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Palero Valdivia II, Benigno Rodolfo (Javier Rolan)

El alumno modelo



EL ALUMNO MODELO

He sobrepasado los cincuenta años.  Hoy en la tarde estoy sentado en el patio de paredes blancas  de mi casa.  A mi pie juguetean cuatro pekineses.  Es tarde de verano y lucho con las moscas que no dejan leer el diario del día.  Más allá está uno de mis hijos de nombre Diego, preparándose con tesón para intentar el ingreso a una universidad nacional.

-Papá, ¿qué tan bueno eras en el colegio? – interroga mi hijo.

-Creo que era bueno, hijo.  ¿Por qué?

-Me cuesta concentrarme en el estudio.  No sé si seré bueno.  Estoy un poco nervioso.

-Tranquilo, hijo.  No te presiones.  Si ingresas, bien, y si no, igual, seguirás estudiando.  Tómalo deportivamente – aconsejé algo despreocupado.  Pero repentinamente me asaltó un grave recuerdo de edad escolar…

Era un mes de octubre del año de 1,973.  En ese entonces tenía dieciséis años de edad.  Cursaba el tercer año de secundaria, allí en la ciudad de Puno, ubicada a una altura de tres mil ochocientos doce metros sobre el nivel del mar, a la orilla del Lago navegable más alto del mundo, al Sur del Perú.  Estudiábamos en horas de la tarde y éramos veinte varones y veintitrés mujeres. Desde el primer año había despuntado como alumno distinguido, con diplomas de primer puesto; con el cargo de portador del Estandarte Nacional del colegio en los grandes desfiles y cualquier ceremonia oficial.  Había más.  A pesar  de ser un pésimo hijo en casa, donde reñía constantemente con mi madrecita, ya finada,  por diferencias de opinión sobre la preparación de alimentos y ayuda doméstica; en el Colegio, caray, era a la inversa.  Todos los profesores me tenían en alta estima, inclusive el señor director y el auxiliar, que de costumbre eran poco amigables y  severos con el alumnado.  Los buenos alumnos eran por lo general mal vistos por sus compañeros, al considerárseles sobones de los maestros; empero mi persona gozaba del aprecio general de los condiscípulos, pues ellos reconocían mis dotes para las matemáticas y mis silencios varoniles, ya que un día un alumno practicante de boxeo me retó por cuestiones de faldas, con un resultado catastrófico para mi nariz y varias partes del cuerpo.  No me quejé, nadie se dio por enterado, y quedé bien.  Fue así que fui nombrado por unanimidad presidente del salón y, excepcionalmente, nombrado policía escolar, cuando este cargo sólo lo podían ejercer alumnos del último año de estudios. En aquellos tiempos los policías escolares gozábamos de muchos atributos, entre ellos, la obediencia del alumnado en pleno, dándonos inclusive cierto caché frente al sexo opuesto.

Una tarde de ese mes de octubre, en mis quehaceres de rutina, ingresé a mi salón de clases y medio en broma apuré a mis compañeros para formar en el patio.  Al hacer un recorrido policial por las carpetas, me percaté de un cuaderno abierto por el suave vientecillo de primavera, conteniendo entre sus hojas varias monedas en billetes de diferente nominación.  Siendo el infrascrito un adolescente muy pobre, ajeno a la posesión de dinero con mucho valor, me quedé perturbado.  Dicen que el justo peca en arcas abiertas, frase que me vino a las perillas aquel día.  No creo en demonios particulares, pero había uno en ese momento que levantaba mis manos y me hacía coger dos billetes de diez soles cada una, por decir unos veinte euros de hoy.  Poseído por un trance que me hizo cruzar la línea, cerré el dichoso cuaderno, pensando para mi consuelo:

-Total, la dueña del cuaderno tiene harto dinero.  Ni cuenta se dará de la falta.

La dueña del cuaderno era la alumna conocida como “La China”, hija de un próspero comerciante.

Todos ingresaron al salón. Estábamos por iniciar las clases de Historia del Perú con la inolvidable profesora Sonia Huaquisto, quien era una de mis principales mentoras.  Me hormigueaba el cuerpo, hacía frío pero transpiraba.  Al costado mío  se sentaba Pedro, mi mejor amigo hasta el día de hoy.

De súbito emergió  un grito que inundó el silente espacio escolar.  El corazón pareciáme reventar de puro espanto.

-¡Mi dinero, señorita profesora, mi dinero!   ¡Me falta el dinero, señorita, alguien lo ha cogido!

Silencio total.  Asombro general. La profesora se repone del impacto.  Se torna adusta y se dirige a la carpeta de “La China”.

