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Barrajón Ortiz, Fernando (MARCEL)

VII. EL CARRO (EL SÉPTIMO SELLO)



El restaurante al que solía ir a almorzar, antes de que lo que os voy a relatar aconteciera, distaba unos diez minutos del que, en esa época, era el apartamento que habitaba. Para llegar a él había que atravesar un sembrado. Había que cruzar, también, un taller abandonado, cuyas paredes habían sido tatuadas de una fina envoltura de hiedra. Los niños habían mellado, a pedradas, las ventanas de esta fábrica, que ofrecían la visión catacúmbica de un techo de piedra ennegrecido por las hogueras que los vagabundos habían encendido dentro. Luego había que cruzar una carretera, que estaba sembrada, casi siempre, de una jauría perenne de coches rugientes, raudos como meteoros. Tras atravesar esta carretera me gustaba pasar por debajo de unas escaleras de metal, que formaban con la fachada gris del edificio sobre el que se apoyaban un ángulo de trece grados.            Rodeando la manzana en la que se encontraba este edificio, se llegaba al restaurante. Un cartel luminoso, de noche, y unas bombillas apagadas, cuando la claridad diurna lo permitía, trenzaban, en la pared de ese restaurante, su nombre: Destin.            En infinidad de ocasiones me pregunté por qué Destin. ¿Apelaba este término, mágico e incompleto, esta pierna tullida de letras, la horrible evidencia? ¿Era Destino lo que quería evocar?            Más tarde averigüé la verdad, descifrando el aura de misterio que rodeaba a aquel establecimiento: El primer dueño del restaurante se apellidaba así. Era italiano o francés, no lo recuerdo bien. Murió, y sus segundos ocupantes, muestra de respeto y condolencia, conservaron la antigua denominación de la casa de comidas.                                                              

Allí se me conocía bien, puesto que era cliente habitual del Destin. Así que, puntual como un reloj suizo, todas las mañanas transponía las puertas del restaurante, y me sentaba en la misma mesa de siempre, al lado de un mismo acompañante, con el que siempre coincidía: Un cura que saciaba su sotana negra, cotidiana y opíparamente, de gases, fideos, pescados, y carne grasienta.            Cuando el cura me veía venir, su expresión se alteraba, desnaturalizando la serenidad apática de su rostro; me temía, aunque intentaba ocultar la aversión a la que yo le inducía con un gruñido que quería expresar, más o menos, la antipatía que sentía por mí. Si lo pienso fríamente, creo que me odiaba porque siempre le gastaba la misma broma: Acababa arrojándole a la cara una pizca de sal, usando una cuchara, a modo de catapulta.            No hace falta decir que tras cometer este delito, evidentemente insensato, no me molestaba siquiera en escupir detrás de mi hombro izquierdo, tirando al mismo tiempo un poco más de sal en la misma dirección, como suele hacerse en tierras supersticiosas para paliar las consecuencias de esta maldición reducida, la mala suerte en miniatura a la que mi irresponsable acción había de condenarme... Tampoco pedía disculpas al cura que, rojo, no sé si de indignación, o por haber bebido demasiado vino, acababa haciendo que su oronda papada resoplara varios axiomas en latín, ininteligibles para mi entendimiento, mientras parecía pensar para sus adentros algo malo.                       Tal vez, este viejo sacerdote soñaba el momento en el que yo, llenando el vacío de un ataúd de roble, le habría de dar la oportunidad de escupir sobre mi cara la extremaunción que, para un ateo como yo, debiera estar prohibida. Entonces su expresión se volvía afable, como si unas uñas de acero calmaran los picores interiores que cosquilleaban el alma de este cura. Una cruz reía, debajo del alzacuellos, refulgiendo en fuegos multiplicados, y él mismo, también, sonreía con placer.            Era de las raras ocasiones en las que me sentía feliz. La gente miraba, silenciosa. Creían que era un lunático, por eso callaban. Alguna vieja se santiguaba, algún joven le comentaba algo a su novia, entre sonrisas subrepticias, mientras las cucharas hollaban los platos soperos y los dientes mantenían su duelo particular con las copas y los vasos, haciendo reproducir este cataclismo continuo su eco cristalino entre las cuatro paredes del recinto; el reparto, así como el guión, variaba cada día.            Pero, llegaba un momento en el que me entraban unas ganas terribles de llorar, de repente, sin razón aparente: me preguntaba a mí mismo por qué hacía cosas como esa, obras inútiles como la que acababa de cometer, como todas las que había hecho a lo largo de mi vida; actos intranscendentes que no tenían ninguna utilidad para mí, para nadie; globos llenos de viento que, tras inflar, acababa pinchando, acciones efímeras, irrelevantes, sin sentido... Porque, ¿de qué sirve correr el riesgo de cruzar una carretera llena de coches que van a ciento cincuenta kilómetros por hora, o pasar por debajo una escalera? ¿Qué valor tiene tirar un poco de sal a la cara de un cura?    Abría mi carpeta de madera, henchido de una amarga sensación. Allí encontraba borradores, manuscritos, cuentos esbozados, otros ya terminados... Intentaba calcular las horas que había derrochado, sentado ante mi escritorio, ante una pila de papel arrugado, escribiendo todo ese legajo; me preguntaba para qué lo había hecho, si ahí permanecían, y me ruborizaba descubrir mi fragilidad, de cara al exterior, cuando la esfera de mis ojos se volvía vidriosa. La pena había cuarteado el cristal de éstos de un fulgor fosfórico, como las ventanas de aquel taller ante el que tenía que pasar, camino del Destin. Sentía vergüenza de que las lágrimas saltaran del trapecio de mis ojos pardos, y huía dentro del lavabo. Segundos después, cuando me desahogaba, sentía una rabia irrefrenable, y la emprendía a golpes con el espejo del lavabo; éste solamente reflejaba cansancio, desilusión, una juventud que se iba...                                                                                                                                                                      Me gustaba aquel lugar, por eso iba tan a menudo. No es que allí se sirvieran platos de una exquisitez sibarita, ni que fuera demasiado pomposo, o tan aristocrático como todos hubiéramos deseado, pero su dueño tenía un gato negro que se llamaba Ulises, con el que me gustaba cruzarme cuando, como en trances semejantes, me encerraba con llave dentro del cuarto de baño.            Cuando Ulises me miraba, curvaba su espinazo de angora junto al fogón caliente, y se tumbaba sobre el vientre, bostezante.            La cocinera se llamaba Marcia. Nunca conseguí comprender cómo un nombre tan hermoso había podido recaer sobre una mujer tan poco agraciada: Era bizca, bajita, y gorda. Me gustaba mucho que me mirara. Sabía que me deseaba pero, en el fondo de mi alma, esa mirada cruzada me asustaba, me colmaba de una repugnancia pegajosa como el betún. Se trataba de una perversión inocente, inofensiva; se trataba, por lo tanto, de una perversión buena, si alguna perversión, ¡y basta ya de repetir esta palabra!, puede llegar a serlo.            Después de comer, hacía la digestión paseando por las calles y grandes avenidas que entrelazan la periferia de la ciudad, las barriadas obreras, mis preferidas; sobre todo, los días grises de primavera. A veces, un Hado generoso recompensaba mi perseverancia, y me acercaba a otro de estos seres miopes en los que no distingo el sexo, la edad, ni la magnitud de su malformación, por llamar de alguna manera a esta broma pesada del Azar, de la Naturaleza. Entonces me detenía en seco, agitando las manos, gritando, haciendo señales para atraer la atención de ese hombre o esa mujer y que así, al mirarme fijamente preguntándose quién podría ser yo, o qué es lo que estaba haciendo, me transmitiera su maldición de córnea a córnea... ¡Al menos esta maldición me la habría ganado yo, y no la maldición de haber nacido, de estar vivo, de ser un acabado...!            Mientras, pensaba algo cruel; porque si ese esperpento andante era hombre, hombre muy feo era; pero, si eso era mujer... ¡Qué espectáculo grotesco el de su desnudez, para la bañera de agua temblorosa de su hogar, para su ropa interior, para el ser que, manipulado, hubiera sido agraciado con la cadena perpetua de su matrimonio! ¡Qué horrible es el lado físico del ser humano, tanto por dentro, como por fuera!                                                                                                     Entonces, sólo nos queda el corazón, como hormona segregadora de sentimientos, aunque éstos sirvan de tan poco, luego, entre las ténebres oquedades del camposanto...! No hay más remedio que contar con él, aunque no nos inspire demasiada confianza; hemos de ser optimistas, darnos una tregua a nosotros mismos, bonificando un poco las virtudes implícitas que los hombres pueden incubar en estos corazones suyos...                                                                                                                                                                     Mas, ya va siendo hora de daros, queridos confidentes de mis extrañas aventuras, la explicación que vuestra curiosidad os estará demandando y que, por otro lado, creo deberos. Esta explicación me servirá de acicate, también, para intentar sazonar este cuento con el excitante del suspense, si todas estas ingerencias incomprensibles os habían dejado un poco amodorrados en el sofá de vuestros hogares. Habréis podido constatar que las peripecias que estoy enumerando no son demasiado dignas de ser comparables a las del Barón de Munchhausen, a las de Robin de los bosques...; ni siquiera a las de Marco Polo.                                                                                    ¿Por qué hacía todo esto?, os estaréis preguntando. Ni yo mismo lo sé, lo confieso con pudor; aunque intentaré capear, un poco, los temporales del escepticismo con algunas hipótesis... La tentación me impulsaba a volver al punto de partida, al tema de siempre, al abriros mi corazón. Mas, esta vez reprimiré mis fogosas ansias. No os volveré a hablar, en este canto, del Amor, de su monstruoso legado de recuerdos, de los tigres de papel del Sexo, de los fraudes de la falsa Amistad- aunque la auténtica dure siempre; de la tristeza y su soledad- mi tristeza, mi soledad- que, a veces, tanto la primera como la segunda pueden ser buenas para el ser humano...; de las esperanzas marchitas, podado su tallo de estrellas por la tijera de la derrota, de por qué la retórica de mis poemas amarillean en un escritorio, en una especie de ataúd de madera, sin que nadie los lea... ¡No me leáis, si no lo deseáis, pero jamás os atreváis a intentar cambiar lo que yo escribo, todo esto que me gustaría hacerle comprender a una o dos almas gemelas!            Yo no miento a nadie, si digo que la vida no es tan bella como muchos se imaginan. No quiero desilusionar a alguno de esos niños de complexión adulta que hacen que sus pinceles pinten esa misma vida en tonos suaves y rosados, y que pudieran atrapar estas páginas mías, que jamás comprenderían por ser eso mismo: Por ser niños que nunca crecieron, que resistieron, tenazmente, a dejar de serlo. Yo no he inventado las cosas, los sentimientos, este mundo, no soy Dios. Solamente sirvo de reflejo, de advertencia... Aunque, sí me declare responsable de esta especie de breviario de papel cuyo valor vosotros decidiréis e, igualmente, de la turbia intención que lo provoca, que pudiera escandalizar a muchos...            Por qué sembraba de hechos estúpidos, como los que antes he descrito, mis jornadas completas. Tal vez fuera porque, como me odio a mí mismo por encima de todas las cosas, os he llenado también a vosotros de este mismo resentimiento. Las páginas delatarán que mi desesperación me hace fuerte, que mi insignificancia me convierte en gigante.                                                Sí, he sido indiscreto y valiente. He confesado mis puntos débiles, y ahora me doy cuenta de que siempre he sido un señuelo de diferentes personas y ambiciones. Han jugado conmigo, me han usado, me han usado mal, encima, siempre, siempre, siempre...            Ahora, dejadme en paz. No quiero saber nada de vosotros, nada de nadie, quiero encerrarme en mí mismo, dejando que mi mano haga el resto...            ¡Aquí está lo que hará, a partir de ahora!                         Así que, hoy cruzo, como todos los días, esta misma carretera que serpentea hacia Dios sabe dónde. Algo viene hacía mí, directamente: Es un coche.            -Vamos, briosa máquina, llévame contigo. Conductor, gira el volante, mueve la brida de tu caballo de chapa y arrástrame lejos, muy lejos, donde nadie pueda encontrarme nunca, donde ni yo mismo pueda encontrarme nunca. No temas, no te guardaré rencor, no serás un asesino; serás un héroe, un justiciero, mi bienhechor... Hazlo, hazlo, protector mío, la noche se acerca, mírala, por ahí viene. Hazlo antes de que todo sea más oscuro. Acaba tu obra besando con tus labios de chatarra el desgarramiento corporal, devorando con tus colmillos hambrientos el pan de mis huesos, bañándolos en la saliva de tu gasolina..."            Me lo temía. Ha pasado junto a mí. El miedo a unos tribunales, a un grupo de jueces inclementes, ha prevalecido sobre el instinto homicida del hombre...            ...Y Ulises, ese felino vago del restaurante de la cocinera miope, vuelve a arquear su médula de angora ante el estupor del cura, que atusa sus cabellos, espolvoreados con la sal  que le he tirado, cuando vuelvo a entornar las puertas del mismo; y vuelvo a romper el espejo del lavabo, a pasar por debajo de la escalera, a apostar en la lotería por el número trece, desatando, a coro, un ritmo frenético de tambores africanos prohibidos... Solamente para que la mala suerte se incline sobre mi vida desgraciada, con las alas plegadas del ave de la muerte, solamente por eso hago todo esto...            Ahora, os contaré algo...            ...Un día escuché, en la lejanía, un sonido poco corriente. A medida que corrían los segundos, tan fugaces, tan efímeros, este sonido se iba haciendo más nítido. Parecía el ruido con el que claquetean sobre suelo firme las herraduras de una tirada de animales, yendo al galope. Esperé durante unos instantes: Un carro se acercaba rápidamente.                                                               Despedía destellos deslumbrantes, como si hubiera sido forjado de oro y piedras preciosas. El personaje que iba montado sobre este carro era un personaje sumamente estrafalario. Su expresión era solemne, aunque también un poco ida. Iba tarareando las estrofas de una canción, y acompasaba estas notas haciendo restallar una fusta de más de cinco colas en la piel húmeda y oleaginosa de sus corceles salvajes, de cuyos ollares se descolgaban algunas gotas de sudor, a lo que ellos respondían piafando desganados, haciendo cobrar mayor velocidad a este carro mediante el movimiento de sus vigorosas patas...            Bajo el contraluz del anochecer, cuando la luna abría un ojo amarillo salpicado de estrellas, yo intuía estos rasgos; la oscuridad no me permitía distinguirlos con nitidez.            El carro llegó al lugar donde yo me encontraba. Entonces el conductor tensó las riendas de cuero con sus fuertes brazos y detuvo el carro en seco, esparciendo una molesta cortina de polvo alrededor suyo. El hombrecillo que lo guiaba se quitó el casco, que acabó oscilando de uno de los estribos; me miró y dijo con una voz grave pero ida como, y valga la redundancia, solemnes, aunque también idos, eran los rasgos que su cara manifestaba:            -¿Sabes quién soy?-  exclamó.             -No, lo siento, ¿acaso, debería saberlo?- repuse.            -Por supuesto, pues todo el mundo, en más de cien veces cien ocasiones, me ha invocado: Yo soy el Destino.            "No creas que un destino diferente rige para cada persona; éste es un error muy extendido entre vosotros, piojos. Sólo hay un destino para toda la Humanidad; uno, exclusivamente: Yo.            -Muy interesante- intenté halagarle un poco. Mi intención era clara porque, de ser cierta la identidad de este ser, en un futuro próximo tal vez este Destino me tratara mejor, siendo menos despiadado con este pobre narrador; instantáneamente, pensé: "¿Será verdad lo que me está diciendo? ¿No estaré frente a un demente que se ha escapado del manicomio? ¡Quizás sea un actor, el gancho de uno de esos programas de televisión que hacen que todo el país se burle de un incauto! ¿Y, si me estuvieran grabando con una cámara? ¡Se reirían de mí, entonces, en cualquier sitio!                                                                                                                                                 "¡Es muy raro! Su apariencia es bastante vulgar. Alguien tan importante debería ir más a la moda, exhibir un aspecto más elegante, de más categoría!"            -Quiero que sepas- prosiguió-, que yo fui el primer dueño de ese restaurante al que vas a comer. Te habrán dicho que estoy muerto. Nada más lejos de la realidad, tengo una fortaleza de hierro. Como comprenderás: Yo soy el Destino...; ¡y el Destino no puede morir: La raza humana se extinguiría, al mismo tiempo que yo!            "He vuelto para dirigir otra vez el restaurante, como antiguamente; pero, hay un pequeño problema, una minucia a la que, de todos modos, hay que buscar una solución urgente..."            -Muy bien, pero: ¿Qué tengo que ver yo con todo esto?- no comprendía nada.            -Ahora mismo lo sabrás. Préstame mucha atención, porque oportunidades así solamente se presentan una vez en la vida; si se presentan...            "Estoy dispuesto a concederte lo que me pidas, a cambio de que tú también hagas algo por mí, en correspondencia."            -¿Cualquier cosa?            -¡Cualquier cosa que me pidas, por disparatada que sea!            -Suena fantástico, pero sin escuchar, primero, lo que usted desea...; no puedo imaginarme cómo puedo yo convertirme, en cierta medida, en el destino de mi propio destino...            -Es lógico, vayamos al grano. Lo que quiero es que dejes de ir a mi restaurante: ¡Todos están hartos de ti! El gato no soporta  tener que hacer más contorsiones cada vez que te ve. El cura ha pedido un traslado de parroquia. Además, no ganaba para bicarbonato, y ahora tiene horrendas pesadillas; sueña que enormes rocas de sal le aplastan en la cama. Estamos cansados de que, todos los días, acabes rompiendo el espejo del lavabo... ¡Y lo peor de todo! Mi mujer, la cocinera...            -¿Marcia era su mujer?- ¡No me lo podía creer! Alguien tan poderoso, de una alcurnia tan elevada, podía aspirar a algo mejor, supongo...            -Sí, Marcia era mi mujer. Pero la semana pasada se fugó con un vendedor de fruta. Estaba enamorada de ti, cretino, y no pudiendo soportar tus repetidos desprecios, se fue con el primero que la hizo un poco de caso: ¡el frutero del barrio, ya ves! ¡Por una docena de manzanas, maldita serpiente!...                                                                                                                                      "Además, lo peor de todo: La clientela se me va, y el negocio se está convirtiendo en una verdadera ruina por culpa tuya. Compréndelo, tengo que ganarme la vida, con lo que me pagan por ejercer de Destino no tengo, apenas, para subsistir, tengo un estatus, un tren de vida, como cualquier empleado que se precie...; así que, ¿qué me dices? ¡No me des una negativa, y di que sí!            -¡Trato hecho!- acepté sin pensármelo dos veces; era bastante razonable- A cambio, usted me dejará en paz, y no volverá a acercarse a mí nunca.            El Destino asintió con la cabeza, eminentemente satisfecho.            Nos dimos la mano, validando así esta especie de contrato, y cada uno se alejó por un camino diferente; ambos teníamos la impresión de haber salido ganando...              Entonces, como por acto de magia, todo lo que había soñado veintiocho años se cumplió en unas semanas. Fue un verdadero milagro, un prodigio de cuento de hadas... Mis relatos empezaron a ser conocidos, a venderse multitudinariamente. Todo el mundo llevaba un ejemplar en el autobús, para ir al trabajo, lo elegía como libro de cabecera... Mi fotografía encabezaba las portadas de todas las revistas, hasta las de la prensa rosa, se me inventaban romances con las mujeres más diversas... ¡Era increíble! ¡Me había convertido en un astro! ¡El sol, la tierra entera giraba alrededor mío! ¡Incluso, tenía más caché que los jugadores de fútbol! Si me hubiera presentado a las elecciones, me hubieran votado a mí más que a nadie, si se la hubiera pedido, el Papa me hubiera prestado su mitra para ir a una fiesta. Era el dueño del universo, ni más ni menos, cuando tan sólo una semana antes no era nada. Había dado un paso inmenso, inabarcable, un salto mortal en el circo de las posibilidades. La Suerte había besado los labios de su sapo más aborrecido, transformando a esta rana en príncipe, a este villano, a este mendigo del genio en su delfín, en su favorito, en su monarca, más bien, cuando tan sólo unas horas antes nadie hubiera apostado una moneda de estaño por él...                                                                                                      Así de famoso me hice. Las ventas de mis novelas, que se convirtieron enseguida en clásicos, en Best-Sellers, dieron suculentos beneficios, haciendo que una cuenta con muchos ceros ilustrase mi saldo bancario. También me concedieron un escaño en la Real Academia, convirtiéndome en el académico más joven de toda la Historia, por lo que, todas las mañanas, cogía el coche para sentarme junto a otros escritores que, como yo, gozaban de los laureles de la Gloria y el Prestigio. Allí charlábamos, mientras tomábamos café, durante horas y horas enteras, acerca de las carnicerías literarias actuales, desecando nuestro ilustrado paladar en juicios y críticas de valor que valían su peso en aire, mientras  acompañábamos cada palabra de muecas histriónicas que hacían sobresalir de nuestras manos sin manchas de tinta, la límpida blancura del procesador de textos, el guiño acerado de una sortija de algunos quilates.            Así transcurrieron los años, en una próspera armonía. Mientras tanto, me había casado con una mujer preciosa, diez años más joven que yo, que me admiraba como si yo fuera una divinidad. Con ella había tenido dos hijos maravillosos: altos, fuertes, guapos y sanos, que iban a un colegio muy caro donde los que tienen, constitucionalmente, uno o dos privilegios más que los otros pueden llevar a su prole para que éstos sean educados de una manera civilizada y equilibrada. Vivíamos en un ático muy bohemio, de muchos metros cuadrados, en un buen barrio. Yo tenía un amplio estudio en el que me enclaustraba para componer. Allí no podía entrar nadie, excepto yo, pues sólo yo tenía la llave que podía descerrojar la cerradura de su puerta blindada. En ese hermetismo espiritual pasaba muchas horas, a veces días enteros.                                                      Cuando me quedaba a dormir en el estudio, me gustaba levantarme con el alba carmesí desplegada en el cielo, para asomarme a su balcón, recreándome en una placa que, sujeta en el primer piso de un edificio próximo, conmemoraba que Víctor Hugo había pasado allí algunos meses, cuando era joven.                                                                                                                  También teníamos una casa de campo en las afueras a la que iba a buscar inspiración, cuando estaba saturado de trabajo o tenía la mente en blanco, cuyas vitrinas estaban repletas de trofeos, nominaciones, y otras excelsas menciones honoríficas.                                                                        Por tener, teníamos hasta un perro enorme, con casa incluida, que siempre orinaba en la misma esquina.            Eramos muy felices. Hasta yo, que jamás hubiera creído que acabaría encontrando la dulzura de la dicha, me sentía exultante, loco de felicidad.            Todo era perfecto, hasta que una noche sucedió la catástrofe: Estaba celebrando en compañía de unos amigos el éxito que había tenido, de cara a la crítica, la exposición de uno de nosotros, que en este caso era pintor. Habíamos ido a cenar, luego a beber algo, a recordar viejos tiempos, a contrastar nuestras técnicas creativas, en fin, a pasar un rato ameno, como acostumbran los intelectuales, las figuras relevantes del Arte, como nosotros...                                                  Nos pasamos toda la noche bebiendo, y acabamos completamente borrachos, zigzagueando ebrios por los locales de la ciudad. Bebí tanto que acabé por no saber ni lo que hacía, ni lo que decía, ni siquiera dónde estaba... La realidad quedó completamente distorsionada, y la vista se me hizo doble. Se hizo de día y, casi sin sentido, noté cómo me llevaban en brazos, entre carcajadas viciadas por el humo del tabaco negro y la ingestión de whisky; al mismo tiempo, pude escuchar la puerta de un coche, cerrándose estrepitosamente, y una primera voz que tartamudeaba: "Vamos a un sitio que yo conozco, casi siempre está abierto.", mientras una segunda vomitaba en una esquina.                                                                                                                                            Desperté. Mi cabeza estaba apoyada sobre el mantel a cuadros de una mesa sobre la que había un servilletero de porcelana, y un jarrón chino lleno de flores secas. Intenté erguirla, lentamente, como si mis hombros sostuvieran una urna de cristal que se me fuera a quebrar en ese movimiento. Tenía una jaqueca insoportable que me recalentaba las sienes pero, al fin, pude conseguir lo que me proponía. Abrí los ojos, doloridos por los primeros rayos de sol, que se colaban como polizontes al través de las troneras de un barco, y me aclaré la vista, observando lo que me rodeaba, e intentando discernir cuál era mi paradero: Entonces noté en mi interior una sensación desconcertante, porque, aunque no sabía dónde me hallaba, aquel sitio me resultaba familiar, bastante familiar, para ser sinceros....                                                                                          La embriaguez retrasó la evidencia de estas memorias pero, finalmente, me di cuenta de la verdad, en un sobresalto. No había ninguna duda. La decoración había variado en algunos detalles, pero: ¡Ese lugar era el Destin!            Entonces le vi a Él. Apenas había envejecido. No hace falta aclarar la personalidad del ser, por llamarlo de alguna manera, a quien me refiero. Servía una taza de café a dos viejos que jugaban a las cartas, en una esquina.                                                                                                                 Luego, él me descubrió a mí. De súbito, como alteradas por un mecanismo secreto, sus facciones se contrajeron, colmando de arrugas la piel de la cara, y desorbitando unos ojos que, por momentos, adquirieron un brillo pavoroso y feroz. Adiviné, en mi calenturienta imaginación de escritor, que el Destino estaba intentando poner paz a las desasosegadas ideas que estaban bullendo en la caldera de su cerebro; ideas, todo sea dicho, nada esperanzadoras para mí.            Como podrá verse a continuación, no lo consiguió porque, perdiendo totalmente el control, acabó abalanzándose sobre mí, me agarró por la pechera de la camisa, ante la mirada atónita de mis amigos, que no daban crédito a lo que estaban viendo, y escupiendo espumarajos rabiosos me gritó:            -¿Cómo has osado faltar a nuestro pacto? ¡Has abusado de la confianza que deposité en ti! ¡Te di la más fragante de las flores, y la rechazaste; esa que cualquier ser humano te hubiera envidiado! ¡Pues bien, ahora, como merecido correctivo, en cambio, te daré la más punzante de todas las espinas que despuntan, sedientas de sangre, de entre las rosas de mi jardín! ¡Meteré en tu cuerpo la peor de las almas que ser alguno pueda dar cobijo bajo la carcasa hueca de sus tuétanos; un espíritu maligno donde los haya, que pasará todo su tiempo buscando y jamás encontrará nada y que, en su soledad, nunca tendrá amigos, pues la raza humana huirá de él como si de la peste se tratase; ni amigos, ni tampoco Amor, ni Paz, ni Placer... sólo la satisfacción, el reconocimiento de su propia tristeza.            "¡Pobre, me compadezco de la Suerte a la que yo mismo te he encomendado! Porque este espíritu tan sólo será apto para dar sufrimiento a todos los que intenten ayudarle, amarle...; diana agujereada de los dardos del dolor que recibirá el mismo daño que él inflija, multiplicado, en este caso, por siete!...            "Así hasta que mueras, hasta que siegues tu propia perdición de una manera prematura, cansado de esperar algo que nunca arribará ante el malecón cerrado de tus esperanzas..."            Tras oír estas palabras, noté cómo los ojos se me nublaban; cómo era transportado, seguidamente, en las alas de una nube que me depositaba, sin mucha delicadeza, sobre una cama de hojas de acebo, en mitad de un bosque que no conocía, pero cuya situación adivinaba en los linderos de una gran población.                                                                                                            A esto siguió un sueño profundo del que me despertó un pequeño cervatillo, lamiendo mi piel castigada con su lengua. Me incorporé y, queriendo agradecerle a ese generoso animal el haberme devuelto a la vida, le tendí mi mano abierta para acariciarle. Este se fijó en mis ojos, escrutó mi mano. En él adiviné el miedo, excesivo y desproporcionado, que latía dentro de su endeble cuerpecillo.                                                                                       &n

