Embriagado de whisky y visiones, desdeñaba la vida que pasaba delante de él. El frágil equilibrio emocional que impulsaba su creciente dipsomanía se tradujo en un terrible malestar físico. Por algún ardid del destino, el recurso farmacológico que le proporcionó el doctor Milton Feltenstein no fue de gran ayuda, aunque lo mantuvo estable durante un par de lecturas. Pese a las inyecciones del fuerte tipo de cortisona —ACTH— que utilizó para auxiliarlo, su salud se deterioraba.
Lo primero que hizo fue comprobar si la botella de whisky estaba vacía; lo estaba, desafortunadamente, y eso explicaba el dolor en la nuca y en las sienes. Soportando los embates de la fiebre y en un arrebato de aflicción, el cuatro de noviembre de 1953, a las dos de la mañana, Dylan Thomas dejó a su amante, Liz Reitell, en la habitación 206 del hotel Chelsea, en Nueva York. Fue guiado por el impulso de poner fin al dolor y de paliar su inquietud en la penumbra de otro lugar. “Fuera de aquí”, se propuso con urgencia. Le dijo que tenía que salir a tomar un trago, y que volvería en media hora. Se dirigió a la taberna White Horse en busca de un elixir que sirviera a la tarea esencial de acompañar el insomnio y las dolencias. Había llevado consigo una antigua fotografía que mostraba tiempos mejores, a la que se aferraba como si su vida hubiese dependido de ello. A mitad de su caminata, un trueno rasgó el cielo mientras comenzaba a llover. Al arribar, se quedó de pie frente a la puerta durante unos instantes, a la manera de quien aguarda la fatalidad. El médico, que lo había visto últimamente, le había prohibido beber. Transgrediendo la orden, en la barra de la taberna, en el número 567 de la avenida Hudson, bebió por última vez.
El aroma del tabaco era la presencia más penetrante en aquel recinto. Thomas, perteneciente a la estirpe de los que están más allá del sueño, fumó con la certeza de que el humo velaría los angustiosos pensamientos, los encaminaría a un desvanecimiento parsimonioso. Su pluma y sus gestos quedaron tan vinculados a ese escenario que aparentaba estar listo para entrar en la noche piadosa que evocó en su poesía; su mirada era la de un hombre que se despide de la vida. “Uisge beatha, uisge beatha”, repitió a sus adentros como si de un mantra se tratase, mientras alternaba whisky y cerveza. “Uisge beatha. Estoy convencido de la etimología; el whisky es el agua de la vida, pero también es capaz de arrebatarla”, se dijo a sí mismo en ese local oscuro y nebuloso. Esas palabras fueron pensadas desde un entendimiento visceral e íntimo. Apuró sus tragos y buscó al mesero para encargarle otro, pero advirtió que se había desvanecido sin dejar rastro. Dos horas después regresó al hotel de la calle veintitrés. Permaneció unos minutos contemplando los rasgos góticos de las torres y los balcones de hierro forjado que adornaban el recinto donde llevaban días hospedados, como si la estructura hubiese revelado la catástrofe que se cernía sobre él. Caminó por el largo pasillo que conducía a su cuarto y se percató de que las lámparas titilaban, sin neutralizar la negrura del inmueble. De vuelta en la habitación, Liz lo esperaba en medio de un llanto desconsolado, el llanto de una amante asediada por la responsabilidad. Tras cruzar el umbral y apenas sostenido de la puerta, Thomas espetó: “Acabo de beber dieciocho whiskies. He batido mi propio record.” Se abalanzó sobre la cama e inmediatamente se durmió.
Al día siguiente, Thomas despertó con un terrible malestar y, con los ojos entrecerrados, adivinó los rasgos de su esposa, Caitlin Macnamara, en el rostro de su amante. No pudo levantarse de la cama ni logró suprimir del todo la impronta onírica. Liz decidió llamar al médico de nuevo; después de atender la llamada los visitó para inyectarle una fuerte dosis de morfina, acompañada por otra de ACTH. Thomas sintió que un velo le nublaba la vista conforme su cuerpo se paralizaba lentamente. Horas más tarde sufrió un ataque de delirium tremens en brazos de Liz, quien llamó a los paramédicos para que lo trasladaran al hospital Saint Vincent. En la ambulancia fue embestido por un intenso dolor abdominal que lo postró definitivamente en cama. En el hospital sobrellevó un agudo cólico hepático y entró en estado de coma después de que una especie de mareo emborronara su entorno. Mientras tanto, Caitlin —que había viajado desde Londres tras recibir la noticia del grave estado de salud de su marido— padeció un ataque nervioso. Cinco días después, el nueve de noviembre, Thomas murió en el hospital mientras recibía un baño.
