PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

de la Rocha Muñoz, Alberto (Pilsner)

Acostándome temprano



ACOSTÁNDOME TEMPRANO

por Pilsner (seudónimo)            Ha sido al toparme en el estrecho pasillo del vagón con la joven y sonrosada pastelera, que aprovechaba los minutos de parada en la estación de Doncières para sacar algunos francos vendiendo bollos y barquillos a los viajeros, cuando he recordado en un arrebato de la memoria, propiciado por el olor de los pastelillos aún calientes que colgaban en una bandeja de su robusto cuello de campesina, aquellas mañanas de mi infancia en que por alguna razón no había colegio y yo me quedaba en casa con mamá y, disciplinada mi vigilia por los besos que todos los días me daba para despertarme, era incapaz de permanecer en mi cálida cama aunque no hubiera que ir al colegio, salía de mi habitación en pijama, restregándome los ojos aletargados, y caminaba descalzo por el pasillo hasta el salón, donde mamá había abierto la ventana para ventilar, cosa que hacía aun en los días más severos del invierno, y pasaba la aspiradora a la alfombra mientras escuchaba de fondo, sin entender nada por el ruido del motor eléctrico, las voces que salían del televisor encendido. Lo que he recordado ha sido el incomprensible contraste de temperatura entre la tibieza plácida de mis sábanas revueltas por el sueño y el aire gélido que entraba por la ventana, arrojando a mi nariz, de pronto irritada por el frío, el gustoso olor de la pastelería que había en los bajos de mi casa y cuyo obrador había estado toda la noche funcionando, elaborando los bollos que, esos días en que no había colegio, mamá excepcionalmente me compraba para desayunar, calientes y perfumados.            He rebasado a la joven vendedora, que ha tenido que girarse para que la bandeja con los pasteles no ocupara todo el ancho del pasillo, y he regresado al compartimento en que Albertina me esperaba, poniendo esa carita de falsa y adorable tristeza para hacerse perdonar por su coqueteo con mi amigo Saint-Loup. “Nada me apena más, querido, que incomodarte con mi torpeza, sé que ha sido de mal tono, perdóname, no lo volveré a hacer, no veré nunca más a tu amigo Roberto si quieres, ¿me perdonas?”, ha dicho con su melodiosa voz de comedianta. Por toda respuesta he besado su mejilla pálida y, abrazándola y hundiéndonos ambos en los mullidos sillones de terciopelo, me he abandonado al recuerdo mientras aguardamos a que el tren reanude su marcha hacia París.            “Pero mi niño, ponte la bata, que vas a coger frío”, exclamaba dulcemente mamá cuando se volvía y por fin me veía en el umbral del salón, con mi pijama retorcido y mis ojos deslumbrados por la luminosidad de la mañana que entraba junto con el aire invernal. Apagaba la aspiradora con el pie y venía hacia mí. Me cogía en brazos y me decía, entre una profusión de besos tiernos: “Pero por qué no te has quedado en la cama, calentito, mi niño, hoy que no hay colegio”. Pero era apenas un reproche, estaba encantada de verme levantado, y muchas veces entraba a mi habitación en cuanto acababa de pasar la aspiradora en el salón y me despertaba impaciente, si extrañamente no lo había hecho yo solo, metiéndose en mi cama y soplándome en el cuello o diciéndome muy bajito mi niño. “Anda, ponte la bata, déjame que termine aquí y que ventile también tu habitación y ahora bajo a comprarte un bollo de crema para desayunar, ¿quieres?”.

El niño que yo era no entendía esa costumbre de mamá de ventilar las habitaciones de la casa todas las mañanas, ya fuera verano o invierno, ya hiciera viento o lloviese, con tal de que la lluvia no fuera muy racheada y mojara las cortinas o calara el parqué bajo las ventanas; no entendía por qué, si era invierno, había que desperdiciar ese calor tan arduamente logrado durante la tarde anterior y la noche y eliminar del aire la persistencia caldeada de nuestras dos respiraciones durante el sueño, ese voluptuoso olorcillo a madriguera que yo asociaba con mi pijama arrugado y suave y con el aliento de mamá hablándome al oído bajo las sábanas y rozándome con sus labios casi febriles, impacientes, y que apenas empezaríamos a recuperar hacia el mediodía, cuando conectasen la calefacción en el edificio, tras varias horas de un frío excesivo que yo tenía que soportar en las largas y diáfanas mañanas sin clase, frío que las delicias de crema que comía con el desayuno, pese a enloquecerme, no conseguían compensar. Porque los días lectivos mamá no ventilaba la casa hasta que no me llevaba al colegio, para que no me constipase; esperaba a que yo no estuviera para abrir todas las ventanas y que el saludable aire llenara cada habitación hasta los rincones más resguardados, en un acto estricto de limpieza que, pienso ahora, tenía algo de espiritual, tal vez, o al menos de ceremonioso.

Aun con mi confortable bata puesta y el bollo en mi estómago y las ventanas ya cerradas, en la casa hacía un frío impropio, se había perdido de manera irrecuperable el calor conservado del sueño, y a mí me gustaba, en esas mañanas ociosas en que la mala conciencia por no haber hecho todavía los deberes se difería hasta la tarde, esconderme en el armario corrido del pasillo, gigantesco y casi sin fondo a mis ojos, hasta donde los rigores higiénicos de mamá no habían alcanzado y por tanto mantenía una calidez recóndita, preciadísima por mi piel siempre medio erizada y mi nariz enrojecida e insensible. Pero no me refugiaba allí solamente huyendo del frío matinal, también lo hacía para jugar a una especie de escondite en el que mamá era siempre quien se la ligaba, a la que le tocaba buscarme por toda la casa, con mucho ruido de puertas y lanzando exclamaciones de una desesperación de vodevil por su hijo perdido, que se convertían en histriónicos y cariñosos abrazos cuando finalmente venía al pasillo, marcando sonoramente sus pasos, y abría la puerta del armario y se abalanzaba sobre mí, que la aguardaba abrazado a las rodillas sin poder contener una risa regocijada. Tiempo después, he creído identificar una razón más profunda de este aparente juego, que yo entonces, con el respeto temeroso de los niños hacia aquello que los adultos eluden o callan, no me confesaba: me metía en el armario porque era el lugar en el que podía estar más cerca de papá, allí, junto a su largo abrigo de ante que era el único rastro de él en toda la casa, que yo supiera, y cuyo tacto en mi mejilla y su olor anclado en mi breve y abismal memoria suplían precariamente mis deseos de saber de él, me resarcían de mi comprensible cobardía por no atreverme a preguntarle a mamá.

