Alfonso veía amodorrado el noticiero de televisión con la cabeza apoyada en la almohada de su cama de hospital. Estaba a punto de quedarse dormido, cuando le llamó la atención escuchar que esta noticia había ocurrido en su barrio. Esto lo despertó completamente.
-Puede resultar ser un nuevo caso de una mujer asesinada por su pareja, que sería el número 37 de este año, porque la joven está muy grave –comentó la periodista, dando fin a la noticia.
Alfonso quiso saber de qué se trataba. Cambió de canal para ver si tenía la suerte de escuchar la noticia completa. Y así fue.
En este canal pudo ver y escuchar cuando los vecinos -todos conocidos de Alfonso- comentaban lo que habían presenciado. Incluso Eugenia, su madre, aparecía conversando con los reporteros. La joven hacía poco tiempo que había llegado a vivir a ese sector de la ciudad, tratando de ocultarse del hombre que ahora había disparado sobre ella. Se presumía que él la siguió a la salida de su trabajo, y así llegó al modesto departamento que ella arrendaba. Ella no había tenido el cuidado de ver primero quién golpeaba la puerta, y abrió. El hombre había entrado furioso y comenzó a disparar sobre ella. La muchacha herida salió corriendo a la calle, perseguida por el hombre, y cayó en medio de la calzada. Un automóvil se desvió para evitar atropellarla, y un camión, tratando de no chocar con el automóvil, arrolló al hombre que en esos instantes atravesaba intempestivamente la calzada con el arma en la mano, para rematarla. La muerte del hombre fue instantánea. La última bala de su revólver impactó una llanta del camión. Afortunadamente no hubo más heridos en el accidente.
-Fue la justicia de Dios –comentó Eugenia-. La iba a matar, ¡y eso que estaba embarazada!
En esos instantes mostraron la fotografía de la cédula de identidad de la joven, y Alfonso reconoció a su nueva vecina. También escuchó por primera vez su nombre. Se llamaba Marcela.
Cuando recién había llegado al barrio, él se había sentido atraído por ella. Se le acercó una vez para hablarle, y experimentó el violento rechazo de la joven. Evidentemente, ella no estaba dispuesta a hablar con un extraño. Él comprendió que sentía temor; pero no sabía por qué. Al poco tiempo notó que estaba engordando; no había duda de que esperaba un hijo. Alfonso pensó entonces que había llegado tarde; ella ya había encontrado a su hombre. Y ahora se encontraba grave en la Unidad de Cuidados Intensivos en el mismo hospital que él.
-¡Qué pena! –pensó Alfonso-. Ella tenía tanto por qué vivir, su hijo nacería en unos dos o tres meses, y es probable que muera con el niño en su vientre. ¿Podrán salvar a la criatura, por lo menos?
. . .
Recordó su propia situación. El cáncer le había obligado a abandonar sus estudios universitarios de arquitectura. Había terminado las quimioterapias, y se había internado en el hospital para someterse a unos exámenes que indicarían si habían logrado evitar que la enfermedad continuara extendiéndose. El cabello, que se le había caído durante el tratamiento, había comenzado a crecer nuevamente, y ¡ahora era rizado, lo que nunca había sido antes! El médico, al hablar con él esa tarde, había sido sincero:
-El tiempo que te quede de vida depende de ti, en gran parte –le había dicho-. Algunos se echan a morir, queriendo terminar luego. Otros tratan de vivir intensamente el tiempo que les queda aferrándose a la vida. En estos casos pueden durar bastante más. Creo que tú eres de estos últimos, de los que luchan. Haz lo que puedas, ¡vive! Como médico no puedo hacer nada más por ti. Siento no poder darte más esperanzas. Te enviaré a tu casa mañana, porque ya es tarde. Te veré por la mañana para darte de alta, y hacerte una receta. Cuando tengas molestias te vuelves a internar, y si necesitas morfina, te la administraremos; incluso te daremos las dosis que puedas necesitar para que te las inyecten en tu casa.
