ACTORES
por Danolandia
Salió apresurado dejando el desayuno a medias, y luego… volvió a salir.
Uno se dirigió al trabajo como todas las mañanas; el otro lo acompañó unas calles y dobló a la derecha en la cuesta de la continuidad. Uno realizó su rutinaria mañana entre papeles, pedidos y llamadas; el otro se acomodó indiferente en el césped de una plaza a leer. Uno sufrió de su claustrofóbico traje y su lumbalgia crónica; el otro se mezcló entre la gente y buscó similitudes entre edades y sexos. Uno huyó a la calle atravesando la empresa y en su ensimismamiento se topó con un teatro; el otro, ocioso de perderse en cada esquina, se encontró frente al mismo teatro.
A uno le apasiona el teatro.
Al otro también.
- ¿Está ocupada? Susurra señalando la butaca vacía.
- No hombre… estoy solo. Replica el hombre de traje.
El recién llegado acomoda el abrigo y repara en la obra.
- ¿Me perdí mucho?
- Bueno, es Stevenson… no le va a resultar complejo alcanzarla.
- No claro… tiene razón.
El nuevo se le queda mirando. Coloca su abrigo en la butaca de al lado.
- ¿No lo conozco de algún lado? dice mientras se acomoda.
- Ahora que lo dice, creo que sí… somos iguales, digo, idénticos.
El recién llegado duda por un segundo. Tiene nociones de desdoblamientos, doble identidad, pero siempre le resultaba un poco raro creer.
- Bueno, sí…. Pero usted se ve un poco más… más… machacado que yo ¿no?
- Sí, puede ser… pero no somos muy distintos, yo quiero lo que usted tiene, y creo que usted necesita un poco de estabilidad.
- En realidad no, me gusta mucho mi vida. ¿A usted no?
- ¿La suya?
- No hombre, la suya.
- No.
El que aparenta más edad se queda pensando en las casualidades de la vida, o causalidades, en la fantasía de ser otro, en lo surreal de encontrarse con su propia sombra en cualquier esquina.
Retoma - Bueno, no es que odie mi vida, pero la verdad es que me siento un poco cansado sabe… muchas preocupaciones. Al final uno se siente frustrado de tanta rutina.
- Lo entiendo.
Sobre el escenario el telón se abre y una turba de gente buscando venganza se presenta en la casa laboratorio del Doctor.
El hombre cansado mira al recién llegado. No puede quitarse la idea de sentirse otro. Uno de los dos tendría que dejar de existir, piensa.
- ¿Quiere saber un secreto?
- No me molestaría conocer otro… dice el recién llegado.
- Hoy es el último día… de ser yo digo.
El otro le mira extrañado.
- Sí, no pienso volver, explica el de traje.
El nuevo sabe que es su turno de opinar, pero qué decir en estos casos. Casos raros había escuchado, pero un encuentro consigo mismo… y un sigo mismo un poco inestable.
- Abandono todo… y si te he visto no me acuerdo.
Repite el de traje.
- Y sus cosas… su rutina, ¿no tiene familia…?
- Sí…, pero que se preocupen ellos, yo ya tengo preocupaciones de sobra con las mías.
El nuevo le mira confundido.
- Mire, olvídese, a ellos los he olvidado en este mismo instante, no los conozco, y uno no abandona desconocidos, no los conoce y punto.
- Entiendo.
Uno de los actores de la obra se queda solo en la calle del laboratorio. Esperando. Mira las dos esquinas, nada de turbas coléricas ni monstruos. Saca una llave de
su abrigo y atraviesa la puerta.
- Entonces se olvida de todo… dice el recién llegado, sin perder de vista la cara de alivio y seguridad del otro. Que broma absurda la del destino, ya le empieza a hacer un poco de gracia todo este asunto.
- ¿Quiere dejarme las llaves de su casa…? por si se presenta algún problema… usted sabe, quizás pueda ayudar.
- Sí, como no, más confianza que en usted nunca voy a encontrar…
El actor entra por el largo pasillo del laboratorio, se acerca a un libro sobre una camilla, un diario personal, fórmulas, experiencias, nombres… Descubre el secreto del Doctor.
- ¿Quiere la llave del coche? dice el de traje.
- Si… no me vendría mal
- La pequeña es del trabajo. Si pasa salude de mi parte.
- Será todo un placer.
El actor lee atónito el diario personal del Doctor. De repente escucha un ruido del patio de la casa. Entra en pánico, deja el libro y se esconde en el intersticio de la puerta.
Uno de los dos hombres, el que llegó último, mira detenidamente el manojo de llaves. Lo cuelga en el pantalón.
- Bueno caballero, lo dejo que su familia me espera. Y si mañana paso por el trabajo tendré que madrugar, ¿no?... no estoy muy acostumbrado… usted sabe.
- Tranquilo hombre, hasta la próxima.
- Sí…, quién sabe.
Por las tablas del teatro aparece el Doctor, el público de la sala aplaude por reconocer al personaje, y al actor que lo interpreta. Un gran elenco para una gran obra, piensan.
Por el fondo, uno de los hombres sale apresurado de la sala con dirección a su casa. Atraviesa el pasillo central, esquiva libros y juguetes y llega a la habitación del fondo, acomoda su ropa en el sofá y se acuesta sigiloso en el pequeño e incómodo rincón que le deja todas las noches su mujer.
El otro hombre… el otro hombre también, justo en el mismo incómodo rincón.