PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Tormo Abad, Antonio (Terrón de tierra)

El brillo de la placa



EL BRILLO DE LA PLACA

Una espesa capa de niebla arropaba la ciudad, cual pudoroso manto de armiño afanado en ocultar su desnudez en la gélida noche. Las luces del alumbrado público, distorsionadas por el inclemente fenómeno atmosférico semejaban ser valiosos adornos de fina pedrería caprichosamente engarzados con objeto de realzar su distinguida elegancia.

Conducía con mucha prudencia huyendo aún no sabía exactamente de qué,  porque de sobra conocía los peligros de esa carretera, sobre todo en ese tiempo infernal, por más que nevara a más y mejor; lejos, muy lejos, del calor que se debe pasar en el supuesto infierno.

Habíamos discutido Héctor; mi esposo,  y yo, Clara, su esposa. O sea, una pelea conyugal iniciada por un mal entendido absurdo, muy mal resuelta, sobre todo por mi parte, pues él se aferró a sus ideas y yo a mi abrigo de piel primero y al volante del Audi 80 después, sin atender a su consejo de analizar la situación con más calma, en busca de la objetividad que en ese momento me faltaba,  lo que quizás hubiera de haber hecho.

Efectivamente huía en busca de un lugar tranquilo en el que poder leer con serenidad las notas que había anotado Héctor en su Cuaderno de apuntes; en cierto modo, su diario.

Héctor se dedica, una vez jubilado de su actividad laboral, a escribir. Sospecho que nunca ha pensado en ganarse un sobresueldo con ello, pero sí que busca un ramalazo de gloria que supone le corresponde, un reconocimiento público de su capacidad, de su dedicación y entrega al mundo de la literatura.

Creo que no escribe mal, que tiene una gran capacidad de fabulación, se expresa correctamente e incluso tiene ramalazos de ingenio, pero puede que esté un poco desfasado respecto a las tendencias que se llevan. No conseguir salir premiado en ninguno de los innumerables Concursos en los que se ha presentado, le ha llevado a un estado de postración lamentable. En cierto modo me siento culpable porque nunca le he animado. Reconozco que soy una lectora tardía y carezco de la formación necesaria para juzgar sus escritos. He comenzado a leer tarde y no sé por qué, nunca pensé que me había casado con una persona capaz de destacar en ese mundo literario y me hubiera sorprendido que le hubieran premiado. Confieso que de haber ocurrido algo así, hubiera comenzado a dudar de la honestidad existente en los citados Concursos.

Nuestra disputa empezó de forma banal, porque cometí la estupidez de comenzar a leer unas reflexiones suyas casi a escondidas y me sorprendió cuando apenas había comenzado. Después de reñirme desabridamente, quiso hacerme creer que eran apuntes para un Relato, pero yo me quedé muy preocupada porque no me gustaron nada. Esa noche no hablamos más, pero me levanté de madrugada acuciada por la preocupación hasta el punto de desvelarme, lo que aproveché para buscar en su escritorio el citado escrito y poder leerlo con tranquilidad hasta el final.

Me intranquilizó más, si cabe, aún. Así se lo dije esta tarde cuando sacó el tema a colación, comenzando por volver a reñirme debido a mi imprudencia al  mirar en su escritorio, sin saber que ya tenía una copia en mi bolsillo. Discutimos y me alteré bastante, pues estaba muy preocupada por lo que había leído. Por eso salí escopetada dejándole con la palabra en la boca, buscando un remanso de paz en donde leer con tranquilidad, sin sobresaltos, el dichoso escrito y así poder analizar en profundidad su calado. Este fue el origen de mis desvelos:


<<Me zarandea el alma y acechan a mi espíritu, congojas varias.

Zozobra el pensamiento cuando mirando hacia adelante no veo futuro y sin embargo tengo saturado el pasado.

Llevo arriada la bandera del entusiasmo; esa que otrora enarbolé con decisión y alegría.

Parece llegado el momento de batirse en retirada; nada más queda por hacer sino esperar el instante postrero en el que ya no caben ilusiones, ni esperanzas.

Esperar sí, pero ¿con qué estado anímico?

Una rendición sin condiciones, un abandonar sin presentar batalla al cruel destino, sería un indigno colofón para un luchador infatigable hasta ahora.