La chistera del aburrimiento



Hace años, te previne de los peligros que conlleva toda relación afectiva:

-El amor- te susurré cierta vez-, es un elemento combustible e inerte, lo dicen los filósofos. Esto es gracioso, pues estos pedagogos alardean de no saber nada de la quintaesencia de esta emoción. Asimismo, el fuego de la pasión que aquél genera, desprende primeramente un halo, una humareda placentera, aromática, fragante. Pero luego este pebetero se convierte en peste, en epidemia, en un hedor ennegrecido, hasta que el viento de los días arrastra a los conformes cenizas lejos, muy lejos, casi inalcanzables. Más tarde, sólo restan los recuerdos, nada más. Es ley de vida e infalible,  suerte de la que nosotros no podremos evadirnos.            Y respondías, con la boca entreabierta, un poco fanfarrón: “No entiendo lo que dices como siempre, pero es imposible. Creo que el amor es eterno. Yo siempre te amaré y tú siempre me querrás”. Continuabas con reproches, obcecada por la dulce contumacia del cariño recién nacido, mientras yo sonreía con incredulidad, vaticinando el arcano de nuestro mañana y desentrañando el misterioso sello de un futuro, de un porvenir que terminó por cristalizar en la soporífera actualidad que ahora circunvala nuestros corazones, cuando ya poco queda de lo que antaño sentimos. Era muy triste, sobre todo después de vivir momentos líricos y gloriosos, incomparables, que jamás se repetirán, ocurra lo que ocurra.            -Cómo añoro aquellos días; tenías razón- comentas agachando la cabeza en tu regazo, suspirando tras la mesa-. Cómo me gustaría retroceder en el tiempo, volver atrás, mucho...

-No te preocupes- intento tranquilizarte, estrechando la palma de tu mano suavemente, acariciando tus mejillas sonrosadas, repartirte un beso-. Serán tiempos diferentes, sosegados y austeros, como los que les esperan a los ancianos que llevan juntos treinta años como cadenas.

“¡Pero maldita sea! El reposo será el infierno para mi espíritu. Además, no llevamos tanto tiempo unidos”.

Y atareados, en plena representación, nos vemos en la obligación de fingir un rol de actuación ajeno a nuestros propios temperamentos, los dramáticos papeles que el guión de la existencia nos ha asignado. Disfrazados. Cubiertos por máscaras, por pintura, por pelucas o barbas postizas. Intentando escapar un poco de la rutina de una relación en la que ya: Ni tú eres lo más importante para mí, y yo he dejado de ser vital para tu equilibrio y tu supervivencia, tratando de eludir la evidencia del cambio natural que el fluir de la vida ha operado en nuestras almas verdaderas, evitando descubrir lo inanimado de unos ojos vacíos en el otrora rostro tan querido.

Mis amigos se divierten con nosotros. No saben nada, lo que ocurre. Parecen inocentes, pero no lo son, un poco culpables. Piensan que soy un seductor, un adúltero, y que tú eres un poco ingenua por no ver delante de tus propias narices cómo te soy infiel una vez detrás de otra, con reiterada y maquinal insistencia: “Eres un auténtico conquistador- comentan con admiración-. Ninguna se resiste a tus encantos. Siempre con una mujer distinta.”  Ignorantes, me envidian, porque no conocen las reglas de nuestros juegos, de cómo tuvimos que ingeniárnoslas para hacer que nuestra antes indisoluble pareja se fuera a pique de continuas y exageradas discusiones.

Yo, por mi parte, intento hacer frente a esta compleja dicotomías. A la mujer de las docenas de pelucas y el millar de máscaras: La rubia, la pelirroja, la que luce cabellos azabache. La intelectual, la impetuosa, la fatal, la elocuente, la sensible, la práctica, la vulnerable, la que lee a Hesse, la que venera a Camus, la que fuma demasiado y come en la cama galletas, la que le gusta la cocina libanesa, la que sabe que lo que más me excita es la ropa interior blanca y continúan usándola roja, la que tiene que tomar valium para dormir porque sufre pesadillas en las que el suelo se hunde y las paredes se resquebrajan, la que ama los deportes pero aborrece el fútbol o, la que despereza mi mal genio todas las mañanas a las siete en punto, para a recorrer sus tres kilómetros diarios. Cada una de ellas es tan diferente como la noche y el día. Padece o goza un carácter peculiar, impredecible y bien diferenciado. Yo, a su vez, estandarteo aquel antifaz que siempre deseaste que me calara en las sienes como una corona de laurel. Por fin me he convertido en el hombre de tu vida, en el compañero ideal, el amante más rentable. No puedo negarte ningún capricho, ya lo sabes. Me gusta tanto verte contenta, satisfecha, no sufrir, no preocuparte por todos estos problemas. Las sonrisas eran tan escasas antes, como las monedas de plata en el bolsillo de un pobre o la esperanza en el corazón de un muerto. Sí. Ahora soy simpático, jovial hasta lo empalagoso, expansivo hasta la vulgaridad. Me sé millones de chistes que cuento a todas horas, y mi ánimo es siempre tan cordial como el de un perrito bonachón. Además, tengo la facultad de carcajearme de mis propias desgracias sin incurrir en el craso defecto de desviar la culpa de estas limitaciones hacia una segunda persona. Vamos al cine casi todos los fines de semana. Incluso a los estrenos de aquellos films norteamericanos de tanto presupuesto que antes detestaba con una visceralidad tan irracional, tan patente. Pero lo que más te agrada, sin lugar a dudas, es que ya no te agobio demasiado, ni te presiono con mis obsesivas crisis nerviosas, y no me exalto cuando discutimos sobre política o sobre los recibos que llegan cada mes. Pero, sobre todo, que aquellas violentas, cotidianas y odiosas peleas han quedado reducidas prácticamente a cero, porque cuando intuimos que puede producirse algún conato de aquéllas, modificamos nuestro aspecto y asunto zanjado y todo se va a lo suyo. Hay una careta para todos, para cada uno de esos seres adorables que hemos extraído de “la chistera del aburrimiento”.

Sé bien, vida mía, el alto precio que tuvimos que pagar para llegar a esta situación. Romper con nosotros mismos, con nuestras vidas antiguas, perder nuestros hábitos, nuestras personalidades, aprender a representar. Pero lo hicimos desinteresamente por el bien de nuestro afecto. A mí no me importó para seguir a tu lado y que tú no abandonaras el mío, aunque de nuestros desesperados sentimientos, aquella convulsión, aquella tormenta, aquella epilepsia pasional que retorcía mis labios cuando te besaba, que devoraba mis senos, un grito ahogado y pagado que moría en la garganta del ridículo, aunque todo aquello como la lluvia sobre el pavimento, como los hombres sobre la tierra, se evaporará para nunca retornar, como nunca tornará.

-¿Mereció la pena este coste? ¿Volverías a sacrificar los primeros veinticinco años de tu vida por una mujer?- intentas investigar contrariada los lados de mi personalidad más oculta.

Es una difícil pregunta. Complicada, al menos, para una persona madura. Típica de Mariel, de su voz argentina y siseante.

Mariel es la más habladora de todas: Con sus sobrios vestidos lisos y sus faldas largas verdes, su collar de perlas, sus zapatos de aguja. Su atuendo la hace aparentar mucho más edad de la que en realidad tiene. Pero, a ella le gusta este hecho, y lo reconoce mientras sonríe a media boca mostrando la cerámica de unos dientes blanquísimos, lechosos, solamente deslustrados por el carmín. Siempre le regaño, sin saber por qué. Le reprocho que no tiene de necesidad de embadurnar tanto de maquillaje su graciosa cara. A mí me parece mucho más atractiva al natural. Incluso la luz solar cuando damos un largo paseo en el bosque del arrabal. Pero, nunca me hace caso. Mariel siempre cree que está haciendo lo adecuado y lo correcto. Siempre se muestra firme, segura de sí misma. Luce una larguísima melena rojiza, que tampoco me entusiasma, pero ella sólo se ampara en su propio criterio. Lo que me enloquece de ella es cómo pasea la lengua sobre los labios, mientras escucha de una manera lenta, seductora, encantadora mis discursos y mis monólogos, sus melodías preferidas en el casino.

Entre Mariel y yo no suele haber controversias. Le pese un pacífico carácter de sicoanalista. Es ecuánime hasta enfermar. La sombra de mi inquietud atormentada, por lo que intenta siempre reciclarme para la numerosa tropa de las personas civilizadas. Cuando comienza a charlar acerca de algo, de cualquier futilidad, no renuncia a esta tema hasta que no ha doblegado al interlocutor que osa contradecir su lógica aplastante: “Tal vez haya sido lo mejor que podría haber sucedido- observa soñadora, pero sobriamente, una voz un poco ronca- Una vez conocí a un tipo exageradamente posesivo. Viví un romance con él. Toda una aventura, sí. Dos años. Más de setecientos largos días de triste padecimiento y atroz necesidad del otro- suspira, increíble en Mariel-. Pero luego, así como llegó: Se fue. En un abrir y cerrar de ojos. Como quien no quiera la cosa. No me preguntes cómo todo lo que puedes llegar a sentir por alguien en un momento preciso, se queda reducido a residuos o a vestigios. Esto sólo te lo sabría definir un poeta, solamente él. Es un prodigio, una desgracia, pero a veces reporta sus ventajas. Lo cierto es que su presencia se me hizo insoportable. Descubrimos que éramos totalmente incompatibles, que no nos soportábamos ningún instante, que todo era inercia, comodidad, pereza, terror al sufrimiento de una separación que, más tarde o más temprano, deberíamos afrontar como adultos, cuando o él o yo encontráramos un relevo. Y fue, entonces que te vi; aunque deduzco que contigo sucederá algo similar. Ninguna persona es igual a otra, pero todas relaciones... ¡Ninguno de los dos le daremos demasiada importancia!

“¿Sabes que Isabel Allende acaba de publicar una nuevo novela?”

Uno de los principales defectos de Mariel es que, cuando piensa que ha dicho la última palabra, la palabra determinante y concluyente acerca de una determinado asunto, modera radicalmente una conversación

-Ya lo sabes. No me interesa demasiado Isabel Allende, ni nada por el estilo. Sabes que sólo leo autores del siglo pasado, libros “obsoletos”, desfasados y que sólo ojean las minorías. Pero, sobre lo de antes... Me parece que tus aseveraciones son prosaicas hasta rayas la animalidad. ¿Qué me dices de ese elemento imponderable, interrogante del elogio de la locura?

Mariel no entiende esta clase es de expresiones, este fusilamiento espontáneo de la razón. Y su semblante se contrae, interrogándome acerca del posible nexo entre lo que acabo de formular y la materia sobra, la que departía minutos antes. Su lengua asoma de nuevo y lame la piel. Es la misma expresión que me enardece, me exalta. Entonces, se da cuenta de mi trampa y se ríe a carcajadas y abre los brazos en un gesto de derrota. Yo me aprovecho de esta coyuntura, acaricio su oreja derecha, el cuello, y me la llevo a la cama.

El viernes, veo a Diana. Ella relata cosas muy parecidas, un poco puritana. Tengo la suposición de que no sabe muy bien lo que quiere. Que no tiene metas razonables o ambiciones, que está sacudida por las dudas. Por eso se siente deprimida, alicaída. Yo intento evitar estar cerca de ella, para no pisar la trampa que ella coloca. Puedo llegar a ser una influencia nociva, si empiezo a desviarme hacia lados oscuros, extremistas, terminales o suicidas; o si critico a la vida, la iniquidad de la gente, y preconizo el deleite de auparnos renegando de los impuestos y huyendo de lo convencional. Ella podría tergiversar estas digresiones mías y llegar a hacerse una fanática, acabar en un manicomio o rasgarse las venas. Yo no podría cargar en mis espaldas, con su cadáver. Así que, mientras medita su situación, yo me alejo. Inconscientemente, puede que la guarde algún rencor o un desdén: Yo estaba enamorado de ella. Mucho. Demasiado, como un quinceañero o un adolescente. Pero, una noche, mientras cenábamos en un restaurante hindú del centro de Madrid, Diana me aseguró algo que afectó las fibras más íntimas de mi ser. No conversábamos sobre nada en particular: Nuestros trabajos, la enfermedad de algún familiar lejano, las vacaciones, nuestros sueños. Más bien guardábamos silencio. Acababa de mojar un trozo de pollo en salsa de menta y de zanahoria cuando reconoció: “Solamente estoy tranquila cuando tú no estás a mi lado.”

