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Rodríguez Molina, Miguel (Mit)

El cuento de las 31



PSEUDÓNIMO: MIT

El cuento de las 31

Lo que cambia son los nombres(y al mismo tiempo los atributos)

de los personajes; lo que no cambia son sus acciones, o sus funciones.

Vladimir Propp

             Érase una vez yo que tenía un amigo. Vladimir, él. Vladimir siempre fue muy majo conmigo, me distinguió lo de las treinta y un funciones básicas en la estructura del cuento maravilloso, quizá por eso me desmarqué de su tesis. Fui pregonando a los cuatro vientos mi alboronía mental:

- ¡Qué le den hombre! ¡Qué le den! – gritaba.            Así me costó, no creo en la simpatía porque sí, ese Vladimir era un falso, pero tenía sus agallas debo reconocer, y sus principios, los que pasaban por inundar los míos. Pronto contactó con la policía y yo fui preso. La sentencia del juicio no podía ser más clara: Imposibilidad de acercarme a mi viejo amigo ruso a una distancia inferior a treinta y un metros. ¿Treinta y un metros? ¡Pardiez! ¿Qué son treinta y un metros?

- ¡Ni de guasa, esto no son menos de treinta y un metros, insisto en que aquí hay por lo menos cincuenta!- le grité un día.

- ¡Me es igual, como no te largues vuelvo a llamar a la policía!

-  ¡Ya la has llamado gilipollas! ¡Te recuerdo que estoy en mi día de permiso!            ¿Permiso de qué? Yo siempre fui un transgresor, a mí como que no me salía de las narices eso de los santos treinta y un metros. Por eso me salté mi pena a la torera. Él fue más astuto, como un zorro, me engañó.

- Bueno venga, echemos allá esas pajas.            Mira que iluso fui, ya dije que Vladimir era un falso pero no antes que yo fuera un completo ingenuo. Su boca de serpiente envenenó mi oreja, la quería a ella. Ella, sí. Larga, roja, fogosa melena. Ella, sí.

- Tontín, ¿por qué no hacemos una cosa? Pelillos a la mar, yo dejo que esa absurda sentencia de los treinta y un metros se diluya entre los fueros de una nueva amistad, la que forjemos.

- ¿Y yo? – pregunté asombrado-. ¿Qué me pides a cambio?

- Nada. Sólo que vengas esta noche a cenar con Malena a casa, yo os invito.            Sólo. Sólo…que fuimos. Tonto de mí, yo que ya me había empezado a desmarcar de su tesina, no fui capaz de distinguirlo, me dejé seducir con palabras fáciles. Pero era como si necesitara dejarme engañar, curioso.            En aquella mesa había dispuestas treinta y un gambas sin pelar, muy bien alineadas una detrás de otra. ¿Por qué las conté? ¡Qué tontería! Quizá porque esas patadas debajo del mantel sólo me confirmaban la sombra de la traición. Helena sonreía todo el rato, yo no sabía que el dedo gordo del pie derecho de Vladimir – siempre fue diestro- se introducía constantemente por el hoyito de placer de mi amada. Por eso sonreía. Ella y él. Cabrones.            Al día siguiente encontré su carta en mi mesilla.

Te dejo,

¿Por qué? Podría darte treinta y un razones de porque lo hago, pero sólo te daré una. Vladimir me ha raptado. Pero no es un rapto cualquiera, es un rapto de amor.                                                                                                                      Helena.            Larga, roja, fogosa melena. Helena, tú…¡no! Sentí que el desplazamiento de la aguja del segundero era un pequeño latigazo, y estuve treinta y un segundos recibiendo treinta y uno de esos latigazos antes de reaccionar. ¿Por qué siempre ese número?            Sí, bueno, decidí luchar. Contra Vladimir, él. Sino no habría escrito nada de esto. Dejé mi hogar, lo dejé todo tras esa puerta no blindada que cerré con llave, no me apetecía recoger aquel desorden. Sabía bien a dónde iría.

- Brujerías, conjuros y amarres. Resguardos y hechizos de amor- me dijo la bruja, negra siempre.

- Lo que haga falta- le respondí. Estaba seguro.            Negra siempre, dispuso treinta y un piedras en la mesa, después miró mi mano con lujuria de poetisa. Sacó un cuchillo.

- La mano.

- Pero…¿para qué?            Necesitaba mi sangre, que fuera vertida por esas piedras para dilucidar si de verdad estaba enamorado. Se suponía que ese líquido pasaba por mi corazón, lugar donde se albergan los sentimientos. El corte fue transversal, superficial, brotó lo suficiente del líquido rojo. Rojo. Larga, roja, fogosa melena. Lo hago por ti.

