PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Medina, Rafael M. (Mome)

El castellano nació en Cantabria



EL CASTELLANO NACIÓ EN CANTABRIA

Seudonimo: Mome

En un principio nadie lo creyó, pero resulto rotundamente cierto. No lo dice un servidor, ni lo dice la tele, lo dicen los americanos. The castellano language was born in Cantabria, fue lo que dijeron para ser exactos.

Fue justo cerca de Comillas, muy cerca de Comillas, como si Gaudí intuyese, de algún modo, que su concepto arquitectónico de volumen tenía algún tipo de atracción por las palabras, que también tienen volumen. Allí un grupo de arqueólogos de la universidad de Tenesse excavaban sobre un pastizal donde las vacas pacían, practicando un agujero de unos veinte metros por diez de ancho y, apenas, uno de profundidad, porque no tuvieron que excavar muy profundo. Bajo cien centímetros de tierra rica en nutrientes se hallaban nuestras palabras abuelas, los antecesores de estas letras, los promotores de nuestra expresión.

Llevaban pinceles y espátulas de todos los tamaños, picos y palas para las capas más superficiales y todos vestían algún tipo de uniforme de pantalón corto, camisa de manga corta, botas hasta el tobillo y un sombrero de ala ancha. Al principio sólo trabajaban por la mañana, pero al ver los primeros resultados continuaron incluso por la noche, pues instalaron caros aparatos de iluminación que le aportaban una cobertura lumínica perfecta, quitándole a la luna su protagonismo nocturno.

Fue Maggie, una estudiante rubia y muy delgada, nacida en RapidRiver, Dakota del Norte, quien primero dio la voz de alarma.

Estaba concentrada en el centro del agujero, acostada sobre un tablón pues no podía pisar el suelo, ya que se corría el riesgo de romper o quebrar alguna consonante.

Y ellos lo sabían.

Sabían que las consonantes son más quebradizas que las vocales.

Lo estudiaron en la universidad, en Tenesse, donde se embutieron en laboratorios con tecnología punta, para sumergir las palabras en líquidos compuestos por expertos químicos, buscando la reacción ante aquellas sustancias tan agresivas.

Primero, para no lanzarse a lo loco, cerraron todas las ventanas del laboratorio y llenaron una cuba con agua pura, destilada. Después escogieron la palabra water, que en castellano significa agua. Y la sumergieron. Aquella palabra no se sintió ofendida con su significado y tuvo una reacción esperada, de modo que decidieron dejarla durante dos días en su líquido para observar que no había reacción alguna ni cambio en su aspecto.

El experimento fue una gran noticia pues todos los telediarios del país ofrecieron grandes cantidades de dinero para poder llevar, junto con sus famosos presentadores, a la palabra water para que todo el mundo pudiese verla.

Sin embargo después de varios experimentos donde las palabras sufrieron incontables torturas, tales como inmersión en ácido, pruebas de fricción, test de resistencia a la helada y test de presión, donde se pudo comprobar que las consonantes resistían peor el efecto del peso aplicado sobre ellas que las vocales, debido, quizás, a la redondez de su forma. I aparte.

De modo que Maggie sabía que no podía pisar aquella superficie tan delicada, por eso se tumbaba en los tablones que utilizaba para cruzar el agujero, cuando cepillaba la capa más fina pues sospechaban que muy cerca se debía encontrar las antiguas palabras del castellano. Hasta que en el camino del pincel se interpuso una piedra del tamaño del puño. Era bastante redonda y la estudiante pensó en las piedras de los ríos, redondeadas por el rozamiento o quizás redondeadas por el tiempo, como si fuese papel de lija. Así que Maggie agarró el martillo para romperla y despejar así el camino, pero cuando lo tenía en alto dispuesta a descargar su peso, recordó lo que su profesor, Walter de Denver, Colorado, le dijo antes de partir hacia España: any rock, any single stone, can keep inside a word. Y aquel consejo pasó por su mente: cada piedra puede tener en su interior una palabra.

Era de Colorado. El profesor.

¿Y si aquella piedra tenía dentro, por ejemplo, la palabra castigo?.

Maggie dudó. Dejó el martillo y comenzó a cepillar la lisa superficie mientras sus compañeros la llamaban a gritos para ir a tomar el sándwich de jamón y queso del medio día. Sola, tumbada y concentrada fue limpiando aquella piedra, acompañada por los rugidos de su estómago vacío, hasta que sus ojos se abrieron casi a la misma dimensión de los cristales de sus gafas.

No era una piedra.

A todas luces aquello no era una piedra.

Porque Maggie, que era de Dakota del Norte, estuvo a punto de martillear una a que tenía siglos de existencia. Comprendió entonces la redondez de la forma, mientras sus ojos volvían a su tamaño habitual, y cuando su garganta decidió que ya podía gritar después de haber estado como congelada, se levantó del tablón y dijo: ¡I’ve get it, I’ve get it, I’ve found an a, it’s round, it’s nice, it’s old, I’ve get it!.

