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López Manzano, Pedro (El que llega después)

El de delante



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El de delante


Me duele la espalda y estoy cansado. Estiro los brazos mientras bostezo y arqueo

todo mi cuerpo. Un par de vértebras se quejan sonoramente de la dureza del respaldo de

mi asiento. Miro el reloj, quedan sólo cinco minutos. Bueno, por cinco minutos no va a

pasar nada. Voy recogiendo los papeles de encima del escritorio y guardando los

ficheros del ordenador. Lo apago y me levanto. Hace frío, lo cual me recuerda que coja

el abrigo, ya se me olvidaba. Salgo al pasillo con un nuevo bostezo y llamo al ascensor.

Acaba de salir hacia abajo. Espero. No se si habrá preparado algo para cenar. La luz

parpadeante sobre la puerta del ascensor llega hasta el sótano y comienza a subir de

nuevo. Si no ha hecho nada, salimos a darnos una vuelta. A cenar por ahí, que hace

tiempo que no lo hacemos entre semana. El ascensor llega y se abre la puerta. Paso y

pulso el botón del sótano. El mecanismo comienza a funcionar. Podemos ir al

restaurante mejicano. Tiene buen aparcamiento. La puerta se abre con un traqueteo

metálico y salgo, con la mano en el bolsillo buscando las llaves del coche. Lo mejor

será preguntárselo a ella. La última vez que estuvimos allí creo que nos cobraron de

más. Saco las llaves y abro la puerta de mi coche. Me siento dentro e inserto la llave en

el contacto. Me encuentro realmente a gusto en mi coche. Enciendo el motor. Me gusta

como suena y la vibración casi imperceptible que transmite al resto de la estructura me

hace sonreír, porque me acuerdo de que con el coche viejo esa vibración era casi un

poltergeist. Salgo de mi plaza de garaje mientras selecciono la potencia media en la

calefacción. Si empiezo por la máxima se calienta demasiado el ambiente en el

habitáculo. Voy hacia la salida, cogiendo de la guantera el mando a distancia. Vaya,

alguien acaba de salir y la enorme puerta está bajando. Ahora tengo que esperarme a

que baje del todo y volver a subirla. Cojo el móvil y marco el número de mi casa. No

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tengo cobertura, será por estar en un sótano. Además, le queda poca batería. Ya ha

acabado de bajar. Le doy al mando y la estructura comienza a subir de nuevo. Cuando

va por la mitad inicio la subida de la rampa y asomo el morro del coche a la calle. Veo

un hueco y salgo. Los de delante están esperando el semáforo. Tengo frío. Pongo la

calefacción al máximo. No me gusta este semáforo, me pone nervioso. Siempre está

largo rato en rojo, y tan sólo unos segundos en verde. Ha habido suerte, acaba de

ponerse en verde. Tan sólo hay cuatro coches por delante del mío, a pesar de lo cual

cuando paso está cambiando de ámbar a rojo. Giro a la izquierda tomando una avenida

mucho más grande. Cuando empezaba en este trabajo, siempre la hacía hasta el final. Es

larga y tiene dieciséis semáforos. Ahora tomo un atajo callejeando, que descubrí hace

unos meses de casualidad y me pillan sólo tres. Giro a la derecha por el atajo. Uno de

los coches que estaba delante de mí al salir del garaje hace también el giro. Ya no tengo

tráfico y en cinco minutos cojo la autovía. Llamo de nuevo. Da tono. A ver si no ha

llegado todavía. Oye, ¿qué te parece que salgamos a cenar por ahí cuando llegué?. Vale.

Estupendo. No, acabo de salir, todavía me queda media hora para llegar a casa. Si. ¿Qué

llevas puesto?. Si. ¿Por qué no te pones el vestido ése que sabes que me gusta?. Si, el

negro. Venga. Un besito. En veinticinco minutos estoy allí. Adiós. Cuelgo el móvil.

Tengo ganas de verla. Qué curioso, el coche que iba delante de mi sigue estándolo. Y

eso que me he callejeado tres barrios mientras hablaba por teléfono. Pero si es el mismo

modelo que mi coche. No me había dado cuenta. Me lo compré hace dos meses. Gran

relación calidad-precio, buenas prestaciones y además, no se veía ninguno por la calle,

por lo que resultaba hasta original tener uno. Se ve que muchos pensaron lo mismo que

yo, pues ahora hay uno aparcado en cada acera. De todas formas estoy muy bien con él.

Sobre todo porque el otro me dejaba tirado al menos una vez al mes. Tengo ganas de

verla. Voy a coger la autovía ya. El de delante también, por lo visto, pues toma el

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mismo camino. Bueno, ya estamos en el carril de incorporación. Me fijo por un segundo

en un pequeño roce que lleva el de delante en el parachoques. Un momento, pero si yo

también llevo un golpecillo ahí, diría que ahí exactamente. Que raro. Voy a acercarme.

