La primera vez que escuché a mi abuelo Facundo narrar este cuento fue cuando yo tenía tan sólo diez años y la inmensa mayoría de mi gente adoraba al Dictador. Mi abuelo, sin embargo, formaba parte de otra minoría, la gente invisible, la masa oculta que por una razón u otra nunca confió en los designios del General, y se dedicó hasta el último suspiro en criticar abiertamente sus crímenes y chapucerías, además de condenar, sin pelos en la lengua ni temor a represalias, los errores que convirtieron el sueño de un pueblo en los caprichos de un caudillo. Corrían los años setenta. La época gloriosa de la dictadura. Por aquel entonces, había que tener los huevos bien grandes para sentarse a la mesa de un café, y echarse a contar cuentos donde milicos del ejército, de las gloriosas fuerzas armadas, hacían el papel de sádicos asesinos.
De modo que hagan silencio, por favor, porque esta noche, la noche de su velorio, quiero dejar plasmado una anécdota narrada por mi abuelo.
Hoy la recuerdo claramente. Las imágenes que siendo chico atormentaron mi mente (y a veces fueron trama en mis pesadillas durante muchas noches) ahora llegan como por control remoto a mi cabeza. No sé hasta que punto la realidad se funde con la ficción. No sé si la experiencia vivida por Facundo es la misma que aquí narro, pero al menos así la recuerdo:
Ocurrió en la década de los sesenta, en los meses que el gobierno se enfrentaba a los guerrilleros en los montes de la Cordillera, las montañas del interior.
Mi abuelo Facundo se hallaba en un pueblo vecino, a poca distancia del mar Pacífico. Había visitado el lugar en busca de utensilios para su finquita y ahora le tocaba emprender la jornada de regreso, a muchas leguas de distancia. Pasaba el mes de julio por el trópico, el calor era insoportable, de modo que decidió esperar la frescura de la noche. En otra ocasión, avalentonado por unos tragos de aguardiente, había echo el camino de regreso a pleno sol de la tarde y llegó quemado de insolación. Así que aquella tarde prefirió ocuparse de los preparativos con su primo Celestino. Y a las nueve de la noche en punto, ambos se montaron en las mulas, atravesaron las calles fangosas del pueblo y poco después se encontraban en pleno campo.
La noche era hermosa. La luna llena acababa de salir, blanca y serena, envuelta en un azul diáfano, como si estuviera mojada en las olas del Pacífico, de donde surgía. Los bajos de las montañas se envolvían en una niebla apacible. Desde la salida del pueblo, el camino se marcaba al borde pedregoso de un acantilado. En el fondo, por el lado derecho, rodaba el río entre piedras y peñascos, con un rumor tan lejano como el de un susurro. A su derecha se extendía la vegetación tupida del monte. De manera que la senda, muy angosta y peligrosa en noche oscura, corría y se estiraba en curvas entre el acantilado del río y la cortina del ramaje.
Habían recorrido buen trecho cuando su acompañante le advirtió a mi tío, de pronto, que había olvidado en el pueblo el saco de carbón que había comprado. Enojado, Facundo le obligó a regresar cuanto antes. El primo Celestino giró la mula y, disparado a carrera tendida, se perdió entre la claridad de la noche, dejando el eco de los cascos entre el murmullo del río y el rumor de los árboles. Facundo siguió adelante, pero despacio, canturreando, cosa de que Celestino lo alcanzara sin tropiezos a la hora de regresar.
Poco a poco, la brisa que soplaba desde el mar empezó a refrescar la ardiente atmósfera, barriendo consigo la neblina, dejando ver el paisaje hasta los rincones más lejanos. Facundo suspiró levemente. Era un hombre inculto, un guajiro de monte adentro, de escaso verbo y sin educación, pero sabía reconocer una noche tropical y divina como aquella. Abajo, en el río, los peñascos parecían bloques de plata, y las ramas de los árboles y la maleza misma de los matorrales temblaban, vibrantes y sonoras como cuerdas de guitarra.
