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Lamberti, Luciano (Álvaro)

Una visita al Señor

           Mi abuela enfermó de los huesos y fuimos a ver a un sanador. Le decían el Nene, nunca supe porqué, y vivía en San Juan, en medio de un valle rodeado de montañas y a cincuenta kilómetros de cualquier asentamiento civilizado. En esa época no era conocido, o lo era a un nivel subterráneo (no había salido en el diario ni en la televisión) pero la gente iba a verlo desde diversos puntos del país, porque su fama pasaba de boca en boca. Le llevaban flores y velas y aunque el Nene siempre lo rechazó, rezaban por él, a través suyo. Pedían su intercesión, su contacto directo con Jesucristo o La Virgen. Yo oí hablar de él y creí, aunque nunca creo. Oí que había levantado a paralíticos y que había resucitado al perro muerto de un vecino porque los hijos estaban desconsolados y que había materializado de la nada un puñado de arena a una mujer de Buenos Aires (la mujer todavía conservaba la arena en un frasco). Supongo que creer era inevitable. Al oír hablar del Nene se abría una puerta, una diminuta y oxidada puerta, e ingresaba la luz. No soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme.            La empresa se llamaba Los Crespines. Organizaban excursiones educativas, familiares o para la tercera edad. Los viajes especiales para ir a ver al Nene salían cada dos meses. No eran baratos, pero tampoco representaban un gasto desmesurado, y el Nene no cobraba a sus fieles más que un alimento no perecedero, una bolsa de arroz, de fideos, de polenta, una lata de arvejas, que luego eran donados a los pobres. Salimos a las diez de la noche. Hacía mucho frío y el colectivo estaba estacionado frente a la terminal. No en la terminal, sino al frente. Habríamos sido unas treinta o treinta y cinco personas. Algunos se habían llevado un banquito de lona y se habían sentado para esperar el colectivo. Otros tomaban mate o café en la tapa de un termo. Mi mamá me dio muchísimas recomendaciones antes de que subamos al colectivo, y las olvidé a todas excepto a una muy extraña: No dejes que tu abuela se baje antes de llegar. ¿Qué quería decir con eso? Todavía no lo sé. Estábamos afuera del auto mirando en direcciones distintas. Después el chofer subió a la cabina y abrió la puerta. Ayudé a mi abuela a subir la escalera y ella gimió audiblemente mientras yo la sostenía del brazo, pero cuando nos ubicamos en nuestros asientos sonreía con calma y aprovechó la oportunidad para volver a contarme por qué le dolían los huesos. Sus teorías. Cuando era joven, doce o trece años, mi abuela se despertaba a las cuatro de la mañana para ordeñar. Ordeñaba sentada en un banquito de madera, bajo un techo de chapa sin paredes. Hacía mucho frío, las manos se le congelaban y tenía que meterlas en la leche tibia hasta las muñecas para recuperar el movimiento. Al primer rayo de sol caía el rocío. Podía vérselo brillar en el pasto verde. Sobre ella y sus hermanos, sobre las vacas y el campo, sobre el campo argentino y sobre los teros y sobre las vizcachas y los gauchos, caía el rocío. El rocío entra en los huesos, por más que uno se abrigue o tome precauciones, atraviesa el abrigo, capa tras capa, y luego atraviesa la piel y los músculos y enfría el líquido que hay en el interior de los huesos. Como una inyección helada. Un frío imposible de sacar que fue royéndola todos estos años. Mientras lo recordaba, mi abuela se estremeció. El rocío le había desgastado las articulaciones, las rodillas se le hinchaban y le dolían y la habían tenido que operar varias veces en el Hospital San Justo. La operó el doctor Aguirre. Muy buen doctor. Le habían abierto las rodillas y le habían puesto prótesis metálicas en las rótulas. Había estado un par meses con las piernas levantadas, sujetas a poleas y en las semanas posteriores tuvo que aprender a caminar de nuevo como un chico. Todo por el rocío.                       