-¡Qué ironía! Yo muero de cáncer y ella, asesinada –pensó Alfonso.
. . .
Las noticias de la mañana siguiente eran más alentadoras. Marcela aún estaba grave, pero ya había salido del peligro.
Después de que pasó el médico, Alfonso juntó sus cosas en un bolso. Su madre vendría a buscarlo al mediodía. Tendría que esperarla como una hora más. Recorrió lentamente los pasillos del hospital, preguntando por la Unidad de Cuidados Intensivos.
Al llegar allí, preguntó a una enfermera si le permitirían ir a visitar a la mujer herida a bala.
-¿Es un pariente cercano? –preguntó ella.
-Sí, cercano. Vivo al frente de su casa.
La enfermera no se percató del juego de palabras, y entró a preguntar si le permitirían verla. Salió luego.
-Sólo puede estar con ella cinco minutos –dijo-. Pase.
Alfonso se acercó a la cama de Marcela.
-Hola; soy tu vecino de enfrente. Me llamo Alfonso. Acaban de darme de alta y, ya que me encontraba en el hospital, vine a verte antes de irme. ¿Cómo te sientes?
-Mejor. Creo que ya salí del peligro; pero estoy muy adolorida. Anoche me extrajeron las balas –respondió ella con voz débil.
-¿Y el niño?
-Es niña. Está bien. En estos momentos me está dando unas fuertes pataditas.
-Me alegro. ¿Me permitirás venir a verte mientras estés aquí? Quiero ser tu amigo. No pienses mal.
-Sí, ven. No tengo a nadie. ¿Qué tenías tú?
-Vine para que me hicieran unos exámenes –respondió Alfonso. No se refirió al resultado de éstos ni mencionó la palabra cáncer. No quería preocuparla.
La enfermera entró a decirle que se había acabado el tiempo.
-Vendré mañana –prometió Alfonso.
. . .
La siguió visitando mientras ella estuvo hospitalizada, y la acompañó de regreso al pequeño departamento que ella arrendaba frente a su casa, donde la continuó visitando. Disponían de tiempo para conversar y conocerse mejor, porque él ya no regresaría a la Universidad y ella ya estaba con la licencia maternal prenatal.
-Si te hubiera conocido antes, creo que nunca me habría involucrado con ese hombre –le había dicho Marcela-. Cuando supo que yo estaba embarazada, quiso que abortara. Por eso me separé de él. Después me anduvo persiguiendo. Por eso me cambié de casa. Esperaba que no me encontrara. Decía que me amaba; pero él no era capaz de amar a nadie; ni siquiera a su propia hija, ya que quiso matarla desde el principio. Créeme que me siento aliviada al saber que ha muerto. No sé si será bueno sentir esto; pero me da tranquilidad.
-Bueno, él murió, y ya se hizo justicia; olvídalo –fue la respuesta de Alfonso-. Ya no tienes nada que temer.
. . .
Un día que Alfonso se sentía muy débil, Marcela llegó a visitarlo.
-Habría preferido que tú fueras el padre de la niña –dijo Marcela-. No quiero que lleve el apellido de su padre. Cuando la inscriba en el Registro Civil, no sé qué nombre daré.
-No necesitas dar el nombre de ese hombre. ¿Quieres ponerle mi apellido? Yo ya no podré tener hijos, y me queda poco tiempo.
Marcela lo miró con los ojos muy abiertos.
-¿Estás seguro de que quieres que lleve tu apellido?
-Sí. Da mi nombre completo, cuando te pregunten por el padre. Así será mi hija también.
-Entonces la llamaré Alfonsina, en honor a ti –dijo Marcela.
-¿Cómo la poeta Alfonsina Storni? Últimamente la he recordado mucho, por mi propia situación. Tenía un gran talento; pero tuvo temor a enfrentarse al cáncer y prefirió lanzarse al mar y morir. ¡Es una historia muy triste! Yo, en las mismas condiciones que ella, prefiero luchar hasta el fin, y lo estoy haciendo –dijo Alfonso-. Tienes que decirle a la niña que su padre luchó lo más que pudo.
