PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Fuentes Gil, María Gladys (Greta III)

Agua



AGUA

Colgó el teléfono con mano temblorosa. ¿Cuántos meses llevaba levantando el teléfono, a la misma hora y siempre el mismo silencio? Aspiró con fuerza el aire pero se sintió insatisfecha. Necesitaba aire con urgencia. Se asomó a la ventana, la abrió de par en par y la llovizna golpeó suavemente sobre su rostro. Las gotas cayendo sobre los párpados escribían sueños fantásticos, en una pulsación brayle de felicidad. 

Abajo, cinco pisos a sus pies, una sombra se esconde en un portal ágil y fugaz. Las manos en los bolsillos de los pantalones, la cabeza erguida y el cuello un tanto encalambrado por el esfuerzo de mirar hacía arriba tanto tiempo.

Terminó el lenguaje escrito sobre sus párpados. Antes de que su cerebro decodificara corrió a su armario, sacó del cajón su colección de bikinis, los posó delicadamente sobre la cama, haciendo juego, quitando uno y poniendo otro en un lento rompecabezas que su  intuición le iba dictando. Este de flores  en el pecho con el pantalón de un solo tono. No, mejor aquel fucsia con el pantalón blanco. Sus manos parecían mariposas agonizantes cambiando una y otra vez las piezas de los bikinis sin quedar completamente satisfecha de ningún juego formado.

Cinco pisos más abajo, él por fin sintió alivio al bajar la cabeza. El cuello se lo agradeció y se dijo que ahora mismo disponía, por lo menos de una media hora antes de que ella acomodara los bikinis. Se sentó en un escalón del portal. Sacó un cigarrillo y fumó con ganas. Miró el móvil, jugó unos segundos a alimentar a los peces de su máquina y se sintió satisfecho de poseer ese aparato. Jugando con éste, se le pasaba el tiempo más rápido.

Las imágenes de sus bikinis empezaron a serle borrosas, los ojos se le habían llenado de lágrimas. No sabia por qué se ponía tan nerviosa, tan asustada por lo que iba a pasar. Era tonto. Siempre era lo mismo, sin embargo en el fondo de su corazón siempre temía el desenlace, el definitivo encuentro o lo que es peor, el final de ese juego que ya llevaba años. Tenía que escoger la bolsa. No mejor una mochila. No, se decidió por fin por una bolsa de tela con adornos en lentejuelas. Pequeñas flores formadas con acumulaciones de puntos brillantes en colores encendidos. Ese le encantaba particularmente y no recordaba haberlo llevado nunca. Si. Ese sería el que contendría su tesoro de esta noche.

Acomodó los bikinis. Una toalla, la que siempre reservaba para esa ocasión, las sandalias de flores. Otra vez las flores. ¿No sería demasiado pétalo por ahí? No. No importa. Las de flores están lindas – pensó –

¿Se fumaría otro cigarrillo o no? Capaz que si encendía uno, ella saldría de su casa y le obligaría a apagarlo, nada detestaba más en la vida que aplastar un cigarrillo que no va ni por la mitad. ¿Otro juego? No. Ya estaba aburrido de darle de comer a ese maldito pez y encima siempre se lo tragaban los peces gordos antes de tiempo. Estaba harto de ese juego. Mañana mismo se pasaría por la tienda de móviles para que se lo cambiaran por otro más dispendioso.

Bajó los escalones de dos en dos. Su menté recordó la canción de los caballitos y se avergonzó. No estaba ella en edad de cantar los dos caballitos de dos en dos alzan la pata….

La lluvia arreció. Las gotas empezaron a resonar sobre los capós de los coches en un golpeteó incesante. Cerró los ojos para sentir el aroma del cigarrillo y poder imaginarla desnudándose, al principio con calma, como si estuviera delante de un escenario, luego, la prisa le entraría y se sacaría los tejanos rápidamente, tiraría las sandalias con una patada simple y llana y se metería en el mar lanzando su cuerpo como una niña de ocho años en verano.

