Tuvimos una infancia bastante apremiada económicamente y fueron más las veces que nos mudamos para achicar gastos, que las que salimos de vacaciones para generarlos. Y aquel año nos había tocado.
Habíamos oído a varios amigos contar sobre las bondades de una nueva playa que estaba abriéndose para los patagónicos, con el agua más cálida que en otros lugares del país. Además, también se podían ver allí ballenas, pingüineras y loberías. Nosotros, oriundos de la Cordillera, consideramos que cualquier agua salada estaría bien, más allá de la temperatura que tuviera, y si encima íbamos a ver animales distintos de las ovejas, ciervos y patos que acostumbrábamos observar, esas vacaciones prometían bastante.
Mamá nos avisó dos meses antes que existía la posibilidad de poder irnos unos días ese año. Sabiendo de las finanzas fluctuantes de nuestra familia, no nos hicimos demasiadas ilusiones hasta que dos días antes de la fecha prevista, mamá estacionó nuestro vetusto auto en el patio y entró corriendo a mostrarnos los pasajes que acababa de comprar.
- ¡Nos vamos de vacaciones, chicos! –gritó.
Nosotros nos detuvimos en seco en medio de la cocina, mientras ella agitaba cuatro papelitos sobre nuestras cabezas.
- ¿Y quién se queda? ¿Porqué cuatro?
- Porque a Antonia la llevamos a upa así no nos cobran el pasaje.
El resto de la tarde fue todo para la organización del viaje. El día siguiente estuvimos contemplando el reloj, esperando que pasaran pronto las horas porque ya teníamos todo listo y no podíamos usar nada para no desacomodar. Por fin llegó el momento, llamamos a un taxi para ir hasta la estación de tren. Parecíamos cinco arbolitos de navidad parados en el portoncito, esperando el auto, nos colgaban bolsas, camperas, mochilas y elementos varios de todas las salientes de nuestros cuerpos, incluso del de Antonia, que con su escasa estatura parecía un puf desprolijo lleno de cosas.
Al principio, el taxista se negó a llevarnos, pero mamá lo convenció y en dos minutos ocupamos toda la capacidad del auto sin dejar espacio ni para respirar. Cuando llegamos a la estación nos llevó un buen rato poder armar otra vez lo que cada uno debía cargar. Al ingresar a la sala de espera, nos cambió el ánimo. Estaba atestada de gente en igual o peores condiciones que nosotros. Algunos debían hacer varios viajes para ir trasladando su equipaje y eso era realmente difícil, ya que de cada grupo familiar, siempre a alguien le tocaba quedarse cuidando los bolsos en la última posición que lograban.
Continuamos hacia el andén. Ahí estaba esperándonos un tren enorme que nos llevaría a las vacaciones tan esperadas. Mamá siempre fue muy optimista, pero cuando la vi intentando subir la pesadísima carpa, la sombrilla, el carrito de paseo de Antonia, dos bolsones y dos bolsas de dormir, pensé que francamente no era optimismo, sino estupidez. La fuerza de gravedad no le permitía subir ni un escalón que era tironeada invisiblemente hacia abajo. Por suerte el guarda se apiadó al ver su contextura física luchando en tamaña desigualdad contra los bártulos, y colaboró pasándonos por la ventanilla los bultos más pesados.
Cuando ingresamos al interior del vagón nos costó sobreponernos de la impresión. Estaba atestado de gente, había veraneantes como nosotros, tratando de hacer entrar monumentales bolsos en el pequeño portaequipaje con que contaba cada asiento. Los que habían subido antes, habían tomado varios compartimentos y los recién llegados no tenían donde apoyar sus cosas, de manera que no tardaron en prosperar discusiones de tono airado.
También había mucha gente que, a juzgar por el aspecto, eran paisanos de los caseríos por donde iba pasando el ferrocarril a lo largo de toda la gran estepa patagónica, hasta llegar al mar. Ellos subían con mínimo equipaje de mano, a veces sólo una bolsa plástica del supermercado con alguna ropita en su interior, otros llevaban una valija de aquellas antiguas como de cartón, que me hacían acordar a las que habían traído mis bisabuelos inmigrantes. Pero de lo que no se privaban de llevar era de una cantidad considerable de animales domésticos. Había gallinas, cerdos y conejos en jaulas enclenques acomodadas debajo de los asientos y en los pasillos. Es fácil imaginar el vaho penetrante que reinaba en el interior del vagón ¡y todavía no había empezado el viaje!.
