Agostina no veía a su madre desde hacía más de diez años y, aun cuando su etiqueta la ubicara en la góndola de la más rancia aristocracia, se ganaba la vida vendiendo pollos en el Pata y Muslo del mercado Central. Los vendedores de puestos vecinos, que le tenían un respeto extraordinario, le decían la pollerita. Se paraba cada mañana frente al mostrador y subía los pollos uno por uno del canasto sangrante a la mesada blanca. Ahí dispuestos, como a un bebé recién nacido, los agarraba por las patas y les quitaba la piel amarilla apenas adherida al cuerpo como una camiseta transpirada. En segundos, ese mismo cadáver que ya no sangraba iba tomando forma de porciones al ritmo de su cuchilla y, lo que hacía tan sólo instantes me provocaba cierto asco, comenzaba a hambrearme hasta la desesperación. Olía a transpiración fresca. El delantal blanco salpicado de sangre alumbraba sus ojos marrones que no desviaba de las articulaciones que encontraba precisas en cada corte implacable de la hoja de su cuchilla. Es fácil culparse a uno mismo de sentir admiración y ternura en el acto propio de la descuartización, pero a mi me resultaba un sentimiento inevitable. Así como yo, todo el que pasaba frente al puesto giraba el cuello como un búho para no dejar de verla trabajar por el tiempo que durara caminar de una punta a la otra del pasillo. La crueldad es, también, una herramienta de seducción.
Cada día iba y volvía de trabajar con Lucía, su amiga de la verdulería. Vivían juntas desde que ella, Lucía, llegó a su casa una noche con la cara inflada a golpes. En la hora que le quedaba para el almuerzo, la pollerita cebaba algunos mates de puesto en puesto y aprovechaba para hacer algunos comentarios, preguntar por la vida de los demás y rara vez contar algo de sí misma. ¿Qué te voy a decir?, -preguntaba- contame vos.
A mí la pollerita me enamora.
Soy portero del mercado donde trabaja Agostina. Vaya uno a saber por qué, pero acabé trabajando como portero y en el mismo mercado que Agostina. Entro en su vida con la misma importancia de un taburete, un sillón o un florero sin flor. Como intruso, como rostro anónimo en la vida de la pollerita, disfruto sobremanera el placer de lo inconvencional, de lo transgresivo. Soy un consumidor compulsivo de la belleza de Agostina, dirán que soy algo perverso y es cierto, pero los movimientos de Agostina son zapatos enormes que caminan sobre mis terminaciones nerviosas.
Agostina camina mirando a los costados, o al suelo. O a sí misma. Camina como controlando que ninguna parte de ella acabe por caerse al piso o desaparecer sin ningún motivo. Las manos son sus preferidas: se mira los dedos abiertos o cerrados en forma de puño, se mira los dedos por separado y parece contarlos. Cuando pasaba cerca de mí, imaginaba que levantaba la mirada y me veía sentado o apoyado al marco de la puerta con los brazos anudados, imaginaba que venía y me hacía un gesto, que se acercaba y me pasaba la mano por mi espalda, suave. Pero nunca lo hace, nunca lo hizo.
Un día se fue y en su lugar llegó Octavio, un hombre canoso, con barba y una antipatía que llevaba con mucha autoridad. Cosas que pasan, pensé, pero después de irse, la estuve buscando por todas partes hasta acostumbrarme a la idea de las tardes sin ella. Me llenaba los días de actividades, hacía trabajos que no me correspondían, sin quejarme ni tampoco proponérmelo. Buscaba olvidarme de momentos que nunca había vivido, como el segundo en que Agostina pasaba cerca de mí y me miraba, y después se quedaba y me contaba que no tenía nada para contar. Como el momento en que acariciaba sus piernas cansadas en la vereda del mercado. En los tiempos de mayor optimismo sacaba conclusiones a futuro: ya nunca más dejaría pasar frente a mí a una mujer como Agostina que se mirara las manos como Agostina ni que dejara al pasar una estela nebulosa de esencia de felicidad. Pero son las formas infantiles las que guían mis pensamientos y es por eso que no acabo de crecer.
Los días que siguieron habrían merecido, en la estética del cine, un cuadro de texto que introdujera la siguiente escena para ahorrar tristezas innecesarias: Pasaron 5 años.