Cojeando en mitad del pasillo, dudó en acudir a su cita. El pie le dolía horriblemente y se le estaba hinchando. Pero, ¿cómo faltar? Uno no puede hacer esas cosas de buenas a primeras. Por lo menos no ella, siempre tan metódica. Tendría que ir. Así que recogió su bolso, que había ido a parar unos metros debajo de la escalera y a saltos de pata coja se encaminó hasta el garaje.

Creo que voy a encender ese cigarrillo. Si me lo fumo rápido podré ir detrás de ella aspirándolo lentamente. Se encogió un poco más en el escalón porque la lluvia, cayendo ahora de lado le estaba empapando los bajos del pantalón. Sacó el cigarro, se lo llevó a los labios, pero las gotas pronto lo humedecieron y con rabia vio como el papel se deshacía y las tripas del tabaco se quedaban prendidas de sus dedos. Mierda!!!

El tráfico estaba imposible y el tobillo le dolía cada vez más. Parecía como si respirara y en cada exhalación el dolor era más fuerte. Mientas cambiaba la luz del semáforo apretaba el tobillo contra la pierna, parecía que así aliviaba un poco el dolor. Al cabo de unos minutos el tráfico disminuyó, dobló a la derecha y ante ella apareció la franja ancha de la playa. Le llegó el olor del agua salada, el olor a azufre se le metió directamente al cerebro y logró anular cualquier otra sensación, a pesar de que el tobillo había aumentado unas cinco veces su tamaño. Buscó aparcamiento, lo cual no le fue difícil. A esa hora no muchos bañistas se entregan a las delicias del mar.

No sale. Habrá pasado algo, se preguntaba alzando de nuevo la cabeza hasta que la nuca volvió a dolerle. Arriba, la ventana era un agujero negro que iba absorbiendo sus deseos de verla esa noche.

Se quitó la ropa lentamente, más lentamente que de costumbre. Algo en su interior le decía que esa noche era distinto. Aunque el tobillo seguía doliéndole, no le importaba. Cada pieza de ropa que se sacaba del cuerpo era una especie de paso hacía su liberación. Hoy sí. Hoy por fin. No pensó más. Mecánicamente se despojó hasta de los anillos, armó un montón con su ropa y sus sandalias. Se acercó a la orilla. Dejó que las olas bañaran sus pies. Sintió alivio en el tobillo y miró hacía el horizonte.  La luna se balanceaba suavemente. A través de las olas ésta le mandaba mensajes tranquilizadores que se estrellaban en sus pantorrillas, que la teñían de plata y no lo pensó más. Se acostó sobre las olas, extendió los brazos y se dejo llevar.

Era el cuerpo de una mujer balanceándose en el agua, cobijada por millones de estrellas que alumbraban sólo para ella, que temblaban como su piel temblaba a cada onda de ola. Esa era la paz. Esa era la inmensidad que a ella le estaba dada.

Otro cigarrillo y me voy. No puede ser que hoy, precisamente hoy no asista. No puede ser. Y encima la lluvia ahora estaba convertida en un aguacero torrencial que bajaba arrasando con todo. Se decidió a levantarse. Se encaminó hasta el portal e hizo lo que durante cinco años se había negado a hacer. Pulsó el timbre. La mano se le quedo pegada a éste en un intento por insuflarle las palabras que siempre le faltaron. Nadie respondió en el quinto piso, 3º derecha.

Los minutos pasaban. Los minutos pasaron.

Ya amanecía. En el horizonte la negra noche se desgarró suavemente. ¿Cuántas horas había pasado sobre el agua? La piel estaba arrugada, blanda como de anfibio. El frío la estremecía. Se frotó los brazos y las piernas para entrar en calor. Nadó hasta la orilla y a su espalda el sol se acomodaba sobre las aguas achicharrando sus sueños.