Mamá, puso buena cara al mal tiempo, y con entusiasmo exagerado giró el respaldo de uno de los asientos dobles, de manera que quedáramos enfrentados y, en todo caso, aislada la familia del caos reinante en el resto del vagón. Como nuestro abundante equipaje no entró en los portaequipajes del techo del vagón, debimos poner muchas cosas bajo los asientos y en el pequeño espacio donde se apoyan los pies. Entonces nos sentamos todos con las piernas levantadas. Al principio parecía cómodo, pero luego de un rato terminamos acalambrados.
Por fin, se oyó la campana que indicaba que el tren estaba por partir y el guarda hizo sonar su silbato. Todo el mundo comenzó a saludarse por las ventanillas. Los únicos que permanecieron impasibles eran los paisanos, porque nadie los había ido a despedir o porque eran muy tímidos. Nosotros saltábamos con las colas apoyadas en los asientos. Siempre fuimos especiales para demostrar entusiasmo.
Y comenzó a rodar. Era un tren viejo y mal mantenido, pero para la gente del sur es un transporte vital que va cruzando desde la cordillera, atravesando el gran desierto helado hasta la costa, permitiendo a los pequeños productores de ganado ovino, moverse hacia los centros poblados a bajo costo. Comenzó a tomar velocidad y entonces los hermosos paisajes patagónicos fueron pasando como una película por las ventanillas. Recuerdo un enorme puente de hierro rojo, cuando íbamos sobre él me asomé y, no sé si es exagerado lo que quedó grabado en mi memoria. Al fondo corría un río serpenteante, me pareció que estábamos a más de cien metros del fondo, me dio vértigo y metí la cabeza por la ventanilla.
Mientras cruzábamos la estepa, todos los niños salían a saludarnos, la mayoría tenía los rasgos inequívocos de las razas indígenas que poblaban nuestra tierra antes de la llegada del hombre blanco. A medida que el tren fue avanzando, cuanto más nos acercábamos al mar, los niños que nos saludaban eran pelirrojos y pecosos, rasgos también certeros de ser hijos de los inmigrantes galeses que habían entrado al país hacía más de un siglo por el Océano Atlántico. Las ovejas estuvieron presentes todo el tiempo, como motas blancuzcas en el desolado paisaje.
A medida que iba avanzando la tarde y ya comenzaba a oscurecer, el ambiente en el interior del vagón se ponía más denso. Era imposible acceder a los baños porque hasta allí había gente durmiendo. Para colmo, el tren levantaba enormes nubes de polvo a su paso. Nuestros vagones, por ser de la categoría más baja, no tenían aire acondicionado y las ventanillas no estaban selladas, de manera tal que pronto el aire se hizo irrespirable.
Cuando lo recuerdo a la distancia, ese viaje es uno de los mejores recuerdos de mi infancia. Ninguna de las incomodidades que relato hacía mella en nuestro espíritu. Tampoco sentíamos que estábamos a bordo de un transporte tan decadente, rodeados de tanta miseria. Mamá nos había subido a un tren mágico.
Un mazo de naipes nos entretuvo un buen rato. Después comenzamos a pelear con mis hermanas por los lugares, éramos cinco viajando en cuatro asientos. Mi hermanita menor se durmió enseguida desparramándose a lo largo de uno de los asientos. Estábamos bastante apretados y mamá se fue por largo rato al vagón comedor para dejar su espacio libre. En un momento me asomé y la vi sentada, con una taza de café humeante y ensimismada contemplando el paisaje. Estuvo así un par de horas, disfrutando del placer austero como si fuera un lujo importante. Cuando volvió al vagón trajo consigo una gaseosa que había comprado y sacó unos deliciosos sandwiches de la viandera. Aún hoy me crujen los dientes cuando los recuerdo, estaban tan llenos de la tierra del desierto que al morderlos se sentían los granos de arena en la boca. Pero fue una opípara cena.
Cerca de la medianoche apagaron las luces del vagón y quedamos sumergidos en una extraña dimensión, con sonidos desconocidos, algunos humanos, otros de los animales. Había gente que roncaba de manera graciosa, era un verdadero concierto. Mamá cargó a Antonia sobre su falda y se sentó a mi lado. Al frente se acomodaron para dormir Belén y Guada. Fue una noche extraña, de posiciones incómodas y cuellos torcidos, ninguno durmió profundamente, tratando de vigilar nuestras cosas para que nadie se las llevara. El sonido monótono del tren corriendo a toda velocidad por la estepa nos asustaba, por momentos parecía que iba a descarrilar. Mamá nos tranquilizaba, y tratábamos de dormir otra vez.
Por fin llegamos al destino final del tren. Terminaba su recorrido en un pueblo distante veinte kilómetros de la playa a la que nos dirigíamos. Bajamos y el olor del mar nos golpeó en la nariz. Recién estaba amaneciendo y los colores en el horizonte se nos mostraban a pleno. Como pudimos, caminamos dos cuadras hasta la parada de un colectivo en el que haríamos el trayecto que faltaba, subimos las cosas por las ventanillas, otras por la puerta. ¡Ya estábamos llegando!
