La máquina de café que instalaron en nuestra oficina estaba decorada con una foto de metro y medio del castillo de Neuschwanstein. Desde lo alto de su risco, el edificio, con torres asimétricas y gabletes un poco románicos y un poco góticos, dominaba valles nevados, un bosque de abetos y un lago de montaña en el que se reflejaba parte del cielo azul, puro, glacial, sin nubes. En la parte de abajo, en tres idiomas, estaba escrito: “El paisaje más bello del mundo”.
-¿Es Suiza? –preguntó Inés mientras desembalaban la máquina.
-Es Alemania –respondió Montero-. Lo construyó el rey ése que luego se mató porque dijeron que estaba loco. Uno que tenía una barca en forma de cisne. Uno que abdicó porque le obligaron.
Aquel día, todos pasamos por delante de la máquina varias veces. Convinimos, por la quietud que emanaba de la escena, que la foto se había hecho a primera hora de la mañana. Nos fijamos en distintos detalles, como unos árboles que desaparecían en la nieve a medida que la ladera se hacía más escarpada, o las placas de hielo en todo el borde del lago. Creo que cada uno de nosotros quiso, a su manera, ser el rey loco.
Un aire alpino llenó la oficina de olor a resina y a coníferas.
Pero la máquina no daba cambio, y los precios estaban decididos con toda intención. Un cortado, por ejemplo, costaba un euro con treinta céntimos. Un café con leche doble, un euro con cuarenta y cinco. Uno solo, euro con diez. El té, en cambio, un euro redondo; pero nadie toma té. Los que alquilan la máquina lo saben y se hacen ricos con los picos sueltos de la gente que no tiene cambio justo.
A mí, como jefe y encargado de la contabilidad, me preocupa que se gaste sin razón. Evitar el pequeño goteo puede significar, al final de año, algo de dinero a nuestro favor para detalles de Navidad o la propina del restaurante de la cena de empresa. Todo cuenta.
Así que se me ocurrió adelantarme al problema y preparé una tabla con los nombres de los empleados en una columna, a la izquierda, y las modalidades de café en una fila, arriba; dejé más espacio en las categorías de cortado y con leche. Anotaríamos cuánto dinero echábamos en cada consumición en el cruce entre su y nuestra casilla. Cuando viniese el técnico a calcular la recaudación, sumaríamos el número de cafés y no le pagaríamos ni un céntimo más. El resto del dinero lo devolveríamos a sus dueños según la lista.
No sé cómo lo hacen en otras empresas, pero me temo que se dejan hipnotizar por la belleza del paisaje.
Imprimí la tabla y la pegué en un lateral de la máquina. Me fijé en el castillo, glorioso, y me imaginé a mí mismo en una noche helada. Estaba perdido en una densidad gélida y lechosa, en un bosque hundido en niebla. De vez en cuando oía el ruido de la nieve al caer de las ramas de los abetos. Los cristales de hielo crujían bajo mis botas, y yo caminaba hacia la muerte por congelación o, quizá, hacia el amanecer. Por sorpresa, ante mis ojos, de repente la niebla empezó a teñirse de azul claro y se disipó en jirones deshechos por los primeros rayos de un sol blanco y mate. Vi una torre cónica, un grupo de ventanas, un muro en talud, un tejado de pizarra y, al fin, naciendo entre la niebla, el castillo completo en la cima de una peña. Mayestático en el fondo del valle. Sublime como en la foto de la máquina.
A los dos meses, después de calcular la recaudación, sobraban casi cuarenta euros.
Fui puerta por puerta a todos los despachos:
-Sala de juntas en diez minutos.
Les recordé que la iniciativa de la tabla repercutiría en todos nosotros y que debíamos tomarnos la molestia de anotar el dinero de todos los cafés que tomásemos, incluso si pagábamos el importe exacto, en la casilla que nos correspondiese. Si no lo hacíamos por nosotros, debíamos hacerlo por solidaridad con el ahorro de nuestros compañeros.
-No quiero que nadie pierda dinero pero, desde luego, no quiero que nadie se quede con nada que no sea suyo. Alguien no está apuntando sus consumiciones. Tenemos dinero de más.
-A mí se me ha olvidado alguna vez –dijo Silvia.
Le pregunté cuántas.
-Eso no lo sé. Cinco, seis, pero casi siempre llevo cambio.
No recuerdo quién confesó algún otro despiste. Nada en concreto.
-Si sobra dinero y no es de nadie –propuso Begoña-, entonces es de todos. Lo usamos para la oficina, y ya está. Si os parece.
Nadie reclamó el dinero. Esa misma tarde, al volver de comer, paré en una floristería y compré una planta de jazmín.
Estuve un rato decidiendo dónde colocarla, y al final elegí un rincón a la derecha de la mesa de Montero porque sospechaba de él. Le había visto muchas veces por el pasillo con un café en la mano, pero nunca con un boli. En la reunión no había abierto la boca, y me pareció lógico pensar que, como era mayor, era culpable de olvidar. Quise recordarle la importancia de anotar los cafés –todos los cafés- y puse la planta a su lado, como un mensaje delicado.
Montero se quitó las gafas y movió su silla hacia atrás.
-Esto, ¿a qué viene?
Sentí el calor de la vergüenza en la cara, y después en todo el cuerpo.
-¿No le gusta? ¿Me la llevo?
Le estaba insultando. Estaba ofendiendo a un hombre a punto de jubilarse, al único compañero a quien todos tratábamos de usted.
Me sentí, de repente, muy imbécil, allí agachado al lado de su mesa.
-¿Me la llevo?
-Déjela.
-Aquí tiene buena luz.
-Que la deje ahí. Gracias.
Noté el corazón en la garganta y volví a mi despacho como si saliera a la pizarra a recibir un reglazo en la punta de los dedos.
El dinero es algo muy espinoso. Por eso hay que ser escrupuloso en su manejo.
Unos días después, salí de mi despacho y me encontré a Montero delante de la máquina de café con una moneda de dos euros en la mano y una sonrisa debajo del bigote. Como quien dice, con el cuerpo del delito.
-Le iba a pedir cambio ahora mismo –dijo.
Mentira.
-Descuide, Montero –contesté –a éste le invito yo, que llevo suelto. Un café no va a ninguna parte…
Algunos no aprendemos nunca.
-…pero muchos cafés, al final…
Montero clavó la mirada en el lago. Parecía que iba a deshelarlo.
-No me puedo creer que todo esto sea por unos céntimos –dijo.
Y me dejó con dos cafés delante de la máquina. En la torre más alta, justo debajo del tejado, me fijé en un balcón circular, con una balaustrada de arcos apuntados muy estrechos y juntos. Quise imaginar la vista desde allí, pero no pude.
Me bebí mi café, y después el de Montero.
¿Cómo me había dejado llevar por el sentido del ahorro?
Algo menos de dos meses más tarde, justo antes de que el técnico pasase por la oficina, tuve una sorpresa. Montero asomó la cabeza por la puerta de mi despacho. Estaba de muy buen humor.
-He pensado algo, pero no se moleste si se lo digo –empezó-. Antes de que me monte otra reunión extraordinaria o me lleve un ramo de rosas a la mesa, lo confieso todo. Yo soy el que no apunta los cafés. Se me olvida, qué le voy a hacer, no me acostumbro.
Se sacó un paquetito plano del bolsillo.
-Esto es para usted, para que no esté disgustado conmigo ni me ponga en evidencia.
Era una foto de una montaña dentro de un marco plateado. No supe si el regalo era el marco o la foto.
-Es el pico más alto de Austria, el Grossglockner –dijo-. Casi cuatro mil metros, cerca de Italia. En los Alpes Nóricos.
-Pero, Montero, no tenía que haberse molestado. Es una foto preciosa. Bueno, en realidad es una montaña preciosa en una foto preciosa. Y el marco, claro, sí.
No sabía muy bien qué decir.
Montero se sentó en una silla y cruzó las manos en el borde de la mesa.
-Usted es el que no tenía que haberse tomado la molestia; a mí las plantas se me mueren siempre.
Empezó a hablar de montañas. Me contó que, de joven, había escalado el Cervino, el Mont Blanc y alguna otra. Estuvo un rato largo en mi despacho dibujando peñas y desfiladeros con las manos en aire.
Al final, me dijo que ya no escalaba.
Ahora lo que le gustaba era cazar.
-Osos. Matar un oso, eso sí es un sueño. Aquí en España no se puede, está prohibidísimo, pero en Rumanía y en Hungría, sin problemas. Se compra una licencia y listo. Hay osos por todas las montañas.
Me contó algo más y se fue. Creo que había entendido que a mí, en asuntos de dinero, me guía el celo y nada más, y me había perdonado.