Habíamos pasado el primer peaje y ya había cabezas alrededor de nuestro asiento interesadas en oír y opinar y también contar, ellos mismos, sus relatos de redención. Un hombre pelado con camisa a cuadros dijo que iba porque a su hija, que dormía unos asientos más atrás, le habían diagnosticado leucemia el verano anterior. Una mujer que comía compulsivamente caramelos mentolados nos contó que se estaba quedando ciega. Otro, que el negocio (una ferretería) andaba mal y estaba a punto de quebrar. Incluso cuando el chofer apagó las luces, y el colectivo se hundió en la oscuridad, la oscuridad pura sin estrellas del exterior, las voces continuaron y continuaron, lejanas y veloces como las voces de un sueño o las conversaciones que se oyen en el teléfono cuando las líneas están ligadas. Cerré los ojos y me dormí.            Desperté a la madrugada. Amanecía. Oí el ruido del mate y olí el café barroso del colectivo. Algunos conversaban en voz baja. Oí que habíamos atravesado hacía un par de horas la capital de San Juan, y al mirar por la ventanilla casi doy un salto. La ruta se internaba en el desierto más puro que vi en mi vida. No había nada, pero nada de nada. Campos sin alambrar. No había animales ni plantas. Ni siquiera postes de luz. La tierra cubierta de piedras redondas. Al fondo del colectivo, un bebé empezó a llorar. Mi abuela dormía con la boca abierta.            Me levanté a buscar un café y cuando volví se había despertado y había sacado de no sé donde una de esas revistas gratuitas de los Testigos de Jehová. Una Despertad!. A veces las leía. Le dí mi café y fui a buscarme otro. En el camino me crucé con el pelado de camisa a cuadros, que se había sentado en el apoyabrazos del asiento y charlaba con los que tenía al lado. Me guiñó el ojo.            Me senté y me puse el walkman y oí un par de temas de “Canción animal”, de Soda Stéreo, que había salido un par de meses antes. Mi abuela me habló y me saqué los auriculares. Me dijo que no faltaba mucho para llegar. El colectivo se internó en un camino de tierra que bordeaba las montañas y al rato el chofer anunció que se veía el techo la casa. Nos asomamos a la parte derecha del colectivo. Abajo, en medio del valle solitario había una casita diminuta. Al costado de la casa había cinco o seis colectivos estacionados uno al lado del otro. Ya era de día.            Las montañas, quizás por el mineral del que estaban constituidas, eran rojas como las montañas de Marte que uno ve en las fotos de los viajes espaciales. El colectivo fue subiendo en espiral y después de una curva bajó abruptamente hacia el valle. Cuando estábamos llegando, algunos impacientes se pusieron de pie y se amontonaron en el pasillo. La puerta se abrió con una exhalación. Ayudé a bajar a mi abuela y me estiré. Había otros grupos de personas esperando, veinte o treinta por cada ómnibus. Mi abuela empezó a hablar de inmediato con dos mujeres de más o menos su edad, que tenían polleras gruesas y se habían llevado las reposeras. Poco después la vi sentada en una de las reposeras, tomando mates.            Afuera había viento y de inmediato se me taparon los oídos, supongo que por la altura. Oía como a través de una lámina.            La gente decía: si uno no cree, el Nene no puede hacer nada. Si uno no cree, no funciona, así de simple. El Nene usa la energía, la fe de cada uno. El chofer de nuestro colectivo, un hombre con el pelo corto y los hombros altos, que parecía carecer por completo de cuello, pasó entre nosotros diciendo que una chica iba a recoger los alimentos y que quizás el Nene se dirigiría a la multitud antes de empezar a atender. A veces salía y hablaba en voz alta, daba un mensaje que todos más o menos podían considerar como suyo, o rezaba junto a las viejas una novena del rosario. Lo había hecho un par de veces. Esta vez no lo hizo.                       