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Venegas Arrabé, Noé (Eléboro)

Vermont´s



A mi hermano Dam, el hombre del nombre inventado,

que me aterrorizó justo en el momento de terminar

de escribir la última línea.

¿Qué hora es? Sí, perdone, que me preguntaba por la hora. Las nueveymedia. Gracias, por cierto, ¿no sabrá usted dónde se encuentra la calle de Lox? ¿Calle de Lox ha dicho? Sí, eso es. Pues creo que se encuentra cerca de aquí, ¿ve el final de esta calle? Sí, por supuesto. Bueno, pues cuando llegue a una cafetería con las letras en rojo llamada Vermont´s, la siguiente perpendicular es Lox. Creo no equivocarme, conozco bien la zona. Los dos hombres se quedaron mirándose mutuamente. ¿Sería posible que le acompañase? Ningún problema, voy en esa misma dirección.

Me podrían decir que el planteamiento de un asesinato no puede hacerse tan a la ligera, que la preparación de un crimen mortal es algo más complejo y alejado del azar, que no es tan sencillo matar a alguien, pero si seguimos los dictados de ciertas tradiciones que hablan de las gratificaciones del hecho y sus misteriosas conexiones con el universo, llegaríamos a la conclusión de que si el señor desconocido y acompañante fuera un cruel homicida sin escrúpulos decidido a matar, le sería una situación extraordinariamente propicia para acabar con el inocente acompañador. Y esto es un hecho. Entonces existe un pequeño error de base, tal vez una minucia, pero en todo caso, algo muy significativo planeando por encima de las dos figuras: una de ellas cree saber que la calle de Lox existe, la otra sólo sabe su nombre. Si esto se tratase de un intento de asesinato, podríamos culpar a una simple equivocación, a un lapsus, a una respuesta de azarosa casualidad. Si el gustoso paseante le hubiera dicho al inminente verdugo que no conocía esa calle y aún más, incluso que esa calle no existía, todo hubiera quedado ahí, en el lugar donde todo empezó. Pero no fue así, porque cuando el señor Cavahi llevaba andados una treintena de pasos, comenzó a mirar los zapatos blancos del viandante perdido y, sobre todo, a escuchar el estar silencioso de aquel hombre. Empezó a sentir que algo era extraño en aquel fortuito individuo -llamémosle Z para agilizar- tan desconocido y vivaz al mismo tiempo, que ahora resultaba transmitir una presencia sepulcral. Para Cavahi eso no era normal, era un cambio demasiado brusco, una actitud altamente inmadura, un contrapunto, un cambio de perspectiva de la imagen creada, y digo esto porque hablo de la imagen formada que producimos ante lo desconocido, ¿y por qué no podía ser alguien de pocas palabras? Él, en apariencia, sólo acompaña a un hombre. Un hombre desconocido. Pero Cavahi sopesó esa nimiedad y contempló un mínimo porcentaje de sospecha. Nada parecía decir nada, ningún gesto ni palabra que pudieran provocar un argumento; una excusa para pensar y darle vueltas. Mas esa no fue la gran preocupación de Cavahi, sino el darse cuenta de que el inicio de los temblores en sus manos comenzaron en el momento en que se dio cuenta, durante el silencio, de que su memoria le había jugado una mala pasada.

No había una calle perpendicular llamada Lox después del café Vermont´s, ¿o sí? Y en ese instante comenzó a producirse esa molesta sincronía de pasos en los que uno parece sentir que va solo, si no fuera porque cada una de las pisadas suenan doble, y me refiero al hecho de andar al unísono, lo cual es andar como dos, es como ser dos, ya que tu paso es el paso del otro y da miedo pensar que algo tan personal como caminar pueda solaparse de tal forma, ¿Por qué los soldados del batallón andan de esa manera? La explicación se basa en la sencilla idea de la unidad. Todos caminan hacia un mismo sitio, son una sola imagen, una sola bala que penetra en el cuerpo, un triunfo o un fracaso, el cadáver, a pesar de haber sobrevivido.