Al día siguiente, después de recaudar, sobraban unos cincuenta euros. En realidad, pensé, si Montero era el único que no apuntaba sus cafés, el resultado no cambiaba en absoluto. Todo el dinero extra era suyo. Como si apuntase, pero con tinta invisible.
Decidí esperar a reunir el dinero de varias recaudaciones y devolvérselo, todo junto, en su cumpleaños. O quizá, mejor, hacerle un buen regalo, algo más personal, elegido para él. Se me ocurrió un chaleco de caza con muchos bolsillos.
A Montero empezó a gustarle llamar a mi puerta a media mañana. Golpeaba suavemente con el canto de una moneda y decía:
-Si alguien quiere un café…
A veces, yo salía y tomábamos el café de pie delante del castillo de Neuschwanstein, viendo los abetos y el cielo azul, pero casi siempre se sentaba en mi despacho, hablaba diez o quince minutos y se iba.
Llegué a saber de la vida de Montero más que nadie en la oficina, y creo que en la tierra entera. Me contó que vivía con su tía anciana, en el piso de ella.
-Un cura la dejó embarazada durante la guerra. Se fue a vivir con mi madre, le obligaron a abortar, empezó a perder la cabeza. No hace nada, no sabe dónde está, cree que yo soy el hijo del cura. Se pasa el día sentada al lado de un radiador, invierno o verano. Eso es todo, no hace más. No va a durar mucho, está ya más seca que la mojama. En cuanto caiga y yo me jubile, a vivir, se lo digo como lo siento. Vendo el piso y me largo a cazar. No voy a dejar ni un oso en todos los Cárpatos.
Montero era un buen hombre. Era oscuro, pero bueno.
Y no es que me resultase desagradable, pero, muy poco a poco, Montero pareció dar por sentado que a mí me apetecería escucharle todos los días. Se acostumbró a imponer su presencia a media mañana, con un café para él y otro para mí. Era evidente que no hablaba con nadie más. Empecé a echar de menos perderme entre los abetos nevados, en soledad, con un café en la mano frente a la máquina, y no volver a escuchar la historia del cura violador y el hijo abortado.
-Ah, y masca –me soltó una vez de pronto.
-¿Masca? ¿Quién?
-Mi tía, sí. No se lo dije el otro día. Se mete un bizcocho de soletilla en la boca y lo masca un rato. Si se le pega al paladar, se hurga con el dedo. Luego toca el radiador para ver si está frío o caliente, ya sabe. Así todos los días.
Efectivamente: así todos los días. Ciervos, zorros o raposas, me daba igual.
Cuando Montero hablaba de su vida, desprendía nubes de polvo.
Pasaron tres meses así. Me cansé de Montero y de su tía. Intenté evitar que se quedase más de cinco minutos en mi despacho. Le decía que tenía trabajo o llamadas urgentes, y él aceptaba mis disculpas. Dejaba la puerta abierta cuando venía a verme. No quería que me contase nada de su vida.
Lo del canto de la moneda en la puerta dejó de tener gracia.
Montero era un hombre muy deprimente. Bueno, pero deprimente.
Una vez, abrí la puerta de mi despacho y me encontré a Inés absorta en la contemplación de las laderas alpinas. Llevaba un jersey de cuello vuelto con un crucifijo por encima y el pelo recogido con horquillas.
-Estaba pensando –me dijo- en aprender a esquiar.
Parecía volver en sí después de un trance.
-Por cierto, tenía que decirte que Montero me ha dado la planta que le regalaste. Dice que no quiere que se le muera, que él tiene muy mala mano.
-Gracias, Inés.
-¿Sabes si desde Sierra Nevada se ve el mar? No a pie de pista, eso me figuro que no. Pero, igual, a lo lejos. Esquiar viendo la Alhambra con el mar de fondo, ¿te imaginas?
-Creo que no. No está todo tan cerca, y creo que además son direcciones distintas.
-Bueno, ya veré. Igual sí.
Y entonces, una tarde, me quedé el último en la oficina. Al salir, Montero estaba sentado en el sofá del portal, con una revista de pesca sobre las rodillas. Esperándome.
-Tengo el coche en el taller. Si no le viene muy mal, ¿le importa acercarme?
Vi a Montero como por primera vez. Me fijé en su cuello, atravesado por arrugas horizontales, en su bigote amarillento, en las manos cubiertas de vello hasta la mitad de los dedos. Llevaba gafas nuevas, sin montura. Se estiró el pantalón al ponerse de pie. Las uñas, largas y limpias.
En el coche, me contó una historia en la que él y un amigo se perdían en los Dolomitas y dormían en una cueva. Pasaban tanto frío que se meaban en las manos para que no se les congelasen. Sobrevivían de milagro.
No me lo creí, no me importó y me dio asco.
Paré el coche a la puerta de la casa de su tía, un bloque de pisos de estilo franquista en piedra gris y ladrillo. La mayoría de las ventanas estaban apagadas. Imaginé a la tía de Montero, consumida en un sillón, fuera del tiempo, al lado del radiador, al final de un pasillo interminable. Una casa como de familia numerosa, llena de habitaciones Todas cerradas. Una eterna sensación de domingo de posguerra por la tarde.
Miré a Montero y se me hizo un nudo en la garganta. De perfil era viejísimo.
Yo no tenía nada que decirle.
Montero enroscó la revista de pesca en su regazo.
-Si quiere –ladeó la cabeza-, mi tía está más muerta que viva.
No sabía de qué me estaba hablando.
-Montero, no le entiendo –dije.
De verdad, no le entendí.
Se bajó del coche y entró en el portal. Estaba encorvado, llevaba el abrigo sobre los hombros, encendió un cigarro antes de abrir la puerta. Le envolvió el humo gris, gris, gris.
Al día siguiente, con ciento cuatro euros a su favor, Montero se pegó un tiro en el pecho.
Como jefe, me encargué de las formalidades. Convoqué a todos los compañeros a la sala de juntas, les di la noticia y expuse el problema del dinero sobrante. Votamos, por unanimidad, emplearlo en una corona para el entierro. Era lo correcto.
Fui a una floristería. Sobre el mostrador, una señora de mediana edad y pelo negro pasó las páginas plastificadas del catálogo de coronas funerarias.
-Esto es orientativo –dijo-, recién hechas quedan mucho mejor.
La más pequeña era del tamaño de un roscón de Reyes individual. Todas me parecieron bonitas y caras.
El dinero llegó para una mediana.
-¿Qué texto va a querer en la cinta? ¿Es para un familiar?
-Para un compañero de trabajo.
-Entonces, ¿“tus compañeros”?
-¿Tus compañeros? ¿De tú? –le pregunté.
-Claro, sí. De tú. A los muertos de tú, siempre. Sí, siempre. Pero escribimos lo que usted prefiera.
Elegí la corona y el texto, pagué y volví al coche. Pensé que había llegado el momento de empezar a tutearte, Montero, y se me saltaron las lágrimas. Hacernos esto a nosotros, a tus colegas. Te lo habrías pensado si hubieras visto a Begoña al salir de la sala de juntas. Fue a la máquina y miró la lista de los cafés, pasó los dedos por tu nombre y se echó a llorar sin poder controlarse.
Tus casillas vacías, Montero, eso fue lo peor. Como si hubieras empezado a irte antes de tiempo.
Nadie habló en todo el día. Sin preguntar a Inés, tiré la planta de jazmín. Guardé la foto del Grossglockner en un cajón de mi mesa y llamé al informático para que limpiase tu ordenador. Repartí el trabajo que habías dejado pendiente entre Silvia y Rodrigo. Los restos de tu presencia física, Montero, desaparecieron de la oficina en un par de horas. Preparé una tabla nueva, ésta sin tu nombre, despegué la vieja del lateral de la máquina de café, la doblé y la metí entre las páginas de mi agenda.
Montero, a punto de jubilarte. Sin avisar.
Conduje hasta el tanatorio, busqué tu sala y te vi en tu ataúd, dentro del escaparate. Estabas guapo, Montero. Te habían puesto un traje de tres botones y te habían maquillado bien. Te habían disimulado las ojeras. Te habían peinado el bigote. Tenías las mejillas más llenas, casi lisas. Llevabas las gafas nuevas.
Montero, yo te tenía aprecio.
Estábamos los dos solos en la sala del tanatorio, separados por un cristal y por un tiro en el pecho. ¿Dónde te lo pegaste? ¿En el corazón? ¿Justo en el centro? ¿Cerraste los ojos?
Montero, pensé en ti.
Te imaginé en el balcón de la torre más alta del castillo de Neuschwanstein con una escopeta de caza. Matabas a los osos de toda Europa. Estaba amaneciendo, Montero, y empezaba tu gran día. Manadas enteras acudían a ti como si el sonido de los disparos les llamase por su nombre. Desde los Urales y los Apeninos se acercaban a los pies de la colina y se dejaban matar. Caían cientos, miles de osos abatidos a tiros. Las osas te presentaban a sus crías, las empujaban con la zarpa hasta un claro del bosque para que tú pudieses verlas mejor. Los ositos rodaban hasta el centro de tu mira telescópica. Disparabas y morían.
