La fotografía de Dostoyevski clavada en la pared con cuatro chinchetas. Su cama revuelta, muy alta y mullida. Una mesilla con el segundo cajón medio sacado. La ventana cerrada al patio interior. Aquella tarde, los ojos entreabiertos de Babil miraban fijos al teclado de su máquina de escribir. Sentado en su silla de madera giratoria y quejumbrosa había aguardado, inmóvil durante dos horas, al regreso de las musas. Iluminado por su lamparita flexo reanudó el trabajo: “El inspector Willey, que observaba imperturbable el llanto desgarrador de la mujer, controlaba perfectamente sus propios sentimientos gracias al prodigioso cerebro con que había sido dotado.” Babil suspiró. Se puso en pie. Necesitaba música, escogería a Chopin. Alimenta el alma esencialmente nocturna de mis personajes, había dicho a Esteban en varias ocasiones. Guarda un vinilo recopilatorio en el cajón superior del archivo metálico junto a la mesa. Ni Cd´s, ni Mp´s ni i´s, nada ha superado todavía su sonido, pensó mientras depositaba con mucho cuidado el disco sobre el plato giratorio de un tocadiscos portátil. Surgió la música, Babil miró su reloj, apagó la lamparita flexo, se acercó a la ventana y descorrió los visillos blancos. Ya de niño, cuando sus atisbos iniciáticos y tímidos no estaban exentos de inocencia, espiaba a Anita, vecina del segundo izquierda, y siempre había respondido a la pregunta de quién es más guapa, esa desustanciada o yo, tu madre, pues Anita, mamá.
Se sentó de nuevo, encendió la lamparita flexo y continuó con su trabajo. “No le ha cerrado los ojos, murmuró el inspector, tal vez ya no sea posible. No debemos olvidar que cada área del cerebro williano está regida por un consejo de sabios en estado deliberativo permanente.”
Desde que empezó su carrera tan sólo había escrito encargos, aunque con plena libertad creativa. Al margen del género, sus novelas se venden poco. Pero, sin el menor capricho, que además dice no necesitar, y puede que sea cierto, Babil vive de la escritura. Actualmente trabaja en una historia detectivesca. Ha creado a Illinois Willey, un policía solitario, austero, de inclemencia clásica. La sabiduría de verdad no está al alcance de cualquiera, sostiene Babil, y se pregunta: ¿Cuántos expertos hay en el mundo acerca de materias cuyos problemas jamás se verán obligados a resolver? ¿Y capaces de resolverlos? Pues el inspector Willey con sus poderes cerebrales sería un individuo resolutivo.
Babil nació muy desmejorado, padre y madre dudaron sobre la viabilidad de aquel bebé. Su delgadez le hizo parecer enfermo durante años. Hasta los treinta había vestido como un príncipe, al menos eso decía Anita cuando se cruzaban en la escalera, y el pobre, ruborizado hasta el ardor, aceleraba el paso arriba o abajo. Alcanzó celebridad en el colegio un abrigo verde que llevó durante años hasta derivar en chaquetón de un tono grisáceo y trufado de bolitas y rozaduras. Jamás fue buen estudiante. Suspendió cuatro veces la selectividad y renunció a la universidad para siempre. Como administrativo en el banco en donde trabajaba su padre fracasó porque era muy despistado y caótico. Posteriormente tratar con el público al otro lado del mostrador le bloqueó y no consiguió dominar las operaciones con el ordenador. En el departamento comercial elaboró por iniciativa propia una base de clientes potenciales a partir de listines telefónicos. Aún hoy recuerda muchos de aquellos nombres. Pero el banco ya tenía bases de datos diáfanas y exhaustivas, le aclaró su jefe, según Babil, un fanático religioso que le instó a ingresar en una secta con capacidad reproductiva ratonil.
Despedido definitivamente, logró, gracias a su padre, que el banco le proporcionase referencias excelentes. Al poco tiempo se disponía a vender por teléfono productos financieros para una empresa no demasiado transparente. Durante una semana recibió formación junto a otros reclutas. Impartida por dos hombres agresivos y extranjeros y una mujer rubia y hierática de quién Babil se enamoró a primera vista, aprendieron técnicas para tentar y exprimir al cliente sin contemplación, aunque también debían cuidar las necesidades de ese cliente informándole, con muchos matices atenuantes y una vez caliente, de posibles riesgos para su inversión. Al final de la tercera semana Babil no había conseguido una sola venta. Sus compañeros exhibían una actitud vehemente e incluso parecían creer en el trabajo. La mujer rubia ya no le hablaba, aunque lo había hecho sólo dos veces durante el cursillo para decirle que gritase más y cambiase de corbata. Con cordialidad se despidió a si mismo. Trató de explicar a su familia que ahí afuera todo era demasiado concreto y tangible para sus intereses. A partir de entonces, se desentendieron de él, y él, encerrado en casa, del mundo. Tan sólo quedaría un cuarto interior y años de lecturas, películas y tristeza crónica.