- Estás preparado- dijo la bruja-. Recibe entonces el arma mágica que te permitirá enfrentarte a tú enemigo Vladimir.            Siempre negra, sacó de entre los pliegues de su túnica, siempre negra, un manojo de hojas cosidas con un hilo. Alzó el paquete, murió el cielo.

- Papeles de hacienda- dijo-. Con esto demostrarás que ese viejo perro está defraudando al fisco.            Sonaba a guasa, pero era cierto. Cogí aquellos documentos, no pude evitar sentir ese escalofrío que recorrió toda mi espalda, tenía todo el poder de hacienda en mis manos. ¡Y en tiempos de crisis! Cohecho, malversación, estafa, desvíos, fraude…estaba todo. Siempre negra me tele-portó hasta el castillo de mi enemigo.            Allí estaba. El portal número treinta y uno. Piso tres, puerta uno. Llamé a la puerta.

- Vaya- dijo al abrir-. Eres tú            Me dejó pasar, tenía un pisito acogedor, ideal para vivirlo en pareja.

- ¿Dónde está ella? Larga, roja, fogosa melena-pregunté con displicencia.

- ¿No quieres tomar nada?            Helena apareció tras el vestidor, tenía lencería roja puesta y mi baba arrojada al suelo fue el asentimiento de la obra de arte. Jamás se había puesto así de guapa conmigo, su cara no era sin embargo suya, y había un extraño olor a fresas que la envolvía. Ella ni habló ni dijo nada, parecía drogada.

- ¡Jamás tuya! – y me tiré a por él con mis argumentos. Cada hoja que pasaba era un tormento para Vladimir. Luchamos durante horas, eché mano de la ancestral retórica y me erigí como un victorioso Cicerón. La cara de Helena fue cambiando, volvieron a latir los vasos que jamás debieron ser taponados.

- ¡Maldito! ¿De dónde has sacado esos papeles?- me increpó mi archienemigo.            El puñetazo impacto en mi ojo izquierdo, pronto brotó el magma de la inflamación, ya era el héroe que ella buscaba. Así que me abrazó y noté como sus bucles rojos volvían a bailar entre mis hombros. Vladimir estaba derrotado.            Volvimos a casa, no lo conté pero nos besamos hasta treinta y un veces después del logro. Cada reborde de acera servía para que ella se encaramase, así estaban nuestros labios a la misma altura.            No supe cómo, de pronto, en el último de esos besos, la brigada número treinta y uno de la policía judicial venía hacia mí. Portaban una fotografía, ¿era yo? No, era Vladimir, pero tenía un ojo morado y el muy cabrón se había hecho una permanente, para modelar esos pequeños rizos que siempre me habían caracterizado. Entonces sí era yo para el ojo ajeno. Traté de explicarme con la autoridad pero no atendían a razones, estaba acusado y debía treinta y un millones de euros.            Corre.

- ¡Eso corre! ¡Corre como un cobarde! ¡Sois todos iguales!- fue todo lo que me gritó Helena. Me di la vuelta un última vez para ver esa larga, roja, fogosa melena, que agitaba el horizonte con el viento.            Y corrí. Ya lo creo que corrí. Un ser humano entrenado puede alcanzar una velocidad muy aceptable de treinta y un kilómetros hora durante algún breve tiempo, estoy seguro de que yo lo logré en aquella persecución. Volé como el tiempo, sin darme cuenta hacia dónde me acercaba, tampoco quise poder remedio. Entré al edificio de la bolsa.

- Eh amigo- me dijo una sombra-. Por aquí, rápido.            Me dejé guiar, pasé varios pasillos tras esa figura bien pertrechada, giramos en una escalinata y llegamos a la oscuridad de mayor misericordia para mí. El esquinazo sirvió, los agentes judiciales se perdieron en el entramado de corredores y yo fui aire para ellos.

- Me llamo señor Blanco para ti- me dijo. Seguía siendo una sombra en la oscuridad.- No sé quien eres ni por qué me caes ya bien, aunque quizá tenga que ver con tus sucias intenciones de evasión de esos polis. La gente como tú sois valores en alza, por eso te ayudaré. Pero antes necesitaremos un disfraz para salir de aquí.            No sé cómo se hizo con un traje del mejor diseño contemporáneo, y encima a mi medida. Me vistió. Yo aún jadeaba del esfuerzo y el miedo, y había doblado mis respiraciones por minuto, hasta treinta y una.            Salimos del edificio de la bolsa, por fin la luz me permitió ver al señor Blanco con normalidad, un tipo grueso y engominado con aire de mafioso, justo lo que necesitaba. Me acompañó a casa e insistió en la necesidad de entrar en ella, ante mi desesperación no supe negarme. Mi salvador sudaba mucho, pero no olía mal. Entré de incógnito, como si fuera un corredor de bolsa más, por suerte no estaba la portera.            Quise descorchar un vino antes de hablar, sin saber lo que sucedía treinta y un manzanas más allá. A las ocho y treinta y un minutos sonó el teléfono.