Morían. Todos.
No dejabas ni un oso en el mundo, Montero.
Una puerta lateral se abrió dentro del escaparate y un operario entró con tu corona. La colocó a los pies de tu ataúd, justo frente a mí.
Pensé que era exactamente del tamaño de un salvavidas.
Perdóname, Montero, pero eso fue lo que se me pasó por la cabeza.
Tu corona era preciosa, Montero. De verdad, te habría gustado. La habían hecho con lirios, gladiolos y claveles entrelazados, y dos amarilis rojas, juntas, en la parte de abajo.
Y escrito en la cinta, con mayúsculas negras, de lado a lado:
LO DE TUS CAFÉS
La maleza
El amor es esquivo. Es un pajarito que vuela. De pronto está y de pronto ha estado. La belleza es también escurridiza. Es una anguila, quizá, o una serpiente que pasa muy rápido y deja tras de sí un rastro brillante.
La belleza y el amor pasean, a veces, de la mano por el jardín. Como son figuras tímidas y gustan de esconderse entre la maleza, es difícil saber si sus relaciones son lícitas, tempestuosas o superficiales. Están juntos de vez en cuando, eso podemos certificarlo. Los hemos visto y lamentamos no verlos más a menudo.
La imagen de una moneda cuyas dos caras son amor y belleza no es, ni de lejos, exacta, pero si reflexionamos sobre su falta de precisión, nuestro rostro mostrará un poco de disgusto y un poco de complacencia. Como si dijéramos: bueno, venga, pase por esta vez. En ese momento, nuestro rostro se parecerá al del hermano de Ana, que mira un retrato de su novia Isabel.
Lo hacemos con frecuencia a lo largo de la vida. No es un arreglo perfecto, pero, bueno, pase. Vale. Y más adelante, cuando es tarde para arrepentirse, hundimos las manos en el pelo, nos pesa la cabeza y sacudimos los hombros como si riéramos. Pero estamos llorando con amargura. Aullamos.
¿Qué nos consuela entonces? La contemplación de una de las caras de la moneda. Al amor y a la belleza apelamos desde el fondo del pozo, los apostrofamos como podemos.
En este momento, pues, nuestro rostro tiene una expresión parecida al del hermano de Ana. El retrato es horrible, Isabel es una mujer deleznable, ¡quiera Dios, que transustancia el pan en carne, llevársela pronto junto a los ángeles cantarines!
Porque Isabel tiene miedo de agujerearse la mano con el taladro, es el hermano de Ana quien cuelga un retrato, el retrato, encima del sofá. Isabel representa entonces algo así como la danza de la alegría a su lado. Acomete una serie de saltitos y da palmadas. Es el equivalente a la imagen de una niña brincando de felicidad, pero sólo el equivalente: la función de su bailecillo no es tanto imitar como remitir a una chavalita de –pongamos- doce años que no puede contener su dicha. Los movimientos de Isabel, en consecuencia, no son literales. Gozan de cierto grado de abstracción. Son –dadas las diferencias entre Isabel y el objeto representado- más metafóricos que miméticos.
Por ejemplo: los pies no terminan de despegarse del suelo. Los dedos están apoyados y los talones suben y bajan, oh, pero qué felicidad.
Y las manos no aplauden de verdad. Las palmas están unidas, sólo los dedos se mueven delante de la cara de Isabel.
La falda se abomba. Arriba y abajo. Isabel podría estar más delgada de muslos y caderas. La falda tiene flores blancas abiertas y rizadas como claveles, arriba y abajo.
El hermano de Ana abraza a Isabel y mira el retrato de Isabel. O bien: el hermano de Ana abraza a Isabel pero mira el retrato de Isabel.
Alguien llama a la puerta, acudamos como se acude siempre ante una visita importante. ¡Muy rápido! ¡Rapidísimo!
Ana y su amiga Sara, que son el centro mismo de la historia, están en el umbral. Venid, por favor, venid a ver el retrato de Isabel. Y vosotros, todos vosotros, preocupados por el destino de estas pobres personas que bailan y mueren, doblad el espinazo, estrujad los sombreros entre las manos porque estáis viendo una forma perfecta de la naturaleza. Ana y Sara son inseparables. Ya quisieran el amor y la belleza estar siempre tan juntas, como si su unión fuera una canica.
El retrato ha sido pintado por la madre de Isabel, que es una mujer idiota. Eligió una composición oval después de mucho pensar. Triángulo, rectángulo, ¡óvalo! La cara de Isabel está rodeada de manchas rosas, amarillas, celestes y verdes. Son flores. Algunas silvestres, algunas cultivadas bajo plástico. El color verde aparece en abundancia porque significa frescor. La sonrisa de Isabel expresa felicidad. La fealdad de su rostro nos recuerda que la belleza no siempre aparece cuando es requerida.
El rostro de Isabel, joven y lozano, está, pues, en el centro de una guirnalda de flores que parece una corona funeraria. Isabel, se diría, tiene la cualidad de obligar a los demás a imaginarla a un paso de la tumba. Su madre, que ha fallado en la concitación de la belleza, lo ha visto, y ha logrado que la verdad acuda al cuadro. Eso es un logro pero ella no mejora a lo largo de este párrafo. Era una pobre mujer idiota, es una pobre mujer idiota.
Isabel asoma la cara por el óvalo florido que prefigura su muerte. Tiene tres segundos para hablar y dice: perdón por las molestias causadas, me voy ya. El amor tiene un mensaje para Isabel. Es requerida tras los decorados para una prueba de maquillaje o cuchillo.
¿Verdad que era fácil, Isabel?
El hermano de Ana es un príncipe de quien no se espera más que la cualidad de estar ahí, donde justamente está, donde lo hemos colocado nosotros. Su presencia desata ruido de alas. ¿Pájaros? Apoya la mano en la cadera, se inclina para saludar a su hermana y, después, a Sara. Besos para Ana, besos para Sara vuelan de los labios del príncipe a las mejillas de las niñas. Va vestido de negro porque piensa que el color negro nunca es un error, y así lo manifiesta a veces. Dice lo que opina. Es valiente además de bello. También piensa que el negro no es un color sino la mezcla de todos los colores; o la ausencia, no está seguro. Su pelo es rizado, se pega al cuero cabelludo en caracolillos húmedos. Algunos poetas deberían decir algo de su boca, que es fina y rosada y recuerda a la huella de una copa de vino en el mantel. Con la mano apoyada en la cadera y el talle fino, el hermano de Ana se ha ganado todos los cuidados, todo el amor.
¿Dónde están los poetas que loen su belleza? Que vengan y digan también que Isabel es ciega y torpe.
Pues no es capaz de darle a él –a él- lo que necesita.
Negarle a un hombre el amor que merece es una negligencia; negarle el amor que necesita es un acto de sadismo. Isabel debería recordarlo más a menudo.
Como la nata de la leche al fuego, del pasado de Ana y Sara emerge una travesura. Una vez, una chica les cayó mal. Prendieron fuego a unos papeles y los metieron en el buzón de su casa. Como una carta con buenas noticias. Después, fueron a casa de Sara y se tumbaron en la cama. Miraron al techo y esperaron, entre suspiros, la llegada del amor.
Nosotros estamos con ellas en la cama y miramos el techo, del que cuelga un móvil con arañas y moscas. No esperamos la llegada de nada: reflexionamos sobre la desconexión narrativa entre la travesura de las niñas y sus consecuencias, de las que no podremos enterarnos nunca porque estamos lejos, muy lejos, en una habitación cerrada con arañas, moscas y promesas.
¿Esperáis vosotros la llegada del amor?
Ante el retrato de Isabel, el pensamiento de Ana se transforma en el de Sara sin transición. Es el dedo que recorre la famosa cinta ¡por dentro y fuera a la vez! Las niñas nacieron con seis meses exactos de diferencia, son una misma persona, o casi. Llevan raya al medio, su pelo es largo, liso, feo, espeso. Podrían lavarse con más frecuencia, como muchas otras adolescentes. Se acercan al cuadro y una idea es concebida entre ellas, por ninguna de las dos en particular. De la nada llega una idea, como el sobresalto.
Parecen dos monjas cheposas, imbéciles. Leen y meditan porque no son como las demás, pero entienden poco. Las aguas del río no empiezan a aclararse hasta que llega, hasta que llegó el amor.
Ahora son frescas y puras, y saltan sobre las piedras. Sabemos a qué se debe la transformación. Nos gusta y las ennoblece.