Supo que esa sería la última vez.

Por: Greta III

Primera clase



Cuatro hombres, dos mujeres y una niña de unos once años se hallan sentados en sus respectivos lugares en el vagón del tren que los conducirá a través de la nieve. Sus siluetas se recortan nítidamente a través de la ventana empañada por el vaho caliente de esos cuerpos vivos, latentes, vibrantes, ahora lánguidos en la larga espera.

Dentro; allí sobre ellos y a partir de ellos el aire encerrado del vagón nos define claramente a dos hombres sexagenarios, de complexión fornida, mirada ausente y aunque uno tiene la piel completamente blanca y enrojecida por los estragos de los inviernos, el otro es moreno, curtido por el sol y no sabe que hacer con sus manos de dedos gruesos y encallecidos;  en frente de ellos, otros dos que podrían estar rondando la cuarentena se hallaban sumidos en sus pensamientos con los ojos entornados; la mujer sentada al extremo exterior del vagón lee una revista frívola, ajena al prosaico mundo que la rodea y en frente de ella, la otra mujer, de mediana edad, acompaña a una niña, a la cual parece que la inminencia de su destino como mujer la ha sorprendido con largas trenzas y una pelusilla dorada bajando por el contorno de su cara y que suele erizarse en los momentos menos oportunos.

