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Treviño González, Mario Eduardo (Arturo Bandini)

Venganza



  Ese por fin era el día, había llegado después de  meses de espera y finalmente amaneció.

Ya  eran las 6 de la mañana, y  parecían  haberse juntado con las doce, por lo rápido que pasaron.

Quiero comentarte querido lector, que yo no soy eso que dicen,  es más bien que me había prometido una dulce venganza en contra de todos aquellos que regularmente me molestaban, y que a sabiendas de ello, violentaban mi tranquila forma de ser.

Yo sé que al escribir esto, todos los que se enteren tendrán un tema de debate en sus tertulias, y si me conocen hasta motivo de alguna que otra borrachera será mi nombre. Pues bien, me levanté y busqué  la mejor ropa que pude encontrar para ese día, limpié mis zapatos y  salí de casa. Saludé al vecino muy correctamente para que no sospechara nada, y tomé un taxi hacia el edificio.

Pagué de más, y dejé el cambio al chofer que sonrió estúpidamente mientras cerraba la puerta del vehículo. Subí lentamente las escaleras y respiré con la boca para no   sofocarme,- no quería hacer ruido-.

Llegué a la oficina,  tomé un poco de café para evitar los efectos del insomnio.  Seguramente nadie sabía de mis intenciones porque  me seguían tratando normalmente, así que proseguí con el plan.

Había tomado  dos litros de agua de Jamaica desde las doce de la noche, y para esa hora, mi vejiga estaba a su máxima capacidad, y me dominaba  el ansia de orinar, así que me contenía leyendo mi discurso sobre el reporte de ventas mientras daba pequeños saltitos y cruzaba las piernas.

A las nueve en punto  comenzó la reunión de directivos;

Esperé un momento, oculto en el pasillo, para que llegaran  y tomaran su lugar.

Entraron uno a uno, los de mayor jerarquía traían un sequito de ayudantes, todos en trajes  de Zegna, todos con los celulares afuera presumiendo lo ocupados  que estaban.

Los menos, entre ellos mi jefe, llevaban solo una lap-top y estaban enfundados en trajes de Zara, el por cierto, llevaba un anacrónico saco de valentino y un pantalón muy gastado de las nalgas, era como si debajo de aquel pantalón llevar un pañal muy, muy usado.

En el último minuto entré  con cara de perro sumiso y disculpándome por la tardanza. La frente me brillaba por el sudor. -¡óigame, ¡ por que nos hace esperar – dijo el director del departamento. –No es posible perder tiempo por un asistente –murmuro alguien.

Y o dándomelas de arrastrado saqué mi proyecto (mío, aunque lo firmara mi jefe) y lo puse sobre la mesa (que más bien parecía  refrigerador de carnicería) -esteee… perdón, el tráfico, ya sabe – volví a hacer cara de perro pateado mirando a todos y comencé -buenos días señores –... dadas las estadísticas, el producto… -

Me sobé un poco el vientre, -…conocemos que su colocación en el mercado…- Volteé el sillón del director, todos pensaban que era por nerviosismo y sonreían condescendientemente, coloqué un pie sobre el asiento y comenzó el caos. -… debe ser hasta lo más alto de la esfera social…-

Me levanté sobre el mismo y empezaron las risas, -vaya realismo para exponer- susurro alguien.

Subí  lentamente otro pie hasta la mesa, y de un sorpresivo salto comencé a caminar por esta apretándome las nalgas para que no se me saliera nada.

