“Linda nena”, pensó Eduardo cuando la descubrió y ya no se pudo volver a concentrar en la lectura del libro con el que jugueteaba entre sus manos. Abría el libro, miraba una o dos palabras y sus ojitos viajaban en dirección a Guadalupe por un instante. Volvía con su mirada al libro, esta vez al lomo, luego a la reseña de la contratapa y otra vez a posarse sobre Guadalupe, a recorrer su cuerpo por otro instante, como ráfagas. Guadalupe era linda, en eso Eduardo tenía razón pero no era una nena, en absoluto. Era muy joven, si, pero no una nena. Guadalupe estaba a punto de cumplir quince años, a minutos nomás de semejante momento, a minutos de saber que nunca más sería una nena.
Alicia, su mamá, le contó una y otra vez la historia de aquel parto difícil, solitario. Todos los años desde que Guadalupe le pudo preguntar, Alicia no tuvo otra opción que relatar el mismo cuento de ese 16 de abril cuando Guadalupe llegó al mundo siendo un martes a las 20 horas y 21 minutos.
Guadalupe recorrió el vagón, tal vez todo el tren, sin prisa. Eduardo nunca supo si ella subió en la estación Carranza, en Tres de Febrero o quizás en Retiro, junto con él en el tren de las 16 y 44 como casi todos los días después del trabajo. La vio venir, a paso lento, eligiendo dónde sentarse. “Estoy con suerte”, pensó Eduardo cuando Guadalupe se acomodó en el asiento libre que había frente a él, en diagonal a él para ser más precisos, junto a la ventana semiabierta. Eduardo no se percató de que Guadalupe, apenas lo vio, clavó su mirada en él, en su rostro y respiró profundo antes de decidir si sentarse o no. Eduardo estaba ocupado en tratar de descubrir algún secreto por entre el tajo de la falda de Guadalupe y no se preocupó de ninguna otra cosa. Quiso aprovechar los movimientos obligados que ella tuvo que hacer al sentarse para espiar algo más pero no pudo ver gran cosa, tampoco se decepcionó, Eduardo sabía que iba a tener otra oportunidad. Cuando enfocó el rostro de Guadalupe el tren salía de la estación Carranza rumbo a Colegiales y ella ya no lo estaba mirando.
“¡Qué linda nena!” se repetía Eduardo y le gustaba eso de pensarla como “nena”. Eduardo la miraba y se regodeaba en las porciones de piel que podía espiar de Guadalupe: el cuello, los brazos largos y flacos, su pequeño escote salpicado de deliciosas pecas y especialmente los suaves muslos blancos y firmes que asomaban por debajo de su falda. Eduardo se distrajo un momento pensando en otras mujeres, mujeres de muslos firmes. Pensó en Marcia, una novia que tuvo alguna vez y que cada tanto aparece en sus sueños; recordó a Roxana, la hija de Pedro, aquel amigo de la secundaria. “Roxie tenía buenas piernas”, rememoró Eduardo con una sonrisa. Trajo a su memoria el recuerdo de aquellos días en que la llevó a trabajar con él al ministerio, la primera vez en la biblioteca, su temblor y su risa joven, esos muslos firmes. Intentó recordar el aroma de la piel de Roxie pero le apareció la imagen de la cara de Pedro, sus gritos, los reproches de Zulma y el llanto de Roxie que amenazaba con suicidarse y ya no quiso recordar más. “Pendeja pelotuda”, se quejó Eduardo casi en voz alta.
Guadalupe hacía fuerza para mantener su mirada en el paisaje que le ofrecía la ventanilla del tren, un paisaje que ella no conocía. Trataba pero no le salía muy bien. Sus ojos buscaban el rostro de Eduardo, quería estar segura, necesitaba estar segura pero no soportaba mirarlo por más de dos segundos y descubrir que él la miraba con ojos que ella no quería.
Después de salir de la estación de Belgrano “R” el tren aceleró y dio la sacudida fuerte que siempre da cuando pasa por ahí. Eduardo aprovechó ese momento para mirar los pequeños pechos de Guadalupe y el zarandeo que el movimiento del tren le provocaban. Apenas se movió algo por debajo de la camisa blanca y rosa de Guadalupe, muy poco pero Eduardo quedó conforme.
Guadalupe se aferraba a una especie de carterita blanda o bolsito colorido que apretaba contra su vientre flaco. Eduardo nunca notó que Guadalupe clavaba sus uñas una y otra vez en ese bolsito tan arrugado y sin forma. La panza de Guadalupe hizo un ruido de panza vacía que sólo ella escuchó. No tenía hambre pero si se dio cuenta de que hacía tiempo que no probaba nada, desde la noche anterior cuando apenas cenó. Esa mañana salió de su casa muy temprano, estaba oscuro, era de madrugada. Lo único que le preocupó fue no hacer ruido, no despertar a su mamá. No pensó en desayunar. Pensó en muchas otras cosas. Guadalupe hacía tiempo había decidido que ese día iba a hacer lo que estaba haciendo, lo que su madre nunca quiso, lo que nunca trató de entender.
