“Habrá veces que tendrás que vencer la oscuridad, aún sin luz”, célebre frase de Octavio que resume casi por completo la historia de mi vida. En mi caso, decir que mi madre me dio a luz es la más terrible de las paradojas, ya que la pobre sólo me trajo a las tinieblas. No obstante, gracias a su férrea personalidad y su determinación por convertirme en una persona fuerte e independiente, conseguí con los años desenvolverme perfectamente en el mundo. Tanto fue así desde mi niñez que los demás me trataron como a una persona especial, no por causa de mi discapacidad, sino por considerarme una persona afortunada, por no percatarme de la crueldad de la vida y los horrores de este mundo -tal y como solía decir mi abuela mientas acariciaba mis cabellos siendo apenas un niño-. Yo siempre me había considerado normal, nunca eché de menos aquello que para mí no existía al no haberlo visto nunca. Tal vez esto sea uno de los pequeños inconvenientes que tiene ser ciego; o al menos eso piensan algunos que no son capaces de imaginar cómo serían sus vidas sin la claridad en sus ojos.
Tal era la normalidad con la que transcurría mi vida que nunca me planteé la posibilidad de operarme o de poder seguir algún tratamiento que me devolviera la vista. Reconocía a mis amigos o familiares por la identificación de su perfume, memorizaba los recorridos más habituales como los de mi casa o las calles del barrio, los ruidos me ubicaban en el espacio y me avisaban de si me encontraba solo o acompañado. Reconocer formas, olores o sonidos formaba parte de mi rutina y llegué a dominarlos de manera asombrosa. Sin embargo, una noche algo inesperado me hizo cambiar de opinión sobre lo que podría ser mi vida, sobre si tal vez estaba incompleta por culpa de no poder ver.
Me invitaron a una fiesta de cumpleaños. Yo tenía ya veintitrés años y no era la primera fiesta a la que asistía pero sí a la que acudía solo, sin el auxilio ni compañía de nadie. El local donde se celebraba estaba apenas a una manzana de distancia de mi casa y mi madre quedó plenamente convencida, después de una larga y suplicante conversación, de que estaría a salvo y que podría defenderme con la simple ayuda de mi bastón. Esa noche comenzó siendo maravillosa por ese pequeño pero importantísimo detalle: caminaba solo, era un poco más libre.
Llegué cuando la música estaba muy alta, aunque no era la típica ruidosa de discoteca, y la gente comenzaba a agolparse por la falta de espacio. Al contrario que el resto de la gente, eso me ayudaba a no perder el equilibrio y no quedar apartado de los que me conocían, quienes pronto me encontraron expectante en la puerta. Pude dejarme llevar por ellos, me guiaban sus voces, sus saludos, algún que otro abrazo me hacía olvidar el fuerte olor a tabaco que comenzaba a envolverme. Los gritos de feliz cumpleaños se mezclaban con las frases de mis amigos, que me preguntaban qué me apetecía tomar. La chica del cumpleaños era la hermana de uno de mis mejores amigos por haber compartido el barrio durante toda nuestra vida. Al parecer se trataba de su vigésimo cumpleaños; su nombre era Alba.
La noche transcurrió alegre y despreocupada, entre conocidos y extraños. Todo era música y manos que se posaban sobre mi hombro, voces conocidas de mis amigos, olores familiares de sus perfumes. Mi buen amigo Ángel, quien me había invitado a la fiesta por ser el hermano de Alba, no se separaba de mí ni un momento. Sus ojos me ayudaban a situarme y su conversación me daba la confianza que necesitaba para encontrarme allí, en aquel cumpleaños lleno de gente, lleno de nuevas experiencias. Entonces fue cuando lo noté; un olor totalmente nuevo para mí aunque era perfectamente capaz de reconocer sus componentes, un aroma maravilloso, dulce y sutil a la vez que inquietante… perfume a vainilla y mirra.
En cuestión de segundos el perfume lo envolvió todo, unas manos cogieron las mías y me guiaron hasta lo que supuse que sería un espacio más amplio, porque ya nada me rozaba. Lo único que mantenía contacto conmigo eran aquellas manos, tan pequeñas, tan suaves. El perfume y las manos querían bailar, me lo indicó la cercanía de un cuerpo menudo. Imaginé una criatura bella y frágil entre mis brazos y no pude evitar estremecerme.
