La voz de Laura había sonado turbia, como saliendo del sueño.
Monté el viaje en dos días de vértigo ; preparé una maleta sin orden ni concierto y salí para el aeropuerto casi sin dormir , pensando nada más que en Gabriel. Al entrar al autobús tropecé en el escalón ; me levanté y me vi, sin quererlo, en el espejo : la palidez, el pelo, la boca. Creo que fue desde ese momento que sólo quise mirar el cielo.
En el aeropuerto tuve que esperar varias horas. Me instalé junto a los paneles de cristal, sobre las pistas; de pie allí veía el cielo, como una placa de plomo, y el avión al fondo de la explanada, al borde de una llanura de hierba amarillenta.
Porqué está amarilla la hierba, si estamos en primavera. Será por el aire caliente de los aviones, que la marchita .
Un autobús nos llevó hasta el avión. En media hora el pasaje estaba instalado y ya carreteábamos en la pista.
Un avión semi vacío. Qué bien. Es por la época. Poca gente viaja en estas fechas.
El asiento junto al mío estaba libre. Detrás se sentaban un hombre moreno con el pelo sobre los hombros y un muchacho flaco, rubio, con grandes gafas; cruzando el pasillo había un par de parejas con niños.
Yo pegaba la frente al cristal de la ventanilla para ver de cerca las nubes grises, cada vez más oscuras, que se abrían en flecos sobre las alas, cuando aparecieron las azafatas en la cabecera del pasillo empujando el carrito de las comidas.
No tengo hambre. Pero con qué gusto tomaría vino, blanco o negro, da igual.
Me sirvieron vino blanco, muy dorado, de una botella pequeña con etiqueta negra. Bebí muy rápido un vaso, pedí otro.
Detrás de mí el hombre del pelo largo y el muchacho rubio hablaban mientras comían.
- Quiero agregar un piso a la casa. Para los críos, sabes. Pero en el banco …
- Hay que arriesgarse si se quiere tener algo –
- Así es. El tema es el banco, que …
El vino tenía un deje dulzón, aunque era seco y fuerte . Bebí el segundo vaso a sorbitos sin apartar la vista de los nubarrones, que eran ahora negros, arremolinados, con un borde de sol . .
- Negro y oro, el cielo . Como para un poema – dije en voz alta.
Un niño me habló desde el asiento contiguo. – ¿Eres profe ? - Me giré.
Un crío de unos diez años estaba sentado junto a mí, chupando un caramelo.
Pensé en enviarlo de vuelta con sus padres, pero no lo hice.
Me apetecía charlar.
Pues bien. Hablemos.
- No, no soy profe. ¿Porqué lo preguntas ? -.
- Por eso que dices, del poema -.
- No lo soy, no -.
Este vino me ha caído mal. Porqué tengo yo que hablar con este enano.
Fuera, el avión cortaba una masa de nubes negras, infladas de lluvia . De tanto en tanto un rayo de sol se abría paso y centelleaba al chocar contra el metal del aparato.
- ¡Mira! - cogí al niño del brazo y lo puse de pie a mi lado, junto a la ventana.
- ¡Ooohhh!! ¡Son relámpagos! -.
- Sí -.
Así estuvimos, con la nariz pegada al cristal , tapándonos los ojos cuando golpeaba la luz.
Después, las nubes negras se convirtieron en una espesa pared de bruma, la luz fue difusa, gris. El niño se sentó junto a mí, sin despegar los ojos de la ventana.
- ¿Cómo te llamas ? -.
- Guille -.
Pues a ver, Guille, qué me dices. Tienes ojos en la cara, y te gusta mirar el cielo. A ver.
- Dime, Guille -.
Se le había acabado el caramelo, y ahora se chupaba un dedo . A veces se lo quitaba de la boca y con él apuntaba al cielo, mascullando algo.
- Qué -.
- Qué crees que hay detrás de esas nubes -.
Se giró hacia mí por un momento, con el dedo en la boca, después se volvió otra vez al cielo.
- Más nubes -.
- Vale. ¿Y detrás? -.
- El cielo -.
