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Vargas Araya, José Raúl (J. R. Vargas)

Volar



Cuando era joven siempre quise volar. No como Peter Pan ni como un vampiro, simplemente estar arriba en el cielo azul. Desde joven tuve interés en los aviones y me fascinaban las historias de un piloto viajando solo por el mundo. Historias que continuaban en mi imaginación infantil hasta hacerse infinitas. Pero eso solo era en mi juventud. Poco a poco crecí y esas ideas de recorrer el mundo se perdieron en el olvido.            Hoy solo soy un hombre más en el mundo. Igual a todos los hombres, víctima del proceso de socialización. Trabajo en una ferretería del pueblo, no con las herramientas (eso sería muy específico y apasionado para mi); soy el encargado de llevar el inventario de la tienda y paso metido entre paredes y papeles la mayor parte del día. Me pagan bien y a la tienda le va bien por lo que cuento con estabilidad laboral prácticamente garantizada. Tengo una familia: una esposa que vive en la casa y hace el quehacer doméstico y las compras, un par de niñas hermosas no solo a los ojos del padre sino a los del mundo entero a las que les compro vestidos cada vez que puedo aunque nunca las vea usarlos; y un perro de esas razas ni pequeñas ni grandes para completar el cuadro. Todo esto me espera en mi modesta pero hermosa casa cada tarde-noche luego del trabajo. Quiero a mis hijas y a mi esposa. Creo que tenerlas es el mayor logro de mi vida, eso me hace feliz. ¿Cómo no serlo? Tengo todo lo que un hombre podría desear en mi posición.            Siempre he tenido lo que quiero. No por que me lo hayan dado sin esfuerzo, sino porque me he esforzado hasta alcanzar cada objetivo que me he impuesto. Así construí mi vida para el agrado mío, el de mi familia y el de la sociedad. Por lo menos he tenido las cosas que me han enseñado son más importantes. Me duele no tener más tiempo para compartir con ellas. Pero debo de anteponer la necesidades financieras de la familia antes de pasar tiempo con ellas. ¿Si no me sacrifico yo, quién entonces? Ya mi esposa puede disfrutar de ellas y ellas de ella. Eso ya es algo que pocas familias pueden hacer hoy en día.            Durante la semana suelo llegar cansado así que después de comer me siento en el sofá de la sala y allí me quedo dormido. Ya tarde en la noche, siempre me suelo levantar y subir hasta mi cama. Las niñas desde que llegué ya estaban cansadas por lo que casi no las veo. Acaso, de vez en cuando, al salir de la casa en las mañanas les dirijo unas palabras prometiéndoles estar con ellas el fin de semana. Mas llega el fin de semana y luego de dormir la mañana del domingo para reponer las horas perdidas de toda la semana, me levanto a realizar trabajo pendiente para no atrasarme el lunes con trabajo pendiente.            En la ferretería los días se pasan volando. Los mismos números de la semana pasada, los mismos cálculos. Nuevas hojas que llenar con los datos correspondientes. El mismo patrón una y otra vez es escrito con la tinta de mi bolígrafo. A pesar de lo repetitivo del trabajo, cada día estoy estresado por terminar;  para no dejar trabajo pendiente suelo trabajar poco más de una hora extra cada día. Así me aseguro de que al día siguiente no tendré atrasos y al final de semana podré salir a la misma hora que los demás días en vez de pasar la noche haciendo cálculos de toda la semana. Cálculos que finalmente hago el domingo en mis horas libres.            Un día que estaba haciendo las usuales cuentas de las ventas de la semana en la ferretería, me encontré entre mis papeles una mancha que había hecho el viejo tintero. Conservaba el tintero desde que había sido asignado a ese escritorio y me lo había encontrado allí, lo conservaba a pesar de nunca usar pluma, quizá por nostalgia a la tecnología antigua. Luego de haber maldecido al tintero y resignarme a repetir mi trabajo, puse atención a la mancha. Era como cualquier otra mancha para cualquier persona probablemente, pero para mis ojos era la fiel copia del bosquejo que hiciera una vez como niño de un bimotor P-38 Lightning de la Segunda Guerra. Por un fugaz segundo, recordé esa emoción de un futuro prometedor por escribir que sentía al pensar en volar. A pesar de eso, deseché el documento y lo repetí en una hoja nueva sin manchas de aviones de combate y el día siguió su curso normal.            