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Vila Arcarons II, Nuria (Reina)

El Broche

El broche

 

Había barro en las calles, había lluvia en los tejados y en las ropas de la gente la humedad quebrantaba los huesos.   1625 no era una buena época para andar paseando cuando el agua del cielo lo cubre todo.   Fernando no sabía que un resfriado podía llevarlo a la muerte.  Sentado en los peldaños de  una callejuela oscura y profunda de una ciudad española, el niño  miraba el ir y venir de los caballeros y las damas que vivían en las buenas casas de alrededor.            No tenía más de diez años.  Sus grandes ojos castaños delataban un espíritu vital.  Su pelo rizado se le arremolinaba bajo un bonete azul de terciopelo.  En su espalda colgaba una capa del mismo color y en el cinto llevaba una espada de madera de la que no se separaba nunca.  Su poderosa arma era fiel testigo de sus hazañas envistiendo a los infames piratas que habitaban en los mares del mundo.  Sus  calzas, que andaban sucias  sin que fuera mediodía, delataban todo este ajetreo aventurero en el que se sumergía el niño cada día desde que se levantaba .  En  la escalera donde estaba sentado, esperaba fielmente a su amada Sofía, una damita de ocho años a quien había  cedido su corazón y su voluntad.  Entretanto, Fernando jugaba con los guijarros de los peldaños e imaginaba una lucha contra insectos acorazados que querían apoderarse del reino.             Se oyeron los goznes de una verja y apareció entre luces y sombras una figurita con un vestido ocre.  Era Sofia, su princesa.  La niña se apresuró a arremangar el vestido con sus manos para no mojar las puntas y empezó a correr hacia Fernando.  En la cabeza llevaba un pañuelo bordado para protegerse de la lluvia que ya había dejado de caer.  El niño la miró.

“Eres tan bonita Sofia”  la admiraba como si fuera la primera vez que la veía.

La niña sonrío y lo cogió de la mano “Vamos a pasear Fernando.” Los dos dejaron la calle oscura.  El sol se presentaba en toda la ciudad ufano de haber ganado la batalla al mal tiempo.  Fernando y Sofía corretearon por las calles hasta llegar a la plaza mayor, un gran círculo de piedra con una fuente majestuosa en el centro.   La ciudad de los niños era próspera y alrededor de la plaza reposaban edificios de comerciantes adinerados.  Era día de mercado  y en el suelo pedregoso de la plaza también se arrellanaban tenderetes con todo tipo de productos.   Había mucha gente y alboroto de animales.  Fernando llevaba una mano en su espada de madera y adoptaba un aire de caballero protector.   Después recordó la moneda de a cuarto que llevaba en el bolsillo y la mostró a Sofía.            “¿De dónde la has sacado?” preguntó la niña.            “Me la dio mi ama que es muy buena.  ¿Qué te apetece comprar?”            “Vamos a por un poco de pan dulce.” dijo ella  relamiéndose los labios.            “Ven conmigo.  En vez de comprarlo en la plaza, iremos a buscarlo allí donde tiene el horno el panadero.  ¿Te gustaría saber cómo se hace el pan?” 

“Sí claro que sí, vamos”  la niña lo cogió de la mano de nuevo y Fernando, al sentir el calor de sus dedos otra vez, tocó las pocas nubes que aún quedaban en el cielo.

Dejaron la plaza atrás.  Fernando se adelantó unos pasos y empezó a contarle el sueño que tuvo por la noche.  En él había un dragón, una reina y un caballero valiente que luchaba sin parar.  En una de las calles por donde pasaban oyeron un carruaje que se acercaba.   Los niños se hicieron a un lado para que pudiera franquearles pero el vehículo se paró a escasos metros de donde estaban.  Se abrió la portezuela y salió un caballero vestido de negro de pies a cabeza.  El sombrero le ensombrecía la cara.  El hombre de negro miró hacia el carruaje y gritó.

“Salid ahora mismo.  Salid por vuestro propio pie o de lo contrario os sacaré yo por la fuerza.  Ahora sois mía y carecéis de toda voluntad o derecho”  dijo el caballero con una voz feroz.

De dentro del carruaje salieron lamentos y sollozos de una mujer atemorizada.  La dama que estaba dentro de la carroza no salió y el caballero de negro se acercó de nuevo al compartimento de pasajeros y tras introducir el brazo dentro lo volvió a sacar llevando atrapado en la mano  el largo cabello negro de la dama.   Sin reparos, empezó a tirar del pelo hacia fuera con mucha fuerza.  De dentro del carruaje se oyó un grito de dolor. La voz enfurecida del caballero de negro volvió a retronar.