La chica gritaba y saltaba sobre el tablero que se pandeaba como si fuese una tabla de trampolín: ¡lo tengo, es redonda, bonita y antigua¡, sin preocuparse del riesgo de caer dentro del foso.

El almuerzo fue abandonado sobre un mantel a cuadros rojos y blancos flanqueado por grandes y resecas moñas de vaca pues todos americanos salieron corriendo hacia su compañera, incrédulos del hallazgo.

Más tarde, a la media hora, volvieron hacia el mantel en un absoluto silencio y cabizbajos. Tom, otro estudiante de Huston, Texas, sacó una botella de bourbon y llenó unos vasos de plástico. Todos brindaron, profesores y alumnos, impregnados del silencio de la alegría, de esa forma de hacer, porque después de tantos años de espera, estudios y pruebas de laboratorio no sabían que decirse porque nunca pensaron en el momento del descubrimiento, de modo que no dijeron nada y aquella aptitud fue como el fin y el inicio a un mismo tiempo.

Eso dijeron ellos, porque después explicaron a los medios de comunicación su decisión de abandonar los estudios sobre las hipótesis del origen del castellano, para comenzar sus estudios sobre hechos físicos, sobre aquellas palabras que todos a la de una se lanzaron armados con sus espátulas y sus brochas, dejando que las vacas husmeasen los sándwich de jamón y queso con sus húmedos hocicos. Maggie de Dakota y Tom de Texas, llevaron el peso de la exhumación de la palabra completa cuya a sobresalía como una piedra de río. Las manos se movieron con rapidez apartando toda la tierra que la abrazaba desde incontables años, hasta que poco a poco apareció aca. Pero tuvieron que excavar un poquito más hasta sacar a la luz la palabra completa: vaca.

¿What means vaca?, preguntó Tom, Texas, y Maggie, Dakota, que tenía conocimientos básicos del castellano le contestó que vaca significaba vaca. Vaca means cow, fue exactamente lo que dijo. Allright, asintieron todos al comprender mientras miraban aquella palabra, pronunciada a través de los siglos incontables veces.

Era la abuela de las vacas.

De modo que las palabras fueron extrayéndose con el mismo respeto y delicadeza que se dedicaría a una momia, para transportarlas mas tarde hasta la universidad de Tenesse donde serian estudiadas a conciencia por profesores y alumnos.

Aquel yacimiento quedo casi olvidado, abandonado como una fosa donde se hubiesen exhumado cadáveres de algún ajusticiamiento, porque no pudieron encontrar mas que unas diez palabras, entre las que se encontraban salchicha, amor, cielo y el verbo sonreír.

Y fue, precisamente, el único verbo el que comenzó a morir, porque allí, en Tenesse las palabras abuelas del castellano morían.

Maggie, que como sabemos es de Dakota del Norte, no comprendía que las palabras pudieran morir: I can’t understand, se decía una y otra vez, y su profesor le explicaba que había algo raro en el aire que las precipitaba a la podredumbre, que aunque quedasen aisladas las destruía de alguna manera.

La estudiante, con ojos llorosos, miraba como la ultima r del verbo sonreír perdía su solidez, herrumbrándose y desintegrándose como el hierro gastado de un buque muy viejo, quedándose en un leve montón de polvillo amarillento.

Había algo en el aire de Tenesse que no le sentaba bien al castellano.

Unconfortable, fue lo que Maggie, Dakota, le dijo a su profesor, Tenesse.

Unbeliveble, no way, le contesto.

Pero ella tenía razón: el castellano no puede sobrevivir fuera de su país, porque no se sentía cómodo. Quizás si se hubiesen llevado los hallazgos arqueológicos a Buenos Aires, sonreír hubiese tenido una vida placentera y larga, pero en Tenesse no, en Tenesse había algo en el aire que las mataba.

De modo que como los de Dakota del Norte son personas resolutivas, Maggie llamo a Roberto, un compañero de clase de origen Mexicano y le pidió que le tradujese al castellano la palabra caw, y Roberto le dijo vac… vac… va….

No podía.

Las palabras estaban desapareciendo y a vaca le quedaban los días contados si continuaba en aquel ambiente enrarecido de Tenesse.

Y fue a partir de aquí que un sistema de evacuación diseñado por el propio profesor Walter, Colorado, que vino expresamente desde Denver para tomar las riendas del asunto antes que se fuera al desastre un verbo tan necesario como sonreír. Primero se contrataron vuelos especializados y transportes especiales que pudiesen dejar en menos de veinticuatro horas a las palabras exhumadas en el mismo lugar donde fueron descubiertas. Todo aquel remolino de tecnología, transportes y efectividad asusto a Maggie, Dakota, pues le hizo ver que la premura era la máxima en aquella operación.

Y por fin, con la mayor de las solemnidades, Walter, Colorado, Maggie, Dakota, Tom, Texas y el profesor de Tenesse sepultaron de nuevo las palabras abuelas allá donde se descubrieron, dejando asegurado el futuro a la palabra vaca.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de