Un día en que recuerdo que junto al olor de la pastelería había entrado al salón el desagradable humo de un coche arrancado en la calle ?demostración del carácter no del todo lógico del acto purificador de mamá?, hice un hallazgo que cambiaría mi disposición frente a aquellas mañanas ateridas, separadas una de otra por varias semanas o a veces algún mes, y que me llevó poco menos que a esperarlas con una ansiedad en la que, no obstante, los bollos de crema seguían teniendo mucho que ver. Aplastándome la nariz entre dos dedos para calmar el picor producido por el frío y el humo del coche, me subí con mis zapatillas de loneta a una silla que mamá, antes de ir a comprar mi desayuno, había arrimado a la enorme estantería llena de libros y cogí uno al azar, guiándome por una motivación que, también tiempo después, he asociado con papá y su ausencia, pues aquellos volúmenes, unos cuantos centenares, yo intuía, por un sutil pero perceptible tapujo de mamá respecto a ellos, que habían ido a parar a casa por papá, aunque no fueran un vestigio personal suyo como sí lo era el abrigo. Descubrí, y mamá al llegar me sorprendió sentado en el sofá y transportado por la fascinación, que en el interior de los libros se mantenía milagrosamente el calor de la tarde anterior y de la noche; entre las hojas permanecía, como un rescoldo de celulosa y tipografía, esa tibieza que yo añoraba durante aquellas largas mañanas y que buscaba, entre otras cosas, dentro de mi refugio del armario del pasillo. Mi mano destemplada se posaba de lleno en una página y era indescriptible el placer que sentía, al que contribuían el tacto algo rugoso y cosquilleante del papel y por supuesto su olor. “Mi niño, todos estos libros son muy gordos para ti, y tienen la letra muy chiquitita”. Aunque estas palabras no fueran una desaprobación seria y además juraría que en ellas no estaba presente el sigilo ante todo lo relacionado con papá, sí tomé conciencia de la componente furtiva que tendrían a partir de ese momento mis sustracciones asiduas de la biblioteca.

Porque en la siguiente mañana sin colegio casi me atraganto de impaciencia con el bollo para ir cuanto antes al salón y, en un descuido de mamá, agarrar un libro de la estantería, metérmelo debajo de la bata y correr a esconderme en el armario del pasillo, entre las caricias de la ropa colgada. La primera vez que mamá, creyendo que yo quería jugar al escondite, abrió la puerta del armario después de haber hecho menos ruido del habitual (o yo no lo oí, extasiado por mi inocente vicio) y me encontró con un libro abierto sobre las piernas, me dijo antes de nada que allí dentro estaba demasiado oscuro y no podría leer, y después se quedó en silencio, desconcertada por mi actitud ajena por completo al juego, paralizada por más de una incomprensión, y yo percibí nítidamente cómo se abría entre nosotros una fisura que eliminaba para siempre nuestra cercanía total y entrañada, que interponía un hueco de reserva e intimidad a causa del cual algunas preguntas, ya no sólo las referentes a papá, no podrían ser más formuladas; esa distancia que constituye a fin de cuentas, supongo, el abandono de la infancia. Cerró el armario y nunca más volvió a abrirlo estando yo dentro, nunca más jugamos al escondite.

Me sobrepuse a esta tristeza irreparable con mi singular afición a los libros. Mamá tenía razón, era imposible leer dentro del armario, pero es que yo no leía los libros, en efecto eran demasiado gordos y de letra demasiado pequeña para un niño; yo buscaba en sus páginas, con un gozo no menos intenso que el de un lector ávido, las reminiscencias del calor que mamá había evacuado de toda la casa, que yo apreciaba con una fruición y una delicadeza extremadas. Abría el libro por la mitad y tanteaba primero con las puntas de los dedos, desde el borde de la página, siempre más frío, hacia el centro, hasta localizar la región más cálida, y sin perder tiempo, pues a pesar de que el armario era una atmósfera templada el calor del libro se disipaba bastante rápido, ponía las dos manos sobre sendas páginas, la izquierda en la par y la derecha en la impar, apretando ligeramente para obtener el mayor contacto posible y eliminar las mínimas bolsas de aire bajo las líneas de la palma. Había en ello esa adictiva insatisfacción de los placeres fugitivos, efímeros, que infatigablemente perseguimos para perder casi enseguida, apenas vislumbrados, y que si perdurasen no valoraríamos en la misma medida, nos saciarían, arrebatándonos el deseo de ir de nuevo tras ellos para que su licor roce tan sólo nuestros trémulos labios, por siempre sedientos, insaciados.

Pero aunque el aliciente primordial de mi disfrute consistiera en su fugacidad, era lógico que procurara dilatarlo lo más posible, siempre y cuando no lo hiciera mediante algún procedimiento artificial, lo cual supondría una imborrable mácula en su pureza. A lo largo de varias de aquellas mañanas, por tanto durante un par de meses del invierno, llevé a cabo metódicamente una serie de comprobaciones de las que concluí lo siguiente: que los volúmenes con menos hojas podían perfectamente albergar la temperatura más alta recién abiertos junto a la estantería, pero que ésta se reducía notablemente en el trayecto entre el salón y el armario, al atravesar esa masa de aire frío que la tela de mi bata no combatía de modo óptimo; que no siempre las tapas duras garantizaban más calor, ya que era fácil que un leve abarquillamiento del cartoné abriese una lámina de espacio entre libro y libro por la que se infiltrara el frío; que los volúmenes juntos de distintos tamaños eran menos cálidos y que las sobrecubiertas y las solapas no eran particularmente aislantes. El primer día sin colegio a partir de estas conclusiones tomé la determinación de escoger las páginas más cálidas del más cálido libro de la estantería del salón.