- Sí . ¿Y hasta dónde hay cielo ? .-
Guille miraba la niebla gris pegada al cristal y con la mano derecha se cogía el dedo aún manchado de caramelo.
- No sé – dijo en voz baja , sin volver la vista.
- El cielo sigue, y sigue, y sigue. No termina nunca -.
- ¿Cómo nunca ? – chilló enfadado.
- Lo que te digo. Nunca -.
El crío miró otra vez el cielo , que era ahora de un azul desvaído, me miró, se giró de nuevo a la ventana y se lanzó a berrear.
La mamá , una chica morena de cara alargada y seria ,se lo llevó en brazos, sin decir palabra.
Qué lástima. Una vez que quiero hablar con un niño .
Detrás seguía la charla.
- Yo voy detrás de un piso en la playa. Ya hemos mirado algo, pero es difícil. Habrá que trabajar más –
- Uy , mira esas nubes . Da cosa, no -.
- Qué va. Sólo son nubes -.
- La inmobiliaria es la única inversión segura. Inviertes, y ...
Justo entonces se encendieron todas las señales luminosas, el avión comenzó a sacudirse , a caer de golpe. Al otro lado del pasillo Guille estaba aún en brazos de su madre, y me miraba con los ojos muy abiertos.
Qué vino sería, con ese deje dulzón que no me puedo quitar de la boca.
El avión seguía bailando. Afuera estaba oscureciendo, pero se veía la lluvia caer en rachas oblicuas sobre el ala, sólo unos metros más allá de mi ventanilla.
En quince minutos ya era noche cerrada y el avión volaba en calma . Una azafata rubia y corpulenta pasó cerrando cortinillas ; se apagaron las luces.
Será el cansancio, será el vino, pero creo que no me callaré algunas cosas que estoy pensando. Es ahora o nunca.
Encendí la lamparilla de lectura , busqué en el bolso hasta encontrar la agenda, arranqué unas páginas .
Hoy y aquí diré lo que ahora mismo tengo en la punta de la lengua.
Alrededor, todos intentaban dormir. Guille estaba tendido , con las piernas sobre el asiento y el cuerpo estirado sobre la falda de su madre . Detrás de mí, alguien roncaba .
En tres páginas escribí lo que sigue , una frase por página :
NINGUNO DE VOSOTROS DOS SABE QUE SE VA A MORIR.
HAZ ALGO QUE VALGA LA PENA : SIRVE LA CENA DESNUDA.
DILE A GUILLE QUE SI SE CAE EL AVION MORIMOS TODOS.
Plegué cada hoja en dos, las puse sobre mi falda y esperé . Creo que dormí un rato. Cuando desperté, el asiento trasero estaba vacío; dejé la hoja plegada sobre el apoyabrazos y fui al lavabo . Dos azafatas dormían junto a la cocina; al pasar, pegué la hoja detrás de sus cabezas, sobre el asiento.
Me costó más la tercera; tuve que esperar a que la mamá de Guille se durmiera . La puse en un sobre , la mitad hacia afuera, en el bolsillo del asiento delantero, cuando el niño y su madre dormían, uno sobre otro.
Qué alivio. Ahora me puedo dormir. Más vale algunas cosas dichas a tiempo que sucumbir a ataques de furia.
Me desperté llegando a San Antonio. En el aeropuerto estaban Elena y Santiago, Laura, y María ; las chicas con la cara gris y marcada por la noche en vela . Elena se adelantó unos pasos cuando me acercaba .
- ¿Y ? -.
- Ya descansa -.
- Es mejor -.
Nos abrazamos . En las primeras horas de la mañana de aquel otoño el aire era transparente, frío y agudo como la hoja de un cuchillo. El cielo era altísimo, azul y sin nubes.
Elena y Santiago me llevaron en el coche . La carretera estaba vacía; a ambos lados había jardines con hierba alta delante de casas bajas, cuadradas.
Parece una ciudad abandonada , barrida por todos los vientos, con un algo salvaje.
Santiago iba al volante, yo junto a él, Elena detrás.
- Bebí un vino muy fuerte en el avión, de esos que desordenan las ideas -
- Mientras no le hayas pegado a nadie -.