“Salid os digo.  Mi paciencia llegó al límite.  Salid si no queréis salir lastimada por vuestro obstinado comportamiento”

Los niños, que contemplaban toda la escena unos pocos metros más allá, estaban aterrorizados.  Ese caballero parecía el mismo diablo.  Fernando no podía soportar el trato injusto que recibía la dama del carruaje.  El niño dio una patada al suelo con rabia.  Se llevó la mano al cinto y lo acarició hasta topar con su espada.

“No, esto no está bien.”  El pequeño de pelo rizado y una década se acercó con carne trémula al hombre de negro.  De cerca, todavía daba más miedo.  El niño pudo ver la  ropa que llevaba y su riguroso rostro.  Era un noble y nunca más en su vida olvidaría esa cara.  Era inhumana, un capricho del mal.

“Es vuestra merced  muy virulento señor. La dama no quiere salir. dejadla”

El caballero colérico lanzó una mirada a la calle y vió al niño con el bonete azul de terciopelo y la pequeña capa que le colgaba en la espalda.  No soltó el cabello de la mujer que tenía entre los dedos pero dejó de tirar de él.   Sofia miraba la escena emocionada y atemorizada. “Dejadla o tendré que luchar con vos”  y sin reparos, Fernando sacó la espada de madera del cinto.  Sus delgadas piernas dentro de las calzas le fallaban, notaba como se movían involuntariamente.

El caballero de negro desprendía chispas de furia pero miró al niño con aire interrogativo. Se hizo un largo y tenso silencio  hasta que, al fin,  el hombre soltó una carcajada.  Miraba al niño y se reía con avidez.  Su cara se transformó.  Soltó la melena de la dama y miró al chico casi con admiración mientras se pasaba la mano por la barba.  Al fin habló.

“Como es el mundo: hay quien se muere de miedo y hay quien no teme ni al mismísimo diablo. Tú has ganado mozalbete” dijo el caballero y levantó los dos brazos en señal de rendición.   No paraba de reírse.  Miró al carruaje, se dió media vuelta y entró en una de las casas de la calle gritando “Don Pablo, ya estoy aquí, ya he llegado.  Estoy muy cansado.  Preparadme un baño.  Descargad el carruaje y a la mujer que hay dentro de él, si podéis con ella”  se volvió a reír a carcajadas y desapareció de la vista de los niños.

Sofia estaba asombrada por todo lo ocurrido.  Se acercó a su amigo corriendo.

“Eres muy valiente Fernando, eres todo un caballero” la niña lo miraba con ojos de admiración.  El niño seguía con su espada de madera levantada a unos pasos del carruaje.   Desde su compartimento se oyó una voz.

“Acércate, por favor” era la mujer que oyeron antes sollozar. 

Los dos niños se acercaron despacio.  Sofía, detrás de Fernando, cogiéndolo por el hombro.  Se asomaron  por la puertecilla del carruaje y cual fue su sorpresa:  Allí había una dama que parecía una visión.   Iba ataviada con ropas de oro y color naranja.  En sus brazos pendía un velo transparente repleto de lentejuelas que brillaban como pequeños soles y una túnica fina y sedosa que  rodeaba todo su cuerpo. Se presentaba a ellos con una amplia sonrisa y con la densa  melena negra que ya conocían.   Llevaba también unos grandes pendientes dorados, brazaletes de oro que tintineaban y en el pecho un enorme broche con piedras preciosas.  En el centro de la frente, a la altura de las cejas tenía pintado un pequeño círculo de color carmín.  Fernando la miraba boquiabierto.  Era una aparición, un hada, un encante. “No os asustéis” les dijo con acento exótico “ven aquí muchacho, acércate más”.  Fernando se adelantó hasta la misma puerta del carruaje.   Ella miró su escote y soltó el broche de piedras preciosas que llevaba.

“Me llamo Dalhía y te ofrezco esta joya en agradecimiento a tu valentía.  Este broche es el  amor. No es un  símbolo del amor sino el mismo amor. En estas piedras esta contenido el amor de los que quieren sin condiciones.  Guárdalo cerca de ti toda tu vida y serás un hombre feliz.  Ahora te pertenece a ti.  Recuerda bien lo que te digo”.   Fernando lo cogió con su pequeña mano.  El broche brillaba mucho y pesaba más de lo que el niño hubiera pensado. 

