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Parreño, Claudia Viviana (Alteo)

Verde profundo



Tres hijos y una mujer tuvieron mis padres para mi desgracia. Mi hermana casó joven con un comerciante, pero murió de parto entre grandes dolores. El mayor heredó la hacienda, y la perdió en el juego, así como su decencia. El siguiente recibió un capital al fallecer mi padre, que invirtió mal y terminó preso por deudas. Para mí, el menor, en el reparto no quedó nada.

Así salgo de este Reino de España, en el año del Señor de 1799 con una mano delante y otra detrás, para hacerme a la mar y llegarme a las colonias; el puerto sólo sé que se llama Nueva Barcelona, en la Provincia de Venezuela; por otra parte lo ignoro todo sobre la geografía y las oportunidades de progresar que presenta la región, aunque peor que en mi tierra no he de estar…

Veinte jornadas lleva el Santa Eulalia de mar bueno y a veces planchado. La goleta es pequeña y con poco pasaje. Con la tierra ya cercana, una mañana se avista un barco pirata, a dos millas de distancia. Se nos ha acercado en la noche, quizás sin saber de nuestra presencia, buscando al azar algún mercante para abordarlo. El inglés lanza un cañonazo de advertencia, más nuestro capitán,  confiado en que no se atreverá a atacarnos con la costa a la vista, pone proa a tierra desoyendo el alto.

A toda velocidad no logramos empero evitar dos cañonazos, que caen uno rozando la cubierta y destrozando a dos marineros y el otro haciendo un gran boquete al casco.

A pesar de nuestras averías, el barco pirata nos sigue sólo un corto trecho, sin acercarse a nuestra posición; el porqué lo sabremos momentos después, cuando un fuerte choque y un gran crujido nos avisan que hemos tocado un arrecife semioculto en la marea. El poderoso impacto comienza a partir el barco por la mitad mientras el palo mayor se desprende y cae estrepitosamente al mar.

Ya el agua entra a raudales por el casco herido de muerte cuando varios nos arrojamos por la borda con sólo lo puesto. Quienes vacilan en cubierta si seguirnos o quedarse, son arrastrados un minuto más tarde al hundirse dejando un torbellino que devora todo como un vórtice hambriento.

Gané a nado la costa, junto a dos compañeros. Otros dos que venían perecieron, ya sea por malos nadadores, o como alimento de los tiburones. Llego a estas playas desnudo, y sin embargo, nada pierdo porque nada tenía; sólo he de extrañar el relicario con la imagen de mi madre, única herencia que me tocó en suerte, y perdida como todo lo demás.

Caí rendido en la arena blanca. No sabíamos dónde estábamos ni a qué distancia de una habitación humana. Recogimos algunas cosas que el mar llevaba como restos del naufragio; tablas, un baúl con ropas de mujer, pero ningún alimento o arma.

Con las tablas improvisamos un techo apoyado en unas ramas; pues las nubes negras y unos relámpagos lejanos auguraban tormenta, y estábamos cansados y calados hasta el hueso.

La lluvia, o mejor dicho, diluvio, comenzó poco después, y si al principio se filtraba por nuestro precario refugio, terminó volteándolo por su mala hechura. Esperamos el fin de la tormenta (que duró hasta el alba)  bajo las grandes hojas de una planta tropical.

Mis compañeros sostenían que nos hallábamos en una ínsula y no en tierra firme, pero cercana a la ruta de los mercantes españoles y franceses,  y por lo tanto nos convenía esperar en la playa ser rescatados. Mi opinión era la contraria, y por tal causa discutimos.

Nada nos unía ni éramos el uno de los otros, por lo tanto no me retenía nada de partir, aunque dudé de hacerlo, pero el temor al hambre y la sed me impulsaron a alejarme hacia el oeste, sabiendo que hacia ese punto se dirigía el barco antes del fatal percance.

Caminé varias jornadas tomando el agua de lluvia usando para tal las hojas en forma de embudo, y en una sola ocasión hallé un pequeño arroyuelo que fluía a la mar. Comida no encontré ni pude hacerme de ella, carente como estaba de un arma para cazar ni un fuego para asarla. Comí unos frutos parecidos a pequeñas manzanas verdes, que me saciaron pronto y luego me causaron un fuerte ardor en la boca del estómago y un feroz ataque de náuseas.

El quinto día vide unas indias a orillas del mar, más al querer hablarlas huyeron asustadas de mi harapiento traje o de mi rostro quemado por el sol y picado por los insectos.

Poco después caí desvanecido; así me encontraron unos bandidos, que seguramente asaltaban a los viajantes o recogían en la orilla restos de los naufragios, pero al ver que no tenía nada que ser robado, ni era persona de riquezas por quien pagaran rescate, se apiadaron de mí y me dieron agua y comida, dejándome para que me salvara o sucumbiera si esa era mi suerte y la voluntad de Dios.