La señora que viajaba junto a Eduardo se incorporó para bajarse en Coghlan. Eduardo aprovechó esta nueva posibilidad para acomodarse en el lugar que dejaba la señora, fingió cierta torpeza dejando caer el libro que llevaba entre sus manos y lo recogió sonriendo, pidiendo disculpas y rozando con alguno de sus dedos de la mano derecha la pierna desnuda de Guadalupe. Ella mantuvo sus ojos fijos en el marco de la ventanilla, Eduardo la buscó con la mirada pero ella no respondió, sus uñas se clavaron una vez más en el bolsito deformado. Eduardo observaba el fresco rostro de Guadalupe y por primera vez en todo el día pensó en Florencia, su hija de 9 años, la hija de él y de Zulma. La hija que Zulma tanto hinchó con tener. Miró una vez más las piernas de Guadalupe y se rió pensando en lo diferentes que eran a las piernas de Zulma. Por un instante pensó en las piernitas de Florencia pero ¡paf! Otra vez se le cayó el libro, esta vez sin proponérselo, sin quererlo. Eduardo se puso nervioso, algo atolondrado. Recogió el libro, lo sacudió un poco y se preparó para leer. Hace más de cuatro meses que Eduardo no visita a Florencia. Zulma no quiere y Eduardo mucho no insiste. “¿Para qué?”, se repite cada vez que se acuerda de su hija. Las cosas nunca anduvieron muy bien entre él y Zulma, ni siquiera al principio y empeoraron después de lo de aquel asunto con Roxie. Zulma se llevó a la nena a casa de sus padres, en Adrogué y Eduardo se quedó con la casita de Florida. “Para bien o para mal, estoy tan lejos de Adrogué”, reflexionó Eduardo.
Guadalupe guarda en su bolsito una vieja foto que le robó a su madre. Pensó que era indispensable traerla pero ahí sentada en el tren sintió que no le hacía falta volver a mirarla. La conocía de memoria.
Subió un poco de gente en Saavedra, faltaban dos estaciones para Florida y cuatro para el final del recorrido. Eduardo se acercaba a su destino, el tren aceleraba su marcha y él terminaba de decidir lo que iba a hacer: iba a permanecer sentado hasta que ella se levante, sea en la estación que sea, y luego se bajaría tras ella. Eduardo piensa que cuando una mujer se incorpora de su asiento es el mejor momento para sacar provecho de la situación, ahí es cuando se vuelve vulnerable, cuando él puede rozarla y parecer casual, cuando puede observar algo que aun no vio o cuando puede estar más cerca de ella e inclusive llegar a olerla. ¡Cuántas ganas tenía Eduardo de oler a Guadalupe!Las puertas se cerraron en Juan B. Justo y el tren partió rumbo a Florida. Quedaban tres estaciones nada más, faltaba poco para el momento en que Guadalupe se baje del tren. Eduardo empezó a sentir que su corazón estaba un poco más acelerado. El tren llegó a la vieja estación de Florida, Eduardo ni se mosqueó, no le importaba pasarse, sólo miraba a Guadalupe. Ella miró a Eduardo, dudó una fracción mínima de tiempo, el tren detuvo su marcha y Guadalupe, decidida, convencida de lo que estaba haciendo dio un paso amplio para abandonar su asiento y bajarse del tren. Eduardo logró lo que tanto buscó, por un instante pudo ver un poco más de Guadalupe, sus ojos llegaron a percibir unos centímetros de la delicada bombacha rosa que vestía a Guadalupe. El momento fue breve pero Eduardo lo sintió intenso. Apresurado, saltó de su asiento tras los pasos de Guadalupe, no le importó resultar evidente o no. Logró bajar antes de que cerraran las puertas del tren y jamás se enteró de que un joven con cara de estudiante le quiso alcanzar el libro que dejó olvidado sobre su asiento. Guadalupe caminó unos pasos hasta llegar a pocos metros de la escalera del puente que une los dos andenes de la estación. Dudó si seguir o no y se agachó para rehacer el moño de una de sus zapatillas. Eduardo venía unos pasos más atrás y se acercaba a ella. Guadalupe seguía jugando con los cordones de su zapatilla y Eduardo no tuvo otra opción que continuar caminando. Apenas pasó junto a Guadalupe, ella se incorporó y caminó muy cerca de él. Casi al mismo tiempo comenzaron a subir los peldaños metálicos de la escalera. “Señor”, le dijo Guadalupe con poca voz. “¿Conoce la calle Santa Rosa?”