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Galarza Puente, Sergio (Machupichu)

VIDAS DESCATALOGADAS



Correcaminos

Sesenta banastas esta mañana, ¡y apenas es lunes! ¡Vaya abuso! Encima uno tiene que soportar a estos subnormales que vienen a pedir libros. ¿A qué hora se supone que voy a colocar las pilas de los carros? Y todo por una mierda de sueldo. Así no se puede vivir. Surquillo dice que no haga mala sangre, pero cómo no me voy a quemar si parece que un ejército de bestias hubiera pasado por acá. Han dejado las estanterías hechas un asco. ¿Qué hace esto en el facing de Economía? El nuevo libro de Jodorowsky. ¿Quién lee estas porquerías? Si por mí fuera quemaría todos sus libros. No, quemaría toda la sección de autoayuda. Mejor: quemaría la librería entera.

El otro día le escuché decir al nuevo director que en vez de reorganizar la librería, era más fácil provocar un incendio y cobrar el seguro para empezar de cero.

Pelo de Gato

Pobre Correcaminos, tan temprano y ya tiene esa pinta de quemado que espanta a cualquiera. Apuesto a que se ha quedado calvo por renegar tanto. Pero conmigo es bueno. ¿No será que quiere algo? No creo, todos saben que tengo novio y que me gusta el chico tímido de la segunda planta, ése que tiene un acento tan gracioso. Cuando lo veo me entran unas ganas de abrazarlo, parece tierno, como El Patillas cuando nos conocimos. ¿Quién de estos le habrá puesto El Patillas a mi novio? Aquí lo odian, cada vez que viene a visitarme le ponen mala cara, y con razón. El viernes vino justo a las tres que empezaba mi turno y me preguntó por qué estaba feliz si llevaba días sintiéndome fatal. Me dijo que estaba harto, que le parecía una esquizofrénica. Se fue y me puse a colocar la sección de ingeniería, pero no pude más y me fui al baño a llorar. Después se acercaron Surqui y Toni para decirme que lo dejara de una vez. Ellos no entienden, yo los quiero porque los tres somos los más fashion de la tercera planta, pero no entienden que me voy a casar con El Patillas. Ya lo he decidido, vamos a tener un niño y una niña. La Mari dice que estoy loca. “¡Cómo puedes pensar en casarte y tener hijos a los veinte años!”, se indigna cuando le cuento mis planes. Lo que pasa es que están todos quemados y no saben lo que es el amor.

La de banastas que ha venido hoy, no me va a dar tiempo ni para chatear con mis amigas.

Papichulo

¡Qué coñazo!, me ha tocado con Correcaminos esta mañana. Seguro que no me deja salir a fumar un piti, como si fuera el jefe. No sé para qué coloca tanto los libros si luego vienen los clientes y lo dejan todo hecho una mierda. ¡Qué ganas de amargarse la vida! En cambio yo voy a mi bola. Coloco solo lo que puedo y lo que no se lo dejo a los de la tarde. Ya suficiente tengo con mi chica, lleva dos semanas de retraso y el otro día encontré en su móvil un mensaje de su ex, ella no lo sabe. El sueldo apenas me alcanza para pagar la tarjeta de crédito y me ha dicho que si sale embarazada quiere casarse. Pero yo no me vuelvo a casar, ya me divorcié una vez y ahora tengo que vivir con mis padres.

¡Qué haría yo con un niño! ¡Nueve meses sin follar hasta que nazca! Me volvería loco. ¿Y si no es mío? Quisiera tener veinte otra vez para follarme solo sudamericanas, no perdería el tiempo con españolas ni con inglesas, suecas o lo que fuera. Solo sudamericanas. Me gustan porque tienen un culo increíble. Al menos las que he conocido estaban muy buenas. Mi chica no lo tiene tan grande pero es cariñosa. Surquillo me ha dicho que tenga cuidado porque las de su país son unas jugadoras. Qué buena definición. Algo de razón hay que darle. ¡Vaya personaje! Nunca había escuchado a un inmigrante que odiara a sus compatriotas. Pero es un buen tío, trabaja duro, tiene que haberlo pasado mal. ¿Cómo hago para preguntarle a mi chica por los mensajes de su ex?

¿Qué hora es? Me voy a fumar un piti, que Correcaminos se moleste si quiere. Todavía nos faltan colocar los libros de esos carros y ya no puedo más. No quiero ni pensar si mi chica sale embarazada.

Ese vestido le queda muy bonito a Pelo de Gato. ¿Quién le habrá puesto así? Si fuera sudamericana ya me la hubiera follado.

La Mari

Éste no es mi chaleco. ¿Dónde está mi vaquita?

Surquillo

Los cobardes mueren antes de tiempo, los valientes murieron antes de ayer. ¿Era así? ¡Qué bueno es Joe Crepúsculo! El día que hagan un biopic sobre mí, quiero que pongan esa canción en el momento final de mi resurrección, cuando a pesar de todas mis derrotas el espectador se lleva la impresión de que soy un tío con huevos. Me gustaría pensar lo mismo. Hace un mes mi última chica me dejó de un día para otro. Hasta ahora me cuesta dormir por las noches. A veces me despierto y veo una peli o leo. La quería, pensaba que por fin volvería a pasar mi cumpleaños con una novia, que ella me haría una fiesta sorpresa o una de esas huevadas que hacen las novias. Ni siquiera me mandó un mensaje de cumpleaños y me dolió. Apagué el móvil y traté de no pasarme una de esas películas con final trágico que suelo pasarme cuando estoy deprimido. Antes de dormirme lo prendí. Mi hermana me había llamado desde Estados Unidos y mis sobrinos habían dejado una canción en el contestador. No pude más y lloré. Soy un llorón, lo reconozco, por eso me gusta Bruce Springsteen.