Nos bajamos en cualquier lugar, apenas vimos las primeras construcciones y el mar al fondo, y alquilamos una parcela en un camping para instalar nuestra carpa. Creo que mamá estaba tan agotada que no se permitió elegir otro lugar. La carpa que llevábamos era muy vieja y destartalada, tenía parantes de hierro que pesaban una tonelada, fue una proeza haberla llevado hasta allí. El piso estaba tan duro que no podíamos clavar las estacas. Afortunadamente, el cuidador del camping nos observaba y nos ofreció un martillo con el que pudimos colocarlas. Cuando dejamos nuestros petates acomodados, nos pusimos los trajes de baño y cargamos el carrito de paseo de Antonia con todo lo que necesitábamos.
Aún conservamos en el álbum familiar una foto de ese día, teníamos tanta tierra del viaje depositada en la cara y el pelo, que nos vemos enteramente grises y asoman los dientes exageradamente blancos. El carrito con las cosas se ve como un monumento al frente de todos nosotros, en él llevábamos el almuerzo, una muda de ropa, los juguetes inflables, la sombrilla, las esterillas y lonetas, los toallones, las paletas, la cámara de fotos, las cremas y bronceadores. Pero lo mejor son nuestras expresiones. Yo tenía entonces once años, era excesivamente flaco y enclenque, el pelo con un gran flequillo y los pantalones de baño enormes; mis hermanas de trece y dieciséis años con remeras y shorts sobre sus mallas; Antonia redonda, dentro de un traje de baño entero y un sombrerito azul con volados; y mamá con una remera larga y piernas flacas. Las caras de los cinco hacen de esa foto una de mis preferidas.
Cuando llegamos, la playa estaba desierta. Corrimos desaforadamente más de un kilómetro, hasta tocar el agua helada, nos bañamos, saltamos y gritamos en el agua:
- ¡Qué bueno está esto! Mirá como nado.
- Te estoy mirando, Manolo, dale zambullite –me alentaba mamá, mientras sostenía a Antonia.
- Juguemos a saltar las olas – propuso Belén.
Entonces nos tomábamos de las manos y cuando la ola iba a cubrirnos a punto de romper, saltábamos y quedábamos un instante suspendidos. Estuvimos en la playa hasta la tarde, tuvimos que volver porque, desconocedores de los movimientos de la marea, a media tarde se fue achicando rápidamente la playa y sin darnos cuenta el agua cubrió nuestras cosas. Ese primer día aprendimos para siempre que cuando sube la marea no da tiempo a nada, por suerte recuperamos todo y volvimos a la carpa con un viento de frente tan fuerte que nos dificultaba avanzar. La arena que volaba nos molestaba en los ojos y estábamos todos llorosos.
Pero lo mejor nos esperaba en el camping: el viento había arrasado unas cuantas carpas, incluída la nuestra. Donde habíamos dejado la lona naranja erguida, sólo se veía un revuelto de ropa y caños en el piso. Algunos vecinos de parcela vinieron a ayudarnos y pudimos levantarla de nuevo. Mamá, sonrojada, tuvo que devolverle unos calzoncillos enormes a un señor gordo que estaba en una casa rodante cercana a nosotros. El viento los había depositado entre nuestras cosas.
A la noche estábamos ardiendo, la exposición de todo el día al sol nos había dejado la piel roja y el roce nos provocaba dolor, casi no pudimos dormir. El viento sopló toda la noche brutalmente. A la mañana siguiente mamá nos despertó con leche chocolatada y churros rellenos con dulce de leche. Afuera el viento seguía intenso.
- Miren chicos. Hice la cuenta de la plata que tenemos. Si gastamos treinta pesos por día para comer, podríamos alquilarnos un auto barato y recorremos las pingüineras y vamos a ver las ballenas, ya que no es un día de playa. ¿Qué les parece? –mamá nos hizo la pregunta de sopetón, pero no tuvimos que pensar mucho:
- ¡Dale!
- ¡Buenísimo!
- ¡Sí!
Contestamos casi al unísono los más grandes. Y Antonia:
- Quiero más dulce de leche para las ballenas.