“Ahora iros, seguid con vuestro camino niños”  hizo un ademán con la mano y se dispuso a salir del carruaje ella sola”

Los niños partieron y corrieron a sus casas.  Y los años, frente a ellos, desfilaron y desaparecieron como por arte de magia.  Fernando y Sofía se convirtieron en adultos y enfilaron sus vidas unidos.  Un amor profundo y duradero los acompañó siempre.  Se preguntaron muchas veces por esa dama que nunca más volvieron a ver.  Guardaron el broche en una pequeña cajita de caoba que mandaron construir.  Siempre la tuvieron cerca de ellos, en su casa, escondida en un falso muro y en un papel escribieron al pie de la letra las palabras de Dalhia para que el broche nunca perdiera la magia que tenia.   Y a lo mejor, quien sabe, alguien, algún día, encontraría la caja de caoba que contenía el broche del amor.

De hecho hace sólo unas semanas, en una casa de subastas londinense, se  ha presentado una pequeña cajita de caoba de manufactura española.  Dentro de la caja hay una pequeña nota escrita por  Fernando y Sofía.   La caja también contiene  un broche muy parecido al que, cuatrocientos años atrás, una dama misteriosa había regalado a un niño de corazón noble en una ciudad española.             “¿Tú qué opinas?” pregunta la empleada de la casa de subastas a un colega del departamento de autenticidades.  Ella es alta y hermosa. Va vestida con traje chaqueta de talle perfecto y una carpeta azul marino agarrada a la altura del pecho.   Se pasa un bolígrafo por los labios mientras escucha la respuesta del experto.             “Podría ser auténtica.  La joya es india.  La caja y la carta son españolas y coinciden en el tiempo.  Después de los análisis ha quedado claro.  Sin embargo el broche de oro parece ser posterior.  Tengo mis dudas.  Parece una broma de niños.  Por descontado, cada objeto por sí mismo ya tiene un valor pero si  hubiera alguna forma de corroborar la unión de los tres...” la empleada interrumpe a su colega.

“Me refiero a si crees que el broche es el amor” ella mira al joven historiador.  La bella empleada ha grabado en su mente las palabras que Fernando y Sofia transcribieron en la nota “este broche no es un símbolo del amor, sino el mismo amor”

“Mujer, como voy a creer en esas cosas” su compañero la mira a los ojos.

“Imagínate por un momento que el amor no fuera algo abstracto y realmente estuviera contenido en objetos y solo estando cerca de esos objetos pudieras ser feliz para siempre, amar y que te amen para siempre.” Ella lo mira, busca respuestas.

“Si fuera así, el propietario de este lote seria extremadamente necio al venderlo. Por cierto ¿quién es?”

“Pues una pareja de viejecitos encantadora.  Son españoles pero viven aquí en la ciudad.  Los señores Fernández.  A lo mejor ya no les hace falta más amor y quieren compartirlo con los demás”  ella sigue con las hipótesis.

“O a lo mejor son encantadores pero quieren ganar un poco de dinero y simplemente no creen que el broche contenga el amor” lo ataja él pragmáticamente.

“Claro, sí, todo es posible” ella deja de juguetear con el bolígrafo y se va.

Los preparativos  terminaron y llegó el día de la subasta.  La sala estaba llena a rebosar.  La dirección decidió ofrecer las tres piezas en un mismo lote y exponer resumidamente la historia del broche o, dicho de otra forma, la historia  de un pedazo de amor.  Los organizadores no daban crédito al gran interés que había levantado el lote.  Tenían de antemano muchas ofertas en firme y algunos pujadores anónimos que deseaban participar  en la subasta dando órdenes por teléfono.  El subastador reclamó la atención de los asistentes y en la sala se hizo un silencio  absoluto.  Le tocaba el turno al broche, al amor.  Los postores iniciaron una escalada rápida y el precio del lote subió muy deprisa  Subía y subía.  El precio volaba. Entre los asistentes al acontecimiento había una  pareja de viejecitos encantadores.  Eran los señores Fernández, los propietarios de tan peculiar colección de objetos.  Estaban sentados en medio de la multitud, cogidos de la mano.  Esperaban el desenlace con emoción y con alegría.  Al fin, un último concurrente ofreció lo inimaginable e hizo suyo el broche, la caja y la nota manuscrita.  El martillo del subastador repicó sobre la mesa y confirmó que el lote estaba vendido.  Los dos ancianos se levantaron y abandonaron la sala.  Todo había salido como ellos esperaban.  Eran felices.