Ella lo notó, me sintió temblar. Entonces puso su frente junto a la mía haciéndome saber que éramos más o menos de la misma estatura. Vainilla y mirra cada vez más fuerte, cada vez más cerca y yo dando vueltas con mis manos en unas manos de seda, sin duda, con los ojos apagados pero con el corazón cada vez más encendido por algo que hasta aquel momento no había sentido jamás. Una vuelta más, vainilla y mirra en mi ropa, un paso a la derecha, vainilla y mirra en mis manos, un paso a la izquierda, vainilla y mirra en mi boca. Toqué sus labios con mis dedos y supe que estaba sonriendo; incliné mi cabeza esperando que entendiera que buscaba un beso, pero pronto noté una mano fuerte y áspera en mi hombro, una fuerza que me arrastraba hacia otro lugar, lejos de ella. La noche continuó pero yo no pude volver a pronunciar una sola palabra.
Lo primero que hice al llegar la mañana siguiente fue llamar por teléfono a mi amigo Ángel. Necesitaba saber quién era ella y cómo había sucedido todo, necesitaba los detalles que escapaban irremediablemente de mi conocimiento.
-Hombre, mi colega Javi – dijo Ángel tan vivaracho como siempre- ¿Qué tal te lo pasaste anoche, chaval?
-Ángel, te llamo porque necesito que me despejes unas dudas… ya sabes
-Jajaja, claro hombre, no pasa nada… a ver, ¿qué quieres saber?
-No sé si me viste… pero yo bailé, ¿sabes?
-¡Hombre que si lo sé! –gritó enérgico mi amigo, más de lo esperado- Y bien orgulloso que estoy de ti, que lo hiciste muy bien, al principio te quedaste con cara de susto pero luego bien que te soltaste.
-Sí, es que no me lo esperaba –la voz comienza a temblarme- pero… ¿tú sabes con quién bailé? Es que nadie me habló, simplemente me agarraron de las manos y claro… yo quisiera saber…
-Que sí que sí hombre. –Ángel se puso serio por medio de un silencio de tres segundos eternos- Bailaste con mi hermana Alba. Perdóname amigo, pero pensé que te gustaría probar eso de bailar, porque te conozco de toda la vida y creo que nunca lo habías hecho antes… ¿Me equivoco?
-No, no te equivocas. –Dije, totalmente conmovido ante el descubrimiento- Ha sido mi primer baile.
-Pues enhorabuena amigo. Lo hiciste muy bien, de verdad. Alba me dijo que no la pisaste ni una sola vez, aunque no sé yo si creérmelo, ¿eh?
Alba, su hermana, ¡le había hablado de él! De nuevo el corazón se disparó dentro de su pecho, intentó controlar la voz para que su amigo no lo notara ansioso, deseoso de saber más, de averiguar qué había dicho ella de él, qué pensaba, qué sentía…
-Y… esto… ¿Alba qué dijo de mí? Seguro que la molestaste con que me sacara a bailar y la pobre tuvo que interrumpir su fiesta.
-¿Qué dices hombre? Para nada, ¡si ni siquiera fue idea mía! En cuanto le dije, “Este es mi amigo Javi… “, que no pude terminar la frase, vamos.
Terminamos la conversación quedando para el próximo fin de semana como habíamos hecho desde los últimos años. Fingí que el tema de mi primer baile con Alba no había tenido más importancia que la de una nueva barrera vencida. Sin embargo, cada conversación a partir de aquel suceso parecía nueva, cada acción guardaba detrás de sí un misterio especial, todo parecía cambiar, moverse, incluso los muebles se ponían en medio de mi camino, los objetos se me caían de las manos. El mundo había sufrido una violenta sacudida y sólo yo era consciente de la diferencia. Mi alrededor mutaba con cada paso que daba, cualquier cosa habitual ya no era algo que pudiera dominar, las voces se mezclaban, los olores me alejaban de mi cotidianidad. En mi mente, ya no se dibujaban planos o distancias para recorrer con seguridad; sólo había algo seguro en mi universo, sólo perduraba un recuerdo: el del perfume a vainilla y mirra. Los demás comenzaron a notarlo en cuestión de poco tiempo; el momento en que mi madre decidió comenzar con el tratamiento para encontrarme una cura fue cuando perdí mi don para la independencia, cuando no quedaba ni resto de la felicidad que me caracterizaba. Cuando necesitaba salvarme de la oscuridad.