En el recuadro de la ventana se dibuja un paisaje solitario, sin matices, ni accidentes geográficos que interrumpan la visión del horizonte, sin embargo las innumerables tonalidades de blancos nos hacen pensar en el movimiento ocasional del velo de una cortina,  por lo demás aquella extensa llanura más bien semeja una hoja en blanco esperando ser llenada por la fantasía de algún autor; de vez en cuando la cabeza de alguno de los pasajeros se deja caer violentamente sobre el pecho haciendo que su dueño se sacuda entre espantado y avergonzado, lo que produce a la niña una grata interrupción al aburrido viaje; alguno logra disimular una sonrisa, otro francamente lo ignora y más de uno está en la  misma situación de duermevela, tratando de abstraerse en ensoñaciones gratas para olvidarse de las incomodidades que constituyen un viaje largo, así se trate, como en este, de uno en primera clase.            En ese estado de trance entre el punto de partida y el de llegaba se hallaban nuestros pasajeros cuando la puerta del compartimiento se abrió, apenas sin hacer ruido y asomó la cabeza el guarda deshaciéndose en disculpas por llamar su atención de una manera tan desusual; explicando que por un lamentable incidente, el octavo pasajero no había podido tomar el tren, asunto muy lamentable pues desde el día anterior su maleta se hallaba debidamente facturada, por lo tanto, la administración había decidido que ésta debía viajar en el lugar correspondiente al tiquete abonado por el pasajero ausente. Y acto seguido la mano enguantada del hombre colocó una maleta de cuero corriente en medio de los pasajeros, y mientras se despedía cordialmente, su mano tocaba su gorra en un ademán más propio de un militar que de un empleado de los ferrocarriles.            Todos los pasajeros fijaron su mirada en la maleta haciendo conjeturas acerca de lo que podría contener; su aspecto no dejaba adivinar nada particular, se trataba de una maleta igual a todas las que se venden en los grandes almacenes de cualquier ciudad, la piel era una buena imitación, un pequeño candado tintineaba de vez en cuando sobre el metal, lo que hacía deducir que su contenido no debería ser muy preciado ya que su propietario no había exagerado las medidas de precaución para su equipaje, no aparecía ninguna señal de identificación, ningún nombre, ninguna dirección, nada, absolutamente nada delataba la identidad de su dueño.            Todas estas preguntas rondaban las cabezas de los pasajeros pero nadie se atrevía a lanzar un comentario, solamente miraban la maleta ignorándose los unos a los otros sumidos en sus propias deducciones, fue la niña quien se atrevió a susurrar a su acompañante - una mujer de mediana edad – y ¿si dentro hay un cadáver descuartizado? A lo que la mujer rápidamente la hizo callar con un duro gesto de su rostro impasible.            Sin embargo la voz de la niña se quedó suspendida en la mente de los demás y todos, a su manera, se iban preguntando de quién sería el cadáver, cuánto tiempo hacía que había muerto, o si viajaría en ella solo una parte y en algún lugar se hallaría otra maleta igual pero conteniendo tal vez un tronco, o las extremidades, o a lo mejor no eran dos sino tal vez más, muchas más, las maletas que en ese preciso momento se encontraban recorriendo el mundo llevando partes de un ser humano horriblemente mutilado y los periódicos en la mañana o cuando fuera que se descubrieran sus contenidos, pondrían en letras muy grandes y en primera página enormes titulares donde daban cuenta de los continuos y macabros hallazgos, el mundo entero se convulsionaría durante unos cuantos días hasta que otra noticia acaparara la atención, pero eso no sucedería hasta que no se diera a conocer el contenido de la maleta y aquel que lo denunciara podría resultar muy espléndidamente recompensado; sobre todo por parte de la primera potencia mundial con su paranoica obsesión persecutiva, o quizá la prensa sensacionalista tejiera una historia de una mujer asesinada por su marido en un ataque de celos, para descuartizarla en la bañera y luego deshacerse del cuerpo mediante esas maletas;  quizás más de uno de los pasajeros de primera clase estuviera en estos precisos momentos apostando a adivinar qué parte del cuerpo los acompañaba en su viaje.            La mujer de mediana edad, situada cerca de la puerta miraba disimuladamente la maleta tratando de descubrir algún rasgo delator pero la visión se le nublaba haciendo borrosa la imagen de la maleta impidiéndole una inspección más detallada; nerviosamente se retorcía las manos y ensayaba la forma de dirigirse a sus compañeros para instarlos a revisar la maleta, no estarían cometiendo ningún acto de mala educación, sería una inspección leve, apenas para tener alguna certeza, sin atreverse a abrirla, lo que si constituiría un delito contra la propiedad ajena; no, eso sería imperdonable, podrían revisarla sin que nadie sospechara nada y luego la dejarían tal y como estaba... eso, en caso de no hallar sino ropa, o algún equipaje sin importancia porque si lo que encontraban era un cadáver, se verían implicados en un escándalo nacional.            La niña, a su vez lamentaba no tener los poderes de Superman, en este caso sería una ventaja poseer vista con rayos X para poder ver dentro de la maleta; pero ella era sólo una niña corriente, un poco fantasiosa y algo desencantada al comprobar que la realidad no tenía nada que ver con la programación infantil de las cadenas de televisión.            Los minutos pasaban y los cristales del vagón se iban empañando con tantos interrogantes, los pasajeros se revolvían incómodos en sus asientos pero ninguno se atrevía a dar el primer paso, se negaban incluso a mirarse directamente a los ojos por temor a que sus compañeros adivinaran el estado en que se hallaban, sin embargo, la dama de mediana edad, consiguió por fin enfocar sus cansados ojos sobre el cierre de la maleta y creyó ver un cabello rubio enredado entre los dientes de la cremallera. Parpadeó insistentemente, y en un segundo la piel de su rostro palideció y enrojeció casi simultáneamente, las manos empezaron a humedecerse y una necesidad apremiante de hablar, irónicamente le impedía hacerlo, sentía la lengua gruesa en el recinto reseco de la boca, la saliva desapareció y una tos convulsiva empezó a atacarla distrayendo la atención de los demás. La niña daba suaves golpecitos en la espalda de la dama, mientras los demás aconsejaban que levantara los brazos sobre su cabeza, o que tomara un poco de agua o que saliera a respirar aire fresco, pero la dama, a cada segundo parecía asfixiarse aún más, las lágrimas empezaron a escurrirse por sus mejillas descubriendo una tez demasiado blanca y plagada de diminutas venitas rojas y alguna que otra azul, sus manos parecían palomas asustadas revoloteando dentro de una jaula, pero nadie acudía en su ayuda, los gritos de asombro y de socorro salían de las gargantas de los pasajeros y exclusivamente a eso se limitaban mientras la pobre mujer se ahogaba en un manojo de nervios, lágrimas y mocos. Sentía como su cuerpo se agitaba debido a los espasmos que nacían en sus entrañas y se iban a estrellar violentamente entre las costillas, para subir por su garganta como una gran bola de fuego obstruyendo la entrada de aire a los pulmones, su boca se abría y cerraba como un pez fuera del agua, y en ese intervalo de estremecimientos apenas si entreveía la luminosa tonalidad del atardecer de un día, que a la vista de los presentes acontecimientos se le antojaba el último de su larga vida; los párpados le pesaban y el rimel se convirtió en una ardiente gelatina que le escocía en los ojos como si le hubiesen echado gotas de ácido mientras un ronco sonido salía de su garganta inundando el ambiente de mayor patetismo por unos cuantos segundos hasta que poco a poco la débil cabeza cedió a la naturaleza doblándose fláccida sobre su pecho y las manos descansaron lánguidamente sobre su regazo. La niña abanicaba el rostro apelmazado de la mujer con su libro de historietas mientras sus manos trataban de recomponer el deshecho peinado.