Sara y Ana han reflexionado. Concluyen. La acción es una forma de pensamiento, o, más exactamente, la realización del pensamiento. Lo repiten mucho y, al final, tiene sentido o renuncia a tenerlo, como el asunto de la transustanciación de la carne en pan durante la misa. Algunas ideas inspiradas por el amor o la poesía no pueden traducirse a otras palabras. Sólo podrían parafrasearse, lo siento mucho.
Oímos las alas alrededor del hermano de Ana. Hadas, murciélagos o, quizá, ¡la musa misma, encarnada en una mariposa! Pues el amor concita fuerzas creativas que nos llevan a escribir bellos poemas donde el nombre del amado rima con el nombre del amado. Las mentes de Sara y Ana se han arrodillado ante el objeto del amor. El príncipe hace un gesto de desdén. Ha arqueado las cejas, eso debe de tener algún significado.
El amor, a veces, se disfraza de formas que, siendo otra cosa, se le parecen. Nos decimos: no, no es eso, nuestros sentimientos van por otro cauce, el hermano de Ana ya no nos interesa. Pero concedemos que, en fin, si ciertas circunstancias cambiasen, podríamos empezar a hablar. El amor ha empezado a enseñar su rostro tras el tupido ramaje. Muchas explicaciones serían requeridas, advertimos. Nada va a ser fácil. Mucho tienen que cambiar las cosas, los sentimientos, el mundo en general. Pero caemos en el cuarto o quinto combate porque el amor está en algún sitio, bastante cerca y, como la nata que se separa de la leche y las cosas verdaderas, termina por emerger.
Isabel ha leído algo en el periódico y está preocupada. Se alisa la falda de largura incorrecta, a media pantorrilla. Corta para ser larga, larga para ser corta. Las caderas, anchas, fofas como el flan. Se lleva un dedo a la boca, se toca el labio superior y piensa que tiene que hablar con el hermano de Ana. Está sentada en un sillón, con los ojos clavados en la punta de su zapato, desgastado de andar por donde no debe. El periódico está doblado, a su derecha, por la mitad de un titular. Haber envenenado a su padre, leemos. Quién, qué, cuándo, sólo lo sabe la tapicería, que guardará el secreto entre sus fragantes rosas.
Isabel se olvida de la idea y su mente va a otro sitio. Como tiene un dedo dentro de la boca, es posible que acabe de recordar que quiere hacerse un blanqueamiento dental en cuanto tenga un poco de dinero. Con suerte –para todos-, esto no sucederá.
Isabel piensa en crímenes sin resolver. Escuchad todos: en cada habitación cerrada por dentro hay un cadáver apuñalado. No hay pistas. ¡Dadme tiempo, lectores, llego hasta donde llegan mis fuerzas!
¿Cómo podría el amor no instalarse en el fondo del corazón de cualquier persona, animal, mineral o cosa que tuviera la dicha de conocer al hermano de Ana? Pues él es digno de tal milagro. Alarga la mano al hablar, traza una línea en el aire y, después, ya no hay perfil como el suyo en el mundo, en el mundo entero. Se sienta en una silla con las piernas juntas, apoya los talones en un travesaño, es el dibujo de su cuerpo algo así como la pregunta y la respuesta al enigma del amor.
Enfermas, arrasadas por el torrente, corren las mujeres a los portales cuando el hermano de Ana baja la calle. Se levantan las faldas, hunden las manos en sus bragas, desahogan los requerimientos físicos que despierta el amor, que exige servidumbre pero compensa y paga. Las abejas liban a su paso y polinizan las flores más carnosas, reverdecen los árboles quemados. La dualidad desaparece como una arruga alisada, el pan y la carne son, estupidez y dogma, una misma cosa.
Cantan los riachuelos de aguas claras como las mentes de Ana y Sara, puras gracias al amor. Los presidiarios, tocados repentinamente por el dulce dedo, corren tras el hermano de Ana, lo derriban, le dan por el culo, le abren la cabeza contra una piedra. Revientan las tripas del príncipe a pollazos como prueba de ese sentimiento para el que no hay epítetos ni explicación, por más que la buscamos. El amor se realiza, se encarna, se nombra pero ¡no, jamás se explica! Los ojos del hermano de Ana, desprendidos de pronto por la fuerza de las caderas de un carterista enamorado, vuelven a sus cuencas. Fijaos: tan enfático ha sido el impulso investido por el dedo del amor que los globos oculares saltan de sus cuencas y quedan colgando a la altura de la boca. Penden de nervios, tic, tac. El príncipe ve hierba y musgo, y aparece la poesía. Ve entonces sus propios, dulces labios, y lirios de agua.
Pero el amor tiene sus razones y sabe lo que hace. Repara los destrozos causados en su nombre. El hermano de Ana se levanta del suelo. Está aturdido y continúa su camino. Sus heridas se han cerrado, el dolor se olvida. Qué se puede hacer sino rendirse. Nuestros suspiros llenan el aire entre la cama y el techo. Oh, amor, eres una dulce esclavitud. Te apostrofamos cuando no estás. Te decimos: vuelve a mí.
Isabel vuelve a casa por un camino –un camino en general- y agita las llaves. Las hace girar en torno a su dedo índice. Suenan como dos perchas que chocan en la barra de un armario. Esta vez, un volante de gasa remata su falda. Sara y Ana están agazapadas, como el amor, detrás de un muro, a la derecha de una cuneta, entre nosotros y nuestro futuro más próximo.
Si un accidente terrible –Dios, ¿dónde está tu justicia? ¿No son tus maneras demasiado blandas en los últimos tiempos?- le sucediera a Isabel, Sara y Ana limpiarían la casa y la memoria. Ana le explicaría a su hermano una teoría sobre el equilibrio universal y él olvidaría a Isabel. Los ojos se abren, los ojos se cierran. Si desapareció fue por algo. Hay motivos ulteriores que explican la cesión de Isabel, su donativo. Todo se comprenderá a su debido tiempo.
¿Qué Isabel? ¿De qué tenía que olvidarse el hermano de Ana?
La madre de Isabel, su pobre padre idiota, olvidan también que existía alguien a quien acaban de enterrar. De hecho, en la misma salida del tanatorio se preguntan, por cierto, quién era la chica de la caja. ¿Era una chica o un chico? No lo saben, y qué hace esa foto en la cartera de la madre, fuera, fuera, rota en cuatro pétalos que el viento arrastra. Imposible, no recuerdan dónde habían visto antes a esa joven más o menos familiar de un primer vistazo, aunque un poco vulgar. Quizá se trate de una chica anónima. También existen. Eso es, sin más.
Debía de tener rasgos, como cualquier otra persona, pero, nada. Ni huella.
El tiempo, que acaba con nosotros pero no puede con el amor, trae consigo el orden, y la cama del hermano de Ana vuelve a estar llena. Caben, por lo menos, otras dos mujeres, siempre que sean delgadas como niñas.
Pues los amores de juventud son los más sentidos, la mano de Sara abre la bragueta del hermano de Ana. Hurga y encuentra el pene. Un fruto. Lo conforta, arrodillada, con la boca. Después con la vagina, y más tarde –déjame descansar un ratito- con la vagina de Ana. A la mañana siguiente, cuando el astro consabido revele que el sueño no se ha difuminado, probarán, a capricho del príncipe, con el ano. Eso sí que da gusto, eso sí que es prieto y cálido. Primero una y luego la otra, es difícil decidir quién le gusta más. ¡A cual más deliciosa, parecen terciopelo sus entrañas!
Una vez, el fuego ascendió por el hueco de una escalera como la nata de la leche al calentarse. Anegó el primer piso y después el segundo. Las llamas y el humo subieron, subieron, subieron, devoraron madera y papel, fundieron plástico, convirtieron en gelatina los muebles y las colchas, que habían sido muy baratas. Un incendio glorioso y rápido. Los cristales del edificio reventaron como si ya no pudieran guardar un secreto y, después, el humo negro salió por las ventanas. Era un grito de júbilo. Un hombre y una niña ardieron. Ella empezó a quemarse por el pelo y corrió hacia un balcón, donde se agitó unos cuantos minutos. Un palco. De derecha a izquierda, arriba y abajo, su melena parecía una vela temblando en una palmatoria.
La llama sacudida por el viento: eso era su cabeza.
Unas gotas de cera líquida bastan para asegurar la base de la vela al plato antes de aventurarnos en negras escaleras.
Desnudas en el garaje, dos niñas. Se han convertidas en mujeres gracias al amor y al tiempo, y deciden que el hermano de Ana es pintor. Tiene belleza y no le falta talento. Talento no le falta. Allí mismo instalan el estudio. Sujetan los tubos de óleo y las paletas, allanan su camino como artista. Le tienden los pinceles cuando él los necesita. Concitan al arte, ven. Y el arte viene.