Sin embargo, habiendo comenzado a fallar el motor de la ilusión, de la esperanza de subir algún peldaño más en la escalera de mis sueños, de saborear alguna nueva sensación de progreso; eso es, una vez agotado el cupo de ilusión, no cabe sino rendirse a la evidencia del ciclo cumplido.

Aletean en nuestro entorno pájaros de alegre trino, anunciando venturosos caminos a seguir, pero es una ilusión pasajera, siendo que la vereda por la que caminamos cada vez se torna más angosta.

El entorno, esa salvaje jungla en la que habitamos, no ayuda nada; somos, la especie humana, el mayor depredador de la Naturaleza.

Poseemos una experiencia casi inigualable, pero este importante bagaje no nos sirve hoy día de nada y, antes de ser un valioso pasaporte para movernos por el mundo, es un lastre casi imposible de soportar a la hora de caminar hacia adelante.

Estamos acorralados, los mayores, en un rodal de incomprensión y nos sentimos asfixiados al respirar el contaminado hedor del progreso.

Nosotros, ha tiempo, ya transitamos ese camino, pero nos parece haberlo hecho con mayor respeto a las generaciones que nos precedieron.

A veces nos sorprendemos meditando la onírica posibilidad de viajar a otra época, pero nunca terminamos de discernir si lo que queremos es viajar a cualquiera de ellas con el bagaje de conocimientos que poseemos o huérfanos de ellos.

No es nueva la duda que nos embarga, habiendo vivido toda una vida aplastados por la etérea presencia de Dios, si realmente fue éste quien creó al hombre o fue a la inversa, como algunos opinan hoy en día.

Desde luego no es descartable que el género humano, ansioso por encontrar explicaciones racionales, buscara un ser superior para someterse mediáticamente a sus dictados, angustiado por encontrar una justificación a su indeleble existencia>>

Había detenido el coche en un atractivo restaurante de la carreta de Burgos con nombre francés, “Le Normandie”, un sitio adónde habíamos ido a comer más de una vez, aunque al verme sola no me reconocieron. Pedí un café solo y una copa de un buen brandy y leí lo que antecede con inusitado interés, hasta el punto de recrearme en su lectura. Saqué la misma conclusión que cuando lo leí atropelladamente y sin poder acabarlo, no tenía duda ya; no se trataba de ningún apunte para relato alguno. Eran confesiones suyas puras y duras, lo que significaba el cruel lamento de un hombre honrado y yo debía hacer algo para paliar su desesperación, era mi esposo y seguía enamorada de él, eso justificaba cualquier acción.

Lo pensé según retornaba a casa. Entré mansamente, ofreciéndole mis disculpas por la pueril forma de comportarme y solicitando su comprensión ante una falta menor, alegando unos celos que en modo alguno sentía, pero era la disculpa más coherente con lo sucedido y dio el  resultado apetecido, pues en el fondo creo que estaba deseando perdonarme. Cosas del amor.

Los siguientes días, en su ausencia, aprovechando los paseos terapéuticos recomendados por los distintos doctores, revisé con cuidado su Agenda de Concursos, adonde apuntaba meticulosamente lo Relatos que enviaba, los diferentes destinos, el Patrocinador y la fecha del fallo. Curiosamente en ninguno figuraba la cuantía del supuesto premio, lo que me hizo pensar, aunque ya lo supiera, que él no escribía por dinero sino que escribía por un noble afán de encontrar el reconocimiento en algo que creía que hacia bien y probablemente fuera verdad.

Moví mis hilos con absoluta discreción, hablé con muchos amigos; unos míos solo y otros de ambos, a los que de una u otra manera les fui dejando caer un mensaje subliminal, les fui haciendo partícipes de mí altruista anhelo, esperando ser escuchada, comprendida y satisfecha en mis extravagantes pretensiones.

No me defraudaron.

Antes de un mes, Héctor, mi esposo, me recibía alborozado un mediodía cuando volvía de la peluquería. Le habían llamado por teléfono para comunicarle que había quedado finalista, junto a otros cuatro, del Premio de Narraciones Breves, convocado por la Casa de la Cultura del Ayuntamiento de Hoyo de la Sierra, casualmente el pueblo adonde teníamos una casita, para pasar los fines de semana y casi todo el verano.