Un suspiro colectivo pareció aliviar la tensión, era como si el estado cataléptico en que había quedado la dama los transportara a ellos a un limbo del cual, muy seguramente, saldrían purificados, una especie de penitencia que lavaría sus almas de la desidia y la parálisis colectiva que los había afectado. Menos mal que la convulsión había desaparecido casi tan abruptamente como había aparecido y al no escucharla toser más, cada uno de los pasajeros, tácitamente decidió volver a sus teorías acerca del supuesto cadáver que los acompañaba en su viaje a través de la nieve.

La mujer y su incidente se diluyeron en los cerebros de los pasajeros, por eso nadie se fijó en la extraña lasitud de esas manos plagadas de pecas que terminaban en unas uñas pintadas de un blanco nacarado y que al efecto de ciertos juegos de luz, intermitentemente se iban tiñendo de un frío tono azulado. 

Un sentimiento de gratitud brotó en los corazones de los pasajeros, no solamente por el feliz desenlace del acceso de la dama, sino también por la distracción del objeto de sus preocupaciones más inminentes: la maleta del octavo pasajero.

Sin embargo, aunque casi todos, sin proponérselo estaban unidos bajo un solo ideal – averiguar el contenido de la maleta – ésta seguía ahí, sobre el espacio reservado al octavo pasajero,  si las  cosas estuvieran dotadas de sentimientos y emociones, podríamos afirmar categóricamente y sin temor a equivocarnos, que la maleta estaba plenamente orgullosa de la importancia que le daban esos siete seres humanos que compartían el vagón del tren, ella era el blanco de sus miradas, la protagonista de sus pensamientos y de sus temores, ella representaba ese algo desconocido que de un momento a otro cobra importancia desbordando cualquier asomo de cordura en las voluntades de los hombres. Sí, un objeto, una inofensiva maleta de cuero, normal y corriente estaba quitándole el aliento a un grupo de hombres, que, recalcitrantes, insistían en averiguar su contenido con una fiereza tal que parecía que de ella dependieran sus vidas, pero ninguno se atrevía a dar el primer paso, ninguno se lanzaba a expresar sus pensamientos en voz alta, no se levantaba una mano, no se incorporaba un cuerpo, no resonaba la voz humana para expresar los negros pensamientos, transformados ahora, en una sustancia viscosa que lenta, pero inexorablemente iba inundando sus cerebros, paralizando desde el centro motor de aquellos  seres humanos cualquier movimiento o voluntad por intentarlo, poco a poco las arterias fueron conduciendo la maldita sustancia por venas, conductos, cavidades, hendiduras y recovecos de que está dotado el cuerpo anulando de paso la materia interior humana y reemplazándola con aquella viscosidad hasta convertirlos en maniquís hinchables.

