Seudónimo: Iktomi.
Emma no había querido moverse de la ventana durante todo el día. Tenía las manitas apoyadas en el cristal y no se cansaba de ver llover. Cada vez que algún carruaje pasaba frente a la casa, alzaba la cabeza y abría los ojos como platos para comprobar a través de la extensa niebla si se trataba de una sombra conocida.
- Ya le he dicho, señorita- le repetía una y otra vez la niñera-, que su papá no llegará hasta la noche.
- Pues hasta la noche aquí me quedaré.
Cada vez que oía algo similar, la nodriza afroamericana movía la cabeza de un lado a otro en gesto de desaprobación. Emma Grass era la niña más terca que había conocido jamás. Pero también era, sin duda, a la que más había llegado a querer en todos esos años sirviendo en casas de blancos ricos sureños. Esa mañana había tenido que luchar con ella para que se quedase quieta mientras la lavaba y después correr tras ella con la ropa en la mano. De nada habían servido primero las órdenes y después las súplicas: Emma se había colocado desnuda en un sillón contra el cristal y ahí se había pasado todo el día. La niñera se había apresurado a colocarle el vestido, la chaqueta, los calcetines y los zapatos. Emma era una niña muy vital; pero era débil. Tenía tendencia a coger resfriados y fiebres y se hallaban en el mes más frío de todo el año.
- Como coja un resfriado- la reñía-, su papá se va a disgustar mucho conmigo. Ya tiene cinco años, debería de empezar a portarse como una señorita de bien.
La niñera no lo admitía, pero no podía dejar de encontrar graciosa la situación: la cría había sido peinada, perfumada y dada de comer en el alfeizar de la ventana. De vez en cuando movía las piernas desde el sillón en un balanceo que denotaba su impaciencia, pero sólo se había movido del sitio para acudir al baño.
El señor de la casa viajaba a menudo por negocios o por la guerra contra el norte. Normalmente era dentro del país y su ausencia era sólo de unos días, una semana a lo sumo. Pero esta vez había tenido que cruzar la frontera de México y ya llevaba más de veinte días fuera del hogar. Emma no podía esperar más para abrazar a su padre. Era todo lo que tenía; nunca conoció a su difunta madre.
Cuando la pequeña salió disparada del sillón hasta la puerta central meneando sus tirabuzones rubios, todos los criados supieron que el señor había llegado. La niñera trató de detenerla, pero Emma consiguió abrir la puerta y tirarse sobre su padre cuando éste se hallaba en el umbral. Se fundieron en un tierno pero firme abrazo.
- Emma, cariño- le dijo preocupado-, entra en casa. La noche es fría.
- Señor…- se disculpó la niñera-, he tratado de pararla, pero…
- No te preocupes, ya la conozco.
- Tiene caldo caliente preparado y algo de carne- le dijo mientras cerraba la puerta-. Emma, vamos a la cama mientras tu padre descansa.
La niña, como era de esperar, protestó; pero finalmente accedió a irse a su dormitorio ya que su padre le había prometido ir a verla antes de acostarse.
- Tengo un regalo para ti. Si te portas bien y obedeces a la nodriza, te lo daré hoy mismo.
La espera en la cama se le hizo a Emma más larga que nunca. Jamás había estado tanto tiempo sin su padre en casa; pero, tal y como había prometido, se dejó poner el pijama sin rechistar y estuvo callada y quieta dentro de las sábanas.
Cuando su padre entró en el dormitorio, Emma se incorporó de un salto y volvió a abrazarlo. Sólo ella sabía cuánto lo había echado de menos.
- Te has portado muy bien, así que no voy a esperar a mañana para darte tu regalo.
Emma abrió un paquete y sacó algo que nunca antes había visto: Era un círculo de metal rodeado con esmero de un hilo de color verde manzana; dentro los hilos se cruzaban como si se tratase de una tela de araña. La parte de abajo era la más llamativa: colgaban cinco plumas marrones.
- Es precioso. ¿Qué es?
- Un atrapasueños.
- ¿Un atrapasueños?
- Sí, mira- dijo el hombre señalando dentro del círculo-, cada vez que tengas un sueño bonito, el atrapasueños lo guarda aquí, donde están estos hilos.