Estaba previsto que el nombre del ganador y el resto de los premiados se hiciera público en una cena organizada en un conocido Restaurante de Hoyo de la Sierra, por lo que le habían llamado para asegurarse su asistencia. Hasta ese día no había visto en mi vida a una persona más feliz…y nerviosa. Fueron quince días de delirio, no hacía más que pensar en la ropa que ponerse y cada día cambiaba de opinión. Me preguntaba si estaría bien, en el caso de ser premiado, de leer alguna cuartilla o podía resultar petulante, andaba impaciente en de qué forma dar las gracias, aunque solo fuera por el hecho de haberle seleccionado como finalista y un sinfín de elucubraciones que casi terminan por hacerme arrepentir de haberme movido un poco.

Lo de la cena fue el acabose; un manojo de nervios incapaz de comer nada, de sujetar el tenedor y la servilleta acabó hecha un rebujo indescriptible. Solo conseguí que se calmara a los postres, para poder oír con tranquilidad el resultado de la votación. Fueron desgranando las distintas fases de las votaciones con una parsimonia que no buscaba otra cosa que la de crear la expectación precisa en este tipo de actos, pero a poco le cuesta al pobre Héctor un infarto de antología, casi de la misma magnitud que él que le pudo dar cuando dieron el nombre del ganador: <<¡Héctor Galván!>>

¡Qué brinco, Dios mío! Juré que una y no más, Santo Tomás.

Desde luego, cuando veo la placa de bronce que le dieron, a la que saca brillo un día sí y otro también, que no sé si no me la va a desgastar, me rio para mis adentros y pienso que fácil es hacer felices a los demás; sobre todo si son hombres y les queremos.

Por Terron de tierra

Torrelodones, marzo de 2009

El sueño de una realidad o la realidad de un sueño



Anochecía cuando ayer llegué al hotel. Por eso, apenas cené, decidí meterme en la cama. Al fin y al cabo era mi primer día de vacaciones. Tiempo tendría de trasnochar y divertirme en los quince siguientes. No había prisa., el viaje me había endosado una dosis extra de cansancio, algo habitual en todos los desplazamientos.

Despierto con el rostro abotagado, tras casi nueve horas de sueño, sin saber muy bien donde me encuentro, solo que una claridad intensa inunda la habitación de luz. Mientras me desperezo voluptuosamente voy recobrando la memoria y enseguida decido que es un sacrilegio permanecer en la cama ni un minuto mas, pues de lo contrario mis ansiadas y, por qué no decirlo, merecidísimas vacaciones se van a reducir a dormir, dormir y dormir. ¡Ah,  eso si que no! Buenos euros me había costado el capricho de estar en un hotel nuevo y moderno, a pie de playa y con una piscina de ensueño, aparte de unas instalaciones como discoteca, bolera y otros muchos atractivos. Aunque la verdad, eso era lo que te vendían con la propaganda; ahora falta comprobar que todo lo prometido es cierto.

Metida en la ducha, mientras el agua templada resbala por todo el cuerpo, enjabonándome a conciencia, sobre todo los turgentes senos, porque de siempre me produce un placer especial recrearme en acariciarme esa erógena parte  de mi anatomía, a falta de quien lo haga por mi. No puedo dejar de pensar en la estúpida manera de romper con  Alejo. Parecía mentira, después de dos años y medio, tirar por la borda una relación tan bonita. Que diferencia con las vacaciones del año pasado; los dos juntos. ¡Cómo recuerdo ahora, por mucho que me pese, lo bien que estábamos! Añoro la primera ducha en aquel hotelucho de la Costa brava, cuyo mayor encanto, y no era poco, suponía estar viendo desde la cama el mar. Sentir el amor penetrando por todos los poros del cuerpo, dejando la mirada desparramarse por el azul turquesa del inmenso mar Mediterráneo. Notar como los reiterados y aleatorios embates de un Alejo, extasiado y concentrado en la tarea de hacerme feliz, se acomodan arbitraria pero rítmicamente al compás de las olas, es una experiencia inolvidable.