Tumbada boca abajo, Isabel se hace la dormida o la muerta. Qué querrá aplazar y a quién engaña. La mitad superior de su cuerpo está en el camino, la inferior en la cuneta, su pelo está revuelto. Una florecilla aplastada en la sien sugiere que Isabel podría haberse revolcado por un prado, como las chicas frescas. Un rizo suelto. Sara y Ana dan la vuelta a Isabel. Isabel pesa. Sara usa un martillo, Ana una llave inglesa, se aplican a la tarea, demuestran que el pensamiento físico no se explica ni se traduce: se realiza. Se parafrasea. En esto se parece a lo otro.
Trascienden los obstáculos físicos, la serenidad se adueña del cuerpo. La mente se olvida de sí misma e Isabel es enviada al mundo inmaterial de las esencias y las auras. Buen viaje por collados y majadas, Isabel. Has vuelto a ser potencia.
Madres, padres: un niño sensible al amor y su verdad es un regalo del cielo.
La madre de Isabel se sirvió de algunos artificios en el retrato de su hija. Saltan a la vista de Sara, que ilumina los detalles con una linterna. Ana y Sara, en silencio, sienten horror ante la falsedad y mueven las cabezas al unísono. El pelo de Isabel está abultado en un tupé para que el contorno de su cabeza no parezca tan criminalmente achatado. En el centro de las pupilas hay sendos puntos de pintura blanca. El puente de la nariz es una pincelada larga, más clara que las aletas. Hay una línea de color teja alrededor de la cara que quiere sugerir cierto relieve. En la oscuridad, el retrato es un óvalo dentro de un óvalo dentro de un marco oval. Algunas personas, oh, ya es suficiente. No necesitamos más información, y yo no puedo seguir por este camino.
Una niña se convirtió en llama, después en metáfora, después en nada.
Dentro de la mente del hermano de Ana, las niñas leen una súplica. Él también querría que Isabel no hubiera existido nunca. Cómo no detestar sus faldas y los michelines que se inflan en la parte alta de su espalda, por encima del sujetador. No son grandes pero nos recuerdan la falta de exactitud general de Isabel, su simpleza, su dejadez y su lejanía respecto al amor.
Es el momento de hacer bocina con las manos y llamar al amor. ¿Dónde está esa fuerza que todo lo trastorna y todo lo arregla? Abramos la puerta a sus fuerzas de la única manera posible. De par en par, y nosotros nos rendimos.
El amor, pajarito que vuela, viene esta vez de la mano de la belleza. Pero la belleza tiene, al menos, otra mano. He aquí que, oh, la belleza viene entre el amor y el arte. Es una invitación de altura, pues no hay premio que pueda superar al que está en juego hoy.
Sara abre la puerta de la habitación donde duermen Isabel y el hombre. No chirría. Sara cubre la linterna con la mano, la luz atraviesa sus dedos y muestra, en azules, violetas y blancos, las arrugas del edredón que cubre a su hermano. Isabel está boca abajo, con los pies fuera. Ana concibe un pequeño y delicado detalle poético.
He aquí que la acción que ejecuta Ana con la ayuda de Sara pertenece en verdad al ámbito de la literatura; en ningún caso sólo al de las cosas físicas. Aunque después tengamos que recoger escombros y llorar por los recuerdos perdidos, si la casa se hunde en estos momentos, si Isabel muere o sufre, la escena no trató más que de sí misma.
Y, por cierto, nunca ninguna historia trató sobre otra cosa.
El cadáver de Isabel aparece al abrir la puerta del armario. Como a la policía, nos interesa saber si esto sucede antes o después del asesinato. Pero nuestros motivos son distintos a los suyos. ¡Muy distintos!
Una almohada cae encima de la cabeza de Isabel. Sara se sienta encima, a horcajadas, y le suelta varios puñetazos en la espalda, en la grasa, en el lomo, en el error. Isabel no logra, durante unos segundos, decidir si se ha despertado, y sus manos se agitan a lo largo del cuerpo y de la tela. Parecen buscar un punto de apoyo pero revuelven sábana y edredón, molestan al hermano de Ana, tiemblan y se sacuden. Podría decirse que sufre un ataque de pánico. Se ha meado encima.
Ana pasa su antebrazo por encima de las pantorrillas de Isabel, carga el peso de su cuerpo y la inmoviliza. Escribe en las plantas de los pies de Isabel con un cutter. La caligrafía es, necesariamente, imperfecta y rápida, pero es muy profunda y duele, como la literatura. En algún punto, al meter la cuchilla, Ana toca hueso. Suena un chirrido. La cuchilla se parte y se hunde en la carne al modo de los poemas de nuestra adolescencia. Ana tiene que hacer mucha fuerza para seguir escribiendo, pero la hace y sigue escribiendo. Más que cortar, desgarra el pan. Son letras mayúsculas.
en el pie derecho.
en el pie izquierdo.
¡Cómo correrá Isabel por el pasillo dentro de unos instantes, cuando las niñas consideren que ya es bastante por esta vez! Aullará porque la sangre acude puntual a los pies, donde es requerida por el texto, y escapa de su cuerpo al suelo de madera. Dejará huellas para que su hermano, por la mañana, lea de qué tipo de mujer se ha librado gracias al amor.
Primero en línea recta, tres o cuatro impresiones bastante buenas, luego en círculos frenéticos donde se leen letras sueltas. Hay varios charcos de sangre seca y algunos derrapes. Isabel ha debido de intentar andar de puntillas antes de caerse. Se ha arrastrado, ha ido más o menos a gatas en dirección a algún sitio.
El hermano de Ana se queda en la cama, se arropa y piensa: total, una se va y otras vienen. ¿Dos? ¿Tres, si consigo engatusar a estas dos con mis sonrisa de hoz e invitan a alguna otra amiguita? Eso no, rectifica, lo que tengo entre las manos es una canica.
Será cuidado por mujeres, follará con dos jovencitas a la vez.
Ya lo quisieran muchos para sí.
El hermano de Ana, tocado por la belleza, es un imbécil. Las niñas e Isabel, tocadas todas ellas por el amor, no lo son menos.
Pero esta historia trataba del amor y la belleza, que se derraman desde el cielo democráticamente, nos guste o no.
Un perro pequeño
El lugar al
que Tere y Jesús llegan es soleado y montañoso. Contiene una cabaña de madera
en el centro de un prado donde las flores crecen en ramos de flores. La nieve
está en las cumbres, las cumbres son altas y se disponen en panorama, de lado a
lado, ante Tere. En nuestro país, ciertamente, no se puede encontrar nada más
alpino.
Tere está en
el porche de la cabaña y reflexiona. No sabe qué hacer con el paisaje alpino y
soleado que está por aquí y por allá, en los arroyos y en el barro, pero
principalmente en las montañas. La naturaleza entera, toda la naturaleza cabe
en las gafas de Tere en este momento. Su cabeza está llena de la sustancia que
fermenta donde las impresiones sensoriales se convierten en conceptos según un
proceso descrito por cierto filósofo. ¿Fue éste o aquél? Tere lo sabe, yo no lo
sé.
Jesús se ha
ocultado del entorno y ha puesto la mesa para dos junto a una ventanita que da
a la parte trasera de la cabaña, desde donde ve la otra mitad del prado, ancho
y surcado de regueros, en suave caída hacia el resto del mundo. Aquí la
naturaleza es menos naturaleza y más medio ambiente. Es la vista mala. Jesús lo
prefiere así. Desdobla una servilleta y, encima, orienta una barra de pan y un
salchichón en dirección a la ventana, al prado, resto del mundo en suave caída,
regueros, etc. Parecen dos flechas paralelas. En otra servilleta coloca, sin
metáfora, un cuarto de queso y una botella de vino.
Los
movimientos de Jesús podrían pasan por una especie de ceremonia. El pan es de
pueblo y de miga densa. El vino es capaz de tornarse sangre si Dios quiere. El
queso y el salchichón están ahí, sobre la mesa, porque Jesús los ha sacado de
una bolsa de plástico. De camino a la cabaña, paró el coche en un supermercado
a la salida de un pueblo. Tere compró los alimentos que Jesús dispone sobre el
altar y, además, por si acaso, doce trapos de cocina, que cogió mientras
pensaba en fondo y forma.
La sabiduría
cae en su surco, el tiempo traza su arco, la semilla germina, la flor florece,
el tiempo discurre hacia atrás porque así lo dispongo yo. Tere está en una
cocina, absorta, mirando el fondo de un vaso. Es reflexiva, luego reflexiona.
Reflexiona, luego es reflexiva. Se desdobla para, objeto y sujeto, analizar y
sufrir una decepción filosófica de clase media. Abre el grifo y acerca el vaso
al chorro. Se dice a sí misma: he cogido un vaso, bebo agua. El verbo ha
prefigurado la acción y después la ha ejecutado. El verbo se ha hecho carne. El
logos se ha hecho carne, se hace
carne en un segundo ante Tere, en Tere. El verbo manda, la acción se ejecuta.