- ¡Eh cabrón! – Era Vladimir-. Eres mejor de lo que pensaba, has escapado. Pero no durarás mucho. Ahora tú eres yo, todo el mundo lo cree, tienes a la justicia detrás y has heredado mis deudas. Y yo soy tú. Tendré a tu novia: larga, roja, fogosa melena. Tu dinero, tu vida libre…Y ahora voy a colgar, para que la policía sepa donde encontrarte.            Colgó y me quedé enmudecido con ese tono.

- No te pongas nervioso- me dijo el señor Blanco. Se servía el tinto en vaso de chato.

- Tengo que irme de aquí, va a llamar a la policía, se plantarán en mi casa- repuse.

- Tranquilo, aún hay tiempo para un vino. Primero comprobarán la llamada, ya saben que ésta es tu casa, iban a venir igual, no les correrá la prisa. Saca queso- ordenó.

- ¿Queso?

- Sí. Sin queso no puedo pensar.            Lo hice, saqué un cuarto de un manchego semicurado.

- Bueno niño, ¿qué sucede?            Confiar en aquel engominado era todo cuanto me quedaba, mi grado de frustración e impotencia habían vencido mis fuerzas y me desplomé sobre la silla ante ese desconocido. Le conté todo, desde que comencé discrepando de Vladimir hasta que él mismo me rescato en el edificio de la bolsa.

- ¿Sabes que estamos en tiempos de crisis? – me preguntó al concluir. Comía queso como un gordo. Lo estaba.

- Sí, no hacen más que decirlo en todas partes- le respondí.

- ¿Y cómo crees que es esa crisis?

- No le entiendo-. Realmente no comprendía por dónde pretendía ir el señor Blanco.

- Es muy sencillo. Llevo treinta y un años trabajando en la bolsa. ¡Imagina amigo!, treinta y un años dan para mucho. He escuchado de todo, he vivido muchos episodios, muchas historias que han acabado en tragedia. He grabado en mis retinas como los valores suben y bajan y he aprendido de la vida. Después de tantos años he salido a pasear a las calles y he comprobado lo que me temía. He comprobado que los grandes valores de la humanidad siguen a la baja, pero no me he amargado por ello, pues esto siempre ha sido así. La crisis no es económica, es humana y mundial. Sólo que en ese paseo, después de vislumbrar la carnicería social, amigo, he comprendido que el mejor valor somos nosotros mismos. Así he creído en el amor. Y en la verdad. A ello te invito.            Sacó dos entradas, las puso sobre la mesa. Eran dos entradas para el parque de atracciones, para el día treinta y uno del presente mes.

- Vladimir y tu chica usarán estas entradas, el resto lo harás tú. Recupérala, en el amor y en la guerra…en fin. No te olvides de los documentos de hacienda. Y después compra un queso mejor, este estaba un poco rancio.            Recuperar. Luchas por lo que se quiere. Sí, muy bonito. Larga, roja, fogosa melena. Helena ya no cree en mí, ha sido seducida por ese que me hace la vida imposible. Sólo una gesta de un caballero andante podría obrar el milagro, una gesta de esas que ya no quedan.            Vagué las noches siguientes como un vagabundo por las calles, preparando lo que había de ser mi venganza. Dormí en el interior de cajeros, contemplando la agonía de un mundo en crisis y como los inocentes anónimos arrojaban con rabia sus recibos en las papeleras. Así desmadejé mi aspecto hasta no ser ni sombra de lo que fui. Entonces llegó el día.            Con lo último de mis ahorros pague la entrada al parque, treinta y un euros, los tiempos estaban imposibles. La montaña rusa alcanzaba en su cúspide los treinta y un metros de altura y su diseñador había creído estimulante colocar una especie de túnel que cubriera el final de la subida, cuando la catenaria llega al vértice del abismo. Aquello se me antojó un calco real de mi vida, quizá por eso me escondí allí. Esperé.            Agarrado a oscuros salientes de un material parecido al policloruro de vinilo vi pasar innumerables vagonetas. De pronto, una de ellas venía encabezada por el mismísimo señor Blanco. Me sonrío en la oscuridad, supe lo que tenía que hacer.

- ¡Siempre mía! – grité. Me arrojé con aplomo sobre el primer asiento del tercer vagón, invertí los patrones y así mi suerte. Agarré a Vladimir y comenzamos a forcejear. A su lado estaba Helena.