Una vez en la calle.  El anciano hurgó en el bolsillo y sacó de él un  espectacular broche de piedras preciosas.  Era el auténtico.  Éste sí que estuvo entre las pequeñas manos de Fernando cuatrocientos años atrás después de que  Dalhia se lo ofreciera como pago a su gallardía.  El anciano miró el broche con cariño y gratitud y sin palabras lo acercó a su mujer y se lo abrochó en el abrigo.  Acababan de subastar una historia familiar pero no su estimado broche.  Su fuente de amor y felicidad seguía con ellos.  Solo habían vendido la historia. Había sido una decisión tomada por todos los miembros de su más que amplia estirpe.  Los dos ancianos, sus hijos, nietos y bisnietos todos deseaban compartir la historia y el amor del que disfrutan.  Sin embargo,  no podían arriesgarse a perder ellos  mismos ese talismán de bienestar que les aseguraba, generación tras generación, la felicidad.  Así que surgió la idea de vender sólo la historia, esperando que el  poder del mismo relato pudiera llenar de amor a otras personas en otros lugares del mundo.  La familia resolvió darle un valor monetario para asegurarse que el nuevo propietario cuidara de la caja y de la carta escrita por los  antepasados de la familia.  Buscaron un broche parecido al suyo y lo colocaron en la caja.  Finalmente, se pusieron en contacto con la casa de subastas para encontrar un destinatario a su pedacito de vida familiar cargado de buenas intenciones. 

Sofía y Fernando compartieron  la historia de ese chiquillo de espíritu noble, que se enfrentó al mal con una espada de madera.  Los Fernández han compartido su secreto esperando que, con su proceder,  el amor se multiplique.   Y yo comparto lo que sé con el lector porque estoy convencida de que, así, ustedes se acercan al broche de Dalhía, y si lo pueden ver, ya lo tienen para siempre cerca de sus corazones, porque todos sabemos que el amor es siempre algo compartido y  será siempre compartir.

FIN

Pseudónimo REINA

Gafas de sol



 

Miente quien dice que la esperanza es lo ultimo que se pierde.  Durante las malas rachas, las primeras cosas que se extravían son siempre abstractas, inmateriales, como la misma esperanza.  Con suerte, la recuperamos si, después de la caída económica y social mantenemos nuestra vida  íntegra.  La integridad es lo que nos hace  ser lo que somos, a pesar de las circunstancias que nos toca vivir, esto es lo que nos permite recuperar la esperanza y remontar. Quienes llegan al final con la integridad intocable son  héroes.  Quienes llegan al final, vacíos de honradez, esos son los villanos.

Estos eran los barruntos  que tenia Costas mientras estaba conduciendo su viejo coche esa mañana muy temprano.  Como cada día su horario de oficina no era flexible.  De todas formas, no podía quejarse, era funcionario, tenía trabajo, y lo ultimo que quiebra es el estado.  Costas vive en esa parte del mundo donde quien más, quien menos, todos poseen algo.   Lo llaman el mundo desarrollado aunque la percepción del desarrollo sea a veces limitadísima.  De hecho, Costas, es un ciudadano que habita en un país del sur del mundo desarrollado.  En el mundo financiero anglosajón, su país es conocido como pig economy .  Por un momento, Costas salió de su ensimismamiento, el coche se tambaleó y dio unos saltos, pensó que perdía el control.  La carretera que hace cada día para ir al trabajo esta  llena de baches.  Y estará en este desastroso estado para siempre ya que en la tierra del joven funcionario nadie sabe qué hacer para que las cosas cambien porque en este país todos están educados para que nada cambie.  Costas volvió a sus cavilaciones.  Lo de pig economy es ofensivo, claro que sí,  pero él conocía la realidad y los políticos de su país y pensó que había que ponerse gafas de sol para no ver y reconocer el panorama.  De hecho en el país de Costas hace mucho sol y la gente lleva gafas todo el año, turistas y lugareños.