Fue un martes que volví a verla. A finales de noviembre, creo, en una feria de zapatos sobre una calle cortada del centro. Todavía en primavera pero el calor que hacía era asfixiante, podía sentirse la sangre burbujeante por dentro, o quizás fueran los nervios, no sé. Me quedé mirándola con el mismo gesto alerta de quienes se enfrentan a lo inevitable, a la muerte, o a los ojos de Agostina. Sin un solo guiño de sorpresa me vio y se acercó hasta mí, tenía una bolsa con zapatos rojos en un brazo y me extendió la mano para saludarme. La agarré sosteniéndole tres dedos y, sin pensarlo, la besé en la mano, idiota. Nunca antes había saludado a nadie de esa manera, pero lo hice con una seguridad tan sincera que sentí que no era yo el que tomaba mis decisiones. Besar la mano de una mujer me resultaba un gesto ridículo incluso en las ridículas películas que lo admitían. Pero las cosas se hacen o no se hacen, me decía mi vieja cuando las explicaciones se volvían rebuscadas. No voy a andar con vueltas, la besé en la mano, fui yo y, sí, esa tarde fui el más ridículo de la ciudad.
Nos quedamos parados un momento diciéndonos hola de maneras que no recuerdo y de repente, como si una enorme ventana se hubiese abierto, empezó a soplar un viento áspero, agresivo, cargado de tierra y papeles de diario. Sin soltarle la mano le pedí que me acompañara y nos metimos por un atajo que llevaba hasta un bar con mesas hechas de troncos enteros. Nos sentamos. Sus zapatos nuevos estaban empañados por el polvillo y Agostina los limpió con las servilletas del café. Pedimos dos cortados.
Me preguntó por el mercado, por los puesteros y por su amiga Lucía que ya no vivía con ella. Yo no quería hablar de eso y la escuchaba mirando el plato donde cortaba en pedacitos unas galletas de vainilla. Me dijo que el tiempo que había estado fuera del mercado había sido cruel, que extrañaba, que le hacía mal recordar y otras cosas que sólo escuchaba pero no descifraba.
La interrumpí.
Le dije: las próximas diez veces que te vea voy a saludarte así. Y empecé a besarla como un adolescente. Al principio solo y después con la ayuda de su boca. Así de ridículo y así de real. Estaba decidido a juntar en un día todas las maneras estúpidas de actuar, a romper en treinta minutos con esa rugosa manera de andar por la vida detenido por el miedo a la velocidad. Sus labios eran de café y los míos tomaron cada gota, como la primera lluvia.
- Paguemos.
- Me gusta tu pollera verde con bolsillos.
- Paguemos.
- Me gusta cómo te miras las manos, como contás tus dedos, cómo me pedís que paguemos.
Nos fuimos. Agostina no quería esperar y había puesto sus manos al costado como formando fila, pegadas a la cadera. La seguí dos cuadras pidiéndole de todo menos disculpas. Le conté de mis tardes en el mercado esperando que me mire, esperando que me pase la mano por la espalda, suave. Le conté que cada día me acordaba del reflejo de su cuchilla trozando pollos, de los mates que cebaba y de su amiga Lucía. Le dije que en cinco años lo mejor que me había pasado fue encontrarla en el mercado comprando zapatos y paró un taxi.
Primero sonrió.
Segundo, me besó.
Tercero, se fue.
Me quedé mirando el taxi hasta que despareció. Comí un pancho en la calle y hablé de mujeres con el vendedor. Te dejaron afuera, me dijo entre otros gestos de apoyo.
- ¿Qué le ponemos?
- Mostaza y lluvia de papas.
Todo lo abstracto de la idea de fracaso se había hecho mueca en mi cara. Caminando a casa por el centro repasaba mi vida entera en postales como éstas: paseos lentos por los parques, noches de películas continuadas, cervezas en el balcón. No estaba triste.
Llamé a mi vecino y le conté lo que me había pasado.
- Boludo.
- Ya sé, fue lo primero que me salió.
- Los tipos como vos y como yo no se levantan minas, tenés que saberlo. No saben, no van a aprender, no pueden. Vení, tomemos algo.
Mi vecino me dejó tranquilo. No había estado tan mal, simplemente era así: los tipos como yo no pueden, no saben, no aprenden. De las tres negaciones, prefería la imposibilidad de aprender. Tomamos garibaldi, dos partes de jugo de naranjas y una de campari. Con hielo.
Hacía tres semanas que ya no pensaba en ella ni en la idea de fracaso y me había acostumbrado a trabajar lo justo sin preocuparme demasiado por las cosas que hacía ni por las que dejaba de hacer. Trabajaba, cocinaba y dormía. Hasta que una tarde apareció Lucía, la amiga de Agostina.