Todos estaban tan entretenidos con mi actuación, que en realidad nadie ponía atención al discurso del proyecto,

-este güey- cuchicheaban entre ellos moviendo negativamente la cabeza… me acerqué lentamente al director y susurré –Así que el planteamiento de ventas para este año es…-

Bajé la mano y haciendo mímica de vendedor la coloqué frente a mi bragueta, -ya tenía en la punta  la gotita feliz, -continúe parloteando y rápidamente abrí el cierre, me saqué el pito y derramé un chorro amarillo y calientito,  sobre el peluquín de nuestro jefe, los gritos de sorpresa no se hicieron esperar, el jefe  estaba tan espantado que ni se movió, solo balbuceaba, al abrir la boca probó mis orines y se puso a hacer pucheros mientras sacaba y metía la lengua; pelaba los ojos, y manoteaba,  decidí que era suficiente con él, porque la risa  hacía que gastara mi carga inútilmente,  así que corrí un poco hacia la orilla de la mesa de carnicero y seguí orinando a placer, giraba como trompo y mi chorro parecía fuente de la alameda  que subía y bajaba al compás de mis carcajadas.

Los que se movieron rápidamente eran por supuesto los más jóvenes y que por lo tanto no tenían ningún cargo en la empresa -o sea, mis aliados,- ellos, junto conmigo se reían sonoramente de las señoras ejecutivas que  tenían la boca abierta y que te aseguro que se tomaron  mi meada sin poder siquiera hacer gestos. Los del disfraz de Zegna tenían la cara del color mas morado que yo les hubiera notado nunca, pero ni ellos se salvaron, uno en especial corrió como si en mis planes estuviera el mearlo, pero no, ese güey ni me importaba, era más bien su delirio de persecución lo que lo hizo chillar como niña mientras corría hacia la puerta de escape.

Después, el director con el peluquín en la mano, sacudía su corbata, y escupía restos de orín, mientras me miraba con ojos de basilisco y se reía como loco, apretando los dientes, maldiciéndome y prometiendo que yo  jamás volvería  a trabajar en alguna compañía del país…

Por supuesto me  demandó, y yo escribo esto desde los separos de la delegación…

Es imposible ganarle a su jauría de abogados. Así que me resignaré a pasar seis meses de mi vida dentro de alguna cárcel, riéndome de  todos aquellos que jamás volverán a verme igual.

Perdedor



Ése día se levantó más triste que de costumbre, definitivamente no descansó ni un poco.

El pinche colchón clavaba sus uñas en el mismo lugar, siempre en el hombro derecho, y no se entretenía en otra cosa durante toda la noche.

Parecía un día largo, como habían sido los últimos a partir del final de las clases.

Ya era verano, pero resultó ser un verano de esos que acaloran, abochornan, y no dejan ni un rinconcito limpio de humedad.

Eran las diez de la mañana, muy tarde para ir a buscar trabajo, pero no tanto como para  ir a comer a los tacos del metro.

-unos buenos tacos mmhhhmm cebollita, cilantro. . .

! Crack ¡- sonó la licuadora, sacándolo de sus reflexiones, había resbalado de la mesa donde estaba y se partió en pedazos irreconocibles, miró lentamente las dos amorfas mitades del vaso

- no será un buen día –auguró.

Recogió los pedazos depositándolos en el bote de la basura, pero este, estaba tan pletórico, que  no aceptó su nuevo encargo y tirándose al piso vomitó todo lo que había comido esas tres últimas semanas.

-Chingada madre- pateó las bolsas y salió en pijama y suéter caminando hacía el puesto de tacos. Las mangas, más largas que sus bracetes, cubrían las manos por completo, y de lejos le daban un aire de niño con traje de su papá.

-Si tan siquiera tuviera vieja, ó ya de perdis una amiga, ó una prima, o un pinche perro que me ladre, y me reclame por no tener tiempo para sacarlo a jugar al parque.

Salió saboreando de antemano unos grasosos pedazos de puerco asados y bañados con la mezcla de chiles y hierbas que tanto le gustaba.

Así, envueltos en tortillas  de  maíz, rociados con jugo de limón. . . .

- Ay güey,-dijo mientras giraba la cabeza mirando unos metros delante de él

-Que buena vieja, ¡híjole!  También va para el metro- dijo mientras giraba en sentido contrario a su destino.

Y allá fue, ni siquiera se acordó de los tacos, ni de su pijama, ni de su perro, nomás tenía ojos para el redondo e inquieto trasero que se balanceaba frente a él.