Piso el pedal y me pongo a cien metros. Vaya, como acelera. Tendrá prisa. Bueno, voy a

acelerar yo también. Veamos. Si, lleva un golpe donde yo llevo el que me hizo mi primo

cuando le dejé el coche. La matrícula. Qué rápido va, lo voy a perder. Juraría que la

matrícula es hasta parecida. Las letras son las mismas, tanto la de la ciudad como la de

la serie. Los números. No veo bien, pero los dos primeros son los mismos, seguro. Los

otros, un tres, ¿o es un ocho?. Será un tres, porque con un ocho es la matrícula de mi

coche, y ya no sería una coincidencia. Desde luego tengo delante un coche que es de la

misma marca y modelo que el mío y lo del golpe seguro que también coincide. Serán

imaginaciones mías. La matrícula no puede coincidir. Bajo la calefacción, ha caldeado

demasiado el ambiente. Ya he perdido al de delante. No. Tomo una curva seguida de

una recta de un par de kilómetros y lo veo a medio. Qué más da. Voy a ver lo de la

matrícula. Acelero. Espero que no me pille el radar, porque si es así me retiran el carné.

Creo que nunca había puesto el coche tan rápido desde que lo tengo. Parece que va bien

a doscientos. Ya se acaba la recta. A ver si tras esta curva está. Piso el freno porque no

me quiero matar. Menos mal qua hay poco tráfico. Ahí está. Le he recuperado más de la

mitad del terreno que me llevaba. Vuelvo a pisar a tabla. Que raro. El de delante iba

normal, rápido, pero razonablemente, y parece que al verme ha vuelto a acelerar, como

antes. Aprovechando que yo venía más rápido me he vuelto a poner cerca, pero sigo sin

distinguir si es un tres o un ocho. Ya está acelerando más que yo. No entiendo porque

huye de mi. Suena un pitido a mi lado y me asusta. Giro ligeramente el volante en un

acto reflejo, pero a esta velocidad estoy a punto de salirme de la carretera. He estado a

nada de matarme. Como me ha subido el pulso. Levanto el pié del acelerador. El pitido

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era del móvil, que se ha quedado sin batería. El de delante ha vuelto a tomarme

distancia. Bueno, da igual. Estoy a punto de tomar la salida de la autovía. Un misterio

por resolver, para contarlo como anécdota extraña cuando nos juntemos varios a tomar

café y empecemos a narrar cosas raras que nos han pasado a cada uno. He hecho el

camino de la autovía que normalmente me ocupa un cuarto de hora en sólo diez

minutos. Pongo el intermitente para tomar la salida a la carretera que me lleva a casa.

Me doy cuenta de que el de delante ya se ha metido en el carril para tomar la misma

salida que yo. No lo entiendo. Esta situación ya raya en lo surrealista. Me pongo serio y

noto como empiezo a respirar más rápido. El pulso todavía no se me ha normalizado

desde el volantazo de antes. Me meto en el carril demasiado rápido y noto como la

goma de los neumáticos se queja. Ya estoy en la carretera. Es una comarcal, no pasa

nadie, excepto el de delante. Pongo las largas y aplasto con el pié derecho. Agarro el

volante con más fuerza, el piso no es tan bueno como en la autovía y tiene bastantes

baches. Me acerco un poco. Con las largas puedo ver que va sólo en el coche, como yo.

Los dos vamos demasiado rápido y noto como la amortiguación deportiva no está

diseñada para estas circunstancias. Tengo que adelantarlo. Si no lo hago... no sé, pero

tengo que adelantarlo. Esto no es normal. Por esta carretera no se llega a muchos sitios,

sobre todo desde que pusieron la autovía. Hay un par de pueblos en unos kilómetros y el

desvío a mi casa, por el camino del pantano, pero eso sólo lleva a mi casa. Si se mete

por ahí sólo puede ir a mi casa. Nos cruzamos con un coche. Tiene que echarse a un

lado de la carretera y comienza a tocar el claxon y a gritar, seguramente acordándose de

la madre del de delante. Y de la mía. Es que vamos al doble de lo que ya se consideraría

rápido. Cada vez estoy más cerca, pero no tengo tiempo de fijarme en la matrícula.

Necesitaría al menos un segundo y la conducción que estoy haciendo no me lo permite,

tengo que estar demasiado concentrado. No entiendo nada. ¿Por qué huye de mi?. ¿Por

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qué tiene mi coche?, bueno, no es mi coche, sólo se le parece. Pero si es que es igual.

Noto como no va cómodo. Tiene que abalanzarse sobre el carril del sentido contrario en

cada curva para no salirse a la cuneta. Como venga uno de frente nos matamos todos

aquí. Está forzando mucho, pero claro, yo también. No entiendo por qué huye. Ahí está.

El desvío al camino del pantano. No pone el intermitente. No se va a meter, va

demasiado rápido. Frena de golpe y toma el desvío derrapando. Golpea con el

guardabarros de refilón una rama de un árbol que se mete un poco en la carretera. Ya no

puede ser una coincidencia, aunque en fin, hace rato que no podía serlo. Reduzco de

marcha bruscamente y tomo la curva. Casi me salgo. Las ruedas traseras derrapan.

