Inevitablemente, la lluvia lo convirtió todo en un cenagal. La pared del establo, salpicada por miles de gotas de un tono marrón, se alzaba ondulada delante de mí que intentaba, saltando, sortear el enorme charco que me separaba del coche que había dejado justo en medio de este mar color chocolate. Me metí, empapado, dentro de mi cuatro por cuatro. Encendí un cigarrillo pausadamente intentando recomponer las escenas que había vivido dentro de aquella casa. Y no me era fácil. Era todo, aunque reciente, confuso, no había luz en mi mente, ni claridad, como si un dulce veneno me hubiera dormido y nublado la razón
Arranqué el coche y recorrí poco a poco el camino embarrado hasta la puerta de la finca. Al girar la cabeza hacia la casa, descubrí en la ventana de su habitación, en el primer piso, la mirada de Isabel, despidiéndome. Alcé la mano en un ademán de adiós y me dirigí finalmente hacia la carretera. El tráfico, denso, me devolvió a la realidad. La música de la radio me relajó y al entrar en la ciudad ya casi había olvidado aquella noche que, si no fuera por los moratones del cuello y aquel pequeño rasguño al lado de la oreja, diría que había sido un sueño.
Isabel era una mujer muy pasional. También era la hija de Tomás Guzmán, mi jefe en la fábrica de tintas para imprenta donde yo ejercía de administrativo, y justo ahí residía el problema, mi problema. Aquel hombre no podía verme. No porqué saliera con su hija, ni porque fuera un mal empleado, que no lo era, sino porque tenía yo una manía que él detestaba profundamente y además reprobaba que su hija tuviera nada que ver con ella. Tampoco era tan extraño, me parecía a mí, dedicarse a coleccionar aire. Era una afición limpia y que no implicaba ninguna agresión para nadie ni nada. Tampoco obligaba a grandes inversiones que hicieran peligrar mi, por otra parte, humilde cuenta bancaria y que pudieran convertirme en un denostado hombre de negocios que quizás, más adelante, si por alguna razón me convirtiera en su yerno pudiera avergonzarle . No, Tomás Guzmán no entendía esa afición, no la soportaba, y no me soportaba a mí. Por esta razón Isabel y yo nos veíamos los martes y los viernes en esa casa sin que nadie lo supiera. Isabel me quería, ciega y profundamente, me dedicaba cada uno de sus gestos y todas las atenciones, y yo también. Algunas veces me acompañaba en mis exploraciones. Descubríamos espacios y lugares maravillosos donde yo podía, sin demasiado esfuerzo, procurarme aires nuevos, puros, extraordinariamente etéreos para mi colección. Disfrutábamos de nuestro tiempo, a escondidas, en secreto, casi en voz baja, sin ruidos y nos amábamos por todas partes, en todas partes con la pasión habitual de nuestra relación. No obstante, en el transcurso del tiempo que pasamos juntos, su carácter, antes abierto, extrovertido y amable, fue convirtiéndose en algo más cerrado, inquieto y extraño. Ella cambiaba y acabé pensando que quizá la culpa era mía, de mi afición. Pero nunca la llevé a sitios contaminados, que también me interesaban, por sus aires sulfurosos, anhídrido carbónicos, radiactivos, putrefactos. Era la parte de mi colección que yo más admiraba, por la dificultad a la hora de obtener las muestras. Esto demostraba que no era, esa colección, ninguna tontería y que yo, casi como un científico a la búsqueda del material más extraordinario, era un alquimista del aire. ¿Cuál era la razón de este cambio en Isabel, qué la transformaba?
Nuestra relación había empezado a desencajarse hacía ya unos meses, desde que hablamos de lo de Portugal. Ella tenía una fijación y no pensaba en otra cosa desde que le hablé de mi viaje a Lisboa unos años atrás. No sé, quedó fascinada, una rara magia la atrapó, sobre todo cuando le mostré el frasco de aire que recogí allí y que olió sin mi permiso. Yo poseía cientos de frascos perfectamente etiquetados con sus correspondientes datos, alineados en unas estanterías metálicas que procedían de la fábrica donde trabajaba. Eran viejas, "carne de chatarrero", yo las recogía y después de una mano de pintura negro mate volvían a ser aquello para lo que habían sido creadas. Les daba una nueva oportunidad, una segunda vida. Los frascos tomaban relevancia y tenían en ellas, la importancia justa. No en vano había aires de las mejores familias, recogidos en las mismas habitaciones de sus mansiones, incluso de la familia real. También eran importantes los frascos que recogían los aires más puros del planeta que habían sido rellenados por alpinistas que habían conseguido escalar las más altas cumbres. Tenía, por supuesto, aire de todas las ciudades, de iglesias, sinagogas y mezquitas. De prostíbulos y bares de carretera, de juzgados, mercados y casas de té. De estadios olímpicos y de campos de fútbol de todas las categorías. De zoológicos, mataderos, aeropuertos y pantanos, de las casas más pobres y de los más exquisitos hoteles de todo el mundo. Por supuesto, como ya he mencionado, también tenía aires peligrosos, de Chernobil, de la guerra de Irak, de la de Irán, aires del apartheith de Sudáfrica, de atentados horribles cometidos por todo tipo de terroristas, alientos de los criminales más buscados y de los maltratadores y pederastas condenados y de alguno libre. Esta parte de la colección estaba etiquetada con letras blancas sobre fondo negro y ilustradas con una pequeña calavera cruzada por dos húmeros que indicaban su peligrosidad y la prohibición de abrir, bajo ningún concepto, el tapón de aquellos frascos. A Isabel, no le hacía demasiada gracia este compendio de desgracias y horrores, por eso siempre que podía los ignoraba cuando bajaba conmigo al sótano, el santuario de mi colección. Siempre iba directamente a su frasco preferido, el aire que más la fascinaba, el que recogí en Lisboa mientras montado en un tranvía, subía lentamente al barrio alto de la ciudad. Tenía, este aire, un suave olor a mar y a hierro viejo, mezclados perfumes de azucenas y rosas y el olor de la humedad incrustada en las paredes de la vieja y afable Lisboa. Realmente le fascinaba y a mí me ponía de los nervios que ya no quisiera ver otra cosa. Se sentaba en una silla que había en el fondo del sótano y pasaba horas observando ese frasco transparente, absorta y embobada. -Me gustaría hacer este viaje... decía de vez en cuando. -Pronto lo haremos, te lo prometo-, le decía yo. Esperaba el momento más oportuno, que todo estuviera más tranquilo, cuando incluso, con el tiempo, su padre me aceptara. Pero no veía el momento que esto llegara. De ninguna manera me desharía de mi colección y Tomás Guzmán seguiría odiándola y oponiéndose a nuestra relación. Aún más si supiera la obsesión de su hija por este frasco. Esto le daría la razón en tanto que no era una buena cosa para ella, esa recopilación de aires. Pero lo que más me preocupaba todavía era la causa de este cambio en Isabel.