Mientras desayunaba mi apetitoso bollo con crema, no dejaba de ponderar todas las variables que influían en la temperatura que las palmas de mis manos recibirían como una suerte de emanación curativa y litúrgica. Mamá entró en la cocina y me dijo que bajaba un momento a la calle para comprar unos filetes para la comida. Me dio un beso en la frente y me ajustó la bata: “No vayas a coger frío, mi niño”. Por un vago pálpito salí de mi ensimismamiento y giré la cabeza para ver a mamá abandonar la cocina y desaparecer. En cuanto oí el ruido de la puerta al cerrarse, tragué el último y desmesurado bocado del bollo, que empujé con el sorbo también último del vaso de leche, salté de la silla y corrí al salón. Acababa de deducir cuál sería el libro más cálido. Arrastré la silla hasta los estantes y subido de puntillas lo alcancé: el tomo cuarto y central de los siete que componen la vieja edición de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, todos con muchas páginas, de tapa blanda y del mismo exacto tamaño. Envolví Sodoma y Gomorra en los faldones de mi bata y salí disparado hacia el pasillo. Antes de encerrarme en el armario comprobé, para que el calor fuera el más elevado posible, cuántas páginas tenía el volumen: seiscientas justas. Por lo tanto la página más cálida sería la central, la trescientos, que localicé cuidadosamente con la punta de una uña antes de meterme en la oscuridad del armario.

¿Cómo describir el placer supremo, que se ve además inflamado al saber que es inigualable, que está por encima de todos? Mis manos temblaban sobre la página trescientos y la trescientos uno, intentando no desperdiciar ni un ápice de aquel calor sublime. Coloqué incluso la cara sobre mis dedos para sentirlo más vivamente. Pero no pude reprimirme: quité las manos y posé directamente mi mejilla derecha en la trescientos uno, cerrando la otra mitad del libro sobre mi mejilla izquierda para contactar con la trescientos. Y entonces deseé que no acabara nunca aquel placer, pero tampoco saciarme nunca, deseé permanecer siempre en ese momento inicial antes de que irremediablemente decayese. Apreté aún más mis mejillas contra las páginas del libro, como si pretendiese…

El silbido del tren hace estremecerse a Albertina y puedo ver entre sus graciosos rizos cómo su respiración se agita un instante en la fina porción de pecho que asoma por el escote de su elegante toilette de viaje. “No nos enfademos nunca más, querido”, musita con voz grave, como lastrada por la grata lasitud de la somnolencia, y yo beso su sien y soplo débilmente sus largas pestañas, que vibran también por la suave caída de un parpadeo que no se alzará, sellado por el sueño, y por el pausado traqueteo del tren arrancando, abandonando la estación de Doncières. Antes de que desaparezcan por una esquina de la ventanilla o engullidas por el vapor de la locomotora, miro las figuras de Monsieur de Charlus y del joven violinista Morel conversando en el andén, y reconozco en los ojos del barón ese brillo codicioso y malévolo que vuelca sobre el músico, quien aceptará, halagado y humillado a la vez, la cita que acaba de proponerle. El espeso humo de la máquina desciende sobre nosotros, velando la ventanilla, y es como si lentamente penetráramos en un túnel iluminado por una claridad difusa y cenicienta, que nos llevará a un destino diferente del previsto. Entorno yo también los ojos, aunque sin llegar a cerrarlos, y me abandono de nuevo al recuerdo, recuerdo de lo que aún no ha sido, no ha tenido lugar todavía.