Parece que hay gravilla sobre el asfalto. La rama choca contra mi coche. Seguro que me

ha dejado un arañazo de tres palmos. De aquí a mi casa hay cinco minutos. Él no puede

ir muy rápido, es un camino difícil. Yo lo conozco mejor. Lo hago todos los días,

incluso varias veces por día. No puede ser. Va demasiado rápido. Me cuesta no

perderlo. Fuerzo demasiado. Ahí está. Le he ganado terreno. Estamos a punto de pasar

sobre el pantano. Ahí le voy a adelantar. Frena de golpe. Me lo como. Me mato. Lo veo

durante un cuarto de segundo, con el coche parado, girándose. Es como yo. Pego el

volantazo justo antes de pasar sobre el pantano, ni a medio metro del de delante. No

puedo controlar el coche. Me voy. Me meto entre los árboles que crecen alrededor del

pantano. Me voy a meter dentro del agua. Echo el freno de mano. Mala idea. Doy una

vuelta de campana. Ahora otra. Salta el airbag. Cristales rotos. Sangre. Me asfixio. El

airbag. Estoy aturdido. Noto los ojos llenos de sangre y las piernas rotas y atrapadas. El

motor de mi coche se para. Ruidillo de tierra derrumbándose despacio. El motor de un

coche parado más arriba y silencio. El coche de arriba que se pone en marcha y se va.

Estruendo de mi coche cayendo sobre el pantano. Agua que entra por las ventanas rotas.

No puedo salir. Alargo la mano para coger el móvil. Recuerdo que está sin batería.

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Intento soltarme y salir. No puedo. El coche se hunde rápidamente. El pantano es muy

profundo en este lado. No queda aire. Me ahogo.

Ella está esperándome, con el vestido negro puesto, ése que tanto me gusta.

SEUDÓMINO: EL QUE LLEGA DESPUÉS

El Túnel



No mencionaré el lugar ni la fecha exactos de lo sucedido, tan solo que fue en el

campo, bastante alejado de cualquier ciudad o pueblo, y en invierno, por lo que estaba

todo nevado.

Había llegado en coche con el alba y estaba cazando sin más compañía que la de

mi perra. No llevábamos más de media hora cuando se detuvo frente a un arbusto y

quedó paralizada, de muestra, con la pata levantada a medio paso y la cabeza, espalda y

rabo en línea recta apuntando a la presa que había localizado. Yo me había quitado el

chaleco para recolocármelo de una forma más cómoda, y lo dejé sobre una roca para

que no me molestara al disparar, mientras le quitaba el seguro a la escopeta y me

acercaba a la perra sigilosamente, listo para que en cualquier momento un animal saliera

saltando de su escondite. Nunca sabré que pieza era, ya que la nieve cedió bajo mi paso

y comencé a caer. La escopeta se me disparó, y por el retroceso se me escapó de las

manos, haciéndome perder más si cabe el equilibrio e imposibilitándome agarrarme a

ningún sitio. Antes de perder el conocimiento, me dio tiempo a escuchar un ladrido de

mi perra, excitada por mi caída repentina, con toda probabilidad asomándose al hueco

por el que había desaparecido, con las orejas muy levantadas, y la escopeta tirada al

lado suyo, junto al chaleco que contenía todo lo que en un principio necesitaba para salir

de allí.

Desperté. Me sorprendió encontrarme sobre firme. Me puse en pié. No se veía

nada. Empecé a moverme y a palparme. Ni nieve ni sangre, y todos los huesos

sorprendentemente en su sitio. Me quedé quieto intentando averiguar donde estaba, ver

u oír algo.

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Nada.

El no ser, o la carencia absoluta de todo ser. Grité y escuché. No sabía por donde

había llegado, pero seguro que estaba lejos de donde partí, ya que no se oía a mi perra

ladrar respondiendo a mi llamada. Paulatinamente me calmé y fui haciéndome

consciente de lo que había a mi alrededor, o más correctamente, de lo que no había.

Oscuridad.

Falta de luz y claridad para percibir cosas. Falta sin restricción. Únicamente se

podía percibir el color negro. Envolviéndolo todo hasta hacerlo desaparecer.

Envolviéndome a mí. El ambiente que me rodeaba era opresivo por la quietud que lo

controlaba. Nada está tan tranquilo. No se veía nada, ni siquiera se me iba

acostumbrando la vista aprovechando cualquier minúsculo foco de luz. Tampoco se oía.

Ni siquiera una voz lejana, o el susurro del viento, ni el eco del susurro de una voz

traído por el viento. No olía a nada. Ni al vicio de la habitación cerrada, ni a la pureza

del campo abierto, ni a ninguno de los infinitos olores intermedios entre lo uno y lo

otro. Alargué la mano hacia la derecha y toqué una pared. Fría sin llegar a helar, lisa sin

ser completamente plana, y aunque no podía verla, estoy seguro de que era de color gris.