Durante varios meses estuve visitando una prestigiosa clínica en Barcelona, especializada en asuntos oftalmológicos para someterme a pruebas experimentales, que tal vez podrían ser capaces de devolverme la visión. Yo me consideraba algo escéptico; llevaba ya más de veinte años ciego por causa de una malformación congénita y no creía que hubiera una posible solución para tratar algo tan delicado. Pero, al parecer, los avances en el campo de la cirugía ocular habían avanzado sorprendentemente y la posibilidad de que una nueva intervención pudiera dar solución a la atrofia visual de mis retinas, que desde mi nacimiento me habían sumergido en una total oscuridad, estaba cada vez más cercana. Tanto mi familia –en realidad sólo éramos mi madre y mi hermana de nueve años, Claudia- como yo, nos entregamos por completo a esa pequeña esperanza y luchamos, física, espiritual y económicamente, para lograr que llegara una operación milagrosa. Y ésta llegó, cuando en mis sueños todavía podía sentir unas manos pequeñas y frágiles acariciando mis ojos cerrados, a finales del año siguiente.
Cuando me lo comunicaron apenas esbocé una sonrisa, lo cual me sorprendió. También me resultó extraño que días antes de la operación los nervios por una cirugía de vital importancia aún no se hubieran manifestado. Supongo que sucedió porque el papel que me tocó en todo aquello fue el de conciliador y sensato de la familia ya que mi madre, una mujer de fe educada a la antigua usanza -una mujer religiosa y amante de su casa- rezaba temblorosa constantemente a una infinidad de estampitas, figuras y demás iconos religiosos que eran gran parte de la decoración de mi casa. La mañana de mi ingreso en la clínica, de un resplandeciente cielo azul según contaba mi madre, sería la que marcaría el antes y el después en mi vida. Las últimas horas antes de la intervención fueron lo que me resultó más desesperante, ya que tuve que aguantar las constantes muestras de cariño por parte de mi madre -en un intento de hacerme sentir lo más cómodo posible- siendo aquello lo que realmente me alteraba. Nadie me había considerado jamás una persona inquieta o excesivamente activa -supongo que debido a mi condición de invidente había tenido que desarrollar una paciencia más que excepcional-, así que el hecho de sentirme nervioso alarmaba terriblemente a los que me rodeaban. Afortunadamente el ajetreo de médicos y enfermeras distraían a mi madre, que permanecía pegada a mí, fría y rígida como el mármol, mientras me preparaban colocándome un tubo de oxígeno en la nariz y asestándome una dolorosa vía intravenosa, que me obligaba a mantenerme inmóvil.
Poco después, acomodado en una fría camilla -el tacto de la sábana sobre la que me acostaron consiguió erizarme el vello-, me condujeron hasta la sala de operaciones. La camilla era empujada por una enfermera joven; el tono de su voz era agudo, casi infantil por lo dulce que resultaba, lo que me hizo pensar que no tendría mucho más de veinte años. Su labor lograr tranquilizarme a la vez que complacerme lo realizaba casi a la perfección: era tan entusiasta en sus monólogos acerca de lo bien que estaría en ese lugar, el buen tratamiento que los médicos me darían y del excelente cuidado personalizado que haría por su parte que era imposible acordarse de que tenía una operación pendiente. Tumbado en la camilla, camino del quirófano, comenzaban a asediarme todo tipo de sonidos y ruidos, en los que trataba de concentrarme: el gemido de un señor que debía ser anciano o estar muy enfermo, varias enfermeras cotilleando sobre las aventuras de la noche anterior de una de ellas, el choque con otras camillas, pitidos agudos provenientes de aparatos eléctricos y sobre todo, la voz de mi madre, rezando sus plegarias
Notaba por el dolor punzante en el brazo que, a pesar de la ternura de sus palabras, comenzaba a ponerme una inyección. La voz de la enfermera, que ya inundaba todo el espacio, comenzó a disiparse como si se tratara de un hilo musical relajante. Me sentía a gusto, tranquilo, abandonado de mí mismo.
No hay ley ni base científica que diga que después de la tormenta siempre viene la calma pero, en mi caso, sí he tenido que aprender que después de la calma siempre ha vuelto la tormenta. “Cuenta desde diez hasta uno” me decía el anestesista que había dentro del quirófano. No hizo falta, no recuerdo haber contado más allá del siete.
Me desperté mareado y con la boca seca. No era capaz de coordinar mis movimientos; mis brazos apenas respondían y mis piernas estaban paralizadas. Estaba confuso... quizá aún padecía los efectos de la anestesia. Volví a quedarme dormido sin haber probado a abrir los ojos, ni siquiera me había dado cuenta de la venda que los rodeaba. Horas después volví a despertar; ahora me encontraba algo mejor pero el horrible dolor de cabeza perduraba. No recordaba nada, solo sabía que había sido operado y que una gruesa venda rodeaba mi cabeza protegiendo mis ojos.