El teodolito

           Nunca más. Ayer fue la última. Por cobardía no se lo dije, pero de alguna manera ella lo supo. Y en el momento en que su tronco se quebraba en dos mitades sobre mí, como tantas veces, había ahora un lastre de desesperación que convirtió su gemido final en un estertor, en un sollozo a duras penas tragado con la dignidad del condenado a muerte que rechaza la venda en los ojos pero no puede parar de temblar. Aunque después se dejó caer exhausta a mi lado, como tantas veces, y no se atrevió ?por cobardía también, quizá, o por no querer señalar la mía, dispensándome de la vergüenza y del dolor y de la amargura? a decir nada, a pedirme explicaciones, a reprochar, a acusar. Pero daba igual: ese silencio que sabe, esa desesperación de última vez, me acusaban con la misma dureza. Y luego no apoyó su cabeza en mi pecho y yo entonces no le dije al oído, mientras le acariciaba el pelo lacio muerto de ternura, mi niña, mi niña.            Nos duchamos, no juntos ?pero no siempre lo hacíamos?, yo primero y ella después. Acerqué el oído a la puerta entornada pero entre el chaparrón de la ducha no la oí llorar, y al salir no tenía los ojos rojos. Dejamos la habitación. En la recepción, delante del hombre del mostrador que cogía la llave, su rubor era el habitual, incapaz de un mínimo de orgullo displicente para sostener su mirada, que de todos modos tenía más de aburrida que de maliciosa. Pero después, esperando los taxis que yo había pedido por teléfono ?se puso roja de bochorno la primera vez, cuando se los pedí al recepcionista, dos taxis y no uno, prueba inequívoca de lo furtivo de nuestra cita?, mantuvo una inusual distancia, apenas nada, unos centímetros, medio paso, o ni siquiera eso, tan sólo el cuerpo escorado una veintena de grados, lo suficiente para desbaratar la posibilidad de un abrazo de despedida, abrazo que yo no hubiera tratado de darle, destrozado por la culpabilidad.            Se montó en el primer taxi y no giró la cabeza hacia mí cuando arrancaba, y yo decidí, porque aún me había reservado la prerrogativa de rectificar ?hasta ese punto llegó mi cobardía?, que ya nunca más, que ésta había sido la última vez.            Hoy, en toda la mañana, no he pensado en ella. Sólo ahora, al bajar en el ascensor con esta mujer. Su mismo perfume.            Mierda, me he dejado arriba el teodolito.            ?Buenos días, Josep.            ?Qué pasa, Manuel.            ?Oye, lo siento.            ?¿El qué?            ?Pues… Lo de Ricardo.            ?¿Por qué me lo dices a mí? Era tan compañero mío como tuyo.            ?Ya, hombre. Pero vosotros erais además amigos, os veíais fuera del trabajo, ¿no? Quedabais las dos parejas, Adela y tú y él y Margaret.            ?Ah… Bueno… La verdad es que hacía tiempo que ya no quedábamos. Por lo menos un año.            ?¿Y te encuentras bien?            ?…Sí, sí, no te preocupes.            ?¿Has hablado con Margaret?            ?No. Ya te he dicho que últimamente habíamos perdido un poco el contacto. Con ella, quiero decir, claro.            ?Pero ante una cosa así…            ?Ahá. Pues no, no. No la he llamado.            ?Pobre mujer.            ?¿Se sabe ya cómo fue?            ?Sí. Según los testigos al parecer se quedó sin frenos. Se dirigía al recinto ferial para hacer las mediciones de la carpa, así que salió de aquí y fue por Mayor y Libertad, y al coger Doce de octubre, en fin, ya sabes lo empinada que es esa calle. Intentó frenar y no pudo. Se llevó por delante la valla y cayó acantilado abajo. Es horrible. Qué angustia. Pisar el pedal y que no te responda, y el coche precipitándose al vacío sin que puedas hacer nada.            ?Podría haber saltado.            ?Eso es en las películas, Josep, y además no sé si tuvo tiempo, intentaría dominar la furgoneta, frenar con el freno de mano, reducir con la caja de cambios, no sé, o quizá creyó que podía tomar la curva a esa velocidad.            ?Pero no pudo.            ?No, no pudo. Qué mala suerte, joder.            ?Los accidentes…            ?No, si me refiero al semáforo.            ?¿Qué semáforo?            ?El de Mayor. Lo pilló en verde. Si hubiera estado en rojo tendría que haberse detenido y entonces se habría dado cuenta de que estaba sin frenos y no habría llegado a Doce de octubre, como mucho habría tenido un accidente en el cruce, difícilmente mortal.            ?Eso es mejor no pensarlo, Manuel.            ?Ya. Lo sé, lo sé.            ?Además quizá le fallaron los frenos justo en Doce de octubre.            ?Tienes razón. Por cierto, ¿quién cogió antes la furgoneta?            ?Eh… Yo, creo que fui yo.            ?Pues fíjate, te podía haber tocado a ti.            ?Sí, eso nunca se sabe. Los accidentes…            ?No deberíamos haber venido hoy a trabajar, al día siguiente. Qué cabrón el Concejal. Lo comentaba hace un rato con Mauricio, el de Medio Ambiente.            ?Bueno, mañana pararemos para ir todos al entierro.            ?Ya, ya, ya… Pero no me jodas, Josep. Aquí en el Ayuntamiento no damos un palo al agua en todo el año, qué más le daba al Concejal que no trabajásemos hoy, coño, por respeto a Ricardo, que palmó precisamente por esa mierda de furgoneta del Departamento.            ?No le des más vueltas, de verdad, Manuel.            ?Sí, sí, perdona. Perdona.            ?¿Subes?            ?Sí, voy un momento a mi despacho y luego tengo que salir. Encima ahora estamos sin furgoneta.            ?¿Vas lejos?            ?No, no mucho, pero tendré que cargar con el teodolito, y este viejo pesa más que el otro.            Pero yo no le dije nada. Nada. Mi decisión unilateral ?cobarde? no cruzó en ningún momento al otro lado de mi cabeza, y, bien pensado, no creo que pudiera ser leída en mi mirada ni en la cadencia concluyente de mis gestos con la certidumbre de la palabra dicha, irrevocable, marcada en el tiempo con esa sonoridad obsesiva de las frases del principio o del final (te quiero, cómo puedo echarte tanto de menos, se ha acabado, no quiero volverte a ver). Y es cierto que yo creí leer en ella ?mirada, gestos concluyentes? la impronta desolada de mi decisión, pero tampoco yo puedo contar con la certeza, también sus ideas no dichas son impenetrables para mí. Sí, tal vez me confundí.            Y ahora recuerdo ?su perfume persistía en el ascensor cuando he subido a por el teodolito? que mientras bajábamos a la recepción se abrazó a mí y resguardó su cabeza en el nido entre mi hombro y mi cuello y ronroneó indefensa y burlona, ignorante por tanto de que aquella fuera la última vez que ella tenía la oportunidad de abrazarse a mí en el ascensor del hotel de nuestras citas antes de ruborizarse delante del recepcionista indiferente, hastiado, ni siquiera cómplice. Se me había borrado por completo ese instante.            Y, en cualquier caso, aunque ella supiese con certeza de mi decisión, tal vez acepte olvidarlo. Es fácil olvidar lo que no se ha dicho.            Pero, ¿qué ocurre?, ¿me estoy arrepintiendo? ¿Es que basta oler de nuevo su perfume para que se venga abajo mi firmeza? Y encima el cenicero está lleno de las colillas de él, y en el aire aún huele a humo, persiste como el perfume en el ascensor y en mi memoria.            ¿La llamaré esta tarde como si no hubiera pasado nada ?pero nada ha pasado, no dije nada, uno no puede retractarse de lo que no ha dicho ni hecho, no puedo retractarme de mi mirada, de mis gestos concluyentes, si los hubo?? No lo sé, no lo sé. De momento cierro el cenicero y abro las ventanillas para que se marche este maldito humo.            ?Joder, y ahora tengo que ir a la otra punta del pueblo. Va el Concejal y me dice que quiere para mañana lo de las calas de agua de Pacífico. Para mañana, ¿tú te crees?            ?Pues ya sabes, Josep, a tirar de bonobús.            ?Sí. Me hace una gracia cojonuda ir en el autobús con las señoras que vuelven de la compra con el carrito. ¿Desde cuándo corre prisa una cala?            ?Se acercan las elecciones, ya sabes. Todo tiene que quedar tapado, bonito y reluciente, aunque se vuelvan a abrir todas las aceras dentro de un mes.            ?Es que va para dos semanas que estamos sin furgoneta. ¿Cuándo se decidirá a comprar una?            ?Está pedida, pero no la dan hasta la semana que viene.            ?Encima jodió la furgoneta.            ?¿Qué?            ?Nada.            ?¿Quién jodió la furgoneta? ¿Ricardo? ¿Te refieres a Ricardo?            ?Da igual.            ?No seas cabrón. Murió. Piensa en Margaret.            ?Ya, ya.            ?¿Tan mal os llevabais? Me fijé en el funeral. Ni siquiera la saludaste.            ?No, no la saludé.            ?Pero Ricardo y tú sí os hablabais.            ?Únicamente lo indispensable para el trabajo.            ?Vaya. Yo pensaba que se había enfriado la relación, pero nada más.            ?Pues así estaban las cosas.            ?Ya veo. Algo os sucedería, ¿no?            ?No creo que sea asunto tuyo, Manuel.            ?Bien, bien. Perdona, hombre. Pero que quede claro que también era compañero mío, aunque no fuera amigo, y que no permitiré que hables así de él delante de mí, ¿de acuerdo? Me da igual que os llevaseis a matar.            Pero ha llegado un momento, o llegó hace semanas y desoí la implacable conclusión, en que esa ternura por la que me muero cada vez que ella apoya la cabeza en mi pecho y yo acaricio la línea ondulada de su cerviz, o beso sus muñecas azules mientras gimotea desvanecida y niña tras el sexo, o me llama con ese diminutivo bobo y vergonzante; esa ternura ya no me resarce de los celos ni de la frustración ni de la culpa, más bien los agudiza como un ingrediente que súbitamente hubiera invertido sus propiedades, como ocurre con cierta clase de manzanilla, de cuyo tiempo de infusión depende que sea un digestivo o se convierta en un potente emético, un vomitivo.