Semanas después, otro percance similar me hizo ver ahora en el contraste de la tinta negra con fondo blanco las enorme nubes que siempre me había fascinado mirar tirado de espaldas sobre el césped cuando salía temprano de la escuela. Pasaba horas viendo formas imposibles y deseando poder sentir tan solo un instante lo que era estar rodeado por nada más que nubes en el infinito del cielo. Esta vez, no pude desechar instantáneamente el papel; ya me había sucedido algo similar no hace mucho y aunque en ese momento no le había puesto atención, ahora recordaba vivamente no solo la primer mancha sino también el día mismo en que había visto en una revista en blanco y negro la bella forma del P-38 y había corrido a dibujarla en un cuaderno de la escuela. Mas el trabajo era apremiante y ya iba muy atrasado esa semana, así que dejé de lado el papel con esta nueva mancha del cielo y sus grandes nubes y me introduje de nuevo a mis cálculos tan trascendentes.            Otro días, un viernes al salir del trabajo, pasé por el supermercado a comprar pan para el desayuno de las niñas. En la caja cuando estaba pagando, me llamó la atención la portada de una revista de mecánica y tecnología popular. Se veía con hermosos colores una avioneta pequeña con un diseño un poco estrafalario, pero todavía conservaba esa hermosura de las líneas del modelo clásico. Por un momento soñé con tener una cosa así a mi disposición y poder decir que volaba los fines de semana como pasatiempo. Mas ya era tarde y esas eran puras tonterías así que me apuré a pagar y me dirigí a casa.            Cuando estaba a punto de terminar el colegio recuerdo a la mayor parte de mi familia preguntándome en actividades dominicales qué pensaba hacer de mi vida. Recuerdo a la abuela preguntándome en qué área me interesaba dedicar mis estudios. Siempre empezaba la frase diciendo: “¿Ahora que ya está grande y ha dejado de tener su mente “en las nubes” qué va a hacer?” Mis tías y tíos también hacían lo suyo sugiriéndome carreras o trabajos que curiosamente siempre eran completamente distintos a los suyos. Unos decían que mi futuro estaba en carreras prestigiosas como la medicina o el derecho. Otros decían que debía de aceptar el primer trabajo decente que consiguiese y estar agradecido con Dios. Poco a poco este peso familiar y ese estrés juvenil propio de la edad me hizo olvidar mi infancia y amoldarme al personaje que todos querían que fuese.            A pesar de todo, de contar con una buena familia y un buen trabajo, a mi vida le hacía falta esa pasión que se siente los primeros días de estar enamorado o cuando se acaba de comprar un auto nuevo. Ya varias veces lo había pensado, pero desechaba la idea como una ilusión imposible solo existente en la vida de millonarios o en la inocente mente de los niños, mente que no conoce límites. Así continuaba mi estoica y común vida, día tras día sin prestar atención a ideas tan poco importantes en la vida adulta.            Todo llegó a un punto decisivo el primer día del nuevo periodo financiero. Estaba en el autobús camino a casa, estresado por no haber logrado hallar el origen de un déficit que llevaba ya varios días rastreando. En el autobús, un pequeño se deslizaba del cuidado de su madre para poder hacer que su pequeño carrito de juguete recorriera no solo el asiento en el que él estaba sino también el del vecino. Lo que me llamó la atención inicialmente fue le hiperactividad del niño, cosa tan estresante que agradecía no sufrir al tener niñas. Pero viéndolo jugar con el carrito de metal y ruedas de plástico, me percaté de que, como el viejo P-38 que había imaginado siendo niño, tenía dos rayas oscuras que lo cruzaban a lo largo y le daban un aire de velocidad y agilidad. Me sorprendí al ver que para ese niño el camino del auto no estaba limitado, fácilmente brincaba de un asiento al otro y probablemente aún más lejos si su madre no lo hubiera detenido. Lo que limitaba el camino del auto verdaderamente era solo el largo de su brazo.            Como la luz del sol al atardecer o el agua formada por hielo derretido, ese pensamiento me hizo sentirme vivo. Sentí de verdad la realidad en que vivía por primera vez. Me di cuenta de la aburrida y monótona vida que llevaba. En vez de ser tan feliz y conformista por haber logrado lo que muchos otros, debí haberme dado cuenta hace mucho del deséxito en que vivía.