La mula Pastora, tal era su nombre, seguía el paso, hundiendo los cascos en el polvo del camino o aferrándose sobre las duras piedras del precipicio. Pastora era mansa y obediente al mínimo estímulo de la rienda o voz ronca de Facundo. Caminaba, andaba sin reparo y sin tropiezo, con el cuello flácido y la cabeza inclinada, mientras Facundo se había abstraído tanto en la contemplación que por un instante ambos, mula y dueño, a punto estuvieron de despetroncarse por el acantilado.
Recuperada la compostura anduvieron otro tramo de camino. Pero de repente la mula levantó la cabeza, empinó las orejas, arqueó el cuello y resoplando por la nariz se detuvo en seco. Facundo se dio cuenta que estaba asustada. Pastora tenía los ojos clavados en un punto definido de la oscuridad. Rápidamente, Facundo recorrió con su mirada toda la extensión que le rodeaba pero no lograba ver el motivo de su alarma. Naba extraño se movía bajo la claridad de las estrellas. Nada raro descubrieron sus ojos. Tomando su látigo, castigó a Pastora. El animal continuó resentida al camino. Facundo imaginó que había advertido la presencia de alguna víbora que atravesaba el sendero y no le dio importancia al asunto.
Siguió sin detenerse, pero a medida que avanzaba, la mula se comportaba más inquieta y desconfiada. A los pocos minutos el animal repitió el mismo gesto, esta vez más inquieta, olfateando el aire con el hocico hinchado y las orejas erectas. Facundo empezó a inquietarse. Golpeó a la mula con el látigo, obligándola a retomar el paso, mientras examinaba con más cuidado la senda, el bosque, y el fondo del barranco por donde el río se deslizaba. Nada extraño sucedía.
Hasta ese momento había logrado que Pastora obedeciera, pero de repente sobrevino el tercer susto, y entonces el espanto de la mula se apoderó de los nervios de Facundo. Usó el azote, las riendas y las espuelas, pero todos sus esfuerzos fueron inútiles. Con gran paciencia logró tranquilizar sus nervios. No llevaba consigo más que un machete de monte afiladísimo, inútil en un combate con algún bandido de la sierra, armado con fusil o metralleta, pero lo agarró decidido, acostándolo de palmo sobre la montura. Después procuró orientarse a fin de seguir el mejor camino en caso de tener que emprender una fuga a través del monte. Por aquellos días la lucha entre las milicias del gobierno y los alzados se encontraba en su punto más terrible. Como siempre ocurre en tales conflictos, la gente inocente, los guajiros del campo en este caso, eran las víctimas más comunes, pues de ambos lados le empastaban el cuerpo a plomo a cualquiera por la mínima sospecha de colaboración o simpatía.
De súbito, un poco más calmado, Facundo se dio cuenta que Pastora pugnaba por internarse en el monte. Este descubrimiento le devolvió completamente el valor perdido, pues en caso de que algún cuatrero acechara, debía estar precisamente oculto en la complicidad del bosque. Además, en el sendero que se extendía ante su mirada, a una larga distancia, no había señales de vida.
Más calmados amo y bestia continuaron el camino, pero Facundo aún tenía que azotarla. La pobre Pastora no dejaba de olfatear el aire ni lanzar breves resoplidos ¿Qué podía ser?
Sin dudas el peligro venía de la prolongada vereda.
Es bien sabido que la proximidad de un hombre no espanta a ninguna mula. Y el espanto que hacen en presencia de una serpiente no se parecía en nada con aquellas muestras de terror que aún duraban en Pastora, rebelde todavía a continuar la marcha. Confundido, pasmado de incertidumbre, Facundo buscaba el objeto misterioso que ya comenzaba a perturbarlo, cuando de pronto…
Un poco lejos, de un rincón del camino surgió una figura que avivó de súbito el espanto de la mula pero que devolvió a Facundo la tranquilidad perdida. Era un animal, al parecer un asno o caballo. Era de color negro, oscuro. Encima del animal se sostenía, a horcajadas, un hombre vestido de verde sucio. Estaba todavía muy lejos para poder apreciar otros detalles, pero no tenía dudas de que se trataba de un jinete. Facundo suspiró tranquilo porque sintió alivio de no encontrarse solo en medio del monte. Pensó que aquel sujeto le ayudaría a resolver el misterioso terror de su mula, o al menos tuviera una explicación convincente. Pero lo extraño era que, a medida que el otro se acercaba, Pastora más se estremecía y luchaba por huir. Facundo frenaba los ímpetus de la mula, en tanto el otro jinete iba acercándose paso a paso, muy lentamente, como quien no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Más cercano descubrió que se trataba de un asno y también se preguntó porqué carajo el hombre no estimulaba al animal, dejándolo caminar a su propia voluntad.