Desde un principio se estableció que el señor Z no se dirigía al mismo sitio que Cavahi, llevaba su misma dirección, pero eso no podía ser el umbral de una sospecha. Cuando se anda de esa manera en la que andaba Z, en ese momento parece iniciarse un juego de seguimiento y uno parece perder su intimidad, o algo parecido, un suceso que no se sabe muy bien definir. El señor Cavahi se paró en seco y cuatro pasos más adelante, el desconocido. Le miró por encima de un pequeño sombrero que llevaba de lado, un ligero sombrero gris. ¿Qué ocurre?, preguntó y Cavahi empezó a temblar como nunca lo había hecho dentro de su abrigo de fieltro. Su mirada era como el otoño en estas mañanas, caída y oculta.

Cuando uno se ve inmiscuido en la trama de un asesinato, cuando hueles uno de cerca, lo peor que se puede hacer en esos casos, siendo uno mismo la posible víctima, es advertir que se ha desvelado el pastel. Nunca se debe mostrar debilidad, la imagen del trágico rostro frente al acercamiento de la muerte. Nunca. Ciertamente, la situación se volvió inesperada, nerviosa, frágil. Pero, ¿qué era lo que inquietaba a Cavahi, su mirada, su postura?, tal vez su pensamiento le estaba engañando. Estaba exagerando, Cavahi estaba sacando las cosas de quicio. Ahora se había parado y entonces había que empezar a elegir, había elegido elegir en vez de seguir caminando, porque total, sólo quedaban unas decenas de metros más, pero él se paró y ahora podía hacer dos cosas: continuar andando como si nada hubiera ocurrido con una excusa estúpida o buscar otra igual de estúpida y escaquearse.

¿Por qué un hombre detiene a otro hombre en medio de una calle con cualquier excusa para matarle? Sonaba estúpido, pero seamos justos, el miedo lo estaba pasando el señor Cavahi y tenía derecho a temer por su propia vida y es que es cierto que a pesar de tratarse de un problema totalmente personal, lo que se le había aparecido como una agradable mañana de lunes en la que todo estaba pensado y descansado, se había transformado en una terrible situación de vida o muerte. Eso pensaba. Pero, ¿qué le ocurre?, repitió el señor Z, ¿por qué a mí? Se preguntó Cavahi. Adelantó su pie izquierdo y lo vio avanzar y luego el derecho y también lo vio avanzar. Lo siento –masculló- me había acordado de algo, ¿Qué es lo que ha recordado que es tan importante? Sus palabras retumbaron como en una cueva. Cavahi se mordió el labio mientras su lengua se encogía y dijo: mag... mag... mag... No le entiendo, ¿qué quiere decir? Mag... mag... Cavahi sabía que si hablaba iba a mentir por segunda vez, iba a mentir sobre una mentira ya inventada e inocente e iba a soltar algo tan ridículo como la palabra magdalena. No se pregunten por qué empezó a pensar que debía pronunciar un producto de bollería industrial o por qué de hecho lo hizo, porque finalmente sería igual que interrogarnos acerca de la causa por la cual el hombre del statson gris tenía intenciones de matarle. Es tan absurdo como haberle colocado el apodo de Z, en vez de haberle llamado por su nombre.