En esos momentos entró Eugenia, que había salido a comprar pan.
Alfonso le dijo:
-Mamá, voy a ser papá.
-¡Qué! –exclamó ella.
-Le dije a Marcela que dé mi nombre, cuando en el Registro Civil le pregunten por el padre de su hija.
-Espero que no le moleste a usted. La llamaré Alfonsina –dijo Marcela.
A Eugenia se le llenaron los ojos de lágrimas. Sabía que su único hijo moriría sin dejar descendencia. Pero esto abría una nueva esperanza.
-¿Me considerarás como la abuela de Alfonsinita? –preguntó.
-Sí, por supuesto. ¿Quiere ser abuelita? –respondió Marcela, acercándose a abrazar a Eugenia-. No tengo otra familia; así que ustedes serían la única familia que tendría Alfonsina.
-No hay nada que pueda desear más –fue la respuesta-. Bueno; en realidad, lo que más deseo es que mi hijo viva muchos años más; pero sé que esto no va a ocurrir. Tener una nieta con su nombre me hará muy feliz.
. . .
Pasaron dos semanas. Marcela y Alfonso, acompañados de Eugenia y un reducido grupo de amigos, se encontraban ante el oficial civil, que los unió en matrimonio.
Alfonso estaba muy débil. Tuvieron que traerle una silla para que se sentara. La enfermedad estaba avanzando mucho más rápidamente de lo que esperaban. Pero sí tuvo la energía para responder:
-¡Sí, quiero!
La idea había sido de Eugenia.
-Si la hija va a ser de ambos, ¿por qué no se casan? Así tendrá automáticamente el apellido de Alfonso y será legalmente su hija –había dicho.
Alfonso también lo había pensado; pero no había querido proponérselo, porque consideraba que ya no tenía nada que ofrecerle a Marcela, aparte del apellido para su hija. Sin embargo, cuando Eugenia propuso la idea, a ambos les había parecido razonable.
Después siguió la ceremonia religiosa, que se realizó en la casa de Alfonso esa misma tarde. Querían recibir la bendición de Dios sobre su efímera unión. No deseaban que este matrimonio se considerara sólo como realizado para legalizar el apellido de la niña. Ambos sentían que sería mucho más que eso. Varios compañeros de Universidad de Alfonso llegaron con una torta y un par de botellas de champaña. Marcela había invitado también a un par de compañeras de trabajo que llevaron un postre y Eugenia había preparado algunos bocadillos. A pesar de lo modesto de la celebración, había mucha alegría. Parecía que el fantasma del cáncer se había alejado.
-Ahora sólo te falta tener el bebé –dijo bromeando una de sus amigas a Marcela.
Ella sonrió. No quiso decirle que en esos momentos ya estaba sintiendo los primeros síntomas del parto. Pero esa noche tuvieron que llamar a la ambulancia que la llevaría a la maternidad.
. . .
Alfonsina nació con los primeros rayos de sol, unos quince días antes de lo previsto. Cuando la enfermera llegó a anunciar su nacimiento, Alfonso, que esperaba sentado en una banca, estaba demasiado débil. Eugenia, que se encontraba a su lado, trató de ayudarle a ponerse de pie.
Al ver esto, la enfermera le dijo:
-Espéreme; voy a buscar una silla de ruedas. Quédese sentado ahí hasta que regrese.
La enfermera regresó con la silla y llevó a Alfonso en ella. Eugenia los siguió.
-¡Mire qué hermosa es! Y se parece a usted –dijo la enfermera, al mostrarle la bebita a Alfonso. Y agregó, dirigiéndose a Eugenia-: ¿Es su primera nieta?
-Sí.
. . .