Había sido una imprudencia por su parte, una falta de delicadeza que me dañó, porque por aquella época yo sólo me sentía bien y conforme, cuando ella estaba conmigo.

Creo que cualquier día, romperé con ella para siempre.

Raquel, es la que más me fascina de todas. La más parecida a mí, temperamentalmente. Es sumamente difícil, pero encantadora si llegas a penetrar en su intrincado caparazón. Tiene fobia a la palabra pecado. A su etimología. Sin embargo, para ella no es un tropiezo el hacer algo que has querido hacer voluntariamente. Lo cierto es que tuvo cierta vocación monástica que se ha visto disminuida en un primitivo respeto místico hacia lo Infinito. Siempre, aún así, le pende del cuello un crucifijo. Una cruz moderna, pero una cruz, dos palos paralelos. Yo la reto a que solvente mi escepticismo, pero todo queda en un simple enfado. Sigo siendo un relapso, pues sólo hago esto para burlarme de ella. Raquel, no lo hago con mala intención. Ni me mueve el menosprecio. Ángel mío, mi niña: Tú eres la que más me necesitas. Todavía danzan las lágrimas recreándose en tus hechiceras pupilas y se derraman del escote de tus pestañas, cuando evocas o anhelas el ayer. En el fondo, lo añoras. Todavía lo haces, lo echas de menos. Pero te equivocas. Es un espejismo, la ilusión de tu fantasioso espíritu, la reflexión del romanticismo que necesitas como sustento. Por eso me encanta sentarte en mis rodillas y abrazarte, mecerte como un globo, sosegarte, ahuyentar tus fantasmas, que el sonido de tus suspiros riegue mis oídos.

Algunas veces, odio a Raquel. La odio cuando bebe demasiado martini. Cuando se bebe dos copas o tres y se vuelve lunática. La odio, aunque esta afirmación sea demasiado rigurosa. Lo hace porque se siente acomplejada. Teme la multitud, al bulto, el juicio que de ella puedan tener. Yo siempre he intentado inculcarle que a lo que menos importancia, tiene que conceder es a lo que los demás rumien sobre ella, que lo único que cuenta es nuestra auto-estima, nuestro orgullo y nuestro honor. Lo otro son miguitas de pan en el camino de un pájaro hambriento. No tiene validez. Pues, si nadie te conoce, nadie tiene licencia, prerrogativas para valorar lo que seas. Lo que digas. O lo que hagas. Raquel no tiene confianza en mí. Pero yo la quiero: Ella depende exclusivamente de mis cuidados.

En realidad, las amo a las tres. Las quiero a todas, de la misma forma. Pero, llega un momento execrable. Cuando las máscaras, la novedad, las pelucas, las innovaciones, los zapatos de tacón y las faldas sobrias de Mariel: su collar de perlas o de zafiros; cuando las comidas exóticas o las caseras, los reparos, los revoques de nuestras decisiones, la prudencia, la reserva y la ropa interior roja de Diana como la sangre; cuando los somníferos, la inseguridad, los anillos de plata, las cruces en formas de concha, los brazos tendidos después de las resacas y los “te quiero, te necesito”, de Raquel, quedan prendidos de las puertas del armario, de las perchas de las prendas, los alféizares del final, día tras día, noche tras noche. Y todo vuelve a su criminal monotonía y su atroz decadencia. Volvemos a este mundo aburrido, a esta relación esquizofrénica, vesánica, hipócrita y egoísta, que descollan los recuerdos felices de los felices momentos de los que me siento orgulloso, a los que repudio por pérfidos. De nuevo te contemplo cuando estás durmiendo frente a mí en el lecho cada amanecer, esa respiración profunda cuando duermes o lo intentas a mi lado, conociendo de sobra que nos separa todo un mundo, un planeta. Inanimada. Inmóvil bajo las sábanas como un maniquí de mármol, al que Pigmalión detesta, el camello que se pierde en las dunas del desierto. Y te pregunto, dónde te quedaste, dónde estás ahora. Por qué consentiste que todo aquello, “eso que era tan hermoso”, traicionara nuestra confianza. Y te aborrezco por ello, por todo. Cómplice. Cobarde, que no supiste pugnar por mí, por nosotros, romper los grilletes de esta esclavitud. Me gustaría abofetearte. Me contengo, me domino como un piano Reprimes la ira que proyectan mis ojos vidriosos, mi iracundia. Ya nunca podrás volverme a hacerme daño. Ni tú, ni la vida, ni nada, ni la nitidez de esta superficie. Tu indiferencia es un dardo envenenado cuya indigesta punta está impregnada de un veneno lento, una bala de plomo, un horizonte sin estrellas. Entonces vuelvo a odiar: ¡Me aborrezco! ¡Me rindo, viendo lo que soy, lo que me he convertido, preso de nuevo de tus reminiscencias!

No deja de ser tan grotesco, esa mascarada ridícula que intenta travestir el peor de los sopores vitales... Te arrancas de la cara una de tus pelucas, como una segunda piel. No puedo creer lo que veo; no puedo. Echo de menos algo, a alguien, mi frustración. Y mi impaciencia, genera brusquedad y me lanzo y me lanzo contra ti. Tú no soportas mis amenazas y cruzamos una soez sarta de improperios. Luego yo también lanzo mi máscara al vacío, al abismo de este porvenir. Solamente para contemplar tu rostro familiar, tan corriente, tan ordinario, en que rutilan unos ojos marrones que refrescan mi memoria con contradictorias emociones, sensaciones ya olvidadas. Tú, la de siempre: la amante, la enemiga, la eterna, el señuelo confundido para mi pesadumbre. Arrecia el paroxismo. El tifón, la tormenta de la confusión, el terremoto, la ventolera rizada de la podrida rutina, el rencor: Demasiado tarde para perdonar, para olvidar, orar por un sol que reverbere una senda barrida y desolada. “Me has sido infiel. Te has acostado con otro. Me has traicionado.” Grito brioso. “¿Infiel?”, chillas como una niña, con acelerados y agudos exclamaciones. “¡Sí! Infiel ¡conmigo mismo!”

-Estás completamente ido- exclamas con un acento alterado, apretando los puños de la mano poderosamente-. ¿Acaso no le sucede a esto a muchas otras personas, fruto de esta violencia del síndrome de una larga convivencia conyugal mutua? Las reglas de este juego las pusiste tú. Solamente tú. ¡Yo no! Sabes que todo eso de lo que me acusas existe sólo en tu calenturienta  imaginación, en tu ardor. ¿No suponías que hace meses que corren rumores en este barrio sobre tus citas con esa tal Diana, con esa sudamericana cuarentona, yo que tenía que poner el acento de esa manera para que la gente no lo sospechara? ¡Deberías sentir vergüenza por tu desfachatez, por tus hipócritas recriminaciones a la integridad de mi moral! ¡Es bochornoso! ¡Tantos ideales, tantas divagaciones acerca de la moral!

“Era yo las tres, las tres, la trilogía de tus estupideces, tus tonterías, tu actriz...”            Se quita la peluca de Mariel, las tira lejos, muy lejos como un boomerang, sus uñas de plástico, da la vuelta sollozando, la mitad de amargura o la otra mitad de rabia; da un portazo en el salón, llora, no me pegues, no, la sigo en el cuarto, en el hall, empuja la cabina agresiva:“Esther, Esther”, le miro directamente a los ojos, a los suyos, su propiedad: “Tu esposa, tu esposa… Como siempre, como las cuatro.

Y sigue con lo mismo, con lo mismo.

-Lo siento, Diana, ¿me perdonas? Por favor...

Y... Cuando yo me quito mi más careta es peor. Mucho peor...

Esta espada de Damocles algún día, se lanzará contra nuestra cabeza... ¡Y nos decapitará!

En la misma farsa de siempre.                                                                                                         

FIN?

O NO LO FUE...                      

La estatua dormida

          

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

En lo más alto de la catedral de Notre Dame, desde donde se divisa la ciudad de París en casi toda su extensión, se puede ver la estatua de un ángel, que despliega en el vacío unas alas de piedra que lo dominan todo. Frente a ella se encuentra el supuesto campanario en el que Quasimodo, el jorobado, tallara con el badajo el bronce de su inmensa campana..., el desgraciado personaje a quien diera vida Victor Hugo el siglo pasado, y cuyo influjo paradójicamente, hizo que se restaurara la catedral, víctima de un descuido terrible.            Este inusual querubín, toca una trompa admonitoria que parece querer advertir al visitante. Está aislada ante la pétrea inmortalidad de su esencia, erosionada por los vientos, por la lluvia inclemente. Sólo la rodean las gárgolas, espeluznantes pero distantes de ella. Sola, durante el flujo y el reflujo inagotable del tiempo, vestida la estatua dormida únicamente por nuestros ojos.       Entonces, una admiración silenciosa despunta en nuestros corazones. Si has viajado a Francia con tu enamorada, cogerás su mano dulcemente, la mirarás a los ojos y susurrarás algo bello en el oído; si lo has hecho con tus hijos, querrás que tus labios pronuncien alguna lección útil para ellos...; si has venido solo, te sentirás más solo aún, ante un destino que te ha marginado en la que es denominada la ciudad del Amor.

Ésta es la historia de uno de estos destinos, la triste crónica de un desenlace...            Le dijo: "Si tenemos un accidente, no me despiertes." Su voz era trémula. No quería ser alarmista, ni que le tomaran por un hombre de mal gusto. Luego, se reclinó en el asiento y cerró los ojos.                                                                                                                                                                      Siempre había sido un tipo muy raro.            Ella le miró y calló, pensando: "Eso se podría haber dicho de otra manera. La construcción de la frase estaba mal hecha.", por su parte, ella no podía olvidar ni en vacaciones su vocación profesional: Era maestra de Gramática en la Universidad Central.            Mientras, el zumbido de los motores del avión presagió que éste iba a despegar.            Transcurrió media hora. La respiración de él se hizo paulatina y entrecortada. Ella se limitaba a observar el mundo pequeño por la ventanilla, y sus pensamientos se hacían tan vagos, tan diminutos como aquél.            De repente, una turbulencia sacudió una de las alas del avión, cuyo fuselaje retembló, vibrando de inmediato su chapa una especie de maldición cacofónica. Se escuchó un murmullo, una especie de denso cuchicheo instantáneo omitido por el escepticismo.            Si tenemos un accidente, no me despiertes..., y afluyeron de nuevo a su mente, las palabras de él, que, casi olvidadas, volvieron a cobrar cierto sentido elíptico.            A Esmeralda ya no le importó la construcción de la frase; la habían bautizado con ese nombre por el color de sus ojos.            Él era Mike. Digamos que era de Glasgow, pero ese es un hecho sin importancia en esta  narración.            Un rayo volvió a embestir una de las alas. Esta vez el cuchicheo omitido se convirtió en el gruñido gutural de casi un centenar de gargantas asustadas.            Esmeralda se apretó a Mike, que ni se inmutó. Muy pronto las azafatas, con el rostro congestionado por el pánico, empezaron a andar a grandes zancadas de un extremo a otro del avión, llevándose las bolsas de papel de los pasajeros que vomitaban, e intentando imponer una tranquilidad imposible. Asimismo, el comandante dijo algo por la radio que no se pudo entender. El ambiente estaba enrarecido. La presión se podía moldear con los dedos. Hacía mucho calor, y el aire se había enranciado por el sudor y el olor a vómito.                                                                                                                                                                     Había un joven de aspecto estrambótico al otro lado del pasillo. Iba con una mujer de unos veinticuatro o veinticinco que tenía el cabello rojo.            La mujer del pelo carmesí, explicó que llevaba volando toda su vida y que era la primera vez que le ocurría algo semejante.            El joven del aspecto estrambótico pareció pensar algo, casi soñando, y luego siguió comiendo una especie de ensalada de gambas que poco antes, las azafatas habían servido.             Esmeralda echó un vistazo a la ensalada y entonces sus ideas fueron como una de esas gambas anaranjadas, y el recuerdo de un estómago que volvió a interrumpir el curso de los acontecimientos...            ...Y ya nada más importó, porque tanto el tiempo como lo que estaba sucediendo desapareció de escena para ella, pasando a un segundo plano, a una dimensión diferente...            ¡París, París, París...!            ...Caminaban por el bulevar Saint Germain hasta el Café Flore, donde Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre discutían sobre Existencialismo. Marchaban en fila, en línea recta, escudriñando el suelo azoquinado. Todas las piedras parecían idénticas, todas gemelas.            -No son piedras- señaló él.            -¿Qué?- respondió Esmeralda.            -Lo siento cariño, pero no son guijarros- refunfuñó Mike.            Mas, las piedras seguían su particular peregrinación. Unas parecían moverse, las otras parecían estar rotas, pero todas seguían ahí...            ...En París, en Madrid, en cualquier sitio...            -Pues a mí sí me lo parecen- volvió a responder ella irónicamente, burlona.            -No, no lo son. Fíjate. Son reyes, son reinas, son héroes, heroínas que toleran la presión ajena, la frustración, el fracaso que recubre la vida humana, toda la derrota del mundo, el peso íntegro de nuestra desesperación.            "¡Quién pudiera no hundirse nunca!"                                                                                                                                                                     Ante ellos se levantaba la ciudad entera, la antigua Lutecia de los carolingios y los romanos, las risas de la gente, su despreocupación, su arrabal de sueños, ese ramillete onírico de esperanzas e ilusiones que adorna la existencia de vez en cuando y la agasaja.                                                            Entraron en la celda en la que estuvo encerrada Maria Antonieta aguardando su ajusticiamiento, pasearon bajo el Louvre, visitaron el Hotel de los Inválidos, las termas de Cluny y el Panteón, y más tarde, él se hizo una foto ante las tumbas de Maupassant y Baudelaire en el cementerio de Montparnasse.            -Ya puedo morir en paz- suspiró; era un sentimiento frío carente de toda maldad, aunque nadie sabrá explicarse cómo puede existir una temperatura, un termómetro del corazón.            Ella le miró. Le recriminó: "No digas tonterías, Mike.", y luego, de noche, pasearon por la ribera del Sena, ¡bramaban sus olas encrespadas y verdes!, bebieron un Côtes du Rhône muy caro, y en el hotel hicieron el amor, pese a estar agotados de recorrer esta antigua ciudad de arriba abajo.            El avión descendió unos pies. Sus alerones de Icaro se estaban derritiendo.            ¡Era ridículo! ¡Tan ridículo como la propia vida! Si hubieran cogido otro vuelo, si hubieran perdido éste, si se hubieran quedado en Francia un día más, o si en vez de decidir ir a París hubieran decidido ir a Florencia, a Rabat, a Atenas...; si ella o él hubieran comido tomates en mal estado y hubieran tenido que ingresarles en un hospital, o si Mike hubiera conocido a una bella francesa de enormes pechos en el Barrio Latino, y Esmeralda la hubiera matado por celos...; si tan sólo unos minutos menos, si tan sólo unos minutos más...             Pero allí estaban, sobre la platea del escenario, soplando estas ilusiones lejos, muy lejos, demasiado lejos. Tres actores principales, tres protagonistas, una Compañía, el decorado adicional de una tragedia real, de un drama veraz. Esmeralda. Mike, el futuro. Un hado asignándoles papeles impuestos, una trama entera y su nudo, una serie de pésimos monólogos escritos por un infortunio poeta y decisivo.                       Esmeralda se resignó a su suerte. Fue decididamente valiente. Agachó la cabeza y resopló. Siguió recordando sosegada, estoicamente, detectando cómo su mente era una “juana de arco”, que retaba a las hogueras del Tiempo, un nenúfar estático sobre las ondas voraces de la existencia, una lengua rondando el filo de una cuchilla, unos labios besando grumos de ponzoña en un cáliz amargo.            Pegó su rostro al cristal de la ventanilla y miró de nuevo, aunque estaba empezando a sentirse mal, muy mal. Seguro que allá abajo alguien reía, alguien era feliz, alguien amaba y era amado, un nuevo ser abría los ojos a la luz del sol, cobijado por la ternura de su madre.            ¿Se debe?, pensó. ¿Se puede ser feliz cuando hay personas que sufren, que purgan, que pagan, cuando hay cocodrilos que devoran la carne tierna de la inocencia, cuando una estela de blanco vapor te indica que doscientas personas pueden morir sin que tú ni nadie puedan hacer nada por evitarlo?            ¿Se debe?            ¿Se puede?            Esmeralda se sintió rabiosa, impotente.            ¡Ay, si se hubiera enamorado en París de un atractivo parisino y hubiera abandonado a ese idiota que dormía ahora junto a ella, ignorante de que seguramente tan sólo le quedaban unos instantes de vida!            Entonces, le puso en la balanza. Era fácil encontrar respuesta a la inevitable cuestión de por qué su vida había sido un caos tan grande, por qué siempre se había sentido tan vacía...; el enigma de su pena, si se ahondaba con un poco de intuición femenina, tensando fuertemente el hilo de sus propios pensamientos.            Mike y ella estaban en esa segunda y dolorosa fase de cada relación en la que, para él, ella ya no era el amor de su vida, y en la que él había dejado de ser dios para ella.                                                            Esto la asqueó: La existencia, el tiempo, las leyes de la naturaleza..., aunque tal vez esta desesperanza, estas remembranzas desapasionadas desatadas por el devenir de los hechos, fuera lo mejor que le hubiera podido ocurrir. De sentirse dichosa, de saberse vital, de creerse lo más importante, hubiera sido más difícil enfrentarse a la Muerte.            Allí, tan cerca de las estrellas, del Creador, de las nubes de algodón de su paraíso.            ¿Para qué preocuparse, pues, de si una estrella se está apagando, si hay tantas en el firmamento constelado, en la bóveda que ciñe como un sombrero nuestras cabezas; si todas parecen rutilar tan brillantes, si todas parecen la reflexión de un mismo e infinito espejo? ¿Para qué?            Y recordó un sueño muy hermoso que había tenido justamente la noche anterior, una quimera premonitoria que había marcado su alma, y que no había podido olvidar:                                                                                                                                                                     Mike y ella se dirigían hacia un lugar precioso, situado allá, en la lontananza de sus ojos, a unos cien metros de donde se encontraban. La tarde acababa de abrirse en el cielo. Hacía mucho sol, el cielo estaba en exceso despejado, y los pájaros trinaban sobre una hilera de castaños de copas muy verdes, muy tupidas, muy pobladas, cuyas hojas despedían un vivo aroma a rocío. Todo era extremado. Era el estereotipo de la harmonía, el canon excelso con el que la beatitud suele engalanar todas sus creaciones.            La Estatua Dormida de Notre Dame les precedía, guiándoles hacia el lugar precioso.            Atravesaron un parquecillo. Había allí dos estatuas encaramadas sobre sendos pedestales de mármol, aprisionadas por unos barrotes de metal oxidado.                                                             De pronto, ante el asombro de Mike y Esmeralda, estas dos estatuas empezaron a cobrar vida y movimientos, despistando su rigidez habitual.            -¿Qué tal, Mr. Voltaire?- preguntó la Estatua Dormida a la primera.            -Estupendamente, gracias- observó aquélla. Vestía una especie de túnica romana. Tenía la  cabeza desnuda en torno a las sienes y la coronilla, y en una mano portaba una pluma de ganso con la que parecía grabar letritas en suspenso sobre un legajo que llevaba en la otra.            -¿Y, mi querida Antonieta?- a la segunda.            -Horrible, señor- y la estatua de una Maria Antonieta pálida pero deslumbrante, que no dejaba de girar sobre su propio eje como una cajita de música sin música, se quejó con una vocecilla de ratón: suave, pero lúgubre-. Esta mañana fui a pasear, como todos los días, a la plaza de la Concordia. Allí, un secretario bastante maleducado me ha interpelado sin un ápice de la reverencia con la que una reina se obliga a sí misma, y me ha confesado que me habían condenado a muerte.            "¡A mí! ¿Cómo se va condenar, a decapitar la historia de Francia?"            Entonces se limpió de sus lindos ojos avellana una lágrima invisible y orgullosa con un pañuelito de batista.            Seguía girando, girando, girando sin parar, siempre girando...            ¡Ahí el sueño se detuvo!            Al volver a evocar este extraño sueño, Esmeralda se dio cuenta de cuál había sido su pena de muerte particular.            La última noche, Mike y ella fueron a cenar a un restaurante hindú, uno de esos que abundan tanto entre Pigalle y Montmartre. Era un rincón pequeño pero muy confortable, cuyas mesas estaban cubiertas por un mantel a cuadros rojos y blancos, y en el que una vela que flotaba en una copita llena de agua imponía una lividez espectral a los rostros de los allí presentes con su ténebre luminosidad, mientras un pianista amenizaba la conversación.            Aquella noche acabaron hablando del Porvenir. El tema salió tan espontáneo, como quien charla acerca de los resultados de una carrera de caballos. Incluso, la palabra Matrimonio sedujo el fuego de los ojos de Esmeralda, los ruborizó, pese a que más bien todo aquello sólo fuera un burdo reflejo, un desvanecimiento de la voluntad.                                                                                                   Se imaginó esta palabra en su interior, sin darse cuenta de que siempre que había intentado estabilizar su vida todo se había ido a pique.            Ese fue su defecto supremo: El equilibrio.                                                                                                                                                                     Habían alzado la envahada gelidez de sus copas, habían brindado, habían bebido con los brazos entrelazados como madejas, y se habían tragado su sorbo escarlata de sueños, pensándose cadenas.            Luego acabaron de cenar, y volvieron paseando al hotel atravesando una lóbrega y sucia travesía. Esmeralda estaba cansada, muy cansada. Tal vez su agotamiento, las dos botellas de vino, la bohemia de París, ¡qué pudo ser!, le hizo pensar una cosa extraordinaria, curiosa, desconcertante, dado el carácter inconformista que siempre había predominado en su alma.            Se dijo a sí misma, como si fuera la cosa más trivial: "Tú nunca alcanzarás la felicidad. Quizás el placer. Pero el placer es una dicha coja, un éxtasis que danza en la cuerda floja y que todo el circo sabe que caerá.            "Jamás. En eso estamos de acuerdo. Por primera vez de acuerdo contigo mismo, con todos los que te conocieron. Tú te lo impedirías. Podarías tus raíces, si alguna vez éstas desgajaran ramas y luego frutos. Pero..., la paz que ha rodeado estos últimos meses junto a Mike, ¿no será, acaso, un esbozo, un vértice de la felicidad?"            "Todo va bien. Demasiado bien, y esto me aterroriza, porque la calma siempre ha sido una tempestad, siempre la ha precedido...; y la tranquilidad una transición, una espera injusta hacia la desgracia que se avecina...                                                                                                                                 Y se sintió casi feliz, ¡por fin!