- ¿Los que parecen tejidos por una araña?
- Exacto. ¿Has visto alguna vez como las presas de las arañas se quedan pegadas en la tela y son incapaces de salir?
Emma asintió. La zona donde vivían estaba cerca de un bosque y había observado innumerablemente a todo tipo de bichos.
- Pues de la misma manera se quedan los sueños aquí. No pueden escapar. De esta manera siempre tendrás sueños bonitos porque no se van, se quedan aquí, cerca de ti.
- ¿Y qué pasa con los malos?
- Ésos también se quedan atrapados, pero aquí-. Emma observó el lugar exacto donde su padre le señalaba: la zona centro del entramado de hilos.
- ¿En el agujero pequeñito?
- Sí. Pero la diferencia es que no deja que vuelvan a salir.
Esa misma noche el señor Grass colgó la pieza de artesanía mexicana en la cabecera de la cama de su hija y Emma tuvo esa noche el sueño más hermoso que había tenido jamás: vio el rostro de su madre acunándola cuando era apenas un bebé.
Emma adoraba el atrapasueños más que a ningún juguete. Le encantaba observar sus plumas al viento las noches que hacía un poco de viento. Tenía que abrir la ventana a escondidas de su padre y de la niñera porque éstos tenían pánico a que la niña volviese a sufrir una de aquellas fiebres que tanto les habían asustado con anterioridad. A veces observaba, no sin un poco de miedo, el pequeño agujero en el centro del agujero.
- Debe de estar vacío- se decía.
Porque Emma nunca tenía pesadillas. Ni siquiera las tuvo el día en que su padre murió en aquella guerra que lidiaban los estados del norte contra los del sur. Su casa fue saqueada, los criados abandonados a su propia suerte y ella llevada al orfanato regentado por la señora Packard, a más de tres horas de camino en carruaje, lejos de sus queridos bosque y casa. Emma miraba por la ventana abrazada a su pequeña maleta. Sólo le habían permitido llevar un bulto y ella misma se hizo el equipaje: algo de ropa, una foto de su padre y el atrapasueños.
Nada más atravesar la puerta del hospicio, Emma supo que allí nunca tendría el cariño del que había disfrutado los cinco primeros años de su vida. La señora Packard poseía una mirada rígida y carente de cualquier compasión. El resto de huérfanos estaban sucios, mal alimentados y sus ojos eran el vivo retrato de la tristeza.
- ¿Qué demonios es esta cosa tan fea?- gruñó la señora cuando vio colgar a la niña nueva el atrapasueños en una pequeña astilla de madera que sobresalía cerca de lo que iba a ser su camastro.
- Un atrapasueños.
- Pues ya lo puedes quitar.
- No-. La respuesta fue tan tajante que la señora se quedó sin respuesta durante unos segundos, no estaba acostumbrada a aquello. Cuando volvió en sí, lo cogió y se lo llevó para tirarlo en la basura de la cocina entre unos restos de pescado del día anterior. Emma lloró aquella noche y apenas durmió algo cuando ya empezaba a clarear. Cuando abrió los ojos hinchados por las lágrimas y la tristeza, sonrió al ver que el atrapasueños estaba a su lado.
Poco después entró la dueña del hospicio para que las niñas se levantasen, hiciesen su camastro y fuesen al comedor a desayunar. Emma se acercó a ella.
- Gracias- le dijo.
La mujer no entendió a qué se refería la cría hasta que vio aquella cosa horrible con plumas. ¿Cómo lo habría recuperado? Era imposible que supiese dónde lo había tirado y todavía más difícil que hubiese ido a la cocina sin que ella se enterase. Para eso debía de haber pasado frente a su dormitorio y aquella noche no había dormido porque había tenido compañía en su lecho. Se acercó al colgajo, pegó la nariz y aspiró con fuerza. No olía a pescado. ¿Sería otro? Comprobó que no era así al abrir la basura.