Fue un jueves cuando empezó a escribir. Por la mañana acompañó a sus padres al médico. Hay sangre en mis heces, había confesado una semana atrás don Anselmo. Al salir de la consulta fueron a una terraza para tomar un refresco. En la mesa contigua dos ancianos bebían infusiones. Ambos miraban en silencio hacia la acera. Babil tampoco hablaba, ni sus padres, a excepción de los puntuales “Qué bien se está en esta terraza”. De pronto un anciano dijo: “Hoy hace calor” y su compañero respondió: “Qué puedo yo hacerle”. En casa, Babil, empujado por un furor desconocido, tomó un folio y redactó el pasaje de los ancianos. Empezó a escribir con asiduidad y gracias a Esteban conoció a su editor. Una persona con muy buen ojo, le había asegurado. A partir de su primera novela, abandonaría aquellos ropajes formales a cambio de su estilo desenfadado actual. El tiempo me ha dado la razón, afirmaba ahora con orgullo doña Nieves, Babil no es viable a pesar de tener cuarenta y dos años. Y lo peor, qué mujer iba a cargar con semejante arguellado sin oficio ni beneficio, ni la desustanciada de Anita. Pero Babil considera a Batalla de batallas, Amor terminal, Lubricidad cósmica, Jamás me abandones, Gatos y ratones bajo el signo de piscis o al todavía proyecto El cerebro de Illinois Willey sus criaturas.
“Señora, por más que grite y gimotee el muerto no reaccionará, apuntó, y por cierto, ¿Ha pensado en el suicidio? preguntó de cuajo. Conozco su fama de impertinente, dijo la mujer entre sollozos, pero no imaginé que llegaría tan lejos. No inspector, lo superaré. Me refiero a su marido, aclaró Willey. ¿Mi marido?, se extrañó la mujer, este hombre no es mi marido, es mi hermano, mi único hermano. Se ha disparado él mismo, dijo Willey aparentemente sin reparar en la revelación de la mujer y mientras preparaba dos copas de ginebra. ¿De verdad lo cree, inspector? Willey estaba convencido y dio detalles de cómo su hermano se habría disparado. Pero ¿y la pistola, inspector?, estaría por ahí, tal vez debajo del cuerpo. La mujer dijo que no. Willey se indignó, no deberían dar ojos a quien no desea ver, espetó. Pero yo deseo ver la pistola de mi hermano, replicó temerosa. Eso no está bien para una hermana, respondió Willey, pero sí quiere podría enseñarle la mía.”
Babil se reclinó en la silla. Un té. Apagó la lamparita flexo, abrió la ventana y salió de su cuarto rumbo a la cocina. El piso familiar es mediano, con techos altos, lámpara de bronce en el comedor, muebles de maderas oscuras, cuadros con motivos de caza o paisajes montañosos por cuyas laderas verdes bajan ríos decididos. Aunque entre su colección tiene un cuadro preferente. Una avenida ancha, iluminada al atardecer por farolas de gas. Por sus aceras pasean hombres y mujeres bien arreglados. Pasan coches de caballos por la calzada. Los rayos de sol postreros destacan los cristales de las casas señoriales al fondo de la avenida. Nada es nítido, pincelada gruesa y colores abigarrados, insinuación de una época, de un momento. No está firmado y había pertenecido a su abuela materna, una mujer con aires de grandeza que al parecer inventó para su familia una ascendencia de alcurnia, porque la realidad genealógica, a juicio de Babil, era mucho más mundana. En una de las aceras, la figura de una mujer, lejana, un par de pinceladas apenas, medio agazapada en un portal, sugería a Babil la posibilidad de que fuese su tatarabuela. No puedes afirmar con seguridad que se prostituyese, ni que salga en ese cuadro, y tú lo sabes, había dicho Esteban una tarde. Pero existían posibilidades y además Babil desea ser producto de las aceras, del barro de las calles, de fornicio anónimo, genes desconocidos viven en mí, Esteban, había aseverado con mirada encendida. Y si alguien demostrase que aquello del conde venido a menos por una serie de contubernios políticos en su contra era cierto, le defraudaría mucho. Pero reconocía dudas y tal vez aquel hombre con chistera y bastón cerca de la mujer agazapada corroborase la tesis de su abuela Mercedes. Eso cerraría el círculo, concluyó Esteban.