¿Qué tema del Boss pondría en mi biopic?

Pelo de Gato

No entiendo a la gente. ¡Cómo pueden comprar estas chorradas!: Cómo follar con todas, Masaje erótico, Devórame. Los peores son los que te explican pose por pose. ¡Qué poca imaginación tienen algunos! El Patillas dice que me la quiere meter por el culo. No sé, me puede hacer daño, aunque tampoco la tiene grande. ¿Quién la tendrá más grande en toda la librería? Si el chico de la segunda la tuviera pequeña no me importaría, solo quiero abrazarlo y darle besos. Seguro que él no me la metería por el culo, se le ve tan tranquilo. Ya van dos semanas que El Patillas viene insistiendo con lo del sexo anal. ¿Estará molesto por eso? ¿Por qué le interesa tanto? Surqui dice que no es mi novio, sino mi novia. Tiene razón, a veces parece un poco gay. ¿No le dolerán los huevos con esos pitillo que se pone? Antes la sentía más grande cuando follábamos. ¿Se le habrá atrofiado?

Creo que voy a comprarme un libro de Freud, quizás me ayude a entender lo que pasa.

Surquillo

Abre todas las ventanas también podría ser una buena canción para el final de mi biopic. Me gustaría que el soundtrack incluyera una de Neil Young y otra de Bruce Springsteen por supuesto. Primavera adolescente. Bonito apellido tiene el Boss. He pensado que debo buscarme un nombre más interesante. El día que publique un libro o grabe un disco no voy a firmar con el mío, es muy feo. ¿Cuándo haré todas estas cosas? ¿Cuándo pasará algo de verdad importante en mi vida? ¿Cuándo conoceré a una chica a la que le guste mi música?

Tengo treintaidos años, estoy solo y lo único que hago bien es colocar libros en las estanterías.

Correcaminos

¿Quién ha dejado esos libros en la mesa de novedades? ¡Pero si los acabo de colocar! ¡Qué hija de puta es la gente! Ha sido la tía del pañuelo que quería un diccionario jurídico árabe. Ojalá se quede encerrada en el ascensor y se muera asfixiada. Surquillo dice que puede clasificar a los clientes según los libros que compran. A ésta la habría llamado terrorista. Yo solo sé que todos los que dejan los libros tirados por las mesas, deben tener sus casas hechas un asco o mucho dinero para pagar a sus sirvientes. A mí no me pagan para que sea sirviente de nadie. Mi trabajo es ordenar los libros por secciones y ayudar a la gente que no puede encontrar las cosas. Lo malo es que nadie busca nada. Ven que estás cargando una pila de libros y no puedes más, y vienen a preguntarte. Ni siquiera saludan o te dan las gracias. Esto no parece una librería sino un supermercado.

A este paso no me va a dar tiempo para entrenar por la tarde, voy a llegar cansado y sin ganas. La carrera es el sábado. Quiero llegar entre los diez primeros por lo menos.

La Mari

¿Dónde estará mi vaquita? Ya le pregunté a todos y nadie tiene mi chaleco.

Papichulo

Cuando le cuente a mis padres que van a ser abuelos, van a alucinar. Pero creo que me estoy precipitando. Hemos quedado en que si la próxima semana no le baja, se hace la prueba y salimos de dudas. Nueve meses sin follar. No me veo sin meterla tanto tiempo. Anoche estuve chateando con una paraguaya, me mandó su foto sin que se lo pidiera, parece guapa. Dice que trabaja en una casa en La Moraleja, solo puede salir los sábados y tiene que regresar el domingo por la tarde. Le conté que tengo novia y que voy a ser padre. Me dijo que no le importaba, quiere conocerme y podríamos ser amigos. Debe ser maja. Hace tres años que vive en Madrid y no tiene papeles, tampoco ha estado con nadie desde que llegó. Se lo tengo que contar a Surqui, a ver qué piensa, creo que es el único que tiene los pies sobre la tierra en esta planta.

¡Qué cara lleva La Mari! Tanta cosa por una vaquita de juguete, ¿se la habrá regalado su ex marido? Este Correcaminos no para de colocar libros. A mí lo que me gusta es atender a la gente, sobre todo a las tías y mejor aún si son sudamericanas. Cuando vienen por acá les suelto una broma, me demoro a propósito buscándoles su libro, les pregunto de dónde son. Algunas se ríen, otras son tímidas. El que es un crack es Toni, como es chaval y alto las controla sin problemas. Siempre atiende a las más buenas. No importa que el libro esté agotado o descatalogado, él les busca una solución, pero nunca he visto que les pida su número. Si yo fuera él ya tendría mi agenda llena. Suerte que lo han pasado a la tarde, así no tengo competencia.

¿Estaré haciendo mal si quedo con la paraguaya? Mi chica no me puede reclamar nada porque ella sigue mandándose mensajes con su ex. Además, que vaya a ser padre no significa que no pueda mirar el menú.

Correcaminos

Queselobusquesuputamadrepuntocom. Eso es lo que voy a decirle al próximo subnormal que venga a pedirme algo cuando estoy colocando libros.

Surquillo

Cuando llegue a casa me pongo con el soundtrack y el casting de mi biopic. ¿Quién haría de mí? Me gustaría que fuese un actor desconocido.