Elena, con un chistido, desaprobó el chiste.
Después hablamos de la vida, de la muerte, de lo que queda después, si es que algo queda. Al entrar a la ciudad ya había tráfico en las calles .
En la Avenida Central avanzamos poco a poco; Santiago, distraído en la charla, no aceleraba a tiempo; los conductores que nos seguían se enfurecían.
En cuanto pudo, cogió una lateral.
- El espíritu es inmortal – dijo, después de un silencio.
Elena se inclinó hacia adelante .
- Todos decimos eso, pero estamos bien agarrados a este mundo -.
Mi prima es morena y alta; siempre habla fuerte moviendo mucho las manos.
- Nos domina el desconcierto y nos aferramos a lo que nos rodea –
dijo Santiago, y tuvo que frenar de golpe. No había visto el rojo de un semáforo .
Para entonces me pareció que nos alejábamos del centro .
Nunca se sabe adónde nos puede conducir el destino.
Estábamos en una calle estrecha, bordeada de árboles muy finos y largos, sin hojas. De un lado había un muro alto, del largo de toda la manzana; del otro, casitas bajas, sin jardín, con ventanas y puertas cerradas.
La voz de Elena sonó alarmada.
- Adónde estamos, Santiago -.
- No lo sé, me distraje hablando -.
- Qué estás diciendo -.
- Miraré el mapa -.
Santiago aparcó a un lado de la calle y sacó un mapa de la guantera, lo desplegó; Elena , a su lado, lo ayudaba.
Yo salí del coche , crucé la calle desierta.
No soy buena para distinguir olores, pero juraría que todo lo invade el olor a bestia.
Un largo rugido seguido por varios chillidos me confirmaron que del otro lado del muro estaba el zoo.
La pared seguía todo a lo largo de la calle, seguramente había jaulas cerradas arriba . Cada pocos metros vi, a ras del suelo, pequeñas rejas que sobresalían en rectángulo sobre la acera.
En el coche aún estudiaban el mapa; desde donde estaba vi a Elena y a Santiago de pie , con el mapa extendido sobre el techo, discutiendo con grandes gestos.
Me puse a caminar. Sólo quería mover las piernas y mirar el cielo, tan alto y claro .
Cómo puede ser así de azul.
El olor llenaba el aire : se oían carreras cortas , resoplidos, golpes y topadas contra el muro.
Vi de lejos, a la mitad de la calle, una mancha blanca que se movía en una de las pequeñas jaulas enrejadas, y caminé hasta allí : el hocico de lo que creí era una jirafa se abría paso entre dos barras de metal para alcanzar la hierba del cantero . Arranqué un montón, se lo acerqué; desapareció sin siquiera olerlo. Después la oí resoplar contra el muro.
Podéis rugir y chillar, nadie os sacará de ahí dentro.
Cuando volví al coche vi a Santiago echado sobre el volante y a Elena, despeinada, que lo sacudía .
Abrí la portezuela, nerviosa .
- ¿Qué pasa ? –
Apenas vi los ojos de Elena por entre el pelo que le cubría la cara.
- Se ha dormido. A veces le pasa -.
Di un paso atrás, miré arriba : el sol subía, trepaba ya despacio por el muro del zoológico . Pasaron algunos hombres en bicicleta, con mono de trabajo.
Elena soltó a Santiago y se volvió a mí para gritarme a toda voz ,
- ¡Corrre ! -.
Me lancé a toda marcha ; no estábamos muy lejos, conocía la ciudad.
Llegué a tiempo para ver cómo una inmensa grúa subía el ataúd hasta la hilera más alta de nichos .
Adiós, Gabriel.
Abracé a muchos, besé a Rafael, que salía de entre los árboles, y me quise marchar.
- Te acompaño -.
- No, me voy sola -.
Caminé hasta la calle el sendero de grava entre los cipreses con la cara vuelta al cielo de poderoso azul.
Pensé en Guille berreando, en Santiago dormido sobre el volante, en Elena gritando con el pelo sobre la cara y me dije que, para todos igual, el cielo calla .
Quién tuviera a mano un vaso del vino dorado de la botella pequeña, el que desordena las ideas.