“Javi, estas despierto. ¿Necesitas algo?”, escuché por fin una voz familiar. Se trataba de Claudia -muy lista para su edad-, que había podido venir a verme. Supuse que era sábado ya que si estaba aquí era porque sin duda no tenía clase. Mamá jamás hubiera permitido que la niña perdiera un solo día de colegio. “Claudia, me alegro de oírte... ¿Puedes acercarme un vaso de agua? Dije totalmente confuso. “Todavía no te dejan beber nada, Javi”, mientras Claudia me cogía de la mano me contó que había estado durmiendo desde el día anterior y que mamá no se había movido de mi lado. No pude evitar hacer una mueca de desaprobación.
Durante las dos semanas siguientes, la rutina en la clínica transcurrió como habitualmente estaba establecido. Debía estar en absoluto reposo hasta que mis ojos cicatrizaran perfectamente y así los médicos se asegurasen de que no hubiera ningún tipo de complicación en el postoperatorio. “Mañana procederemos a quitarte la venda y comprobar el estado de tus ojos. Trata de descansar, mañana puede ser un día duro” dijo un doctor en tono confiado. Sus palabras seguían proviniendo desde la templanza y la rectitud que caracterizaban a todos los que trabajaban en la clínica, no logré tomar confianza con ninguno de los que me visitaron, en ningún momento mostraron signos de optimismo aunque tampoco de lo contrario; palabras y movimientos calculados a base de repetición. Tuve que pedir un calmante para soportar la espera de aquella noche.
A la mañana siguiente, entraron varias personas a la habitación. Varias enfermeras y doctores, alumnos de medicina, mi madre, mi amigo Ángel y mi hermana completaban el elenco. Por lo visto el posible triunfo sería un gran acontecimiento. Una de las enfermeras comenzó a quitarme la venda muy cuidadosamente. Percibía murmullos y frases que intentaban tranquilizarme, quizá porque se me notaba algo de nerviosismo, que se manifestó en mis manos; estaban tremendamente temblorosas. Sin embargo, yo había olvidado dónde estaba y por qué. Todo mi cuerpo se había paralizado, mi corazón latía fuertemente, como no lo había hecho desde hacía mucho tiempo. Afortunadamente, mi sentido del olfato seguía tan sensible como siempre y había reconocido un olor que me llevaba al pasado, al mejor momento de mi vida. Era inconfundible, tan intenso y delicado que inundaba la habitación entera: un perfume de vainilla y mirra. Cuando las manos de la enfermera retiraron por completo la venda, sólo dos discos de algodón apretados contra mis ojos me separaban de una nueva vida.
“Javier, trata de abrir los ojos, pero despacio… con cuidado” dijo el cirujano. La tensión que sentía era insostenible, necesitaba poder ver, buscar a aquella que desprendía aquel perfume, el perfume de Alba, a quien no había podido olvidar en todo este tiempo de espera. Mi madre sólo podía susurrar rosarios rogando a Dios que todo saliera bien mientras yo rezaba porque el perfume proviniera de la hermana de mi mejor amigo, quien me animaba a su vez enérgicamente. Con cautela quise abrir los ojos, lentamente así como me había indicado el doctor. Me dolían los ojos por el esfuerzo que estaba haciendo pero no tenía miedo, tenía algo muy importante que hacer, tenía que reencontrarme con mi destino. Por fin abrí los ojos por completo y hubo algo que me molestó. La luz que había era demasiado fuerte, más de lo que ellos habían calculado para mí.
“¿Me ves hermanito?” dijo Claudia poniéndose delante de mí de manera que abarcaba casi todo mi recién estrenado plano de visión. Sólo veía formas que se movían pero seguía sin identificar nada.
“Aún no podemos estar seguros de cual será el grado de visión que puedas alcanzar. Todavía es muy pronto. Tus ojos deben acostumbrarse a la luz y ten en cuenta que el proceso será lento”. El médico y sus “buenas noticias”.
Volví a cerrar los ojos, me resultaba extraño ver cosas en movimiento. Ver por vez primera. Ahora sí tenía miedo. Miedo por lo desconocido, miedo a no saber como reaccionar, miedo a saber si sería capaz de acostumbrarme a la nueva dimensión, miedo a que el perfume de vainilla y mirra que me embriagaba fuera una traición de mi subconsciente, miedo a que Alba no estuviera allí, a que no sintiera lo que yo sí sentía por ella. El hecho de ver algo, aunque sólo fueran manchas, ya era algo totalmente nuevo y aterrador. Quién iba a pensar que después de tantos años todo lo que hasta ahora había vivido pasaría a formar parte de mis recuerdos y no parte de mi vida diaria. Mientras mi mundo se tambaleaba, seguía sin abrir los ojos. El perfume de vainilla y mirra cada vez más fuerte.