Cuando salimos a alquilar el auto, pudimos corroborar lo lejos del centro que nos habíamos instalado. Fueron cerca de quince cuadras de lucha con el viento que nos metía arena en los ojos. Por supuesto, íbamos acompañados por nuestro carrito cargado. Alquilamos un auto destartalado de un modelo tan antiguo, que ya entonces no se fabricaba más. Pero nosotros adoramos ese auto que nos permitió guarecernos del viento. Recorrimos la pequeña población y luego salimos a la ruta en busca de las ballenas. El paisaje era extraño, con vegetación rala. Las maras, especie de liebres autóctonas, corrían y saltaban a lo largo del camino. Tuvimos que andar cerca de cien kilómetros para llegar al lugar desde donde se podían ver las ballenas. Una vez allí mamá consiguió un buen precio para embarcarnos y poder navegar cerca de los cetáceos. Obviamente, con el viento que había, hoy no tomaría esa decisión, pero allí fuimos, todos pegados para que no nos arrojara una ráfaga.
La embarcación se movió mucho al principio, pero cuando nos adentramos un poco en el mar se calmó. A poco de estar navegando el capitán nos indicó una mancha oscura a la distancia, nos fuimos acercando; era una ballena y pudimos tocar el lomo áspero del animal, enorme, imponente. Más allá, otra nos hacía una exhibición de destreza zambulléndose y dejando su cola erguida un momento sobre la superficie. Se acercó una con su cría, nadaban pegaditas, la madre esmerada en alejarla y la cría, curiosa, acercándose cada vez más a la embarcación. Dos o tres lanzaron el típico chorro de agua del lomo. Sacamos pilas de fotos, todas iguales y hoy, cada vez que las vemos nos reímos por tanto desperdicio de rollos fotográficos.
Cuando regresamos a la playa, comimos algo adentro del auto, porque el viento no amenguaba, y salimos otra vez a la ruta, en busca de las pingüineras y loberías. Nos costó encontrar el lugar porque estaba apenas señalizado con unos improvisados carteles al costado de la ruta. Estacionamos el auto y tuvimos que caminar un trecho entre la vegetación baja y espinosa hasta llegar a una pasarela desde la que se veía una gran extensión de playa casi íntegramente cubierta por lobos marinos.
Esas formas ondulantes sobre la arena, moviéndose cadenciosamente, es una de las imágenes más plásticas que he visto. Las adorables crías, jugando como cachorritos, importunaban a los machos adultos que las alejaban con poca paciencia y, prestas, las hembras corrían a arrear a los malcriados. Desde la distancia a la que nos encontrábamos las pieles se veían suaves y lustrosas, o al menos así quedaron en mi memoria; daban ganas de saltar la baranda e ir a revolcarse entre esos cuerpos cilíndricos que se veían tan tersos y agradables. Dos machos tuvieron un encontronazo brutal, se atacaron sin aparente motivo para nosotros y con un bramido colosal, se embistieron ferozmente. Con el golpe, sus cuerpos quedaron vibrando de la misma manera que un flan al agitar la budinera que lo contiene, como si tuvieran la misma consistencia que el movedizo postre.
Luego de ese espectáculo extraordinario tuvimos que andar algunos kilómetros por la ruta hasta llegar a las pingüineras. Allí el contacto con los animales era cuerpo a cuerpo. Había que buscarlos entre las matas de vegetación, algunos nos picotearon y uno, hasta trató de sacarnos la cámara de fotos. Para nuestros espíritus infantiles esa tarde mantuvo el sabor delicioso de la aventura.
Tuvimos que volver muy rápido para devolver el vehículo alquilado sin recargo en el precio. Mamá nos subió casi a los empujones cuando se dio cuenta de la hora y fuimos merendando por el camino para no detenernos. Cuando faltaban pocos kilómetros para llegar, comenzamos a ver unas enormes manchas oscuras delante de la ruta que se movían con rapidez, como dando pequeños saltitos. Al acercarnos mamá comenzó a gritar como si hubiera enloquecido y aumentó la velocidad:
- ¡Aaaaaaaaaaah!. ¡Suban los pies al asiento! – gritaba desaforada. Por el espejo retrovisor le vimos una expresión de pánico que nos hizo gritar también:
- ¡Aaaaah!
- ¡Aaaaah! Pero, ¿Qué pasa, mamá? –me animé a preguntar mientras seguíamos gritando con las piernas para arriba.
- ¿No ven? ¡Son arañas gigantes!
- ¿Siiiiiii? ¿estás segura? ¡Aaaaah!
El desborde era incontenible. Mamá aceleraba más y más pero no mantenía la vista adelante, se daba vuelta con su cara de terror que nos aterrorizaba más a nosotros, y el auto iba zigzagueando por la ruta. Nosotros, también presas del pánico tratábamos de treparnos uno sobre otro. El auto, que como ya dije, era muy viejo, tenía algunos agujeros en el chasis y nos imaginábamos que alguna de esas asquerosas arañas podía meterse por allí y subir por nuestras piernas.
- Suban las ventanillas –gritó otra vez mamá.