Tere esperaba más profundidad y carne de la buena, de la abstrusa para no
iniciados. Creía estar cortando el corazón de algún asunto importante –la
mutación entre estados teológicamente incompatibles- y descubre, ahora, a qué
se resume casi todo: aquello es esto.
Siente el mal
del siglo, cierra el grifo y deja el vaso en la encimera, que termina en una
franja de azulejos decorados con parejas de ciruelas y cerezas en relieve. Dos
ciruelas, dos cerezas, dos ciruelas, dos cerezas. Todo puede, después de unas
cuantas vueltas, eternizarse hasta el infinito. Así: dos, dos, dos, dos, dos,
dos; ciruelas, cerezas, ciruelas, cerezas, ciruelas, cerezas, ciruelas,
cerezas, ciruelas, cerezas, ciruelas. El alicatado está, por lo demás, bien
escuadrado. Hay que colocar siempre las piezas de arriba abajo, empezando por
la línea del techo. No hay secretos en ese particular. Tere está un poco
mareada. Es una pensadora confusa. Vuelve a llenar el vaso de agua y, por
efecto de la refracción, las cerezas parecen más grandes que las ciruelas. Así
es.
¿Qué hay bajo
el suelo de la cocina? Un sótano. Es una casa de dos alturas construida en una
parcela en declive. Tere ha ahorcado a su perro Kif en el sótano. Tere lleva
una pulsera de madera que no tiene principio ni final. Al cerrar el grifo, la
mano de Tere gira un cuarto de vuelta.
(Pero ¿cómo
saber –sin una referencia, sin una muesca en su circularidad- cuánto ha girado
la pulsera?)
De arriba
abajo, empezando por la línea del techo, en el sótano hay:
una viga,
una cuerda que
se agita,
un perro que
se agita.
Sufre
espasmos, contrae las patas traseras y las vuelve a estirar, y, de repente, ya
no tiene ni nombre ni características porque es un cadáver de perro, y con eso
basta.
Tere, en la
cocina, experimenta dos sensaciones al mismo tiempo: urgencia y extrañeza.
Después tiene una idea: todo se presenta como conclusión de sí mismo. Sale a
una terraza lateral y vacía el vaso en una jardinera. Las plantas variadas,
¿deben respetar la simetría? Tere se arrodilla y escarba en la tierra hasta
tocar un bulbo con la uña. Se siente finisecular. Profundamente.
Jesús está
junto a la verja de entrada, bajo las ramas de un pino en forma de paraguas.
Mete la mano por la ventanilla del coche y toca el claxon dos veces, qué prisa
tendrá por dejar atrás su casa.
¡Altas
montañas, imponentes montañas, quizá nevadas montañas esperan a Tere y a Jesús!
El coche va cargado de artículos de ferretería, fontanería y mobiliario de
jardín cuya función es servir de indicio. Han sido adquiridos en un
hipermercado, un verdadero, auténtico edén dedicado al bricolaje donde trabajan
chicos que idean usos sexuales para las herramientas y los útiles. Tal vez no
el primer día, desde luego, pero la mente maquina, vuela, crea, despega, busca
su sitio y su solaz. Viva la juventud. Eso cabe, gira y corta, eso revienta si
se enfría mucho.
Tere está otra
vez en porche de la cabaña, frente a un paisaje muy abundante. La falacia
patética no existe, cimas y faldas no se han cubierto de presentimientos. Tere
lanza al prado un trozo de salchichón, pan y queso por si alguna cabra, lobo,
jabalí tuviera hambre durante la noche eterna. Después va al interior y cierra
la puerta a sus espaldas, con lo que, según ciertos filósofos, el mundo de
afuera deja de existir. Entra en el dormitorio como una escopeta cargada: ya no
tenemos cocina ni porche.
Pero en el
dormitorio hay una ventana abierta a la paradoja, que Jesús sella con cinta
americana. Es horizontal, estrecha y larga, de un metro y medio por apenas
veinte centímetros. Una línea que reduce las montañas a paisaje abstracto,
ahora enmarcado en plata. No se ven las cumbres ni la base.
Si el alma del
hombre dialoga con la naturaleza, esta ventana es una cita.
Jesús termina
con dos rollos de cinta. Tapa también todas las juntas del entarimado que
recubre las paredes, y el marco de la puerta, el pomo. Tere se sienta en la
cama, saca una tarjeta de su bolso y escribe en el dorso una frase de amor para
su hija.
Después se
apoya el bolso en las rodillas y hurga.
Dobla cuatro
mil quinientos, cinco mil, ocho mil, casi diez mil euros, se tumba y cruza las
manos en el pecho como si hubiera muerto llevándose los billetes al corazón.
Transcurre un minuto. Después, se desabrocha dos botones de la camisa, se mete
el dinero en el sujetador, lo saca y lo deja en la mesilla, debajo de las gafas
y la tarjeta. Se tiende en la cama con los brazos en cruz.
¡Bendito
inventor de las bridas de plástico! Eso sí separa el antes del después. Una
tira larga y delgada, lisa en una cara y con dientes milimétricos en la otra,
rematada en un extremo por un cuadradillo eficaz que apresa al otro cuando la
brida se cierra sobre sí misma en círculo, como algunas historias. La brida se
ajusta en el diámetro elegido y no hay marcha atrás sin cuchillo o tijeras. Ha
sustituido a las esposas de la policía, ahí queda eso, pues nadie paga más si
puede pagar menos.
Y también al
cockring de los ferreteros, fontaneros, electricistas, que compran bridas de
cincuenta en cincuenta o de cien en cien.
Según.
Jesús dispone
ocho equipos de soldador alrededor de la cama. Uno tras otro, asegura los
gatillos de los cabezales con cinta y abre las espitas. Quita el sombrerete y
el quemador de una estufa y la pone en marcha. Coloca una brida en cada muñeca
y cada tobillo de Tere y, después, se esposa a sí mismo a las cuatro bridas.
Está tumbado sobre ella, enganchado a ella, ella enganchada a él. Cierra la
última brida con los dientes y queda colgado como un dije.
Transcurren
unos minutos. Huele bien. Tere y Jesús son un paradigma o un epítome.
Tere trajo una
niña al mundo y al pasado. Encantadora, suave como el encaje y, también, hábil
en los deportes. Hasta ella llegó la destilación de algunas ideas nobles y
generales que Tere y Jesús albergaban sobre la filosofía y la equidad. Eran
ideas; llegaron a ella –no en vano el viaje fue largo- como ideales. Algunas
nociones, al final, se adhirieron a la hija de Tere. No eran muchas, pero las
enarboló como la bandera de la patria, y con eso fue tirando hasta llegar a
vieja. Murió en un hospital público.
¿En qué gastó
el dinero que obtuvo al vender la casa de sus padres? Se compró un piso y, con
el resto, salvó vidas en África.
Marido y mujer
entrelazan los dedos y sudan. Las paredes de las clasificaciones están agrietadas,
qué vértigo. Estamos probablemente fuera del tiempo, piensa Tere. Estamos
-¿ya?-. El marco conceptual gira, no es nada más que eso, se dice a sí misma,
recordando que los seres tienen sustancia, accidentes, forma y materia, aunque
tal vez no en ese orden. Jesús está dormido con la boca abierta contra la cara
de Tere, y respira lentamente hasta que su sustancia pasa de ser
accidentalmente existente a accidentalmente no-existente.
Eso es un
consuelo para el alma.
Para quien la
tenga, piensa Tere.
¿Dónde está el
ergo?
Una mosca,
negra mosca, se asfixia en el aire y cae boca arriba en el cristal de las gafas
de Tere, que son grandes y bifocales. Hay una frase de amor para su hija en la
tarjeta de visita, entre el dinero y las gafas. La mosca gira sobre sí misma y
resbala hacia la patilla, por encima de sentimientos ora miopes, ora présbitas.
? ? ? ? ? ?
-Una hija
estuvo, me parece, pero no debió de coger casi ni las fotos, nada. Yo trabajaba
en otro sitio, fuera. Vine después.
-¿No eres de
aquí?
-O igual era
una sobrina. Yo no pero mi marido sí. Hija. Sobrina. Que esta llave no, que no
se mezcle. Sobrina, sobrina.
Ex nihilo nihil fit,
pero Juanma llega ex nihilo a los
escenarios de la clase media-media ilustrada, donde parecería que no cabe nadie
más. Juanma tiene las características justas: mide tanto y es moreno. Juanma
sigue a una chica bajita y superficial, que abre la puerta de una casa con
sótano. Entran. Son Juanma y una chica. En realidad, no son nadie.