Tras la noche que había sido mi vida, la luz lo inundó todo. Ahí estaba, tumbado en la firme cama mirando por primera vez, buscando a la dueña del perfume que lo había cambiado todo para mí. Los rayos de sol entraban brillantes por un cuadrado... no, una ventana. Era una ventana. Había sido capaz de identificar una ventana. Una forma básica a la que estaba acostumbrado a tocar pero que nunca había visto antes. Sorprendido, me incorporé sobre la cama todo lo que mi estado me permitió. Fascinado, reí alegremente ante todo lo que mi nueva vista me permitía enfocar.
“Bienvenido al mundo”. Giré la cabeza buscando la ubicación de la voz, sabiendo que ahora en vez de oscuro vacío encontraría a una persona. Era la voz de la joven enfermera que me acompañó al quirófano el día de la intervención. Una muchacha que superaba cualquier concepto que yo hubiera podido soñar jamás acerca de la belleza; una mujer que había estado cuidando de mí todo el tiempo de mi convalecencia, como parte de su trabajo. Era ella, Alba, la enfermera que cuidaba de mí, la dueña del perfume de vainilla y mirra que inundaba la habitación y todo mi mundo.
Observé su cara detenidamente, identificando cada elemento que la componía. Sus ojos, su nariz, su boca, su largo pelo recogido en una coleta. Todo lo que mis manos siempre habían deseado tocar, ahora cobraban forma a través de mis ojos. Alba, situada al lado de un muchacho joven que identifiqué como mi amigo Ángel, también me miraba. “Y bien, dime. ¿Me reconoces?” dijo. Ella sabía que la estaba mirando fijamente y no quiso interferir en ese momento de conocimiento mutuo. No sospechaba que sabía de su presencia antes de abrir los ojos. Noté como la sangre subía hacia mi cara... Enfermera, era enfermera y yo no lo había sabido nunca. No se me ocurrió preguntarle a Ángel. Miles de preguntas se agolparon en mi mente y a las que no sabía responder, sólo tenía claro que necesitaba hablar con ella a solas, que había demasiada gente en la habitación.
De repente las lágrimas en los ojos de mi madre captaron toda mi atención; todavía no le había dicho nada y ella era la que más había sufrido con todo el proceso de mi operación. Claudia corrió también rápidamente hacia mi cama. Me asusté. Aún no había asumido la espacialidad de los objetos, la distancia que había entre ellos y la rapidez con la que se podían mover. Claudia, que se encontraba al borde de mi cama, me miró fijamente sin moverse, sin hacer ninguna mueca. Sonreí al ver que su pelo estaba anudado en dos trenzas maltrechas adornadas es sus extremos con lazos. La curiosidad hizo que quisiera tocar sus trenzas, como cada día, cuando antes de ir a clases Claudia me pedía insistente que yo se las hiciera, mientras me contaba lo que iba hacer ese día.
“Me las he hecho yo” dijo pícaramente. Le sonreí y ella me devolvió la más bonita de las sonrisas que podría haber soñado jamás.
Sólo pensaba en todo lo que estaba viendo y sintiendo. Me sentía como un niño aprendiendo. Y Alba testigo de todo, hablando con mi madre mientras Ángel no paraba de hacerme bromas sobre lo mucho que triunfaría desde ese momento con las mujeres. Me decía que lo primero que debía aprender era el hecho de reconocerme a mí mismo, contemplar mi rostro delante del espejo. Me lo alcanzó y estuve más de media hora observándome, conociéndome. Era el momento de descubrir la vida que estaba por venir y de todo lo nuevo que tendría que aprender. Era hora de vencer la oscuridad, ahora sí, con la luz en mis ojos.