Extendí la otra mano y no toqué nada. Puse los brazos en cruz, con la máxima amplitud,

metro ochenta más o menos, y rocé la otra pared con las yemas de los dedos.

Exactamente igual a su pariente de la derecha. Toqué el suelo: sin pendiente y con la

misma falta de características que las paredes, que se fundían con él en formas

redondeadas, sin formar el más mínimo resquicio de un ángulo. Intenté palpar el techo,

pero no llegué, ni siquiera saltando. Empecé a caminar, despacio y asegurando cada

paso, sin apartar la mano derecha de su pared, y con la izquierda al frente para no

chocar con nada.

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Vacío.

Falto de contenido físico o psíquico. La desorientación empezaba a ser

generalizada. Además de la falta de percepciones sensoriales –lo único que notaba es la

sequedad de la boca-, había perdido la noción del tiempo que llevaba caminando y ni

siquiera estaba seguro de ir en línea recta. Bien podría haber tomado una ligera curva

hacia uno u otro lado, y estar dando vueltas de varios kilómetros, continuamente en un

circuito cerrado, o quizá existiera una pendiente imperceptible en el piso, y estaba

subiendo o bajando sin darme cuenta, pues todo resultaba idéntico. Pero no, tan solo

tenía que razonar. Me senté en el suelo, dejando a mi izquierda el camino recorrido,

cogí un cartucho del cinturón y lo dejé en el suelo... se movió. Al principio casi nada,

pero pronto me demostró que, en efecto, existía un ligero desnivel al comenzar a rodar,

de tal forma que había ido subiendo sin darme cuenta. Me levanté, continué caminando,

y repetí el proceso cada varios minutos. Siempre ascendiendo. Al menos sabía que no

estaba dando vueltas, ya que en ese caso descendería y ascendería alternadamente, por

lo que en algún momento tendría que llegar a algún lugar. No existen túneles tan largos.

Esta conclusión de noción de un fin, y de acercarme cada vez más a él al ir subiendo,

me hizo olvidarme parcialmente del cansancio que arrastraba desde hacía rato, aunque

los pies estaban empezando a dolerme, y lo que más me apetecía era parar un rato y

masajeármelos con las manos.

Infinito.

Que no tiene ni puede tener fin ni término. Que no tiene fin ni término era lo que

estaba experimentando en aquel momento, si es que dentro de un marco de

atemporalidad se puede emplear la palabra momento. Que no puede tener fin ni término

era lo que estaba empezando a sospechar, o más bien a afirmar para mi. Y para mi

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desesperación. Me senté a descansar un poco y comencé a razonar lógicamente, para

darme ánimos a mi mismo.

La zona geográfica en la que me encontraba era una meseta, sin montes

demasiado altos hasta al menos cincuenta o más kilómetros de distancia. ¿Cuanto podría

haber bajado en mi larga caída?. ¿Diez metros?, ¿veinte quizá?. Exageremos hasta los

cincuenta. Si había estado subiendo durante que menos que diez horas (aunque bien

podrían haber sido días) a un ritmo mínimo de tres o cuatro kilómetros por hora, habría

caminado unos treinta o cuarenta kilómetros con una pendiente de, digamos el cinco por

mil. Bajo esta suposición, habría ascendido unos ciento cincuenta o doscientos metros.

Por lo tanto, manteniendo la premisa de haber caído como mucho cincuenta metros,

¡debería estar ya más de cien metros por encima del suelo!.

Incliné la cabeza hasta las rodillas e intenté llorar, pero únicamente salieron de

mis ojos dos gotitas minúsculas que ni siquiera merecían llamarse lágrimas. Si al menos

pudiera ver algo. U oírlo, olfatearlo, palpar algo que no fuera el tedio de la pared y el

suelo carentes de cualquier propiedad.

Perdí toda esperanza y me dejé caer inerte como un harapo tirado al borde de un

camino por el que no pasara nadie nunca.

Histerismo.

Estado pasajero de excitación nerviosa producido a consecuencia de una

situación anómala. No sé hasta que punto pasajero, pero desde luego había en mi

excitación nerviosa. Había oído algo. No sabría decir el qué, porque era un sonido tan

débil que tuve que contener la respiración y cerrar los ojos (lo cual era absurdo, ya que

no veía nada), y así alcanzar el nivel de concentración necesario para poder distinguir el

sonido como ajeno a mi y a mi mecanismo. Lo volví a escuchar, aunque tuve que estar

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unos minutos más agazapado expectante, sin siquiera pensar, hasta que volviera a

producirse, y así convencerme de su existencia real, y de que no era un espejismo

auditivo debido a mi estado físico. Parecía provenir del túnel, más adelante, en la

dirección hacia la que había estado caminando todo el tiempo.