- ¡Aaaaah! –junto con el grito fueron cuatro brazos que al unísono giraron las manivelas a tal velocidad que casi las arrancamos.
Luego de un rato más de locura, los arácnidos desaparecieron de la carretera y fuimos recuperando el aliento.
- ¿Qué era eso? ¿Están todos bien? –dijo mamá haciendo esfuerzos para recuperar el semblante habitual.
- Mamá, a la velocidad que íbamos ninguna se iba a poder subir ¿porqué nos hiciste subir las piernas? –preguntó Belén.
- ¡Qué sé yo! Por las dudas. –contestó mamá avergonzándose de su falta de lógica.
Cuando entregamos el auto, el señor de la agencia nos explicó que son habituales esas especies de arañas en la ruta en los días de calor, pero que son totalmente inofensivas. Nosotros juramos no volver a pasar por allí nunca más, como decía mamá, “por las dudas”...
Como ya estaba anocheciendo, decidimos comer unas porciones de pizza en el centro, antes de volver al campamento. Con la adrenalina que habíamos generado se nos había ido el cansancio y estábamos todos con energía para largo rato. Belén y yo, a escondidas de mamá, amenazamos a Antonia con las arañas si no caminaba rápido, de manera tal que fue un encanto con la velocidad que iba de aquí para allá sin detenerse, y nunca pidió durante esa noche que alguien la llevara en brazos.
En la plaza central había espectáculos para los veraneantes, una feria de artesanías y vendedores ambulantes de gaseosas y helados. Nosotros habíamos reducido bastante nuestro presupuesto diario con el alquiler del auto, pero igual pudimos comprar unos collares de caracoles para las chicas y un llavero con forma de cola de ballena para mí. Nos quedamos paseando hasta la madrugada y esa noche, cuando llegamos a la carpa, nos arrojamos sobre las bolsas de dormir totalmente extenuados.
Pasamos unos cuantos días más allí, el tiempo mejoró y pudimos disfrutar de la playa a pleno. Dedicábamos horas a buscar conchas marinas que íbamos añadiendo a nuestro equipaje, habíamos tomado una tonalidad dorada en la piel y a la noche, cuando nos cambiábamos para ir a la plaza del centro, nos veíamos lustrosos.
La última noche cuando regresábamos de cenar, una tormenta de lluvia y viento comenzó a desatarse. Nos metimos en la carpa a jugar a las cartas y luego nos dispusimos a dormir. Al rato nos despertamos empapados, con la carpa caída sobre nosotros, no podíamos encontrar la abertura para salir. Cuando nos libramos de la tela que nos atrapaba y pudimos salir, era todo una gran inundación, varias carpas habían sucumbido ante los embates del viento, como la nuestra. Absolutamente todo chorreaba agua y estábamos tiritando porque la temperatura había bajado varios grados. Antonia lloraba desconsolada porque había perdido sus caracoles. Mamá entonces tomó una decisión drástica: nos ordenó doblar la carpa, la cargó bajo el brazo y con paso decidido se dirigió al señor de la entrada. Cuando salió venía sin la carpa y una gran sonrisa.
- Ya está, armen los bolsos, junten todo que esta noche vamos a un hotel.
- ¿Un hotel? –preguntó Guada
- Sí. Acabo de vender la carpa. Ya nos sirvió bastante y la última noche la vamos a pasar muy cómodos. –y diciendo esto sacó los billetes de su bolsillo.
Nos alojamos en un lugar precioso, calefaccionado y frente al mar, dormimos en cómodas camas con sábanas limpias y nos dimos los baños de inmersión más deliciosos que puedan imaginarse. Los cuartos de paredes blancas, estaban decorados con enormes cuadros de flores de colores. A la tarde del día siguiente hicimos todo el periplo del regreso, con los bártulos a cuestas, el polvo y los olores del tren.
Como dije al principio, fueron pocas las vacaciones que pudimos tomar durante nuestra infancia, pero cada una nos devolvió a casa felices. Los detalles exquisitos y el buen humor en medio de las peripecias, hicieron que no hayan podido borrarse ni un poquito con el paso de los años, y aún hoy, que todos hemos crecido, las seguimos añorando.
El lienzo
Isabel siempre había sido una mujer estándar, casi aburrida. Con ese aspecto que no disimulaba los treinta y tanto largos que había vivido sin sobresaltos pero sostenidamente mediocres, portando el mote de solterona, y oliendo a naftalina su estilo clásico sin estilo. Desde hacía años, diecisiete exactamente, trabajaba en las oficinas de una fábrica textil. Su escritorio siempre había estado en el mismo lugar, y su categoría dentro de la empresa no había variado. Ella no pidió nunca un ascenso y estaba agradecida de contar con un empleo aunque el sueldo no le alcanzara más que para pagar el alquiler de un pequeño departamento y los gastos austeros de su manutención. “Cuando se está sola en el mundo y no se es agraciada no hay que ir por la vida con mucha audacia, más vale el perfil bajo para asegurar la supervivencia”, así pensaba Isabel, conforme con su vida y resignada al aburrimiento.