Imaginen una calle por la que pasan todos los días y un hombre desconocido les para y les agarra de un brazo para preguntarles por la localización de una calle que no existe pero a lo que ustedes responden sin vacilar, creyendo saber de forma repentina dónde se encuentra, como si fuera el acto del pestañeo. Accederán gustosamente a acompañar al susodicho hasta el lugar indicado, ya que su destino se encuentra en el camino del mismo, ¿pensarían por un solo momento que ese hombre querría matarles? El señor Z, el señor Z, el señor Z... la calle no se terminaba y tras el suceso de la magdalena todo se había transformado en un paseo francamente incómodo. Las farolas de la calle pasaban como si una fuera la otra, engañando al ojo, como si no se avanzara nunca; la imagen de dos hombres andando por una cinta corrediza que les mantiene en el mismo lugar constantemente sin poder decir nada, ya que toda palabra, sobre todo para el señor Cavahi, era un mundo mortalmente arriesgado. Cavahi se empezó a preguntar qué sucedería si no existiera esa calle. Quedaría como un memo, un charlatán, un mentiroso. A veces miraba de reojo a Z, ¡claro que le miraba! ¿y cómo no iba a hacerlo? Le veía atento, fieramente atento a cualquier detalle, como buscando respuestas o tal vez una salida, o lo que era peor: el momento adecuado. Pero eso es lo que percibía Cavahi, lo que su cabeza reconstruía con sus caleidoscópicas miradas, sus reojos de medio lado y su impaciente imaginación. No sabemos nada del señor Z, excepto algo que sí que percibió Cavahi, seguramente lo único, al echar el último vistazo: Z sacó su mano del abrigo y Cavahi vio que le faltaba el dedo pequeño de la mano izquierda, o sea, el meñique izquierdo, ¿y qué quería decir eso? Pues creo que casi nada, pero Cavahi comenzó a imaginar una infancia en la que había una casa de campo, humilde y apartada, donde vivían tres niños y un padre cruel y violento. Al hijo menor se le castigó una vez por haber matado a dos gallinas, cosas de niños, pero ya se sabe, el padre que era muy borrico y muy de la vieja usanza y que a saber, las dos gallinitas podían ser el único par de aves ponedoras de la pobre granja, del pobre corral, y si a esto añadimos que los huevos calientes y ovalados que aparecían sobre las doce en los rincones del pajar eran el sustento principal durante la época de vacas flacas, pues siendo así, el padre terco y aburrido de su gruesa vida, cogió al niño y lo molió a palos, ¿Y qué tenía que ver esto con lo del misterioso dedo meñique? Pues lo de las gallinas nada o casi nada, pero sí se podía vislumbrar que el padre era muy fuerte y muy impulsivo y que el niño era muy niño, uno de esos algo pieza y con esto me refiero a que era travieso, vamos que era uno de esos a los que se les llama trasto, o sea, niño imposible huérfano de madre con padre bobo, desesperado y rudo como una mula. Un clásico, nada nuevo. Pues eso, ¿y qué explica esto? Pues lo que Cavahi imaginó cuando vio el dedo ausente, a ese niño en una de esas aventuras de pradera, y lo hizo viendo al niño delante de una víbora, la pequeña y famosa serpiente de los campos cuya picadura es tan dolorosa que el hombre no es capaz de soportarla sin intervención médica. Al inquieto querubín le pareció divertido cogerla por el rabo para burlarse o no sé, para saber que podía hacerlo o dominar una criatura, ¡quien sabe en que piensan los niños! y poder observarla de cerca y mientras él pensaba que sostenía una alegre serpiente de los campos, la fiera reptadora le picó en el dedo y digo picó por no decir que le asestó una vengativa mordedura en el meñique izquierdo que dolía tanto que tendrán que esperar que alguna vez, desprevenidos, les mordisquee una de ellas. Me siento incapaz de explicar el dolor. Es tan fuerte ese veneno que nadie puede enfrentarse a él. Vamos, que dolía bastante, y mucho más ni qué decir, que cualquiera de las palizas a las que le había acostumbrado su odiado padre, y es así, el pequeño niño odiaba verdaderamente a su progenitor, y le odiaba mucho, tanto como el dolor que le invadía.

Cavahi imaginó todo eso en un solo segundo y en el siguiente visualizó el final de la historia. El embrutecido padre, al oír los interminables llantos de dolor y el alarido de su hijo menor y viendo las carreras que se echaba galopando de un lado para otro en círculos, decidió pensar que sólo podía deberse a una causa. Más de una vez ya se lo había avisado con rotundidad, ¡Las piedras del muro están llenas de víboras! La consecuente acción y reacción fue que el padre, ni corto ni perezoso, viendo el lugar del daño, agarró al niño y apuntó con su hacha y como era tan bruto le dejó sin dedo y en vez de tener diez, el pobre chico, se quedó con nueve tiernos deditos salpicados de sangre y los ojos llenos de un dedo menos.