La chica que pasó a recoger los alimentos estaba vestida como una testigo de Jehová. Pollera larga, camisa con hombreras. Decían que era la novia, la hija o la sobrina del Nene. Recolectaba los paquetes en una bolsa de consorcio. Cuando pasó al lado nuestro, mi abuela le mostró los spaguetis antes de dejarlos caer en la bolsa y le preguntó algo, no escuché qué. La chica no respondió en absoluto, ni siquiera con un gesto.            A las nueve, formamos una fila que entraba por una puerta a la casa del Nene y salía por otra. Pensé que había una cierta organización, por el bien de los que iban a verlo. Empezaron a pasar. Los que esperábamos de un lado tratábamos de ver si en los otros, en los que ya habían salido, podía registrarse algún cambio visible. Mi abuela, que tenía que formar la cola de pie, empezó a quejarse del dolor en las rodillas. Alguien le ofreció un banco de lona y ella se sentó. Había gente en silla de ruedas, gente con el ojo tapado por una gasa, gente con muletas, niños con labio leporino o con un barbijo que les cubría la mitad de la cara. Cuando llegó nuestro turno, me temblaban las piernas, un poco por el cansancio y un poco porque estaba excitado, ansioso. La puerta de la casa estaba abierta y había una esterilla de cuentas colgando del marco. Desde el interior llegaba una luz tenue y olor a incienso y a sahumerios. La chica que había recogido el alimento hacía pasar a las personas de a una, incluso si habían venido a acompañar o ayudar a alguien. En eso el Nene era inflexible. También los choferes tenían que pasar. Dejé a mi abuela primera y me quedé a un metro de la esterilla, mirando alternativamente la luz que venía del interior y a la chica con expresión impasible de empleado público. Oí la voz del Nene hablando con mi abuela. No entendía las palabras pero me asombraba la fuerza y la rispidez de esa voz, como si fuera la de un hombre de campo llamando a las vacas o algo así. Después un grupo de personas se puso a cantar y dejé de oírla. No sé si estaban esperando para ver al Nene o si ya lo habían visto. Cantaban: Señor, me has mirado a los ojos, / sonriendo, has dicho mi nombre, / en la arena he dejado mi barca, / junto a ti, buscaré otro mar.            Corrí la cortina y entré. Las paredes estaban cubiertas de estampas de la virgen y rosarios de distintos colores y materiales. Uno de los rosarios parecía hecho de flores, pequeñas rosas blancas. Era el comedor de una casa de campo. Había velas encendidas y derretidas en el piso y los muebles. Había olor a rosas, no a incienso ni a sahumerios. Pero no había rosas. El aire me oprimía la cabeza.            El Nene estaba de espaldas, haciendo algo con las manos, y tardó unos segundos en darse vuelta. Era morrudo y alto, muy alto, casi dos metros, y tenía el pelo largo y una barba rojiza, profusa, que le llegaba hasta el pecho. Estaba vestido con botas, camisa y bombacha de gaucho. Se acercó y me miró a los ojos. Se me destaparon los oídos. Tenía los ojos finitos y muy adentro de la cara, bordeados de una telaraña de arrugas. Me puso una mano en la cabeza y me largué a llorar. No quería hacerlo pero tampoco podía evitarlo. Me dijo: Todo lo que pasa es inevitable. Lo que pasó, no puede volver a pasar, no puede ser arreglado de ninguna forma. Luego me dijo algo que no puedo decirle a nadie.            Le dije que sí, que entendía. Cuando le iba a hacer una pregunta, me empujó con una fuerza un poco excesiva hacia la salida. Antes de salir, por otra cortina idéntica a la de la entrada, vi, en medio de una silla cubierta de velas, la foto de alguien desconocido que corría de espaldas a la cámara.            Mi abuela estaba sentada en una reposera que alguien le había cedido. Tomaba mate con otras viejas. Me sequé los ojos, me acerqué y me quedé al lado suyo. No pude hablar, por un largo rato. Cuando recuperé la voz le pregunté qué le había pasado. Yo tenía once años y en el lugar donde el Nene me había apoyado la mano tendría una cicatriz para toda la vida.            No sé muy bien, dijo mi abuela.            ¿Pero te sigue doliendo?, pregunté.            Sí, claro, dijo ella.