Aquel domingo, como todos, se levantó temprano para cumplir con la rutina de los días feriados: darse un tibio baño de inmersión, vestirse con sus mejores prendas y salir a buscar los pancitos calientes de la panadería de la otra cuadra. Tras cepillar la larga cabellera enérgicamente, ésta adquirió un volumen considerable que le daba un aspecto desaliñado emparentado con la locura. No podía verse completa, de cuerpo entero. El pequeño espejo del baño le mostraba parciales de su todo a medida que iba cambiando de posición, así que nunca evaluó cuánto la hubiera favorecido un corte más moderno y un peinado más delicado, o subir el dobladillo de su falda unos centímetros, o procurar una postura más erguida. Conforme por lo tanto, también con el resultado logrado en su aspecto, bajó los dos pisos por la escalera y salió a la calle.
Un tibio sol de otoño se insinuaba entre algunas nubes. Era una mañana placentera para dar un paseo. Isabel cruzó la calle y caminó mirando distraídamente las vidrieras de los comercios. Había una peluquería, un local de cyber, una regalería con vistosos objetos expuestos destinados a un amplio espectro de consumidores: sonajeros para bebés, sombreritos para nenes, juguetes, petacas con licores, pequeños estuches con maquillaje, pulseras y collares de cuentas plásticas. Más allá estaba el local de compostura de calzado adonde tantas veces había llevado a poner media suela y taco a aquellos zapatos que la acompañaban con la moda de hacía varias temporadas. En todas las vidrieras habían pegado un afiche con la cara de un hermoso niño negro que había desaparecido de su casa la última semana. Por último estaba la panadería desde la cual salía el agradable aroma del pan recién horneado que inundaba la cuadra.
Entró y pidió: -Lo de siempre.
El empleado preparó 3 pancitos de Viena en una bolsa de papel y envolvió en una servilleta una berlinesa. Luego le extendió el pedido por sobre el mostrador con una sonrisa. Ella le pagó con el dinero justo y giró rumbo a la salida.
Fue entonces cuando lo vio. Acababa de entrar, no era muy alto pero a ella le pareció que había tapado la luz que entraba por la puerta. Enseguida se sintió obligada a mirar sus ojos, increíblemente verdes, alargados, profundos, enmarcados con una línea oscura que Isabel dudó que fuera natural. No pudo dejar de mirarlos. Quedó quieta mientras él se le acercaba con una sonrisa sugerente en la expresión, pasos largos y acompasados, como ese caminar exagerado de los actores interpretando obras de príncipes en cancanes y juglares con bombachudos.
Mientras extendía una mano hacia ella ofreciéndole un papel impregnado de intensos colores, le dijo: - Preciosa dama, me he tomado el atrevimiento de observarla desde hace varios días y deseo invitarla a mi atelier para enseñarle mi técnica de pintura. La he elegido al descubrir su sensibilidad hacia la plástica, su creatividad oculta y que tan bien disimula.
Vaya si se sintió sorprendida Isabel, sobre todo con esto que le dijo de su sensibilidad hacia la plástica, justamente a ella que no distinguía un Picasso de un Velásquez, ni tenía el menor interés en aprender la diferencia. Su anticuada vestimenta lucía una combinación reñida con cualquier estética conocida. Su capacidad con el lápiz no le había permitido aún lograr un monigote proporcionado. En fin, se sorprendió y mucho. Pero, siempre dudando de su instinto y sus habilidades, pensó que si un señor con ese aspecto tan excéntrico le había descubierto esas dotes, seguro que en su interior estaban. Habían permanecido tan ocultas a la espera de que alguien las descubriese, que tampoco ella las conocía y éste era el momento de manifestarlas. Su vida daría un cambio y saldría de ese gris destino de resignada con el que había cargado hasta entrar a la panadería.
El hombre no la dejó pensar más, con una reverencia excesiva y una voz de tono envolvente le dijo: – La espero mañana a las dos de la tarde. Esta es mi dirección.
Le señaló el papel colorido y a Isabel por un momento le pareció que el arco iris pintado estaba animado. Su fascinación no le permitió más que asentir con la cabeza y atravesó la puerta como en un estado de trance.