El reloj, ¡el maldito reloj



El despertador de mi vecino, suena quince minutos antes que el mío. Es una señal que se repite con una monotonía impresionante: A las siete de la mañana, el dichoso aparatito me avisa que un cuarto de hora más tarde tendré que levantarme para ir a trabajar.            Luego, la madera del suelo tiembla, el cosquilleo en forma de corona desaparece, y se cierra una puerta que parece de cristal.            Pero, aún no me he presentado. Yo... Tengo mi nombre, mis dos apellidos, una pequeña buhardilla con el techo muy bajo, un coche azul que hace mucho ruido al arrancar pero que ahora está en el taller, mi úlcera, mis recuerdos, depresiones periódicas cada cierto tiempo, y la misma soledad de todo el mundo.            Las siete y cuarto. Esta vez es mi despertador el que suena. Se le reconoce fácilmente, porque sus pitidos son mucho más agudos, más regulares que los de mi vecino, y porque se apaga instantáneamente a los ocho segundos.            Ya estoy fuera de la ducha. El suelo está muy frío, y la casa no está ventilada; todavía flota en el ambiente el olor de la cena de ayer. Me visto deprisa, nunca desayuno... Todo esto en diez minutos, poco más o menos.            Entonces Anne se incorpora sobre el lecho, ahueca los cojines, recoge ese que siempre acaba junto a la alfombra, lo coloca tras su espalda, como de respaldo, y aparta la lámpara; le molesta la luz, todavía está dormida.            Anne ocupa el lado izquierdo de la cama: El que da a la radio y las cortinas. El mío pega a la pared.            Ella no se mueve casi mientras está sepultada por las mantas de lana; ni siquiera cuando hacemos el amor: Es desconcertante. No es una mujer nerviosa, nunca pierde los nervios. Es la más sublime creación de la Naturaleza, una invención maravillosa: Una especie de maniquí de plástico tibio.            La piel de Anne es como la de los maniquíes de los grandes almacenes: Nunca envejece, se arruga, se apergamina. Su rostros macilentos parecen haber sido modelados con la cera de una vela. Su expresión siempre permanece inalterable, rígida, fría su sonrisa, hermafrodita el tono de su voz; sus huesos y articulaciones no pueden producir ese desagradable crujido, esa afonía ambiciosa de los brazos que se dirigen hacia algo o la columna vertebral que se curva como un peine. Los maniquíes no se dejan intimidar. Nunca pierden la firmeza de los ojos ni pestañean sobre sus pupilas de borracho. No han vivido nunca, ni para bien ni para mal: No tienen memoria, conciencia, pensamientos, pasiones. Sólo les falta la expresividad, el movimiento, la vitalidad de las mujeres. Si pudieran hablar, si pudieran confesarte que te aman sería perfecto, porque no estarían mintiendo y siempre te amarían de la misma manera, con esa casta intensidad.                                                                                                                                                                                  Algunas mañanas, Anne me cuenta sus sueños. A veces son extraños. Suele soñar con animales, sobre todo con perritos peludos o alacranes. Ella también se comporta de un modo muy raro en ciertas ocasiones. Hubo una época en la que sólo quería bailar. Para mí, bailar no tiene sentido. Ella se enfadaba mucho conmigo por esto, y se pasaba tardes enteras agarrada a una escoba, al plumero, a un abrigo desgastado, dirigiendo al mismo tiempo miradas llenas de resentimiento hacia el rincón en el que yo me encontraba.                                                                                                                         Afortunadamente, salvo contadas excepciones, Anne parece de lo más normal; engaña.                     Ella es la única persona que conozco a quien no le gusta la música. Ha desplazado esa fijación, casi habitual en los seres humanos, por el Cine.                                                                                                                         Anne le da mucha importancia a los sueños, es cierto.                                                                    Pero suele limitarse a repetir exactamente lo mismo los lunes, los martes, los miércoles, antes de que yo me vaya a la tienda...                                                                                                                                 "Hasta luego X, que tengas un buen día."            Luego vuelve a la cama y cierra los párpados; tiene mucha suerte de poder seguir durmiendo, así el día se le hará menos pesado.            Yo no respondo nada. Ni me despido de ella; no me escucharía. La verdad es que nosotros dos tenemos muy poco en común. Las discusiones son escasas. Este es nuestro principal éxito: la  templanza.                                                                                                                                                                     X, X, X...                                                                                                                                              Que tengas un buen día, un buen día, un buen día...; es un eco, pero Anne tiene razón. Yo soy como todos, uno cualquiera, un número, una letra, una estadística, algo que no turba en nada la solemnidad rigurosa de lo colectivo: Otra X más; lo había olvidado.            Si yo no fuera de la camada, tal vez Anna me diría otro tipo de cosas, sería más afectuosa, se preocuparía más por mis ilusiones, se movería más cuando la estoy poseyendo, ¡qué sé yo! ¡Eso de gemir, ya...!.            Pero lo soy.                                                                                                                                       Ni siquiera soy como ella: Anne tiene el pelo de un dorado polvoriento, es delgada y de estatura corriente, una mujercita encantadora...; una mujercita encantadora, dócil, y amable.                       Cruzo el umbral de la puerta, bajo las escaleras rápidamente y me planto en la calle, todavía de noche, casi de día...                                                                                                                                              El firmamento va apuntalando su fuego poco a poco en lo alto.            Es gracioso: Cuando era un niño e iba con mis compañeros a darme un chapuzón en el río no me importaba enseñar mi cuerpo desnudo a los demás, ni tan siquiera a mi madre cuando jugaba en la bañera con mis barquitos de juguete. Ahora me avergüenza el vello que reviste mi pecho, lo cubro con trapos sucios que digo elegantes, y me siento en el tranvía tras depositar mi sombrero de fieltro en una de mis rodillas.            No sé por qué he pensado en mi cuerpo desnudo, la infancia agostada que se rezagó..., pero esto me ha hecho recordar que las camisas de algodón abrigan muy poco; son como dos manos heladas que se agarrotan en tu cuerpo y no lo sueltan.            En el tranvía suele ir siempre la misma gente a una hora determinada. Los tranvías, los trenes, son los teatros fáciles de las existencias individuales, esas que jamás emitirán los noticiarios, ni de quien escribirá ninguna crónica algún periodista despistado...; un pintor las teñiría de un gris oscuro.            El gris es mi color favorito: El gris ocreado del cielo, el gris de la ventana en penumbra, el gris del tenedor que me llevo a la boca, el gris de mi ropa interior... ¡Si hasta yo soy gris!            Tras las zambullidas en el río llegó la primera noche. Se habla mucho de ella antes y después, pero para mí no significó nada: Yo no estaba enamorado. Recuerdo el nombre de Charlotte, algunos de sus rasgos..., ¡poco más!                                                                                                               Charlotte sólo formó parte de una especie de ritual de iniciación, algo físico, demasiado claro y demasiado físico, muy húmedo para mi gusto..., pero había que pasar esa noche, si no: Nunca te haces adulto y los amigos piensan que eres homosexual, o un bicho raro.            ¡Y también llegó el Amor, el carnaval! ¡Y los sueños, ese fuego artificial que se esfuma tan pronto en la atmósfera y la vida! ¡Esa horda vandálica de susceptibilidades, esa bandada de pájaros!            ¡Y el Arte, la Literatura, las cosas que sólo se pueden intuir...! Todo aquello que hacemos por el qué dirán cuando estés muerto, o para prolongarnos a nosotros mismos en el tiempo, en el espacio, en el corazón de los que aquí se quedan.             Porque si has tenido hijos, te encantaría que ellos comentaran en la escuela lo bueno que fue su padre. Así siempre te tendrían en su memoria: "Se portaba muy bien con nosotros. Era cariñoso y comprensivo. Nunca pegaba a mamá, y siempre había encima de la mesa un mendrugo de pan y un  vaso de leche a la hora del almuerzo. Era un ciudadano libre como el viento, el mejor padre, el mejor..."            Si estás casado pero no has tenido descendencia, también te alegraría saberlo. No te sentirías demasiado realizado si a los cuatro meses de tu entierro tu esposa se acostara con otro, ¡seamos realistas!, y menos si ella se acurrucara sobre los hombros de su amante y le susurrara dulcemente, como soplando: "Ha sido la mejor noche de toda mi vida."                         Anne dice a menudo: "Tienes que seguir andando. Eres bueno escribiendo."                                 Ella piensa que escribir es como andar. Lo primero se hace con los pies y las piernas, lo otro con una sola mano. Así de sencillo. No entran más conejos en esta chistera. Pero, con lo que ella no cuenta es que el que crea atenta contra la decencia y contra la ecología, y ensucia sus infolios página por página, embadurnando de esperanzas y espejismos todo el papel que tiene a su alcance con el excremento de sus propias emociones...; el creador no se conforma con avergonzarse de ser débil y orina en público; se quita la ropa prenda por prenda, como cuando todavía era un muchacho y no tenía reparos en mostrar su desnudez a la gente que se asomaba a la barandilla del puente y se preguntaba.            ¡Así nos tiende su alma desnuda en una bandeja de plata: Para que otros se aprovechen de ella y la violen!            Todos los días, después de comer, me siento triste. Sin un motivo aparente... ¡zas!, me acabo el postre, me bebo mi café, mi copita de cognac, me fumo un cigarro, y una melancolía impulsiva me toma por detrás.            Entonces me sorprendo a mí mismo con el teléfono en la mano. Marco el número de casa y pienso en lo que le voy a decir a Anne, pero siempre cuelgo antes de que ella conteste; es instintivo.            De todas formas, sé lo que Anne respondería:            "X, tienes que seguir andando. Eres bueno escribiendo. Tienes que seguir adelante..."            Volvería a colgar enseguida con cierta brusquedad, y yo me pasaría el resto del día celoso, convencido de que ella me está siendo infiel con otro hombre, y luego me preguntaría qué significan esas sonrisas extravagantes en su rostro, algunas frases deseslabonadas que no venían a cuento, el que ella ya no tuviera adicción a las pastillas para dormir y se quedara rendida a las once menos cuarto...            Anne lleva meses insistiendo en que tiene problemas, en que se siente inadaptada y que necesita la ayuda de un psicólogo. No sabe en qué ocupar su tiempo, casi todo el día encerrada en casa... Lo siento, yo no creo en la Ciencia y me opongo a ello con firmeza. Además, sé que si fuera a la consulta de un doctor lo consideraría una especie de gurú, un iluminado, notaría muy pronto en su ánimo una mejoría, y terminaría enamorándose perdidamente de él.            Siempre se cree lo que le dicen los demás.            A las cinco, vuelvo a la tienda.                                                                                                           Llevo semanas dándole vueltas y vueltas a una idea. Quiero escribir una nueva novela, algo distinto. Su argumento gira en torno... ¡Maldita sea: Siempre que escribo esta palabra con la máquina de escribir me equivoco y escribo trono!... ¡Ya está!                                                                                      Su argumento gira en torno a un componente aleatorio de la sociedad llamado Marcel; no hace falta desvelar sus apellidos, si es guapo o feo, o dónde vive...                                                                      Marcel es un soñador hasta cierto punto; hablemos de él como si fuera íntimo nuestro, como si nos preocupara lo que pudiera sucederle. Siempre ha alardeado ante los demás de no ser como ellos; ha acusado, se ha tachado a sí mismo de idealista y frustrado. Sólo lee libros de siglos pasados que van corrompiendo su mente poco a poco. Luego, Marcel ve la luz de repente y se va dando cuenta de que todo lo que ha leído era una gigantesca mentira que le ha mantenido engañado casi treinta años, y hace una pira con todo.                                                                                           

Éste es el eje del texto.                                                                                                          Entonces Marcel se vuelve desencantado, ácido, irónico, deduce otras falacias por el estilo, da su versión de los hechos y se equivoca de nuevo...                                                                                              Es todo lo que tengo hasta el momento. No es algo muy original, ya lo sé, pero todo acaba dramáticamente, todo muy emotivo y con mucho sentimiento: mucha sal y mucha pimienta carcomiendo las ideas.                                                                                                                                            Lo mejor es que la novela, todavía no tengo título para ella, está ambientada en un París ficticio. Su escenario más bien no existe. De existir, alguna breve descripción fotografiaría una ciudad sin nombre en el que un mundo interior y otro superficial compiten entre sí para desbancar todo sentido de la mente de Marcel, un desdichado childe harold de la contradicción. No tiene importancia el entorno, el desarrollo, el enredo...; los personajes son todos principales e insignificantes a la vez, y su contenido no reflejará ni un solo valor humano. En mi relato nada ocurre de relevancia, la emoción es de segunda mano. Tal vez los diálogos dirán algo que merezca ser subrayado; correrán otros tiempos, se vivirá de otra manera... En fin, últimamente no puedo concentrarme, no me sale nada bien.            Además, hace ya que decidí escribir sólo para mí mismo.                                                                                                                                                                                A los cinco minutos, entra mi jefe con el gato entre los brazos.            Es un viejo insólito. Siempre lleva a su horrible siamés a todas partes.            El gato me odia. Creo que presiente de algún modo la dependencia que yo tengo de su amo y se aprovecha de ello. Su lugar favorito es la silla en la que yo me siento para llevar las cuentas. Por eso me detesta. He usurpado el sitio que más adora en todo el almacén...; él tiene que espanzurrarse en el suelo, y, como las baldosas están congeladas, no puede dormir y se pasa el día maullando y sacándome las uñas.            ¡Este animalejo me crispa!            Tienes que seguir adelante... Seguir adelante... Seguir adelante...            Seguir... a... d... e... l... a... n... t... e... ade... lan... te... adelante...            Recuerdo bastante a menudo estas palabras. Sobre todo cuando indago en las razones, en una sola razón.            Tan solo una razón me bastaría para calzar estas botas tan incómodas.            Seguir adelante hacia el sol y el calor, siempre al norte como la manecilla de una brújula...; siempre hurgando el cielo en pos de un oriente, de una estrella que seguir. Ser un rebelde solamente para contrariar a todos aquellos que me juzgaron, a todos aquellos que creyeron que nunca podría seguir conmigo mismo cargado a las espaldas, ¿lo has oído bien, ojo crítico?: ¡Cargado en mis  alforjas! Pero, no ya un rebelde como los de antes, uno quijotesco, a la vieja usanza...; eso está desfasado. La única rebeldía que se fabrica ahora, la única que sale en el orden del día de la actualidad es la rebeldía gris: La rebeldía de la sumisión, la de los que no están ni arriba ni abajo, ni a la izquierda ni a la derecha...; la rebeldía de los que se hacinan en el centro con los brazos caídos y la mirada en suspenso...; la rebeldía de los que escrutan los horarios, las guías de televisión, las fiestas en el calendario y las mujeres ligeras de vestuario en las revistas...; la rebeldía de la cadena, del rebaño que bala complacido, del descamisamiento y la apatía...; la rebeldía de los sans-culotte de la poltrona y de los abanderados de las vacaciones anuales de treinta días, del quizás, o el tal vez mañana, mi querido monsieur...                         Hoy he salido un poco más tarde. Las horas han transcurrido lentas y agónicas. No veía el momento de meterle mano al cuello duro de la camisa.            En octubre, empieza a anochecer más pronto. El aire ya no huele templado, como una cafetera, como en primavera, ni tan espeso como en verano. Huele a castaña asada y chimenea. Es fresco pero insípido, y no se te pega a la piel como en agosto. Hoy es muy travieso: No se conforma con revolverme los cabellos, y no para de arremolinar las hojas de los árboles y el polvo.                                                                   Los bulevares parecen más iluminados esta noche, y todo un enjambre de sombras serpea sobre el asfalto, en las calles. Se acerca la Navidad, con sus bolas postizas y sus bombillas de colores.            El cinturón de mi gabardina se balancea en el pavimento, a veces asalta las empalizadas como una anaconda, y el humo rizado de la pipa trastabillea en la espesura de la niebla.            También las mismas caras en el tranvía; los rostros de la vuelta del trabajo.                             Me duelen los pies, y mi cabeza parece bombear. Intento distraerme mirando por la ventanilla. Al mismo tiempo, restriego mi lengua contra una muela que se me rompió la semana pasada, cuya punta forma un vértice agudo y casi cortante; dentro de poco empezará a dolerme y tendré que ir al dentista.                   Dos mujeres, charlan a mi lado con voz altisonante, como si no les importara que todo el mundo oyera su conversación.            Yo no las comprendo: A mí me gusta que mis conversaciones sean privadas.            Intento no escuchar; pero no puedo taponar mis oídos, ni puedo mandarlas a hacer gárgaras, existe una cosa admirable y muy social que se llama compostura y que es un utensilio de...; el tono de su voz es entre rojo y verduzco, eso sin cesar, como haciendo una reverencia.            Ni siquiera me fijo en ellos. Son dos sacos a mi me ha resultado, más bien tirando al verde que al rojo...                     De repente, un fuerte sabor a aceitunas desborda la boca de mi estómago.                                         -¡El insensato debe pensar que yo soy su criada! ¿Quién se creerá que es? ¿Un rey? ¡Estoy harta! ¡Después de tantos años la paciencia se me agota!            -Es que hay días que cojo el de las diez de la noche. Ya no soporto los huevos cocidos y los guisantes con jamón.            Es improbable que se trate de la misma conversación.            -¡Santo Dios! Su padre está desolado. Apenas come, y se está quedando en los huesos. ¡Con veintiséis años y una criatura en el mundo! Tuvieron que abrirle, pero no sirvió de nada. ¡Tan joven! ¡Veintiséis años tan sólo!            Otro mueve la boca rápidamente. No para de hablar y gesticular con su acompañante, como si tuviera un muelle en el cuello. Parece uno de esos muñecos de feria disfrazados de arlequín; no deja de asentir con la cabeza girándola hacia atrás y hacia adelante derecha, al lado del conductor.            Luego cambian de tema: La gente se toma con demasiada ligereza la muerte.                                                                                                                                                                     Me bajo del tranvía. La calle está bastante concurrida este atardecer; es día de compras, otoño, si no lo he mencionado antes: Este factor tampoco nos debería interesar demasiado.                              Me cruzo con una mujer que sale de una tienda; es joven, muy joven, pero hablaré de ella como si ya fuera toda una mujercita hecha y derecha: Se enfadaría conmigo si se enterara de que la he tratado como a una adolescente.            Ahora sí nos importa la estación del año: Ella no lleva puesta una blusa, un grueso abrigo la cubre.                                                                                                                                                               Tiene una bolsa en la mano que oscila en el vacío como el aspa de un molino. Es muy hermosa y camina como una modelo, con la cabeza erguida y el paso firme y decidido, desenvuelto.            La joven mujercita da unos pasitos más, unos pasitos exactamente iguales, casi estudiados. Yo me detengo y me doy la vuelta.                                                                                                             Sí, es realmente bella, y tiene cierto aire asiático. También ella se detiene de golpe, como paralizada por un resorte invisible. Parece que ha transcurrido una eternidad desde este primer momento. Estira una de sus larguiruchas piernecitas ralentizadas y comprueba que sus zapatos siguen lustrosos y relucientes bajo el fulgor de una farola de gas que retuerce sus brazos sobre nosotros. Entonces el viento travieso insinúa sus pechos todavía sin formar bajo el abrigo de franela, me los tiende, deliciosos, y mariposea con uno de sus mechones teñidos que se ha soltado del pañuelo.            No sé por qué, pero esto me angustia: El color del pañuelo es violento, dominante, resalta en la noche, tiene protuberancias. El resto de los mechones se asfixian en su refugio, aprisionados, apelmazados, ¡quieren huir pero no pueden! ¡Van a morir bajo la tela! ¡Van a morir! ¡Los van a ahogar!   