Las semanas siguientes a esta noche no nos vimos. Ella estuvo en su casa, ocupándose de no sé qué asunto familiar, creo que unos parientes pasaron con ellos unos días y luego Isabel ayudó a su madre en tareas de decoración en su mansión del barrio alto de la ciudad. Yo estuve en Rumania. Me hablaron de unas minas que estaban cerradas desde hacía muchos años, desde que se desplomaron algunas galerías atrapando a cincuenta y dos mineros. Recogí muestras de todas las partes accesibles de la mina que guardaba un aire pesado y rancio. El desprendimiento había sorprendido a los obreros mientras hacían el cambio de turno a las seis de la mañana. Por eso hubo tantas víctimas y por eso aquella olor, de muerte. A mí no me impresionaba. Había estado en muchas guerras y situaciones escabrosas y horribles. Tenía la piel dura y también el corazón. Por eso, para mí eran un placer estos viajes y ocupaba mi tiempo libre a hacer el turista y visitar monumentos. Comía en restaurantes típicos y recorría los bares buscando y saboreando la bebida del lugar. De esa forma, pensaba, dejaba de ser un turista vulgar y me convertía un poco en uno de ellos. Durante mi estancia en Miercurea-Ciuc en el valle de Olt, me alojaba en un pequeño hotel familiar en el centro de la ciudad. Un lugar tranquilo y limpio con un amable servicio que hacía que uno se sintiera como en casa. Había recogido ya todo el material necesario y me disponía a pasar el resto de la semana visitando la región. Esa mañana la dueña del hotel vino a mi habitación comunicándome que tenía una llamada desde España y que ya habían llamado cuatro veces por la noche pero les había dicho que estaba durmiendo y que no se me podía molestar, ahora ya no podían esperar. Me pasó el teléfono, era Isabel -¿Qué pasa? - Pregunté. -Mi padre ha fallecido-. Oí al otro lado del hilo telefónico el llanto y el dolor. -¿Cómo ha sucedido? -. No me contestó. El PIP de la línea interrumpida me indicó el próximo paso.
Hice las maletas rápidamente y las cargué en el coche. Estuve todo el viaje en silencio, sólo acompañado del sonido sordo del motor. Debe haber sido un infarto, pensé. Antes de emprender mi viaje hacia Rumania pude comprobar que el señor Guzmán estaba fresco como una rosa, nada hacía pensar en este desenlace. Entrada la noche llegué a la casa. Una hilera interminable de coches recorría la acera frente a ella y todas las luces de la casa permanecían encendidas a pesar de ser ya muy tarde. La puerta estaba abierta, el consejo de administración en pleno se encontraba en la sala de estar. La madre de Isabel, sentada en un sillón, era consolada por la esposa del socio de su marido e Isabel bajaba por las escaleras en ese momento. Fui hacia ella y me abrazó largamente. Me pareció que estaba destrozada, no en vano acababa de morir su padre, pero enseguida quiso salir de allí, asfixiada por tantos trajes negros y salimos al jardín donde la piscina reflejaba sus aguas en la blanca pared de la casa. Hacía frío y nos acurrucamos en el balancín. -¿Cómo fue? - pregunté finalmente, -¿un ataque al corazón? - El silencio se prolongó unos segundos -Están haciéndole la autopsia...- Y se puso a llorar. Al parecer la policía sospechaba que pudieran haber asesinado a Tomás Guzmán. Era un hombre rico, riquísimo. Tenía no sólo la fábrica donde yo trabajaba, esa era una de tantas, además era dueño de infinidad de pequeñas empresas que había ido diseminando por toda la región e incluso en el extranjero. Poseía inmuebles, terrenos y multitud de bienes con los que comerciaba y mercadeaba. No era ninguna tontería pensar que podía tener muchos enemigos y que quisieran deshacerse de él. A mí, francamente, tampoco me caía demasiado bien. Ya conocen los motivos. Pero no, yo no soy un asesino y además, aunque le odiara, no dejaba de ser el padre de la mujer que amaba, extrañamente, y a veces ignorando los motivos, pero la amaba. Ella se había quedado sin decir nada, absorta en el recuerdo. Entró a la casa y después de despedirse de los presentes y de mí, acompañó a su madre hasta desaparecer en sus habitaciones. A la mañana siguiente, cuando llegué a la Iglesia de la Trinidad todos los bancos estaban llenos. Pude sentarme al lado de una señora de unos sesenta años que lloraba desconsolada pero en silencio. Ignoro cuál era la relación que pudiera tener con el fallecido pero me pareció sincero el dolor. Infinidad de flores y coronas cubrían el féretro hasta el punto que no se distinguía ni un solo trozo de madera del ataúd. En el banco cercano a él, estaba ella con su madre y supongo, aquellos parientes que venían a verlos de vez en cuando. Creo que no tenían más familiares. Estaban rodeadas por docenas de trajes negros y corbatas del mismo color. Reconocí entre ellos algunas caras de la noche anterior en casa de Isabel, Los mismos de siempre intentando sacar tajada de algún lugar, esperando como buitres que el hombre estuviera bien enterrado para saltar encima de sus negocios y propiedades y poder arañar un poco de influencia, dinero, contactos... ¿Estaría allí también su asesino? Un escalofrío me recorrió la columna y me senté en el banco esperando a que terminara la ceremonia e intentando olvidar la pregunta que acababa de hacerme. Aproveché para sacar un frasco y llenarlo del aire del funeral. Cuando me acerqué a ellas para darles el pésame Isabel me estiró con fuerza hasta su lado y me obligó a estar allí como uno más de la familia. Su madre, una vez hubieron pasado todos, se acercó a mí y me abrazó llorando y dándome las gracias, después salimos todos detrás del ataúd y fuimos al cementerio para dar sepultura a Tomás Guzmán.