-¡¿Qué dijo?!  ¡¿Se perdió qué?!

-¡Me falta dinero, señorita!  ¡Me faltan veinte soles! 

La agraviada se deshizo en explicaciones, sobre cómo, cuando, en qué lugar.  Reunidas las evidencias de la certeza del hurto, la profesora tomó un dictamen: Todos se ponen de pie, los hombres  miran la pared de su lado, y las mujeres la pared opuesta.  Ahora cerraremos los ojos por tres minutos, incluso yo y la alumna Rojas, “La China” para sus compañeros.  Aquél que tiene el dinero sírvase arrojarlo al piso. Y escuchen bien antes, no nos iremos a casa mientras no aparezca el dinero.  Yo tengo todo el tiempo del mundo y creo que el señor director y la policía también. 

A su orden cerramos los ojos.  “Tierra,  trágame” - decía yo.  El dinero lo tenía en el bolsillo de la camisa.  Para sacarlo tenía que levantar mi chompa escolar.  Quizá el movimiento de sacarlo y tirarlo me delataría y adiós presidencia, cargador de estandarte, primer puesto, beca, distinguido alumno, el mejor de la clase, y otros parabienes.  En un clic pasaría de casi héroe a villano.  Por mí hubiera masticado el maldito billete y lo hubiera tragado y hasta saborearlo, con tal de no pasar la humillación de mi vida juvenil.

-¡Ya, abrir los ojos y darme frente!

-A ver, alumna Rojas, busque todo el piso, por ahí deben haber arrojado el dinero.

La susodicha buscó centímetro por centímetro en todo el salón, sin resultados. 

-¡Bien, bien!  ¡Parece que hay resistencia!  ¡Alumno Valdivia, vaya a..!  El alumno Valdivia era yo.  La profesora no pudo concretar la frase salvadora, como decirme alumno Valdivia vaya a traer al director o cosa por el estilo, porque el señor director coincidió pasar por la ventana y percatándose de la anómala situación, se presentó en la puerta.  La profesora lo puso al tanto.  El director se frotó las manos y, como el lobo que  mira a las ovejas, díjonos a los asustados alumnos en tono entre dramático y sarcástico:

-¡Ay, caray, contamos aquí con algún raterillo o raterilla!  ¡Quién iba a pensar que también por ahí están aplicándose en clases de robo!  ¡A ése o ésa le voy a dar el primer puesto, pero en la prisión! – sentenció con voz gutural.  Luego de hacer llamar al auxiliar con la profesora, para mi sorpresa también me llamó al frente, y dijo:

-Profesora Huaquisto, Ud. me revisa a las alumnas desde las medias hasta los calzones, incluso las trenzas y los cuadernos hoja por hoja.  Y Ud. señor auxiliar junto al policía escolar  Valdivia me calatean a los hombrecitos de aquí, así como una revisión exhaustiva de sus cuadernos.  Los hombres mirando al frente y las mujeres al otro frente.

Así eran aquellos tiempos, la autoridad escolar era severa, así como la obediencia estudiantil.  Conteniendo la respiración, ayudé al auxiliar en la revisión.  Parecía estar condenado al repudio general, porque en cualquier momento el director iba a decir: A ver,  Valdivia, ahora te toca a ti…

No sé cómo, ni en qué momento, el auxiliar pegó un grito triunfal:

-¡Señor director, aquí está el dinero, lo tenía el alumno Novoa!  Le habían encontrado cuatro billetes de cinco Soles.  Todos miraban a Novoa.  Este no gozaba de buena fama, porque provenía de un barrio donde abundaban los burdeles y bares de mala muerte.  Además era el boxeador que me había hecho morder el polvo.

-¡Muy bien, angelito, conque esas mañas tenemos! – dijo el director, entre risueño y aire de verdugo.

-¡Ahora me acompañas a la dirección y anda despidiéndote de tus compañeros!

Mi vida es simple, no he sido un dechado de virtudes.  Pero aquel  drama que empezaba el asustado Novoa era por demás injusto.  Mi cuerpo se repuso del miedo, mis pensamientos mandaron al diablo todo estatus escolar, y con toda la decisión del mundo, dije:

-Señor director, quiero decirle algo…  No me escuchó el aludido, porque la profesora Huaquisto impuso su voz:

-Señor director, la alumna Rojas dice que los billetes hurtados eran dos billetes de diez soles.  Ud. tiene cuatro de cinco soles.  

El director hizo una pausa.  Se agarró la cabeza.  Estaba confundido.  Ya era de noche.

