, y todas las que vinieron, se me quedó petrificado en el borde de los labios y chorreó mandíbula abajo, hasta caer por el acantilado al mar y ahogarse de pura frustración.

A pesar de estos pequeños inconvenientes, en ese momento razonaba yo que todo confluía en una correspondencia cósmica y otoñal con la precisión matemática de un verso alejandrino. Todo, justamente a causa de la lluvia, me parecía muy de mi gusto. Por una vez lo único que me apetecía era meter los pies en las aguas heladas del fiordo de Moray y vociferar canciones gaélicas sin entender una sola palabra. Esto era Inverness, e Inverness no podía ser otra cosa que Mòrag. Me sentía feliz, así, sin más, aunque si lo hubiera pensado un poco me habría retractado, pues los poetas no deben ser felices y llevar zapatos de amante del remo al mismo tiempo.

Las siguientes semanas fueron, en resumen, una tormenta invernal de agua a mansalva, necrológicas dadaístas y paseos por el campo en busca de círculos de piedra donde planear el solsticio de verano y tumbas de guerreros pictos con las caras tatuadas y los dientes como colmillos de lobo sobre las cuales colocar el mantel a cuadros del picnic. A Mòrag no le gustaba el té con leche y a mí el whisky me sentaba mal al estómago, pero cualquier indisposición o desacuerdo lo único que me inspiraba era un nuevo poema, y ya llevaba cientos, tantos que me dolía la mano al final del día y el callo de mi dedo corazón había adquirido el tamaño de un pequeño menhir, rosado y calcáreo.

Todo era tan perfecto como el contorno de los icebergs o los nudos dobles en los cordones de los zapatos. Lo único que echaba en falta era extender la mano y tocar la melena impermeable, oler el pequeño parche de piel detrás de las rodillas y probar las clavículas de mármol de Carrara con los labios untados de mantequilla dulce. Los dioses celtas parecieron quererme compensar los calambres en mis huellas dactilares con decenas de necrológicas, porque en aquel Inverness de febrero todo el mundo que tenía posibilidad de morirse había decidido hacerlo, de común acuerdo, y se me acumulaban las reseñas, que cada vez me salían menos dadaístas y más de cadena de producción. Así que pasaba menos tiempo con Mòrag y más persiguiendo cajas de pino oscuras cuesta arriba y cuesta abajo, por fin hecho a los adoquines de Inverness y a los cirios, que ya conseguía mantener encendidos a la vez que tomaba notas.

Entonces llegó el equinoccio de primavera y Mòrag me llevó a la boca del fiordo. Despegó sus labios como despegaban los aviones alemanes para bombardear Londres y los espíritus de cuarenta druidas y trescientos guerreros pictos parecieron acompañar su voz, que me echaba a patadas y sin contemplaciones, sin darme tiempo a leerle un último poema dadaísta. Después pareció arrepentirse y cogió mi mano, la puso sobre su cabeza y la dirigió desde la coronilla hasta el hombro, prendiéndome los dedos en su pelo, como si de pronto mi brazo se hubiera transformado en el peine perfecto para cepillar aquel cabello celta que nadie podía dominar. Yo me creí recompensado y cerré los ojos para disfrutar durante un instante que me pareció tan largo como toda la vida del universo del roce de mis dedos con su cutícula, de lo áspero de los rizos y lo suave del color negro, del aire todavía polar que rondaba el fiordo, pero que nunca llegaba a colarse entre los cabellos. Estos seguían siendo la piel de oso paleolítico que siempre había imaginado, así que respiré hondo por la nariz muchas veces. Creí que seguiría acariciando para siempre aquel cabello, pero abrí los ojos y vi que Mòrag ya no estaba, y que en mi mano había quedado un mechón grueso como una madeja de lana, suspendido en el aire, y el viento del fiordo se colaba entre las hebras como nunca lo había conseguido antes, y yo podía oír su risa maléfica que se congratulaba por haber vencido, por haber conquistado por fin el último territorio de las Highlands que aún se le resistía.