Llegamos a su casa en la colina cerca de las doce del mediodía. Y yo estaba allí, como si hubiera caído la pared que impedía que me acercara a ella, liberado de estos ojos vigilantes que no aceptaban mi manera de ser, ni mis costumbres. Puede ser que yo también estuviera un poco feliz. Por fin podía estar al lado de la persona que quería sin tener que esconderme de nadie, sin tener que dar explicaciones ni justificar mi afición. Al fin y al cabo eso era lo que más odiaba de mi Tomás Guzmán y lo que más me importaba a mí. Esto era lo que nos separaba. Al acabar el día la Isabel me emplazó a nuestra casa.
Ya no era un secreto, en realidad nunca lo fue. Sus padres la conocían desde el mismo día que la alquilamos. Era suya. La agencia inmobiliaria donde la adquirimos era una más de las empresas de su padre y nos dieron esta casa porque era lo mejor que tenían. Siempre me extrañó que por el precio que pagaba pudiera tener esta casa pero nunca cuestioné el porqué y me consideré afortunado. Ahora era de Isabel. Quedamos un par de días más tarde, cuando todo estuviera más tranquilo y todas las aves de rapiña hubieran vuelto a sus nidos, con botín o sin él. Eso no nos importaba. Amaneció lloviendo a cántaros. Mientras desayunaba, ordené encima de la mesa los frascos de mis últimas adquisiciones, junto a los de la mina de Rumania estaba el del funeral y otro de un atasco de la autopista AP2 que aún no tenía y en el que me vi atrapado el día que volvía a casa después de despedirme de Isabel. Bajé al sótano y coloqué cada una de las botellitas en el lugar que les correspondía, puse las de Rumania en el apartado de catástrofes, junto al de las torres gemelas y al del Tsunami que recogí en Sumatra. Para poner el del atasco tuve que estrechar los frascos en la estantería y hacer un hueco. El aire del Funeral de Tomás Guzmán lo deposité con cuidado en la parte alta de la estantería, solo. Curiosamente algo se removió dentro de mí y una tristeza extraña me invadió al contemplar este frasco. Después, antes de salir del sótano repasé, como hacía casi siempre toda la colección con un vistazo rápido. Entonces me di cuenta. Donde debería haber los frascos más peligrosos, faltaban la mitad de las botellas y en el suelo, algunos cristales rotos me pusieron en alerta. Comprobé, con la ayuda del libro de registro, que habían sido sustraídos los frascos de las catástrofes nucleares y que afortunadamente, la botella rota no era peligrosa, correspondía a otra estantería donde guardaba los aires de las grandes celebraciones, esa en concreto, correspondía a la Final de la Copa del Mundo de Fútbol de 2002. Sólo una persona a parte de mí tenía acceso a este sótano, Isabel. ¿Para qué querría ella esos frascos?, Nunca le habían gustado, además casi no sabía ni dónde estaban. Una idea me pasó por la cabeza, pero no era posible, no podía haber sido ella, no tenía tanto valor como para hacer semejante barbaridad... Corrí rápidamente hacia las escaleras y me dirigí al comedor, cogí el teléfono con la mano temblorosa. Al otro lado del aparato su voz sonó suave y tranquila -¿Porqué lo has hecho? - Pregunté con un hilo de voz. ¡No había ninguna necesidad! -¿No estás contento amor mío? Ahora somos libres, ya no tendremos que escondernos. Incluso podremos casar-nos-. Había perdido la razón. O quizás nunca la tuvo. Mientras su padre estaba en el despacho destapó los frascos cerca de él. Era aire altamente radiactivo. Murió rápidamente. Isabel me contó los motivos de su acto, ninguno razonable, y me recomendó que lo mantuviera en secreto porque si decía nada a la policía yo sería el culpable ya que los frascos eran míos y llevaban mis huellas. Dijo además, que si no me casaba, sería ella misma quien me denunciaría. Me sentí acorralado, hundido, atrapado, humillado, no me quedaba ya ninguna salida. Sin embargo, pensé en el futuro. Isabel era la heredera de todo el imperio de Guzmán y yo podía ser su...
Después de colgar el teléfono me senté en el sillón, aturdido. Tomé la botella de coñac y ya sin dignidad, bebí de ella el primero de muchos sorbos. Pronto se nubló mi mente y mi conciencia. Ya no estaba seguro de nada. ¿Era mi colección de aires tan importante? ¿Le interesaba a alguien? Hasta la fecha, nadie, excepto Isabel y su padre, sabían que existía y sólo ella la había visto. Y ¡había servido para perpetrar un terrible crimen!. ¿Que había de bueno en esa cantidad de frascos? ¿Quien vendría a oler su aire? Pero por otra parte, ¿quien preguntaría por la colección si nadie sabía que existía? En el informe de la policía forense se decía que Tomás Guzmán había muerto de un infarto. Omitieron el hecho de que hubiera una muy alta cantidad de radiación en su cuerpo porque supusieron que habría visitado alguna Central de las que era copropietario y que allí se habría contaminado. Obviamente, de salir a la luz pública, habría un gran escándalo... y una gran pérdida económica. Era mejor no decir nada y cerrar el caso. Pasé la tarde durmiendo en el sillón. Al despertar, cogí el teléfono y llamé a la agencia de viajes: -Buenos días, quisiera reservar dos billetes para Lisboa... si, de viaje de novios...