En el mundo de los muertos al que el médico conducía al delirante escritor, intervenían voces casi inaudibles, como los restos de un naufragio en altamar. Cumplía el destino de “El visitante”, el relato inspirado en una leyenda lunar de Plutarco en el que Thomas plasmó la agonía de un hombre que se puebla de espectros. En esa suerte de vaticinio fúnebre, desde el crepúsculo hasta el alba de su último día, el hombre recorre un valle guiado por una sombra. Al amanecer le pregunta a su mujer por qué le cubre el rostro con una sábana.
Más acá de la verdad, no puedes ver, hijo mío, rey de tus ojos azules en el cegador país de los jóvenes, que todo se deshace, bajo los despreocupados cielos, de inocencia y de culpa antes siquiera que esboces un gesto del corazón o la cabeza, se congrega y extiende en la oscuridad como el polvo de los muertos. Bueno y malo, dos caminos para rondar a tu muerte.
En octubre de 1953, vislumbrando los filamentos de una larga noche e intentando deshacerse de la bruma que le nublaba la vista, Thomas cruzó el Atlántico por última vez. Había recibido una invitación por parte del Poetry Center de Nueva York para que leyera Bajo el bosque lácteo, pieza en la que otorgó voz a los animales y a los árboles; y para desarrollar una ópera sobre Ulises con Igor Stravinsky, quien le ofreció hospedaje en su casa a las afueras de Hollywood. El músico, después de acondicionar una habitación en su residencia californiana para el futuro libretista, recibió un telegrama con la noticia de su muerte, y al instante rompió en llanto.
Cuando llegó a Nueva York, vía Londres y fatigado por el vuelo, comenzó su cuarta gira por Estados Unidos con la certeza de hallarse otra vez en medio de una terrible oscuridad. La ciudad lo acogió con habitual inquietud; fueron amables y le llenaron de atenciones. Fue recibido efusivamente por Liz, la secretaria del Poetry Center con la que había iniciado una tempestuosa relación en su viaje anterior, y apresuradamente se hospedaron en el Chelsea y se dirigieron al primer ensayo de la lectura de Bajo el bosque lácteo. El día veinticinco acudió al estreno de su pieza. Thomas, la primera voz, conmovió a un público que se arrobaba en sus palabras; embelesado por cada línea. Empezó así una serie de fructíferas presentaciones, símbolos de un modesto despegue en una tormenta descomunal que amenazaba con arrasarlo todo. El veintisiete, su editor organizó una fiesta para celebrar su cumpleaños, sin éxito alguno, ya que Thomas partió mucho antes de lo previsto. Antes de la crisis se sentía como el beodo de una fábula de Chuang Tzu, quien cae de una barcaza, se hiere gravemente y no muere; sus huesos son iguales a los de los demás, pero él enfrenta el accidente de una manera distinta: su espíritu se encuentra en un lugar seguro.
Convertido en leyenda por haberse valido de los medios de comunicación para exhibir su suerte de artista derruido, Thomas gozó una vez más del éxito al dar recitales en locales abarrotados por cientos de asistentes, ávidos de su voz espectral. Cada sesión era seguida por la embriaguez y precedida por los aplausos. “Veo ratas subiendo por las paredes”, acostumbraba exclamar Thomas súbitamente en las fiestas rodeado de una multitud de mujeres, travesura de la que se beneficiaba escondiéndose entre sus piernas. A pesar de la fama que tenía, de las profusas lecturas, de las múltiples reuniones con escritores y artistas a las que asistió y de las numerosas fiestas, pasó tiempo solo, escribiendo, fumando, bebiendo y realizando largos paseos. Cada caminata le procuraba un alivio pasajero. Y como un lector que se orienta en su biblioteca, Thomas trazó su camino por las calles de Nueva York enumerando los nombres de los bares y las tabernas. White Horse, Chumley’s, Black Cat y Cedar se convirtieron en los cuatro puntos cardinales de su odisea neoyorquina.
Diariamente intentaba reinventar el mundo ante un vaso de whisky, pero acabó por vencerlo la tenacidad de su memoria. Caminaba por las calles intentando poner la mente en blanco, aunque sabía que era una empresa condenada al fracaso. Quiso también afinar algunos detalles de Bajo el bosque lácteo, pero la vida se había vuelto un laberinto abrumador cuya única salida permanecía como una incógnita. “Mi tiempo se ha detenido. Me encuentro en un territorio donde en lugar del reloj, los ojos señalan las horas”, reflexionó descubriéndose lejos de Caitlin y consciente de la angustia que dictaba su estado de ánimo. Se encontraba bajo mucha presión: lo carcomía la impotencia. El dolor pertinaz de la época más turbulenta de su vida lo estaba consumiendo. En su desamparo, Liz Reitell nunca dejó de lamentar la tragedia de su muerte, que desbordaba todas las fronteras.