Facundo le gritó par de saludos, pero como única respuesta escuchó su propio eco retumbando por el acantilado.
El lugar en donde ahora se encontraba detenido era un sitio más amplio que el resto del sendero. Justo allí comenzaba a ampliarse. Facundo saludó otra vez, empuñando por si acaso el machete. No hubo respuesta. El misterioso jinete se acercaba y pudo distinguir que en vez de sombrero traía un pañuelo sucio de colores vivos. Facundo quiso apurar el encuentro y apaleó a Pastora, que ahora se resistía tozudamente. A duras penas consiguió acercarla a la orilla de la espesura, donde los árboles oscuros formaban un claro iluminado por la luna.
En esa posición esperó, apretando en su puño derecho el mango del machete. Por si las moscas. Con cautela escudriñó la figura oscura, pero ésta no daba señales de comunicación.
Un cierto malestar empezó a oprimirle el pecho. Era algo así como angustia, una ansiedad ante lo desconocido. No tuvo dudas de que algo anómalo estaba a punto de ocurrir, algo insólito estaba a punto de sacudir su espíritu y marcarlo por el resto de sus días. Apenas unos pasos lo separaban. Ansioso por terminar la angustia, Facundo hizo un supremo esfuerzo. Levantó las riendas, hincó a Pastora y la mula se lanzó desesperadamente hacia el viajante, deteniéndose en seco a unos cuatro metros de distancia. El negro animal entonces se acercó despacio, hasta quedar frente a frente a Pastora y Facundo con el jinete.
Un terrible escalofrío sacudió todo el cuerpo de Facundo. Por un solo instante, pero tan rápido como un disparo o el estallido de un rayo, que destrozan y aniquilan; por un sólo segundo clavó los ojos en aquel rostro que revelaba sus contornos de una forma tétrica y brutal y sintió el espasmo del horror. Y en ese instante lúgubre, no hubo detalle ni sombra que no se incrustara profundamente en los más escabroso y recóndito de su ser y que lo iba a acompañar por el resto de sus días.
Era un rostro pálido, amoratado, de un color púrpura que la luz lunar le daba cierto matiz verde azul, casi fosforescente. Sus ojos estaban abiertos y fijos en un punto fijo, un punto que en ese instante eran los ojos del pobre Facundo, más abiertos aún, tan abiertos y azorados como un abismo tenebroso. En la penumbra le pareció que los ojos del jinete centelleaban, opacos y brillantes a un mismo tiempo. La nariz de aquel hombre era una nariz rígida, afilada como el filo de su machete. En todo su rostro colgaban coágulos de sangre, detenidos sobre un peludo bigote que sombreaba los labios rotos y apretados. Eran unas mandíbulas donde la piel se estiraba tersa, manchada también de sangre, y del pañuelo ceñido a la frente se escapaba, hacia arriba, un plumero de greñas que el viento azotaba macabramente. Debajo de aquel rostro trágico, un tronco de madera dejaba caer los brazos como dos látigos sobre las piernas dislocadas. Del extremo de aquellos látigos, envueltos en una ropa verde olivo, surgían dos manos que se encogían desesperadamente, como si apretaran una sombra invisible.
Facundo no tuvo duda. Estaba en presencia de un espectro, un fantasma, uno de tantos aparecidos que habitan las leyendas populares pero que ahora se presentaba en cuerpo y forma, tan palpable y real como la luna llena que brillaba en lo alto del cielo oscuro.
¿Cómo Facundo pudo resistir tal aparición? ¿Cómo logró sobreponerse a sus temores y dominar la debilidad de sus nervios, tan desgastados por las repetidas y tremendas emociones de aquella terrible noche?
¿Cómo logró conservar la lucidez y apartarse de tan horrendo monstruo, huyendo a todo galope, como quien huye hacia el abismo, trotando entre la espesura del monte, para llegar luego a un nuevo sendero guiado siempre por el instinto?