Hizo el camino de regreso mirando fijamente más allá de nada, no se detuvo ni al cruzar la calle, sólo caminó como poseída hasta su casa y allí se arrojó en la cama y lloró de felicidad. Una sensación de ansiedad y plenitud la invadió el resto del día. Al anochecer aún permanecía tirada en la cama envuelta en su tapado y apretando los paquetitos de la panadería.
Como si de pronto hubiera recuperado la noción del tiempo, se incorporó, se sacó el abrigo y preparó un café para acompañar los pancitos que ya no tenían la misma deliciosa consistencia de la mañana, pero ni lo notó.
A la mañana siguiente llegó más temprano que nunca al trabajo y entró directo a hablar con el jefe de personal. Con actitud temerosa le explicó que ese día debería retirarse antes pero que lo compensaría durante los próximos días.
El jerárquico, con mirada compasiva le dijo: - Está bien Isabel, Usted no ha faltado ni llegado tarde nunca en tantos años. Puede tomarse la tarde libre. Seguramente algo muy importante debe ser para que pida salir del trabajo, pero no se preocupe, no me dé explicaciones. Está autorizada.
Isabel sonrió y agradeció, y pensó que habían valido la pena diecisiete años de responsabilidad. El resto de la mañana archivó papeles, clasificó órdenes de pedidos por kilómetros y kilómetros de telas, envió correspondencia a proveedores y clientes, selló facturas y dejó su escritorio ordenado, todo con una expresión ajena a sí misma.
Salió de la fábrica y vio un mundo desconocido a esa hora, nunca había visto esa calle en ese horario durante los últimos diecisiete años. Había un movimiento constante, gente, autos, ruido. Pero no quiso distraerse con nada. El atelier del pintor quedaba a unas pocas cuadras y caminó decididamente hasta llegar a la dirección escrita en el papel colorido. Otra vez, al leerla para constatar que estaba en el lugar correcto, creyó ver una extraña agitación en el arco iris pintado, pero lo atribuyó a la emoción que sentía.
Era una casa común, sin ningún detalle que hiciera pensar que allí tenía su taller un artista tan particular. La sorprendió un poco el descuido en la pintura exterior de las paredes, que en algunos sectores estaba descascarada. Todas las ventanas del frente estaban cerradas con gruesos postigos de madera. Temió haberse confundido, pero no, esa era la calle y el número. Se acercó a la puerta y buscó un timbre o un llamador, pensaba golpear con el nudillo cerrado cuando la puerta se abrió y la recibió la sonrisa enigmática del artista, con la melena más despeinada que cuando lo conoció y la mirada más profunda aún, si eso fuera posible. Toda su expresión era arrebolada, pasional. La invitó a pasar con un gesto e Isabel no se permitió dudar. Entró y el pintor cerró la puerta.
Allí ingresó a otra dimensión, una dimensión mágica, extraña, sobrenatural. Era un gran ambiente con mucha luz natural, al contrario de la imagen que se había figurado antes de entrar con los postigos cerrados en el frente. No había muebles, sólo un gran lienzo que recorría toda la habitación, daba vueltas, se introducía en recovecos y volvía a extenderse. Esta tela estaba enteramente pintada. Pero no era una pintura cualquiera, estaban plasmados en ella todo el mundo, todas las sensaciones, todo el dolor y el amor, todos los paisajes y todos los seres. Isabel no podía explicar esto, ni tampoco le interesó hacerlo, no podía dejar de mirar la tela que la atraía, sentía que la llamaba, que la invitaba a acercarse, a integrarse.
Perdió noción del tiempo y del espacio, sólo miraba la pintura que se movía, que latía. Vio intensidades inimaginables, profundidades vertiginosas, apoyó su mano sobre un tronco cubierto de musgo dibujado en un gran valle y pudo sentir su pulso.
Retiró rápidamente la mano pero a pesar de lo irreal de la imagen, de su corazón latiendo descontroladamente con una ración de adrenalina que podría haber paralizado a una topadora, a pesar de entrar en pánico la porción de su cerebro que aún se resistía a lo ilógico, no pudo moverse ni desviar la vista. La sombra del pintor se movía a su alrededor. De pronto la tela se desplazó y dejó frente a ella un gran espacio sin pintar.
Como desvanecido por un instante el encanto, observó a su alrededor y vio al niño negro que los afiches de su cuadra mostraban como desaparecido. Él también estaba parado frente a la fantástica pintura como embelesado. El artista, con pinceles en la mano, se movía a su alrededor y tocaba el lienzo. Estaba dando detalles al pelaje de una pantera negra que aparecía pintada en pleno salto. Era maravillosa la intensidad del brillo oscuro que emanaba de la pintura y el temblor del animal plasmado en la tela. Sin poder moverse vio asombrada cómo el pintor cargaba su pincel en los tintes oscuros de la piel del niño y continuaba su trabajo. La incomprensión de lo que acababa de ver, el espanto unido al embelesamiento que generaba la escena la mantuvo inmovilizada. El niño se mostraba sereno, como entregándose a la obra, no parecía que el pintor lo hubiera obligado a dejarse usar como tinte. Giró su cabecita en dirección a Isabel y le ofreció su mano. Isabel extendió el brazo y rozó sus dedos cálidos.