Ella volteó, lo miro, pero apenas notó que estaba ahí, lo vio como se mira un árbol, o el tráfico, con esa  tranquilidad que da  la experiencia en despreciar cosas y personas cuando uno se sabe más hermoso que los demás.

Comenzó a seguirla con la esperanza de poder hablarle palpitándole el corazón y obligándolo a abrir la boca para respirar, ahora, las mangas largas del suéter se convertían en paño para limpiar el sudor.

Casi le dice -hola- cuando chocaron en la fila para comprar los pasajes, pero no se le ocurrió nada que decir y solo se le quedó mirando al pelo, y a la espalda, y a las nalgas. Entraron al vagón y había sólo dos lugares vacíos, uno frente a otro, se sentaron y el no dejaba de mirarla con la boca abierta, esto molestó a la muchacha, y con una mirada de marcado desprecio dejó en el piso el intento de él de hacerse su amigo.

Cuando llegaron a la siguiente estación, un tropel de señoras jóvenes, ancianos, y niños se metió por la misma puerta donde estaban sentados ellos. Quedó frente a él una mujer joven que tenía un niño en los brazos y que, a juzgar por su aspecto, debía estar bastante cansada.

Pero el no la  vio.

Continuaba mirando a la mujer a la que fue siguiendo y que había ignorado firmemente sus intentos de seducción.

Seguía perdido en la caída de su cabello, en el color de sus ojos.  

No podía creerlo, ahora ella lo estaba mirando, era una mirada que quería decir algo, demasiado intensa, el murmullo imperceptible de su voz, el movimiento de sus labios, estaba a punto de quitar su sonrisa de baboso para preguntar que se le ofrece, cuando la bella chica se levantó de su asiento y le dijo a la joven madre: -siéntese por favor señora,-

-ay gracias, que amable -dijo la otra bajando la mirada hacia donde se encontraba un muchacho de pijama y suéter. Se sentó frente él, abrazo a su hijo, y recogió un poco la pañalera para dejar más espacio entre la chica parada y sus propios pies.

Él chico del suéter lleno de un arranque de inesperado valor se levantó  enseguida y con un exagerado gesto de galantería se inclino diciendo: -por favor señorita hágame el favor de sentarse- dijo con voz quebrada.

La muchacha lo miró de reojo, con indiferencia.

Y solo dijo:

-ya voy a bajar gracias-

Detrás de él, un señor que estaba mirando toda la escena desde el principio se sentó en el lugar  que había quedado vacío, en su lugar.

Y cuando él se giro frustrado para volver  a sentarse, el señor, un anciano con las cejas y el pelo teñidos de un negro intenso, estaba riéndose y lo miraba descaradamente.

El abrió la boca para reclamar, pero el anciano  levantó los hombros  quedándose  sentado en  su lugar, con una sonrisa burlona a punto de convertirse en carcajada.

Llegaron a la estación dónde se supone tenía que bajar la muchacha y no pasó nada, ella no se movió y solo lo miró sin mover un músculo.

Él miró al señor que se había sentado en su asiento, después a la madre, al niño, a la muchacha que seguía sin cambiar su actitud… se quedo de frente mirando la ventana, como si tuviera un paisaje entretenido dentro de aquel obscuro túnel, comenzó a reír, quedamente al principio,  después era una sonora carcajada la que hacía voltear a todos los pasajeros en el tren.

Él sin mirarlos, seguía riéndose mientras llegaban a la siguiente estación, y se bajaba entre risas y maldiciendo.

Caminaba despacio mientras pensaba  que seguramente allá afuera, lejos de su casa, también habría un puesto de tacos, y también una mujer hermosa se metería al los andenes, y seguramente también volvería a despreciarlo si la seguía para hacerle la plática.

Por eso, siempre era mejor pensar en un perro, pero en uno grande que pudiera defenderlo de los ladrones, que comiera con el en la mesa….

 

 

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