Nunca encontró explicación. Sólo supo que, al cabo de un buen rato, pudo orientarse hacia el sendero correcto y prosiguió su marcha como a través de un sueño, sin saber si estaba con vida o si formaba parte del mundo de los muertos.
Y como navegando por un sueño siguió su camino un buen rato. Ahora todo a su alrededor, el monte, la mula, el rumor del río oscuro allá abajo; todo tomaba el aspecto de las cosas cuando la soñamos. Pero un poco después la realidad se impuso cruelmente sobre sus sentidos, cuando un ruido entre los árboles le recordó que estaba todavía vivo y se lanzó a galope otra vez por el sendero.
Galopaba, corría frenético, el viento azotando su rostro. Sintió que los oídos le zumbaban y una especie de vértigo lo impulsaba a llegar pronto a su anhelada finca.
Sin embargo, la misma frescura de la noche y el intenso galopar fueron calmando su excitación. El perfume de los árboles penetró poco a poco en su pecho, sosegando su respiración. La aparición fue alejándose de Facundo a medida que cabalgada, pero no dejaba de vez en cuando de mirar atrás, de volver la cabeza, por si las moscas.
Hasta que al fin le pareció escuchar en la distancia el rumor de voces humanas. Fue como si saliera de una pesadilla, como si alguien, cualquier ser viviente, lo sacudiera del sueño para traerlo de regreso a la realidad.
Las voces se acercaban y al poco distinguió un grupo de hombres que venían por el camino conversando. Era una patrulla de cinco militares. Vestidos de verde olivo, armados con enormes fusiles automáticos, se detuvieron alarmados frente a Facundo y le rodearon, apuntándole con sus armas. El jefe del grupo, un teniente de unos treinta años, se acercó cauteloso. Facundo vio que llevaba espejuelos, un cigarrillo en los labios. Por unos minutos el joven lo interrogó, mientras otros dos revisaban los enseres que colgaban de Pastora. Después de quitarle unos tabacos y ya confiados de que Facundo no era un enemigo, el guajiro les preguntó amablemente las causas que los obligaba a andar a esas horas de la noche por aquel inhóspito sendero. Los milicos miraron al jefe, quien chupó del cigarrillo, y empezó a contarle a Facundo los detalles de un combate ocurrido esa tarde.
En un caserío vecino, a poca distancia del camino, la patrulla se enfrentó a tres enemigos que se ocultaban en una cabaña. Dos semanas gastaron siguiendo la pista de los tipos, y gracias a un delator lograron localizarlos en aquella choza. El tiroteo duró casi seis horas, pues los alzados pelearon hasta que no les quedó una sola bala en sus fusiles. Dos de ellos murieron, pero el tercero trató de huir y lograron capturarlo después de correr tras él por entre los cañaverales. Vencido el hombre, lo golpearon salvajemente hasta que soltó su último suspiro porque no soltó prenda. Es decir, no delató al resto de su gente. Los milicos, sin embargo, no quedaron conformes con la pequeña victoria. Así fue que el teniente ordenó colocar el cadáver encima de una mula. Después de atar el cuerpo a un tronco de madera, patearon al animal por el trasero, que se paseó durante el resto de la tarde y la noche por las calles del pueblo, con el objeto de atemorizar a los campesinos locales para que no colaboraran con los alzados.
Ahí estaba la explicación del espectro. Facundo suspiró aliviado, pero luego sintió un profundo desprecio por aquellos militares. Conteniendo su ira se despidió de ellos, continuando su camino a toda prisa, pues ya la luz rojiza del amanecer comenzaba a nacer en el horizonte.
Con las primeras luces entró por las calles de su pueblo. Un poco más adelante detuvo a Pastora frente al café recién abierto. De pronto había recordado a su primo Celestino. No tenía deseos de llegar a su finquita para luego regresar a buscar su saco de carbón. Salvo el dueño y la empleada barriendo el suelo, el café estaba vacío. Facundo se sentó en la mesa junto a la ventana, pidió un café con leche, esperó paciente la llegada de Celestino, vigilando la calle a través de la ventana.
Media hora más tarde apareció Celestino. Llegó aterrado, delirando, hablando de muertos y fantasmas desde que pisó el café, pidiendo a gritos un trago de aguardiente. El dueño del lugar y la empleada lo miraron extrañados, pero Facundo conocía las causas de su excitación. Un poco más calmado se largó a contar su terrible experiencia de la madrugada.