Mario, me llamó. Traía las manos en los bolsillos y el pelo atado en rodete. Lucía nunca venía a hablarme y sólo nos saludábamos cuando pasábamos al lado del otro.
-Agostina me dio esto para vos.
Era el ticket de un bar. Lo leí, me sentí poderoso, gigante, lo contrario del fracaso. Me corría ansiosa la sangre por las venas y le agradecí a Lucia con un abrazo. Lo leí dos veces, tres veces. Repasé las letras y los números contando que estuvieran todos. Quise disimular la alegría y hubiera preferido tener que fingir tristeza, que siempre es algo más fácil. Lo guardé en mi billetera junto con los boletos capicúas que pongo dentro de un celofán y junté las últimas bolsas que me quedaban de sacar por las puertas del mercado.
Cada noche agarro el tubo y me decido a llamarla. Cada noche también, me convenzo de que mañana será mejor. Voy a contarle los dedos cuando vuelva a verla y voy a darle, uno por uno, los nueve besos que le quedé debiendo. Mañana.
Parientes
-
¿Los parientes de Valeria? ¿Quién de ustedes es pariente
de Valeria Ortega?
Nadie contestaba.
La enfermera buscaba entre la gente alguna persona que
estuviera impaciente o preocupada como supuso que estaría un conocido de
Valeria; miraba los rostros de cada uno de los que estaban, los estudiaba,
depositaba la mirada con tanta intensidad que era casi imposible no sentirse
intimidado. ¿Alguno de ustedes conoce a Valeria Ortega?, insistió. Y otra vez,
nadie contestó.
Era febrero del dos mil cuatro. Entonces yo vivía
cerca del hospital San Roque y cuando salía de mi trabajo en la biblioteca
vendía flores en las salas de la maternidad para no volver a mi casa. No es que
lo necesitara, pero la soledad me había maltratado y los hospitales siempre
despertaron curiosidades en mí, como para algunos los trenes, o los aviones,
para mí los hospitales tenían eso de enigmático que los volvía un lugar de
emociones opuestas y por eso, fascinante. Un mismo lugar para los nacimientos y
las muertes, si existía un más allá, las puertas tenían que estar ahí. Esa
tarde, pensando en quedarme poco tiempo, había llevado sólo cuatro ramos de
rosas: tres de rosas rojas y uno de rosas amarillas. No iba a quedarme más de
media hora o cuarenta minutos y al rato de llegar ya había vendido tres. Sólo
me quedaron amarillas: las rosas rojas son siempre la opción primera, aunque
tenga treinta ramos rojos y uno solo amarillo. En un hospital, las flores son
todo el montaje permitido y el color no es algo que se pueda negociar: si la
postal exige rosas rojas, un ramo de rosas amarillas equivale a una escoba de
alambres o a un teléfono celular: una regla del gusto que no consigo
aprender.
Como siempre pasa, cada vez que quedo con un solo ramo
en mano, ya nadie cree que lo esté vendiendo. Entonces me senté unos minutos en
la sala de espera. El piso olía ácido, como a algún poderoso desinfectante
distinto al de otros días. Crucé las piernas sobre el asiento del frente y apareció
en la sala la misma enfermera de antes, pero con mucho menos paciencia que
aquella vez. Volvió a preguntar, ya sin sonreír: ¿se encuentra aquí algún familiar
de Valeria Ortega? Esta vez no soportó la indiferencia y con un movimiento torpe
hacia adelante fijó la mirada en mis ojos y se acercó hasta mi asiento. Me
habló con determinación, dijo:
- Valeria me contó de usted, sabía que la estaría esperando con rosas
amarillas.
- ¿Valeria? –pregunté.
- Sí, Valeria. Me dijo que sería bajo, con barba oscura y que la estaría
esperando sentado con un ramo de rosas amarillas. Son sus preferidas. Usted
sabe, no todo el mundo anda con rosas amarillas en la mano.
- No, claro.
- Venga, acompáñeme. Por favor no le nombre el accidente, es lo único de
lo que no quiere hablar. Estos días estuvo con mucha fiebre, recuperando de a
poco la pierna golpeada. Cuéntele las cosas que pasan afuera, háblele del
almacén, ese es el lugar que más extraña.
- ¿El almacén de los Morales?
- Sí, claro, el almacén. ¿Cuál otro?
