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Viguera Caurin, Inmaculada (Lola)

Vuelve a contarle



Se aman pero decidieron quienes eran antes de encontrarse.

A ella le gusta amanecer con el rosa e ir despertando los ojos con el lento marchar de las horas. Fijarse en el círculo de leche que se crea sobre el agua del té y el hundirse del azúcar sobre el pan recién tostado con mantequilla. Tender la ropa que huele aún a jabón de Marsella. Salir a pasear a esa hora en que el sol pica y le hace nacer nuevas pecas en su piel tan blanca. Leer un libro que le cuente que la vida puede tener mil formas. Sentarse junto a la ventana y deslizar las ideas y los dedos sobre su ordenador.

Ella no le pedirá que se quede a su lado. Aunque sabe que a él le gustaría perderse en la luna de plata que se ve junto al olivo, el olor a tierra cuando entra el otoño, conocer palmo a palmo la montaña y quedarse horas mirando crepitar el fuego en la chimenea.

Él quiso aprenderse los cielos de otras ciudades. Oler el sabor de la espuma de  cerveza en un bar lleno de gente que no conoce. Viajar sin pagar en cualquier tren que le prometa llevarle a otro lugar distinto al lugar distinto del que parte cada vez. Le gusta no tener equipaje, confiar en su destino. Sentarse en un banco de cualquier plaza y fumar un cigarrillo mientras sonríe a las hormigas que pasean por las grietas de su mano. Amanecer en el lugar menos pensado y ponerse en camino. Saberse libre y agradecerle al sol que le pique en los párpados.

Él no le pedirá que viaje a su lado. Aunque sabe que a ella le gustaría hacer de los desconocidos amigos, anotar en su libreta calles recién descubiertas y llenarse los bolsillos de historias contadas en los trenes.

Él siempre vuelve por primavera. Ella corta una naranja y le da la mitad a él. Él abre la ventana. Ella le afeita la barba con jabón de lavanda y le corta el cabello con delicadeza. Toman café en el columpio de la entrada. El sol les mece, les acaricia, sienten los dos que está allí para ellos y así es. Y ellos dan las gracias mientras en silencio se cuentan que se han echado de menos. Se tocan con la mirada y la sonrisa. Que a él le cuestan los abrazos y ella, a falta de costumbre, abraza torpemente. Esperan al atardecer para contarse qué hicieron, quienes son y redescubrirse en los silencios, las miradas y los gestos.

Será una noche sin sueño y con mucho vino negro. No querrán que acabe, pero se darán las buenas noches a las tres de la madrugada. Y él dormirá entre sábanas suaves de algodón mientras sonreirá la alegría de que ella aún le espere. Ella dormirá nerviosa de saber lo que él vivió y contenta de que siga siendo el mismo. Más sabio tal vez. Más viejo, que se le dibujan ya arrugas en torno a los ojos.

Vuelve él a contarle lo que ha vivido. A saber en los ojos de ella el sentido de los propios pasos, a descansar en ellos el camino. A crear la ilusión de que lo han recorrido juntos. Sólo a ella puede contárselo con tanta verdad. Sólo a ella no hace falta que se lo cuente y sin embargo quiere.

Él siempre vuelve por primavera. Ella corta por la mitad una naranja. A ella no le gusta arrancar flores, así que él, abre la ventana y le regala todo el campo.

Les es bello y extraño no entender el espacio que ocupa el otro. Se miran y sienten que no se conocen del todo hasta que están muy cerca. Uno frente al otro. Y el tiempo late lento y el corazón, agitado.

Él la abraza y ella descansa al fin. Hundiendo su cabeza en el pecho de él recuerda que no hay lugar mejor donde estar y se estremece. Los brazos de él recorren su espalda y ella se aprieta dejándole sentir su cuerpo. También ella ha vuelto a casa.

Vuelve porque en sus brazos es plenamente ella, porque en esa calma descubre el verdadero sentido de las cosas, porque sólo allí entiende la vida y la ama. Porque la vida, aprendió, puede durar sólo un instante y es ése.

Se desprende de su pecho para aferrarse a su mirada. Le toma la cabeza entre las manos. Los ojos de él se rinden antes de que ella se acerque y le bese. Ella se acerca y le besa. Se besan. Y se descubren, de nuevo, en sus cuerpos. Las primeras caricias son tímidas y algo torpes, hasta que una sonrisa les hace darse cuenta de que son ellos. Ellos que tanto han echado de menos esa desnudez.