Apenas cabíamos los dos pero Alejo era, y supongo que lo seguirá siendo; lo que ocurre es que ahora no soy yo la que lo disfruta, bastante cabezota y se empeñó en que nos ducháramos a la vez. Ni siquiera cabía la esponja entre nuestros cuerpos. Pero fue bonito, muy bonito, y ahora, que me ducho sola, le echo de menos. Me regodeo en pasarme la esponja sin agobios de espacio, pero no puedo evitar acordarme de el. ¡Que forma mas tonta de echarlo todo a perder!

Sigo enjabonándome, como sigo acordándome de nuestra última y definitiva disputa. Nunca llegamos a vivir juntos, salvo en vacaciones o en algún que otro viaje, porque a los dos nos apetecía mucho conservar egoístamente nuestros respectivos  espacios privados, pero eso no era óbice para intimar en casa de uno u otro indistintamente. Siempre tuvimos problemas por su carácter excesivamente celoso. No le gustaba que me arreglara demasiado, ni que vistiera muy a lo moderno, a excepción de cuando íbamos juntos. Entonces no le importaba que llevara una minifalda corta, casi  a ras de braga, porque así podía presumir de llevar abrazada por la cintura una exuberante mujer. Siendo, como soy, y está mal que lo diga yo, pero una es coqueta y no puede remediarlo, una mujer alta, bastante bien proporcionada, con un ramalazo de sensualidad, un hermoso busto como carta de presentación y aportando como avales todos los encantos que una mujer puede apetecer,  pues a nada que una vista apropiadamente para su hechura y edad, no es extraño que resulte bastante  atractiva. Pero siendo, como es, de lo mas agradable notar como los hombres te devoran con la mirada, se vuelven a tu paso e incluso alguno se atreve  con un requiebro, que las mas de las veces deviene en un exabrupto, pero sin llegar a mayores, porque eso apenas  molesta. Basta con desdeñarles.

Quería casarme, formar una familia y tener hijos antes de que fuera demasiado tarde; el no. Alejo prefería exhibirme entre sus amistades, alardear de pareja sentimental, hacer el amor; que lo hacía muy bien,  pero sin  comprometerse. Llegó un momento que me sentía como un mono de feria, dispuesta siempre para hacer el papel de chica mona. Ya lo habíamos hablado muchas veces, pero en las pasadas Navidades, quemé el último cartucho de la paciencia y rompimos. Por eso planifiqué estas vacaciones sola. He pasado un semestre muy malo, le he echado mucho de menos, pero poco a  poco lo he ido superando. Sobre todo cuando en tanto tiempo no ha sido capaz de interesarse ni una sola vez por mi estado de ánimo, ni mostrar atisbo alguno de querer reiniciar nuestra relación. Seguro que no tardó en reemplazarme.

¡Caramba, sumergida en los recuerdos, resulta que me he dado una ducha de padre y muy señor mío! Si me descuido llego tarde al desayuno y hasta puede que  hayan cerrado la playa. Abandono el baño a trompicones, me seco y en un pis pas me pongo uno de los biquinis que he traído. Con un simple pareo y unas chanclas estoy preparada para bajar al comedor.

Salgo de la habitación solo con el bolso de mano, mas bien un simple monedero, después subiré por la toalla y el resto de archiperres de baño. Una vez en el ascensor compruebo que los desayunos son en la <<planta uno>>. Me bajo al llegar a ella y enseguida diviso el cartel que anuncia el comedor. Me sorprende no encontrar a nadie. Pienso que la gente aquí es madrugadora y que yo, con mis cavilaciones sentimentales de la ducha, me he demorado mas de lo normal. Sin embargo compruebo que todo los servicios están preparados para ser utilizados y ninguna mesa presenta el aspecto de haber sido usada. Considero que probablemente haya otro comedor exterior, posiblemente en una terraza sobre el mar, y sea el que la gente utiliza habitualmente; por eso, éste, está vacío. Como ya es un poco tarde, me abstengo de buscar esa  posible alternativa por hoy, dejando para después preguntar en Recepción. Me sirvo un café negro y tomo de la bandeja una tostada, una rebanada de pan, una tarrina de mermelada y un zumo de naranja. Desayuno sola, extrañamente sola, y percibo una sensación de soledad que no me satisface nada. Estoy deseando salir a la playa, ver gente y sentirme una veraneante mas; en definitiva ser una inquilina del hotel con todas las prerrogativas que eso conlleva.