Un chirriar de ruedas y la disminución de la velocidad pareció detener a aquella sustancia en su expansión; el tren empezaba a ascender pesadamente, trabajosamente por una colina, con un resonar de ecos lastimeros producidos por los hierros y láminas que constituían el esqueleto de aquel tren, esos sonidos desarticulados parecían como quejidos lastimeros de almas en pena revolcándose entre los fuegos eternos del infierno, daba la impresión de que en cualquier momento cada una de sus partes se desprendería del cuerpo y saltarían por el aire trozos de cristales, maderas, puertas, sillas, goznes y cerraduras de lo que tan orgullosos se sentían en la compañía nacional de ferrocarriles; sin embargo nada sucedió, poco a poco los huesos de hierro y madera del tren se fueron acomodando en su sitio, acompañando su acción con un pequeño silbido, como cuando las articulaciones vuelven a su posición original al estirarnos cada mañana entre la tibieza de nuestras sábanas; así, cada vértebra, cada articulación, cada músculo de aquel monstruo de la velocidad se acomodó a su nuevo status y prosiguió su marcha a través de la nieve, expeliendo su aliento tibio a la inmensidad.

¡Esta le queda divina! Mire como se amolda a su cráneo de una forma tan natural... y el cabello, tan rubio, tan sedoso, nadie se atrevería a negar que es auténtico. Decía entusiasmado el peluquero sosteniendo un espejo tras la cabeza de una bella mujer en su peluquería. – Y pensar que fue lo único que se salvó de aquel horrible accidente ferroviario – añadió santiguándose el hombre.

Quiero morirme de manera singular

“Quiero morirme de manera singular”  La voz rasgada del cantante repetía el pegajoso estribillo una y otra vez sin que los comensales del restaurante le hicieran el más mínimo caso, los ecos de los tambores se elevaban sobre el humo de los cigarrillos y los sueños de los clientes, aún con legañas pegadas a sus pestañas, y la jornada de trabajo por delante.

Al fondo, un entusiasta grupo brindaba con café con leche, por el éxito de un programa de televisión que había obtenido el más alto índice de audiencia que recordaba la historia de la televisión; gracias a los mas media, el presentador, Miguel, un joven periodista bastante comprometido con la situación social del país, había llegado a alcanzar el soñado éxito antes de los cuarenta y eso, había que celebrarlo.

“Quiero morirme de manera singular” chillaba la radio del taxi en medio de un atasco en plena séptima con setenta y dos, a las 7:30 de la mañana de un viernes cualquiera; pero ni el alegre tamborileo de la voz del cantante, ni el pegajoso ritmo de la salsa borraban el mal genio de la pasajera del taxi, quien, inquieta se retorcía las manos impaciente mientras le rogaba al conductor salir, cuanto antes, de aquel atasco de mierda.

-Es que me van a echar y a mi edad ya no estoy para llevar hojas de vida a las oficinas de empleo.

- Lo siento señora, yo mejor que nadie sé lo que es eso, no crea que yo siempre he conducido un taxi, antes, hace unos cinco años, yo también trabajaba en una oficina, bueno, un banco para ser exactos y también sufrí eso de las llegadas tarde involuntarias, y lo que es peor, me tocaba montar en buseta. Eso si es martirio.

- Buseta o taxi da lo mismo, igual me van a echar, usted no sabe como es mi jefe.

- Igual que todos, mi señora, unos ineptos, parece que les pagaran para joderle la vida a los empleados.

- Qué razón tiene, yo también pienso lo mismo, ¿dónde tendrán el molde para destruirlo?