Él huele a ella. Ella huele a él. Y sienten que en ese olor se pertenecen.

Acabada la primavera, él siempre se va.

La ventana está abierta y, aunque el campo está lleno de las mismas flores, el almendro ya tiene frutos. Hoy escribirá en su portátil junto a la ventana lo que él le contó. No leerá, pues hoy le duele un poco saber que la vida tiene mil formas.

Le gusta pasear por la montaña canturreando canciones sin título que va inventando y que hoy hablan de amor y nostalgia.

Una ciudad diferente que recorre sin mapa, una pensión que le cuente que todo es tránsito.

Observar lo que se repite y lo que nace. Una flor silvestre en medio del camino, confiada. Nuevas ramas creciéndoles a los árboles.

Cualquier lugar le pertenece porque no pertenece a ningún lugar.

Las nubes acercándose anunciando lluvia o sólo caminando por el cielo, que ella nunca supo leer nubes.

Una ventana le enseña un lugar hermoso como todas las ventanas que le han dejado asomarse.

La niebla plomiza y húmeda calándole los huesos.

Buscará un trabajo no importa de qué ni por cuanto tiempo.

La luz del sol al atardecer con todos sus rosas y rojos.

Aprenderá como se amasa pan, como se lija madera o como duele la espalda en los muelles. La luna de plata, la luna naranja, la luna gajo de mandarina, la luna chiquita que empieza a asomar en ese extraordinario momento en que en el cielo la luna y el sol se encuentran.

Sabrá de qué hablan al final de cada día los que apenas decían nada mientras cosían sus redes o separaban pescado.

El rumor del viento, las charlas de los grillos, el aullido lejano. Hasta llegar la noche caminará por la montaña para dejar en ella la tristeza, con el firme propósito de volver cansada a casa.

El traqueteo del tren no es tan diferente del monótono zumbido del mar contra el casco del barco.

Ve a lo lejos el pueblo donde siempre le sorprende el ruido, donde va a tomar café de mañanita muy temprano los días que va a comprar o a cortarse el pelo.

Cuando él se ha ido no baja al pueblo hasta pasados unos días. Para quedarse un poco más en la ausencia con las palabras que él ha dejado, con los olores que aún guarda la casa.

Un hombre le cuenta de su hambre, el mismo hombre con otros rostros le cuenta de la traición, de la fe, de un amor que perdió por orgullo o estupidez.

Escribe, mezcladas con sus sentires, las cosas que él le contó y describe, mezclado con las palabras, el brillo de sus ojos; cuenta los silencios y calla las caricias.

Se le amontonan los instantes que quisiera contarle a ella, luego ella se desvanece y queda la vida.

Por demasiado íntima nunca escribe la despedida. Escribirla sería hacerla más grande, exagerarla en las letras, cuando ya duele demasiado por sí sola.

Que el recuerdo duele.

Pasados lo días sí baja al pueblo para oír otras voces, otras vidas que le cuenten que la suya es sólo una más.

El primer tren es el más doloroso, el que toma mientras su ropa aún huele a aquella casa en la montaña; el que le lleva lejos mientras en su cuerpo aún ella le pertenece; el que no entiende del todo.

A veces, sonríe sabiendo que aún se le quedó su presencia en las retinas, pues lo encuentra en un gesto o en una forma de caminar. A veces, parece que no se fue del todo.

El primer tren es el más doloroso luego todo se olvida.

Entonces se despide. Se despide de él nuevamente.

Y la vida sigue pasando como él eligió que quería pasarla.

Y al volver a casa cierra las ventanas.

Porque siempre habrá un hombre que le hable desde lo profundo y una mujer que le mire como una madre, como una esposa o como una mujer.

Y de nuevo a sus solas construye momentos propios, ya no más de los dos, ya no más del recuerdo.

Y él se deja contar, mirar o amar.

De nuevo todo en su sitio.

Él se deja vivir con el pasar de los días.                                                                            

Ella en sus letras, él en su camino.

Él volverá por primavera. Ella cortará una naranja y le ofrecerá la mitad. Él abrirá la ventana de par en par para regalarle todo el campo de flores. Se aman pero decidieron quienes eran antes de encontrarse.

Antes de imaginar que podría dolerles tanto.

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