Me levanté, con fuerzas renovadas por la buena nueva. Me costó mucho, ya que

el breve descanso me había hecho más mal que bien, y al incorporarme, las rodillas y

tobillos me crujieron, quejándose dolorosamente y haciéndome tambalearme y

apoyarme en la pared para conservar el equilibrio. No pude evitar sonreír, ya que el

sonido de las articulaciones había parecido el de una secuoya al ser talada y caer desde

el cielo, partiéndose la madera estruendosamente. Tal era la amplificación del sonido en

estas condiciones de ausencia del mismo. Aunque ahora ya no había una ausencia

completa, porque había oído, o más bien escuchado algo.

Aceleré el paso hacia mi esperanzador y ruidoso destino, y noté como mi

corazón bombardeaba sangre hasta las sienes, histérico al tiempo que se me escapaba

una risita, que sonó más bien como un gemido desagradable en el túnel. Avancé

zarandeándome a paso vivo, apoyándome con las dos manos en la pared de mi derecha.

Dolor.

Sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o

exterior. Aunque molesta y aflictiva se queda corto, no es de una parte del cuerpo sino

más bien de todo el mismo, y es tanto por causa interior, por empezar a tener la certeza

de la locura propia (no me cabe ni la menor duda de que es una de las peores

sensaciones que puede tener el ser humano), como exterior, ya que, a pesar de pararme

varias veces para volver a escuchar el sonido, éste no se repetía.

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Al fin caí al suelo, al límite del desmayo, y dominado por la congoja, con el

cuerpo machacado y el ánimo reventado. No podía estar pasándome aquello. Estaba

completamente seguro de haber escuchado ese sonido, y había corrido, y lo había vuelto

a escuchar, y había corrido de nuevo, y entonces el silencio. La desesperante calma

absoluta que reinaba en el túnel. Pero había existido, y el ruido siempre es producido

por algo, al menos algo diferente del maldito túnel de piedra. Y ese algo ya no estaba

allí. Ni siquiera me importaba la naturaleza de la fuente del ruido, sólo quería

encontrarla. Me obsesionaba encontrarla para demostrarme que no había perdido la

cabeza. No tendría que haber sido así. Debería haberme importado la fuente del ruido.

Debería haberme importado mucho, porque, tras derrumbarme, gritar, y decidir que ya

nada me iba a levantar de allí, volvió a producirse, y esta vez a unos centímetros de mi.

Conmoción.

Movimiento o perturbación violenta del ánimo o del cuerpo. O de ambos. Del

cuerpo, por medio del sentido auditivo. Del ánimo como consecuencia directa del

anterior. Si, se volvió a producir “el sonido”. Esta vez fue a escasos centímetros, a la

altura de mi cabeza, justo por donde había venido, detrás de mi. Si bien antes había sido

tan débil que por la falta de detalle no podía asociarlo a nada conocido, ahora tampoco

podía asociarlo a nada que yo hubiera conocido, pero por diferentes motivos. Lo percibí

con claridad ilimitada, desgraciadamente para mi. Todos hemos pisado una cucaracha

alguna vez, y en verdad es un sonido desagradable, un crujido característico, de ese par

de élitros negros y duros que les recubren las alas, y casi se puede sentir los órganos del

ortóptero reventando bajo la planta del pie. Ahora junta varios cientos de cucarachas, y

ponlas debajo de un pie gigante, de una prensa hidráulica, que los aplaste muy

lentamente, durante ocho o diez segundos, con todas sus décimas cada uno. Pon ese

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crepitar a unos centímetros de tu nuca, cuando menos te lo esperas, en un túnel que no

sabes hacia donde se dirige, en el que no ves nada, y podrás hacerte una idea de como

me sentí.

Lo único bueno es que, como no había comido ni bebido nada en horas (o días),

no vomité por la violentísima arcada que me produjo semejante cacofonía. Durante la

misma estaba paralizado de terror, y al acabar, volví la cabeza en un movimiento rápido

hacia la fuente de aquello, con los ojos muy abiertos. Afortunadamente, y doy gracias

todos los días desde entonces hasta hoy por ello, la oscuridad seguía siendo absoluta y

no vi nada más que el color negro de siempre. Al extinguirse el sonido, la oscuridad

hacía que pareciese que nunca se había producido, que se estaba en el mismo abismo de

vacío que hasta entonces, pero no se podía obviar esa “existencia”, como cuando uno

despierta de una pesadilla, y acaba con los monstruos que le hayan asustado en la

misma.

Me levanté para echar a correr y entonces ocurrió lo peor.

Escolopendra.

Nombre común de varias especies de miriápodos de hasta veinte centímetros de

longitud, cuerpo brillante y numerosas patas dispuestas por parejas. Viven bajo las

piedras y suelen producir dolorosas picaduras mediante dos uñas venenosas que poseen

en la cabeza.

Me levanté. Pero al empezar a correr, las piernas me fallaron, y tuve que apoyar

mi brazo derecho sobre la pared para no caerme hacia atrás, y extender el izquierdo, en

movimiento reflejo.

