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Aguilar, Juan Manuel (Cristóbal Aedo)

El agua de los enajenados



 

EL AGUA DE LOS ENAJENADOS.

 

Todo, podría decir, comenzó una madrugada invernal, promediando Julio; aunque dudo que así fuera. Porque aunque nos empeñemos en buscar la unicausa justificadora de una actitud humana, difícilmente podamos hacerlo con exactitud; toda vez que al definir la causa generadora de una conducta, nos surge multiplicidad de concausas génicas del actuar humano.  Por ello creo menester dar por sentado que todo se inició en aquella madrugada; cuando bajo una llovizna fina y copiosa, portando el cansancio de la jornada laboral, regresaba a mi hogar.

Las luminarias mortecinas apenas alumbraban los frentes de las casas veladas por la neblina. La nocturnidad del barrio ofrecía un paisaje fantasmal. Las sombras espectrales jugaban con mi imaginación, acrecentada por el silencio. El barrio dormía. Algunos perros vagabundos dormitaban en los diferentes quicios de las puertas de entrada de los hogares. Desde allí me observaban. Temerosos y muertos de frío no se atrevieron a romper el profundo silencio con sus ladridos, como lo hubieron hecho en otras oportunidades. El silencio sepulcral sólo fue quebrado por el sonido de mis pasos, que se levantó en la semipenumbra desde las mojadas aceras para correr por el caserío, buscando un eco inexistente. Llegué a la esquina. La lámpara del farol que debía alumbrarla estaba apagada. Las sombras se habían adueñado del lugar y las acacias desnudas, que fueran sombrillas de estío, se agigantaron  con la oscuridad.  La neblina se hizo más densa y el agua elemental más fría. Cuando doblé por la esquina una brisa helada me golpeó el rostro y un súbito presentimiento me hizo suponer que algo extraño iba a suceder.

Cuando el sorpresivo “splash” detuvo mi marcha, un agudo temor se presentó en mí, Mi corazón incrementó sus latidos al contemplar la enlutada silueta, apenas distinguible entre la niebla. Subsumida en un ritual inaudito.

Estaba a escasos treinta metros, en plena tarea, ligeramente encorvada bajo la persistente llovizna; baldeando la vereda y parte del pavimento. Abstraída en su labor no reparó en mi presencia. Con esmero baldeaba y barría, barría y baldeaba. Al verla, no salí de mi asombro;  entonces, un sentimiento de tristeza colmó mi espíritu. Pensé compasivo: “Pobre Amalia, que extraviada está”.

Entré a mi casa. Guarecido del temporal, al calor del hogar, acompañado por el murmullo crepitante de los leños, no pude evitar pensar en Amalia, y en su actitud demencial; en su esposo Venancio y en su hija Inocencia Lela. Esa noche tardé en conciliar el sueño. Una grotesca zarabanda de baldes y escobas rondaron por mi mente, largo rato, hasta que pude dormirme.

Muy temprano me despertó el griterío callejero. Se trataba de una riña entre vecinos. Cuando me asomé por la ventana, reconocí a Amalia discutiendo con Lulú. La tormenta se había ido, tal vez espantada por los gritos de las féminas. El sol, asomado detrás de una nube, intentaba poner un poco de luz a la ceguera de ambas mujeres. Los insultos proferidos, por ambas, reinaban por doquier. La violencia verbal mutó en física, toda vez que Lulú le aplicó a Amalia un fuerte puñetazo en el ojo izquierdo; ésta última, exacerbada, la emprendió a escobazos contra aquella.

Los esposos, tanto Venancio como Abelardo, se mantenían expectantes y remisos a intervenir. Los vecinos  se limitaron a calificar de tragicómica la escena que presenciaban. Uno de ellos, con tono tedioso, sentenció: “temprano empezó la fiesta”. No era la primera vez que esto acontecía, tampoco sería la última. Finalmente Abelardo tomó a su esposa Lulú, llevándola con esfuerzo dentro de su vivienda; colindante  con la casa de Amalia. La medianera no era lo único que los separaba.