Regresé a la pensión con la cabeza caída contra el pecho, y solo al mirar desde la ventana de mi dormitorio vi el cielo, ausente de caléndulas y cerveza negra a pesar de la primavera, sino cubierto por una maraña de cabellos oscuros, impermeables, que no dejaban pasar el agua de las nubes, las cuales se cernían expectantes más arriba pero que, decepcionadas, acabaron por virar hacia el norte y desaparecer.

El resto de la historia son solo cartas de Oxford de otros amantes del remo que me invitaban a montar un nuevo equipo y ganar por fin a Cambridge, a Safo, a Lord Byron. Billetes de tren que un revisor vestido de terciopelo verde picaba para hacerles un pequeño agujero elíptico, tesis sobre la métrica del verso alejandrino impresas en hojas de papel de seda, conferencias de profesores venerables con pelucas empolvadas en lugares en los que no llueve más de dos veces al año. Yo había tenido siempre cuarenta y tres años hasta que llegué a Inverness, y allí había sentido a la vez que mi edad era tan infinita como la de las pirámides, o que era joven como un brote de hierba. Todas las estaciones que había vivido antes y después de Inverness, justamente, eran minutos de otros Arthur y otros Bloom, pero nunca míos, porque yo, no había duda, era aquel que se reflejaba en el cabello de diosa celta de la guerra de Mòrag, y no otro.

Yakamoz



Vinieron por la noche, mientras dormíamos y la luna se reflejaba sobre el agua. Entraron en nuestras casas y se llevaron a los pájaros. A la mañana siguiente, cuando despertamos, las portezuelas de las jaulas se balanceaban con la brisa del mar, vacías. Había por todas partes un silencio tan pesado, tan ausente, que nos miramos unos a otros y volvimos a meternos en nuestras casas y a cerrar las puertas con llave. De vez en cuando apartábamos una cortina y mirábamos hacia el mar, desde donde sospechábamos que habían venido. No se veía nada más que el agua del mismo color del cielo y un hilo de nubes que se alejaban hacia el horizonte, como el rastro de los pájaros desaparecidos. Luego volvíamos a cerrar la cortina e íbamos a preparar el café negro para beberlo sentados en los cojines con las piernas cruzadas y mirando hacia el suelo.

Ya en la tarde, mientras el sol brillaba con fuerza y sólo los pequeños rincones quedaban cubiertos por la sombra, pensamos en salir a casa de los vecinos para tomar con ellos pasteles de dátiles y miel, recostarnos en sus otomanas y darle la espalda al mar. Aunque, antes de que pudiéramos decidirnos, alguien giró la cabeza, como si quisiera avistar algo entre las cortinas. Los demás le disuadimos diciéndole que desde allí sólo podía verse el agua del mismo color que el cielo. Pero el momento de entusiasmo había pasado y ya no nos atrevimos a salir. Seguimos hablando de la guerra y de los lugares en los que transcurría, tan lejanos que ni siquiera conocíamos sus nombres. Las puertas continuaron cerradas.

Antes del anochecer apagamos todas las luces, por miedo a que vinieran y nos sorprendiesen. Nos acostamos en nuestras camas que de pronto parecían frías como cajas de hielo y nos cubrimos hasta la cabeza con las mantas para no ver, no oír, no sentir el más mínimo movimiento. Los niños pidieron que dejásemos las luces encendidas, pero temíamos que eso los atrajese y se los llevasen a ellos también, pues qué es un niño sino un pequeño pájaro que todavía no ha aprendido a volar. Así que les acogimos en nuestras camas y nos dormimos abrazados unos a otros.

Pero la noche pasó y no vinieron.