Las semanas que siguieron, Alfonso se iba debilitando cada vez más. Buscando consuelo y esperanza, él y Marcela comenzaron a leer juntos la Biblia. Cuando Eugenia regresaba de su trabajo, la invitaban a participar de la lectura y comentaban lo que habían leído antes. Las palabras de Cristo “El que cree en mí tiene vida eterna”, les trajeron mucho consuelo y les ayudaron a enfrentar mejor el corto tiempo que alcanzaron a estar juntos.
Cuando Alfonso se quedaba dormido las dos mujeres pedían a Dios que él no sufriera grandes dolores, y en realidad nunca necesitó recurrir a la morfina.
Marcela, que aún estaba con la licencia maternal postnatal, dejaba acostada a Alfonsina al lado de Alfonso para dedicarse a los quehaceres de la casa mientras su suegra estaba trabajando. Él siempre le pedía que la dejara allí. La rodeaba con uno de sus brazos y le hablaba cariñosamente, como si ella pudiese entenderlo.
En una de esas ocasiones, Marcela le preguntó si le permitiría tomarles una fotografía.
-Será una foto en que Alfonsina podrá ver cuánto la amó su papá –le dijo.
-¿Le dirás esto? ¿Que yo la amé? –preguntó Alfonso.
-¡Por supuesto!
Alfonso accedió con alegría a tomarse la fotografía, abrazando a la niña que dormía acostada a su lado.
Cuando Alfonso la abrazaba y le hablaba, la pequeña solía mirarlo atentamente. No entendería sus palabras, pero sí sentiría el amor que expresaban ellas. Cuando ella tenía unas siete semanas de vida, mientras hablaba a la pequeña, Alfonso tuvo el privilegio de ser el primero en ver una dulce sonrisa dibujándose en su pequeño rostro.
. . .
Una semana más tarde Marcela con Alfonsina en brazos y Eugenia, acompañadas por un grupo de amigos, despedían los restos de Alfonso en el cementerio.
-Siento que haya durado tan poco -dijo uno de los compañeros de Alfonso, dirigiéndose a Marcela.
-Sí; pero fue el tiempo más hermoso de mi vida –respondió ella-. Siempre lo recordaré. Lo único que lamentaré siempre es no haberlo conocido antes.
Cuando regresaban a su casa, Eugenia preguntó:
-¿Qué vas a hacer ahora, Marcela? No quisiera que te fueras.
-¿Ha leído la historia de Rut en la Biblia?
-Sí.
-Voy a decir lo mismo que le dijo Rut a su suegra: “Donde tú vayas, iré contigo”. Usted es toda la familia que tengo ahora –fue la respuesta-. Y voy a quedarme con usted, si no le molesta.
-¿Cómo va a molestarme? Ahora tú serás como una hija para mí y además tengo una nieta preciosa –dijo Eugenia, mirando a la niña que en esos momentos sostenía en sus brazos.
Alfonsina, que había dormido durante los funerales, despertó en el instante en que cerraban la puerta de la casa tras ellas, y les sonrió.
Las dos mujeres al verla, sonrieron también, aunque con tristeza.
–Cuando falleció mi esposo, quedé sola con Alfonso, que tenía entonces sólo tres años de edad. Ahora que se me fue mi hijo, quedé con una nueva hija y una nieta que me sonríe -dijo Eugenia, abrazando a su nuera-. Y la vida sigue…
. . .
Epílogo
Veinticuatro años más tarde, las dos mujeres asistirían juntas a la graduación de Alfonsina en la misma Facultad de Arquitectura en que había estudiado Alfonso. Terminada la ceremonia, Alfonsina correría hacia Eugenia y le diría:
-Abuelita, sé que tú siempre quisiste ver a mi papá recibiendo su diploma de arquitecto, y no alcanzaste a presenciarlo. Espero haberte dado hoy la alegría que no pudiste tener entonces.
Eugenia la abrazaría con lágrimas en los ojos, diciendo:
-Alfonsina, me has dado la mayor alegría de mi vida.
Y la vida sigue…