A todo esto, ya quedaba poco para llegar a la cafetería Vermont´s donde ponían unos magníficos café lattes en vaso grande y pastita. Pero Cavahi no pensaba en el desayuno. Pensaba en el dedo, en la calle de Lox, en un posible asesinato, en lo peligroso que es atender a desconocidos a las nueveymedia y lo cruel que puede llegar a ser la infancia y cómo las vivencias infantiles crean a los asesinos que nos persiguen. Llegaron a Vermont´s y el señor Z se detuvo en la puerta y se dirigió hacia el temeroso Cavahi con cierto ímpetu ante la pasividad y acongoje del otro, un hombre lleno de incertidumbre, nervioso por la llegada de un desenlace del que no tenía ninguna certeza. Y es que Cavahi esperaba que ocurriera algo brutal, algo inesperado que le dejara aturdido, unas palabras amenazantes, un golpe violento, un robo a sangre fría con víctima incluida. Pero Z, simplemente, sacó su mano de cuatro dedos y apretó la de Cavahi de cinco dedos, apretando fuerte, apretando muy fuerte y eso quiso decir algo, según pensó Cavahi. Una persona que saluda de forma impetuosa al estrechar las manos suele ser una persona agradecida, una persona nerviosa o una persona alarmantemente cínica. Gracias por todo, ha sido usted muy amable. Z sonrió, tenía un diente de oro, ¡Un diente de oro! Y el sol de la mañana ya relucía tras los árboles y la inquietante figura del señor Z pareció ser toro pasado, una marea baja que aparece tras la tormenta de las olas. Algo había dejado de existir en la cabeza de Cavahi. Z se marchó, todo había terminado. No había sido nada más que un lapsus de cincuenta metros, dos, tres minutos a lo sumo; una pesadilla, un encuentro indeseado y tormentoso. Se acabó. Se acabó Z y la madre del cordero.

Entró en Vermont´s y se pidió un té y pidió un cigarro y se lo fumó. El humo salía de su boca haciendo espirales mientras la teína tintineaba en su garganta. Sentía haber salido de un grave aprieto. La solución era simple: no había solución, nada había empezado y por tanto, nunca hubo final. Nada existió. Equivocaciones. Corazonadas. Miró el vaso sobre la mesa y observó su cigarro, casi consumido y descubrió que nunca había tomado té. Había dejado de fumar hacía quince años, al menos, ¿qué estaba haciendo? ¿por qué actuaba de esa manera? No pensaba lo que hacía, los segundos eran forasteros ante su mirada, sus costumbres, desconocidas. No había ocurrido nada. Dicen que las víctimas potenciales de un asesinato siempre sienten el peligro mientras el asesino anda suelto y Cavahi comprendió que percibía la presencia de Z continuamente a su alrededor. Cavahi no se atrevía a mirar a nadie por temor a encontrar una mirada que deseaba borrar de su memoria y esto es lo grave, que la memoria es caprichosa y se deshace de lo que cree inservible, pero otras veces se apodera, misteriosamente, de cosas absurdas. El caso es que Cavahi notaba su presencia e imaginaba una y otra vez cómo entraba por la puerta y se sentaba frente suya. Sintió a alguien entrando en Vermont´s. Hola, dijo. Se sentó despacio, frotó sus manos y seguidamente las depositó sobre la mesa. Vio el dedo, o mejor dicho: no lo vio. Sólo miró esa mano y sabía que era él. Sobre la mesa, el señor Z, le cogió una mano y Cavahi sintió blandir sobre él el peso de una gran espada. Cavahi no podía articular palabra, Cavahi estaba muerto, la cabeza de Cavahi inventaba diferentes opciones: un secuestro, un chantaje, un timo, un brutal asesinato en el baño de Vermont´s. ¡En el baño no, dios mío!, y recordó la noticia de la semana pasada: vuelve a actuar sumando más de veintitrés víctimas el salvaje criminal conocido como el asesino telefónico. Elegía a sus víctimas según el orden alfabético del listín telefónico. Entonces Cavahi, inesperadamente, realizó una asociación de ideas que le hizo temblar, él era el primero de la letra V, la víctima número veinticuatro había sido la última de la U. Así de simple, esa fue la historia que Cavahi quería oír para convencerse de que cada vez le quedaba menos. El veneno inoculado en su corazón no parecía encontrar antídoto, y aunque el señor Z nunca había dicho certeramente si iba a acabar o no con su vida, y a pesar de que el señor Z, seguramente fuera una persona bondadosa y respetable, Cavahi pensaba paulatinamente en un convencimiento obsesivo y progresivo de que su vida tenía fecha de caducidad. Sujetaba el vaso de té vacío y aún, templado el vidrio, comenzaba a calentarse de nuevo mediante el temor llameante de sus palmas, sus sudorosas palmas entrelazadas con diez dedos, porque él tenía diez, pero Z no.