Monocigótico

           Mi papá era bombero y murió al caer de una antena. Contada entera, cosa que no sé si voy a poder hacer acá, es una historia muy extraña. Un chico se subió a la punta de una antena y después no supo cómo bajar. Estaba llorando a los gritos. Mi papá le dijo que se tranquilizara, que se agarrara bien fuerte y que no mirara hacia abajo. Y después empezó a subir la antena, apoyando la punta de la bota entre los alambres. Cuando estaba llegando cerca del chico se resbaló y se cayó. Dio de cabeza contra el techo. Así de simple. Lo metieron en una ambulancia del EMI y murió camino al hospital. Lo velamos a cajón cerrado, y mientras íbamos al cementerio, los compañeros del cuartel hicieron sonar la sirena de la autobomba. El silbido me puso la piel de gallina.            A la vuelta, le di un calmante a mamá y la acosté. Estaba como perdida. Esa noche no pude dormir. Prendí la lámpara del garaje, donde hacía años no se guardaba un auto, y empecé a clasificar lo que iba en cajas y lo que iba a la basura. Casi todo a la basura. Mi papá era de esas personas capaces de guardar diarios y revistas durante décadas. El garaje era su sala de juegos. Había una mesa de ping pong. Una guitarra criolla. Libros de toda clase. Algo de porno. Pero lo más importante eran las maquetas colgadas del techo. Dos aviones de guerra, seguramente de la Segunda Guerra, de la que mi papá era fanático y conservaba una colección de fascículos explicativos con grandes fotos. ¿Qué hacer con esas maquetas? Podía tirar una y guardar la otra. A mi papá le había llevado meses construirlas. Lo imaginé inclinado sobre el escritorio, en esas largas noches de verano, pintando las alas o las ruedas bajo la luz de la potente lámpara de pie, y alejándose unos pasos para ver el resultado, el trabajo bien hecho. Una sensación que es imprescindible tener de vez en cuando, para no perder la cabeza.            En el primer cajón del escritorio encontré una abrochadora, un montoncito de banditas elásticas y una revista Muy Interesante. En el segundo cajón encontré un sobre. Tenía mi nombre escrito en el anverso. Literalmente decía: "Para Francisco, en el caso de que me suceda alguna desgracia". En el interior había una carta. Era una carta larga, llena de consejos sobre la vida y boludeces por el estilo, pero lo importante es que revelaba que mi papá tenía una familia paralela, a la que veía de vez en cuando cuando viajaba “por obligaciones laborales”. Agregaba que sentía que era su deber, como bombero y hombre de bien, decírmelo, esperando que yo entienda y lo sepa perdonar. Fin.            Tardé un rato en recuperarme. Quemé la carta, y me pasé los siguientes días pensando qué hacer. Después me tomé un colectivo y fui al pueblo donde papá tenía su otra familia.            Llegué a las dos de la tarde. El pueblo era una aglomeración de casas tristes a cada lado de la ruta, con calles de polvo fino como la harina. Había dos plataformas en la terminal, y un kiosco lleno de moscas donde un hombre flaco (se le notaban las venas en los brazos, como gusanos bajo la piel) leía una revista. Me señaló al único taxista del pueblo, un tal Valdemar, que estaba durmiendo en el taxi con el asiento inclinado y la camisa abierta. Lo desperté y le pregunté por la familia y me dijo que no era lejos. Cuando llegamos, vi que en el frente de la casa había un cartel escrito a mano: Se asen costuras. Toqué el timbre. Un chico de mi edad abrió la puerta y se quedó mirándome. Luego me hizo pasar. El televisor estaba prendido y había olor a poxirán. Me senté y le dije quién era.            - Soy tu hermanastro. Nuestro padre tenía dos familias.            - Ya lo sospechaba – dijo él.            Después le conté que papá se había muerto cayéndose de una antena. Me preguntó qué día y a qué hora había muerto. Después me dijo que a la misma hora, el mismo día, se había muerto su mamá. Había estado agonizando durante muchas semanas y ese día él entró a su dormitorio con la sopa en una bandeja y ella aspiró una gran bocanada de aire y la fue soltando despacito. Cuando la terminó de soltar estaba muerta. Así de simple.            Se llamaba Fabio. Yo le dije que me llamaba Francisco.            - Las dos con efe – dijo él.            Después me contó que era fumigador. Cazaba ratas, pájaros, cucarachas. A veces se dedicaba a exterminar una población entera de palomas. Era un trabajo delicado. Se subía a una antena, dejaba un cebo en los hierros transversales, esperaba a que las palomas fueran a comer y entonces conectaba la antena a doscientos veinte voltios. Las palomas caían fulminadas, como en una lluvia. Le dije que era sorprendente la relación con la muerte de papá. Me dijo que nada lo sorprendía. Le pregunté por qué y no me respondió.            Después se levantó, desapareció por un pasillo y volvió con la foto de una mujer pálida, de rostro sufriente, como si le hubiesen estado a punto de dar una cachetada antes de sacarle la foto. Me dijo que era su mamá y que “cosía para afuera” para sobrevivir. En un rincón había una mesa de coser, y al lado una silla con un montón de ropa amontonada.            - Todo está como lo dejó – me dijo Fabio. – No me animo a tocar nada.            Dijo que hasta el último momento, su mamá habló de papá, que era el amor de su vida y que no entendía por qué no venía verla.            Cuando se hizo de noche, Fabio me invitó a comer. Cenamos viendo la televisión. Después se levantó y sin decir nada desapareció por el pasillo. Me quedé un rato viendo televisión y después me acosté en un sofá cama y me dormí. Me desperté a la madrugada. Fabio estaba de espaldas a mí, preparando café. Tenía puesto el traje con el que fumigaba: un enterizo blanco con la inscripción Doctor Muerte bordada en la espalda. Desayunamos juntos y me invitó a hacer una recorrida. Hoy tenía un solo encargo: un tambero al que las ratas le estaban devorando un galpón. Nos subimos al rastrojero de Fabio y él acomodó las herramientas en el acoplado.            Nos atendió un viejito pelado de dientes amarillos. A Fabio le decía “Doctor”. Sacó un manojo de llaves y lo seguimos hasta un portón con candado. Apenas abrió, salió una rata del tamaño de un gato de seis meses. El viejo y yo dimos un salto hacia atrás, pero Fabio se adelantó y le pisó la cabeza con el borceguí. La rata pataleó un instante y después se quedó quieta. Miré a Fabio. Tenía una expresión de venganza y honor en el rostro, como un japonés en la Segunda Guerra.            Después entramos y esparcimos un polvo rojo en distintos puntos del galpón, entre las máquinas, en los zócalos, bajo las chapas. Fabio me explicó que era un veneno con propiedades afrodisíacas. Las ratas lo comían y salían corriendo a coger. Así lo llevaban de un lado a otro. Al terminar, nos lavamos las manos y comimos unos sánguches con una Coca que compramos en un kiosco. Mientras comíamos, le pregunté a Fabio qué pensaba de papá. Se encogió de hombros. Me dijo:            - Todos los padres son iguales.            Esa noche fuimos a jugar al pool. Era una de las pocas actividades nocturnas del pueblo. Un salón largo, con tubos fluorescentes colgando del techo, cuarteto al mango y siete mesas de pool. Cuando entramos, un grupo de chicas que jugaban en una de las primeras mesas se alborotó. ¡Llegó el Doctor, llegó el Doctor!, se decían entre sí. Fabio se acercó a una de las chicas y le pegó una palmadita en las nalgas.            - Fumiguemé – dijo ella. – Estoy sucia.            Elegimos una de las mesas del fondo y compramos una cerveza. Jugamos sin hablar, porque hubiésemos tenido que gritar encima de la música. Fabio jugaba bien, concentrado. Me ganó tres partidos seguidos y cuando estábamos a punto de terminar el cuarto, la chica a la que le había palmeado la cola se acercó, lo agarró de la nuca y le estampó un besazo en la boca.            - Estoy jugando – le dijo Fabio.            - Sos un asco – le dijo la chica.            Era linda, con el pelo atado en una cola de caballo y un pullover encima del jean, pero cuando la vi de frente noté que tenía un ojo completamente blanco, como una bolita de porcelana. Daba un poco de impresión. Fabio me la presentó como “La reina de la batata”. Seguimos jugando y Fabio me ganó por muy poco el último partido. Después pagamos y salimos. Había un tipo apoyado contra el rastrojero de Fabio. Tenía los brazos cruzados y parecía indignado.            - Uh, pero que hinchapelotas – dijo la Reina de la batata.            - Vos no te metas – dijo el tipo.            Fabio avanzó con la llave, para abrir la puerta, y el tipo se adelantó y lo empujó con el hombro, las manos detrás de la espalda.            - Qué – le dijo a Fabio.            - Qué – le dijo Fabio.            - Qué – repitió el tipo.            La Reina de la batata se tapó la cara con una mano.            - Me dan vergüenza – les dijo.            El tipo tiró una trompada y Fabio la esquivó pero en el movimiento se golpeó la frente contra el capot del rastrojero. Se llevó la mano a la cabeza y le empezó a salir sangre entre los dedos. La Reina de la batata entró de nuevo al pool.            El tipo parecía asustado. Miró alrededor y salió corriendo.            Le pregunté a Fabio si estaba bien. Hizo que sí con la cabeza. La Reina de la batata salió del pool con dos hielos. Se los dio a Fabio. Él se puso los hielos en el corte y al rato la herida se había cerrado. Subimos al auto y fuimos a dar una vuelta por el pueblo. Fabio manejaba, la Reina de la batata iba en el medio y yo contra la ventana. La Reina me dijo que se llamaba Agustina, que vendía celulares, que estaba aburrida, que quería estudiar actuación con Norman Brisky, que pintaba naturalezas muertas y que de chica había bailado danza contemporánea. Era una máquina de hablar.            - Adrián es un loco y hay que encerrarlo en un loquero – me dijo. Supuse que hablaba del tipo que le había querido pegar a Fabio. – Fuimos novios en la secundaria y entonces cada vez que salgo con alguien él investiga y me persigue. Creo que mamá le dice. Mamá lo quiere mucho. Es un chico bueno, pero un poco pelotudo. Mi amor se terminó, es lo que no puede entender. Algún día voy a hacer una denuncia. Aunque no creo que me den bolilla. Un tío que es policía me dijo que ellos están para cosas más importantes. Pero lo que es él, está sentado todo el día comiendo. La policía ya no resuelve casos. No sé muy bien qué hace. Mi mamá se enoja cuando le digo esto. Pero hay que abrir los ojos y darse cuenta. ¿Viste como tengo el ojo? – me preguntó.            Le dije que sí.            Dábamos vueltas con el rastrojero enfrente de la plaza. El “centro” del pueblo. Una cuadra. Había familias tomando helado o caminando, chicos que se apelotonaban en los bancos, camionetas Hilux con los vidrios polarizados moviéndose con lentitud.            - Me clavé una estaca cuando era chica – dijo ella. – Fue el dolor más grande que tuve en mi vida. Si no fuera por eso, creo que hoy sería famosa. Me gustaría estar en la televisión. Es mi sueño.            Fabio se rió. A contraluz, vi que le había salido un chichón en el lugar donde se había golpeado, como un pequeño cráter o un volcán.            - Vos callate, Doctor Muerte – dijo la chica. – Tengo aptitudes para hacer lo que sea. Fui abanderada en el colegio y presidenta del centro de estudiantes.            - Vamos a abastecernos – dijo Fabio.            Paró el rastrojero frente a un kiosco y volvió con un tetrabrik de sangría preparada.            - Una maravilla de la ciencia moderna – dijo Fabio.            Abrió la guantera, sacó un tramontina y cortó una de las orejas del tetra. Tomó un trago largo, se lo pasó a Agustina, que también tomó y me lo pasó a mí. Era la bebida más horrible que probé en mi vida. Seguimos tomando y charlando hasta que en el medio de una conversación, Agustina levantó la mano y anunció:            - Tengo que hacer pis inmediatamente.            Fabio dobló en la esquina y nos metimos por una calle bordeada de eucaliptus. Detrás había unos grandes silos metálicos, galpones, estructuras de metal indescifrables a esa hora. Fabio detuvo el rastrojero, bajamos. Yo llevaba el tetra con el líquido horrible, del que a veces tomaba un trago. Estaba oscuro pero había una luna casi llena y todo tenía un resplandor platinado. Las cortezas de los eucaliptus resplandecían.             - ¿Te molesta verme hacer pis? – me preguntó Agustina.            Le iba a decir algo pero de inmediato se bajó los pantalones y empezó a hacer pis. El charco que se formaba en la tierra despedía vapor. Como no tenía papel, movió la cadera hacia atrás y hacia adelante para secarse las últimas gotas. Después se levantó y se subió el jean.            - Listo – dijo. – Ahora vos.            Se acercó a Fabio, le bajó la bragueta y le sostuvo el pito mientras hacía pis. Parecía una madre con un hijo pequeño. Después se lo sacudió. Me miró.            - Yo no tengo ganas – le dije.            - Si tenés – me dijo Fabio.            Agustina me bajó la bragueta y me agarró el pito. No lo tenía parado, pero sí un poco despierto, y me costó echar las primeras gotas. Agustina se rió y me felicitó. Cuando estábamos en el auto me preguntó si había leído a Henry Miller. Le dije que no.            - Ah – dijo ella. – Es uno de mis autores favoritos. Me ayuda a sobrevivir en este pueblo de mierda. Está siempre cogiendo con dos o tres personas distintas. A mí me gustaría ser así.            Le apoyó una mano a Fabio entre las piernas. Fabio no se inmutó.            Fuimos a la casa y sacamos una cerveza de la heladera y nos pusimos a tomar y a charlar. Yo me senté en el piso, Fabio y Agustina en el sofá cama.            - Así que son medio hermanos, qué maravilla – dijo Agustina.            Le dio a Fabio un largo beso en la boca. Yo aproveché para tomar un trago. Miré hacia otro lado.            - Vos me caés bien – dijo Agustina. – Muy bien. ¿No te enojás si hago esto?            Se inclinó sobre mí y me besó. Sentí su lengua tibia y con olor a alcohol moviéndose dentro de mi boca.            - Me encantan los hermanitos – dijo Agustina, riéndose. – Me caen bien los dos.            Y siguió besando a Fabio y besándome a mí, por turnos. Cuando me di cuenta, Fabio le había subido el pullover, le había desabrochado el corpiño y estaba chupándole una teta.            Agustina me llamó con la mano.            - Vení. Vení – me dijo.            Me levanté y fui.            A la mañana siguiente, cuando me desperté, estaban cogiendo en la pieza. Los escuchaba gemir acompasadamente, escuchaba los ruidos líquidos del sexo. Me vestí y busqué mi bolso y me volví a mi ciudad.            Después pensé mucho en lo que pasó. Quería buscar algo, un orden o una moraleja, pero por más que daba vueltas no lo podía encontrar. Lo que sí pensé es que hubiera querido verlos por última vez. Despedirme de alguna forma. Pero era mejor no molestarlos. Estaban tan lindos.