La idea del fin ha invadido mi cabeza de repente: He visto a la joven tendida entre las ondas y las algas, ahogándose, como los mechones de su cabello... ¡La injusticia, la injusticia, la barbarie! ¡Y el pañuelo ha sido un arroyo entrecortado por las rocas que se erizaban sobre él!                                          Su rostro era lívido, suspiraba..; se lamentaba y languidecía al mismo tiempo...; se arrepentía.             Ahora, todo ha vuelto a su presunta normalidad, y me he preguntado de qué sirven los muertos. Los vivos, al menos, pueden moverse, pasear por las avenidas y los bulevares con un semblante risueño y sin lagunas, bien empapeladito de buenos augurios, y su bolsita en la mano, como mi mujercita anónima que se dirige hacia dios sabe dónde.                                                                                       Los muertos no luchan, pero también los mártires son necesarios en casi todas las causas.                 ¡Vivir, morir! ¡Morir, vivir!            Son ideas descabelladas que duran muy poco; eso es lo bueno: ¡Es una forma rocambolesca de olvido que se desvanece poco a poco, como una doncella tras un biombo!                                                                                                                                                                     Sufro unos minutos. Sé que sufrir es bueno, por lo menos para el artista, y que así podré comenzar de una vez por todas mi novela. Debe ser una de las pocas verdades con cierta base práctica: La tristeza es una musa muy competente; ya está haciendo efecto, como una medicina obediente. Pensaba que ya no podría sentir nada, pero era demasiado pedir. Lo pasaré mal, muy mal, como cuando el gato se hace un ovillo y me bufa en la tienda, o como cuando me pregunto qué hago aquí o allí...; pero, de momento, ya tengo el título de mi novela, su primer capítulo, el más complicado de escribir.                       Eso está bien, poco a poco la alimaña v

El vagón de atrás



El tren subía y volvía a bajar a través de hondonadas y en vertiginosas velocidades,  mientras atravesaba raíles planos y vértices sesgados, en un paisaje cambiable cada vez más horizontal. Al mismo tiempo frisaba valles floridos y desniveles profundos, pero muy vistosos, recortados por árboles que corrían presurosos; luces agonizantes, de unas cantinas encaladas que, en los túneles oscuros, la luz artificial del andén se perpetuaba.

Los vagones en los que viajábamos, vibraban en las ariscas, afianzado sobre los carriles metálicos y oxidados de las vías y las rasantes. Parecían estar encumbrados por pequeños ciclones que catapultaban desde el exterior de esta cámara, una fuerte aroma a hierbas, a belfos y lirios, a violetas y tierra húmeda; prominencias de terreno, que sangraban arroyos y serpentinas de agua y de lluvia, semiderruidos en varias empalizadas. La noche era cerrada ya, un crepúsculo prematuro e invernal, que centelleaba los reflejos de las ondas de los rayos de luna en su cruel batalla.

Tiré de la leontina para saber qué hora era, contemplando nubarrones que tornaban hacia el norte con el viento, aturdido por la superficie de mi rostro en la ventanilla. Eran sólo las siete de la tarde, pero este astro se zarandeaba a través de un intrincado tapiz de nubes grises, filamentos amarillos y menudos. En el cielo negro e inmenso, seguían arremolinándose en torno a un punto concreto de este firmamento, constelado y opaco; estas estrellas, que se hacinaban como ovejas en su redil, haciendo parpadear su boca de fuego, exclamando: “Sed felices, dichosos de una vez por todas.”

El compartimiento de este vagón, era reducido pero cómodo, poco complicado para dormir con la pierna suelta. Las altas ventanas de cristal mostraban en ciertas ocasiones, castillos y fortalezas en ruinas desoladas, aldeas diminutas y pueblos con casas bajas que estaban encaladas con una matiz que parecía ensuciar el claro de luna, mientras pueblerinos paseaban observando el trayecto vagamente de este ferrocarril. Me hacía sentir seguro y protegido, a pesar de los vaivenes que el movimiento, le impelía a este camarote rodado. Pensé en la gran proporción de mi tiempo que había transcurrido sobre las ruedas calientes de un tren como éste, algunas veces perdidos en soluciones hipotéticas y problemas irreversibles, buscando las respuestas que nos regularían la vida en estos cuartos móviles, mientras contemplaba, en lontananza, una cadena de cordilleras y concavidades, que entreveraban un bosquecillo repleto de acacias.

Me había cambiado dos filas hacia adelante, desde el número de mi butaca. Había un gran letrero en este cubilete vidrioso en la ventana de emergencia, que no dejaba ver con atención aquel rico paisaje en aquella región, que había leído en una revista y que tenía bastante curiosidad. Frente a mí, dormitaba esa nueva acompañante, una hermosa señorita, una mujer muy agraciada, separada por un pequeño espacio de distancia sobre el respaldo de su asiento. Había tenido la sensación, la extraordinaria certeza, que era una princesa de carne y hueso, una de esas que recreaba mi fantasía  y mi imaginación cuando era un muchacho y que más tarde, seguiría creyendo solamente la pura invención de un cuentista, de un soñador; esa esperanza inicial de nuestro primer amor que, antaño, nos coronaba de oro y de mirra, pero que luego acabaríamos atravesando el espino de la decepción.

La observé con minucioso detalle, deteniéndome en cada uno de sus delicados rasgos, de sus facciones, que componían la constitución de su cuerpo, dotada de una infinita hermosura. Podría tener entre veinte, a más veintidós, estando en la mejor edad. Lo cierto era que era maravillosamente joven y radiante, fresca y con un aspecto sano, delicada como una ilusión, que parecía susurrar: “Bésame, estoy deseando que me beses, lo quiero como tú.”

Iba ricamente enganalada de un modo sencillo, casi cándido, una faz dulce como el anís. Olía a ese páramo que rondaba esta rugiente máquina, exhalando una fragancia íntima que cada vez más acentuaba en mí una excitación inocente, un fragor de ternura; el sutil contorno de su semblante que, como aquellas hermosuras naturales, atraen inevitablemente la atención de todo el mundo, esas flores que crecen, que florecen gigantescas. Pero ésta era muy diferente del resto de las mujeres, que ahora se dejaban entrever bajo el vaivén de las arañas de los salones de moda, la media luz de los palcos. Su belleza era difícil describirla, más antigua que actual, más sugerente que llamativa, explosiva y exuberante de Minerva que de Venus. Sus mejillas, gozaban una pálida teñidura salmón con un color seductor, seguramente una breve lámina de maquillaje; mejoradas por una oleada de mechones de pelambre azabache, lamidas tenuemente por un velo transparente de color lila, que atizaba el fuego de un rubor casto en los carrillos. Sin embargo estas bandadas desordenadas de péndulas de pelo, despejaban la frente, mostrando pudoroso el lunar en la barbilla... Los pómulos sobresalían un poco del conjunto, apoyados en una graciosa nariz, cuyas aletas se inflaban y se desinflaban rítmicamente al compás de la respiración. Las comisuras de los labios inferiores, también se prolongaban un poco en la cara, denotando afabilidad de espíritu y serenidad de temperamento. El fulgor de sus ojos, aunque se hallaran cerrados, se adivinaba cristalinos como un alga de vidrio, claros y azules; y los antebrazos eran pequeños pero fornidos, igualmente inmaculados como el cuello de esta joven, que culminaban en unos dedos largos y finos lanceados por unas uñas picudas, tintadas por una leve tonalidad rosada. Estas manos impecablemente esculpidas, esbozaban débiles hilillos verdosos de venas translúcidas, que asían un viejo libro de pergamino por un uso frecuente, casi cotidiano: “La muerta enamorada”, de Teophile Gautier.

Su único lujo era la elegancia, pese a que esta desenvoltura, se negaba a ostentar cualquier indicio de fasto. El estilo que lucía, era clásico y nada pintoresco: Una pamela de damasco en la que se dibujaban figuras imposibles e irrealizables, compinchadas con las oscilaciones de una silueta que proporcionaba recato a un vestido estampado y, cuyos faldones, invadían unos tobillos de porcelana, con el encaje formando la abertura que llegaba desde el inicio del pecho hasta la rodilla. Los pies, también eran regulares y moderados, como suelen ser los de las mujeres, y acababan en los aguijones de una especie de borceguíes rojos de tacón, ciñendo su cabeza con un sombrero de cuyas alas, se desprendían una delgada escarapela de una gama suave, que creaba pliegues sesgados a modo de sacacorchos; un camafeo de ónice con forma ovalada, que rielaba el canal del escote y la piel de su cuerpo, destilando un perfume grato, penetrante, muy femenino, que seguía entibiando el vagón en el que nos encontrábamos.            Era tan extraño... Ella seguía estando a mi lado, sin saber quién era esa curiosa persona que me acompañaba en aquella ruta incierta, durante aquel viaje a quién sabía dónde.  Desconocía su identidad, pero suponía casi instintivo su nombre, un parentesco que casi se me escapaba de la lengua:

-Su nombre es Iris, como el azur del firmamento, que solapaban unos párpados de carne, las alas de las mariposas.

Todo esto me hacía llegar a la conclusión de que quizás yo no fuera otro objeto que una marioneta, un esperpento de cera, un juguete de estuco movido por el bramante huracanado de una alucinación; esa mirada ardiente que cada minuto, me hacía adivinar de antemano, que podría ser el mejor momento de toda nuestra vida en este mismo pasillo; que con esas imágenes simbólicas, rezaríamos a un ángel que nos juntaría para siempre, angelicales almas que tienen vida y que se expandirían poderosas.

De vez en cuando de sus labios, se escapa un acopio que aleteaba juguetón, etéreo; donde su rostro, parecía exhalar: “Dadme al menos un día más, una sola hora, solamente un segundo, para poder decir todo aquello que nunca dije. ¡Gritadlo bien alto, para que arrojen al mar las pepitas doradas del Tiempo...!”, era lo que la maravillosa princesa parecía confiar, indiscreta, inseparable.

Mi cabeza seguía siendo otro furgón de carga que arrastraba tras de sí, algunos pensamientos descuidados, ciertas meditaciones ociosas, ideas que transcurrían fugaces, deleitándome un presente inesperado de aquel misterioso y encantador ser. De dónde habría salido este ayer que muy levemente, atisbaba un reciente encuentro que se había presentado sorprendente, un sol esplendoroso y magnánimo en medio de una tormenta, tornasolando esa ambrosía como la más flexible felpa de mis membranas. Yo era el receptor de aquel tesoro vocal, el beneficiario de aquella piedra preciosa de las sensaciones, ese depositario de un cuerpo virginal que parecía sentir cariño hacia mí. Al mismo tiempo seguía temblando de abajo a arriba, imaginando un final hipotético y desconocido; que aquella imperecedera princesa, solamente pudiera ser una cristalización, un reflejo en el espejo, una estatua de alabastro que, a menudo, acompañaban el sepulcro de dos amantes bajo la solemne y glacial tenebrosidad, de una arcada gótica.

Las palabras volvían a esconderse entre el silencio, para volver luego a afluir, volando y revolando entre las cuatro paredes de aquel carruaje, que provocaba un estruendo de frenesí en mi corazón. Cosas sublimes y maravillosas, narraban en mi interior arcaicas enternecedoras leyendas, ofrendas legendarias que dominaría toda mi naturaleza; la garantía que la vida no era siempre inevitablemente aburrida, prosaica y mezquina como la mayoría de las veces; que los sueños de los más visionarios románticos no fueron del todo, desvaríos de paranoico, destellos delirantes que no se disiparían como una antorcha.

Los minutos se habían sucedido acelederadamente, y los frenos y los mecanismos de alambre seguían estando en marcha. Volví a pedir consejo a la plata gris de mi reloj. Esta vez era las nueve, trece minutos, una oscuridad pronunciada que se cernía sobre todo y a todo rodeaba; y,  en el cuarto, un manto de sombra merodeaba como un fantasma.

Sus ojos empezaron a ajarse, abriéndose en el inagotable romance del ensueño y de la vigilia, deslumbrándome con  su mirada. Sus pupilas otearon en rededor, entornando los párpados, todavía somnolienta y aturdida por el descanso, sin saber que yo solamente era su espectador en toda su ostentación. Yo ya sentía la veracidad de su influjo, el más fragante fruto, que expiraría doloroso como un sueño inolvidable de vernal noche. Me había descubierto y me enalteció haciéndome sentir planes olvidados, permanecidos ya en mí por siempre. Más tarde fue su linda boca la que esbozó la longitud de su forma facial, insuflando miles y miles de sentimientos indescriptibles, demostrando que la hipótesis que yo me había planteado, era totalmente exacta.

Se puso de pie y exclamó solemne, admirable:

-Vamonos querido, al vagón de atrás. Huyamos de esta soledad de opulentos. Allí se hacinan los pobres, hombro con hombro, los honrados, los que muy poco tienen y menos aún quieren; los que jamás han coronado su cabeza con un sombrero, son los que más aprecian lo que es un corazón y un afecto; los enamorados que nada han tenido, son lo que más se aman el uno al otro y  los que se conforman con menos.

“Allí no caen bien los lazos, las corbatas, ni los cigarros caros. Allí nunca se ha fumado tabaco bueno, no se ha engullido faisán de coto, ni se beberá vino de Champagne. Pero ellos, festejarán su condición e irradiarán una sonrisa sincera, una expresión amable y gentil. Tenderán sus brazos, espléndidos.

“¡No hay puerta de atrás! No hay salida. Éste es el último andén. Nosotros somos los pobres, ¡pero los afortunados!

“¡Vamonos ya, al vagón de atrás!” 

-¡Balaam! ¡Mi asno!- entonó entonces un arcángel que había sobrevolado en la bóveda del cielo y que  alza sus batientes alas desplegadas, espiando el inicio de este episodio que acabo de contar.

El exaltado querubín parecía haber perdido el juicio y el sentido común completamente, o tal vez no había sido del todo cierto. Pero en la vida, éste había sido poeta o pintor, escultor, arquitecto de sueños lindantes y de admirable construcción. Estaba frenético porque antes habría sido más que artista que ángel, custodio de los apasionados amantes, cuya más celebrada rima había sido escribir cierto amanecer, inspirado por la aurora en un: “Siempre te amaré”.

No cesaba de cantar en inimaginables idiomas las pautas de este cántico, ebrio de una risueña hilaridad, aunque esta canción era más bien un clamor o un alarido, que un hosanna; y aquel coro de estrellas parpadeaba, esbeltas, fosfóricas, emitiendo ostensiblemente: “Sed felices de una vez por todas, benditos seáis; os envidio...

“Os envidio...

“Os envidio.”

El serafín seguía saltando y brincando riguroso, pidiendo tranquilidad a la amplia multitud que le rodeaba. Acababa de arrojar en el cubil, un despertador que había depositado en mi maleta y volvió a enterrarlo con granos de tierra. Por qué lo habría hecho. No comprendí aquella lección y nunca lo haría, culpable de mi ignorancia. Pero luego siguió con las tarjetas de los bancos, mis registros de mis impuestos, mis facturas, sin esa utilidad que ya no tenían. Qué buena y genial idea habían salido de su mente, quemar y arder esas almas impías que rellenaban de tinta esos empachados libros como este manuscrito, intentando demostrar que la irrealidad sería como ésta y no como lo otro. Ahora sí entendía su conciso, pero sincero monólogo, esa desgracia generalizada, por la miseria, por el hambre, por las guerras, por el cataclismo y la catástrofe social, por la injusticia total y universal, por la violencia emblemática en cada hogar, por la escasez de los valores, por la aberración de la población, por el genocidio, por esa legal hipocresía, por esa masacre animal, este planeta rechoncho que alguna vez chillaría como nosotros, en esa lógica obvia y cruel.

Iris y yo nos miramos directamente, segundos embriagadores que para mí significó la Eternidad y la Libertad. Ambos comprendimos lo que aquello quería decir: Una ley sin cadenas, sin ordenes, esclavos para nosotros mismos, comparsas de un destino que nos había reunido, el azar que había tramado indeliberado esta unión.

Nos acercamos el uno al otro, y en este ritual milagroso glorificó nuestros labios en un beso prolongado, irrepetible que jamás podríamos olvidar. Después nuestras gargantas, prometieron lo más hondo: “¡Para toda la vida! ¿O esto o nada, nuestro amor o la indiferencia?”

Mientras el ángel aplaudió con entusiasmo y se evadió por la ventana, cruzando esa estéril campiña, ese erial baldío que atravesaba este tren.                                                                                ¡Pero muy pronto una de sus alas plumosas, acabó por devolverme a esta funesta realidad!