. Eduardo le sonrió, se tomo un tiempo para mirarla nuevamente y le preguntó: “¿Santa Rosa, a qué altura vas?”. “Al 2200. ¡No!” se corrigió Guadalupe de repente, nerviosa, buscó algo en su bolso, Eduardo no supo qué cosa miró, si un papel o qué y se corrigió: “¡Santa Rosa al 2000!”. “Si querés vamos juntos”, se ofreció Eduardo tratando de parecer un hombre respetuoso, “yo también voy para allá”. Anduvieron un rato en silencio hasta que se cruzaron con un grupo de cuatro o cinco chicos vestidos con uniforme de colegio secundario que corrían con prisa para no perderse un tren que llegaba a la estación. Los chicos frenaron un poco su marcha y callaron por un segundo sus risas al pasar junto a Guadalupe, uno de ellos lanzó un fuerte chiflido, sus amigos rieron y aceleraron el paso hacia la estación. Guadalupe se sintió algo incómoda y se puso colorada. “Parece que tenés pretendientes en este barrio”, le dijo Eduardo para empezar a hablar. “Es que sos muy linda, ¿sabés?”. Guadalupe sonrió nerviosa y se aferró a su bolsito arrugado. Eduardo trataba de imponer un ritmo de pasos lentos y relajados, no estaban muy lejos de la calle Santa Rosa y no quería que algo se le escape. Le preguntó las cosas de rigor mientras recorrían aquellas cuadras y Guadalupe le contestó con pocas palabras, con lo justo. Eduardo se enteró de que se llamaba Guadalupe, que vivió toda su vida en un pueblo cercano a Roque Pérez y que casi no conocía Buenos Aires. Cuando Eduardo le preguntó qué hacía por ese barrio, Guadalupe le contó una historia algo confusa sobre un tío que vivía por ahí, en Santa Rosa al 2000, y que ella pasaría unos días sola con su tío hasta que su mamá llegara de un momento a otro. Eduardo percibió que tal vez ella le estaba mintiendo pero no le importó. Cuando llegaron hasta una casita blanca en Santa Rosa 2224 Eduardo le dijo: “Acá vivo yo, esta es mi casa”. Guadalupe miró la casa de Eduardo, una casa modesta y algo descuidada con un pequeño jardín por delante, sin muchas plantas. Era mucho menos de lo que se imaginaba cuando era niña, cuando no podía hablar del tema. A pesar de todo, de alguna manera, Guadalupe se sentió feliz. “Por fin estoy acá”, pensó. Eduardo la miraba, Guadalupe bajó su rostro, respiró hondo y de una vez dijo: “El problema es que se me hizo temprano. Mi tío no llega hasta las siete y yo no tengo llaves de la casa”. “Vení”, le dijo Eduardo y la tomó de la mano. Guadalupe se dejó llevar. La mano de Eduardo le resultó un tanto húmeda y sudorosa. Entraron a la casita y Eduardo la sentó en un sofá que había en la sala, el lugar no tenía mucha luz pero ninguno de los dos hizo nada para cambiar esa condición. Eduardo fue a buscar algo para beber mientras Guadalupe permanecía inmóvil en el sofá con la vista clavada en el suelo y sus manos aferradas al bolsito colorido. Eduardo apareció en la sala con dos vasos y una botella de cerveza, estaba sin su saco gris y sin corbata, con el primer botón de la camisa desabrochado. Sirvió un poco de cerveza en cada vaso, agarró uno y lo colocó entre las manos de Guadalupe luego chocó con su vaso el vaso de Guadalupe. “Feliz cumpleaños”, pensó ella y apuró la cerveza de un solo trago. Eduardo sonrió, bebió un poco y dejó su vaso sobre la mesa que estaba junto a ellos, con su mano derecha acarició la cabeza de Guadalupe que seguía mirando el piso. Eduardo tardó unos segundos en llevar su mano izquierda a los muslos firmes de Guadalupe, inmediatamente su fresca piel se erizó hasta casi ser insoportable pero ella no supo qué decir ni qué hacer. Eduardo acercó su nariz hacia la nuca de Guadalupe y aspiró con intensidad tratando de captar todos sus olores mientras con su mano izquierda recorría los muslos de Guadalupe. Ella sólo respiraba. Eduardo llevó su mano hasta el tierno pubis de Guadalupe, lo frotó con cierta suavidad y acercó su boca a la pequeña oreja de Guadalupe. “¿Querés jugar?”, le dijo. Guadalupe no respondió. Eduardo comenzó a lamerle la oreja, jamás sintió las lágrimas que recorrían las mejillas de Guadalupe pero le pareció escuchar como un susurro una pequeña voz que lo llamó “papito”.