Circulaba con el coche a poca velocidad.  Intentó leer una señal de tráfico inclinada y oxidada pero no pudo.  A su izquierda dejó atrás una promesa de hospital que tenia más de veinte años y todavía no se había hecho realidad.  Puso el intermitente para adentrarse en el barrio donde trabajaba.  Las calles por las que circulaba no tenían aceras, la gente esquivaba los coches como quien esquiva perros.  Buscó aparcamiento cerca de su oficina.  Había vehículos mal aparcados por todas partes, en doble fila, en las plazas públicas.  Nadie se alteraba, era algo normal cometer infracciones y salir impune.  Finalmente llegó a su oficina de sellos y tampones oficiales e instancias para pedir instancias.

Se tomó el primer café matutino porque, esto sí, no puede faltar en las pig economies unas tasas de café altísimas que son patrimonio cultural.    

“Buenos días Costas, ¿te enteraste de lo de ayer?” era Maquis, un compañero de trabajo nervioso.  Costas solo ladeó la cabeza dos veces para decir no.

“Chico ves poco la televisión, han pillado al director general de nuestro departamento con las manos en la caja.  No se sabe cuanto dinero ha robado.  Lo dan en todas los canales estatales”

“¿Y cómo lo ha hecho?” Costas no tenia televisión pero se interesó por la noticia.

“¿qué cómo lo ha hecho? Pues no sé. Ayer salieron imágenes de nuestras oficinas en las noticias. Y hoy seguro que salgo yo por que ayer me entrevistaron unos periodistas.  Me preguntaron si sabía algo.  Qué voy a saber yo.  Como si estas cosas se hicieran a la luz del día y a la vista de todos.”  Maquis se reía solo. “A éste ya no le volvemos a ver el pelo” Fumaba un cigarrillo dentro de las oficinas.  Las normas europeas estaban para incumplirlas.

“Hoy no trabajará ni Dios” Maquis se fue a otro acuario, a otra oficina acristalada a comentar la jugada del director general fugado con un botín.

Costas se sentó en su silla delante de su mesa.  Él conocía bien a Estéfanos Rodas, el director general.   Primero porque era un gran amigo de su madre y, segundo, por que gracias a este hombre él tenía un puesto de trabajo de funcionario en una de las pig economies.  En los países de economías poco limpias se necesita siempre algún conocido sucio.  De todas formas, Costas estaba sorprendido.  Nunca hubiera pensado que Estéfanos fuera un ladrón.  Hacía muchos años que lo trataba, desde niño.  Se oían voces y risas de sus compañeros.  En todas las oficinas había revuelo y pocas ganas de trabajar.   Sólo algún funcionario chupatintas y con problemas ópticos seguía en posición de firmes dispuesto a mantener la imagen de que aquello funcionaba  bien, como siempre.

Costas recordó escenas de su niñez,  las horas y horas que Estéfanos se había pasado en casa de su madre cuando él era todavía un niño. Los recordaba charlando y riéndose los dos por tonterías.  Helena se llamaba la madre de Costas.  Un nombre polémico, no hay nada más que decir.  Ahora, que el tiempo había pasado por la piel y por el pelo de su madre, era una anciana delgaducha vestida de negro de pies a cabeza con pocas ganas de gresca.  Años atrás, sin embargo, había sido una mujer explosiva.  Admirada por músicos y funcionarios.  La bella Helena decidió un día, después de leer un libro cargado de buenas intenciones,  casarse por amor con el humilde músico.  Hubo boda y después los  años pasaron delante de ellos, regalando a la pareja un hijo y estrecheces económicas que los hacían vivir al borde de la dignidad. 

Fueron tantos los momentos de pobreza que Estéfanos, el funcionario de carrera y sus continuos ascensos, volvió a entrar en el escenario de vida de la madre, la eterna Helena.   Ese hombre se convirtió en el amigo de la familia que venía a tomar café cada fin de semana.  Su padre, el músico, era el marido ausente que trabajaba sábados y domingos hasta tarde, con su guitarra en mano,  acompañando los sabrosos manjares de los turistas con románticas melodías de otros tiempos.   Helena, como siempre, era  la mujer exuberante y alegre amiga de sus amigos.   Y él era el niño feliz e inocente que se pasaba los fines de semana disfrutando de los juguetes maravillosos que le regalaba Estéfanos, y saboreando esas chocolatinas que, por arte de magia,  él hacia aparecer detrás de su oreja.

“Costas al teléfono.  Es tu madre.”  Alguien lo llamó desde otro acuario.  Salió de su ensimismamiento y cogió el teléfono.