Durante tres días, los que tenían que trabajar se ausentaron de sus empleos. Los que tenían que comprar se quedaron en casa con los monederos en la mano, contando el dinero una y otra vez. Los niños no fueron a la escuela y eso les pareció una alegría, aunque no les permitíamos salir a la calle, y les hacíamos callar cuando levantaban la voz. Los ancianos no salieron a pasear, ni las mujeres se atrevieron a tender la ropa. Todos nos quedamos en casa, esperando a que llegara la noche, temiendo que vinieran de nuevo y a la vez sin saber a quién temíamos.

Tampoco a la tercera noche vinieron, ni a la siguiente, ni durante mucho tiempo.

Nos acostumbramos a recordar la desaparición de los pájaros como algo que había sucedido en una estación antigua y casi olvidada. Nos volvimos despreocupados y alegres con el verano y el sol. Dejábamos las ventanas abiertas de par en par por la noche y permitíamos que los vendedores ambulantes entrasen en nuestros jardines para ofrecernos sus productos. Bailábamos y cantábamos hasta la medianoche, y el sonido de las olas no era más que otro acompañamiento para nuestras voces y para los tambores de los viejos.

Mirábamos hacia el mar y ya no nos recordaba a los pájaros, ni creíamos ya oír sus cantos en las noches de luna nueva. Nos sentábamos para beber café sobre nuestras alfombras tejidas a mano y leíamos las octavillas que hablaban de la última victoria en letras enormes y rojas, o de la derrota en columnas apretadas que los viejos no podían leer sin sus gafas. Había algo hermoso en mirar al anochecer hacia el mar tan azul desde nuestras ventanas y ver ese rayo del color de la sangre que aparecía cuando el sol estaba a punto de ponerse. Sin embargo, no habíamos vuelto a salir de nuestras casas. Era suficiente un rumor desconocido en medio de la noche para recordarnos el miedo y quitarnos cualquier sensación de tranquilidad.

Entonces una noche, pasado el solsticio de verano, vinieron y se llevaron los zapatos. Cuando despertamos a la mañana siguiente, tuvimos que poner nuestros pies sobre el suelo templado por el calor y sobre la seda de las alfombras, que de pronto nos parecía áspera como las cerdas de un cepillo. Nos miramos unos a otros. Algunos acusaron a los vagabundos de haberles robado, hasta que supieron que se habían llevado incluso sus zapatos llenos de agujeros. Entonces sentimos miedo.

Habían venido y entrado en nuestras casas sin que les hubiéramos oído. Habían registrado nuestros armarios, e incluso se habían llevado las babuchas que dejábamos debajo de la cama para ponernos cuando nos levantábamos. Las botas de invierno que guardábamos en cajas en lo alto de los armarios, las sandalias de las mujeres y hasta los patucos de los bebés tejidos a mano por sus madres. Nos sentimos desconcertados y algunos propusieron ir al interior en busca de zapatos, pero nadie se presentó voluntario y otros dijeron que los zapatos no nos hacían falta, puesto que era verano y hacía calor. Quedó decidido. Volvimos a sentarnos en las otomanas, descalzos y con las plantas de los pies sucias, y volvimos a beber café y a comer pasteles de dátiles, pero cerramos las ventanas y las cortinas, a pesar del bochorno y la humedad. Nadie se atrevía a decirlo en voz alta, aunque todos lo pensábamos: si habían sido capaces de llevarse los zapatos sin que nos diésemos cuenta, ¿qué no podrían llevarse?

De nuevo aquella noche nos acostamos en nuestras camas, asustados. El calor era terrible pero, aun así, nos tapamos con mantas hasta la cabeza para no dejar nada al descubierto, por temor a que viniesen de nuevo. Por miedo a que nos tocasen con manos que imaginábamos frías y húmedas, como la marea. Pasamos la noche asfixiados, sudando, escuchando a los grillos que cantaban en nuestros jardines, esperando oír cómo se acercaban, hasta que el cansancio nos venció, el calor arrancó las mantas de nuestras camas y nos quedamos dormidos al amanecer.

La noche pasó y no vinieron.