Tras dos días de fiebres altísimas, que pasé casi desmayado, amanecí mejor aunque muy débil. Continué la línea de la playa, descansando cada pocos pasos; no me animaba a entrar a la selva por temor a las víboras y al gran tigre de quien dicen prefiere la carne de europeo, al que devora mientras aún está vivo.

Como sufría alucinaciones y mareos, no noté la cercanía de una aldea miserable hasta que dentro de ella estuve. Me desplomé frente a una casucha, cuyas buenas y pobres gentes me levantaron y pusieron en una hamaca, colgada entre dos vigas que sostenían el techo de palma en el que se filtraba el agua y el sol. Esta habitación era la única donde dormían, cocinaban, comían y reparaban sus redes estos infelices que luego de darme agua con unas hierbas continuaron con su vida, ya que otros remedios no tenían ni conocían ni en beneficio de  sí mismos.

Una semana pasé dominado por las fiebres tercianas que aún sufro de tanto en tanto. Sin embargo, no era mi destino morir aún, y de a poco me repuse. De poca ayuda, y una fuerte carga le era a mis bondadosos pero pobrísimos hospedadores, y así entendiéndolo me retiré en cuanto estuve más fuerte y capaz de caminar sin desmayarme.

Estaba a dos jornadas de Cumaná, capital de la Nueva Andalucía, me informaron. Llegué en cuatro días, y ya sin aliento. Hambriento y cansado, busqué amparo en una capilla, cuyo sacerdote, un vasco jovial y amante de la buena comida, a juzgar por su abdomen prominente, me dio hospedaje y algunas ropas. La provincia estaba sufriendo el azote de la fiebre amarilla, y la mayoría de los europeos habían salido hacia Caracas, quedando en ella mestizos, negros y algunos criollos. El padre me invitó a quedarme algunos días, mientras me componía y decidía qué hacer de mi existencia.

Si bien las tierras eran ricas y feraces, el comercio abundante gracias el contrabando, y la minería buena y fecunda, todo esto requería un capital y conocimiento de los negocios que yo no tenía. Acaso podría emplearme en una hacienda o bien como criado de algún señor, más para eso debía esperar el fin de la peste o viajar a otra región. 

Preferí quedarme, ya que mis fuerzas escasas y mi bolsa inexistente hacían poco recomendable el viaje. Pasaba mis días sentado en el umbroso patio de la vivienda parroquial, reponiendo mi salud y ayudando en algunos menesteres al párroco.

Un día, mientras barría la capilla, entró una mulatita a rezarle a una virgen. Verla y enamorarme fue todo uno. Más mi timidez y mi falta de costumbre de tratar con el bello sexo me impidieron acercarme, no así seguirla a la salida hasta la casa de sus señores, ausentes de la ciudad como gran parte de la población.

Durante varias semanas la espié en secreto; la seguí a la feria, a la playa, al barrio de casuchas ruinosas donde vivía su vieja madre y sus hermanas; la esperaba algunas tardes en la capilla, donde traía flores o prendía velas a algún santurrón.

Por fin me decidí a hablarle; tartamudeando le dije de la pasión que me inspiraba. Tras mirarme como a un demente, se echó a reír sin ningún disimulo; tal  respuesta me humilló más de lo decible. Desde niño he sufrido un enorme amor propio, o bien un exagerado temor al ridículo. Antes de que la mulata dijera palabra, me di la media vuelta y huí por los fondos del altar. Aún escuchaba las carcajadas en mi cabeza aunque no hubiera sabido si reales eran o producto de mi orgullo herido.

Esa tarde expliqué al padre que me urgía salir de la ciudad, aunque sin aclarar el motivo, que hasta a mí parecía ser de poco valor; no era yo un hidalgo, que tanto importara mi honra y nombre, ni era la risa de la muchacha causa de baldón, más yo sabía que no podía quedarme y volver a verla, o regresar al lugar donde había sido de tal forma afrentado.

El buen cura me habló de un grupo de mercaderes que salían hacia Bogotá en las tierras altas y libres de fiebres, acompañados en previsión a los ataques de indios y bandoleros de un grupo de soldados. Pero éstos no abundaban por hallarse afuera a causa de la peste, y un blanco que usara un arma podía ser llevado, e incluso ganar algún dinero, siempre que no temiera los peligros que en el camino surgir pudieran, como jaguares, amazonas, bandidos o indios caníbales. Luego de despedirme de mi benefactor y sin demora de equipajes, que no los había, me llegué adonde me habían señalado se hospedaban los comerciantes y convine acompañarlos por poca paga siempre que me adelantaran para comprar un arma; no fue esto necesario por darme una un capitán, que fuese de un soldado muerto hacía unos días.

Salimos a la mañana, guiados por dos indios chaima que iban casi tan desnudos como habían llegado al mundo, excepto unos trozos de hojas atadas a la cintura con fibras sacadas de la misma palma.