“Hijo, ¿has oído las noticias? Hablan de Estéfanos...” Era su madre Helena. Su voz era vacilante..  Costas notó que faltaba algo en lo que decía.  No había terminado la frase, así que decidió ser escueto por si quería algo más..

“No te puedo decir nada.  No sé nada.  Aquí en la oficina no está”

“Ven a casa hijo.  Debo contarte algo.”

“¿Te encuentras bien madre?” antes de responder negativamente, Costas quería estar seguro de que las prisas por visitarla no estaban relacionadas con la delicada salud de la madre.  Ella lo dejó tranquilo en parte.  Helena estaba bien pero insistía en que se pasara por su casa.

“¿ahora? Imposible.  Me acercaré durante el almuerzo.” 

“ No, hijo” respondió ella tajante. “Debes pasarte ahora”  Costas sabía que era inútil pedirle que le contara por teléfono lo que la inquietaba. Miró el panorama en las oficinas.  Nadie estaba trabajando.  Se habían formado corros de comentaristas aficionados aquí y allí.   Costas se levantó, cogió la chaqueta y se fue sin decir ni mú.

Nadie se daría cuenta de su ausencia.  Se metió en el coche de nuevo y se dirigió a casa de su madre.             Desde que su padre, el músico, había muerto hacía seis meses, la casa donde vivía la madre, ahora sola, estaba destartalada.  La humedad llenaba las esquinas de moho y los muebles se caían de viejos.  Costas ayudaba a su madre económicamente, todo lo que podía.  La pensión  de Helena en el país de la pig economy le llegaba para pagar la factura de la luz y del agua, nada más.  Helena dependía de su hijo para poder comer, vestirse y pagar sus impuestos del país desarrollado pero del sur.  El ofrecimiento del hijo de venirse a vivir a su piso de alquiler en la ciudad  había sido mil veces rechazada por la madre por que ella no quería dejar la vieja casa de pueblo donde había pasado toda su vida.  Costas encendió la radio del coche.  Hablaban de Estéfanos.  Decían que la policía lo andaba buscando y se habían establecido controles en los aeropuertos y en las carreteras.  Parecía que hablaran de un terrorista.  La única explicación era el botín.  Debía de ser un botín muy elevado y causaría molestias al gobierno.             Costas decidió pasarse por su piso de alquiler antes de salir de la ciudad.  Allí vivía con Amalia desde hacía dos años.  El joven salió un momento del coche y llamó al interfono.  Amalia lo saludó sorprendida por la hora. Sin muchas explicaciones  Costas le dijo que pasarían el día fuera, en el pueblo.  Ella no se hizo esperar y a los pocos minutos los dos salían de la ciudad, un día de poco tráfico.

Ella lo miraba algo inquieta. Era una mujer de ojos grandes, tez clara como la nieve y el pelo oscuro como el carbón.  Costas la conoció en una comisaría.  Ella era extranjera y drogadicta.  Querían detenerla por eso.  El estaba allí para  entregar una billetera que se había encontrado en la calle.  Algún turista despistado.  Vió esos ojos glaucos y tristes perdidos en un abismo y se ofreció a ayudarla.  Amalia era una mujer apasionada y silenciosa perseguida por los fantasmas de su familia, gente de mala vida sin rumbo, ni tierra a donde volver.  Costas le dio la mano: “Lo único que quiero es ayudarte” le dijo y ella asintió con una sonrisa rota.  Aceptó la ayuda de ese desconocido para cortar el lastre de la droga que la empujaba más abajo.  Al principio fue duro, ni el mismo Costas sabía donde se había metido.  La joven tenía los brazos cubiertos de pequeños surcos que la jeringuilla había dejado allí.   Pero no desaprovechó esa oportunidad que le daba la vida.  Con el paso de los meses esas huellas desaparecieron.  Los dos ofrecieron lo poco que tenían y sumado se convirtió en algo grande que engendró amistad, cariño y amor.   Amalia había recuperado el semblante de felicidad que había perdido durante años y se lo ofrecía a Costas cada día.             De camino al pueblo, Costas le contó lo sucedido en el trabajo y, entre recuerdos que le venían a la memoria, le explicaba como era Estéfanos.  Para Amalia  fue fácil deducir que la madre y el director general  habían sido amantes durante muchos años.              Los baches se multiplicaban en  la sinuosa carretera.  El coche de Costas era viejo pero no tenían dinero para comprar otro nuevo.  Por dos veces, Amalia,  se agarró al cinturón de seguridad para evitar los saltos.            “¿te encuentras bien Amalia?  Preguntó Costas.            “ Sí.  Por mí no te preocupes.  Estoy bien. Son estas curvas.”  Amalia amaba esa mano siempre dispuesta a ayudar.            Llegaron a la destartalada casa familiar.  Vieron a la madre mirando por la ventana.  No salió fuera  a esperarlos.  Mientras dejaban el coche Amalia habló con Costas.            “¿Crees que tu madre se siente sola? A lo mejor deberías insistir en que viniera a la ciudad”            “Ya sabes como es ella....  Desde que murió mi padre tiene mucho tiempo para pensar y ahora esto que ha sucedido, a lo mejor le ha dado por recordar.  La relación que tuvo con Estéfanos fue hace mucho tiempo pero,  los viejos, ya sabes, miran hacia atrás y no hacia adelante” Costas abrazó a Amalia y le dio un beso antes de entrar en la casa.            La madre estaba de pie en la cocina que hacía a la par de comedor.  Con las manos agarraba el respaldero de una silla.  Tenía los labios apretados y los ojos temblorosos y rojizos de haber llorado.            “Ya estamos aquí mamá.  ¿Qué son estas prisas? No me digas que has estado llorando.” Costas la miró desde el otro lado de la habitación.  Amalia la saludó y se acercó a ella.  Ella y la madre de Costas se respetaban y habían aprendido a quererse.  La madre fue directa al grano.            “Hijo, abre la bolsa que hay en la mesa”  Helena no vaciló en el tono de voz.