El fabricante
Todo empezó cuándo todavía disponía yo de una firme reputación como constructor de jaulas para pájaros, cuando todavía era el director de la fábrica y tenía a mi cargo la nave de la calle Colón, cerca del puerto. El edificio se extendía a lo largo de toda la parte derecha de la calle hasta llegar al cruce del Mercado donde, en el chaflán, el edificio formaba una especie de placita que los días de mercado grande ocupaban los vendedores que no tenían puesto fijo dentro del recinto. Como decía, yo era el máximo responsable del establecimiento y una persona con muy buena posición social y muy respetado. Un día apareció aquella mujer. Entró desde el vestíbulo a la fábrica propiamente dicha por el almacén de listones. Pasó en medio de pilas y pilas de listoncillos de pino todavía sin pulir, encaró la rampa que permitía a las carretillas pasar de una sección a otra sin tropiezos y vio como una multitud de operarios iba montando los armazones de madera de las jaulas. Colocaban los listones, previamente preparados con veinticinco minúsculos agujeros que tendrían que permitir, más adelante, poner los pequeños barrotes de hierro que constituirían la jaula. Las que montábamos en aquella época eran cuadradas, igual que un cubo, un diseño poco elaborado, es cierto, pero el sobrino del señor Rubalcaba, propietario último del producto, acababa de llegar de Frankfurt, dónde, después de algunos años de estudios -más de los necesarios, por cierto- por fin había acabado la carrera de Diseñador Industrial de Artefactos y Artilugios. Le había permitido diseñarla como premio antes de que pudiera inventar algún otro trasto más sofisticado, caro y de dudosa utilidad. Cabe decir que el sobrino estaba orgullosísimo de su sencilla jaula de pájaros.
La mujer continuó adelante, atravesando corredores repletos de talleres donde se iba dando forma a todas las piezas que conformaban la jaula. Al llegar al final del pasadizo de la fundición, una escalera de madera llevaba al segundo piso donde había, un poco desarreglados, montones de sacos de bisagras, barrotes y todo lo que se necesitaba para montar las jaulas que, a veces, en momentos en que la demanda era muy grande, se enviaban a otras factorías para que las armaran. Detrás de todos estos sacos, cuatro puertas. Dos daban a otros almacenes, la tercera era para la administración. Diez personas se ocupaban de la gestión y el papeleo de la fábrica, que no era poco y la cuarta puerta, acristalada, con el nombre de la empresa pintado en dorado y más pequeño, debajo, el nombre de Gerente en letra inglesa, era mi despacho. La mujer llamó a la puerta,
-Adelante- dije inconsciente.
Cuando entró, un fuerte olor invadió el espacio, un olor rancio, de tiempo quieto y soledad suprema. Llevaba ropa vieja, muy vieja. Un abrigo de Chevió de tres cuartos ocultaba una sucia camisola que se deshilachaba por el lado de la manga derecha. La falda que llevaba, desaliñada, dejaba vislumbrar las enaguas, sucias y viejas. Llevaba también unas medias estrujadas sobre unos viejos zapatos de tacón. Llevaba un pendiente, sólo uno y, mirándolo bien, era una pieza muy buena, acaso una esmeralda incrustada a un rizado colgante de plata.
-Buenos días Félix- La voz sonó como en un eco, profunda, segura y sin embargo tierna y aterciopelada, dulce, suave.
Me sorprendió que me llamara por mi nombre.
-Buenos día señora, ¿nos conocemos?- Alcé los ojos justo para ver de reojo a la mujer, sin fijarme demasiado en ella -si lo que busca es trabajo tiene que ir a la otra puerta un poco más arriba del corredor,
-No, no vengo a pedir trabajo.
-Entonces… ¿en qué puedo ayudarla?. La pregunta sonó una amenaza. No entendía como una mujer vestida de esa manera había podido llegar en mi despacho. Tendría que hablar con el conserje.
-¿Qué quiere pues?, volví a preguntar todavía más irritado.
-¿No me conoces Félix, no te acuerdas de mí? Al alzar de nuevo la cabeza, la miré fijándome en las facciones de su cara e inevitablemente en sus ojos. Un fuego intenso surgía de ellos. El verdor de su iris me devolvió recuerdos que casi había olvidado.
-¿Ana?- pregunté haciendo temblar la voz sin querer,
-Sabía que todavía te acordarías de mí...
-Hace mucho tiempo que.... Me interrumpió poniendo el dedo índice sobre sus labios, buscó entre sus ropas una bolsita que llevaba y la colocó encima de la mesa, delante de mí. Al tomar la bolsa no adiviné que era, el tacto a través del terciopelo rojo engañaba mi mente. La abrí con cuidado y su contenido se extendió sobre la mesa, encima de los papeles. Un montón de joyas y piedras preciosas, de diferentes tamaños y colores brillaron, espléndidas, en la luz tenue de mi despacho. De un salto me puse de pie, tambaleando, haciendo caer la silla y el montón de papeles que tenía en la mesilla auxiliar, detrás de mí. Se me heló la sangre.
Después de eso, como una exhalación, Ana Ruiz, mi compañera del pasado, desapareció dejando aquel olor, ahora, aunque antiguo, más agradable, en el aire de mi despacho.