No soporto ya más los celos; los míos, incongruentes y egoístas, pues desde el principio acepté compartirla con él ?mejor dicho, él la comparte conmigo, sin saberlo, o eso espero?; pero menos soporto los suyos, el temor siempre a que yo utilice como pretexto para una aventura ?pero ya es una aventura con ella, sería una aventura fuera de una aventura? el hecho de que se acueste con él, con su marido, lo más lógico del mundo. No soporto ya más la frustración de que no lo abandone por mí, petición que nunca he formulado pero que flota desde siempre entre nosotros y es tan evidente como lo fue ayer ?¿lo fue?? mi decisión de acabar nuestra historia aunque tampoco fuese formulada. Y no soporto ya más la culpa, la culpa que es este olor a humo en la furgoneta, y las colillas, y las miradas cruzadas en los pasillos y en el ascensor, maldita sea. Ámbar. Hay días de detenerse ante el ámbar y días de acelerar. Acelero.            ?A todo el mundo le gusta este olor.            ?Yo tuve una novia a la que no le gustaba.            ?Bueno, hay algunas excepciones: pongamos todas las mujeres. Pero el resto de la Humanidad encuentra agradable este olor.            ?No sé yo si en Etiopía…            ?Bien, vale, excepciones, excepciones. Pero lo que me pregunto es si se trata de un olor objetivamente agradable y nos gustaría aunque estuviese asociado a otra cosa o si es el resultado de un condicionamiento, es decir, si nos gusta porque significa que tenemos un coche nuevo.            ?Cuánto afinas, Josep.            ?No, no, piénsalo. Al fin y al cabo es el olor de los plásticos del salpicadero, de la tapicería sintética, de las alfombrillas de goma. En sí, no son materiales que huelan bien, al contrario.            ?Se lo preguntaré a mi psicoanalista en mi próxima sesión, antes de que me administre mi electroshock semanal.            ?¿Te has dado ya una vuelta con ella, Manuel?            ?Claro, la he recogido del concesionario. Va mucho mejor que la anterior.            ?Perfecto. Encima nos ha terminado haciendo un favor.            ?…            ?Ya sólo nos falta un teodolito nuevo que no pese tanto.            ?Eres un hijo de puta, Josep.            ?¿Yo? ¿Por qué, Manolito?            ?Creí dejártelo claro.            ?¿Tanto te cuesta aceptar que hay personas que benefician al mundo cuando se mueren?            ?¡Cállate ya!            ?Ricardo era uno de ellos.            ?¿No me has entendido? No vas a volver a hablar así de él.            ?¡Suéltame, Manuel!            ?Eres un hijo de puta.            ?¡Que me sueltes, he dicho!            ?¡Hijo de puta!            ?¡¡Ricardo se follaba a Adela!! ¿Entiendes? ¡¡Se follaba a mi mujer!!            ?…            ?Y ahora suéltame, gilipollas.            ¿Qué demonios hacías con Adela, aparte de follar?            Bien, tendré que aceptar esta pregunta descarnada, simplista, cruel, impostada, cínica, pero consoladora ?un consuelo falso y miserable?, tendré que aceptar este arrebato de cinismo porque de lo contrario no voy a poder vivir sin que su perfume ?pero será un bolso igual al suyo, o unas gafas, o la cadencia desamparada de sus caderas descubierta a lo lejos en una mujer que no será ella? desbarate todas mis certezas, todas mis decisiones laboriosamente logradas, tendré que aceptarlo como un tardío y extraño tributo de fidelidad a Margaret, y negaré siempre ?ante mí mismo y ante ella, miserablemente ante ella? la ternura y por tanto los celos, la frustración y la culpa, como si no hubiera existido nunca lo que en realidad ha tenido únicamente valor, y no es el sexo, follar, su cuerpo, como si desde el presente pudiera yo volcar hacia el pasado este aluvión de cinismo, y sólo yo tuviera esa potestad que es de los dos, como si de un tajo me cortara esta mano que te acaricia el pelo lacio y segara esta voz que conmovida te dice al oído mi niña, mi niña, y la ternura, ay, la ternura que es este humo que, no, la ternura no es este humo, sino, pero tampoco, el pedal que se va al fondo como si pisara una esponja y no.            ?Hombre, Mauricio.            ?Manuel.            ?Joder, vaya guirigay. Está todo el Ayuntamiento revolucionado. ¿Qué pasa?, ¿es que se ha decidido no trabajar ya nunca más? Quiero decir: fingir que se trabaja.            ?¿No te has enterado?            ?¿De qué?            ?Han detenido…            ?Me he cruzado con dos coches de la Policía Nacional cuando llegaba.            ?Sí. Han venido a detener a Josep.            ?¿A Josep? ¿Por qué?            ?Bueno, no es oficial, se lo han llevado sin explicar nada, pero los policías locales han filtrado que es sospechoso de haber saboteado los frenos de la furgoneta en la que Ricardo se mató.            ?¿Qué?            ?Lo que oyes, macho. Único sospechoso, lo cual equivale casi a ser culpable. ¿Por qué lo iban a detener casi un mes después? Será que tienen pruebas firmes.            ?No me lo puedo creer: Josep.            ?Yo tampoco doy crédito. Si eran amigos… El tío sabía que Ricardo iba a necesitar la furgoneta aquella mañana y entonces la cogió antes y aprovechó para cargarse los frenos.            ?¡Me lo dijo, me lo dijo! Me dijo que él la había utilizado justo antes.            ?Claro, para qué negarlo. La furgoneta la compartíais todos los del Departamento, ¿no? Ni siquiera tenía que borrar su rastro, huellas dactilares y todo eso.            ?No me lo puedo creer.            ?Sí. ¿Y por qué lo haría? ¿Por qué querría matar a Ricardo?            Inconcebiblemente alivio y silencio. Y velocidad. Por haber sido liberado de tener que decidir si llamo, si confieso, si niego; alivio. El silencio vertiéndose raudo y cegando mis oídos al ruido del motor que se aligera. Y dejo que la velocidad succione en su remolino a Adela y su cara de vergüenza ayer en la recepción, que amo con piedad arrasadora, y también a Margaret, mi querida y pobre Margaret, e incluso a él, que se inmiscuye atrapado por las aspas de la velocidad, Josep, que no pide permiso ?yo tampoco le pedí permiso? como este humo suyo que ha calado hasta inundarla esta mañana agitada de decisiones ahora resueltas o mejor dicho abolidas. Y piso de nuevo a fondo el freno, que no funciona y me alivia y me libera de tener que decidir, y en el silencio el golpe violento contra la valla que cede sin frenar un ápice la furgoneta es el último sonido antes del silencio, el aire y el mar.