Han pasado seis años desde que conocí, por razones de vecindad, a las dos familias; cuando nos mudamos a Ensenada, en este sector del barrio Vareadores. Al igual que el resto de los vecinos, puesto que nos entregaron las viviendas, en la misma fecha. Desde el primer día, motivados por la alegría de recibir la vivienda, tras una década de espera, los nuevos habitantes del lugar comenzamos a relacionarnos con espontaneidad; a causa del espíritu solidario nacido en la comunidad, ante la necesidad de dar solución a los diferentes problemas comunes que se nos presentaron. Así, con la mancomunión de esfuerzos, superamos diversos escollos. Tales como: construir los contrapisos de las veredas; cerrar los fondos de los lotes; cubrir las calles con una carpeta de escombros, como transitoria solución para evitar los fangales en días de lluvia; tramitar la habilitación de los servicios públicos y tantas otras cuestiones comunitarias. La consecución de todo ello se deslizó por un sendero de armónica convivencia. El fin de año del noventa y seis fue una verdadera celebración colectiva. En la que luego de cenar, cada familia en su hogar, salimos a la calle a saludarnos y brindar todos. La calle era una romería donde se intercambiaban besos, saludos, abrazos, chocar de copas, bailes, sonrisas, un verdadero torrente de felicidad.

Pero, con el transcurso del tiempo, merced a las diversas maneras de relacionarse, los distintos vecinos nos fuimos conociendo mejor; de modo que aparecieron (lo que siempre comienza en toda comunidad) defectos, envidias, celos. En algunos casos, entre vecinos que se conocían con anterioridad, surgieron odios reverdecidos por pasadas disputas. Así se gestaron alejamientos, peleas, rencillas, con los consecuentes improperios e insultos degradantes. En muchas ocasiones, con el tono propio traído de los estrechos callejones de las villas miserias, que hubieron habitado hasta que se mudaron a este barrio; aquí encontraron personas con actitudes muy diferentes de las conductas de ellas. Se generó entonces un fuerte sincretismo cultural que no implicó, necesariamente, un crecimiento social favorable a desarrollar vínculos comunitarios más estrechos; salvo, claro está, en contados vecinos. En esa mezcla distinguible por el nivel educacional, social y laboral se fue estableciendo una marcada acentuación  de estratos sociales, evidenciable por el modo en que algunos vecinos arreglaban la casa, o la reformaban; y otros, carentes de satisfacción de sus necesidades primarias, no podían siquiera colocarles el piso a la planta baja, o la cubierta a los peldaños de la escalera que lleva a la planta alta. Estos últimos padecían la desgracia de tener que convivir con el polvillo producido por el desgaste de la carpeta de cemento del piso, en toda la casa. Bajo esta situación se debían baldear asiduamente los pisos y, por supuesto, también la vereda, para mantener limpia la vivienda.

La actitud de Amalia, de baldear sin descanso el interior de la casa así como la vereda, respondía a esta realidad pero superlativamente exagerada.