Salí rápidamente detrás de ella gritando su nombre, en el corredor ya no había nadie. Recogí las piedras, las metí cuidadosamente en la bolsita y las guardé en el bolsillo interior de mi abrigo con el que me cubrí atropelladamente y me dirigí al vestíbulo, buscando al conserje de la fábrica y pidiéndole explicaciones de porque había dejado entrar a aquella mujer y exigiéndole que fuera la ultima vez, pero el pobre hombre me miró muy extrañado, asegurándome de que en toda la mañana no había pasado absolutamente nadie preguntando por mi persona, y que en todo caso no habría permitido que nadie llegara hasta mi despacho sin hacerme avisar antes.
Llegado a este punto, empecé a dudar de mi lucidez y se me ocurrió repasar todo lo que había ocurrido aquella mañana. Y no había duda, aquella mujer había estado ante mí.
Quería encontrarla. Hablar con ella. Preguntarle… que significaban esas joyas. Debía encontrar cualquier pista o referencia que me llevara hasta ella. Pensé en contratar algún detective para que lo hiciera, pero me pareció que era mejor que yo mismo me encargara del asunto. Comencé a buscar por el puerto y alrededores. De la manera que iba vestida quizás venía de allí. Se sucedieron las preguntas, una tras otra, a unos pescadores y a los portadores que llevaban cajas y redes arriba y abajo. A los patrones de las barcas y a sus marineros, en la taberna, en el hostal. Nada. Nadie sabía nada.
Caminé entonces desde el puerto siguiendo las vías de los trenes de mercancías hasta llegar a la estación del ferrocarril. Allí, bajo los inmensos arcos de acero de la estación, siempre había vagabundos, gente que al llegar a la ciudad no tenían dónde ir y se refugiaban apiñados para, unos días más tarde, si todo había ido bien y habían podido encontrar trabajo poder acceder por lo menos a la triste dignidad de una chabola. Pregunté por ella. Nadie la conocía. Nadie la había visto. Deambulé desalentado entre aquella gente, junto a niños harapientos que recorrían el lugar ajenos a su destino. Pasé bajo los grandes ventanales de la estación y al llegar a las escaleras que daban acceso al interior, como una sombra, el viejo abrigo de chevió cruzó la puerta como una exhalación. Me dirigí corriendo hasta ella, subiendo los peldaños de dos en dos y al llegar al interior de la estación, busqué, abriendo bien los ojos, aquella figura que me turbaba a cada paso. La vi, finalmente, deslizarse al interior de un tren que empezaba rítmicamente su marcha hacia destino desconocido e inconscientemente me puse a correr mientras el tren cogía velocidad y ya sacaba su cabeza de la estación. Llegué en un último suspiro a la puerta por la que había entrado ella. Tuve que sentarme en el suelo, después de cerrar la puerta, para tomar aliento y descansar un instante antes de seguir buscando entre la gente.
Los vagones estaban abarrotados, todavía había gente de pie, colocando sus maletas en el portaequipajes y acomodándose en los asientos. No había ni rastro de ella. Pasé de un vagón a otro, con la esperanza de encontrarla sentada, con su cara dulce y sonriente, alargando el brazo para darme la mano y sentarme a su lado, ofreciéndome sus labios de rojo atardecer, mullidos, tiernos y dándome un beso color pasión. Pero no era esa la realidad.
Me senté, cansado y desalentado, al lado de una mujer mayor que asía su bolso con fuerza contra su pecho. Tenía el pelo alborotado y gris y el carmín de sus labios resaltaba sobre su piel blanca y arrugada. Se arrimó a la ventana mientras yo me acomodaba en el gastado butacón. Ante mi, una pareja, también mayor, miraban absortos por la ventanilla. La mujer volvió la cabeza y me dedicó una sonrisa superficial. Al poco rato, con el dulce traqueteo del tren me quedé profundamente dormido.
Cuando abrí los ojos, dos jóvenes muchachas estaban sentadas frente a mí y reían a carcajadas. La mujer que estaba a mi lado, todavía permanecía allí, dormida, con la cabeza apoyada en el cristal y el bolso fuertemente agarrado.
Me levanté en seguida e intenté adivinar dónde estábamos. Cuando el tren arrancó en la estación no me había fijado en cual era la dirección que tomaba, ni cual su destino. Identifiqué al rato, los altos edificios de la ciudad a la que nos dirigíamos y rápidamente me situé. Había dormido unas dos horas. Estábamos a unos ciento cincuenta kilómetros del punto de partida y el tren había realizado unas cuantas paradas. Ella podía haberse bajado en alguna de ellas. Nerviosamente, inspeccioné de nuevo todos los vagones sin encontrar ninguna evidencia de Ana Ruiz.
De nuevo cuestioné mi estado mental. ¿Podía haber sido todo un sueño, una imaginación?
Cuando llegamos a la estación, bajé del tren todavía buscando entre la multitud aquel viejo abrigo de chevió. Me fijé en unas señoras que esperaban de pie los billetes que sus maridos habían ido a buscar a las taquillas que, bajo una inmensa pérgola en el centro del vestíbulo dominaban toda la estancia y evocaba, con sus colas interminables, la visión de un pulpo gigantesco en medio del mar. Los peones, con carretillas cargadas de equipajes y familias enteras de tres y cuatro generaciones, cruzaban nerviosamente la sala de punta a punta. Los quioscos ofrecían su mercancía cuidadosamente colocada en mil estantes, periódicos, revistas y chicles para hacer más llevadero el trayecto al viajante anónimo, al hombre de negocios apresurado, a la mujer nerviosa en busca de su amante, en otra ciudad, en otra estación.
Compré un periódico que doblé bajo el brazo y poco a poco, me fui olvidando de Ana Ruiz y de sus joyas, de toda esa historia inverosímil y extraña y empecé a pensar en mi familia. Había salido de la fábrica hacía ya muchas horas y seguramente estarían inquietos por mi ausencia. Corrí a una cabina de teléfonos e hice la llamada pertinente. Todo arreglado. Finalmente decidí, después de hacer un último vistazo a la multitud, renunciar a encontrarla y volver por dónde había venido, olvidándome de todo y cerrando ése esperpéntico episodio de mi vida.