Para entender lo que estaba haciendo, la única explicación
que encontraba era la certeza de contar con que la carnicería donde compraría
mi cena no cerraría antes de las diez. La enfermera me llevó por un pasillo
largo y blanco, con las paredes recién pintadas, todavía con olor a látex. Caminamos
sin hablar hasta la entrada de la habitación 272. La puerta estaba entrecerrada
y se veían seis camas, todas ocupadas por mujeres. Me acercó un guardapolvo celeste
y me pidió que lavara mis manos con un enorme jabón en pan que había al costado
del lavabo junto a una toalla verde que no usé. Me sequé los dedos con las
mangas de la camisa.
En cuanto entré supe inmediatamente cuál de las seis
era Valeria. Estaba recostada sobre un lado dándole la espalda a la puerta. El
pelo largo, colorado y sus rulos sueltos como una muestra de sacacorchos pop fueron
el dato que me quitó la duda; era ella, Valeria. Nadie que no tuviera ese color
de pelo podría preferir las rosas amarillas por sobre las rojas. Valeria no era
linda pero guardaba una historia, era como visitar un lugar inhóspito vuelto
hermoso por su pasado, tan solo un par de casas, alguna plaza, un bar, todo devenido
atractivo por la tintura de algo que ya no está pero que perdura. La enfermera
me saludó inclinando las cejas y terminó de cerrar la puerta de entrada con un
codazo suave.
Me acerqué con las flores en las manos imaginando las
líneas de su cara, la expresión de sus ojos. Por la forma de sus caderas, pensé
en sus pómulos redondos e inflados, labios anchos y carnosos. Me encontraría
con ojos marrones, una mirada desconcentrada y la nariz era una incógnita que
no podía anticipar. Me acerqué y, antes que pudiera verla de frente, me
saludó.
- Bienvenido.
- Hola, respondí.
- El olor de las rosas se siente desde el pasillo, vení, sentate sin
hacer ruido.
Corrí unas bolsas del asiento, me senté frente a ella
y la vi. Tenía los ojos cansados y rojos, como de mirar miles de horas de
televisión, como de pararse frente a un tornado sin haber pestañado. Me
agradeció las flores y su cara de niña envejecida se me apareció como una
ilusión que tuve la sensación de conocer de otro tiempo, pero sólo fueron
deseos de coincidencia.
-¿Por qué estás acá? -pregunté
desobedeciendo a la enfermera.
- Vine a pasar unos días, estoy haciendo experimentos con mis piernas -se
rió-. ¿Cómo van las cosas por el almacén de Morales?
- Bien, muy bien, al mediodía lo ayudan sus sobrinos para que no espere
tanto la gente. Ahora vende aceitunas
rellenas con morrón.
- Antes también las vendía, pero a la gente no le gustaba, son una nueva moda.
Morales sabe que le roban aceitunas, pero no lo dice, ¿nunca lo viste? Y es que
la gente siente coraje cuando está amontonada, ¿no?
Hay momentos que busco tan sólo para recordarlos
cuando no están, como trabajando para mis recuerdos, como coleccionando
historias para contar, pero que difícilmente pueda disfrutar mientras ocurren. Sentí
que hacía eso otra vez, una apuesta al azar, un poroto jugado al atractivo de
las cosas que no son interesantes. Yo miraba a Valeria y buscaba preguntas que
hubieran pensado mis amigos, generaba situaciones que habría reclamado yo si lo
estuviera mirando en la televisión.
- Acá no tenemos música, ¿te diste cuenta? -tiró Valeria sin antecedente-
Sólo cuando a alguna de nosotras se le ocurre cantar, así, porque sí.
- ¿Y qué canciones cantan?
- Bajito, que están durmiendo. Cambiamos letras de canciones famosas, canciones
con palabras de amor. Y nos reímos. Donde dice amor, ahora dice olor, por
ejemplo; donde le cantan al corazón, nosotras al pantalón. Como hacen las chicas,
como hace mi hija.
- ¿Y tu hija? -me animé.
- Ella también hace canciones.
Había colgados de la pared recortes de diarios, fotos
de gente grande y de chicos jugando en el agua: su porción de sala de hospital
parecía una habitación adolescente. Yo miraba curioso cada rincón de su rincón
y, como una muralla imprevista, choqué con el escote de Valeria que me incomodó
sobremanera: debajo de su bata estaban los únicos sobrevivientes de la
juventud, la única señal de prosperidad de un hospital venido a menos. Me
detesté por capturar ese detalle y miré hacia abajo con un gesto de demora. Ya
no podría estar con ella sin pensar en eso. ¿Cómo no los había visto antes?