No recuerdo que Amalia o Venancio participaran de las reuniones comunitarias que se hubieron realizado en el barrio. La actitud de ambos fue siempre pasiva o, mejor dicho, esquiva de ese tipo de eventos sociales. Quizás por ser Venancio una persona introvertida, tendiente a aislarse. Con marcada timidez, vivía refugiado en su hogar. Su reticente actitud me ha parecido ser de continua vergüenza. Saludaba con una leve sonrisa al pasar, sin detenerse jamás a entablar un diálogo, o a preguntar algo, como si ello le obligara a hablar de su vida o sus padeceres personales o familiares. El silencio como herramienta, ha sido el escudo más eficaz para las personas que, como Venancio, decidieron ocultar su situación, sus problemas, su realidad; pretendiendo, tal vez, que  “los demás” no se dieran cuenta, por ejemplo, de su indisimulable situación de gran pobreza, de carencias insuperables, de su sometimiento a una misérrima existencia. Algunas personas, cuya carencia material les hubo lacerado el alma, a tal grado, subsumiéndolos en un dolor tan espantoso que, a la  frustración sufrida, le hubieron sumado un horrible sentimiento de autohumillación. Tal vez por eso Venancio, al ocultarse tras un muro de infranqueable silencio, ha sembrado en el entorno vecinal, una sensación de impenetrable misterio familiar. Un misterio que fue aumentado por la intriga de los vecinos, toda vez que ninguno de ellos ha entrado jamás a la casa de Venancio, tan sólo se hubieron limitado a otear el fondo del patio, desde la planta alta de sus respectivos hogares; y comentar luego de la habilidad que posee “el pobre Venancio”, como parquero, puesto que ha convertido su misérrimo patio en un verdadero vergel. Amalia, en cambio, poseía un carácter fuerte, inclinado a una notoria impulsividad y, a la vez, solidario; a diferencia de Venancio, solía ser comunicativa. Algunas veces, cuando hacía los mandados, o se encontraba barriendo la vereda, entablaba conversaciones con alguna vecina; sin dejar de barrer el cordón de la calle, desde su vivienda ubicada en mitad de cuadra, hasta la esquina de mi casa. Si bien se comunicaba, los temas tratados rondaban siempre sobre trivialidades tales como el clima, o algún suceso vecinal; nunca ha mencionado cuestiones personales, estados de ánimo o de salud, ni ha opinado sobre política o religión. Esa actitud lateralmente ocultativa  tuvo como resultado un notorio incremento del misterio familiar, pues en ninguna ocasión ni siquiera hubo hablado de su hija Inocencia  Lela, en la que era evidente un cierto retraso mental. Quizás fuera ese el motivo principal de la silente actitud de la familia, puesto que rara vez se solía ver a Inocencia Lela, salir a la calle sola. Además ya no compartía su adolescente vida con vecinas de su edad. Aunque, al principio, cuando se pobló el barrio seis años atrás, Inocencia compartió juegos infantiles con sus vecinitas. Pero a medida que fue transcurriendo el tiempo y sus compañeras de juego fueron creciendo y madurando, se fueron distanciando de ella. En Inocencia Lela, comenzó a hacerse notoria su condición mental, puesto que su proceso de maduración no correspondía con su aparente edad, estimada entre doce y dieciocho años. Fue entonces, al quedarse sola, que comenzó su enclaustramiento hogareño y, con ello, prácticamente desapareció de la vista de los vecinos.             El patrullero dobló la esquina, llegó a la casa de Lulú y frenó bruscamente, bajaron dos uniformados y penetraron en la casa. Minutos más tarde salieron custodiando a Lulú, ésta con la mirada fija en el piso subió con dificultad, con las manos esposadas, a la parte trasera del móvil policial. Sabrina, hija única de Lulú, lloraba y gritaba mientras requería a los policías dejaran tranquila a su madre. Abelardo, con los ojos nublados por el llanto trataba de contenerla; hablándole en voz baja al oído, mientras la peinaba con la mano. El vehículo policial se marchó con precaución  por donde vino, ante la mirada de asombro de algunos, de compasión en otros y también, en algunos casos, de desprecio hacia Lulú.             Era un mediodía primaveral soleado, para disfrutarlo con intensidad, los frescos aromas que la brisa traía de los jardines del vecindario, invitaban al sosiego, a la paz, al amor. Por ello me quedé sorprendido cuando, al regresar a casa para almorzar, observé la dramática escena de la detención de Lulú, y el sufrimiento de Abelardo y de Sabrina. Movido por la preocupación del suceso inquirí a uno de los vecinos para anoticiarme del mismo.

Narciso, que había presenciado todo, con indisimulado orgullo de ser testigo presencial del hecho, me anotició con aire grave: —Lulú mató a Amalia. — ¿Cómo?, no puede ser cierto —contesté con estupor. —Así es —aseveró Narciso—. Amalia se encontraba, como todos los días, baldeando la vereda cuando, enfurecida, salió lulú de su casa para reclamarle que, una vez más, le había salpicado con agua sucia la camioneta de Abelardo. Amalia no se quedó callada como ayer, cuando discutieron por lo mismo, es más, Amalia comenzó a insultar a Lulú porque según decía aquella, Lulú le había enseñado a su loro a decir “Amalia puta”. Lo que es cierto, hasta a mí me tenía cansado ese maldito loro repitiendo lo mismo todo el día. Deberían meter preso al loro junto con ella...