Me dispuse a coger un billete de vuelta y me coloqué el último en una pequeña cola de cuatro personas ante la ventanilla. Al coger la billetera del interior del abrigo cayó al suelo, ante mí, la bolsa de terciopelo rojo. Miré a derecha e izquierda, como si alguien me estuviera vigilando, como si tuviera que esconderme, me agaché y la recogí rápidamente guardándola de nuevo en el bolsillo. Un sudor frío me había sobrevenido y el latido de mi corazón se aceleró preocupantemente. Al llegar mi turno en la cola me apoyé en la repisa de la taquilla intentando coger aire. La mujer que expedía los billetes, me mandó prisa y tras pagar, me extendió el billete hacia mi destino.
De nuevo sentado en el tren, un poco aturdido, pensé en cual era la razón de ese desaguisado. Nada tenía sentido. ¿Cuanto tiempo había pasado desde la última vez que nos vimos? Entonces vi una pareja que se abrazaba en el butacón del otro lado del pasillo, y sus murmullos se convirtieron en los míos. De pronto me vi sentado en ese lugar junto a Ana, hablándole al oído, besándole ese cuello de algodón y riendo como niños. Vino a mi memoria el último viaje que hicimos, en ese mismo tren, muchos años atrás, cuándo todavía ella creía que tendríamos una vida en común. Pero yo ya había resuelto dejarla. Sus ideas sobre como asegurar el futuro no me convencían. No quería la vida de sobresaltos y peligros a la que ella se había aficionado, aunque era muy buena en su oficio. Me dijo, con aire de sentencia mientras yo le regalaba mi reloj como despedida, que jamás me olvidaría, que siempre estaría cerca de mí. Después de eso, tras decirnos adiós en el andén, se marchó calle abajo. La seguí con la vista hasta que desapareció entre la gente. Fue la última vez que la vi. Los días y meses siguientes pensé que recibiría una llamada suya. Nunca lo hizo.
Desde que bajó de ese tren Ana se convirtió en un recuerdo que yo, amargamente olvidé.
Al cabo de unos años conocí a Elena, mi mujer y nos casamos felizmente en la Iglesia de San Tomás. Siguieron los niños, mi nombramiento como director de la fábrica y una vida tranquila y sin sobresaltos. Hasta hoy.
El tren seguía su camino de hierro, serpenteando, entre suaves colinas y casas aisladas que se divisaban a lo lejos. La gente saludaba desde los caminos al tren, como si los viajeros fueran viejos conocidos y algunos les devolvían el gesto alegremente. Abrí el periódico que acababa de comprar en el quiosco de la estación, para distraerme o para ganar tiempo. Quizá se me ocurriría que hacer con la bolsa si no llegaba a encontrar a Ana, cosa ya, poco probable. Entonces me sobresalté. En la página de sucesos una noticia me resultó próxima: “Encuentran el botín robado hace veintidós años de la joyería Freser, en un escondite junto a las vías del tren. Al parecer sólo faltaba la parte más importante de la colección, una bolsa con piedras preciosas valorada en ochenta y cinco millones de pesetas. También se han encontrado los restos de un esqueleto de mujer. Los análisis realizados indican que se puede tratar de Ana Ruiz, desaparecida en las mismas fechas. No se descarta que fuera ella la responsable del robo.”
Me quedé atónito. Tenia que ser una equivocación… hoy había venido a verme. Definitivamente, no podía ser ella. Pero, ¿y las joyas?, la descripción del periódico no encerraba duda alguna, tenia en mi poder aquella bolsa que faltaba del robo, y me la había dado ella. Eso era una locura, no tenía ninguna lógica, pero las evidencias eran claras.
Mi cabeza estaba a punto de estallar, las palpitaciones de mi corazón volvían a acelerarse y un sudor seco y áspero se apoderó de mi cuerpo. Caí en redondo en el pasillo, sobre el periódico, lo último que pude ver, ya en el suelo, entre una bruma irracional fueron unos viejos zapatos de tacón con unas medias estrujadas sobre ellos.
Desperté en una blanca habitación, en el hospital. Me dolía el pecho, llevaba una mascarilla de oxígeno y un montón de tubos me ataban a una máquina. También atados tenia los brazos. Y las piernas. Entró una enfermera en aquel instante, llevaba una bandeja con jeringas y la depositó en la mesilla. Quise hablar pero no salió de mi boca más que un balbuceo ininteligible al que no hizo ni caso la enfermera. Detrás de ella entró un hombre con cara de pocos amigos, o sea, policía, se acercó a la cama y me miró a los ojos como buscando en el interior.
-¿Se recuperará pronto? Preguntó a la enfermera.
-No. El infarto le provocó una severa tetraplejia. Estará inmovilizado de por vida. ¿Es él?
-Si, estamos seguros, parece ser que venia de buscar la bolsa del escondite. Supongo que los nervios no aguantaron.
-Entonces esa mujer…
-Ana Ruiz. No, no tuvo nada que ver. En aquella época eran novios y seguramente ella no estaba de acuerdo con el robo o vaya usted a saber, el caso es que él la mató. Encontramos un reloj con sus iniciales entre los restos del abrigo de chevió. En todo caso, ya tiene lo que se merece.
Nadie podía oírme mientras declaraba mi inocencia gritando en silencio.
Cada día, el resto de mi vida, Ana aparecía entre una niebla sulfurosa a los pies de mi cama. Nadie más oía su risa.
Incienso
La taza de tila humeaba a contraluz. Encima de la mesa, junto al libro de recetas y el bloc de notas se amontonaban desordenadamente todas las cintas y cedés que había podido recoger de aquel misterioso grupo japonés. Decidió no darle más vueltas y cerrar en ese momento su investigación. Aquella música extraña le provocaba pesadillas y cada vez eran más frecuentes. Acabó la tila y después de mirar el día gris a través de la ventana se dirigió a la puerta cogiendo al vuelo la chaqueta y su mochila que siempre dejaba sobre la mecedora justo al lado de la entrada.