Una casa llena de insectos



1

 

            Esa mañana aparecieron unos cachorros abandonados. Los encontró un albañil joven, a pocos pasos de la obra, en el interior de una bolsa bien anudada. Primero oyó el llanto, que le llamó la atención, después buscó el lugar de donde venía y encontró una bolsa que lloraba. Una bolsa negra de basura tirada en el pasto, llorando. Algo se movía ahí adentro, el albañil se quedó mirándola y se inclinó y la desató. De la bolsa salió caminando un perrito de no más de dos meses, marrón, escoltado por otros cuatro que se tropezaban y se mordían entre sí. El albañil joven levantó uno y vio la panza hinchada y tirante. Tenía olor a leche.            El albañil joven llamó al encargado de la obra. El encargado miró a los cachorros y dijo que eran muy chicos para sobrevivir sin la madre. Y como hacía cada vez que su perra tenía crías, decidió que había que ahogarlos. El mejor lugar era un tacho de doscientos litros lleno de agua. Los metía en la bolsa, hundía la bolsa en el agua con un palo durante cinco minutos y ya estaba. Era eso o dejarlos morir de hambre y de frío.            Así que se puso a recoger los cachorros en la bolsa. En eso llegó Sergio, le pidió fuego y le preguntó qué estaba haciendo. Sergio era el albañil más viejo de la obra, uno que había trabajado en muchos lugares y andaba en una bicicleta de carrera. El encargado le dijo que estaba por ahogar a los cachorros. Después, por hablar nomás, le preguntó si no quería quedarse con uno. Abrió la bolsa y le mostró a los cachorros. No sé, dijo Sergio. No tengo mucho lugar en casa.            Lleveseló, dijo el encargado. Le va a hacer bien una compañía.            Sergio metió la mano en la bolsa y sacó a uno de los cachorros levantándolo de la piel. El perro estaba quieto, con los ojos cerrados y las piernas extendidas, durmiendo.            Este puede ser, dijo Sergio.            Ya va a ver que le gusta, dijo el encargado.            Después anudó la bolsa y la hundió en el agua.

 

2

 

            Sergio dejó al cachorro en una caja de cartón que encontró por ahí y trabajó toda la mañana levantando una pared. Ponía una cucharada de mezcla, acomodaba el ladrillo recién humedecido sobre la pared y le daba pequeños toquecitos con el mango de la cuchara para emprolijarlo. Al mediodía, cuando trajeron los sánguches y la Coca, Sergio se acercó al cachorro y le dio un pedacito de salame milán. Después le puso agua en una lata de picadillo. El perro comió el salame y tomó el agua y se echó una meadita sobre el cartón. Los albañiles más jóvenes se reían y le tiraban cascotes. El perro se durmió.            Al atardecer, cesaron los martillos y el ruido de la mezcladora y de la radio Popular. Los albañiles se lavaron las manos en el tacho donde habían ahogado a los otros cachorros y se fueron a tomar una cerveza. Sergio se subió a la bicicleta, se metió el cachorro en el bolsillo de la camisa y se fue. El cachorro sacó la cabeza del bolsillo y fue mirando a su alrededor con tranquilidad.