Después que se apartó de Facundo regresó al pueblo, pero cometió el error de beberse unos tragos de alcohol con dos amigotes que se tropezó en el camino. Bastante ebrio emprendió el sendero de regreso, donde tuvo el mismo encuentro pavoroso que Facundo. Llevaba Celestino su mocho de cigarro en los labios y había gastado todos sus fósforos tratando de prenderlo. Al divisar al macabro noctámbulo, se dirigió aliviado hacia él para pedirle fuego. El espanto fue terrible. Como todo campesino, Celestino era bastante supersticioso, y el golpe mental fue demasiado fuerte para su cabeza. La borrachera se le esfumó de golpe, y en vez de huir por el monte como hizo Facundo, se lanzó con su mula barranco abajo. Fue así como hizo el camino de regreso, sin tropezarse con los milicianos.
No hubo palabras para convencerlo. Para Celestino, aquel hombre se trataba de un espectro, de un ser del más allá, traído con el propósito de castigarlo por sus pecados.
Nunca más se recuperó. A partir de aquel día, todos en el pueblo le apodaron con el nombre de Celestino el loco. Y a partir de entonces, Facundo le contó a todo el que prestaba oídos su espantosa aventura.
La traición
Fue en el verano del año 2005 cuando conocí la verdadera historia del manco de San Juan. Así lo apodaron porque a su brazo derecho le faltaba la mano: Un mocho de toscas cicatrices y masa uniforme que salía de su eterna guayabera cuando, cada domingo, movía las fichas blancas del dominó. De su nombre auténtico no me acuerdo, porque otros lo trataban por el mote de El guajiro de Tope Collantes, dueño del bar restaurante San Juan, bautizado así por el pico más alto de la sierra del Escambray.
Algún que otro domingo, entre jugadas, café cubano y tabaco, he oído que se agenció la compra del San Juan por haberle contado al dueño anterior (negado a vender) la verdadera historia de su mano amputada. Había llegado a los Estados Unidos en la década de los sesenta, procedente de Europa del este, tal vez Hungría, puede que Polonia. Dicen algunos que pertenecía al G-2; otros aseguran que a la STASI, los menos a la CIA. Lo cierto es que muy pronto se ganó la confianza de los habituales en el café. Dicen que tuvo muchas mujeres y no menos dinero, pero lo perdió todo por su afición a los juegos del azar. Dicen también que fue un gran bebedor; pero nunca bebía socialmente. Prefería beber Bacardí a solas, encerrado en su casa de la pequeña Habana, tal vez batallando con sus demonios íntimos, exculpando viejos pecados, o añorando mejores tiempos. Recuerdo sus ojos negros, su cuerpo de escaparate, su barba cana de Papá Noel.
Una noche, mientras reportaba los daños del huracán Katrina en vivo y en directo por el canal seis de la televisión local, nuestro camión móvil sufrió un espasmo en el motor. No supimos si fue por el viento feroz o la lluvia afilada, lo cierto es que el Cámara y yo nos encontramos, de pronto, varados como náufragos en medio de la calle ocho. Mi teléfono móvil funcionaba; pero optamos por vadear la tormenta refugiados en algún portal o pasillo antes de poner en peligro la vida de algún posible rescatador. Caminando por la calle ocho de repente vi una luz mortecina dentro del café San Juan. Me pareció sorprendente. Pensé que tal vez el guajiro hubiera olvidado apagarla. No me cupo en la cabeza la idea de que algún empleado hubiese quedado atrapado por la tormenta. Cruzamos la calle. Al asomarme por la ventana, a través del cristal nublado de humedad, al que vi fue al mismísimo Guajiro de Tope Collantes sentado ante la barra empinándose una botella de ron.