Ahora el que había abierto los ojos, fui yo.             Me acababa de dar cuenta lo que había ocurrido en este naciente anochecer, con cierta vergüenza por lo que había sucedido. Ese sueño tan halagüeño, me había oprimido el corazón. Me había enamorado de una misma imaginación, festoneada por una grácil hermosura que ni yo ni nadie, podría describir con veraz realismo este retrato tan perfecto como yo hice.

La idea de regresar a mi casa, vacía y fría, en ese barrio inhóspito de los arrabales, me enfermaba de muerte. No tenía familia ni oficio, mientras apoyaba los pies en la alfombra aterciopelada, manchada de cenizas de las colillas de los cigarrillos, esa espesa sólida capa de barro.

Después de recordar todas esas obsesivas fijaciones, esos escasos triunfos que había tenido, conocer el amor como se conoce a un amigo íntimo, la soledad que me había acompañado a todos los sitios y me asediaba, me había arrancado una lágrima, horadada por la pena y el reflejo de esta tristeza, sin saber del todo si eso era vanidad o mi desgracia, esa terapia que era mi propia aflicción o mi sensibilidad. Siempre me había ocurrido lo mismo en tantas ocasiones... Víctima del efecto del spleen, ese gris acontecimiento me seguía quemando en la hoguera de la indiferencia, esa dirección equivocada de dónde íbamos. El placer seguía siendo como siempre un gas mucho más ligero que el dolor, que acostumbraba a alejarse raudo, robándote esas oportunidades que tanto nos hacían falta ser amado, tener a alguien que querer.

Llegaba un estridente murmullo que provenía del vagón-restaurante, el ruido estrepitoso de los platos, los brindis de las copas de licor, la música en torno de un piano que amenazaba la velada. Intentaba resistir otra vez el sueño fisiológico, ese cansancio y esa fatiga que me estaba venciendo como si el Tiempo, nunca hubiera sido inventado. Mis ojos enseguida se convirtieron en una masa blanda, liviana, elástica. Todo volvió a desaparecer como la niebla, una péndola de este ángel-poeta que se desprendió de su vuelo y cayó sobre mí otra vez, haciéndome despertar en una cortina vacía y desvaída.

Seguía sentado en el segundo compartimiento de esta locomotora, que bruñía cerca de la última parada, al lado de las farolas, los cables de electricidad y de la luz artificial. Me sentí de nuevo tan afligido, sabiendo que jamás volvería a verla, que saqué una libreta de apuntes y escribí una estrofa, intentando deshagorme de alguna forma. Inconscientemente, había recordado un trozo de un poema, cuando era adolescente y volví a rememorarlo; y finalmente lo apunté en este cuadernillo, en el que siempre venían números y más números de mi negocio, cada vez más ininteligibles...

El retrato de mi amada nunca dejará de reír

En entreabierta sonrisa pueril

Inocente mirada, refulgiendo austera                 Restos marchitos de óleos descorridos, envueltos por altivas columnas                                                          De cera

El día expiraba como un susurro y la noche más efímera aún. Un búho en las ramas de la Historia parecía entonar una sílfide en la lejanía de aquella costa pesquera, fundidas entre la negrura y la claroscuridad de este hábitat y este ámbito. Volví a releer ese papel surcado por un montón de borrones, intentando apurar esas metáforas sin respuestas, que cancelaban las ilusiones como una especie de bola de chicle. No me había gustado del todo y lo rompí, arrojándola frenéticamente por el frontal de estos escaparates del nítido vidrio. Quería romperlo todo después de esto, esta ristra de palabras vacías que había escrito, intentando germinar un presente que ese don del vivir, casi siempre, alteraba lo que queríamos.

La gente volvió a bajar del umbral, atravesando vaivenes irregulares, curvaturas difíciles de conducir la misma Naturaleza salvaje que nos envolvía en cualquier rincón. Me había pasado de estación de esa cita profesional, Platz, como la Plaza, con un negociador de contrato de empresas de artículos, en una ciudad norteña. Intenté recobrar el aplomo, en aquellas circunstancias. Ahora en el horizonte lejano, las amorfas nubes, cubrían o descubrían en el centro de un manchado techo, una bruma que humeaba la raíz de los castaños, la base de los macizos de piedra, los arbustos otoñales, desflorándolas en siete mil pétalos de las más margaritas. En diez minutos atravesó la caseta del vigilante, el jefe de los ferroviarios, resonando en alaridos y llamadas con el cornetín, anunciando que saldría en breves momentos, este convoy en un punto desconocido.                                         

Acabaron tocando el silbato. Los viajeros se despedían extendiendo pañuelos en las ventanas a sus allegados, a sus novias, a sus familiares, algunos desconsolados, otros contentos.  Había recogido mis cosas del armario y del portaequipajes, y empecé a descender las escaleras, para entrar en los dársenas y los muelles, aguardar la sala de espera, tomar un tentempié en la cantina o seguir durmiendo en cualquier esquina. Ni siquiera había podido bajar para adquirir la entrada de vuelta en las taquillas, este segundo trayecto de inutilidad. Era necesario tenerlo y lo necesitaba, cuando viniera el revisor y lo pidiera en esta caravana. Luego me marcharía en algún otro horario y en cualquier línea, donde tenía que haber estado hace unas horas.

Atrás se oían risotadas en un salón contiguo, un balbuceo jovial y jubiloso, una voz susurrante de mujer entremezclada con otro grupo numeroso de ocupantes, divididos en varias posiciones. El cambio de mi temperamento seguía triste y umbrío, extraviado en un tenebroso laberinto por lo que me había sucedido, intentando desentrañar esa telaraña que el mismo misterio maléfico, me había encadenado. Aunque sentía cierta curiosidad ingenua por lo que estaban hablando, lo que estaban jugando, lo que estaban haciendo animados y alegres, desprovistos de toda la envidia, toda la maldad, la falta de malicia que era una ley común cada vez más, en este círculo acuoso. De repente, sin conocer por qué, me sentí tan feliz como en tanto tiempo, que recuperé inmediatamente la fe perdida, el magnetismo que como el imán, esa energía, me penetraba invasora; y ese expreso rompió impaciente esa pared invisible, que se formaban ráfagas de brisa en la división del exterior. Envidiaba la forma que ellos tenían de vivir, la paz que irradiaban con una seguridad extraordinaria, pisando de lleno en el suelo con valentía, una sinceridad que era difícil de poseerla... Que cogí un paño de seda y me sequé en las mejillas, sudorosas con el llanto. Abrí el maletín de tela, me puse agua de colonia; cogí el espejo para ver cómo estaba; me peiné el cabello alisándolo, me abroché la americana y avancé con pasos fuertes y sutiles, silbando una canción popular para ganar su confianza, pero un tanto atacado por un manojo de nervios que casi, me hacían tiritar. Pero ya no deseaba retroceder, embelesado por aquella inesperada situación, esos ambiguos sucesos que nos estaban envolviendo. Por eso para que no haya confusión, a una la llamaré el sueño, a la otra la vida. Y en ese preciso instante, la vida y el sueño se confundieron en el mismo trance, como una encarnación de fidelidad que era la primera.

Fue ahora mismo cuando ocurrió un milagro ininteligible, algo que nunca hubiera creído que fuera a acontecerme, y me froté con la muñeca la esfera enrojecida de mi mentón, pensando que volvía a tener un enorme alucinamiento sensorial, algunos que soñaban dormidos, otros despiertos como yo estaba haciendo, que tal vez tuviera fiebre, que necesitaba algo: Clientes, adultos, lectores, las publicaciones, si las tuviese alguna vez, alguien que hechizara la línea recta de este texto.

Aquel departamento era el de clase de tercera, empapelados en algunas partes, por papeles estampados de islas y de elefantes, la mitad de las colgaduras de las ventanas que algunos gamberros, habían arrancado o habían pintado su nombre o su apodo, cestas de comida que se amontonaban en la barandilla de arriba y algunos objetos indescriptibles. De una forma verdaderamente misteriosa y fascinante, un perfume suave y exquisito, lo mitigaba todo como una  indulgente epidemia. Ese ambiente atmosférico y familiar, flotaba en el andén, mientras esa desconocida lo exhalaba todo con sus labios rojos y deseables, un vestido parecido a ése que llevaba puesto.

Había cogido mi equipaje y me senté a su lado- primero en el sillón de enfrente, luego un poco más, cerca, cada vez más de la puerta, de la toilette-, en compañía de esta gente humilde, sencilla, llanos; sin poder comprender aquella coincidencia tan portentosa, esa casualidad sobrenatural e litúrgica, que nunca había imaginado...; y acabé conociéndola, tímido, infantil, contándole todo lo que había pasado, lo que había sufrido, sin conocer a sazón, si estaban sus progenitores, su prometido, su celoso esposo, su enamorado...; y ella se sonrió abochornada, porque no estaban sus parientes y no tenían ningún compromiso...; y cuando le expliqué el cuento, ese onírico y celestial sueño, el parentesco de esa bruja de los defectos y todas las virtudes de las hadas, le confesé que le amaba locamente, prendado desde el primer instante, por esa mejor rosa de todos los jardines, sin poder explicar los motivos por lo que estaba revelando lo que sentía..., una meteórica fortuna que nos había cruzado con esa grandiosa casualidad, que jamás podría adivinar esa inminente felicidad nuestra, que nos llevaría pronto aunados y juntos.

-¿El vagón de atrás? Me lo había rogado, esa señorita- repuse vehemente y casi nostálgico, mientras la tracción de las catorce ruedas, empezaban a soplar los cabellos de metal, moviéndonos salvajemente el dibujo de este esqueleto galopante.

Ella continuaba con las cejas arqueadas, juntando las manos en su regazo:

-¡Éste es el vagón de atrás, el más barato!

-¡Lo sabía!- grité repitiéndolo y ella me miró extrañada, preguntando en broma si estaba delirante.

Le respondí con una sonrisa emocionada, un elenco de frases que cambiarían mi existencia, esos dos portentos que vigilaban taciturnamente las ramas de la esperanza, encarnadas en aquella imagen real que estaba situada, al fin, a mi lado. Con un arranque de simpatía, le tendí generoso mi brazo, reteniendo sus dedos en los míos, le ofrecí algunos caramelos que tenía en el bolsillo, escandalizada y pudorosa, sorprendida por esa acción temeraria; sin saber todavía que ninguno de los dos, aquella bendita suerte, nos habían unido hasta el final, pudiendo besarla como si fuera la primera, la última, esa nueva chica que pronto sería mi esposa y en la misma estricta intimidad de aquella boda, generosa para siempre en un dichoso prodigio.

Ahora siento su calor y siempre cada noche, me pide que me cuente antes de dormir, aquel ensueño afamado en esta barriada. Después, cuando termino aquella narración, nota su piel calurosa y estrecha su pecho contra el mío, anexionando su tez tersa, la veo, la siento y la oigo, como un himno de regocijo, mientras observo las montañas peladas, el sol oculto por las nubes...; ese graznido de las aves nocturnas, abriéndose y reverberando los pétalos de la noche, diciéndola: “Te quiero. Te quiero”.

Para siempre...

Nunca dejaré de sentir aquel favor que me condujo ese acicalado ángel,

y que  me guió después hacia mi futura esposa, esa dicha que nos rodea como en un cuento de niño. Cada año, el día del santo de San Lorenzo, prendo un ramo de camelias y lo deposito en el pedestal de aquella abadía, imaginando que está ahí; iluminando en la tenue penumbra en el claroscuro del refectorio, esas velas derretidas por los cirios, pero sabiendo de inmediato, que Iris- que también se llamará así mi primera hija- estará a nuestro lado, emperifollada con la mejor majestad y la mayor bendición, que deslumbrará de nuevo  su mirada y su gracia, la puesta del sol, el canto del gallo.

El leve rumor, las estrellas sedentarias que nunca retornarán.

Nunca olvidaré este tren, el vagón de atrás, las catorce ruedas.

¡Nunca Iris, nunca...!

¡Te olvidaré!                            Dedicado a mi hermano, Francisco.

(1963-2008)                                                                          

La última noche

          

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

            