Vemos un
pasillo corto con un espejo sin marco y un paragüero decorado con una escena
galante dentro de un óvalo. Un caballero tiende la mano a una dama que baja de
un landó. Hay cartas en el suelo, una postal, un rollo de celofán.
La mujer abre
una segunda puerta: el salón.
-Esto era, es,
era el salón, pero puede ser lo que se quiera, puede ser.
Juanma
respira. Derriba tabiques con la mente, sin esfuerzo. Integra el baño en el
dormitorio porque los solteros ricos saltan de la cama en pelotas y llegan
hasta la ducha en tres zancadas. De una graciosa patada aparta una prenda
íntima. ¿Qué pasó anoche?
-Y esa puerta,
¿da al garaje?
-No, al
sótano. No tiene salida a la calle, queda casi todo bajo tierra. Bueno, me
parece que tiene dos ventanas altas, de ésas.
-Ya. ¿Bajamos?
La chica de la
inmobiliaria da bofetadas a la pared. El interruptor: clic. De nuevo el
interruptor: clic. Clic clic clic.
-Vaya. No hay
luz.
-No hay luz.
Lo dicen dos
veces.
-Bueno, arriba
sí que había. El timbre, ¿no? De entrada. Y todo. Eso.
-Pues aquí no.
-Pero, vamos,
que es un sótano.
-Es un sótano.
-Es que es más
alta si la miras por delante porque por detrás el terreno está un poco en
cuesta. Yo no digo, no. Dos no. Que sean dos plantas, no. Una más sótano, vale.
Pero dos, dos. No.
-No.
-Me gusta, a
mí, que lo que enseño se ajuste a la descripción. A mí. Cuanto más mejor. Tal
cual te dije está. Obra tiene, y obra tiene. Y mucha. Pero tirar, lo primero
tirar. Vaciar, fuera, luego. Limpiar.
-Sí.
-Sucia de
años, pero tal cual. Me gusta que lo que enseño se ajuste a la descripción. Una
hija estuvo, me parece, pero no debió de coger casi ni las fotos, nada. Yo
trabajaba en otro sitio, fuera. Vine después.
? ? ? ? ? ?
Bonita,
expresiva vista. Es la vista consabida, panorámica, casi alpina, puro exceso,
derroche de fondo, contenido, forma y significado.
Una mujer va a
abrir la puerta del dormitorio de la cabaña. Querría limpiar. Pero huele a gas
y sale al paisaje, que es como un peso en el pecho. Se saca un teléfono del
bolsillo del delantal, llama a quien compete –tres dígitos- y anda hasta el
final del prado. Elige una piedra donde sentarse. Está sola y en silencio, hace
sol.
La autoridad
son dos guardias civiles de uniforme, que se bajan de un todoterreno en el
camino. El más joven le decía al mayor que tiene un hermano que estudió en el
INEF, pero ahora se calla y escucha a la mujer. Cuando ella señala la cabaña,
los tres se hacen visera en los ojos con las manos.
Los hombres
recorren el prado a pie, arrugando la frente. Las montañas están a su derecha.
Sobrecogedora
vista: las montañas como cumbres.
? ? ? ? ? ?
Clic, no hay
luz, y no hay sótano inocente. Quien se adentra debe saberlo. Juanma está en
las entrañas de la casa de Tere y Jesús, sucia, deshabitada, llena. No hay luz
aquí abajo. Dos ventanas altas contra un talud de tierra no bastan. Se ha
acumulado basura y barro, ha llovido, no se ve nada. Hay un arcón frigorífico
abierto, la sombra de una caldera y un depósito, una palangana boca abajo, un
armario cubierto con una manta y una bata. A partir de ahí, la oscuridad de la
boca, pozo, tumba, etcétera.
Juanma ilumina
con la luz de su móvil una especie de charco en el suelo, una isla. En
cuclillas, lo acaricia. Está seco o casi seco, y tiene relieve. Juanma lee con
los dedos: altas montañas por aquí, riveras, una amplia zona más llana, un delta,
la costa. Al incorporarse, Juanma da un cabezazo a Kif, colgadito de una viga.
? ? ? ? ? ?
El guardia
civil más joven tiene entre las manos un fajo de billetes, unas gafas y la
tarjeta de visita de la hija de Tere, que cubre parcialmente números y puentes.
Ya hay oxígeno suficiente para que la autoridad respire de sobra, creo. Dos
cuerpos no se mueven, los otros dos se mueven despacio. El mayor se agacha para
mirar por la ventana.
Qué sentido
tiene tapar la vista de las cumbres, el cielo surcado por puntos como pájaros.
Ese hombre, el
guardia civil de más edad, está leyendo en las montañas la historia del mundo,
del hombre, de sí mismo. Hace millones de años, antes de retraerse hasta la
costa, el mar cubría todo. Él ha encontrado fósiles de conchas bastante arriba.
Luego la tierra se heló. Esto es un circo glaciar. Luego llegó el ser humano.
Lo hizo bien al principio pero vinieron las guerras. Y así hasta ahora, que da
igual todo.
-En el
paisaje, en el paisaje vemos el pasado. En el paisaje.
Como en las
estrellas, piensa el más joven, y la imagen nos gusta a todos. A todos. Tiene la sensación de que una vez
conoció a alguien de la ciudad donde vive la hija de Tere, pero la sensación se
desvanece en seguida en el oxígeno.
Podría
escribir una carta a la hija de los cadáveres, piensa, una carta personal de un
desconocido. Le va a contar que él fue bueno, que quería a sus padres –mucho,
muchísimo- y que un ratón dejaba dinero debajo de la almohada cada vez que
perdía un diente. Que siente la muerte ajena como propia.
Le parece una
buena idea.
Luego, lejos
de los suicidas, le parece una mala idea, una idea solemne, impropia, y no
escribe nada.
Los dos
guardias civiles difieren en muchos aspectos.
El más joven
ve el pasado en la bóveda celeste, el mayor en las montañas.
El más joven
ahorra, el mayor gasta.
? ? ? ? ? ?
Juanma acerca
el teléfono a lo que un día fue la cara de Kif. En el morro queda algo de
pellejo arrugado en una sonrisa, y los bigotes. Sólo hay un ojo. El hocico
apunta al techo, el cuerpo está estirado, rampante, fiero. Las patas,
dispuestas a trepar a un árbol o a un escudo. La cola está cubierta de pelos
sin color y termina en un pompón. Algo parecido a miel gris o a una red se ha
secado entre las costillas.
Juanma se tapa
la boca con la mano. No huele mal en el sótano, no quiere gritar. Es un gesto
histórico que aquí significa: ubi sunt.
¿Por qué
oscila Kif como la lámpara de un transatlántico, qué quiere decir su tierno
movimiento de izquierda a derecha?
Juanma sigue
el vaivén del perro con la luz del móvil.
¿De qué raza
sería?
Clic, y la luz
del día ilumina todo.
En el baño,
Juanma deja correr los grifos, desmonta las ventanas de sus rieles, descuelga
la persiana –exterior, rota-, abre los cajones de un mueble en esquina.
Aparecen: unas
pinzas de depilar doradas, una cánula, una pelota de tenis, un ovillo de hilo,
una tarjeta de visita de un anticuario de Granada, jabones y una costra de cera
de depilar seca. Dentro de la bañera hay una silla de jardín y un cenicero.
Árboles y paredes comparten cierta inercia vertical, encierran y protegen a
Juanma, que a su vez está de pie, en el baño, con un papel entre las manos. Son
los efectos secundarios caducados de una medicina vermicida. ¿Qué hacía Juanma
aquel mes, aquel año? Su mente cavila, titubea, se atasca. Era un galgo pequeño
pero con el hocico más plano. La cintura, muy estrecha. No tendrá vísceras ya,
o quizá se hayan arrugado en su interior. Algo así como una cadena de ciruelas
pasas. Quiere imaginar un intestino de perro y piensa en callos. Tal vez. ¿No
estaba la piel rota? ¿Rasgada?
Abre un libro
cualquiera, un folio doblado cae a sus pies. ¿Es esto una sinopsis o un logro
filosófico? ¿Es quizá una refutación? Trata sobre el lenguaje y su objeto y
está escrito a máquina, en el pasado. Es importante o lo parece. En la parte
inferior, hay un dibujo de un círculo del que salen flechas de ida y vuelta.
Algunas son discontinuas. Se dirigen a varios puntos equidistantes: núcleo,
forma, ser. Conviene saber todo esto.
Juanma, en el
centro del sótano, se sube a un taburete y viste a Kif de los pies a la cabeza
con una bolsa de basura. Sujeta una linterna entre los dientes. Frunce la boca
de la bolsa de un tirón, anuda las asas a la cuerda de la horca y sube a la
cocina, a la luz, en busca de un cuchillo de sierra. En el cajón de los
cubiertos encuentra una moneda grande con la cara de un ¿presidente? ¿rey?