Nos abrió la puerta de mal humor. Parecía borracho, o al menos bastante bebido. Tenía los ojos rojos, inflamados, el rostro colorado. Su voz temblada en frases cortas, como un loco, tal vez como un hombre manco asustado por el huracán que cruzaba la ciudad; atemorizado por el silbido acezante del viento afuera. Al poco rato me di cuenta enseguida que no éramos bienvenidos. Después de acomodarnos, entre trago y trago, intenté buscar temas de conversación amenos para él: La dictadura de Castro; la guerra en Irak, los daños del huracán... Por último le mencioné el origen de su nombre. Dije que los verdaderos héroes revolucionarios, los verdaderos patriotas, habían sido los guajiros alzados contra Castro en el Escambray. Mi anfitrión asintió en silencio, pero luego me explicó que en realidad él no era de aquella zona como todos suponían, sino de la Sierra Maestra. Dicho esto se detuvo, algo nervioso, como si hubiera revelado un secreto.
Más tarde en la madrugada el Cámara se acostó a dormir encima de una mesa, y usando un bulto de manteles como almohada, empezó a roncar. El guajiro y yo continuamos bebiendo ron, fumando tabacos de su almacén, mientras el ciclón batía las calles con su furia y mis jefes del canal tal vez se preguntaban en donde carajo me había metido, pues decidí apagar mi móvil y dedicarme a beber Bacardí y escuchar los cuentos raros de una época en que yo ni pensaba nacer. Siempre me han gustado los relatos de la Isla. Creo que se debe a un simple hecho: Mis padres son cubanos pero yo tuve la buena o la mala suerte de nacer del otro lado del Caribe.
No sé cuando me di cuenta que yo estaba en nota, curda, borracho como una uva. No recuerdo de dónde agarré el coraje o el valor; no me acuerdo que relámpago en la calle o que visión del mocho me condujo a mentarle su mano amputada. Al escuchar mi pregunta, el semblante del Guajiro se transformó en una mueca, iluminada de pronto por el fusilazo de un trueno. Después hizo silencio. Por un instante creí que iba a golpearme con su puño sano. Al poco rato me dijo:
- Mira, Roberto. Yo conozco a tu padre desde hace 30 años, y ni siquiera a él le he contado la historia de mi mano amputada. Pero ¿sabes qué? Hoy me importa un carajo que la gente sepa la verdad –Bebió del trago- Te la voy a contar pero tienes que prometerme algo primero: No voy a permitir que me critiques, ni que me ofendas.
Asentí en silencio. Entre trago y trago, mientras afuera el huracán castigaba la ciudad, pasó a contarme la siguiente historia:
“En la década de los sesenta, en Berlín occidental, yo era uno de los tantos agentes de la seguridad del estado que conspiraba a favor de la Revolución cubana y el campo socialista en general. Formaba parte de un grupo de veinte militares que fuimos entrenados por la KGB en el punto cero de la Habana. De mis compañeros, algunos han sobrevivido y aún laboran secretamente para los Castro; Otros, increíblemente, han desertado en países de la Europa del Este o aquí mismo en los Estados Unidos, en donde se les puede ver como panelistas en programas de la Tele o escribiendo reseñas en el periódico. Pero el más valioso de todos, el más valiente y sacrificado murió a balazos en una escalera oscura de Berlín”
“Éramos revolucionarios, los escogidos para cambiar el mundo: nuestro máximo líder era Castro, el hombre ideal Che Guevara: el defensor de los pobres, el guerrillero heroico. La revolución cubana no sólo era para nosotros el futuro justo y la razón de luchar o morir hasta la hora final; era la patria, la sangre que corría por nuestras venas; el odio al Imperio y el orgullo de seguir los pasos del guerrero Mambí”
“Una noche que jamás olvidaré, nos llegó del Oriente de la Isla un nuevo recluta: Un tal Federico Cifuentes”