Seguro que a éstas las atiende Papichulo. ¿Por qué le gustarán las sudamericanas? Eso del exotismo no es un mito. Casi todas las huevonas que me he tirado eran de Alemania para arriba, parecían pollos sin plumas y me preguntaban cómo hacía para estar moreno hasta en invierno. Una me obligó a bailar salsa antes de ir a su piso, pero no importa porque estaba buena. Esa noche no puede aparecer en mi biopic. He pensado en escribir una trilogía sobre Madrid, una obra mayúscula que sea una crítica sobre la decadencia ética y estética de sus habitantes, y que a la vez sirva de homenaje a la vida callejera de la ciudad. Ésta será la obra gracias a la cual me rescatarán de la indiferencia antes de morir, cuando ya nada tenga sentido. La cuestión es decidir si serán tres novelas o tres libros de cuentos. Que fueran libros de cuentos le daría un toque más heróico a mi biografía. La gente solo compra novelas que hablan de la Guerra Civil o de sectas secretas, piensan que van a aprender algo y que los cuentos solo son para matar el rato. A veces siento que me equivoqué. Pensaba que en España había escritores de verdad, que los jóvenes tenían mejor gusto musical que en mi país, que podría vivir mi vida en presente sin tener que aferrarme a algún recuerdo agradable para levantarme cada mañana.

La Mari

Piensa, Mari. El sábado, ¿dejaste la vaquita en el chaleco o la metiste en tu cajón? Pero tampoco está en el cajón. Este hombre no sé para que quiere el libro de la próstata si apenas puede caminar, mejor que se ponga un pañal. Y el guarro que vino hace un rato preguntando por libros de orinoterapia. Cálmate, Mari, ya aparecerá tu vaquita.

Pelo de Gato

El Patillas no me ha llamado todo el fin de semana. Surqui dice que se peleó conmigo a propósito el viernes para irse de fiesta con otra. No le creo, seguro que él lo hacía con su chica y por eso lo dejaron. El otro día escuché cuando le contaba a Toni que estaba jodido desde hace un mes. No lo parece, si no hubiera sido porque escucho y me entero de todo, ni me habría imaginado que Surqui está depre. Siempre está bromeando y tomándole el pelo a los clientes. Le gusta burlarse de los que compran libros de autoayuda y de los que piensan que McGraw-Hill es un autor. A mí también me da risa cuando se equivocan pero trato de callarme. El viernes un señor se quejó por qué Paulo Coehlo estaba en la sección de autoayuda si era un gran novelista. Le dije que tenía razón y que si quería podía poner su reclamación en la planta baja. Al final me puso la reclamación a mí porque según él había sido una malcriada.

Vaya fin de semana más malo que he pasado. Pero esta mañana he visto al chico de la segunda y me he alegrado un poco.

Correcaminos

¿Por qué la gente no puede dejar las cosas en su sitio? Si cogen un libro de Derecho tienen que devolverlo a su lugar, no a Botánica. En último caso, si no se acuerdan de dónde lo cogieron, pueden dármelo a mí para que no me vuelva loco buscándolo luego. Cómo se nota que hay gente que no tiene orden en su vida. ¿Para qué están las estanterías? ¡A quién se le ocurre colocar un libro con el lomo hacia adentro! Eso es como correr de espaldas.

Ya solo me falta la mitad. El sábado es la carrera. Si tuviera más tiempo para entrenar hasta podría meterme entre los cinco primeros. Este horario que cambia todas las semanas no me deja planificar nada. Por lo menos tienes trabajo, me diría mi madre. Hay gente que lo pasa peor, es cierto, la mayoría no llega a fin de mes ni con dos trabajos. Pero compararse con el resto es un consuelo de tontos. ¿Con quién debo compararme para sentirme mejor? ¿Con el lisiado de la puerta que vende poemas?

Surquillo

Papichulo está loco, va a tener un chibolo y está chateando con una paraguaya sin papeles para quedar el fin de semana. Vaya lío, encima ha descubierto que su chica se envía mensajes con su ex. ¿Por qué no aborta la tía? Al final ese chibolo va a terminar siendo un macarra como los poligoneros que vienen a comprar libros de los ciclos formativos. ¿Para qué estudian? Lo primero que deberían hacer es cambiar de peinado y quitar esos politonos horribles de sus móviles. ¿Qué es más feo: sus politonos o el hilo musical de la librería?

Qué bien ha quedado esta estantería. Ya quisiera tener este orden en mi vida. A veces siento que estoy por conseguirlo, pero siempre hay algo que lo malogra todo. Lo peor es cuando no sabes qué lo malogró. Un día voy a llamar a todas las chicas que me dejaron para saber por qué lo hicieron. Eso no lo puedo poner en mi biopic porque entonces sería una copia de High fidelity. Me gustaría escribir una obra que estuviera llena de frases que la gente se grabara en la cabeza. Los libros con frases que te hacen reflexionar son los mejores, como las canciones que no paras de repetir.

Cuando sea famoso y me entrevisten para la versión original de Esquire diré: “Yo solo quería que mi vida tuviera cierto orden, como las estanterías de aquella librería donde pasé mi juventud. Pero siempre había un hijo de puta que lo ponía todo al revés. Por eso me dediqué a la literatura y a la música, para descubrir quién era ese hijo de puta”. Un poco largo y hasta cursi, más propio de un autor adulto contemporáneo que de mí. Quizás debería dejar solo la primera oración.

Papichulo

Surqui dice que la paraguaya es otra jugadora, que está desesperada, pero mejor para mí que lo esté. Aunque tampoco puedo portarme mal con una tía que ha pasado tantas cosas, y confía sabiendo que voy a tener un hijo. Quizás solo quiere un amigo y me estoy llenando la cabeza de historias. Lo del chat es una locura, también había una boliviana que parecía guapa. ¿Por qué no existía internet cuando tenía veinte años? Ahora, con cuarenta, estoy divorciado, lleno de deudas y camino a ser padre. Mi vida es un best-seller de tragedias..