- Sabía que en algún momento lo intentarías- me gritó mientras me agarraba.            La oscuridad era total, el eco de la improvisada caverna de plástico retumbó, arrojando gritos y ruido de la catenaria. Vladimir y yo nos agarrábamos del cuello en un combate sin razón, sentía el dolor en mis venas y no desfallecía, porque cada vez que la veía a ella y regresaban a mí las ganas de luchar. El resto de los pasajeros chillaban escandalizados por lo que pasaba.            Sólo quedaban horas de interminable lucha, ancladas en los escasos treinta y un segundos que duraba la subida. Después, el final…

- ¡Helena! – grité-. Esto lo hago…            Mi voz se ahogó en la estrangulación de mi garganta, el tiempo se paró en la mirada de mi chica. El vagón se detuvo por unos instantes, buscó una horizontal y rápidamente la dejó, cuando caímos como un misil camino del espacio.

- ¡Porque te quierooooooooooo! – grité mientras caía.            No hubo tiempo para más, percibí el aire abrasador en mis párpados y como el flash de la fotografía se convertía en la ceguera de mi vista.            Al llegar abajo la atracción acababa. Yo reposaba jadeante en una esquina de la vagoneta, Vladimir yacía en el suelo acurrucado y tosiendo. Helena me miraba con pupilas acuosas.            La policía nos apuntaba con las pistolas esperando nuestro descenso, todos levantamos las manos al unísono. Un total de treinta y un manos, porque la del señor Blanco sólo era para saludar muy sonriente, él les había avisado.

- Vladimir, sal del vagón y no opongas resistencia- dijo un agente-. Estás detenido.            Saqué victorioso mis papeles de hacienda, los que demostraban la culpa de mi enemigo. Se los entregué a la autoridad tal y como me solicitaron. Después mi corazón sólo me latía por una cosa.            Helena temblaba en el quicio de la atracción, cogía las mangas de su largo jersey para contener su fuerza y tiraba de ellas hacia abajo. Aún a pesar de todo me miraba. Aún a pesar de todo quiso besarme. Y en un territorio aparte parecimos escuchar la música de nuestros deseos, de cómo sus labios y los míos habían de estar juntos.            La clásica fotografía que sacan en el momento de la bajada fue el mejor recuerdo que me llevé de entonces. La compramos. Salía el señor Blanco sonriente en primera fila, nunca más supe de él. Dos vagonetas detrás, Vladimir y yo forcejeábamos por un asunto que iba más allá del entendimiento de cualquiera de esas personas llanas que habían quedado retratadas con rostros horribles, sólo eran el relleno de un momento que yo presumía histórico. La verdadera protagonista era ella, Helena y su vibrante mirada. Su larga, roja, fogosa melena había sido inmortalizada batiéndose al viento de la caída, como si fueran las llamas voraces del aliento de un dragón. Yo era el dragón.            Así no sólo recuperé mi imagen. Los medios de comunicación contribuyeron a agrandar mi figura, algunos titulares anunciaban la vuelta del romanticismo, incluso el fin de la crisis. En sus entrevistas yo sólo les dije que había actuado así por una única razón: Querer creer que siempre hay un oasis más allá de ese espejismo.            Vladimir fue juzgado y declarado culpable de los treinta y un cargos que contra él se presentaron, mis pruebas fueron contundentes. Pero yo jamás me sentí tranquilo por aquello, en realidad había sido él quien había ganado la batalla.            El día de mi treinta y un cumpleaños fui a la cárcel a visitarle. Nos dejaron en una sala a solas durante media hora.

- Tenías razón- le dije-. La tenías y yo fui un necio.            Vladimir asintió.

- No me he dado cuenta hasta hoy. Le he pedido a Helena que nos casemos. He recontado todo y sí…Tenías razón. Sólo puedo pedirte disculpas.

- Sólo quería demostrarlo- me respondió firme y sonriente.

- Y lo has hecho. Aunque jamás creía que serías capaz de llegar hasta aquí, hacer todo lo que has hecho, incluso haber acabado preso, como el malo de la película.

- Mira amigo, a lo largo de la historia, han sido muchos los sabios que por defender sus teorías han sacrificado muchas cosas. Algunos lo han pagado incluso con su vida. Y, ¿sabes por qué lo hicieron así? Porque creyeron. Creyeron que más allá de este mundo de vacíos podía existir un no se qué, quizá una razón que arrojara algo de luz sobre la perpetua crisis humana. Y convocaron esa luz con sus ideas. Lo mío al fin y al cabo, sólo es una tontería, un juego, un capricho que ha salido bien. O no tan bien.

- Tienes razón, amigo- le concedí mientras le miraba por última vez.            Cuando me dijeron que el tiempo de visita se había agotado, demoré a posta mi salida un minuto más. Así, sumado todo, volvían a ser de nuevo  treinta y uno.

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