Ya no soportaba más, era mucha lo que había renunciado. Tener dinero para la escuela de las niñas, dinero para la comida de la casa, para comprar el nuevo paquete de televisión que incluye el canal de cocina y el de hogar; era mucho ya el tiempo que dedicaba a abastecer estas necesidades y poco el que me dedicaba a mi mismo. Había sido un precio muy alto el que había pagado por tener una vida igual a la de miles. Por supuesto amaba a mi esposa y defendería hasta la muerte a mis hijas. ¿Pero donde había quedado yo en todo este gran esquema? ¿Cómo había dejado que pasase tanto tiempo segundo tras segundo sin darme cuenta?            ¿Qué había sucedido con ese niño prometedor que fui una vez? ¿Qué pasó con mi apasionado compromiso a mis objetivos? ¿En qué momento dejé de perseguir lo que en verdad anhelaba y me conformé con todas las cosas que me dijeron debía tener? ¿Qué pasó con esos sueños de volar?            Repentinamente estaba todo claro para mi. Por primera vez en mucho tiempo, desde mis últimos años de colegio cuando me habían empezado a inculcar el buen camino mis tías y abuelas, estaba viendo claro y con perspectiva. Lo que quería y siempre había querido era dejar a mi alma volar libremente. Sentir con la yema de mis dedos el frío y húmedo algodón de las nubes, sentir que el límite ya no era el cielo y solo mi deseo dirigiría mi vida. Así, angustiado por la necesidad de contar el suceso al mundo, corrí a casa y lo primero que hice fue darle la noticia a mi queridísima esposa.                        -¿¡Qué!? -dijo ella- ¿Estás loco?            Esto me extrañó pero traté de entender. Así que le pedí una explicación.                        -¿Qué pasa amor? ¿No estás emocionada tu también? -le dije.                        -¿Pero qué te pasa? ¿Es que no sabes que tu vida es acá con nosotras? ¿No sabes que tenemos necesidades? ¿Pretendes tomar todo nuestro futuro e ir simplemente a gastarlo en un capricho tuyo?                        -Pero querida… Es mi destino, mi verdadero futuro. Siempre lo he sabido, solo lo había olvidado detrás de tantas cosas en mi cabeza. ¿Por qué no estás feliz?            Así pasó cerca de una media hora en la que poco a poco mi queridísima esposa me recordó porqué no me había hecho piloto, porqué no había aprendido a volar aviones, porqué trabajaba en una ferretería en un trabajo con sueldo razonable y estabilidad laboral y porqué tenía que seguir haciéndolo. A medida que pasaban los minutos solo podía darle la razón y esa pasión que había sentido en el bus se iba apagando como una llama encendida con gas que va perdiendo su combustible, todo esto bajo el inapagable peso de la razón.            Al final de la conversación no supe ni qué decir. Solo sabía que había soñado por un instante con una vida estrafalaria imposible e idílica solo vista en cuentos y películas. Le dije a mi esposa que no sabía en qué estaba pensando y le dije que ya nos fuéramos a dormir. Después de todo, mañana debía seguir buscando el origen de ese déficit.            -Si… -me dije a mi mismo mientras cerraba los ojos en mi almohada- ¿En qué estaba pensando?

Mi mente había estado volando…

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