El ruido de la puerta cerrándose tras él llenó el hueco de la escalera con gran estrépito. Inmediatamente sintió los ojos ocultos que le observaban por detrás de las mirillas de las puertas, como cada día, como cada vez que salía de su casa, en cada rellano. Él ya sabía quiénes eran, personas aburridas, sin emociones, gente que vivía a costa de sus vecinos, a costa de esas miradas clandestinas, de las habladurías, de los chismorreos y de las patrañas inventadas que les hacían crear historias paralelas que solo existían porque ellos las alimentaban con su soledad. Y entonces se daba importancia, incluso a veces hacía alguna pequeña actuación, se arrodillaba para atarse los zapatos, simulaba una llamada de teléfono y se ponía a gesticular como loco o se peinaba artificiosamente mirándose en los cristales que en cada piso, hacían de separador entre la escalera y el corredor, de esta manera seguro de que les daba a aquellos ojos, motivo de conversación.
Abajo, el ruido de la calle le sacudió. Estaba tan tranquilo en casa. El cielo plomizo auguraba un día pesado, caluroso y sin matices. La gente lucía ese aire perezoso y apático de los días sin tiempo y la actividad de la ciudad, siempre inquieta y viva, parecía ese día al ralentí, como esperando algo inusual o extraordinario. Pero sólo era la sensación. Era él quien estaba indiferente y sin interés. Esa noche tampoco había dormido a causa de las pesadillas. Tenía ya aquellas melodías niponas incorporadas en su cerebro de forma que todas las músicas, conversaciones o ruidos le parecían movimientos de esas sinfonías que no debería haber empezado a escuchar jamás. Se encaminó lentamente hasta el horno de la esquina. Unos cruasanes y una barra de cuarto, como siempre. Los colocó en su mochila y después con la nariz llena de aromas de pan se encaminó hacia el barrio viejo sin demasiada convicción. Era lo habitual cuando no tenía un plan concreto, la calle de las Rosas, la plaza del Huevo, los pasajes de los Generales Prim y Mendoza, hasta que desembocaba inevitablemente delante de la mercería Casals. Aquella tienda modernista le tenía cautivado. Algo extraño y mágico le atrapaba en aquel lugar y muy a menudo sentía la necesidad de sentarse en los bancos que había justo enfrente, cerca del río, a contemplarla. Era esa tienda, un claro exponente de la arquitectura modernista de principios del siglo XX. El escaparate de madera, con los vértices redondeados descendía hasta el suelo creando la sensación de estar arraigada en la calle, con múltiples formas entrelazadas que entre los ventanales ascendía suavemente hasta la parte superior, dónde, en un trabajo de talla extraordinario aparecían entre hojas talladas y troncos imaginados, las letras tipo “Art Noveau” que rezaban simplemente, Casals. Los cristales, distribuidos en cuadrados simétricos en la parte más alta eran de colores y conferían al interior de la tienda un aire surrealista y encantado.
Aquella mañana no había demasiado movimiento en la tienda. De hecho, cuando se fijó bien apreció que las luces estaban apagadas. Se preguntó cual podía ser la razón ya que en todos los años que la visitaba, jamás la vio cerrada. Se acercó a la puerta y la empujó justo para comprobar si estaba abierta, sin hacer sonar la campanilla. No pudo abrir. Entonces reparó en el cartel, “Se traspasa”. Le dio un vuelco el corazón y un pequeño mareo le obligó a recostarse en la puerta unos segundos. Quedó apesadumbrado.
Intentó hacerse cargo de la situación y después de recuperar un poco el color, reanudó su paseo atravesando el Puente de Hierro hasta la iglesia románica de San Mateo cuya plaza, esa mañana, parecía un mercado. Dos o tres autocares de turistas habían llegado y todos se disponían a hacerse fotos y más fotos delante de la fachada románica. Eran japoneses. De repente le vino a la cabeza toda la música que había estado escuchando, aquella que le provocaba pesadillas. Se sintió invadido. Le pareció que habían llegado a la ciudad miles de autocares como aquéllos con cantidades enormes de hombrecillos que se iban metiendo por todos los rincones y rendijas de la ciudad y que se fundían con las piedras transformándolo todo en un gran palacio japonés donde sólo se escuchaba aquella música y donde él era, para bien o para mal, el centro de todo. En ese momento un japonés enorme, con una gran katana se abalanzaba sobre él haciendo tambalear a cada paso todo el edificio hasta que al llegar donde estaba él la alzaba y...
Cuando abrió los ojos, sobresaltado, cuatro caras asiáticas con una gran sonrisa le daban aire con unos abanicos de papel, de esos de propaganda. Una de aquellas caras le ofreció una botella de agua. Él bebió, se refrescó y entonces se dio cuenta de que estaba sentado en el suelo. Había tenido un desmayo. Agradeció con un gesto a aquellas personas que le ayudaran pero en cuanto pudo ponerse de pie se marchó apresuradamente dejando atrás esa pesadilla. Atravesó de nuevo el Puente de Hierro y confundido se dirigió hacia las escaleras que llevaban a lo más alto del casco antiguo de la ciudad. Estaba aturdido y esa caminata le hizo bien. Recuperó el aliento y la cordura y contempló la ciudad apoyado en la barandilla del mirador del este, donde podía ver todo el valle del Edro, el río del cual procedía, porqué todos los que habían nacido allí pertenecían a ese río. Desde que los hombres antiguos se establecieron en ese lugar, miles de generaciones adoraron, cuidaron o explotaron el río, muchísima gente vivió de él o tuvo a alguien cercano que de él dependía. Pero era también un imán, una fuerza poderosa que hacía que los hombres y mujeres de ese valle lo veneraran y respetaran. Y que lo hicieran también gente ajena, llegada de todas partes sintiéndose atraída por su grandeza. Ahora él, desde esa atalaya privilegiada, lo contemplaba y recibía su fuerza aposentándole en su lugar.