Su madre no estaba, habría salido al bingo con aquellas harpías. Prepararía té él solo. Con la taza en la mano regresó a su cuarto y se acercó de nuevo a la ventana. Al instante se retiró, en un descuido se había asomado más de la cuenta e incluso había podido ver fugazmente el suelo del patio interior. Corrió sobresaltado a sentarse en su silla, la madera emitió un crujido enérgico. Dejó en una esquina de la mesa la taza de té y salió al baño a por papel higiénico para secar el suelo de infusión. Lo mejor era volver a escribir para olvidar el mal trago. No sin antes dar la vuelta a su disco de Chopin. Pero estaba asustado. No tan cerca de la ventana, se dijo, este descuido podría haberme costado la vida, no tan cerca de la ventana, pero si ya no es la hora de Anita… ¡Mierda!… ¿no ves que no puede ser Babil? No debes tentarte. Se acercó de nuevo a la ventana y la cerró con determinación. Tranquilizado, encendió la lamparita flexo y regresó a su trabajo…
“No comprendo a dónde quiere ir a parar, inspector. Willey necesitaba imperiosamente acceso a cierta área cerebral. En definitiva, que mientras trataba de resolver el caso a la vez que anhelaba encamarse con la hermana desconsolada, discutía con varios estamentos de su cerebro. Se consideró que Willey merecía cierta información con que paliar un poco su indignación. Se nombró un portavoz como interlocutor válido. El resto de autoridades se retiraron para dejar al portavoz a solas con Willey. Inspector, inspector, perdone… pero ¿le ocurre algo? Parece usted ausente. Willey invitó a la mujer a servirse otra copa y dejarle en paz porque se disponía a celebrar una reunión que podría esclarecer aquella muerte. ¿Con quién se reunía si allí no había nadie más? Pero el inspector ya estaba sentado en una silla con los ojos cerrados. Querido Illinois, tengo entendido que deseas conocer la identidad del asesino u asesina de ese infeliz, dijo el portavoz, un hombre bajito pero con la voz grave y profunda. Pues bien, ha sido la cuñada. No es posible, dijo Willey, el muerto era su único hermano…a no ser… sigue, Illinois, le animó el portavoz, que esa mujer sea… ¡exacto! estalló el portavoz, ¡su cuñada! ¿Su cuñada? ¿Estaba de broma el enano? Esa mujer era su hermana, Willey se refería a otra cosa, ¿Pretendía tomarle el pelo? ¿Qué cómo sabía que esa mujer era la hermana? Ella lo había dicho con naturalidad y además Willey confiaba en su propia intuición. El hombrecillo le preguntó si podía asegurar que no era víctima de las maniobras de la temida O.S.E. porque nadie está libre de enemigos, para no tenerlos debemos estar muertos, vociferó el portavoz, incinerados para evitar incluso a esos organismos que nos devoran. Los gusanos eran amigos de la naturaleza afirmó desafiante Willey. Tonterías, naturalezas… ¿no veía Willey que somos ella misma frente al espejo?” De pronto, Babil se sintió completamente hastiado. Su madre tenía razón, no era viable. Debería haber estudiado alguna carrera como la gente normal o tener un oficio con el que alimentar una familia. Se había convertido en un pobre hombre, a veces incapaz de distinguir entre realidad y ficción, por más que la línea entre ambas dimensiones fuese tan fina. Además, temía al vértigo, sí, pero le atraía como a veces los cuchillos de cocina, sentía un placer fúnebre sumergido en la bañera llena de agua caliente, acudían a él imágenes de brazos colgantes y suelos ensangrentados, cuerpos balanceándose del cuello, gas que mana en la cocina, botes de fármacos… Confundido se abalanzó de nuevo contra su cama. Nada fluía. Los castores me han represado el rio, pensó, como en aquel documental. Lo veía venir. Me seco. Moriré encogido como un pajarillo enfermo. Ojalá tuviese un cerebro como Illinois Willey. Me pregunto qué haría él en mi situación. Babil se durmió entre pensamientos e imágenes en cuyo significado prefirió no indagar. Habían pasado cuarenta y cinco minutos cuando despertó con el lado izquierdo de la cara totalmente aplastado contra la almohada. No sentía el futuro. Recelaba del pasado. Me han cortado los pies y soy más bajito, me mirarán por la calle, tal vez me escupan o lancen monedas. De repente ya no le importaba su novela, como si jamás hubiese escrito. Años perdidos, años vacíos. Un tiempo irrecuperable. Se acercaba el anquilosamiento total. Temía enfrentarse cara a cara con la vida. De vez en cuando Babil se veía como un vaso sin fondo en el que pueden ser vertidos millones de litros de agua sin almacenar una gota, pero que mientras transita por el interior del cilindro crea una ilusión de contenido y plenitud. Estiró el brazo y tomó el auricular de su teléfono.
––Hola, Esteban. Necesito algo que ponga fondo a mi vaso.
––Hola, amigo…Tu famoso vaso...
—No sé si creer en Dios.
—Pensé que ya tenías a Dios superado.
—Yo también.
—Eres muy libre de creer. Si bien, yo optaría por un Dios ajustado a mis criterios.
––Pero necesito nuevas pautas morales.
––Babil, sinceramente, y quizá me equivoque, pero no te veo en esa tesitura. Creo además que está conversación pertenece a otro siglo.
––Quizá yo también pertenezco a otro siglo.
––Quizá todos pertenezcamos a todos los siglos…
––Cuanto tiempo ¿verdad, Esteban?
––Demasiado para seres tan insignificantes.
––¿Y qué Dios se ajustaría a mis criterios?
––La historia sagrada nunca ha sido mi fuerte. Aunque siempre puedes inventarlo. ¿No es acaso inventar personajes tu trabajo?
––Pero entonces no sería más que una ilusión.
––Ahí está, amigo mío.
—Gracias, Esteban, hasta el miércoles.
Babil se incorporó y permaneció sentado unos minutos al borde de la cama. Miró hacia su máquina de escribir. Dio un manotazo en su muslo derecho. Se puso en pie rápidamente y regresó a su mesa…