— ¿Y luego?, ¿Qué pasó? —le pregunté para volverlo al tema.

—Como Amalia insultaba a Lulú, ésta se enfureció más aún; tanto que la emprendió a golpes de puño contra aquella, quien le respondió a escobazos. Como Lulú es más robusta, le arrancó la escoba de las manos, y comenzó a pegarle con el palo de la escoba en la cabeza. Amalia retrocedió hacia su casa pero, como la vereda estaba mojada, resbaló cayendo de espaldas hacia la puerta de entrada de la misma. Cayó pesadamente golpeando su cabeza contra el umbral de cemento de la puerta y, ahí nomás, quedó inmóvil. Inmediatamente su cabello se fue poniendo rojo desde la nuca hasta las orejas. Se desnucó... perdió mucha sangre... creo que murió en el acto... fue terrible... la ambulancia tardó mucho, la sangre ya estaba seca cuando llegaron, la cargaron y se la llevaron enseguida.

Julián, el almacenero del barrio, de cuya presencia no me había percatado, le preguntó ansioso a Narciso: 

— ¿Qué hizo luego Lulú?,  ¿Y Venancio?,  ¿Inocencia Lela donde está? Narciso, con aire de suficiencia reporteril, contestó de inmediato: —Cuando arreciaba la discusión Venancio salió de su casa y, tras de él, Inocencia Lela. Ésta última saltaba y emitía sonidos guturales en forma simiesca, tratando de llamar la atención de Lulú quien, absorta en su pelea con Amalia, no notó la simia actitud  de la niña. Sí la notó su padre que, a pesar de tomarse el pecho en evidente gesto de tener dolores cardíacos, la tomó de un brazo y la introdujo en la casa. Posteriormente, cuando cayó Amalia y, ante el grito de terror de Lulú: “¡Se mató!”, salieron nuevamente  Venancio y su hija. En sus rostros se podía notar un estado de angustia y desesperación infinitas. Venancio inmediatamente se puso a atender a su esposa. La acariciaba con ternura, a la vez que le limpiaba la sangre del rostro. Entre sollozos, se preguntaba impotente: “¿Porqué..., porqué..., porqué...?”. Inocencia Lela permaneció inmóvil, apoyada en el marco de la puerta, como enajenada, como si su limitada mente habitara otro mundo, otra realidad; como único recurso, tal vez, de negar la terrible realidad que le regalaba el destino. Cuando se llevaron a Amalia, los dos fueron en la ambulancia con ella. Lulú luego del grito, aterrada, se introdujo en su casa llamando desesperada, a su esposo. Abelardo estaba escuchando música con el volumen muy alto, de modo que no se enteró de lo que pasaba en la calle,  hasta que lulú entró a la casa gritando su nombre —concluyó Narciso.