Pelo de Gato

Me gusta la librería, pero tampoco pienso pasarme toda la vida colocando libros y atendiendo a esta gentuza. Soy joven y tengo que aprovechar para disfrutar al máximo, sino después acabo quemada como estos. Mientras El Patillas no me salga con más cosas raras como metérmela por el culo, puedo ser feliz. Todavía creo en el amor y en la amistad. Cuando estoy bajoneada me digo a mí misma que son las hormonas, que por más negativa que pueda sentirme siempre pasará algo que cambiará las cosas. Sueno como un libro de autoayuda. La gente los compra porque necesita algo en qué creer. Son como el gelocatil. Cada vez que estoy resaqueada me tomo uno y se me pasa cualquier dolor. ¡Voy a comprar una caja de gelocatiles para toda la planta!

La Mari

Si la vaquita no aparece me muero.

Surquillo

Esta parte es clave en mi biopic:

Voz en off

Cuando no tenía ganas de atender a nadie les decía que el libro estaba agotado o descatalogado...

Hey, ¡ya tengo el título para mi biopic!: La vida agotada. No, muy aburrido. La vida descatalogada. Pero sin el artículo. ¿Cómo lo interpretaría yo? Como la imagen de un marginal. Lo bueno es que no sería una interpretación única. Lo que sí tiene que ser única es mi vida.

Sad Songs From Idaho



1

Grabar una misma canción por los dos lados de un casete es el primer síntoma apreciable de la conversión en musicófagos de los camioneros que cruzan por las vías del tren en Shoshone. Al Jefe de Héctor El Misterioso, a quien la música entusiasmaba tanto como levantarse un domingo por la mañana, lo desquiciaban los musicófagos. Para él, la única melodía que podía permitirse un camionero era golpear el claxon del buque sobre ruedas a bordo del cual recorría ciudades, desiertos, y cruzaba las vías del tren en Shoshone.

Por ello, cuando encontró en el buque de Héctor El Misterioso aquella cinta titulada Sad Songs From Idaho, y comprobó que la misma canción se repetía en ambos lados, supo que su mejor empleado había emprendido un viaje sin retorno.

2

Sad Songs From Idaho es la única evidencia de la genialidad de Micah Denver, nombre artístico de Stefan Dumitrache, un crooner de Europa del Este que voló hacia el exilio en Norteamérica. Después de vagar por Manhattan y recibir una golpiza en Harlem, Micah huyó de la tentación del éxito en las grandes ciudades, para asimilarse al anonimato de los pueblos minúsculos que arman el rompecabezas de la clase media norteamericana. Así fue como se estableció en Ketchum, un centro de reposo invernal para celebridades, cuyos habitantes comunes tienen prohibido por ley dirigirles la palabra a la galería de famosos que incluye desde actrices de Hollywood hasta baluartes del mal llamado cine independiente.

Micah dedicó ocho horas diarias a servir comida en un supermercado, y por las noches compuso los diez temas que contiene Sad Songs From Idaho. El tema homónimo del título de su disco relata las peripecias de un exiliado que busca a un compatriota en territorio extranjero para entonar el himno de su tierra. Se trata de una metáfora de la afirmación nostálgica, de la necesidad de compartir ese sentimiento patriotero al que tarde o temprano sucumben los inmigrantes.

3

Héctor El Misterioso tenía veintidós años cuando salió por primera vez de su país. Nunca se había planteado abandonar a sus padres, pero no conseguía trabajo como ingeniero de carreteras y sentía que era tiempo de arriesgar. En la universidad había sido un alumno afanoso, lo cual no quiere decir que aprobara con notas excelentes. El único empleo que consiguió tras graduarse, fue en la pequeña tienda de repuestos mecánicos de un amigo de su padre. Así que pagó a un falsificador de documentos para matricularse en un programa de trabajo en Norteamérica para estudiantes, categoría que ya no le correspondía.

4

Héctor El Misterioso ahorró todo lo que pudo durante aquellos meses de duro trabajo en la nieve. El programa reclutaba jóvenes del tercer mundo, a quienes los empleadores pagaban la mitad de lo que hubiera recibido un norteamericano. Los llevaban a hoteles alejados en zonas montañosas y heladas, que eran frecuentados por devotos del ski. A Héctor El Misterioso le tocó limpiar las habitaciones de un hotel, ubicado en el mismo pueblo donde se suicidó un escritor famoso, cuya obra nunca había leído.

Ketchum, así se llama aquella localidad de dos mil habitantes que se convirtió en el nuevo barrio de Héctor El Misterioso. Había dos discotecas, en ninguna de las cuales se llegó a escuchar Sad Songs From Idaho.

5

La musicofagia es una enfermedad extraña. No es contagiosa, es un virus que elige su campo de destrucción después de un largo seguimiento. El Jefe de Héctor El Misterioso, la persona que más casos ha reportado a las autoridades pertinentes, cree que su origen está en la monotonía cegadora de los paisajes idahianos en invierno. Es oportuno aclarar que él no confía en la ciencia, pero de sus camioneros ya hay siete que han sido internados en instituciones psiquiátricas o perecieron, siempre como víctimas de la musicofagia. Todos ellos eran hombres solitarios que encontraron en una canción a la compañera sustituta para el largo camino hacia la nada que devoraba sus corazones.

Por cierto, la ciencia clasificó a la musicofagia como una enfermedad propia de climas fríos. Después no hubo mayor  interés en el tema.