Dejo la bandeja en la mesa y subo a la habitación. Compruebo que el grueso del dinero, las escasas joyas que he traído y las tarjetas, siguen perfectamente guardadas en la caja de seguridad de la habitación. Cojo la bolsa con todos los accesorios para el baño: Toalla, biquini de recambio, cremas, revistas,  monedero, etc. y me dispongo a ir camino de la playa. Antes, al bajar a desayunar, he observado que el acceso directo se hace desde <<menos uno>> y por eso, sin dudar, oprimo el botón correspondiente. Me llama la atención no haberme encontrado a nadie por los pasillos, pero tampoco me detengo  demasiado en pensar en ello, tengo avidez de agua de mar, sol y arena; el resto no me preocupa. ¡Allá voy!

En <<menos uno>> encuentro una puerta  amplia y nada mas traspasarla el suelo se haya cubierto por una esterilla, para facilitar un cómodo acceso a la orilla del mar,  flanqueada por un frondoso aligustre formando un discreto pasillo. Me agrada la intimidad que se respira, como me gustan los detalles que voy observando a cada paso. Cuando me acerco al final del sinuoso pasillo formado por la tupida vegetación y desemboco en la playa, busco con la mirada una hamaca vacía para ocuparla. Me sorprende ver que todas las que alcanzo a divisar, lo están. Empiezo a preocuparme un poco, no es normal, pero no quiero alarmarme antes de tiempo. Seguro que tiene una explicación y probablemente será de lo mas sencilla,  lo que ocurre es que de momento no está a mi alcance conocerla. Elijo una de las mas próximas en primera fila, extiendo la toalla sobre ella, me quito el sujetador del biquini con la naturalidad de estar acostumbrada a ello y me aplico una crema protectora solar. Compruebo satisfecha que  puedo presumir de tener un busto enhiesto y firme. Me acomodo en la hamaca, saco una revista de actualidad y me concentro en la lectura, pero no puedo dejar de echar una ojeada en derredor, de vez en cuando, buscando la presencia  de algún ser humano. Quisiera ver a alguien, al menos para poderle preguntar, ¿qué demonios pasa con la gente? ¿Adónde se mete? A estas horas la playa debería estar muy concurrida, sin embargo no veo ningún bañista.  No logro centrarme en la lectura, por lo que decido acercarme a Recepción para tratar de averiguar a qué es debido la evidente falta de público. Tampoco en la piscina, a la que me he asomado al pasar, hay nadie. No soy una persona asustadiza, pero hay situaciones que me inquietan; y esta es una de ellas. Dejo la bolsa con la toalla y lo demás sobre la hamaca, cojo solo el pequeño bolso de mano para dirigirme al mostrador correspondiente. Tomo el ascensor en <<menos uno>>. Observo que está parado y sospecho que nadie lo ha utilizado después de bajar yo. Aprieto el botón de <<planta cero>>, solo es una planta mas arriba. Me bajo cuando se detiene y se abren las puertas. Encamino decidida mis pasos hacia el mostrador, pero sorprendentemente tampoco encuentro a persona alguna. Comienzo a ponerme nerviosa, al tiempo que observo las distintas puertas que existen en el elegante hall. Voy llamando una a una a todas ellas, incluso trato de abrir las que no están cerradas con llave, pero nadie tras ellas. Mi desasosiego no tiene límites. Oigo nítidamente los latidos del corazón en su agitado palpitar, entre otras cosas, porque no existe ningún otro ruido para amortiguar su sonido. Me siento unos instantes en uno de los suntuosos sillones del inmenso vestíbulo, para sosegarme y tratar de evaluar la situación. Pienso en lo mas conveniente y urgente a llevar a cabo. De pronto recuerdo que en el pequeño bolso descansa el móvil apagado, pues solo lo he cogido por si tengo una emergencia, y ésta ¡vaya si lo es!, pero, por lo demás, quería estar ilocalizable. Son, o eran; todavía no lo que serán, mis vacaciones y pensaba disfrutarlas a tope. Veremos.