Desde aquel día, la pequeña Emma empezó a disgustar a la señora Packard más que ningún otro niño. Y pronto el disgusto se convirtió en miedo: La tercera noche de su llegada, entró a hurtadillas en la inmensa habitación de los huérfanos y le descolgó el atrapasueños. Ésta vez quiso asegurarse y lo rompió por varias partes antes de tirarlo. Pero a la mañana siguiente la basura estaba vacía y el atrasuelos, intacto, colgaba al lado de la cabecita rubia de la chiquilla sureña.
Emma era extraña: no se relacionaba apenas con sus compañeros y casi no hablaba, ni siquiera para protestar ante la baja calidad de la comida, el frío, las reprimendas injustas y las horas interminables que pasaban los niños limpiando el hospicio. Hacía todo lo que se le ordenaba sin protestar y esto, más que ser para Packard un alivio tener una boca menos que callar, lo encontraba siniestro. El día que Emma estuvo a punto de tirar un jarrón, aprovechó para azotarla. Nada. La niña no se quejó ni una sola vez y eso que la mujer era fuerte y había golpeado con todas sus fuerzas.
Los niños tampoco le tenían demasiado cariño. Emma era rara y no se adaptaba a su nuevo hogar. Prefería mirar soñadora por la ventana o a su atrapasueños antes que jugar con sus compañeros o hablar con ellos. Todos conocían su nombre, pero dudaban que ella supiese el de los demás. Pero lo que menos les gustaba era la manera que tenía que agitarse y de gemir por las noches. En cuanto se quedaba dormida se revolvía tan nerviosamente que a veces parecía que sufría espasmos. Algunos, los más atrevidos, se habían acercado a ella para tratar de averiguar qué era lo que salía de su boca. Normalmente eran sólo gruñidos ininteligibles, pero habían llegado a distinguir dos palabras: Packard y decapitación.
Cada mañana le preguntaban qué tal había dormido y Emma siempre respondía que bien. No mentía, se sentía con fuerzas y descansada como si hubiese tenido un sueño reparador y placentero. No se daba cuenta de la desconfianza que despertaba.
Y tampoco de que el agujero central del atrapasueños se hacía cada vez mayor.
Tras casi medio año durmiendo en esa cama excesivamente dura, comiendo sopa aguada y pan duro y sufriendo las iras injustas de la señora Packard, Emma cayó, junto a seis niños más, víctima de la fiebre más alta que había tenido jamás. Los siete enfermos fueron llevados a una habitación apartada para que no contagiasen a los sanos. A pesar de que casi ni veía de lo mal que se encontraba, Emma no olvidó llevar su atrapasueños con ella. La medicina tardó en llegar dos días y Emma ya se hallaba moribunda.
Mientras Packard empezaba a verter las gotas que le había traído el doctor en la sopa de zanahorias y puerros, pensó en algo que no pudo quitarse de la cabeza. Sería algo horrible, pero tal vez justo porque, ¿acaso no era cierto que desde la llegada de esa niña su tranquilidad y la de los niños se había desvanecido?
Se aseguró de que la taza sin medicina cayese en las manitas de la pequeña Emma. Esa misma noche murió.
Tras mandar al doctor que fuese a recoger el cuerpo de la cría que tantos quebraderos de cabeza le había causado, agarró aquella cosa de las plumas con intención de tirarla por tercera vez. A punto estaba de hacerlo, cuando se dio cuenta de la belleza siniestra de aquel objeto; seguía viéndolo feo, pero con cierto magnetismo irresistible. ¿Tenía ese agujero central tan grande antes? Creía recordar que no era así. Decidió guardárselo para ella y lo colgó, tal y como había visto hacer a Emma, al lado de su propia cama.
Esa noche soñó con una mujer que acunaba tiernamente a un bebé, con un hombre que llegaba a su casa en carruaje y con una afroamericana de rostro bondadoso. La señora Packard nunca había descansado tan bien por la noche. No conocía a ninguna de esas personas que se le aparecían en sueños, pero le resultaban familiares y encantadores.
El agujero central del atrapasueños empezó a brillar pero la mujer, sumida en tan dulce sueño, no se percató de nada hasta que el techo de su dormitorio empezó a temblar y se despertó sobresaltada. No tuvo tiempo de hacer nada, las vigas cayeron sobre ella y murió en el acto.
Una parte del techo había derrumbado un espejo sobre la cama y había decapitado con su cristal a la señora Packard.