6

Micah se enamoró de una mujer madura que iba todas las tardes al supermercado. Tenía ojos verdes y siempre vestía alguna prenda de leopardo. Un excesivo maquillaje intentaba disimular su rostro demacrado. A ella está dedicado el único disco de Micah. Aunque ninguna canción habla de amor. Pero hay un tema que podría interpretarse como el epitafio de su relación con aquella belleza consumida. La canción relata la tragedia de un soldado, que luego de sobrevivir a una guerra civil, se exilia en una granja y muere asesinado por un viajero a quien acoge una noche junto con su novia. El viajero sospecha que su anfitrión desea a su mujer y lo apuñala. Es una historia tan absurda como brutal.

La  muerte de Micah también lo fue.

7

Héctor El Misterioso cumplió su trabajo en aquel hotel de Ketchum y recibió un bono como empleado de la temporada. Pero a diferencia de sus compañeros de trabajo, estudiantes que se habían gastado todo el dinero ganado en las dos discotecas del pueblo, él no tomó el avión de regreso. Héctor El Misterioso consiguió un empleo en el único supermercado del lugar. Fue asignado a la sección de comidas, donde debía preparar sánguches y cortar embutidos. El anterior empleado, le dijeron, murió de un disparo en la cabeza mientras le entregaba cien gramos de queso al ex marido de una cliente, una mujer que todas las tardes visitaba aquella sección.

8

Héctor El Misterioso le compró una licencia de conducir a un mexicano que iba de vez en cuando al supermercado. Una  mañana compró el periódico con los avisos de empleo y marcó uno que solicitaba chóferes. A la mañana siguiente se presentó ante un gigante calvo y gordo, a quien todos llamaban Jefe. El hombre renegaba por teléfono mientras le comunicaban que uno de sus camioneros había abandonado el tráiler en la carretera. Al cabo de unos días hallaron el cadáver congelado del camionero. Llevaba puestos los auriculares de un walkman, que contenía un casete con una sola canción.

Héctor El Misterioso fue contratado la misma mañana que se presentó ante el Jefe. Debía conducir por la misma ruta que todos, de Ketchum a Boise, la capital de Idaho, trayecto que lo obligaba a cruzar las vías del tren en Shoshone, un pueblo en miniatura que poseía el encanto del oeste fantasmagórico del cine norteamericano.

9

Micah había aprendido a tocar la guitarra gracias a su abuelo materno. Se sentaba a escucharlo por horas en la cocina. El abuelo le relataba la historia de cada canción, en qué circunstancias las había compuesto y a quién estaban dedicadas. Para el abuelo era muy importante la dedicatoria, pues consideraba justo corresponder a la persona o a los hechos que habían inspirado una composición.

Sin embargo, en su primer concierto en un pueblo vecino para soldados jubilados, Micah descubrió la falsa autoría de las canciones que su abuelo le enseñara. Los temas eran adaptaciones de himnos militares muy antiguos, que aquellos soldados jubilados corearon hasta el amanecer, embriagados por el alcohol y la melancolía de sus tragedias. Al comienzo, Micah no comprendió cómo los asistentes a su debut podían tararear todas las canciones. Sólo después de recibir las felicitaciones de un público, que agradecía haberles regalado un viaje al pasado, conoció la verdad.

Enterados de estos detalles biográficos, los críticos musicales investigan hasta ahora si Micah plagió canciones populares de su país para componer Sad Songs From Idaho.

10

Héctor El Misterioso había ahorrado ya veinticinco mil dólares, los que guardaba en una caja de zapatos, cuando compró Sad Songs From Idaho en una tienda de discos en Twin Falls. Héctor El Misterioso había tenido un corto romance con una ex compañera del supermercado, a quien llevó en su buque sobre ruedas hasta el aeropuerto de Boise la noche que se dijeron adiós. La pérdida llevó a Héctor El Misterioso a solicitar rutas extras al Jefe, para llenar los días y las noches siguientes a la ruptura.

El pedido le fue concedido.

11

Héctor El Misterioso ha tenido que grabar un nuevo casete con Sad Songs From Idaho, pues la cinta que llevaba en el tráiler se estropeó al enredarse en la casetera. Los veinticinco mil dólares que guarda en la caja de zapatos estaban destinados en un principio para un negocio familiar que emprendería tras el retorno a su país. Cuando se enamoró de su ex compañera del supermercado, pensó que el dinero le serviría para formar una familia. Ahora los billetes descansan entre las paredes de cartón de la caja de zapatos. Si alguien preguntara por qué Héctor El Misterioso no depositó el dinero en un banco, habría que leerle la reciente ley de deportación de ilegales, que confisca los bienes adquiridos durante su estancia irregular.

Héctor El Misterioso se convirtió en un ilegal por no retornar con los estudiantes a su país aquel invierno.

12

La lápida de Micah Denver está bastante alejada de la tumba del escritor más famoso de Ketchum. Ninguna de las dos es visitada a menudo.

Micah contaba con treinta y cuatro años cuando murió asesinado en el supermercado. Su disco acababa de ser distribuido por todas las ciudades y pueblos de Idaho. El productor estaba por concretar las últimas fechas de una gira promocional que culminaría en Seattle, donde el estilo alternative country de Micah podía despertar el interés del público post-arrebatos suicidas de Nirvana, que por entonces conformaba una mayoría creciente.

13

El Jefe de Héctor El Misterioso acaba de colgar el teléfono. Precisamente es Héctor El Misterioso quien lo llamó para contarle que había una tormenta de nieve, la cual le impedía retornar a Ketchum esa misma noche. El Jefe revisa los pronósticos del tiempo y no halla ninguna referencia a una tormenta de nieve. Empieza a sospechar que en unas horas ocurrirá el desenlace de otro musicófago. Recuerda la carta de la compañía de seguros tras la antepenúltima muerte de uno de sus camioneros, que no halló otra forma menos costosa de suicidio que estrellarse contra otro tráiler que viajaba en dirección contraria.