En ese momento supo que ya no podría volver atrás, también ella irremediablemente necesitaba entregarse a la pintura que se agitaba con más intensidad que nunca. El hombre rondaba alrededor de los dos, con los ojos encendidos, la boca entreabierta y las manos manchadas de pintura. Tomó un pincel y lo impregnó en la cabellera vaporosa de Isabel. Lo apoyó en la tela y el rabioso rojo del pelo se transformó en la lava ardiente de un volcán bramante en medio de un paisaje desolado. La tela volvió a desplazarse y con el mismo pincel aún embebido de vívido rojo dibujó unas hojas cayendo de un árbol en una vista otoñal. Isabel no podía ni quería moverse. Sabía que había encontrado su destino, que había despegado de su acostumbrada monotonía para ser la protagonista imprescindible de esa obra de arte que requería de la vitalidad de gente especial como ella para ser creada, gente dispuesta a entregarse a ese vacío de tiempo en el que se encontraba suspendida.
En una de las paredes laterales había un gran espejo. Allí pudo verse por fin de cuerpo entero. Instintivamente al verse irguió su postura, apretó el vientre y sintió cómo se estiraba su columna. Experimentó la belleza, no el conformismo. Vio al artista que lentamente fue sacándole la ropa hasta dejarla desnuda y luego, delicadamente, continuó humedeciendo sus pinceles en sus particulares colores. Pintó el cielo más límpido que pudiera imaginarse con el celeste acuarelado de sus ojos. Mezcló el rojo de su pelo con un matiz especial extraído de sus uñas con los que logró un campo sembrado de espigas doradas, que se agitaban violentamente impregnando la habitación del aroma característico de los sembradíos. Con la tonalidad oscura de sus pezones delineó unos animales marinos que vibraban en el fondo de un mar revuelto. Con el rosa pálido de sus labios diseñó un jardín de perfectos ejemplares de pequeñas florcitas que inundaron el aire de un aroma intenso, desconocido. Y así continuó y continuó, la tela se desplazaba y el artista rápidamente la iba dotando de vida con sus hábiles pinceladas. Por momentos, la exaltación que reinaba en el ambiente, el frenesí que había tomado a esos seres, llegaban a un clímax casi doloroso. La mujer y el niño ofreciendo sus pigmentos, el pintor mezclándolos hasta lograr imágenes transparentes u opacas oquedades. La búsqueda de la perfección y el dolor de lo infinito se adueñaron de los tres mientras creaban a la vez que observaban por primera vez lo que el lienzo les mostraba: el mundo, el universo, la creación, el infierno, la soledad, la felicidad, todo expresado de manera descarnada e íntegra.
Pasó una semana hasta que el jefe de personal decidió pasar por la casa de Isabel. Estaba perplejo por la falta de comunicación de la empleada. Se acercó a su casa buscando una explicación, tenía la esperanza de encontrarla muy enferma, afiebrada y delirante, en un estado de gravedad que justificara su actitud. Se resistía a pensar que la corrección y responsabilidad demostrada durante tantos años se hubiera perdido en unos pocos días.
Tuvo que pedirle a la dueña del departamento que le abriera la puerta, luego de golpear durante largo rato sin recibir respuesta. Entró y encontró todo en perfecto orden, sólo dos plantas muertas, con la tierra reseca, denotaron la falta de su dueña durante muchos días. Comenzaron las averiguaciones: nadie la había visto desde el último día que salió para su trabajo, aquel mismo lunes que le pidió permiso para salir temprano. La policía encontró casi todo su sueldo en la mesa de luz, junto a sus documentos. Eso era señal de que no había salido de viaje. Al menos no por su propia decisión.
Al cabo de otra semana dejaron de buscarla y prepararon un afiche que pegaron en los negocios de la cuadra con una gran foto de Isabel y la palabra DESAPARECIDA debajo, justo al lado del afiche del niño negro que ya empezaba a ponerse amarillento de tanto que le había dado el sol.
Mientras la señora de la peluquería pegaba el papel en el vidrio, observó extrañada que su nieta, la adolescente de preciosa cabellera rubia, que todos los días pasaba a saludarla, caminaba frente a la vidriera sin voltearse siquiera a mirarla. Llevaba en la mano un colorido papel y hubiera jurado que se movía independientemente de la brisa matinal.