“Bueno, creo que es hora de que Javier pueda descansar”. La voz de Alba era música para mis oídos; ¿estaría ella deseando estar a solas conmigo como yo lo estaba?, ¿sería capaz de decirle que la amaba desde hacía tanto tiempo? Desde aquel baile la noche de su cumpleaños…
Alba cerró la puerta y nos quedamos solos. Me miró atentamente y dijo:
-Bueno, Javi. Intenta levantarte, a ver cómo te sitúas en el espacio de la habitación. Prueba a caminar hacia mí. Pero no te preocupes que es una prueba, ¿eh? Si tienes miedo puedes cerrar los ojos un momento, pero no te acostumbres…
Me puse en pie sobre el frío suelo de la habitación y me temblaron las piernas. Todo me dio vueltas, no supe dar un solo paso sin que pareciera que fuera a caer. Sin embargo, avancé hacia Alba pues es lo que más deseaba desde aquella noche mágica, desde que conocí su perfume, desde que sus manos tomaron las mías para otorgarme mi primer baile. Con pequeños pasos me acerqué a ella hasta ponerme justo delante. Cerré los ojos y la cogí de las manos, porque ahora era yo el que quería comenzar el baile con ella. Una vuelta y vainilla y mirra me envolvieron. Otra vuelta y una mano en su cintura. Los ojos cerrados. Vainilla y mirra en mi ropa. Con la otra mano toqué sus labios, y supe que estaba sonriendo.
No es una historia de amor
La ciudad despierta tímida y perezosa al compás de los despertadores y duchas matutinas, mientras César, después de haberla velado una noche más, se estira en el sofá. El color azul se deja vencer por un amarillo claro de lo más alegre aunque excéntrico. Ante la tenue visión, el joven piensa que Julia nunca vestiría de amarillo, hay que ser demasiado valiente. Un par de gatos aún andan jugando en el tejado del edificio de enfrente. Si siguen armando tanto alboroto seguro que el portero sube y les da de escobazos, ese hombre no tiene corazón. El simple hecho de levantar las persianas es algo difícil pero cuando se logra puede llegar a ser reconfortante. La luz te golpea suavemente y el frío termina de animarte en el caso de que siguieras somnoliento y lejano. Es una sensación extraña, el despertar, que sin embargo, hacemos cada día sin darle la importancia que se merece.
La rutina de César hace que todo tenga su lugar y que esos lugares sean a veces aburridos. Mientras realiza movimientos mecánicos piensa cosas extrañas como el color de las paredes cuando entra la primera luz de la mañana; ideas motivadas por el sueño que no pudo conciliar. Julia se levanta algo gruñona porque, según su novio, sólo ella sabe preparar bien el café -y es que César no tiene ganas de aprender-. César simplemente prefiere tenerlo preparado en la mesa de la cocina cuando aparece con la camisa puesta y de pelea con la corbata, aunque no lo diga de forma clara, no sea que su niña se fuera a ofender.
En la oficina todos tratan bien al muchacho. Pronto ascendería, se lo dijo el jefe el día aquel en que también volvió a equivocar su nombre por el de Miguel y le pidió unos informes muy importantes, pero bueno, un descuido lo tiene cualquiera y lo importante es que se quedara con su cara. Que si le llamaba Miguel por César, pues tampoco era algo tan grave, su jefe es un hombre despreocupado. Como decía Julia, en esta vida, una de cal y otra de arena.
La cocina es algo pequeña, pero ella sabe cómo darle un toque de hogar a cualquier cuchitril como, por ejemplo, a este piso de soltero. Con el café se habla de lo de todos los días, ella sigue buscando algo mejor, que no ha estudiado una carrera para quedarse en aquella oficinilla de mala muerte, que no la aprecian lo suficiente y que seguro que habrá un lugar donde la traten y respeten como se merece. Él la mira pensando lo guapa que está cuando se pone seria hablando de un porvenir que tiene forma de plural y se despide corriendo, que tiene que llegar puntual.