La compañía de seguros le escribió al Jefe que la musicofagia es un tema desechado por la ciencia, por lo cual no puede considerarse como una enfermedad, una de las llamadas “causas ajenas” que aseguran al dueño de los vehículos siniestrados el reembolso de la pérdida.

El Jefe de Héctor El Misterioso sólo ruega porque su empleado favorito no destruya el tráiler con la última repetición de su musicofagia.

Último tren a Coslada



A don Santos le faltaba una pierna. Se la habían amputado hacía unos meses. Don Santos vivía en Coslada con su mujer y tres perros que había adoptado antes de que la Enfermedad lo mutilara, antes de que la Enfermedad lo obligara a retirarse de su trabajo como conductor de los trenes de Cercanías. Nunca fui capaz de calcular su edad porque la Enfermedad borra cualquier rastro del pasado, es un umbral hacia otro estado, bajo tierra e inmóvil. Calcular la edad de un hombre enfermo es como mirar una foto desenfocada. Yo tampoco soy un experto calculando edades. Sí lo soy descubriendo ladrones en los vagones del metro, descifrando gustos musicales fijándome en los zapatos de la gente y adivinando si quien pasea a un perro es el dueño o un chaval contratado para pasearlo. En esto último quizás sea el mejor, porque paseo perros, es mi trabajo, me gano la vida caminando y recogiendo mierda.

Llevo un año esclavizado por los perros. Recorro la ciudad a pie, en bus y metro, en verano, otoño, invierno y primavera. Las estaciones del año: el único orden en mi vida. Para alguien que detesta el aire acondicionado de las oficinas y la diplomacia obligada hacia los superiores, pasear perros encarna la libertad. Gran paradoja: lo que comenzó como una revuelta independentista ha terminado en una dictadura animal. Trabajo de lunes a domingo, desde que no sale el sol hasta que oscurece.

Don Santos y su esposa habían vivido en Tánger un par de años durante su juventud, en un campamento de hippies. En el salón del piso, un séptimo que miraba hacia un parque sembrado de basura, había unas fotos con un fondo desértico como testigo de sus días de flores y despreocupación. En la foto más representativa de esa felicidad juvenil, se podía apreciar a don Santos durmiendo en el banco de un andén. A veces me detenía en esa foto, volteaba a mirar a don Santos, que agonizaba echado en un sofá frente al televisor y me preguntaba para qué sirven los recuerdos cuando la muerte es inevitable.

Los perros se llamaban Colt, Tarah y Luk. Don Santos los había rescatado de la muerte. Quería tener un perro para que lo acompañara a caminar por los parques cuando se jubilara. Le gustaba su trabajo como conductor de trenes, pero a la vez estaba cansado de la rutina. Antes de que enfermara solo le restaba un año y medio para la jubilación. Su esposa me dijo que fue a la perrera municipal y eligió a los tres porque iban a sacrificarlos. Colt era un perro grande, negro, con dos lunas llenas que rodeaban sus ojos y una mancha blanca en el pecho con forma de corbata, un aristócrata caído en desgracia que sufría de estreñimiento y peleaba con una ferocidad sorprendente. Tarah parecía una oveja, era más pequeña que Colt y tenía la mala costumbre de revolcarse en el parque, donde se embarraba con las cacas que los dueños de otros perros nunca recogían. Luk era un mestizo enano cuyos ojos enormes bailaban como canicas, le faltaban varios dientes, su cuerpo era como una masa de alambres blancos y marrones. A pesar de su tamaño, Luk ocupaba el puesto más alto en la jerarquía perruna. Comía antes que todos y sus ladridos imperaban en el piso y en la calle. Además era quien se abalanzaba primero sobre los otros perros cuando trataban de armar una pelea.

Cada vez que subía al tren de Cercanías para ir o salir de Coslada, me imaginaba que el conductor era don Santos. Cerraba los ojos en el vagón y alucinaba que el tren se descarrilaba y cruzaba toda España hasta Tánger.

Cuando empecé a pasear a los perros de don Santos creí que estaba haciendo un buen negocio. Le cobraba más que a mis otros clientes porque vivía muy lejos. Pronto me di cuenta de que era una paliza y una gran pérdida de tiempo. Los paseaba por la mañana y por la tarde. Estuve por renunciar pero no me atreví. El matrimonio no tenía hijos y al parecer tampoco otra clase de familiares. A diferencia de lo que me pasaba con mis otros clientes, esta vez me sentía comprometido. No era lástima. Don Santos y su esposa habían viajado por toda Europa y Africa durante su juventud, el mismo plan que yo deseaba disfrutar. Si la encontraba a ella despierta me invitaba un café, fumábamos un cigarro y me contaba alguna de sus aventuras. En Francia habían frecuentado a todos los círculos de poetas, sobre todo para aprender a sobrevivir con solo la palabra. En Alemania habían ayudado a unos comunistas a cruzar el Muro de Berlín hacia el paraíso capitalista. En Italia habían aprendido todos los secretos de su cocina trabajando en el restaurante de un mafioso que los quería mucho porque se parecían a su hijo y a la esposa de éste asesinados en una vendetta. Sus relatos se volvían más intensos cada vez que mencionaba un viaje en tren. Por un instante usurpaba esos recuerdos mientras me los contaba. Me transportaba al vagón de un tren que cruzaba montañas, sentado con la cara pegada a la ventanilla, mirando el paisaje que corría en sentido contrario, como si yo fuera un don Santos joven y con sus dos piernas.