Los días fueron transcurriendo y las plantas de nuestros pies descalzos se encallecieron. Cuando empezaron las primeras lluvias, no sentíamos ya la necesidad de llevar zapatos. Después llegó el otoño y el cielo se oscureció y el mar se volvió de nuevo gris y amenazante, con sus olas que cada día eran un poco más altas y más rugientes.

Entonces, la noche en que cayó la primera nevada, vinieron y se llevaron los cabellos de las mujeres. Nos despertamos helados en nuestras camas, como si hubiéramos dejado de nuevo todas las ventanas abiertas y el aire del invierno se hubiera colado hasta debajo de las mantas. Los hombres fueron a tocar las melenas de sus esposas y las descubrieron frías y secas como la piel de sus pies descalzos. Despertamos, y las mujeres gritaron al sentir sus cabezas sin rastro de pelo, como si jamás lo hubieran tenido. Ni una sola melena había quedado intacta, ni un solo cabello negro o rojo caído en el suelo, ni entre los dientes de un peine de nácar.

Las mujeres aullaron hasta el amanecer, tocándose las cabezas estériles y frías, hasta que los hombres las cubrieron con velos oscuros que apartasen de su vista su desnudez súbita e incomprensible, que les escocía e intimidaba a partes iguales. Entonces las mujeres callaron y amaneció, pero la luz del sol que iluminaba el mar no nos trajo la tranquilidad, porque las aguas parecían haberse teñido con el color de mil cabelleras, y las olas de la marea que descendía parecían a veces rubias, con reflejos rojizos o negras como el azabache, a veces rizadas y a veces lisas como una cortina de seda. Como si los que habían venido nos hicieran burla a plena luz del día. Y nosotros alzábamos nuestros puños al mar, al que escuchábamos al otro lado de las puertas cerradas, por falta de un culpable al que escupirle al rostro.

Pero pasaron las noches y no vinieron.

Nadie quería conocer las noticias de la guerra ya, ni importaban las batallas. Los hombres bebían el café en silencio, y miraban hacia las cortinas con los ceños fruncidos, queriendo culparse a sí mismos y a los demás. Las mujeres tocaban los cabellos de sus hijos, que apretaban los labios, y nadie hablaba. Encendíamos unas pequeñas lámparas de aceite y pasábamos las tardes acurrucados en nuestros salones, unos junto a otros, hasta que el sueño nos vencía y, dando tumbos, temiendo hacer el menor ruido, nos íbamos a dormir. El amanecer nos despertaba con un rayo de luz mortecina que se colaba a través de los postigos cerrados de las ventanas.

Entonces una noche, con la primera lluvia de primavera, vinieron y se llevaron a los niños. Se quedaron los juguetes desperdigados por el suelo y las almohadas deshechas como si unas garras afiladas hubieran querido vaciar su contenido. Eso es lo que imaginamos, aunque ninguno de nosotros vio u oyó nada. Todo sucedió, como la primera vez, mientras la luna se reflejaba en el agua y dormíamos, revolviéndonos en nuestras camas.

Las puertas que llevaban tanto tiempo cerradas chirriaron cuando las abrimos. Los hombres tomaron sus cuchillos y salieron a la calle blandiendo con los puños apretados las hojas en las que se reflejaba la luz de la luna. Así, cuando vinieran de nuevo, les sorprenderían y les harían pagar con sangre todo aquello que nos habían arrebatado. Se organizaron patrullas nocturnas que recorrían las calles con los pies descalzos, lámparas en una mano y cuchillos en la otra. Las mujeres se cubrieron los rostros con sus velos negros. Se quedaban acurrucadas en las camas, ululando con voces roncas, mientras sus esposos salían cada noche. Tocaban sus cabezas frías por debajo de los velos y dormían un sueño inquieto y plagado de pesadillas.