A poco de dejar la zona de fiebres malignas, y entrar a la selva hostil nos sumergimos en bandadas de mosquitos, tábanos y jejenes, que a toda hora nos picaban en la piel desnuda o cubierta, introduciéndose bajo las ropas, asolando a perros, caballos e indios, haciendo una tortura de cada hora y un infierno de cada día. Al parar para comer o pernoctar, hacíamos fuego con madera verde, que poco respiro nos daba, ya que el humo era igual de insufrible. Mis ojos estaban casi cegados y mis manos y cara hinchadas por las picaduras.

El largo viaje da tiempo a los pensamientos; me pregunto si al fin, en Bogotá encontraré mi destino, así sea la muerte. Hasta ahora este camino no es más que la continuación de la misma senda que en España me llevó a desatarme de todo. Es eso, este desprendimiento, este no-ser para nadie ni para mí mismo, no tener nada y que nada me posea…siento que en este verde profundo que me rodea me sumerjo y me pierdo, desaparezco para siempre en la inmensidad floral. Anoche tuve un sueño: unos dientes y unas garras me despedazaban, me sorbían hasta los huesos astillados y blancos; pero no había angustia sino una aliviada resignación en ese entregarme a lo que está escrito y debe ser. Cuando desperté faltaban los dos perros, que habían dormido a mi lado, los llamé y por un rato los buscamos, más no volvieron. Pienso que fueron alimento de las fieras, pero porqué no ladraron, no lo sé. ¿Se alejaron de nosotros, atraídos por algún ruido, o el tigre entró hasta donde dormíamos para arrebatarlos? Quizás mi propio sueño haya sido provocado por el husmear y los silenciosos pasos del felino.

Dos de los mercaderes están muy enfermos, quizás ya llevaban la fiebre en el cuerpo y las penurias del viaje la hicieron recrudecer; hemos de detenernos para que repongan fuerzas y al fin se decide que regresen, con una parte de la custodia y un indio. Sólo quedamos ahora un mercader, tres soldados, un indio y yo, con los caballos y tres acémilas cargadas. Pobre protección hemos de ser, si los indios nos atacan, aunque quizás nuestras armas los ahuyenten, si la peste o los mosquitos no nos matan antes. Los animales tienen heridas en sus patas y orejas, por las mordidas de vampiros, e incluso anoche atacaron a uno de los soldados, que despertó gritando con la bestia prendida al cuello.

Hasta ahora hemos cruzado varios ríos, algunos simples riachos, otros más crecidos pero el que ahora se nos presenta, el Apure, que corre hacia el Orinoco, está desbordado y se vierte en las orillas formando un gigantesco pantano en el que los caballos se niegan a entrar. Según el guía indio no queda otra posibilidad que cruzarlo aquí ya que al sur se hace más caudaloso y al norte nos desviaría muchas millas de nuestro destino. Tres días tardamos en salir de ese lodazal, y en la corriente principal de río perdimos una mula y un caballo, la primera atrapada por caimanes y el segundo arrastrado por el agua. El mercader que en él iba pudo salir pero el animal se hundió y no volvimos a verlo.

En la orilla barrosa hay muchas huellas de jaguares; el nativo olisquea el olor acre en el aire y nos apura a seguir, a no detenernos pese al cansancio cerca del coto de caza de los tigres que quizá nos miran desde la espesura ahora mismo.

Más adelante, en un riacho claro, uno de los soldados entró a refrescarse y fue atacado por pirañas; corrimos a auxiliarlo pero nada pudimos hacer una vez que la sangre excitó a los demonios que en más cantidad acudieron y dieron fin a su vida en contados minutos. Su mano agitándose por sobre las aguas, como una despedida, fue lo último que alcanzamos a ver de él.

Nuestro indio se aleja a menudo a buscar el alimento, regresa con presas que devoramos a pesar de no ser de nuestro agrado: monos, algunas aves o un ciervo. Más ésta mañana no estaba, y con él las dos mulas y dos caballos habían desaparecido. Lo esperamos hasta la tarde, aún seguros de que no volvería; ha visto la oportunidad de huir con las riquezas, exponiéndonos a una muerte segura. El ataque no ha venido desde afuera sino desde la traicionera seguridad con que lo seguíamos.

Estamos perdidos. La verde maraña nos asfixia con su cerrazón sin límites; es un lazo ajustándose más y más, un caminar en círculos, la demencia de un ciego que se golpea contra las paredes, buscando una salida que sabe no hallará jamás.

Mis compañeros enloquecen, gritan, se echan culpas. Cómo decirles que  se resignen, que estamos muertos desde el momento en que nacemos, que todo es una postergación más o menos dilatada de lo ineludible.

Me alejo, tengo que alejarme mientras discuten. No miro hacia atrás, como no miré en el naufragio de mi vida. Camino sin rumbo, pero sé bien hacia donde voy, hacia la fangosa orilla del río donde se apilan los huesos de pecaríes y venados. Mis pies se hunden en el barro viscoso. Anochece, debo concluir este relato. Ya vienen por mí.

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