Olaf

           Mi deuda hacia él quedó establecida cuando Olaf, mi imperturbable y bonachón mastín, se lanzó inopinadamente hacia su brazo con las fauces abiertas y comenzaron los gritos. Era la primera vez que hablábamos, después de meses de saludarnos a distancia con la mano, y la primera vez que mi perro mordía a alguien. La situación no pudo ser más violenta y embarazosa, teniendo además en cuenta que ambos sufríamos una enfermiza timidez (él siempre se sonrojaba al instante cuando nos cruzábamos y levantábamos la mano o a lo sumo musitábamos un cohibido hola), razón por la que aún no habíamos hablado pese a ser los dos únicos jóvenes del pequeño pueblo en que vivíamos.            Nos habíamos encontrado de sopetón al doblar una esquina y no habíamos tenido oportunidad de eludirnos. Apenas intercambiamos unas frases sobre la dureza del invierno (yo fingí no ver sus mejillas coloradas) y entonces él, forzando una desenvoltura que estaba lejos de sentir, posó una mano sobre la cabeza de Olaf, que lo miraba sentado sobre sus patas traseras, y éste, todavía me pregunto por qué, giró raudamente el cuello y mordió el brazo del chico. Él gritó aterrorizado al ver cómo mi enorme perro se le echaba encima; yo grité mientras tiraba de la correa con toda la energía de mi cuerpo.            Los gritos cesaron cuando Olaf abrió la mandíbula y soltó su brazo. En mitad del nerviosismo, de la súbita densidad del aire que acompaña a las desgracias, sentí que el agravio que le acababa de infligir al chico, aunque yo no fuera la responsable directa, me dejaba en deuda con él. Después, los tres nos alejamos varios metros, como despedidos hacia atrás, y yo castigué a Olaf haciendo sonar la palma de mi mano contra su lomo, cosa que siempre le asustaba, más por el ruido que por el insignificante dolor.            ?¿Estás bien?, ¿te ha hecho algo?? le pregunté.            Se tocaba el brazo por encima del abrigo y ahora estaba completamente pálido.            ?Sí… sí…? balbuceó.            ?¿Sí te ha hecho algo?? Me alarmé.            ?No, estoy bien. Me ha pillado el abrigo, nada más.            ?¿Estás seguro?            ?Sí, no te preocupes.            ?Oye, perdona, cuánto lo siento. Es la primera vez que lo hace, nunca ha mordido a nadie? dije, pero tuve la sensación de estar mintiendo y, en cualquier caso, la certeza de que él así lo pensó.            ?No te preocupes? repitió. La timidez le inducía a terminar con la situación y a salir de allí cuanto antes.            ?Lo siento? insistí, abochornada, y si mi cara tuviera también la peculiaridad de sonrojarse estaría al rojo vivo.            ?Bueno, adiós? se despidió, bajando los ojos y quitándose la mano del brazo para que yo no pensara que le dolía, si es que le dolía.            Lo vi alejarse, caminando con una desenvoltura aún menos creíble que la que le había llevado a acariciar la cabeza de Olaf.            Fue así como nuestra primera conversación se vio bruscamente interrumpida, de modo que no pudimos preguntarnos qué hacían un chico y una chica jóvenes en aquel pueblecito de viejos. Cuando llegué a casa, me di cuenta de que ni siquiera habíamos tenido tiempo de intercambiarnos los nombres. Aunque él sí sabía el de mi mastín.            Yo llevaba unos pocos meses viviendo en el pueblo, en una casa que el municipio me alquilaba por una cantidad ridícula, simbólica. Casi hubieran pagado con tal de que alguien menor de setenta años se estableciera allí durante una temporada. Soy ingeniera de obras públicas e iba a trabajar por la zona al menos dos años, el tiempo que se tardase en construir una autovía de circunvalación de la ciudad más cercana. El pueblo era tranquilo, es decir aburridísimo, pero el alquiler tan barato me permitía ahorrar bastante dinero y tenía una furgoneta para bajar a hacer la compra a la ciudad y para moverme adonde quisiera.            No paraba mucho por casa: la autovía, como ocurre siempre, iba con retraso, y las jornadas de trabajo no eran ningún día inferiores a diez horas. Puede decirse que no hacía vida en el pueblo, y si cruzaba algunas frases con los viejos era porque al final de la tarde siempre sacaba a Olaf a dar un paseo y me los encontraba. Ellos me hacían preguntas, algunas un poco indiscretas, y yo contestaba obedientemente, comprensiva con su curiosidad y sin olvidar nunca el ventajoso trato que de algún modo me unía al pueblo.            A él comencé a verlo a los dos meses de alquilar la casa. Yo volvía a mediodía para comer y vi a alguien sentado bajo un árbol junto al río. Solté una mano del volante para saludar a quien de lejos supuse uno de los viejos, pero al aproximarme me sorprendió que se tratara de un chico joven, desconocido, que leía un libro apoyado en las rodillas. Mi gesto se quedó a medio camino y él, cuando levantó la cabeza de la página al oír el motor, se limitó a seguirme con los ojos. ¿Quién era ese chico? ¿Qué hacía en ese pueblo de viejos?            Al día siguiente, a mediodía, él estaba en el mismo lugar. Pero yo ya no levanté la mano. Sin embargo, fue él quien lo hizo, quien me saludó, y yo correspondí un poco tarde, cuando mi furgoneta ya le había rebasado, pero fue suficiente.            A lo largo de dos meses, prácticamente a diario, se repitió el saludo: mi furgoneta atravesando el puente del río, él alzando la cabeza de su libro y los dos agitando la mano como si fuéramos amigos o conocidos o como si al menos hubiéramos hablado alguna vez. En tres o cuatro ocasiones el encuentro, el cruce más bien, tuvo lugar en distinto escenario y a otra hora: en mi paseo con Olaf lo veía al final de una calle del pueblo o al otro lado de la plaza, levantábamos la mano o a lo sumo murmurábamos un hola y elegíamos rumbos divergentes. Lo lógico, tras semanas de saludos, hubiera sido acercarnos y decirnos cualquier cosa, pero a eso se oponía la ilógica pero infranqueable barrera de nuestra timidez.            A alguien le oí decir una vez que la timidez es el grado sumo de la cortesía, y que si un tímido se cambia de acera al divisar a un conocido ?reacción tímida por excelencia? no lo hace por miedo a una situación comprometedora, sino para no molestar en lo más mínimo a la otra persona, quien puede también ser un tímido. No lo sé. Lo cierto es que la timidez siempre provoca situaciones todavía más incómodas que las que trata de eludir, y el tímido lo sabe, y por lo tanto la timidez tiene algo de contradictorio, es una especie de atracción por el vacío, de actitud masoquista, suicida.            Así, cuando ese día nos topamos al doblar una esquina, nuestras posiciones eran absurdas: ¿pasábamos de largo con un simple hola?, ¿nos presentábamos y nos dábamos dos besos?, ¿y de qué hablábamos después? Absurdo. Por eso él hizo lo primero que se le ocurrió, tocar la cabeza de Olaf, y quizá también por eso Olaf, que acaso percibió la vibración extraña del ambiente y la consideró amenazante para su dueña, le mordió.            Pero no es justo culpar al chico, en la medida que sea, del incidente con mi perro. Si hay alguien culpable, soy yo. Y soy yo la que está en deuda con él.            Resulta fácil imaginar la inquietud que me asaltó cuando, al mediodía siguiente, atravesé con mi furgoneta el puente y él no estaba leyendo bajo el árbol. Mi imaginación se llenó de imágenes: hospitales, brazos amputados, el rostro lívido del chico sin nombre, desangrado y ya nunca más capaz de sonrojarse. Pero me tranquilicé, no tenía por qué ser nada grave, una o dos veces en semana solía faltar a su cita bajo el árbol, hoy podía ser una más, o simplemente estaba enfadado conmigo y no le apetecía levantar el brazo a mi paso, o su timidez le hacía evitar un posible acercamiento por mi parte para preguntarle qué tal estaba o pedirle de nuevo disculpas, sí, esto era lo más probable. No obstante, esa tarde alargué mi paseo con Olaf con la esperanza de encontrarlo o, al menos, de encontrarme a los viejos del pueblo, quienes, en caso de que él hubiera muerto a causa del mordisco, estarían enterados y me lo comunicarían. No lo encontré, pero sí hablé con los viejos y no me dijeron nada. Pude preguntarles por el chico pero… en fin, yo también soy tímida.            