Lo toqué. Durante el segundo más dilatado de mi vida.

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Siempre he pensado que una de las pocas cosas en las que casi todo ser humano

está de acuerdo con sus congéneres es en la animadversión (por no llamarlo odio), que

siente hacia los bichos en general, o hacia alguno de ellos en particular: arañas,

cucarachas, saltamontes, ciempiés, escarabajos, gusanos, escorpiones...

Cuando extendí la mano, los toqué a todos a la vez. Recorrieron mis dedos y mi

palma, expeliendo secreciones e inyectando venenos bajo mi piel. Sentí muchas

picaduras antes de poder apartarla. Pero lo que peor me hizo sentir fue la sensación de

que todos ellos se movían al unísono, como si formaran parte de un mismo ser, de un

ser formado por miles de bichos de todos los tipos y tamaños.

Prisa.

Prontitud o rapidez con que sucede o se ejecuta una cosa. En este caso, mi huida.

En verdad os digo que, a pesar del dolor de las picaduras de mi mano y del cansancio

acumulado, corrí más rápido de lo que podría haberlo hecho un atleta de cien metros,

chocándome contra las paredes, tropezando y cayéndome y levantándome otra vez.

Corrí como si me persiguiera el diablo. De hecho estoy seguro de que si el diablo existe,

yo lo he oído y lo he tocado. Y, aunque no lo sentía físicamente, estaba seguro de que

venía tras mi. Para variar, no se lo que tardé, pero corrí y corrí por el túnel, y de repente

me di cuenta de que todo había cambiado. Sentí un frío intenso, ya no estaba pisando

roca sino nieve, la oscuridad no era tan opaca, sino que parecía más la de la noche, ni el

silencio tan absoluto, ya que el viento aulló maravillosamente. Me paré y acostumbré un

poco los ojos.

¡Estaba en el campo!. De hecho, estaba a tan sólo unos metros de donde había

desaparecido, pero era noche cerrada. En cuanto me orienté fui al coche, que estaba

muy cerca. Mi perra estaba acostada junto al mismo, y cuando aparecí comenzó a dar

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brincos alrededor mío, pidiendo una caricia, que gustosamente le otorgué. Entré y bebí

agua de una botella que guardaba en el asiento de atrás. Entonces me di cuenta de que

no sentía el brazo, estaba hinchándose y supurando por la zona de las picaduras. Me

hice un torniquete con una manga arrancada de mi propia camisa tan rápido como pude,

y eso salvó mi vida. La mano no corrió tan buena suerte. Me la amputaron a la altura del

hombro en el hospital, a tan sólo un cuarto de hora del lugar en el que me encontraba, al

cual pude llegar conduciendo a malas penas. Por supuesto, los médicos que me

atendieron, se quedaron boquiabiertos al ver que tenía treinta y cuatro picaduras de

veinte tipos de “bichos” diferentes, diez de ellos no incluidos en nuestra fauna, y otros

seis imposibles de identificar.

Incógnita.

Causa o razón oculta de algo. Es aquello que precisamente intento evitar.

Francamente, creo que estoy mejor sin tener una explicación de lo que me pasó, porque

no se si podría soportarla. Qué me ocurrió durante los dos días y medio que duró mi

extraña pérdida, qué era lo que oí y palpé, si era único o perteneciente a una especie,

qué tipo de seres podríamos encontrar a kilómetros de distancia, justo debajo de

nosotros, en túneles demasiado perfectos como para ser construidos por algo no

inteligente, y cuantas cosas hay aún que escapan al ser humano y a su entendimiento,

son las cuestiones que intento evitar a toda costa. Sobre todo muchas noches, en las que

me despierto entre gemidos en la oscuridad de mi dormitorio, con un sudor frío por todo

el cuerpo, sacudiéndome bichos inexistentes de una mano izquierda, también

inexistente.

Fidel, Ernesto, Teresa



Llega un momento en la vida de un hombre en el que tiene que tomar

demasiadas decisiones en un corto periodo de tiempo, decisiones que le afectarán para

siempre, y que aunque puedan tener marcha atrás, ya supondrán una inversión de las

fuerzas de uno mismo, del dinero, tiempo y paciencia, que las hacen por completo

críticas. Si estudiar o qué estudiar, en qué trabajar, donde vivir, si comprarse casa o

alquilarla, si vivir sólo, en pareja, casado, si tener hijos… Lo peor de las decisiones

importantes de la vida es que hay que tomarlas antes de tener los datos suficientes como

para saber lo que uno está eligiendo.