Trato de activarlo pero no tiene batería o no funciona. Enseguida recuerdo haber visto un teléfono en el mostrador del Recepcionista. Con cierto recelo, pues no puedo olvidar que estoy invadiendo una zona privada, paso por detrás del mostrador, tomo recelosa el auricular y compruebo desilusionada  la ausencia de tono. En un acto reflejo de crispada desesperación, golpeo impaciente el interruptor sin resultado alguno, como suele suceder siempre.

Sin pensarlo mas, salgo a la calle en busca de una respuesta coherente con la incertidumbre que estoy empezando a vivir o a sufrir. No recordaba nada de lo visto  ayer noche cuando llegué. La entrada está en el esquinazo del edificio. Según se sale, a mano izquierda, la calle está cortada unos metros mas abajo, porque ahí está el acceso al garaje del hotel. Dirijo mis pasos por la fachada de la derecha, por la que nada mas rebasar la edificación del inmueble correspondiente al hotel,  se puede ver la cercana playa; pública a partir de rebasar la última esquina del edificio, separada de la acera por una barandilla de piedra.   Se trata de una especie de paseo marítimo. Cada poco trecho existen unas escaleras que permiten el libre acceso a la arena. El mar está en calma, bastante mas que mi estado de ánimo. No se ven, ni siquiera en el horizonte; en todo lo que alcanza la vista,  barcos ni embarcaciones de ningún tipo.

En la acera de enfrente todos son comercios. Es una avenida ancha. La cruzo

para cerciorarme de que están cerrados, aunque ya sospecho que va a ser así. Hay coches  aparcados a lo largo de la acera, pero no se observa movimiento alguno. La ausencia de ruido causa un estremecedor silencio. Asusta.

Camino con precaución, como si me fuera a salir de improviso alguien al paso.  Bien es verdad que me llevaría un susto de muerte, pero en el fondo creo que terminaría por agradecerlo. Pienso en lo poco que me iban a poder robar, pero enseguida especulo con la posibilidad de otro tipo de intenciones que pudiera tener el que apareciera. Podrían querer violarme. Parece una burrada, pero en estas circunstancias hasta es posible que no me importara tanto, con tal de ver a alguien. Revoloteando este pensamiento en mi cabeza, me doy cuenta que con la precipitación de ir a Recepción, olvidé ponerme el sujetador del biquini, así que camino en flagrante topless, aunque a juzgar por el invisible gentío; que se supone debería haber,  no parece que corra mayor peligro.

Nada; esto es un misterio increíble. Me gustaría salir de aquí, pero ¿no se me ocurre cómo?

A mi atribulada mente acude otro pensamiento que pudiera justificar el misterio que tanto me abruma y desconcierta, porque no puede ser que así, de la noche a la mañana, haya desaparecido todo vestigio de vida. Podría tratarse de una alarma nuclear, que yo dormida como un tronco no hubiera oído sonar ningún llamamiento para meterme en un búnker. Es la única explicación que le encuentro. No se si puede ser cierta, pero trato de agarrarme a ella cual náufrago a una tabla a la deriva.

Tendría maldita la gracia que fuera esto cierto. El mundo entero amenazado de una hecatombe nuclear y yo paseando en topless como la última gilipollas del Planeta.

Decido cruzar de nuevo, para caminar junto a la barandilla que separa la playa del paseo. Cuando llego al primer tramo de escaleras bajo hasta la arena. Me desprendo de las chanclas y meto los pies en el mar con mucha precaución al principio. Poco a poco voy cogiendo confianza, pues en el agua no se aprecia nada anormal. Hace calor; como es natural, como también lo es que me apetezca darme un chapuzón, sobre todo para ver si me sirve de sedante. Tengo los nervios a flor de piel. Retrocedo unos pasos para dejar el pequeño bolso, mas bien monedero, en la parte seca de la arena. No albergo ninguna duda de que a mi vuelta del remojón seguirá donde le he dejado. ¡Cuánto me gustaría que me lo robaran!, exclamo para mis adentros.

Nado con cierta vehemencia, sin dejar de otear el horizonte en busca de algún ser vivo. Retorno a la orilla cuando noto los primeros síntomas de fatiga. Quizás me he excedido en la virulencia puesta en las brazadas, pero ha sido un buen desahogo. Me siento en la arena a recuperar fuerzas. Veo que al otro extremo del paseo, como flanqueando la bahía, hay un hotel de similares características a las de el que he venido a parar. Parecen gemelos y no sería descabellado pensar que pertenecen a la misma cadena. Decido acercarme hasta allí para husmear. Me aguarda un largo trecho andando, pero tampoco tengo cosa mejor que hacer.