¿Cuál es su nombre?, dijo Z y Cavahi o mejor dicho, la boca de Cavahi se quedó cerrada, inmóvil, sus cuerdas vocales se rompieron o al menos, creían romperse y deseaban partirse en dos para no tener que responder. ¿Cuál es su nombre? Repitió algo insolente el personaje sin nombre y Cavahi creyó recordar, a través de esas palabras, al padre de Z cortándole brutalmente el dedo en esa montaña perdida donde nadie podía frenar esa mutilación. Una voz impotente, sorda contra el mundo, ciega, muerta y callada; la voz de Cavahi ya no existía. Se sintió como tumbado, como con lágrimas en los ojos a pesar de no tener lagrima alguna goteando, permaneciendo en su mejilla, abriendo caminos de tristeza y miró hacia arriba o creyó creer mirar hacia arriba y vio a Z con un hacha, sujetando su dedo meñique, ¡No, por dios!, gritó Cavahi mientras la mano mutilada sujetaba la suya en la mesa del café Vermont´s en aquella mañana soleada, ¡pero no, por dios!

Cavahi se reconoció erguido en un estado de ausencia frente a nadie sujetando un tenedor sangrando. Chillidos. Todo Vermont´s chillaba. Una estampida. El cuadro del horror. Un restaurante. Un hombre cualquiera. Una víctima. Titular de mañana, sucesos: hombre asesinado brutalmente en un restaurante céntrico. Arma del crimen: tenedor de cinco puntas. Muerte in situ por desangramiento. Falta de riego cerebral. Desgarramiento caroteideo. Veinte puñaladas. Causas: investigación abierta. Cavahi oía a las sirenas, sólo a ellas, cómo se acercaban y le reclamaban y sus ojos manchados de sangre no le dejaban ver y se movía como un pato, tirando sillas, volcando mesas, dejando un rastro monumental. Y había grietas en los grandes cristales que parecían continuar hasta sus piernas y subirle hasta sus manos que iban abriendo otras grietas allá donde tocaran. Cavahi, ¡oh, Cavahi! Ahí estaban los agentes hablándote desde fuera, desde ese otro mundo. la boca del teniente salivaba, gritando. Al final entraron tantos agentes como para derribar a un elefante, mientras Cavahi gritaba palabras inexplicables. Ojos de sangre. Las sirenas. Amarrándose a los árboles. El cielo soplaba mientras las máquinas rellenaban de alquitrán su cuerpo, la ciudad. Alquitrán negro. Mil manos tocaban su cara, mil cuerpos levantaban su cuerpo. Cavahi sentía el calor del asfalto hervir y su corazón se hizo poderoso por un momento y engañó al laberinto humano para conseguir la última visión de aquello que debía existir más allá de su mente, al menos para que un alivio alentara su corazón. Y escapó de todas las manos que gritaban ¡a por él! y se apoyó en la esquina de la supuesta calle, y agarró a la esquina y cuando avanzó hacia la temible visión, comenzó a escuchar el denso murmullo de una ciudad que se le caía encima, una ciudad enorme que se le había hecho diminuta, en aquella oscuridad y que le reducía hasta intentar hacerle invisible. Cavahi sintió eso que dicen las palabras, pero como ocurre con el dolor del veneno de la víbora, nunca podremos entender lo que sufrió Cavahi al colocarse en medio de ese callejón con los ojos cerrados y rojos, porque no podía abrirlos ni un solo ápice, porque entendió que escuchaba el ruido de una calle y no el silencio de un callejón y que cabía la posibilidad de que se tratase del sonido de otra calle cercana, pero lo grave y lo trágico no era eso, sino la otra posibilidad, la que significaba que ese sonido pudiera provenir de una calle llamada Lox, una calle que existía llamándose Lox, permaneciendo a pocos metros de la cafetería Vermont´s. Y Cavahi abrió los ojos, pero no miró de frente, no levantó la cabeza del suelo, no podía y entonces sostuvo su dedo meñique para observarlo de cerca y le sintió como si no lo tuviera, como si viera una mano de cuatro dedos y no un callejón, ni una calle, ni un diente de oro; Cavahi veía un dedo rebanado que nunca volvería a crecer, un espacio ocupado por el mundo, sin permiso del dueño.

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