Lo mejor de aquella semana de agobiante trabajo fue sin duda, la felicitación del jefe de departamento, “Hablaré con el superior Fernández, ha hecho un gran trabajo, sin duda”. Eso significaría su ascenso, seguro. Cuando le llamaron al despacho del director, no podía evitar disimular la sonrisa de agradecimiento y satisfacción, antes incluso de que le diera los buenos días. La entrevista duró unos cinco minutos y la cara de César al salir del despacho resultó ser un cuadro con tintes demasiado abstractos, hasta tal punto, que no se sabía si era una risa nerviosa aquello de sus labios o una mueca de frustración exasperada. Una secretaria. Puesto que iba adquiriendo muchas responsabilidades le asignarían una secretaria que le ayudara con las tareas más simples y así él podría dedicarse a los nuevos proyectos con dedicación plena. Pero que no se preocupara, que ese sueldo extra valdría la pena con tal de que él se sintiera a gusto, que estaba haciendo muchos méritos en la empresa, “No hace falta que nos dé las gracias, estamos muy contentos con usted, Miguel, es un joven muy emprendedor… ¿cuántos años dijo que tenía?” (El desesperado muchacho no sabía si lo de Miguel lo había escuchado o era producto de su corriente de imaginación desbocada, al tiempo que el mequetrefe de su jefe vomitaba su conveniente discurso). César asentía mecánicamente con la cabeza mientras transformaba su ascenso en un cheque de nómina a nombre de su innecesaria secretaria, “Veintisiete años, señor Gómez, sí señor…”
María no entró en calidad de secretaria, sino más bien de becaria, porque necesitaba una pequeña ayuda para terminar su carrera. Su sueño era ser profesora de literatura inglesa en algún instituto privado de un pueblo pequeño y alejado de esa ruidosa y malévola ciudad. Cuando averiguó ser la responsable del mal humor de su jefe, se dio cuenta de que el supuesto aumento de César dedicado a su sueldo, tampoco hubiera ascendido a tanto; ni a la pobre María le solucionaba la vida, ni César parecía vislumbrar ya ninguna compensación en un futuro cercano. Era la chica un par de años más joven que César, tal vez tres, no demasiado alta ni demasiado delgada, tenía una sonrisa agradable a la vez que frágil y unos ojos que sin ser de un color o forma especial, resultaban atrayentes, tal vez en contraste con el resto de su figura. Sin embargo la chica tenía algo especial para los negocios -era buena, sin duda-, y no tardó en ganarse el afecto de su jefe, el señor Fernández, y de todo el departamento. Una mujer con risa de niña, tímida y afectuosa, trabajadora y silenciosa, refugio de las penas y desgracias empresariales de su superior.
“Llámame César, si no te importa, María (a ver si así los mentecatos estos se dan cuenta de que se han estado equivocando medio año ya…), total, tampoco nos llevamos tantos años y me está dando un complejo de señor mayor…”
Una mañana que César llega antes de lo acostumbrado -tal vez porque Julia no preparó el café, tenía una entrevista de trabajo y se marchó con muchas prisas-, ve como la mesa donde trabaja María está llena de libros. Uno de ellos es tan antiguo que parece que se vaya a convertir en polvo de un momento a otro. Lee por encima disimulando el interés, “Kew Gardens, Virginia Woolf”. El libro está escrito en inglés y no tiene ningún sello de biblioteca.
María no tarda en ocupar su lugar de trabajo y avisa a César de una llamada del jefe de departamento. “Fernández el producto que nos diseñó no funciona bien, lo dicen los chicos del departamento de ventas, las encuestas no mienten nunca, eso debe tenerlo muy presente. Necesitábamos el proyecto para hoy, hoy es viernes Fernández, y a menos que usted lo haya preparado por su cuenta me temo mucho que bla bla bla…” Total, tendrá que decirle a María que siente mucho lo de sus exámenes pero que deben volver por la tarde a la oficina, hay que terminar el dichoso proyecto. Pero primero llamará a Julia para ver qué tal le ha ido en la entrevista, porque ya debe haber llegado a casa y le estará esperando con su comida favorita para darle la noticia. “Cariño hoy no me esperes para comer, he pasado la primera entrevista… dentro de dos horas tengo la segunda con un par de chicas más y claro, no me daría tiempo a llegar a casa, cocinar y volver corriendo, mejor me quedo y como con ellas, que son muy simpáticas y así veo cómo está la competencia…”
Cuando se acerca a la mesa de María, César la ve recoger sus libros mientras le sonríe. “Espera María, tienes que volver por la tarde… el proyecto, el de ayer… hay que repetirlo. Lo siento por lo de tus exámenes…” La muchacha deja los libros en la mesa y suspira. Siempre va a la oficina en autobús y calcula que no le dará tiempo ir a su casa y coger el de las cuatro menos veinte para llegar a tiempo de vuelta. “No te preocupes César, ¿conoces algún restaurante no muy caro por aquí cerca?”
No terminaba de averiguar si María le estaba invitando a comer con ella o si simplemente quería informarse de si había un restaurante cerca -que no resultara tan caro como el de la esquina de la Calle Rosales-, cuando terminaron por acordar que irían juntos a un pequeño italiano a un par de manzanas de distancia. Sin embargo, no salieron a la vez de la oficina, porque María quería hacer unas fotocopias que aún quedaban pendientes. César la esperaría en el parque que estaba justo al lado del restaurante. No le gustaba esperar en una mesa solo, mejor entrar los dos.