-Bien, disculpe Novoa, vaya a su lugar, luego conversamos.  ¡Les voy a dar la última oportunidad antes de llamar a la policía!  ¡Voy a apagar la luz por unos dos minutos, y, sea quien sea, arroje los billetes al suelo!  De ahí, les prometo todos nos vamos a casa, y no tomaré represalias.

Ante los últimos acontecimientos mi firme decisión de sincerar los hechos se fue diluyendo con el retorno de lo incierto y el miedo.  Se apagaron las luces, pero me encontraba entre las autoridades del salón y al inmediato costado de “La China”, coludido con una tenue luz del vecindario, haciendo imposible cualquier movimiento dentro del yérsey colegial.

Cuando pasó la oferta de devolución dineraria, se buscó por todo el piso, y claro está,  sin resultado alguno.

Parecía haberse agotado todo ejercicio de investigación, por lo que el director, con cierta inflexión dramática dijo:

-¡Oiga, alumna Rojas, no se habrá confundido con eso del dinero?  ¿Y por qué usted trae dinero al colegio?  ¿De dónde sabemos que usted tenía dos billetes más? -  Ante tales cuestionamientos “La China” se puso nerviosa, contestando débilmente:

-Quizá me equivoqué, señor director…

Las autoridades presentes, ante tal duda, dieron por terminado el asunto.  El director, fiel a su costumbre, con voz paternal, nos habló de la honestidad en la vida y de otras virtudes que debíamos cultivar para ser mejores.  Al final me llamó a su costado, me tomó del brazo, y dijo a todos la siguiente proclama:

-Aquí tenemos un alumno modelo.  Por este alumno pondría al fuego mis manos.  Sigan el ejemplo de los buenos alumnos.  Conozco a la mamá de Valdivia, quien lava ropa para muchos patrones, y este hijo es un premio para ella.  Estoy seguro, Valdivia - me dijo con voz grave – que llegarás lejos.  Esfuérzate siempre – Dichas frases calan mis recuerdos hasta el día de hoy.  No fue tan premonitorio porque apenas soy un hombre común y corriente.

Dejé pasar como dos días.  Mientras los alumnos  disfrutaban de su recreo abrí un cuaderno de “La China” del curso que seguía al descanso,  y puse entre la última hoja escrita los dos billetes de diez soles.  Más tarde pude ver de reojo la alegría con mezcla de desconcierto en el rostro de mi compañera “La China”.  Días después supe que se había enterado la profesora Sonia Huaquisto de tal hallazgo, luego lo comentaba todo el salón.  Habían diversas versiones, pero nada cerca a la realidad.

Aquel año, en la clausura escolar, mi nombre apareció nombrado como mejor alumno del tercero de secundaria.  El señor director me entregó el diploma de rigor con una extraña sonrisa.  Se conocía que dejaba el colegio y la enseñanza porque había cumplido con la edad y el tiempo de servicios al magisterio.

Cuando pasaba por la oficina de la dirección, portando tímidamente mi diploma, oí que me llamaba:

-¡Valdivia!

Ingresé a la austera oficina, donde vi algunos cajones de cartón dispuestos a la mudanza.  Me invitó un refresco en botella, y amigablemente dijo:

-Me alegro por ti, hijo.  Sigue por el buen camino, alegra a tu mamá...  Como sabes, ya me toca descansar, me voy a casa.  Me iré a otra ciudad, quizá a Arequipa, Lima, no sé.  Aunque no me gusta el bullicio de las grandes ciudades, necesito estar con la gente; ver nuevos lugares, en fin…  He sido profesor durante tanto tiempo… He visto tantas cosas…  He visto convertirse niños en jóvenes, y luego en adultos…  Algunos terminaron bien, otros regular…  También he ayudado a muchos como tú… - Por primera vez sentí su mirada de maestro. – Proseguío:

-Una tarde pasaba por las ventanas de un salón.  Sin querer vi cómo un gran, un modelo de alumno cogía dinero de un cuaderno – me corrió un escalofrío, se trataba de mí.

-Considero que un buen maestro enseña sin enseñar; ayuda sin ayudar; corrige sin corregir.  Todo ser humano tiene una savia interior, un líquido vital; un joven es como tierra arcillosa, depende de las manos del alfarero – No entendí de lo que dijo.

-Valdivia, te felicito por devolver el dinero – dijo, levantándose de su asiento – Tienes buena savia.  Lo importante es corregir un error, porque se necesita mucho valor para ello.  Entendí cuando quisiste aclarar lo de Novoa.  Pero igual, para mí eres un alumno modelo.

Seudónimo: JAVIER ROLAN                

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