Por las noches, en la habitación del piso que compartía en Malasaña, calculaba cuántos perros más tendría que pasear para largarme de Madrid por unos meses. Lo tenía claro, el día que me largara sería en tren. Mis compañeras de piso eran dos norteamericanas que solo viajaban en avión. Viajar en avión puede resultar más barato y rápido, pero no hay ningún paisaje para admirar por la ventanilla, solo nubes que uno cuenta como si fueran ovejas hasta quedarse dormido. Molly y Casey trabajaban como profesoras de inglés, frecuentaban los bares de Huertas y me alquilaban una habitación interior y diminuta por el mismo precio que ambas pagaban por sus habitaciones con balcón. Al principio les caí bien, les parecía exótico tener como compañero de piso a alguien que se ganaba la vida paseando perros. Según fueron pasando las semanas aparecieron las primeras quejas. Molly me pidió que me sacudiera la ropa antes de entrar al piso, dijo que ensuciaba el sofá con los pelos de los perros que se me pegaban. Y Casey me ordenó que dejara mis zapatillas afuera, dijo que apestaban porque pisaba mierda en los parques todo el día, lo cual era cierto en parte. Pasé de ser un compañero exótico a una molestia. Cortamos la comunicación una noche que Molly creyó ver un pedazo de mierda en una de mis uñas mientras fregaba los platos. Era verano y acababa de comer como postre un chocolate que se había derretido dentro de un bolsillo. Traté de explicárselo pero resultó inútil. Los accidentes en avión son más frecuentes que en tren. Esa noche deseé que en su próximo viaje turístico, el avión de Molly y Casey se estrellara.

La esposa de don Santos culpaba a los perros de la desgracia que enfrentaban. A las pocas semanas de adoptarlos él no se pudo levantar de la cama. En el hospital les dijeron que la Enfermedad había avanzado sin aviso y que no quedaban muchos capítulos de esperanza, ya nunca volvería a conducir un tren. Don Santos me contrató cuando aún podía hablar y la piel no se le había pegado a los huesos. Su esposa permanecía despierta todas las madrugadas, sofocando los dolores que lo atacaban a esas horas en especial.

-Esto no es mala suerte. La mala suerte no existe, la buena tampoco. Solo existe la suerte y a nosotros nos ha tocado ésta.

Cuando la escuchaba decir este tipo de cosas, me quedaba callado, lleno de impotencia, sabía que nada de lo que yo dijera serviría para aliviar su depresión, pero al menos me hubiera gustado que no le echara la culpa a los perros. Se había convertido en una fatalista, ¡qué más le quedaba! Asentía sus apreciaciones sobre lo dura que es la vida, sin atreverme a recordarle que su matrimonio también había disfrutado de momentos de gloria, recorriendo Europa en tren y acampando en los desiertos africanos. Esos relatos se habían ido extinguiendo de nuestras conversaciones. Muy de vez en cuando recordaba sus años en Tánger admirando las locuras de los beatniks. En su relato favorito William Burroughs la perseguía con una escopeta por una aldea. Ella se había comido la manzana que Burroughs ponía en la cabeza de sus amigos para jugar a disparar como Guillermo Tell. Allen Ginsberg aullaba caminando sobre cuatro patas alrededor de una fogata y otros locos festejaban sus delirios bailando bajo una lluvia de alucinógenos.

-Eran los maricas más maricas y divertidos que he conocido en mi vida.

Al terminar la historia esbozaba una sonrisa lejana que las arrugas se tragaban cuando encendía un cigarro. Fumaba varias cajetillas al día, calculo que unas tres por el color de su dentadura, botaba el humo como una locomotora del lejano oeste. Al salir de su piso me preguntaba quién resistiría más tiempo aquella desgracia, ¿don Santos o ella?

Durante los paseos Luk le ladraba a los perros extraños. Tarah lo secundaba con unos ladridos que se convertían en aullidos. Colt tiraba de su correa, enfurecido, casi rugiendo. Siempre cruzábamos un puente bajo el cual pasaba el tren de Cercanías. Ataba las correas de los perros a la barandilla del puente y descansaba un rato mirando los trenes, sabía su recorrido pero eso no impedía que mi imaginación trabajara como un proyector de películas dentro de mi cabeza, solo si el cansancio no me gobernaba. Unos días fantaseaba con ser un cantautor folkie perdido en un año sin número del futuro, donde la gente vivía en trenes que nunca se detenían. Algunas tardes elegía ser un simple vagabundo que recorría el bloque comunista de la Guerra Fría en los vagones de carga. Los ladridos de los perros al escuchar un tren pasar bajo el puente me devolvía a la realidad. Coslada es un barrio de clase obrera y alberga a la mayoría de inmigrantes rumanos en Madrid. Los vagones de los trenes se llenaban de rostros somnolientos por las mañanas. Los pasajeros llevaban mochilas, diarios gratuitos y el peso de una rutina desgastante con el cual regresarían a casa por la tarde. Mis otros clientes vivían en el barrio de Salamanca, eran empresarios, abogados, viudas con varios pisos como herencia, artistas naif, gente que se pagaba toda clase de lujos, entre ellos contratar a un joven para que paseara a su perro. El lugar del paseo era el Parque del Retiro. A veces me sentía ridículo caminando con un yorkshire diminuto, con una shit-zu disfrazada de Audrey Hepburn, con un maltés que parecía peinado para una boda. Prefería la fiereza de Colt, Tarah y Luk, perros de verdad, animales proletarios que habían sido rescatados de una muerte segura.

Una mañana me desperté descompuesto. Cuando la comida que compraban no cabía en la nevera, Molly y Casey sacaban la mía y la ponían sobre ésta. Así se me estropeaban las verduras y parte de la fruta. No creí que sucediera lo mismo con los huevos, pero sucedió y no medí las consecuencias de comer un revuelto con calabacín. El resultado me tuvo encerrado en el baño toda la mañana, desfalleciendo y llamando a mis clientes para avisarles del problema. En el piso de don Santos no me contestaron. Por la tarde me sentí mejor, lo suficiente como ir hasta Coslada y cumplir con el paseo de la tarde.