Después pensó qué le había pasado. ¿Por qué había sufrido aquellos desmayos? A él no le había pasado nunca una cosa así. Quizás aquella música japonesa tenía alguna cosa que ver. Había oído decir en algún lugar que la visión de ciertas imágenes podía causar ataques epilépticos o algo parecido. ¿Por qué no podía ser que aquella música también provocara algún tipo de reacción? Pero la pregunta que más se hacía era: ¿Por qué a mí? Él sólo había querido hacer la recopilación de aquellas cintas para..., no recordaba ni el motivo que lo había llevado a buscar aquel material. Estaba angustiado.
Había bajado inconscientemente a la ciudad. Se dio cuenta de que estaba de nuevo ante la mercería y se sentó en un banco. Estaba abierta y no había ya el cartel de: “Se traspasa”. Pensó que probablemente se lo habían pensado mejor y decidieron volver a abrir. Eso le tranquilizó.
Un grupo de jóvenes pasó ante él, seguramente eran estudiantes ociosos que disfrutaban de su tiempo entre letra y letra. Eran todos occidentales. ¡Qué suerte!, pensó. Realmente ha sido un sueño, una visión debida al desmayo.
Los ojos le quedaron fijados en la tienda. Qué sutileza, qué belleza había en aquellas formas redondeadas y caprichosas limpiamente talladas en la madera. En todos los años que hacía que conocía aquella tienda, aún no había entrado nunca. Acaso ya era hora.
Siempre había visto a través del escaparate al señor José Casals, fundador de la tienda, junto con su hermano Enrique. Desde el fallecimiento de éste hacía ya muchos años, él había sido el propietario y encargado de la tienda. Aunque nunca había entrado allí y no le conocía, al ser esa tienda una institución casi centenaria, toda la ciudad conocía su historia y a su propietario, por otra parte, participante activo en muchos de los actos tradicionales que se celebraban cada año durante las fiestas y candidato, al menos dos veces, a alcalde de la ciudad. De pelo blanco, bajito, despachaba detrás del mostrador, ofreciendo con diligencia y seguridad medias, bragas, hilos y botones, batas, pañuelos y sujetadores, cualquier género que las señoras, -casi siempre eran mujeres-, le pudieran pedir. A menudo había visto también una chica joven ayudándole. Ella le bajaba las cajas más elevadas, subía a la escalera y con una agilidad extraordinaria le acercaba lo que necesitara.
Decidió entrar. Empujó la puerta y esta vez cedió suavemente haciendo sonar la campanilla que advertía al tendero de la entrada de un cliente. Hizo una ojeada por toda la estancia. Qué orden. Los cristales de colores del aparador daban un aire extraño al lugar. Todas las estanterías tenían su mercancía colocada primorosamente. Le pareció que allí, si no se encontraba alguna cosa, era porque no existía. También había un olor especial, de ropa limpia y de… no acababa de adivinarlo, otro olor, fuerte y penetrante se mezclaba con el pulcro aroma de la limpieza. Un olor que sin duda no correspondía a ese lugar, no le pertenecía.
-Hola, buenos días, enseguida le atiendo... Una voz dulce y joven y con un suave acento, muy particular, le sobresaltó. Miró detrás del mostrador, pero no vio a nadie. Repasó con la mirada la tienda y finalmente la vio. Estaba encima de la escalera, guardando cajas en la estantería. Nunca había imaginado qué voz tendría aquella muchacha y la que oyó le gustó. Al cabo de un momento empezó a bajar. Mientras admiraba su cuerpo joven deslizándose por la escalera le vino a la cabeza cuál era aquel olor desconocido. Por detrás del mostrador, aparecía aquel hombre bajito… ¡de ojos sesgados! No era el señor Casals. Se le revolvió el estómago cuando la chica se volvió hacia él con una sonrisa abierta ofreciéndole toda su belleza oriental.
Mientras se mareaba y perdía por segunda vez ese día el conocimiento, dijo en voz alta -... incienso.
No era una invasión. Tampoco eran japoneses, eran chinos.
Sólo un traspaso más. La tienda había sucumbido. Su propietario, aquejado de una enfermedad terminal, estaba en el hospital, esperando su muerte. Soltero y sin hijos no pudo dejar en herencia su feudo y los chinos, siempre pendientes del mejor negocio, lo habían adquirido antes de que perdiera su valor y su clientela.
Una nueva muestra de la atracción que el río de su ciudad ejercía sobre todas las personas, de cualquier lugar y origen. Una muestra más de las oportunidades que ofrecía esa tierra a todos los que tenían fe en si mismos y porqué no, un poco de suerte. Los había sin embargo, que al llegar allí cargados de esperanza, con el alma repleta de sueños y los bolsillos vacíos, se daban de bruces contra el suelo de la hipocresía y el rechazo de los que se creen dueños del río, por haber estado allí desde mucho antes que el propio río, sin saber que los hombres, al fin y al cabo, procedemos todos del mismo manantial que le abastece para convertirse en la cuna de las civilizaciones, sean cualesquiera que sean.
Al cabo de un rato, una mano tendida le rescataba de su desmayo y el señor Yi le ofrecía, amablemente, una taza de té humeante. Recompuso su dignidad, sentado en una silla, en el rincón de la sección de baño de la tienda y mientras tomaba el té pensaba en tirar a la basura, en cuanto llegase a casa, toda esa música que seguramente era la responsable de todos sus males. También pensaba en pedir hora en el ambulatorio. La duda que tenía era a quién: ¿Debía ir al médico de cabecera o directamente al psiquiatra…?