En la mesa había una bolsa de basura negra atada con un nudo.  Costas ni se había dado cuenta de que estaba allí            “Madre, estas muy misteriosa.” No prestó atención a la orden de su madre.  Estaba mirando si había algo de comer en la cocina.  Abrió la nevera y encontró algo de embutido y queso.  Lo sacó y busco un cuchillo en el cajón de los cubiertos.            “Costas deja eso ahora y abre la bolsa” la madre insistió.

Amalia no la había visto tan alterada desde que la conocía pero Costas no parecía darse cuenta del estado de ella.  Seguía más interesado en cortar un trozo de queso.            “ Ábrela tú Amalia ¿Tienes pan de hoy madre?” él miraba en el cajón del pan y no veía ninguna barra.            La joven viendo el estado de la anciana, se acercó enseguida a la mesa, desató la bolsa de basura y la abrió.  Automáticamente se echo para atrás al ver lo que contenía.  Allí dentro habían fajos de billetes de cincuenta  y cien euros a montones.  Cientos de miles de euros.  Amalia nunca había visto tanto dinero junto, ni ella ni Helena ni el hijo de ésta.            Costas dio media vuelta y, al ver el cotenido de la bolsa, el trozo de queso que tenía en la boca  se fue directo al fregadero.            “Mamá ¿qué es todo este dinero?” Costas se acercó a la mesa y abrió más si cabe la bolsa.  Cogió uno de los fajos y contó que allí había unos doscientos billetes de cincuenta euros.  Miró otra vez la bolsa e hizo un cálculo a ojo de los fajos de billetes “Aquí debe haber mas de quinientos mil euros”            Se hizo un silencio absoluto.  Los tres eran estatuas de carne y hueso, no se atrevían a moverse.  Aquello no les parecía real.  Incluso la madre estaba viviendo y respirando de un sueño.   La cabeza de Costas retomó la normalidad con rapidez y la lógica lo llevó a una primera suposición.            “No me digas que es el dinero que Estéfanos se ha llevado.  Por favor madre no me lo digas.”            “Pues no te lo digo”  Helena sacó un pañuelo del bolsillo y se lo paso por la boca como si tuviera suciedad pegada en los labios.  Dio la espalda a su hijo y se puso a andar por la cocina de un lado a otro.            “¿Ha venido Estéfanos aquí a casa? Así que ha venido aquí y le ha dejado este dinero, aquí”

“Sí.  Me ha dejado esto aquí.  Dice que es para mí, bueno para nosotros” Helena paró de moverse y miró a su hijo. Es que hay algo que debes saber Costas” la madre se sentó e invitó a su hijo y a Amalia que hicieran lo mismo. “Estéfanos y yo nunca hemos dejado de vernos.  Nos queremos desde siempre pero yo nunca quise hacer daño a tu padre y Estéfanos tampoco.  Hace seis meses todo cambió, con la muerte de tu padre .  Ahora queremos vivir cerca el uno del otro durante el tiempo que Dios nos de.”