- Mire, tenga paciencia, voy a ver si me puedo meter por este ladito y en la próxima giro a la izquierda, así cogemos un atajo que conozco. Nos desviará un par de cuadras por una zona residencial, pero en seguida estamos en la noventa y dos, y por favor, deje esa cara que usted está muy bonita para permitir que un tipo de mala calaña como su jefe le haga daño. Fíjese, yo, un buen día me cansé y me compré este taxi, preferí ir por libre que aguantarlo, ya verá como todo mejora.“Quiero morirme de manera singular”, sonaba en el destartalado transistor de Luis, quien yacía en la cama al parecer tranquilo, pero de vez en cuando, sin oír la radio, le daba una ojeada a su reloj de pulsera; faltan treinta minutos, a las menos veinticinco – se decía – me levanto y..., no mejor a las menos veinte... No, mejor ya, así aprovecho y... Pero Luis no se decidía, seguía mirando al techo sintiendo como su cabeza era un barullo de pensamientos entrecortados. Al cabo de unos minutos, sacudió la larga melena y se puso en pie. Ya, - dijo en voz alta – ¿para qué esperar? Avanzó hasta la imagen de la Virgen del Carmen, un gran cuadro enmarcado en plástico imitación madera, apoyado sobre una repisa y alumbrado con cuatro velas de cera envueltas en papel rojo. Se arrodilló, cruzó las manos fervorosamente y desde su corazón brotaban promesas a la virgen de toda su vida. Los labios se movían imperceptiblemente mientras los párpados se cerraban con fuerza; en un rincón de su cerebro oía...  “quiero un adiós de carnaval” .  “Quiero morirme de manera singular” entonaba una ronca voz haciendo dúo con el cantante en el asiento delantero de una ambulancia mientras Eduardo se quitaba su uniforme, estaba feliz, había terminado su turno, dormiría toda la mañana y parte de la tarde, porque en la noche, en esa noche de viernes se iría  de rumba, mucha salsita, mojada en aguardiente y su morena  sabrosa con su blusa de tiritas en la espalda bailando pegadita a su cuerpo. Sus pies seguían el ritmo de la música mientras sus manos tamborileaban sobre el volante de la ambulancia y su voz acompañaba al cantante “quiero un adiós de carnaval”, acercándose la mano derecha a la boca, con el puño cerrado, a manera de micrófono. Su voz mezclada  con la del cantante resonaba extraña en el parqueadero del hospital. Eduardo con el placer de la culminación de la jornada, ya saboreaba  la maravillosa noche del viernes loco que le aguardaba. “Quiero un adiós de carnaval” - Me voy -, dijo el periodista a sus amigos, tengo que dejar el libreto en realización y por la tarde salgo para la finca, los espero a todos, ok. - Espera Miguel, te llevo – le gritó desde el fondo del restaurante un compañero al periodista – - No gracias, tu, termina tranquilo, luego nos pillamos. Miguel se levanta, pide la cuenta y se marcha apresuradamente sin esperar el cambio, el camarero corre tras él y logra alcanzarlo en la puerta, discuten amigablemente, el periodista da una palmadita sobre el hombro del camarero y abre la puerta.

En el taxi: -Ya vamos llegando mi señora, después de ese restaurante doblamos a la izquierda y...

En la moto: - Hágale Luis, dispáresela  de una, es el que está en la puerta. En la ambulancia: - Alerta unidades de la zona... Maldita sea mi suerte, - pensó Eduardo al escuchar la radio de la ambulancia - se me jodió el viernes. En la puerta del restaurante: Un frío en mitad del corazón casi le obliga a Miguel a volver al restaurante, sin embargo no era hombre que se dejara guiar por las emociones. - Cuidado chofer- dijo la mujer en el taxi... Maldito chino, dijo el taxista, casi me estrella con la moto esa...  “Quiero morirme de manera singulaaa...” Atención a todas las unidades, atentado en el restaurante..., repito atentado al periodista...

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de