- Ha debido de sufrir mucho…- comenta alguien, a mi lado.            Se habla de ello como del aire. Todo el mundo lo respira, lo absorbe y vuelve a expulsarlo con el paso del tiempo, como si nada, entre irregulares armisticios que solamente consiguen infundirnos una especie de calma esporádica. Pero, nadie lo ha visto nunca. El dolor es algo que se percibe, simplemente, algo que huele tan mal como un cadáver corrompido o una epidemia tifoidea. Se intuye, como el hecho de que hay otro gran planeta ardiente por encima de nuestras cabezas, que el día dura veinticuatro horas o que la gente muere más tarde o más temprano, sojuzgada bajo el imperio insoslayable de una realidad, unas circunstancias de las que nadie puede evadirse. Además, es necesario sufrir en esta vida. Todo el mundo lo ha hecho de una u otra manera en un determinado momento de su existencia. El sufrimiento forma parte de la cadena. Es una especie de comunión con la vida. Sin duda, uno de los requisitos indispensables que requiere el estar vivo.            - Pobre, tan joven y tan desconsolado...- es una voz suave y descuidada que parece conocer de cerca el sufrimiento, como se conoce a un buen amigo. Hoy por hoy, hasta los más jóvenes saben bien de la pena, desde el albor de sus días.            Es triste.            Siento curiosidad. Suena a tragedia. Los hombres contamos cosas tan dispares que, a veces, parecen sonsacadas de una imaginación perversa o una película de cine, un drama enorme del que nadie querría ser protagonista.            - Se separó de su mujer. Ya ves, llevaban cuatro años casados. Hacían tan buena pareja. Todo el mundo lo pensaba. Pero, al parecer, un buen día se dio cuenta, lo que es la vida, de que amaba a otra.            "Como si nada."            - Lo mejor de todo es que la conocía desde hace tiempo.            - Odio a los traidores.            - Y yo. Las cosas hay que decirlas cara a cara, no por la espalda. Se hacen o no se hacen, pero hay que hacerlas bien.            - Es cierto, pero la gente se comporta muy mal.            - Sí, debería educarse a los niños de otra manera.            Levanto la cabeza de un libro que no me interesa demasiado. Sus letras danzan ante mis ojos serpeando en elipses incongruentes, como serpentina; observo inanimado, decepcionado. Esperaba una historia más emocionante. A los niños hay que educarlos de otra manera... Cuándo se darán cuenta de que son ellos, precisamente, los que deben enseñarles las cosas más básicas. Si yo les contara mi propio caso. La aprensión que le estoy tomando a la soledad, a la oscuridad vespertina de este sucio trastero en el que duermo desde hace varias semanas purgando una condena de la que desconozco la culpa. Entre peceras, plantas resecas y muebles polvorientos, un pájaro inquieto sobrevuela la jaula de dos de sus compañeros de especie desde que las luces más madrugadoras del nuevo día iluminan sus cuatro puntos cardinales, extinguiendo la penumbra en el cielo claro de la mañana. No me deja dormir. A mi lado, la mesa en la que solía escribir antes de conocerte, un par de sillas destartaladas, las largas e interminables páginas, las cartas que te escribo a menudo sin que nadie me responda, las palabras agotadas en mi interior, las escasas expectativas, la desazón.            Oigo cómo los niños vociferan en las callejuelas, alborotados, antes de entrar en la escuela. El mar humano bulle alrededor, en todo su oleaje. Tú y yo hablamos de hijos en una ocasión, recuerdas. Pero los meses han pasado rápidamente y los hechos dan giros tan inesperados que las situaciones, en ciertos instantes, parecen irreales. Como si solamente fueran sueños, espejismos ilusorios de nuestra imaginación. Como si jamás hubieran tenido lugar. Ahora, cuando lo hacemos, sólo hablamos de reincidencia, de errores, de esta torturante separación. Nos imponemos nuestro propio suplicio pensando que la solución no está al alcance de nuestras manos. Luego colgamos el teléfono y seguimos sufriendo en silencio. Es ridículo. Entretanto, la noche cae, expira también el día en nupcias con el ocaso, un firmamento de vino rojo que cohesiona tus ojos con los míos. Inmenso, el mismo cielo nos resguarnece, nos une, en la distancia. A ti, a mí, que ahora estamos tan lejos el uno del otro...            Y la oscuridad acaba venciendo, en su litigio con el día.            Lo peor de todo, es despertar. Nunca me ha gustado dormir en pijama. Ahora, lo hago. En ciertos aspectos es una manera de reforzar mi estado anímico, como si suave tela fuese una armadura que me protege de este aislamiento. Mientras, el maldito pájaro verde no para de incordiar, batiendo sus alas sobre las sábanas y, al través de un pequeño tragaluz, la luz del sol me impide seguir descansando.            Ahí comienza la verdadera pesadilla: En el día que nace.            - Al parecer, de repente, se enamoraron. Como si fuese tan fácil enamorarse de alguien de un día para otro. Lo suyo estaba condenado a ser un fracaso...- continúa.            Y la mujer deja inconclusa esta afirmación, como si todo el mundo conociese de sobra el resto de la narración.            Todos estamos juntos, cada cual víctima de su propio ensimismamiento, como corderos en un redil de metal, de chatarra oscura.            - Tienes razón- observa su amiga-. A mí me costó más de un año saber que quería a Antoine.            "Sí, nadie cambia tan fácilmente..." Los pensamientos fluyen en mi cerebro como las olas en un piélago revuelto. Son casi obsesiones, ideas fijas, telas de araña de las que no puedo desprenderme, por mucho que lo intento.            Siempre he tenido la amarga sensación de que nadie me creía. Cuando hablaba, cuando escribía, cuando expresaba a voz alzada mis opiniones, mis convicciones. Las palabras son para los artistas. Y los artistas no viven en este mundo. Viven aparte de los demás sus vidas extraordinarias, su peripecia. A orillas del Amazonas, en la cima del Everest, en un barco a vapor que sopla bocanadas de humo blanquecino o planetas indómitos que ni siquiera los más intrépidos han logrado colonizar. Estaba convencido de que ésta era la opinión generalizada. Como si solamente fuera una estatua de mármol, un mudo cicerone loco, una grabación magnetofónica, lejana y distante, jeroglífica. Incluso, a veces, yo mismo pensaba que lo que le decía a los demás era algo fantástico y abstracto que ellos consideraban quimeras, delirios poéticos que les encandilaban, un puro y simple desvarío imaginativo que acababan olvidando; que estaba intentando escapar de una realidad que no satisfacía mis anhelos, mis ideales, el panorama que quería imponerle a mi propia vida.            "I´m your accidental protégé. I gave you the blood of my yesterday..." Recuerdo una canción que te restituye en mi memoria por unos segundos. Más bien te reinserta en ella, que nunca la abandonaste. Es otra de las particularidades del sufrimiento: Cada ser vivo tiene uno. A su medida. Como si lo hubiera confeccionado para él un sastre. Todos somos grandes en este sentido. Los más grandes. Casi absolutos, infinitos, como este cielo encapotado donde moran las constelaciones y que yo observo de noche por el tragaluz de este desván. Desde el hombre a la mujer, el pequeño al grande, el pobre al rico. Nadie se libra de la quema. El sufrimiento nivela todas las jerarquías, los estratos sociales. Como si el daño moral fuera un sombrero, unos zapatos o un paraguas agujereado. Hasta los perros, las flores y las golondrinas tienen sus sufrimientos personales. Quiero verte, quiero verte, quiero verte, resopla, mientras tanto, una especie de demonio interior en el lóbulo de mi oreja.            Es tan obstinado como la locura.            Nunca se calla.            Nada puede compararse a esto. Nada de lo que te precedió, de lo que te precederá. Nada. Ni siquiera esta canción que yo escuchaba mientras te esperaba con un vaso en la mano y una estilográfica en la otra, en ése que fue nuestro hogar durante más de veinticuatro meses. Ora deprimido, ora decepcionado, ora expectante. Esperándote, mi gran, mi lenta y pequeña muerte, mi amor...; mi amor, el amor de mi vida.            Las tardes eran tan gemelas en aquella pequeña casa, que acabé por acostumbrarme a ellas. El ser humano es un animal tan doméstico, casi, como un perro o un gato. No tarda en acostumbrarse a todo. Hasta a las rejas de una prisión o los rigores de la desgracia. Después, casi cuando la noche hacía declinar el atardecer, entrabas por la puerta. Tan sólo te respondía el silencio, el crudo silencio. Yo seguía escribiendo. "No puedes estar tanto tiempo encerrado- solías aconsejarme-. Tienes que salir un poco, oxigenarte." Y yo no te respondía, ofuscado en esa lucha marcial que había entablado con la lluvia y el trueno, con el rumbo de las circunstancias. Las lágrimas resecas en mi rostro como heridas cicatrizadas, la decepción renovada en el tuyo. La falta, la escasez, la rutina.            Pero el amor es así, mi niña. Nuestro amor era así. Incomprensible, porque no siempre es la gran aventura de la que todos hablan. "Your accidental protégé. My greater love, don´t turn away..." Nuestra gran proeza era sobrevivirlo, como sobrevivo yo a estas notas dolorosas que evocan en mi interior esas noches, todos esos días pasados, añorados, queridos...; regarlo de cuando en cuando con ciertas gotitas de afecto, con un gran manto de esta ternura cordial que nos aislaba del resto del mundo y nos convertía en unos privilegiados. Yo luchaba. Pero, no lo hacía por mera vanidad. No deseaba que los laureles de la gloria y el éxito ciñeran mis sienes, ni me pasaba el día entero encerrado en la propia novela de mi existencia por mí. Tampoco por ti. Lo hacía por los dos, por nosotros dos.            Por qué nunca comprendiste esta detestable verdad.            Por qué.            No puedo seguir leyendo. Cierro el libro. Sigo observando el entorno que me rodea. Éste es mi regalo de nacimiento: El entorno, la realidad.            Yo mismo.            Creo que me estoy volviendo loco, que me hundo, que no puedo soportar más esta situación.            - Lo mejor de todo- responde otra joven cuyo rostro me ocultan rubios bucles de cabello ondulado que caen en espirales sobre las aletas de la nariz, marginando sus gruesos labios cereza-, es que pronto se dio cuenta de que no podía olvidar a la otra.            El Amor.            Siempre el Amor, en todas partes, como una maldición.            -Ahora, dirá que era demasiado tarde- pienso. En el exterior, el horizonte es entre azul y gris. Es una extraña mescolanza. Nubes, rayos furtivos de claridad horadando este manto vaporoso; una dura pugna la de los elementos. La melancolía me invade, me desea, me provoca, me rinde.            Querida Tristeza, no puede decirse que nuestra larga historia de amor fuese un bello idilio, el acuerdo tácito entre dos seres que procuran, a toda costa, convertir sus dos corazones en uno y compartirlo todo: Los sentimientos, las palabras, las agridulces dentelladas de la vida..., incluso sus propias cenizas. Entraste en mi vida y me tomaste por la fuerza. Yo apenas era un joven...; un joven inexperto y, como tal: ilusionado. Lo tuyo fue una vejación, el derecho de pernada del que rapta de su primera noche de amor al amante del amante. Yo no sabía lo que era la vida. No sabía lo que era el dolor, qué eran los sueños, la ilusión, sino a través de los sueños, de las ilusiones ajenas. Desde ese momento, hemos vivido tantas cosas. Si dicen que la costumbre ayuda a amar, si afirman que los hábitos afianzan la indiferencia en ciertas emociones un poco más cálidas; si aseguran que, cuando yo estuve junto a ti, hasta la sonrisa estúpida de los niños era el dulce y el lenitivo de un espíritu consumido... Te espero de nuevo, pues, en la misma esquina de siempre, este turbio rincón plagado de feroces recuerdos que devoran mis entrañas de prometeo. Te aguardo sin fe, sin nostalgia. Te espero como espera el ciego el color azul, el arco-iris, como aguarda el mocoso que, desde una silla de ruedas, observa a los demás niños jugando abajo, en el parque. Como el que no puede oír, la más bella de las melodías. Te espero, querida Tristeza, en este minuto en el que la fealdad me parece radiante, en el que lo pequeño sería tan grande. Hasta la vida podría ser una sinuosa esperanza que recorrer si mis fuerzas no fueran endebles tentáculos de congoja, de desamor, de spleen, como una gran avenida sembrada, a ambos lados, de vergeles, de campos preñados en sus ramas fornidas de frutos, de savia, de la miel de una sonrisa sincera. No, ahora ya no hablo de ti; querida Tristeza. Esta noche hablo de otra; otra que, hasta hace muy poco, me miraba con ojos como platos y pensaba que yo era un príncipe azul, una corona de pétalos de flor, una diadema de oro, un blasón de porvenir.            Los recuerdos, tus recuerdos, nuestros recuerdos...            Hoy es un día cualquiera. Lunes, martes, ¡qué importa eso ahora! Un día de trabajo, una micra de tiempo entre mares bravíos e inmensidad.            - Quédate a dormir aquí, si quieres- me dijiste la noche anterior-. Se ha hecho tarde.            Más y más recuerdos.            Más y más, como en una guirnalda.            No se trataba de una proposición. Tú y yo no éramos dos desconocidos. Ya no éramos amantes. Tampoco éramos un hombre, una mujer, un varón y una hembra, capuletos ni montescos, abelardos o eloísas. No éramos nada, no éramos nadie. Éramos víctimas, mártires, gladiadores y leones, penitentes y verdugos bajo unos atributos análogos. Sería tan complejo definir qué éramos en aquellas horas confusas. No obstante, nadie podrá saber jamás, y muy pocos comprender, lo que representaron para mí semejantes palabras. Me sentí tan feliz por primera vez en mucho tiempo...; tan feliz, tan sorprendido... Habíamos estado cenando. Codo con codo los dos apóstoles, sin las veinticinco monedas de cariño que les habían unido antes. Muy cerca, tan cerca. Como tantas, tantas y tantas noches, ahora inalcanzables. Habíamos estado bebiendo vino blanco. Habíamos charlado de diversos temas, de cualquiera cosa. De los unos, de los otros, de ti, de mí, de nosotros, esta antaña y desvencijada pareja. Del pasado, el porvenir, los canales de Amsterdam que recorrimos en verano, la música. Yo llevaba toda la noche buscando tus ojos marrones, tu esquiva mirada. Mas, ésta se me negaba, se me escurría, pez platino que no quería dejarse atrapar en mi red. Volaba y volaba, en pos de sus mismísimos sueños.            Tenía tantas ganas de estrecharte contra mí con todas mis fuerzas, de notar otra vez ese cuerpo tantas veces aprisionado por mis brazos. Tu cuerpo necesita otra mujer, susurraste. Estas palabras me causaron un dolor agudo, como una puñalada, un mordisco hondo, profundo. Mi cuerpo te necesitaba a ti. Mi alma, mi corazón, el hambre, la sed que me devoraba.            Solamente a ti.            - En estos momentos, se nota mucho la ausencia de los seres queridos- sugiere a su amiga la joven de los cabellos dorados, ahora ensortijados alrededor de una frente amplia y unos ojos grandes, centrados. Se despide de ella y pasa junto a mí, la mirada perdida, producto inequívoco de cierta felicidad ausente, como si estuviera recordando algo bello, algo muy bello, inolvidable. Odio esa sonrisa. La aborrezco más que a nada, como aborrezco lo fácil, lo demasiado fácil, lo regalado, como ese sentido del humor chabacano y poco ocurrente que lucen ciertas personas aquí. La odio, porque la envidio. Entretanto, yo aparto los pies para que ella no tropiece con ellos, la joven baja ágilmente los tres escalones que le separan del andén y las puertas se cierran de nuevo. Por fin, he podido entrever sus rasgos. Su rostro no era agraciado. Acaso simpático, armonioso.            Natural.            Las ruedas metálicas del tren vuelven a ponerse en movimiento, chirriantes, cansinas, casi artríticas. Paisajes desolados, oprimidos por el peso inclemente del firmamento. Talleres de piedra sucia, fábricas de las que despuntan enormes chimeneas alargadas, árboles desperdigados en la verde campiña, primavera, soledad.            - ¿Puedo abrazarte?- te pregunté tímidamente, una vez apagaste la luz del dormitorio.            - No- respondiste secamente.            Y, entonces, mi propia luz se apagó en mi interior.            - No te crees falsas esperanzas, Marcel; no quiero dártelas. El que estemos durmiendo en la misma cama no significa nada; absolutamente nada- añadiste.            Pero la vida es testadura y el amor poco orgulloso.            Había vuelto a ser el niño que fui, el niño hambriento de siempre. No se trataba de egoísmo o avaricia, de mi seguridad, mi dicha, de la confianza que tanto necesitaba. Se trataba de alicientes, de un sentido, el único sentido que podía otorgarle aquella noche a mi propio existir. Creía que había defraudado a todo el mundo. ¡Muy bien! ¡Muy bien! Me quedan dos años. Tal vez diez, viente, treinta. Qué quedará de mí cuando muera. Acaso mis libros, las letras en las que he intentado cifrar desde siempre las emociones que me embargaban, los sentidos que me perdieron. No. Quedarás tú, y en ti: Yo. Esta turbulenta historia de amor, los recuerdos; lo único que jamás me separará de ti. De nuevo la amarga sensación, la hiel. Nadie me creía. Tú no me creías. La lección había sido tan dura, tan brutal. No me quedaba más remedio que repetir, que insistir. El más dulce, el más amargo. Podía haberlo sido todo o no haber sido nada. Como ahora. Dudas, dudas, dudas. Hasta yo mismo vacilaba en el espejo, frente al reflejo de mi propia alma. Estaba impotente ante los acontecimientos que se habían desarrollado tan vertiginosamente durante estas últimas semanas, sin que hubiera podido impedir que el carrusel se detuviera. Romeo se debatía en tu lecho, a tu lado, ese tálamo nupcial del que yo conocía cada pliegue, cada delimitación. No me dejas dormir, Marcel, y mañana tengo que madrugar, suspiraste, malhumorada. Me quedé petrificado. Tenía miedo.            Las estrellas estaban más cerca que tú y esta evidencia era angustiosa, mortificante, completamente insoportable para mí.            Entonces aspiré lenta, pausadamente, intenté cerrar los ojos, reposar, calmar mis ideas...                       El cielo se va nublando poco a poco, tras los cristales del vagón; amenaza tormenta. En lontananza, un relámpago ha surcado el cielo, cayendo a plomo sobre tierra firme. El vagón se tambalea como una montaña de gelatina y alguien, casi dormitando, se ha sobresaltado en un asiento del fondo. Un niño se ha reído. Su madre le ha regañado. Pero el travieso se ha tapado los labios con las manos ahuecadas y ha vuelto a sonreír a escondidas.            Son apreciaciones ambiguas, espejismos de mi pesimismo, de mi estado de ánimo. Esto es un funeral, mi propio funeral. Aquí está prohibido reír.            Nadie debería ser feliz mientras otros sufren.            Cuando mis ojos se acostumbraron al claroscuro nocturno, haces de luz lunar penetraban entre el intersticio de las ventanas. Contemplé de nuevo todas aquellas siluetas familiares, en esa reducida casa mal iluminada en la que tantas vivencias había experimentado. Memorabilia, Memorabilia, ésa había sido, en realidad, la verdadera isla desierta donde las semillas de mis sueños habían germinado y vuelto a marchitarse; aquella diminuta estancia sin vistas donde todo era posible. Desde lo bueno a lo malo, lo mejor a lo peor.            Ahora, todas estas formas indefinidas eran casi extrañas para mí.            El gato se movía a hurtadillas sobre la alfombra; me olfateaba, me reconocía.            - ¿Qué tal está la abuela?- había preguntado a mi padre aquella misma tarde.            - Bueno, dentro de lo que cabe...- ya casi ni me dirigía la palabra.            Su hermana acababa de morir.            - A medida que pase el tiempo, será peor- añadió.            Mi tía era atea y no había querido un cura a su lado en sus instantes postreros pero, a pesar ello, como si ni siquiera la última voluntad de los moribundos tuvieran ya valor en este mundo, todos mis familiares se habían puesto de acuerdo en dedicar un responso en favor de su descanso eterno, como si esto pudiera resucitarla o favorecer su paz inmemorial.            Mi padre estaba enfadado conmigo. Podía presagiarlo perfectamente. Sabía y se dolía con la agonía de una pobre anciana que pierde una hija y contempla su fantasma tocado de una opalescencia iridiscente corretear por su cuarto, pero no podía entender mi propio dolor. Yo, que también había perdido mucho, que lo había perdido todo. A pesar de ello, yo sí toleraba su carácter. Algunos se aferran a Dios como último extremo y otros, como yo, a su ayer para salir a flote. El poeta, me había presentado a algunos parientes indirectos el día de la inhumación. El poeta a quien nadie nadie lee que acaba de perder a su pareja y está un poco más, un poco menos desesperado que los demás..., el cuentista.   &n

Otra mosca en el plato

No había gracia en la sonrisa,

La verdadera hermosura era mujer, hembra de faz apenada,        Llanto que bailoteaba en la platea de unos ojos negros...

Cuando abrí sus ojos, no me asusté. Vivía solo con el fantasma del pasado anterior, habituado ya en un largo río del tiempo, todos esos primitivos pecados que me aturdían cada fría noche.

Cuando abrí los ojos, me aterroricé, excepto. “¡Das Ende! Ist Nicht”, lo pronuncié en el primero muro de Alemania, en Berlín o en Munich, con cualquier idioma, el suyo.

.           Prolongué el brazo izquierdo, buscando el despertador para mirar la hora. Estaba un poco asustado, por llegar tarde a mi nuevo trabajo, mi crisis económica, la novedad, la recensión analógica en esta época.            Pensé lo mismo, y últimamente sufría insomnio. Tenía que tomar cápsulas para dormir, tranquilizar, todo lo demás. Volví de nuevo para buscar el mismo libro..., que estaba leyendo..., no estaba acabado, sin final, cómo..., ciertas composiciones..., un frenético argumento para conocer el final de un trágico desenlace, esta novela real.

-Nunca te abandonaré, aunque tú no quieras- murmuró complaciente, revistiendo el tono de su voz cada vez más débil, sus sílabas melifluas en la tiniebla de una estancia abandonada a dos personas.

Y luego... Extendí el brazo, comido por el remordimiento y lo estreché en su hombro; observando las estribaciones del valle verde que filtraban desde el tragaluz, mientras la luna trenzaba en su cabello; las comisuras de sus labios, sintiendo lo absurdo que mi pregunta había formulado y que ninguno de los dos se había atrevido a contestarla.

La contemplé durante largo rato, mientras se cubría pudorosamente un camisón holgado y brocado, al mismo tiempo que limpiaba la mesilla cubierta de libros que recitábamos en voz alta antes de quedarnos dormidos; esas últimas composiciones que resumían las pequeñas estrofas que sirven el prefacio de esta confesión y que pronto os contaré con toda mi franqueza.

-¿Se lo contaste? ¡Dímelo, por favor, lo necesito saberlo! Te escuché, mientras estabas durmiendo. ¡Te has vendido! ¡Lo has hecho!- se levantó fogosa, encendiéndose un cigarrillo americano.

-¡No lo hice como un idilio!- le repuse; percibiendo su ataque, en pleno rigor-. ¿Tú crees que habría podido encontrar una vida así, paliar este vacío? No puedo limitarme de este modo. Tu tienes buenas maneras en el Conservatorio, la música, el piano, un buen porvenir. ¿Pero quién va a leerme a mí,  un hechicero de la poesía o un chupatintas?

“-¿Eres feliz?”- le inquirí.

-No lo sé- respondía sin más contestaciones y elocuente-. La felicidad no siempre es divertida. La vida se rememora en una fracción de un segundo, unos trozos de pintura. No podemos  soportar haber acabado algo que hemos empezado; observar el final de una obra que habíamos compartido todo nuestro tiempo, esas ideas que nos tatúa pero que luego se cerrará.

-¡Tienes razón! Pero me retumban los oídos cada vez que escucho todos esos pesimismos que las guardas como tu objeto de más valor. Hace falta tiempo para entender qué es, lo qué será. Cuando escribes algo intentas buscar tu doble, esos cuentos de hadas en el que conquistarás la mejor princesa, la más bella; todo eso lo que querías ser pero que nunca lo serás. Es una forma de entender nuestros pensamientos sin fecha de caducidad, alargar las manos desnudas hasta el cielo, dar nuestra teoría de lo que tenemos en la cabeza; el mundo alrededor, incluso el odio, la iracundia. Intentas ayudar a la humanidad, cambiarlo todo, expulsar como un vomito lo que tenemos dentro, lo que nos hace daño, destruir la locura, las manías con una terapia de la lectura, pero...

-Tú lo haces de esa manera, ¡verdad!- me respondía grave, mientras abría el postigo de la venta para aspirar el aroma de la lluvia, el sonido de la ventisca que chocaba contra el marco, algo que le hechizaba-  Yo no conozco nada de la medicina, ni la psicología. Camus lo trababa como un estudio, un experimento sencillo, choques entre las personas. Tú lo sabes muy bien; pero eres un poco ingenuo, un meditabundo, un iniciado de un fracaso adverso que no lo percibirás y que te irá a combatir como tu peor enemigo. Te alejas de la realidad, porque en el fondo, como todos, tenemos miedo de lo que podría ocurrir ahora mismo, la muerte, los males, la enfermedad, la posibilidad que cada día crece como un recién nacido, cada vez más gigantesco; la verdad que te está acercando cada vez más, un claro de un desierto que se engrandece cada vez más.

“Lo tienes a tu lado, Marcel, esas dificultades, todos esos problemas diarios que con la melancolía te convertirá en un desdichado. ¿No lo ves?- suspiraba, mirando de frente- ¡Hay mucha gente que es como nosotros;  que cuando hablábamos de todo esto, confesando con vergüenza todas aquellas vivencias, esas experiencias fracasadas, algo que ya no podíamos dejarlo ya dentro, nos induce que nos parecíamos casi del todo!

En el fondo, esas posibles evidencias ya no nos proporcionarían demasiadas esperanzas en nuestro futuro; esas realidades informes que, cada día, desaparecían como sueños y que abundaban en la desgracia o la jovialidad, la trágica comicidad de esta vida en una confrontación que muy pronto sería inevitable. Nuestra pasión era ya un deslumbrante padecimiento, grave a veces, rabiosa e intensa, la propiedad de nuestro amor convertido en algo extensible que ni siquiera la lógica o la ficción, pronto fletarían aquella revitalidad desventurada. Inesperada como un volcán intentaba deliberadamente convencerme de que el amor era un fenómeno imaginativo, que cuando teníamos hambre y empezábamos a comer ese apetito se iba, unas leyes gravitatorias que como una pelota volarían como los sentimientos, conyugales escenas que se ven en las series de televisión, las cortinas de los teatros. Después de divertirnos con un objeto ya no nos gustaría jugar a ciertas cosas, esas fotografías retrógradas de seres amados que se acabarían quitando del marco y acabaríamos poniendo otras para no causar un mal injusto, algo que sería imposible de aceptarlo.

-Nunca te dejaré, aunque tú lo desees. Pero es lo mejor, despedirnos ahora mismo, continuar en diferentes rumbos- asintió nuevamente, alzando una mirada serena como si temiese enternecerse.