Por fin lo vi a los dos días, vivo y con sus dos brazos enteros sosteniendo el libro. Pero no me detuve a preguntarle qué tal estaba ?o pedirle de nuevo disculpas?, porque en la furgoneta me acompañaba mi jefe, íbamos a mi casa a recoger un teodolito que había dejado el día anterior y teníamos que volver enseguida a la autovía. Le saludé, eso sí, más efusivamente que nunca, hasta el punto de que mi jefe, quien por entonces iba ya detrás de mí, me preguntó con irreprimible curiosidad que quién era. Un amigo, contesté, compensando mi cobarde gesto de no detenerme con un aumento, ante los ojos de mi jefe, del lazo que nos unía. A la vuelta, después de recoger el teodolito, le saludé otra vez. ¿Cómo se llama?, me preguntó. ¿No me digas que estás celoso?, esquivé su pregunta con una audacia inusual en mí, típica reacción de un tímido cuando hace el esfuerzo por no serlo.            Cuando dos tímidos, frente a frente, se empeñan en romper la barrera que les anquilosa, entonces pueden alcanzar una audacia extraordinaria, impensable para una persona normal, un no-tímido: un mediodía, sin haberlo premeditado un segundo antes, cansada de sentirme mal cada vez que lo veía saludarme con el brazo que Olaf había mordido, paré la furgoneta junto al árbol y me bajé. A él le cogió tan por sorpresa que ni siquiera se sonrojó y, redoblando mi audacia, no me dejó decir nada ?pero yo no sabía qué más hacer tras el impulso de pararme?:            ?¿Podrías llevarme a la ciudad con tu furgoneta?? me preguntó, cerrando el libro y poniéndose de pie.            ?Por supuesto? contesté al instante, encantada de poder serle útil.            ?Pero no ahora. Luego, por la tarde? puntualizó.            ?Cuando tú quieras? dije, toda disponibilidad.            Pero recordé, mientras él sonreía y yo pensaba que acaso estaba enamorado de mí, que esa tarde había quedado con mi jefe para tomar algo, la primera cita que por fin me había pedido y que yo tanto había deseado.            ?Pero espera, esta tarde no puedo, ahora que lo pienso.            ?Ah? balbuceó, defraudado.            ?¿Te corre prisa? ¿Tienes que hacer algo concreto?            ?No, da igual, da igual.? Ya estaba completamente rojo. Hasta me pareció percibir en mis mejillas el calor que de repente su cara irradiaba.            ?¿Mañana?            ?Bueno, en realidad tampoco tengo que hacer nada…            Qué desastre. Ambos habíamos apostado por encima de nuestras posibilidades y los envites habían quedado en nada. Y ahora otra vez éramos dos tímidos ante uno de esos episodios que, queriendo evitarlos, propiciamos.            ?Oye, no sé cómo te llamas? se me ocurrió para salir del paso.            Tragó dificultosamente saliva.            ?Juan Ramón.            ?Yo Clara.            No nos acercamos para darnos dos besos, algo absurdo después de meses, y yo retrocedí un paso.            ?Hasta luego.            Monté en la furgoneta y me fui.            En la primavera, hubo otro intento de acercamiento por mi parte. Con la llegada de las buenas temperaturas, comencé a verlo en bicicleta, dando una vuelta por el pueblo ?soltaba el manillar y me saludaba? o con ella apoyada junto al árbol bajo el que leía su libro. Yo también tenía una, que me había comprado en mi anterior lugar de trabajo y me había traído en la mudanza, aunque aún no la había utilizado. Audaz, una tarde de domingo recorrí todo el pueblo con ella hasta dar con Juan Ramón. Frené diagonalmente ante él para que no tuviera escapatoria y solté hacia su cara roja:            ?¿Te vienes a dar una vuelta en bici? Hace muy buen tiempo. Y seguro que sabes algún camino bonito por el monte. Venga, anímate, Juan Ramón            ?Pues… Ayer se me pinchó la rueda de atrás. Aún no la he arreglado y…            Me miraba desolado; no se lo inventaba.            ?Ah, bueno. Otro día, entonces.            Trabada por la vergüenza, a punto estuve de caerme al volver a poner el pie en el pedal. Salí disparada de allí.            Si la situación no se volvió insostenible para mí fue porque pensé menos en ella, en el chico, en el incidente con Olaf, cada vez más lejano. La relación con Antonio, mi jefe, me absorbía. Era la primera vez que estaba enamorada de verdad. Era feliz.            Llegó agosto y con él las fiestas del pueblo, que estaba lleno de gente, hijos y nietos de los viejos. Antonio y yo habíamos disfrutado quince días inolvidables en la playa y ahora él estaba pasando una semana en el norte con su familia. Yo no había querido participar en las fiestas, pese a las invitaciones de los vecinos.            La noche del viernes, el día grande de las fiestas, Juan Ramón llamó a mi puerta. Yo llevaba un rato dando cabezadas delante del televisor pero la música de la orquesta que tocaba en la plaza no me dejaba dormirme del todo.            ?Hola, Clara? dijo, audaz y pálido.? ¿Vienes a tomar algo a la plaza?            ¿Qué podía hacer? Asentí.            ?Me cambio de ropa y salgo. Un segundo.            Diez minutos después, Juan Ramón y yo entrábamos en la plaza iluminada por luces de colores y éramos recibidos por las miradas de los viejos, quienes, interrumpiendo un momento la atención a sus nietos, sonrieron con una especie de satisfacción que venía de tiempo atrás. Entramos en el bar que se había improvisado en la vieja escuela y Juan Ramón pidió para él un gin-tonic, por lo cual me sentí obligada a elegir yo también una bebida fuerte, un ron-cola. Con los vasos de plástico en la mano regresamos a la plaza. Él, sin preguntar, se encaminó a la zona de cemento que quedaba delante del escenario de la orquesta y comenzó a bailar, bastante graciosamente. Entonces pensé, aunque al abrirle la puerta de mi casa no me lo pareció, que ese gin-tonic no era el primero de la noche ni, quizá, el segundo. No obstante, sí era mi primer ron-cola y yo también me arranqué a bailar.            Bebimos. Hablamos. Yo le conté qué hacía en aquel pueblo de viejos. Él me contó que estaba preparando unas oposiciones y se había venido a vivir a la casa de sus abuelos muertos para poder estudiar más concentradamente. Ninguno mencionó el incidente con Olaf, ni siquiera cuando la notable cantidad de alcohol ingerido nos hacía comportarnos de manera opuesta a la que correspondía a dos tímidos enfermizos.            Cerca de las dos de la madrugada, Antonio me envió un cariñoso mensaje al teléfono y yo me emocioné al recordar cuánto le quería, cuánto le extrañaba. Le dije a Juan Ramón que yo volvía a casa, era demasiado tarde. Se ofreció a acompañarme.            Inopinadamente, Olaf empezó a ladrar cuando nos escuchó acercarnos. Yo chisté para que se callara, sin conseguirlo, y a Juan Ramón se le escapó una risotada beoda en la que quise detectar una alusión al mordisco. En la puerta, mientras aguzaba los ojos para atinar con la llave en la cerradura, me sentí mareada, y es por esto que tardé en percatarme de que lo que me desequilibraba cuando conseguí abrir era la mano de Juan Ramón atenazando mi codo y empujándome hacia el interior de la casa. Conseguí resistirme mientras fui capaz de pensar en Antonio y de sostener la convicción de que no quería nada con Juan Ramón, de que en el fondo me repugnaba. Después, cuando en el suelo él cruzó su brazo por delante de mi cara y yo vi en su piel la cicatriz con la marca de los dientes, algo me impidió oponerme a sus maniobras, y soporté el dolor de la muñeca doblada bajo mi espalda, y la humillación de los insultos y los golpes, y sus dedos arañándome por dentro, y su boca congestionada descolgando un hilo de saliva sobre mi ojo. Olaf no dejó en ningún momento de ladrar.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de