Cuando entré al piso los perros no salieron a recibirme como siempre. La señora me había dado la llave para que no la despertara por las mañanas. Eché un vistazo al salón. Don Santos roncaba con el televisor encendido. Había un cenicero rebalsando de colillas sobre una mesa. Luk se asomó temeroso desde la cocina. Caminé hacia allí. Tarah se acercó rampando. Me agaché a acariciarla. Faltaba Colt.

-Podrías avisar cuando no vas a venir.

La señora me sorprendió por la espalda.

-Llamé pero no me contestó nadie.

Apretó los labios y encendió un cigarro ofreciéndome otro.

-Los tuve que sacar yo. Ladraban como unos locos y no sé cuál de todos se había cagado en el pasillo.

-No volverá a pasar.

-Eso no es lo peor, la mierda se puede limpiar, pero a ver qué me hago yo ahora con la denuncia que me van a poner.

No entendía de qué me hablaba la señora. Antes de que se lo preguntara ella lo aclaró todo.

-Mi marido te contrató porque sabía que me quedaría sin fuerzas después de atenderlo por las madrugadas. No sé cómo lo sabía, pero así es, ni siquiera puedo con Luk y mira lo pequeño que es. Tan pequeño y tan fiera. Los bajé al portal para que al menos mearan y atacó al perro de un vecino. El vecino trató de patearlo y Colt lo mordió. Luego vino la policía y ya te imaginarás la que se armó.

Colt había defendido a Luk y se lo habían llevado a la perrera por morder al vecino. Le pregunté a la señora qué pensaba hacer.

-Nada. ¿Crees que necesito más problemas?

-¿Qué ha dicho su esposo?

-Mi marido está muriéndose y hace días que no sabe ni dónde está. Todas las madrugadas delira y grita de dolor.

Esa tarde les di un paseo más largo de lo acostumbrado a Luk y Tarah. Cruzamos el puente bajo el cual pasaban los trenes. No los até para detenerme a fantasear. No me apetecía.

Cuando las cosas van mal suelo quedarme en mi habitación. Elijo una canción y la repito hasta el cansancio en el ordenador. La convierto en mi mantra personal. Elegí Trenes que no paran en ninguna estación de Sr. Chinarro, un grupo sevillano. Esa canción es una rareza, un hallazgo para coleccionistas. Era verano y en vez de coleccionar viajes y sonrisas de chicas, mi álbum estaba repleto de perros ridículos y feos, calles bautizadas en honor a pintores y políticos, bolsas negras para recoger mierda y trenes cuya única estación parecía ser Coslada. Mi imaginación ya no proyectaba películas dentro de mi cabeza, solo había lugar para multiplicaciones, pensaba y repensaba en cuántos perros más tendría que pasear para ahorrar lo suficiente y largarme de una ciudad que hervía de turistas. Colt: lo iban a sacrificar porque la esposa de don Santos no lo rescataría. Don Santos moriría pronto. Molly y Casey me insinuaban a cada rato que me buscara otro piso. Si hubiera podido habría salido corriendo para la perrera a rescatar a Colt. Luego habría luchado contra la Enfermedad y por último le habría subarrendado mi habitación a un perro asesino. Pero estaba agotado y Trenes que no paran en ninguna estación sonaba en el ordenador. Me hubiera gustado ser un tren descarrilado, sin otra estación que el horizonte de mis fanstasías.

La semana siguiente don Santos empeoró y me llamaron clientes nuevos, así que le avisé a la señora que tendría que buscarse a otro paseador. Había decidido actuar como un empresario, sin sentimentalismos. Se lo dije por la mañana y al volver por la tarde encontré una ambulancia estacionada en su portal. Subí en el ascensor pensando en cómo ofrecer mis condolencias. Me recibió ella. Su rostro era como una ceniza. Solo se me ocurrió decirle que pasearía a sus perros todo el tiempo que hiciera falta.

-Mañana los llevaré a la perrera, ya no tiene sentido que estén acá. Eran de mi marido, no míos.

Me pregunté si ya habrían sacrificado a Colt. La puerta que daba hacia el salón estaba cerrada. Se escuchaba el murmullo de una conversación. Busqué las correas de los perros y los saqué a la calle. Cuando las cosas van mal uno suele aferrarse al pasado, no a todo, solo a lo bueno. Imaginé que la señora trataba de recordar sus viajes en tren con don Santos, los años de incertidumbre feliz cuando eran jóvenes, esas noches durmiendo en vagones incómodos y despertando en estaciones desconocidas, una aventura total. Tarah y Luk no pertenecían a la zona de los recuerdos gratos, estaban almacenados en la memoria trágica de los últimos meses. Al llegar al puente bajo el cual pasaban los trenes, pensé en el destino que les tocaría. Nadie más los adoptaría y acabarían sacrificados como Colt. Don Santos no hubiera querido eso para sus mascotas. Un tren se aproximaba. Bordeamos el puente y encontré un hueco en el vallado que impedía el acceso a los rieles. Tarah y Luk ladraban. El tren pasó a toda velocidad, le quité la correa a los perros y empecé a correr entre los rieles persiguiendo al tren. Tarah y Luk corrían a mi lado. Hacía calor pero no importaba. Podía nevar y nosotros seguiríamos corriendo. Imaginé que en ese momento el cuerpo de don Santos viajaba en la ambulancia, mientras su señora dormía en el sofá con el televisor encendido. Entonces me prometí que mi próxima estación sería Tánger.

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