“Tenía escasamente veintidós años. Era alto, musculoso, dueño de esa fortaleza indómita que captan los hombres dedicados a las labores del campo. Había emigrado a la capital durante su servicio militar obligatorio, donde fue reclutado por la Seguridad del Estado. Para nuestra gran sorpresa, nos dimos cuenta muy pronto que Federico estaba más preparado para dar charlas políticas e ideológicas que para entrar en acción. Dictaba de memoria pasajes completos del manifiesto comunista. Pasaba horas y horas leyendo y en las noches, buscaba siempre con quien debatir algún tema de actualidad política. Su amplio conocimiento de la obra de Carlos Marx dejaba en silencio a todo aquel que osara discutir del tema con él”
“Finalmente, al cabo de un mes, lo ubicaron conmigo en un apartamento. Nuestra primera misión, consistía en recoger a un agente soviético que venía del otro lado del muro. Mi jefe superior, el capitán Sánchez, ordenó al guajiro Federico que me acompañara”
“Recorrimos las calles del Berlín occidental charlando, discutiendo de las últimas noticias, de la familia en la Isla. Horas atrás había nevado, las calles estaban teñidas de un blanco fosforescente. Federico no paraba de hablar. Recuerdo el humo blanco saliendo de sus labios, las manos enguantadas gesticulando en la noche fría”
“Cuando llegamos al punto de encuentro, un parque céntrico, de pronto nos aturdió una balacera. De un salto nos arrimamos a la pared. Desde allí pudimos ver al agente soviético que corría hacia nosotros, llevando un maletín negro en su mano derecha y disparando hacia atrás con su mano izquierda. Un grupo de gendarmes le perseguía. El soviético cometió el error de gritarnos algo en ruso, por lo que no tuvimos más remedio que echarnos a correr nosotros también”
“Huyendo corrimos por calles, callejones oscuros, hasta que en una esquina se nos cruzó un policía. A gritos nos ordenó que nos detuviéramos. Yo di media vuelta y apresuré mis pasos, pero enseguida me di cuenta que mi compañero estaba inmóvil, con las manos en alto, congelado por el terror. No tuve más remedio que imitarlo; pero cuando el guardia se acercó, lo derribé fácilmente con una llave de judo, después lo desarmé y sacudí a Federico, pues estaba todavía petrificado por el miedo y tuve que gritarle varios insultos y palabrotas para poder poner su cuerpo en movimiento”
“Todavía me pregunto como logramos escapar, entre aquellas calles llenas de gendarmes y sirenas de autos patrulleros, no sin antes enfrentarnos a tiros (o enfrentarme yo a tiros mientras Federico tapaba sus oídos) en el portal de un teatro. En el tiroteo una bala rozó el hombro derecho de Federico. Al subir las escaleras de nuestra casa segura, escuché a mi espalda los sollozos de mi compañero. En aquel invierno de 1964, la casa segura que nos asignaron era un apartamento amplio y lujoso de una familia de judíos emigrados a Occidente. El edificio, de cuatro pisos, había sobrevivido el bombardeo aliado de la segunda guerra mundial y ahora era ocupado por diplomáticos cubanos. Nuestro apartamento tenía como seis cuartos, sala principal, tres baños, una amplia biblioteca y otras habitaciones que nunca ocupamos”
“La noche del tiroteo entramos en silencio. Ayudé a Federico acomodarse en su cuarto. Él, temblando de frío, murmuró que habíamos sobrevivido de milagro. Yo no le contesté. Preferí revisarle la herida, que para suerte de todos era superficial.
“- Gracias por salvarme la vida. –Me dijo, de manera melodramática”
“Yo le contesté que no se preocupara: Para eso y mucho más me habían entrenado durante meses en la Isla. Por supuesto que no le dije que mis órdenes eran matarlo antes de verlo en manos de los gendarmes.