El cuerpo del poeta fue trasladado a Laugharne, donde murió su padre, y durante el sepelio Caitlin danzó ebria sobre el ataúd, a modo de venganza por el abandono que padecieron ella y sus hijos. Thomas dejó el mundo a los treinta y nueve años afirmando la frase de W. C. Fields: ¿Morir ahogado en una barrica de whisky? Muerte, ¿dónde está tu victoria?
Y la muerte no tendrá ningún dominio. Hombres muertos, desnudos, serán uno con el hombre en el viento y la luna del oeste; cuando sus huesos son escogidos limpios y los huesos limpios se han ido, ellos tendrán estrellas en el codo y el pie; aunque se vuelvan locos estarán sanos, aunque se hundan en el mar se elevarán otra vez; aunque los amantes se hayan perdido, el amor no lo hará; y la muerte no tendrá ningún dominio.
Caitlin conservó la fotografía donde se ve a Thomas entre las lápidas del cementerio de Laugharne, tomada en 1952, el año del fallecimiento de su padre. Thomas, que siempre mantuvo una febril querella contra la muerte, caminaba por entre las tumbas, miraba las lápidas, leía los nombres y se sentía cautivado por ellos. Ante la plétora de sepulcros, el paseante reparaba en el transcurso de los años. El panteón de Laugharne ejercía en Thomas una fuerte atracción. Intuía que el tiempo que nos separa de la muerte de los yacentes tiene algo de tranquilizador: significa que el hombre ha estado en el mundo desde mucho antes.
El padre de Thomas, que fue profesor en la Swansea Grammar School a la que asistió Dylan en su juventud y quien le transmitió una vasta herencia cultural, compartía con su hijo la fascinación por el cementerio. En varias ocasiones lo recorrieron y cada caminata se transformó en una larga conversación. Convirtieron el cementerio en un patio de lecturas secretas. Cuando se encontraban en ese espacio recóndito siempre resultaba algo más de la visita. Las lápidas antiguas les parecían enaltecedoras; los invitaban a descifrar las borrosas inscripciones. “Un caminante, mirando de soslayo a la vida, entró en un cementerio: muerte, hierba, olvido y rocío”, pensó Thomas, a modo de invocación taciturna.
En ocasiones permanecían horas observando el mar y Dylan pensaba que en Laugharne, como en Nueva York, el horizonte se aleja siempre. De pronto surgían frases que aspiraban a describir las cualidades del océano, pero terminaban hablando sobre la muerte y el temor que inspira. El vínculo entre ambos se había fortalecido. En uno de sus últimos encuentros, nuevos en el disfrute de su compañía, Dylan le obsequió un ejemplar de Collected Poems. Al enterarse del delicado estado de salud de su padre, cayó en una espiral de desesperación. Cuando estaba en casa no hubo un solo día en que no lo visitara. Conversaban, Dylan le leía el periódico y juntos resolvían los crucigramas y, antes de que quedara postrado, bebían cerveza en la taberna Brown. Pero a pesar de la aparente normalidad, sólo contemplaba el rostro en ruinas que antaño fue el resplandor de unas facciones. Cuando se despedían, el hijo devastado se sentaba, en silencio, a la barra de un bar y pedía un whisky. Estar a solas también le permitía experimentar a fondo el paulatino decaimiento de su padre, sin tener que parapetarse tras una apariencia de fortaleza, cristalizando así su dolor.
Lleno de cariño, aprensión y pesadumbre, acompañó a su padre en cada paso de la terrible enfermedad. Se le presentaba una prueba que superar, y las pruebas no se superan a base de desesperación. Reveló la perseverancia de sobreviviente que determinó el apego de su padre a la vida. Dibujó, a la vez, la silueta de un hombre rendido, cuyo ánimo se apagaba de manera vertiginosa. Los relámpagos —conjeturó— propagan su desmesura por la bóveda celeste, como el dolor irradia el cuerpo humano. No tardó en sucumbir bajo el influjo de ese pensamiento. La frase era una represa que se derrumbaba y daba inicio a un torrente de evocaciones. Entre la conciliación y la búsqueda de huellas en tiempos remotos, se enfrentó al enigma de la paternidad, intentó descubrir el origen del distante carácter de su padre, y se cuestionó sobre la absoluta fragilidad a la que el amor nos condena. Asistió a antiguas imágenes de su vida, encapsuladas en los rincones del subconsciente, algunas muy nítidas, otras borrosas, desprendidas de las sombras. Relacionó la preocupación acerca de su papel de hijo con su propia paternidad y algo fulguró en su memoria, pero una galería de espectros surgió por vía de la desolación y el extrañamiento.