Doña Carmen, la maestra jubilada de la cuadra, volvía de un mandado cuando se detuvo a comentar el caso.             —Pobre Amalia, que triste —comentaba visiblemente dolida—.  Yo también alguna vez le he criticado su enfermiza actitud de baldear, todos los días, la vereda y la calle; y barrer hasta la esquina todo el cordón. Pobre. Cuando volvieron, Venancio y la nena, del hospital donde la llevaron, me ofrecí para ayudarles en lo que pudiera. Porque ella, cuando yo estuve enferma el invierno pasado, me cuidó toda la semana, hasta me cocinó la comida y limpió toda la casa. Todo lo hizo sin pedirme nada a cambio; de puro buena nomás, yo le agradecí regalándole un florero muy hermoso, con un asplenium... —Carmen, muy emocionada, enjugó sus lágrimas, luego prosiguió—: Venancio me invitó a pasar a su casa y recién entonces pude ver la pobreza en que vivían, el escaso y derruido mobiliario que, por su variedad de estilos, mostraban una evidente diversidad de procedencias, algunos canjeados por trabajo, otros quizás regalados. Sobre la mesa sin mantel, aún estaban colocados, los platos, los vasos, una botella de gaseosa conteniendo agua, dos panes, las cucharas y un repasador; todo preparado para ellos tres —una lágrima recorre la mejilla derecha de Carmen. Con voz quebrada agrega—: Ahora les sobra un lugar... En la mesada sobre el anafe estaba la olla, conteniendo la sopa de verduras que ella había preparado para el almuerzo; me ofrecí a calentársela, porque… debían comer algo, ya era muy entrada la tarde y tenían que alimentarse. Venancio asintió moviendo la cabeza y musitó un gracias apenas imperceptible. Se sentó abatido en la cabecera. Inocencia Lela tomó su lugar en el otro extremo de la mesa, donde evidentemente se sentaba su madre. La nena, sin decir palabra, acariciaba por momentos el plato; el repasador; la cuchara y la silla. Lo hizo varias veces, en ese orden, hasta que les serví la sopa que tomaron despacio, sin ganas. Luego permanecieron en silencio todo el tiempo, mientras yo lavaba los platos. Fue entonces cuando sucedió algo, para mí, inesperado: desde bajo la mesada, cubierta por una cortinita floreada, comenzó a salir abundante cantidad de agua, Venancio se levantó de la mesa y fue al patio a buscar un balde vacío y luego, corriendo la cortinita sacó un balde lleno de agua debajo de la mesada, y puso el vacío en su lugar. Después me explicó que el caño flexible de desagüe de la bacha tenía una pequeña pérdida y como no tenían dinero para arreglarlo, colocaban un balde para contener la pérdida de agua. Cuando se llenaba el segundo balde, ponían una palangana. Entonces Amalia aprovechaba los dos baldes llenos y baldeaba la vereda. La pobre Amalia vivía  obsesionada por el temor de que al colmarse el balde se desbordara y con ello se le mojaran los papeles, de diarios, que colocaba en el piso bajo la mesada; para apoyar sobre ellos los únicos cacharros que allí guardaban. Pobre Amalia... era tan buena. Finalizó Carmen su relato y a mí me quedo un amargo sabor en la boca. Me despedí de Carmen, de Narciso y de Julián.

Entré a casa pensando en los extraños vericuetos de la mente, y de cómo los seres humanos nos enajenamos, al asumir actitudes evasivas para escapar de una dolorosa e insoportable realidad.             Es madrugada. Muy fría. La persistente llovizna marca la impronta de un invierno crudo y triste. El paisaje me parece tenebrosamente conocido. El barrio duerme. Las sombras inundan la esquina de casa. Los árboles parecen manos gigantes emergentes de la tierra, acechando mi presuroso paso. Doblo por la esquina, la brisa húmeda y helada me castiga en el rostro. Siento un escalofrío deslizarse por mi espalda. Recuerdo velozmente cuando me asusté al ver a la hoy finada Amalia baldeando y barriendo la vereda, la madrugada del  invierno pasado. Ahora, al levantar la vista hacia el mismo lugar me aterrorizo de ver, como la vez anterior, a la enlutada silueta barrer y baldear la vereda y parte del pavimento. Cumpliendo el ritual bajo la llovizna. Creo alucinar ante la espectral figura. Me repongo de la sorpresa inicial y con paso lento me acerco temeroso hacia el espectro. Me cuesta creer lo que estoy haciendo en una noche de tormenta, bajo una gélida llovizna: acercándome a un fantasma, a una aparición, fruto de mi imaginación o de una creación monstruosa de mis miedos. Mi temor crece. Contengo la respiración. Los latidos de mi corazón se aceleran. Estoy muy cerca. Entonces, el espectro gira su cabeza para mirarme. En esos momentos un relámpago, cuya luz enjalbega los encalados frentes de las casas, le ilumina el rostro; contengo un grito de espanto y, con horror, contemplo en él una silente y macabra sonrisa, propia de otro mundo, de un mundo extrañamente lejano, muy lejano a éste. Sin musitar sonido alguno, vuelvo sobre mis pasos. Cuando llego a la puerta de mi casa, volteo y contemplo con piedad como la tupida llovizna, semejante a  un manto misericordioso, se posa con ternura infinita sobre el cuerpo de Inocencia Lela que, indiferente, sigue barriendo.

 

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