Fidel tiene que tomar algunas decisiones en breve. No sabe si quedarse a trabajar

con su padre, en la herrería, o ejercitar la profesión para la que al fin y al cabo ha

estudiado: más bonita, menos lucrativa. No sabe si seguir viviendo con sus padres o irse

a un piso, de momento de alquiler. No sabe si seguir estudiando, compaginándolo con el

trabajo, claro. Sin embargo, aunque su mayor duda no es de este ámbito, le roba mucho

más tiempo a sus pensamientos que todas las demás reunidas. No sabe si pedirle a

Teresa que formalicen lo suyo. No en el sentido de casarse, al menos todavía, pero sí de

empezar a tomárselo como algo más serio, mirando un poco hacia delante, evitando la

frivolidad en una relación que ya tiene demasiados kilómetros como para serlo. El amor,

menudo asunto. Fidel no sabe si quiere a Teresa o si ella le quiere a él, pero cree que así

es. Si Teresa le quisiera, o creyera quererle, la decisión estaría ya tomada, pues a él le

sería más fácil quererla. Por tanto tiene que preguntárselo.

Como siempre que toma una decisión importante, aunque la decisión sea

meditada, los efectos tienen urgencia inmediata en la cabeza de Fidel. A pesar de que le

dijo que necesitaba la tarde para estudiar, la llama a su casa. Comunica. La llama otra

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vez pero no llega a marcar el número completo pues alguien entra en la oficina. Fidel

confiaba en que no lo hiciera nadie, al menos mientras está él sólo. Cuando llegue su

padre de almorzar ya se encargará él de atender a los clientes, aunque éste es demasiado

joven como para ser cliente de la herrería.

- Hola, buenos días

- Buenos días, ¿qué quería?

- Mira, estoy buscando el hostal Siglo XX, no soy de aquí y…

- Pues sigues por esta calle hasta el final, –más fácil dar unas indicaciones

que tomar nota de una armadura artesanal– y cuando pases dos rotondas, tienes que

girar a la izquierda, ya lo verás indicado.

- Vale, muchas gracias

En cuanto el no cliente se va, Fidel descuelga el auricular y vuelve a llamar.

Sigue comunicando, estará mal colgado o tendrá la línea ocupada con internet. Pasa

demasiado tiempo con eso de los chats, si bien ahora estará estudiando. La llama al

teléfono móvil, pero está apagado o fuera de cobertura en este momento. Fidel vuelve a

ojear descuidado el Pais Semanal, lee por tercera vez, sin fijarse, el mismo párrafo del

mismo artículo. En cinco minutos, cuando vuelva su padre y se pueda ir de la oficina, se

acerca a casa de Teresa. No cree que se tome mal que le rompa media hora el estudio.

Ernesto sale de la herrería con diez pulsaciones más por minuto de las que tenía

antes de entrar. Cada vez está más cerca. Según le ha dicho el dependiente tiene que

estar a punto de llegar.

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Quiere cambiar de pensamientos, a ver si se calma un poco. Una herrería, que

curioso, espadas y armaduras forjadas tradicionalmente, tienen que valer un pastón, pero

el sitio está decorado de la leche, seguro que les va bien, tendrán clientes ricos y les

cobrarán un huevo por el capricho. Pero Ernesto no puede mantener este pensamiento,

pues se dirige a un encuentro que espera antológico e inolvidable. La tía está buena y él

sabe que también y se lo van a pasar cojonudo toda la tarde. Es la primera que se liga en

el chat, al menos según las fotos que se han mandado, que merece la pena físicamente.

Lo increíble es lo rápido que ha ido todo. No hace ni dos semanas que se conocieron en

el chat, ella era la mujer de negro, él chihuahua. Fue ella la que se presentó, él siguió el

juego. Ahora han quedado para tener sexo, y ni siquiera sabe su nombre. Ernesto está

maravillado. Acaba de pasar la segunda rotonda que le indicó el chaval de la herrería.

Su cuerpo nota entero la emoción del momento que va a acontecer. Quizá se le note

demasiado. Da igual.

Ahí está el hostal siglo XX (fundado en 1892). Caliente, caliente, casi

quemando. Mira justo enfrente del hostal, el portal rojo. Ahí tiene que ser, según las

indicaciones de la mujer de negro. Uf, que nervios. Además, todo ha sido con tanto

secretismo, sin decirse los nombres, eso le gusta, le excita –más aún–. Para él ella va a

ser la mujer de negro, qué romántico. Que lo sea ya.

Ernesto llama a la puerta con el pulso a mil. Está caliente. Está asustado. Una

morenaza abre la puerta. Es la de las fotos pero algo distinta, mejor incluso, más guapa,

está más buena. Un pivón.

- ¿Chihuahua? –pregunta ella.

- Ese soy yo, guapísima –contesta, le guiña un ojo y le dedica una sonrisa.

- Pasa.

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En cuanto traspasa el umbral del marco de la puerta empiezan a besarse sin más,

Ernesto está entusiasmado, todo es mejor de lo que creía. Él le desabrocha a ella la

blusa. Ella le quita a él la camiseta con una torpeza graciosa. Él empieza a quitarse los

pantalones con una torpeza ridícula. Madre mía, esto es la leche.