¿libertador? que no conoce. En la cruz un escudo, una bandera y los puntos
cardinales.
Sube las
escaleras del sótano a la cocina con una bolsa de basura en brazos. La espina
dorsal del perro está apoyada contra su pecho desnudo, la cabeza descansa en su
mano. Posa la bolsa en la encimera y palpa su contenido primero con dos dedos,
después, lentamente, con los diez. Desata el nudo, rasga el plástico y mira a
Kif durante un rato.
Después, con
la ayuda de una cuchara y un cucharón, le da la vuelta y lo observa por el
perfil tuerto.
Después, mete
a Kif de cabeza en una nueva bolsa de plástico con autocierre, de cincuenta y
cinco centímetros por cincuenta y cinco centímetros. La hipotenusa la puede
hallar cualquiera, creo. La diagonal es siempre o casi siempre más larga. Mide
tanto: pues un poco más ocupa el perro. La punta del rabo, esa suave bolita de
pelusa como una flor de diente de león, ha quedado fuera de la bolsa.
Juanma deja a
Kif en el suelo, junto a su cuenco, y después limpia los armarios, la encimera,
el frigorífico y la terraza. Detrás de una maleta llena de cadenas enrolladas,
encuentra un sobre con una fotografía de una mujer y una niña. Las dos llevan
el pelo largo y raya al medio. Es verano. Están sentadas en un murete de un
paseo marítimo (¿cualquiera? ¿específico?). La mujer se sujeta unas gafas
pequeñas, minúsculas, en la punta de la nariz. La niña lleva unas gafas
inmensas para su cara y las sujeta apretando las manos contra las orejas. En el
sobre, una columna de ¿palabras? Bom sos / ox ret / me / 1,50 / herra –ba / desa.
Al amanecer,
Juanma sale de su saco de dormir, en el sofá, y va a la cocina. Friega una taza
de Tere y la llena de agua. Disuelve un sobre de café, se toma una aspirina,
vuelve al salón, enciende la radio en su ordenador y coge un librito al azar.
Es el problema XXX. El vino tinto hace más espuma que el vino blanco.
¿Está esto subrayado? ¿Hay notas verticales en
los márgenes? A veces nos sentimos sumidos en un estado de aflicción, pero a
veces, sin motivo, estamos animados como Juanma hoy, eufóricos. En general, nos
encontramos en cierto estado tibio, que se caracteriza por el conocimiento del miedo
y de la ausencia de temor.
¿Y así, sobre
esa especie de base, se mantiene el mundo?
Pero, en
serio, ¿qué es esto?
Juanma saca
otro libro del lugar donde Jesús lo colocó, luego otro, luego otro más, y
encuentra: una tetilla de biberón, un ovillo de hilo, un trozo de alambre y una
pegatina doblada sobre sí misma. Abre un diccionario de términos literarios: el
tres de oros. Abre un libro con la palabra “función” en su título: un cartón de
bingo. Abre una agenda: la esquela del hermano de Jesús, muerto en un accidente
de moto. Abre una caja de cerámica: un coletero y una caja de cerillas del pub
Buckingham. Abre un folleto de publicidad de un hotel de Barcelona: el
resultado de unos análisis de Tere.
¡Ahí estaban!
Con cuidado,
Juanma levanta al perro del suelo, lo posa en la encimera y corta la bolsa por
el cateto. Kif está rígido, obediente, seco y frío al tacto. El collar le queda
grande: KIF. KIF.
Juanma mete el
dedo por debajo del collar y lo recorre hasta la hebilla, que está encarnada al
pellejo del pescuezo, entre pliegues y pelo. KIF. Juanma da un tirón. Friega un
cuchillo cebollero y coloca a Kif boca arriba en su sábana de plástico, abierta
como un secreto. Le sujeta la cabeza con la mano izquierda y clava la punta del
cuchillo en la garganta, entre el collar y la cuerda. La ¿piel? (¿carne?) es
correosa. Juanma corta, después mete dos dedos por la herida y hurga, palpa
quizá la tráquea, quizá la lengua desinflada, quizá el cerebro –cómo saberlo.
Encuentra un
hueso en forma de taba, aprieta, tira y disloca. Juanma es fuerte, Juanma es
hábil, Juanma separa la cabeza del cuerpo del perro.
Friega el
cuchillo, friega el collar de KIF, se lava las manos con un estropajo, se seca
las manos en los pantalones y tira a Kif, cuerpo y cabeza, a una nueva bolsa de
basura, que deja junto a la dama y el caballero del paragüero, a la entrada.
Tenga cuidado,
tome mi brazo.
Gracias.
Ubi sunt.
Juanma abre un
cajón de un aparador en el dormitorio y encuentra otra naturaleza muerta.
Bragas de Tere, medias, una bolsa de terciopelo con dos collares, un sobrecito
de azúcar, un paquete de cuatro pilas sin abrir, clips de plástico, un candado,
una felicitación de Navidad que canta un villancico, una cajita de música, el
cuco de un reloj, un carrete de fotos, el diario de la hija de Tere y Jesús.
Hoy he cumplido diez años y un día y no ha pasado nada.
Sale el sol,
el sol se pone. Juanma dormita pero no duerme. A media noche, llena el coche de
libros, maletas, cajas y bolsas de basura.
De las cuales
una es Kif, que viaja en su regazo.
El coche de
Juanma es un descapotable en potencia. El aire fresco –un hedor- le despeja.
Frena, da marcha atrás, entra por una pista de tierra a la derecha de la
carretera y se detiene al llegar aquí, a cierto punto en medio de la noche. Los
faros iluminan el negativo de un árbol, un puente y un camino entre pinos
blancos, iridiscentes.
Es un paisaje
negro.
¿Es un
enclave?
Juanma tumba
el cuerpo de Kif en una cuneta, boca arriba. Coloca la cabeza en plano sobre el
pecho, entre las patas dobladas, con el hocico apuntando al vientre. Lo cubre
con una rama y vuelve al coche. Deja la bolsa de basura vacía en el asiento del
copiloto y conduce hasta su casa, donde entra hacia las seis y cuarto,
perplejo, exhausto, llevando a Kif dentro de una bolsa, en dos trozos, en
brazos.
Ya basta. ¿Qué
es esto?
Juanma baja al
sótano, Juanma sube a la cocina.
Y Juanma abre
cuatro, cinco y seis cajas alargadas, donde encuentra disfraces de Tere y
Jesús: de faraones, de tiroleses, de faquir y ¿bailarina?, de gondoleros, de
cura y monja, de trogloditas. En cada caja hay escrita una fecha, y en la
última Juanma encuentra un disco de valses vieneses y un costurero. Encuentra
la colección de fósiles y minerales de la hija de Tere y Jesús, unos
caballetes, muchas bombillas fundidas.
Se ducha, se
viste, se va de casa en coche por la carretera de la costa, entre tapias, hasta
un centro comercial. Encarga un colchón, compra varias revistas, cena, va al
cine, juega un rato a los bolos, vuelve, no duerme hasta el amanecer. Luego, su
descanso es pesado y oscuro, sudoroso.
Clic, se
despierta en el sótano.
Cada vez hace
una temperatura más parecida a la de ayer. Brilló el sol, lucirá el sol. Ahora
es madrugada. Juanma está en la cocina, de pie, en calzoncillos. Come un flan y
vigila cuatro cazos en los que hierve parte de Kif.
Ni una olla
tenían Tere y Jesús. Ni una. Cazuelas pequeñas, para dos. Juanma ha dividido a
Kif en siete trozos más la cabeza.
Aun siendo
pequeño, del tamaño de un regazo, Kif tiene que ser escaldado por partes.
Juanma levanta una tapa y Kif asoma los dientes entre las burbujas, luego se
sumerge.
Y entonces, en
la oscuridad de la terraza, Juanma oye ruido como de papeles, muchos papeles al
viento, tal vez toda la historia escrita.
Pero no se
trata de eso: no es más que un buitre que se posa en la barandilla. Agacha la
cabeza entre las alas y observa la cocina, las frutas, al hombre que sujeta un
plato y una cuchara, los cazos en el fuego, la luz del extractor, la pelvis de
Kif en la encimera.
Después de un
instante, despliega sus connotaciones y sale volando “en espiral hacia la
bóveda celeste”.
(Montaigne, sic).
Hoy es ¿ayer?
Juanma coloca los huesos de Kif sobre varias hojas de periódico en el suelo de
la terraza, entre dos sillas. Están limpios de carne y piel. Dispone las
vértebras en arco, describiendo la curva de un camino, y después, a derecha e
izquierda, el resto de elementos: la pelvis parece un pozo, los dos codos
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