“Madre, lo que me dices me parece bien.   Pero y el dinero.  Qué es todo este dinero”

“Créeme si te digo que no sabía lo que Estéfanos quería hacer.  Durante estos treinta años que llevamos juntos ha sido la persona más honrada del mundo.” Helena miró a Amalia “ha sido de los que lo ha dado todo por su trabajo pero ayer me desveló que estaba arto, cansado de que le tomaran el pelo. Me explicó con detalle lo que esta sucediendo.  Se ve que en el Gobierno Provincial, hace años que usan su nombre algunos políticos o altos funcionarios para desvalijar las arcas publicas.  Estéfanos no lo supo hasta hace dos años y se enteró por casualidad, por un error de mensajería que le dejó en las manos unos papeles que llevaban su firma y que él nunca había firmado.  Ayer me explicó que ha vivido los dos últimos años con el terror continuo en el cuerpo por si  todo este chanchullo saltaba a la luz.   Nadie le creería a él, todos esos papeles firmados en su nombre lo inculpan,  y de seguro le esperaba la cárcel y la humillación pública.  Estéfanos se ha pasado estos dos últimos años intentando descubrir la trama pero es muy difícil hijo mío.  El es también mayor y está cansado muy cansado.  No podía confiar en nadie y le era muy difícil hacer averiguaciones.   Por eso ha decidido destaparlo todo él mismo”

“Madre me parece increíble” Costas dejó caer la cabeza y se cogió las sienes con las manos como para despejar su sistema neuronal.

“Pues créetelo hijo, Estéfanos no miente.  Nunca me ha mentido en su vida es de la única cosa que estoy segura en esta vida. A lo mejor por eso los estafadores  lo eligieron a él, por que es una persona de fiar, íntegra.”

“Y cómo te explicas todo este dinero madre” Costas miraba los fajos dentro de la bolsa.

“Ahora voy a esto. Lo que ves aquí es todo el dinero personal de Estéfanos.  Se ha vendido todo lo que poseía y ha sacado todos sus ahorros de los bancos y me lo ha dado a mí.  No confía en la Justicia y sabe que lo inculparan a él, que no se investigará nada, como siempre”

“Y el dinero que dicen que ha robado.  ¿Ese dinero donde está?”

“No lo entiendes Costas, él no tiene nada.  Lo han robado otros durante años.  Estéfanos lo que hizo ayer es informar a varios periódicos y televisiones dando su versión.   Pero su firma esta en todas partes hijo.   Estéfanos no iba a esperar que lo detuvieran, justo ahora que podemos estar juntos.  Él se ha ido para siempre.  Ha dejado  esta tierra llena de corrupción y políticos ladrones capaces de inculpar a otro hombre de sus fechorías.  Hay mucha hipocresía y muy poco respeto por los demás en la política de este país .   Por eso nada funciona, mira como vivo yo.  Toda mi vida trabajando y fíjate con que pensión miserable debo conformarme.  Esto no es vivir.  No es justo.  Estéfanos me ha dejado su dinero a mí por seguridad, para que no le puedan quitar más de lo que le han quitado.  Solo yo sé que no ha perdido su integridad.  Para la gente de este país él, el funcionario de segunda,  será el ladrón y no los políticos escogidos a dedo que gestionan el dinero de los demás sin tiento.  Cuando encuentre un lugar seguro me llamará y, cuando lo haga hijo, me iré  con él, quiero pasar los años de vida que me quedan junto a él y nos gustaría que vinierais con nosotros”. 

Costas miraba a su madre como no la había visto nunca.  .  Amalia cogió la mano de Costas y de su madre y las estrechó con fuerza.  Lo de la justicia social parecía ser hereditario en esa familia.   Quería transmitirles la esperanza que ella recuperó cuando Costas la sacó de esa comisaría.  Había llegado el momento de volver a hacer justicia.  Y  en muchas ocasiones, la justicia, nada tiene que ver con la ley escrita.  Este era uno de esos momentos.  Costas lo sabía y no dudó. Miró a las dos mujeres, ladeó  la cabeza  y sonrió.

“Espero que escoja un país hermosísimo pero con nubes.  No quiero ver a nadie más con gafas de sol”

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