A Teresa ni siquiera le gusta demasiado el chaval. Es un poco zafio, no muy

atractivo y desde luego mucho menos de lo que él mismo se cree. Le besa y le toca, lo

hacen mutuamente, pero es Fidel quién le viene rápidamente a la cabeza. Teresa quiere

a Fidel, pero le da miedo quererlo. Ella es aún casi una cría, y no ha tenido la vida de

experiencias de muchas de sus amigas, o que el propio Fidel, aunque no hable mucho de

esas cosas. Fidel es una de las mejores cosas que le ha pasado en su vida, pero estando

con él se pierde otras, necesita alguna fiesta de vez en cuando, necesita vivir antes de

acomodarse, correrse unas cuantas juergas, conocer más cosas. A pesar de todo, no tiene

ninguna duda de que va a seguir con Fidel. Por eso decidió conocer más cosas mientras

seguía con él. Y cuando colme esos vacíos en su experiencia, se acabó el hacer la

gilipollas.

Ahora está con un tío del que no sabe ni el nombre –mejor que sea así, la

protección del anonimato–, corriéndose una juerga, pero no está bien, sabe que lo que

está haciendo no está bien, y se siente incómoda. Tiene miedo de que los pillen, de que

alguna vecina lo haya visto entrar, de que la puerta no se haya cerrado bien, de que

Fidel se entere algún día. Conoció a chihuahua en el chat y le pareció simpático, pero

también bastante caliente. El típico don Juan de pacotilla al que no le importa ser

utilizado con tal de pasar un buen rato. Y sin haber buscado explícitamente lo que

estaba ocurriendo, la ocasión había surgido de forma más o menos natural, o todo lo

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natural que puede ser dentro de los clichés en que se mueven estas gentes. Con los

pensamientos de necesidad de libertad de vivir que ella estaba teniendo las últimas

semanas, se había dejado seducir, había sido una chica fácil y ahora Chihuahua estaba

en su casa, montándoselo con ella. Y ella montándoselo con él. Queriendo disfrutar,

mas sin poder hacerlo.

- ¿Teresa? –dice Fidel bajo el marco de la puerta mal cerrada.

Casi inmediatamente empieza a oírse follón en la habitación de al lado, el salón.

Fidel, asustado, entra. Se queda atónito al encontrarse de repente con un tío desnudo

tropezando y cayéndose al suelo al intentar ponerse los calzoncillos. Cayó a medio

metro de Fidel, dejando ver un grande y feo tatuaje de dos perros chihuahua fornicando

en su glúteo derecho. Torpemente se aparta, agarrando su ropa amontonada en el suelo.

Teresa tapa su desnudez echándose la blusa por encima –curioso, pues Fidel la

había visto muchas veces desnuda y Ernesto acababa de verla–. Fidel y Teresa se miran

fijamente, Ernesto está como fuera de contexto, aunque es él el causante del contexto.

Intenta escabullirse hacia la puerta. La tía tenía novio, hay que joderse, y aún ni habían

empezado a hacerlo.

Teresa habla al fin, rompiendo el bloqueo mental en el que ambos estaban, y no

miente.

- Lo siento mucho. Perdóname –susurra y sigue otro minuto tenso.

- No –responde Fidel.

Fidel se da la vuelta para salir de la casa, oye susurrar su nombre tras él. De

repente ve al chico al que le indicó la dirección del hotel de enfrente hace un cuarto de

hora, y se da cuenta de que es el chico que acaba de estar en la habitación de al lado con

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ellos dos. Aunque para su sorpresa no está enfadado, fuerza un poco de ira, y le pega

una patada bastante fuerte, que el chaval encaja como puede en el estómago.

- Corre. Ahora.

El chaval, tosiendo, sale corriendo, dejando la camisa en el suelo. Se monta en

un coche aparcado al principio de la calle, y sale haciendo rueda. Fidel empieza a

caminar calle abajo, con las manos en los bolsillos.

Los tres reflexionan.

Teresa se siente culpable, se siente mala, ha hecho daño a quien no se lo merecía

y verdaderamente no ha sido por ningún motivo. Ya está vestida. Se asoma a la calle,

aún en el portal de su casa. Está anocheciendo. Mira la pared de enfrente, ve un par de

cucarachas correteando por la calle, una corre detrás de otra, de repente la de delante se

para, llega la otra, se tantean un segundo, y salen disparadas en direcciones contrarias.

Teresa rompe a llorar y entra en casa.

Fidel camina reflexionando hacia la herrería. A veces uno no toma las

decisiones, sino que las decisiones se toman solas. Paradójicamente no está muy triste,

pues ahora se da cuenta de que él no podía querer a Teresa por que ella le quisiera a él.

De hecho piensa que cuando quiera a alguien, lo sabrá sin recurrir tonterías de este tipo,

simplemente sabiéndolo.

Ernesto, dolorido, conduce hacia su casa, muchos kilómetros más allá. Está

jodido, pero lo está superando con rapidez. Ya está inventándose la hazaña, de rotundo

triunfo sexual, que relatará a sus amigos, y que de tanto contar llegará a ser su propia

versión de la realidad. Pobre sinvergüenza.

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