También aquí las puertas están abiertas de par en par. Entro y recorro el vestíbulo en busca de algún ser vivo, pero la tónica es idéntica a la del otro hotel. Nadie.

El baño y la caminata me han abierto el apetito. Decido transgredir las mas elementales normas de honradez, con cargo exclusivo a mi precario e inquietante presente, pasando a la cafetería. Allí cojo un par de rebanadas de pan de molde y con algo de embutido y queso, preparándome un mas que aceptable sándwich. Tampoco desdeño una botella de vino, de la que me sirvo una generosa copa. Como y bebo sentada en una de las mesas de la solitaria cafetería, con la mirada distraída sobre el horizonte. La tierra y el mar se funden en un lejano confín, cuya línea me parece por momentos mas distante. Robo una naranja y la pelo por el camino de vuelta a mi hotel. Aquí, el posesivo genéricamente usado, “mi hotel”, toma un sentido casi literal, porque realmente no tengo a nadie que me lo dispute.

-Llego sin novedad alguna.   -Me siento cansada, nerviosa y enormemente preocupada.      -No se que decisión tomar, que hacer, ni adónde encaminar mis  pasos.         -Subo a mi habitación con cierta desgana, pero no me apetece otra cosa.            -Quiero dormir, quiero salir de esta pesadilla.               -Me quito el tanga del biquini, me pongo una braga normal y me tumbo en la                 cama.                  -La habitación comienza a darme vueltas.                     -Enseguida me invade un ligero sopor muy sensual y agradable.                        -Un profundo sueño, apenas tarda nada en  atraparme en su atractiva                          urdimbre.

Despierto sobresaltada. He dejado la ventana abierta y por ella se cuela un enorme bullicio que llega a ser casi molesto. Sobre todo después de ese sepulcral silencio que he padecido; ahora no sabría decir desde cuando.

Es de noche.

Aún no se lo que ha pasado antes, ni cuando ha sido ese antes, ni lo que está pasando ahora.

Tampoco el tiempo que he estado durmiendo.

Hago uso del lavabo para despejarme un poco.

A duras penas recuerdo haberme dejado el sujetador del biquini, el pareo y la toalla en la hamaca de la playa.

Utilizo un sostén a juego con la braga que llevo puesta, cojo un nuevo pareo y bajo a Recepción para tratar de aclarar lo que ha pasado. El Recepcionista, el mismo que estaba, supongo que anoche cuando llegué,  nada mas reparar en mi, antes de que le pregunte nada, me tiende una bolsa transparente de plástico con el anagrama del hotel, por lo que puedo ver enseguida que adentro están mi toalla, el sujetador del biquini y el pareo que…¿ya no se cuándo?, me dejé descuidadamente en la tumbona de la playa.

-Creo que se lo ha dejado olvidado en una hamaca.

-Gracias, ¿pero cómo sabe que es mío?-pregunto intrigada.

-Muy sencillo, vimos sus iniciales grabadas en la toalla y simplemente dedujimos.

-Vaya, son ustedes muy amables. ¡Ah, una pregunta! ¿Está abierta la discoteca del hotel?

-No, aún no, pero en cuestión de una hora comienza a funcionar. Puede aprovechar mientras para cenar, porque el buffet si está abierto ya.

-Muchas gracias por su eficiencia.-le digo como despedida y me encamino hacia mi habitación. Entro al ascensor con el peso de la  incertidumbre a cuestas, en cierto modo apesadumbrada, puesto que no me he atrevido a preguntarle  nada sobre el calvario que he pasado…¿Cuándo?...Porque realmente no se en que momento estoy, ni el tiempo que he pasado durmiendo, ni siquiera a que día estamos. Solo se que quiero divertirme, deseo olvidar cuanto antes la pesadilla que he vivido o he soñado; tanto da, pero no se si va a ser posible, ni lo uno ni lo otro. Porque nunca sabré si lo que soñamos tiene algo que ver con la realidad o es la realidad la que tiene algo que ver con los sueños…Y en eso estoy.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de