Al día siguiente Federico Cifuentes estaba más calmado. Desayunamos, fumamos tranquilamente, y luego me sometió a un severo interrogatorio sobre la seguridad de los agentes y los recursos de apoyo y logística en aquel Berlín frío y extranjero. Sus preguntas me preocuparon, pero más tarde pensé que en realidad mi colega no terminaba de entender el funcionamiento de una red de espías. Al rato, el teléfono sonó. Era mi jefe superior. La nueva orden consistía en visitar la embajada rusa con nuestras credenciales diplomáticas. Allí recibiríamos el paquete que no pudimos recoger la noche anterior. Al colgar le dije a Federico que teníamos que salir urgente. Mi abrigo sobretodo, mis documentos y el arma estaban en mi cuarto. Cuando regresé a la sala, encontré a Federico acostado boca arriba en el sofá, con los ojos cerrados. Me juró que tenía fiebre. Me suplicó descanso, pues sentía un dolor terrible en el hombro herido. Entonces comprendí que su cobardía era irreparable”
“Aguanté las ganas de sacudirle los huesos, soporté el deseo de darle una paliza allí mismo y gritarle que los revolucionarios morimos de pie, cojones, que se dejara de mariconerías porque para eso estábamos en Berlín, para luchar y dar la vida por la patria si así lo imponía el destino. Sin embargo conseguí calmarme. No sé si fue la certeza de que a solas estaría más seguro, mejor solo que mal acompañado por un cobarde, de modo que le pedí de favor que no contestara el teléfono y desaparecí por la puerta”
“Una semana pasamos los dos juntos en aquel frío y oscuro apartamento. De la lucha secreta y las misiones peligrosas que cumplí no te voy a contar mucho. Sólo quiero contarte la historia de mi mano perdida, mi mano amputada que tanta vergüenza me trae a pesar del paso de los años”
“De aquella semana me quedan pocos recuerdos. Yo salía de casa temprano en la mañana. Recorría la ciudad buscando alimentos, información o contactos en la embajada cubana. Cayendo el atardecer regresaba a casa. Federico siempre me esperaba con la cena echa, como todo una esposa, un ama de casa adolorida y enfermiza, pues según él la herida del hombro se había complicado y necesitaba atención médica. Después de comer, mi compañero se sentaba a leer un libro de la amplia biblioteca o me preguntaba sobre las instrucciones, las órdenes que yo recibía. Incluso una vez se quejó de que lo habían engañado, que la misión internacionalista que le habían prometido en la Isla, no se parecía en nada a estar preso en un apartamento viejo y decrépito como aquel. Una noche, ahora recuerdo, se desplayó a mentar distintas tácticas de los espías de Occidente. Yo me di cuenta que su objetivo era mostrarme superioridad intelectual, o tal vez evitar el tema de su inefable cobardía”
“El séptimo día recibimos una misión importante. Lo mejor del hecho fue lo rápido y efectivo con que la ejecuté: Justo a las dos de la tarde logré localizar al informante de la CIA, al cual ajusticié con dos silbidos (disparos con silenciador) justo encima del puente Charles, con el río Vltava como telón de fondo”
“Antes del atardecer regresé a casa. Al entrar descubrí a Federico hablando con alguien por teléfono. Entre frases breves escuché mi nombre. Entre frases menos cortas escuché como repetía la hora exacta en que yo regresaba cada atardecer. Por último, entre frases firmes, pude oír las exactas instrucciones de cómo arrestarme en la escalera sin armar ruidos ni escándalos:
Mi cobarde compañero estaba cobardemente delatándome”
“Esta vez no pude contenerme. Cuando empecé a oír garantías a su seguridad personal, más una visa a los Estados Unidos, me lancé como un animal sobre Federico”
“Llegado este punto mi historia se confunde. Estoy seguro que le propiné varios golpes a mi delator, pero él logro evadirme cuando saqué la pistola y le disparé varios proyectiles. Federico conocía la casa muy bien, mucho mejor que yo. Dos o tres veces vi su sombra deslizándose por las habitaciones, como si se tratara de la sombra de una rata o una comadreja. Y recuerdo, no sé como, pero lo cierto es que recuerdo que disparé no sé cuántas veces hasta que logré acorralarlo en un rincón de la cocina, justo cuando escuché al enemigo irrumpir por la puerta del apartamento. Entre golpes, gritos y manotazos abrí una gaveta y encontré un hacha de cortar carne. Con el arma afilada le corté de tajo su mano derecha para siempre, para el resto de su vida”
Aquí el Manco se detuvo. Noté que se apretaba el mocho.
- ¿Y qué pasó con Federico? –le pregunté.
- Le regalaron una visa de exiliado a los Estados Unidos y suficiente dinero como para comprar un bar restaurante de la calle ocho.
De pronto me sentí confundido. Esperé en vano la continuación de la historia. Al fin pedí que prosiguiera. Entonces una mueca de dolor cruzó el rostro del Guajiro. Me mostró, levantando la mano, el mocho de su mano derecha:
- ¿Tú no me crees? –dijo – ¿No ves que estoy marcado con la marca de la traición? Te conté la historia de ese modo para que la oyeras hasta el final ¡Yo fui el que denunció al hombre que me salvó la vida! ¡Yo soy Federico…! Ahora dime lo que quieras…
Lo miré sorprendido. Afuera, el huracán Katrina barría ferozmente las calles mojadas de Miami.