Los hombres enfermaron por el frío de las noches pasadas a la intemperie, sus pies descalzos se cubrieron de llagas y sabañones que las mujeres curaban. Ya nadie preparaba pasteles de dátiles y miel, y cuando el sol estaba en lo más alto apenas descorríamos una cortina para mirar a los jardines marchitos y las delgadas sombras de las palmeras. Ya ni siquiera hablábamos de los lugares lejanos donde se libraba la guerra. Pocos se atrevían a salir de casa al caer la tarde, salvo aquellos que debían vigilar y esperar a que viniesen para hacer justicia.

Las cartas se acumulaban sin respuesta, porque ninguno de nosotros se atrevía a contar que habían venido de nuevo y se habían llevado a los niños. Ya nadie miraba al mar si no era con recelo. El rayo del color de la sangre nos estremecía, habíamos dejado de contemplar la puesta de sol por miedo a verles venir de nuevo. Volvimos a cerrar las ventanas a cal y canto, aunque algunos temíamos que los niños escapasen de los que se los habían llevado, que intentaran volver una noche cualquiera y no pudieran entrar en las casas, y ellos vinieran y volviesen a llevárselos, y nosotros no llegásemos a saberlo nunca. Así que dejábamos abiertas las gateras, esperando que alguno de los más pequeños pudiera regresar.

Dormíamos durante el día y pasábamos la noche vigilantes, sentados sobre los cojines, bebiendo café en silencio para mantenernos despiertos, sin atrevernos a asomarnos a las ventanas. Cada ruido nos sobresaltaba, de inmediato nuestras manos asían los cuchillos y esperábamos mirando hacia la puerta a que vinieran de nuevo y se llevasen lo poco que nos quedaba.

Los cabellos de los hombres se fueron volviendo grises con el insomnio y nuestros cuerpos se transformaron en sacos de piel curtida que solo contenían huesos. Los vendedores ambulantes que acudían llamaban a las puertas pero ya no les abríamos. Nos quedábamos en silencio, sentados sobre nuestros cojines día y noche, como si nuestras casas fueran tumbas amuebladas que en otro tiempo habían sido hermosas y alegres, cuando las mujeres aún preparaban pasteles de dátiles y miel y los niños corrían de un lado a otro, mientras los hombres hablaban de la guerra como si supieran qué había de hacerse para ganarla.

Una noche en que vigilábamos oímos ruidos. Salimos de las casas blandiendo los cuchillos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, en busca de aquellos que nos lo habían arrebatado todo. La luna era nueva y el cielo, más oscuro que nunca. Las hojas de acero se levantaron, opacas, y apuñalamos, y nos manchamos las manos de sangre mientras clamábamos venganza. Nuestros oponentes suplicaban, nos llamaban por nuestros nombres, pero era una trampa. Querían engañarnos de nuevo. Volvimos a alzar nuestros cuchillos y les degollamos. Se desangraron balbuceando como niños, extendiendo sus brazos que en la oscuridad imaginábamos morenos y cubiertos de cicatrices, mientras intentaban tocar nuestras ropas raídas. Nosotros dejamos que muriesen lentamente.

Después fuimos a sentarnos de nuevo bajo los cedros. El amanecer trajo un rayo de color verde sobre el mar y tiñó el suelo empapado de sangre en el que yacían los cuerpos. En todas partes reinaba un silencio pesado, pegajoso como la muerte. Nos manchamos la cara con las manos ensangrentadas y lloramos al reconocer a nuestras esposas, nuestros maridos, nuestros padres. Gritamos al sol que secaba sus rostros fríos hasta que nuestras voces quedaron roncas. Después nos miramos con recelo. Sólo quedábamos tres de nosotros. Con el cuchillo todavía aferrado entre los dedos, cada uno eligió un cedro y se cobijó a su sombra. No volveríamos a dormir. Aquella misma noche, o tal vez la siguiente, ellos vendrían, pero les estaríamos esperando de nuevo, preparados para la venganza. Cuando la luna volviese a reflejarse en el agua.

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