Impresionado por aquella variación repentina me había llenado de sorpresa con todos esos planes que habíamos preparado, esas afinidades fugaces y esas semejanzas ambiguas que parecían emparejarnos para siempre. Era algo de cierto lo que ella me había dicho intentando adivinar lo que yo sentía por ella, esas afirmaciones terribles que había criticado, hablando de segundos platos y dobles polos, juguetes que ni siquiera los niños los disfrutarían. Le había dado todas las razones existentes, todas las que tenía a mi alcance, aquel miedo de un presentimiento que el final de todo esto pronto abriría las puertas de nuestra vida, el punto final, ese mal augurio. Quién estaba hablando de las desventajas sociales, los bloqueos bancarios, los impuestos legítimos, la destrucción de los valores y todo lo demás. La riqueza era un tesoro que muchas veces se guardaba como lo más preciado pero que, luego, sobrevolaría como un pájaro, esas caricias que observarían furtivamente esas almas peregrinas que no lo tenían y nunca la tendrían. Tenía razón, tartamudeaba, emitiendo una carcajada pueril cuando lograba idear una frase racional, mi deseo de encontrar todo lo que yo no podía emborronar en esta página, esas palabras vacías que la mayoría de las veces se disiparían entre los astros de un universo repleto. No, me reprendía; no me llames así otra vez, nunca más...; no soy ya tu amante,  tu canción de cuna, respondía de nuevo burlón con ese dialecto coloquial, otra postrera discusión como todos los días que se libran como batallas. No íbamos a reincidir, continuaba con carácter decidido, sus abigarrados colores estancados en la epidermis de su piel como un verdugo. Ya no podría permitirme el lujo de tener recuerdos, atormentado por esa realidad brutal que había escuchado. Eso me estaba prohibido, pertenecer a tiempos, a siglos remotos. Tenía que ponerme como ella otra máscara de caoba y una ristra de zafiros, comprarme todo lo que podía en estos tiempos atroces que mostrarían orgullosos esos grises colores de cobaya, esa vaga esperanza para intentar convencerla para no recorrer un sendero opuesto como éste. La Naturaleza había cometido el mayor atentado de crueldad que podía en toda nuestra historia: Hacerme prescindir de mí mismo, el entorno en el que se había desarrollado como si me estuviera despidiendo con mi ser amado, con su más sanguinolenta estoque, la desunión dolorosa entre la carne y la piel. No sería demasiado complicado encontrar a alguien, cubrir una capa de tierra a la anterior, pedir una receta a nuestro especialista o una nueva técnica para poder dejar de doler todo lo que teníamos dentro, carruajes de lata que correrían ágiles en el cielo, agujas de reloj que partirían más rápido que este tren a través de acantilados. Sería peor, siseaba, intentar buscar la última oportunidad para ser felices, anegados en las burbujas del mar eterno, el torrente de nuestros propios imperfecciones. Así no tendríamos que rellenar un montón de pliegos o abogados, quién iba a llevarse todas esas pertenencias, esos abalorios que habíamos comprado para esta diminuta casa, esa colcha en la que en noches de otoño, acumulaba invencibles todo lo que sentíamos en aquella extraña morada. -¿Puedes darme el último beso?- le pregunté con incertidumbre, añadiendo con más dulzura; cayendo la tarde.

-Ya me los has dado- comentó vehemente, mientras hacía danzar sus líneas del humo de tabaco, sacudiendo su melena con coquetería-. Incluso en la mejilla, mis labios intentando escapar. ¡Sigues oliendo a mi perfume!¡Me has incitado!

-¿Estás de broma? ¡No lo creo!- indagué contraído por el frío, temblando todo mi organismo.            -La cabecera de la cama todavía huele a sudor y la sábana sigue estando arrugada. Odio el don de esas  tentaciones, es un pecado extremo. Dame un beso si quieres, pero como amigos-. prosiguió, apuntando las yemas de sus dedos, cada vez menos servicial; anunciando directamente que con este diálogo obsoleto todo ya estaba concluido, las velas apagadas por los soplidos del presente, las tijeras que cortaría nuestros lazos y nuestras cintas.            La niebla nocturna humedecía el cristal del balcón, que circundaba la periferia y el arrabal. Descolgué la americana sin decir nada, me abrigué con la gabardina, inspeccionando si todo lo que había guardado en la maleta lo había puesto, algunos de esos jerséis que me habían regalado en alguno de mis cumpleaños que les había tenido bastante cariño. Un frío gélido hacía temblar bruscamente el umbral de la ventana, cuando soplaba furioso y distorsionado el viento. Pronto nevaría y una tormenta de gruesos copos de nieve encortinaría un manto de hielo en los páramos, las cúpulas de todas las casas, esas veredas simétricas que albergaban una orientación lineal.

Su rostro, seguía pareciendo la fisonomía de una mujer que estaba verdaderamente enamorada, aunque nunca lo reconocería; esa languidez de una expresión que parecía musitar mientras callaba en silencio, aguardando esta triste emboscada que pronto ocurriría. Sus ojos desvirtuados en un marco visible que realzaba sus mejillas sonrosadas estaban blanquecinas, fantasmales, casi espectral; su piel enfermiza que alumbraba y palpitaba en el resplandor de una pequeña lámpara que se proyectaba a través del cortinón de alpaca.

La expresión de su cuerpo, empezaba a notarse estremecido por un naciente gemido, no por esos pocos grados polares, ese invernal clima que reinaba en aquel estudio; conociendo de sobra que nada cambiaría después de lo que habíamos hablado, promesas malogradas que jamás volverían a repetirse, esas estrellas que en el horizonte no obtendrían nuestra luz.

Su semblante se me aparecía tan radiante, tan deslumbrante y tan angelical de lo que nunca lo había descubierto, mientras vertía esos lamentos amargos de dolor con una emoción contenida, esa contradicción de frases que ella había camuflado como un falso argumento de actriz. Seguramente esto, sería la victoria de nuestros recuerdos contra el olvido, la derrota de esta nostalgia encarnada, que con ese juramento perceptible que habíamos compartido, muy pronto, sería un compromiso oficialmente finalizado, esas docenas de remembranzas sobrecogedores que jamás se irían en nuestro corazón.

Después de esa noche, nunca más volví a verla.

Aquí empezará entonces este cuento, lo que fue...

Todo comenzó justamente en el momento en el que estas palabras quedaron relegadas a ser un simple eco, una farsa, la interpretación de dos actores en plena tragicomedia. Pronto el tiempo, zarandeó lentamente el aire con su guadaña. Fueron días y semanas, incluso meses, que transcurrieron aburridos en una soledad inextinguible, como si aquella imagen estuviera cicatrizada hasta el final de mi corazón, cuando ella y yo- no desvelaré su nombre concreto y ni siquiera el mío- decidimos tácitamente no volver a vernos nunca más. Entonces a raíz de esta traumática separación, empecé a sufrir angustiosas pesadillas, una turba descontrolada de millares de dispares y deformes imágenes, incongruentes e irreales, que muy pronto cedían el paso a la más pavorosa alucinación de los sentidos que loco alguno haya podido padecer en sus accesos vesánicos. Por encima de mi cabeza, rozando casi el techo, sobrevolaba una mosca común que, al posarse en cualquiera polvorienta superficie, comenzaba a corretear delirantemente de un lado para otro con sus patas largas y sus ganchos ventosos. Su nervioso zumbido le delataba haciendo que mis ojos extraviados invadieran su procesión, que reinaba en una atmósfera sin ningún soplo de brisa. En muchas ocasiones esta criatura se aproximaba al lecho en el que yo dormía, aquellas sábanas humecedidas por un sudor febril que estaban alborotadas por mis dedos convulsos y un espeluzno que me recorría el cuerpo. Las órbitas de mis ojos giraban y giraban dando vueltas a su eje fijo como un carrusel, intentando cerrar sus puertas a la terrible quimera: El repulsivo insecto díptero que tenía mi misma cara, una encarnación de mis propios miedos, un monólogo de lo inverosímil, una demostración de que lo imposible era imposible del todo.

En aquel preciso instante empezaba a tener consciencia de que me estaba acercando a la mosca y que, vigilando en rededor a través de sus convexos y protuberantes ojos, era totalmente anulado para ser de una manera íntegra, el bicho asqueroso que escasos minutos antes había visto cuando volaba en el interior de mi habitación.

La mayoría  de las ocasiones libaba con una especie de antenas con forma de trompeta las motas de polvo o los residuos de alimentos, que ahora eran como enormes rocas de cuarzo; y por todos los rincones, resolviendo la protección de arañas hambrientas, vigilando en un puesto fronterizo, lo que antes fueran bacterias invisibles, micro-organismos imperceptibles para la pupila de un ser humano se habían transformado en cientos de miles de legiones enteras de serpientes moviéndose y enroscándose unas en las otras, creando su amasijo la danza inefable de los cabellos venenosos de la medusa. Unas veces agitaba con extraño vigor unas alas húmedas y membranosas y salía disparado en proyección vertical, con lesa facilidad. Otra volvía a aterrizar la hoja de un geranio que había depositado sobre el alféizar de mi ventana abierta, sobre el lomo de un libro de Maupassant o en páginas borrosas apiladas en el escritorio.

En una de ellas, apenas ese mismo anochecer, había garabateado, embriagado por la absenta y embargado por la amargura: “Mi única ambición era sorber el veneno que destilaba la hoja de laurel, ¡y perecer víctima de mi propio Arte, de mis creaciones, sollozando de alegría! Pero, a lo que parece, era demasiado y ahora sólo poseo mi trofeo de soledad.”

Fue curiosamente en aquel trance, casi una escritura automática, cuando me cercioré de todo esto. Podía parecer paradójico, pero todavía conservaba intactas mi capacidad de análisis, igual que antes- la certeza de que todo lo que veía lo hacía voluntariamente-, de que mis peludas patas se estaban dirigiendo irremisiblemente hacia un umbrío agujero, horadado en una de los muros de la habitación que estaba revestido de algo que asemejaban orondos hilos de algodón blancuzcos, una tela de araña en un ángulo de noventa grados, la posesión del matarife y ese carroñero.

Completamente fuera de mí, conociendo bastante visible el peligro que nos acercaba, recordé mis experiencias infantiles cuando arrojaba con un acceso cruel y por brutal capricho hormigas en telarañas, simplemente para verificar cómo inermes y sin esperanza de supervivencia eran arrastradas por fuerza y sin voluntad, devoradas hasta en el interior de la madriguera.

El pánico me enajenaba aumentando su densidad, infinito como los oscuros cielos en la negrura, limitados como los mares, incesante como la posible desgracia. A medida que me aproximaba más podía vislumbrar mejor y con mejor calidad la sobrecogedora cueva, progresando azoradamente la oquedad de un ladrillo roto. Gateando la mosca, pasito a pasito de sus musculosos miembros hasta que irremediablemente, me quedé pegado a algunos hilillos de los que no pude desprenderme de ninguna manera. Con cada movimiento, cada desesperado intento de desasirme de aquellos férreos grilletes que aprisionaban mi cuerpo, cada vez que me movía una arena movediza eslabonada en telas de seda, sólo obtenía como este resultado el enredarme aún más en la madeja del adhesivo paño que había tejido aquella araña, mediante el extremo bajo del abdomen, las hileras y órganos productores de aquel algodón con el que tapizaba su vivienda antes de cazar y devorar sus presas.

Estaba ya completamente atrapado, hasta el punto de que solamente podía girar la cabeza, cuando dos patas peludas, gigantescas y punzantes, que acababan en una afilada uña picuda, se movieron en la tenebrosidad y saliendo, Dios sabe de dónde, se abalanzaron sobre mí y con agilidad felina me trasladaran hasta los recovecos de su guarida, el almacén de su comida. Al fin pude contemplar de cerca en toda su monstruosa extensión, su tamaño excedía casi cinco veces del mío, a la alimaña sangrienta, carnívora con la que los niños-hombres se regodean y juegan ufanos, ¡dichosos ellos de no ser una mosca inofensiva entre los entresijos de las pesadillas vigílicas y las experiencias azarosas de esta existencia!

Era un ser colosal y aterrador dotado de una cabeza informe, descomunal y descompensada, de la que sobresalían dos colmillos herrumbrados por sus banquetes caníbales que se abrían y cerraban rítmicamente, adivinando un orificio y algunos apéndices donde humores y fluidos hediondos se vertían sobre el suelo de aquel cementerio, plagado de cuerpos podridos ya de descomposición con una sequedad pétrea, sobre mis alas plegadas sobre mí, además de poseer en sus gestos maquinales la apariencia más feroz y sus ademanes más infernales que nadie pueda imaginarse. Otra cosa que me llamó la atención fue el profuso colorido y abigarrado de su tórax, en matices en ciertas zonas de colores amarillos, vistosamente recubierto de vetas verdes y rojizas, un par de uñas profusas alrededor de sus palpos igual de nocivos.

A nuestro alrededor, cadáveres resecos de otro insecto pendían de más hilillos, marionetas cuyo bramante sólo lo movía ahora la mortecina corriente que filtraba desde el exterior. Entonces me vino a la cabeza de un modo más que sorprendente la visión de todos aquellos inocentes animales con los que el hombre desfoga su represión, a los que devora y que cuelgan de garfios en las carnicerías, mientras la gente pasea indiferente a través de su exterminio y se subasta la sangre cuajada de estos vacunos, de que su alimento serán bien comidas que mana boca abajo hasta encharcar la superficie de estas tiendas de mercado. ¡Eso vino a la cabeza durante aquellos extremos minutos! ¿Pudiera existir tal similitud?

El monstruo tirano, como un dictador, desaparecía entre las profundidades de su nido, dejándome en la selecta compañía de hormigas y mosquitos ya difuntos. Entonces me sentí perdido, paralizado por un miedo absoluto y con la irrefutable evidencia de que nada ni nadie podría devolverme a mi antaño estado humano, con sus ventajas e inconvenientes, o despertarme de nuevo al mundo pasado, al mundo horrible que yo habitaba hasta hace muy poco. Estaba convencido de que en cualquier momento la araña caería sobre mí engullirme y succionar mi sangre, la carne aún hirviente, mis tripas, mis vísceras, mis sentimientos.

Solamente, era un trozo de músculos en la despensa de un monstruo bestial e inflexible. Las horas se sucedían, una tras otra. El reloj del tiempo transcurría de nuevo tan inexorable como siempre, inalterable. Cada segundo se asemejaba a una hora: Enloquecedora, lenta, brutal, inquebrantable. Maquinalmente sentía en todo mi interior el deseo de que todo cesara, de que mi suerte fuera una u otra, de que la agonía, la angustia, la tortura interminable pusiera el punto y final a mi vivir zozobrante, a mi congoja fiel. Sabía que para mí no había salvación posible. Pero, por otro lado, somos tan necios que en algunas ocasiones todavía seguimos aguardando algo que nos mantenga a flote, una luz posterior que estimule los días rutinarios... ¡La Esperanza es una ceguera tan contumaz...!

Todavía blandía la tesis de todos, esa realidad camuflada de felicidad que abundaría menos que ese dolor como un comicio, aquella acumulación de estados de desanimo que tentarían la familiaridad diaria, la dicha lejana como todos los ensueños y las ilusiones.

De vez en cuando asomaban de nuevo aquellos dos horrendos y puntiagudos tentáculos, mientras filtraba algunos rayos de sol que moría en el este mismo anochecer. De repente pensaba: “Ha llegado el momento. Éste es el final, el mío, el anhelado final de este relato, mi último capítulo.” Pero la araña comprobaba que continuaba reteniendo su despótico imperio sobre mí y volvía a evaporarse en la negrura.

Me encontraba preso, recluso de una condena que me habían condenado. Sólo era una víctima que pronto vería cómo aquellos colmillos sedientos y estacados se cernirían sobre mi cabeza, arrancándola para comérsela viva. Pronto, muy pronto. Entonces gritaba, gritaba, demente, en pleno paroxismo de pánico...

Era en ese momento cuando sobrecogido de dolor, delirante en una aguda fiebre nerviosa, despertaba y regresaba a la realidad cotidiana. Pero ¿cuál de ambas era más detestable? Regresaban a mí la tristeza, el recuerdo, el tuyo. Se me restituía el filo helado del cuchillo de su pérdida y deseaba volver a quedarme dormido para intentar olvidar. Inmediatamente recordaba la atroz pesadilla de la araña y mi corazón estallaba en un llanto invisible, porque sabía que estaba verdaderamente encarcelado por una tela de araña vital, real, tangible, que acabaría conmigo tarde o temprano. De este modo transcurrían estas horas difíciles, cruciales, este tránsito durísimo. Esta prueba de fuego para mí reblandecida y carcomida resistencia. Llegaba el fin de semana hasta no importarme nada en absoluto. Salía con los allegados por los bulevares de la gran ciudad. Bebía hasta no poder más. Estaba anímicamente hundido. Era un espectro, un deterioro, una chanza de mí mismo, una ironía de lo que fui, un esperpento pusilánime y derrotado sin ansias de luchar. Pero, a pesar de ellos, seguía sintiéndome un rigoletto cualquiera, porque hasta en aquel trance bárbaro no podía substraerme a los comentarios soeces, vulgares, a las sonrisas efímeras, las palabras y sus frases sin sentido, imbuidas en una conversación trivial y sabatina. Me olvidaba de intentar dialogar de veras con nadie; ¿tenía a alguien a mi lado con quien conversar, hablar realmente? Hoy no puedo acordarme. Pero sé que me hubiera servido de inestimable socorro. Reprimía sentimientos y sensaciones placenteras, solapaba las quejas de mi espíritu atribulado, el reproche, la protesta, la injusticia de mi situación aquel presente inmenso que me había convertido en el chivo más expiatorio. Maldecían con rabia mi ostentosa sensibilidad que, en vez de haberme reportado los beneficios de la distinción, la frialdad de la indiferencia antes los males de los suyos y los placeres de la elegancia, se había erigido en mi tribunal, en mi juez, en la principal fuente de toda mi desdicha, tres meses gemelos que se encadenaban como náufragos en las latitudes de madera.

Hasta que una jornada, cualquiera comencé a evitar el bullicio, a renegar de los de mi especie, sintiéndome con una mejoría cuando me encontraba solo en mi encuentro, mi hogar cada vez más vacío. Incluso había días que ni siquiera veía el paisaje que me rodeaba, aquella cadena montañosa que circundaban cimas de vegetaciones y de arbustos, llena de bosques de sauces verdes, monasterios de siglos antiguos y anteriores del siguiente. Me sentía, repito, como una alusión de los eruditos, mucho más aliviado en solitario estado, que en cualquier compañía.

Un anochecer del mes de mayo, una de esas noches claras, bonitas y limpias, bajo una aurora en la que antaño se camuflaban las siete musas y, estimulando mi imaginación, me hacían respirar hondamente, muy hondamente. “Quiero encartarte, quiero embrujar a una, solamente a una persona de mi talla, que permanezca conmigo siempre. Para toda la Eternidad. ¡Bufonesca utopía!” Así gemía mi alma oprimida aquel mágico elixir de ese anochecer del mes quinto del año, mientras descendía por las modernas escaleras mecánicas del metropolitano, dando tumbos, hecho jirones entre siluetas difusas, ambulantes, personas sin rostros definidos.

Todo me daba vueltas, no podía hacer decaer unos pensamientos que dolerían mi mente confusa. Las ideas convulsas eran avispas que clavaban su ponzoñoso aguijón en su interior.

Bajé. Y, por fin, en el andén, pude hallara la complicada solución a todos los problemas que me habían acuciado recientemente. Supe lo justo, lo mínimo, lo suficiente...

...Y ya, regenerado, metamorfoseado en una grandísima mosca, posé mis patas sobre los raíles calcinados por el humo de la energía y las vías entrecruzadas, y me dirigí al túnel, a aquel enorme agujero, de nuevo hacia la telaraña. La oscuridad de esta cavidad me absorbió entre los consternados gritos chillones de las mujeres histéricas y las arengas de los aspirantes a héroes...; me tragó y, al fin, pude descubrir a la verdadera arácnida, cuyas dos abultadas y luminosas patas comenzaban a asomar al otro bufando, a aproximarse vertiginosamente hacia en mí en dirección contraria...

Para masticarme definitivamente, como en aquellas pesadillas.

Nunca te dejaré, Marcel                                                                                                    Y yo a ti tampoco...                    “¡Qué felicidad era ser amado!” (Goethe)

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