No entres apacible en esa buena noche, la vejez había de arder y desvariar al fin del día; rabia, rabia contra la muerte de la luz. Si bien los sabios concluyen que lo oscuro es lo debido, porque sus palabras no bifurcan ningún relámpago, no entran apacibles en esa buena noche. Los buenos, en la última oleada, gritando cuán bellas sus frágiles obras habrían danzado en la verde bahía, rabian, rabian, contra la muerte de la luz. Los locos que alcanzaron y cantaron al sol en vuelo, y conocen, ya muy tarde, que lloraron su partida, no entran apacibles en esa buena noche. Los solemnes que, moribundos, ven con vista cegadora ojos ciegos capaces de brillar como meteoros y alegrarse, rabian, rabian contra la muerte de la luz. Y tú, mi padre, allá en la triste altura, maldíceme, bendíceme con tus fieras lágrimas, te pido. No entres apacible en esa buena noche. Rabia, rabia contra la muerte de la luz.
La víspera de su último viaje se despertó sobresaltado, doliente, seguro de haber dormido menos de lo debido; de que todo habría terminado, lecturas, discursos, visitas, ceremonias; quizá también la noche cerrada. Él era un coleccionista insaciable de vidas quiméricas; cada momento arrancado al olvido era una muerte parcial. Ella lloraba de noche, el deseo de compañía la consumía como un fuego; debía ser la única cosa que ardía en ella, porque aparte de eso el desierto era total en un mundo antiguamente inquebrantable. Él intentaba llenar los vacíos entre las cosas; era un cazador despojado de su lanza. Ambos contemplaron la posibilidad de congelar en imágenes los antiguos días felices de su idilio amoroso. Quedaba la poesía como un grito semiarticulado y la embriaguez perpetua.
El día nueve de octubre Dylan y Caitlin dejaron su hogar en Laugharne y se dirigieron a Londres, donde pasaron once días antes de que él tomara el vuelo hacia Nueva York. “Otro viaje a Estados Unidos puede matarte”, se limitó a decirle a Thomas. Aunque ella se oponía rotundamente al periplo por el precario estado de salud de su esposo y no apartaba de sus pensamientos la idea de conformarse con un matrimonio que naufragaba, sabía que era la única manera de obtener el dinero suficiente para solventar los gastos familiares. El día veinte, al despedirse lacónicamente, se enfrentaron a recuerdos que creían sepultados y disfrazaron el último llanto con susurros.
Tras abordar el avión, se arrellanó en su asiento y solicitó a la azafata un vaso de whisky. Como George Bernard Shaw, atestiguó que el alcohol es la anestesia que nos permite soportar la operación que es esta vida. Después del despegue sacó un cuaderno negro de su maletín y se dispuso a escribir, sin conseguirlo; en cambio conversó unos minutos con la mujer que se sentó a su lado, alejando temporalmente los nubarrones que se formaban en su mente. Cuando ella concilió el sueño, el poeta pidió otro whisky y sumió sus pensamientos en un torrente de reminiscencias. Por su mente se deslizó, acompasada por una melodía inaudible, una cadena de imágenes. Repasó su juventud, en cuyo núcleo palpitaban los primeros poemas, y la época en que trabajaba de reportero en el periódico South Wales Daily Post, en su natal Swansea. De aquella comarca al sur de Gales rescató la sonrisa de Caitlin y la cadencia del mar, las canciones galesas y la voz de su madre.
A estos recuerdos se unieron otros que parecían ráfagas líricas. Se vio a sí mismo, de cuatro años, declamando de memoria pasajes de Ricardo II, sentado en las rodillas de su padre. Lo seguía el fantasma de su progenitor, D. J. Thomas, que había muerto diez meses antes, ciego, en medio de una terrible agonía. El día en que incineraron el cuerpo de su padre, Thomas no entró al crematorio de Laugharne. Como una oscura clave, recordó la imagen que le proporcionó un amigo: en las llamas del horno su cráneo explotó como una bomba. Repasó la misma imagen una y otra vez y repitió: No entres apacible en esa buena noche. Conforme apuraba su siguiente trago, también fue asaltado por el recuerdo de su hermana, muerta en Bombay poco después que su padre. Caviló en la leyenda narrada por Plutarco, que afirma que el reino de los muertos se encuentra en la luna, y se pensó como un habitante más. Sintió que el pasado se eclipsaba, que asistía al ritual de la desaparición. La aeronave atravesó una tormenta y a mitad del accidentado vuelo la ventanilla traslucía algo de esa soledad que también acontece en tierra firme.