Hablamos de lo mucho que prefiere un grito fuerte a
las explicaciones aburridas, discutimos sobre los colores tristes de hospital y
tomamos a fondo una copa de vino que ella guardaba escondida bajo la cama.
Hasta que se durmió: Valeria se durmió y en dos horas
y media de conversación nunca dijo mi nombre. Escondí la copa usada y me fui en
silencio.
Ya era de madrugada y tenía un hambre sólido, unas
ganas de comer tan encaprichadas que no me daban tiempo de volver a casa. Me
acerqué entonces al vendedor de praliné, Ricardo, y le pedí dos bolsas de
almendras que comí casi sin masticar, metiéndomelas en la boca de a puñados. Me
preguntó cómo estaba y esa sola pregunta me dio la oportunidad de contarle lo
que había pasado –el riesgo de preguntar por los demás-. Había vendido todos
los ramos menos uno que me quedó de rosas amarillas, empecé. Le narraba cada
detalle de lo que había vivido antes de entrar a la habitación y él, batiendo
la olla con su cuchara de madera, me interrumpió.
-¿Valeria? –preguntó.
- Sí, Valeria Ortega -contesté agitado.
- Yo también, a veces la visito. Un día me estaba esperando, fue como un
milagro. Esa mañana yo vendía praliné en los pasillos y una enfermera se acercó
y me dijo: Valeria me habló de usted, un hombre alto, pelo lacio, ella lo estaba
esperando…
Al principio me sentí estafado. Valeria era amiga de
Lourdes, la enfermera del hospital y ella le inventaba visitas o amigos. Parientes,
digamos. Después, Valeria charlaba con ellos -con nosotros- y tomaba vino hasta
quedarse completamente dormida: palabras más, palabras menos, esa era la
rutina. La magia de lo casual, los movimientos fortuitos de la coincidencia, todo
el misterio del azar había estado programado, medido, calculado. Sentí sobre la
espalda todo el peso de la racionalidad, como un niño despertando a la vida. Qué
pelotudo, pensé. Qué boludo, le dije a Ricardo.
Entré a buscar a Valeria para encontrarla y decirle en
la cara que todo lo sabía, que la putamadre y todo lo demás que se me ocurriera
cuando la tuviera enfrente. Caminé puerta a puerta los mismos pasillos blancos
y llenos de olor ácido hasta llegar a la sala 272, donde había estado con ella
hacía menos de una hora. Empujé la puerta con las dos manos y en su lugar: un
bolso lleno de zapatos.
-¿Valeria? –pregunté, casi gritando.
-¡Silencio!, están durmiendo, ¿no lo puede ver? –Me
detuvo un guardia gigante, que apareció
detrás de mío notablemente enojado-. ¿Es usted pariente de Valeria?
-A veces.
-Por favor, no complique las cosas, retírese.
- Entonces, ¿no está Valeria? Déjele saludos, por
favor. Del primo, dígale, un saludo del primo de las rosas amarillas.
-Vamos, rosas amarillas, no sea ridículo. Salga por la
puerta azul y no vuelva a entrar sin autorización. Su bolso, señor, llévese los
zapatos que dejó sobre la cama.
Agarré el bolso como me había ordenado el guardia y me
fui. Afuera lo abrí, ni bien crucé la puerta corrediza. Entre tanto zapato
amontonado, un manojo de fotos nuestras de otro tiempo: Valeria y yo con cuatro
o cinco años, Valeria y yo corriendo juntos o escondidos debajo de sábanas de
adultos. Sus pelos eran los mismos y sus piernas era redondas y cortas como las
de una muñeca bebé. Tenía pecas y salía sonriendo en todas las fotos. Yo en
cambio era flaco, muy flaco, andaba siempre sin remera y podían contarse las
costillas de mi pecho a simple vista. Era evidente que también me divertía y
tenía la misma mirada que reconozco ahora cuando me miro en un espejo. En una
de las fotos, la más nítida, estábamos en la casa de mi abuela. Yo le agarraba
la mano y abría los ojos bien grandes, pero ella tenía la mirada puesta en la
ventana. Ahora de grande, pensé, ya no miro a la lente cuando me sacan una
foto.
Después de un rato de estar hurgando entre los zapatos,
me incorporé, cerré el bolso y lo dejé en la recepción tal cual lo había
recibido: la impunidad de los recuerdos merece al menos un breve castigo.