María llegó un poco más tarde de lo esperado. César había estado esperando bajo el sol unos quince minutos y el calor le obligó a buscar un banco bajo la sombra. Al no encontrarlo y comprobar que estaba solo, se dejó llevar por su cansancio hasta debajo de un gran sauce donde pudiera esperar. Estaba en aquel jardín, tumbado en el césped, los ojos cerrados, la corbata en el bolsillo. María lo sintió tan lejos cuando estuvo a su lado, que creyó amarlo por un momento, tembló al sentarse junto a él, lo creyó dormido. Un susurro, una música extraña y parecida a la voz de María, salió de sus labios para llamarle; César abrió los ojos.
“Has tardado demasiado, casi me duermo aquí esperando… hacía años que no hacía estas cosas, bueno… sí, tal vez en la Facultad…”.
Una libélula cruzó veloz entre los dos y se dejó ver unos instantes, María sonrió inesperadamente ante la visita del enorme insecto que se había atrevido a romper el aire que los separaba.
“¿Te gustan las libélulas?”
“Me encantan” dijo la muchacha, sin poder dejar de sonreír un segundo. “Me gusta el aire de magia que les rodea, sus alas delicadas, no tienen colores como las mariposas, sin embargo, con los reflejos del sol, parece que sí los tengan. Además… estoy leyendo unos libros de Virginia Woolf, que las utilizaba en sus cuentos con un simbolismo muy interesante…”
“Vi tus libros, los tienes hasta en inglés… A mí no me interesan demasiado, las libélulas apenas viven durante un día, ¡no les dará tiempo a hacer nada productivo!” César se levantó porque el calor comenzaba a ser insoportable. Tendió la mano a María para ayudarla a levantarse, sin recordar cuándo ella se había lanzado al césped donde él se había rendido por un momento. La notó algo sonrojada, el calor la tenía agobiada, sin duda. Qué bonita estaba con la mirada perdida detrás de los insectos aquellos, y cómo le gustaba soñar… ¿qué tendría aquella cabecita adornada de rizos? ¿Qué perfume usaba que tanto le recordaba a su niñez, a la dulzura, al ensueño libre y apasionado? Su piel suave y rosada, adornada por algún perdido lunar desorientado, se estremecía con el roce del dorso de su mano temblorosa.
Es imposible decir quién besó a quién, porque fue apenas un largo segundo y César pidió perdón. Él no lo había visto llegar y ahora era demasiado tarde. En su cabeza la imagen de Julia se le mezclaba con sauces, proyectos atrasados, libélulas… y María. Ella no dijo nada, sólo se marchó en dirección contraria al edificio donde estaba la oficina, caminaba rápido, pero no corría. César podría haberla parado en cualquier momento, abrazarla, besarla de nuevo, maldecirla por haberlo hecho, gritarle “te odio” o “te amo” pero no hizo nada de eso. Se quedó mirando cómo se alejaba en dirección contraria, iba mirando al suelo, puede que estuviese llorando.
*****
Después de dos meses de leer aquella carta de renuncia, César sigue esperando los amaneceres con los ojos abiertos. Aunque se levanta con cuidado para no despertarla, nunca lo consigue. Julia le araña el alma con su piel, tan fina y suave, tan sensual y tan ignorada, mientras él la desgarra con sus labios en un beso de “buenos días”. César jamás pensó que pudiera ocurrirles algo tan simple y trágico como agotar el amor, bebérselo todo de un golpe y sin respirar y no dejar nada para después. Sin embargo, hacía ya unos cuarenta besos que no la miraba a los ojos y le decía eso de “te quiero”.
María sale a la calle. Tiene tanta prisa que no se da cuenta de que se ha levantado siendo otra; el reflejo del cristal le ha dolido y sólo ha reflejado un par de lágrimas sobre un lienzo en blanco. Piensa que tal vez esta mañana, de usarla demasiado durante tantos años, se le ha roto la sonrisa. Ahora camina despacio, porque nunca se le dio bien correr con tacones. Se imagina patética y torpe corriendo por la avenida mientras los demás la miran como si una loca se hubiera escapado del desván donde estuvo encerrada. Va cargada de libros y ya no tiene tanta prisa, su mente pasea por las nubes y mira al frente sin ver por donde pisa, no recuerda las huellas que ha dejado. Entonces, pasa por el parque y se le escapa una sonrisa nostálgica, aunque miente al asegurarse mentalmente que desconoce el motivo… “Las libélulas sólo viven un día” piensa, y sigue caminando.