3

             Sergio alquilaba en San Vicente, justo al frente del río, una pieza sin divisiones, con las paredes descararadas por la humedad y una ventana que daba a la calle. En verano, la casa se llenaba de los insectos que salían del río y cruzaban la vereda: cucarachas, mosquitos, moscas. También alacranes. Sergio tenía pocas cosas: una mesa de madera y una silla, un calentador con una garrafa y una pava ennegrecida, un tenedor amarillento y un tramontina, y en una estantería, tres libros fundamentales para él: El Martín Fierro en una vieja edición ilustrada, la Biblia Latinoamericana y un Manual de Física Elemental sin tapas. Toda su vida estaba basada en esos libros.            Esa noche, al llegar, le hizo una cucha al perro con un pullover viejo. Después le dio de comer unos pedacitos de pan mojados con leche y cuando estaba comiendo pensó en ponerle un nombre. Lo pensó y después le dijo: Te llamás Martín, por Martín Fierro. Hacía mucho tiempo que Sergio no hablaba con nadie fuera de la obra, y el sonido de su propia voz lo asombró. Después comió, se acostó y apagó la luz. Martín, el cachorro, empezó a llorar. Sergio volvió a prender la luz y el cachorro enmudeció. Callate, Martín, le dijo Sergio. O te hago cagar. Pero apenas apagó la luz, el perro volvió a llorar. Al final, Sergio tuvo que dejar la luz prendida para dormir.            A la mañana siguiente, le dijo: Yo me voy a trabajar. Vos portate bien y a la noche comemos juntos. Le dejó un poco de leche y un poco de agua.            Cuando volvió, nueve horas después, la casa era un desastre. Había cagadas en forma de espiral y charcos de meada por todo el piso, las ojotas nuevas de Sergio tenían marcas de dientes y una de las tiras estaba destrozada, las sábanas estaban cubiertas de pelo. Sergio se enfureció y agarró a Martín y cruzó la calle y estuvo a punto de tirarlo al río. Después se arrepintió y volvió a cruzar con el perro mientras le decía: ¿Qué sabés vos? Vos no sabés nada. El perro lo miraba sin entender.           

 

4

 

 

            A los dos meses, Martín era un cuzco flaco, nervioso, de ojos saltones y orejas largas y finas. Una mezcla de muchas razas y estilos distintos. Le ladraba a los autos, a los otros perros y a todo aquel que pasara frente a la casa de Sergio.            A la madrugada, antes de partir hacia la obra, Sergio lo sacaba a la calle y el perro se quedaba dando vueltas bajo los eucaliptus que bordeaban el río en ese flanco, persiguiendo a las ratas entre los escombros. Se había hecho amigo de los chicos que andaban en el río, chicos pobres que vivían cruzando el puente y conocían a Sergio. A la noche, sobre todo cuando hacía mucho frío, Sergio lo dejaba entrar. Pero era un perro maligno, como decía él, que enseguida se ponía a morder sus zapatillas o tumbaba algo y entonces Sergio le pegaba una patada y lo volvía a sacar. Afuera, el perro se ponía a llorar. Sergio abría la puerta para cagarlo a palos y Martín salía corriendo.            El mejor momento para los dos era el sábado a la tarde. Sergio calentaba agua y se iban a tomar mates a la costanera, mirando las montañas de escombros, las ramas podridas que el río acumulaba en las orillas, las bolsas de basura que tiraban los vecinos. Se sentaban uno al lado del otro y Sergio le contaba de cuando era chico y había visto unas ratas devorar a un perro de su tamaño. Oyéndolo, Martín levantaba la pata para rascarse la oreja llena de pulgas o una garrapata en el cuello. Entonces Sergio, que había oído que hay que matar a las garrapatas antes de sacarlas, se prendía un 43/70 con olor a bosta de caballo, calaba hondo para formar una brasa y acercaba la punta a una de las garrapatas. Martín gemía, ladraba y le tiraba un tarascón a la mano de Sergio.            Sergio le pegaba una patada y le decía: Salí, infeliz.            A veces aparecían los chicos, le pedían prestado al perro y lo animaban a entrar en el río. Martín nadaba bien, con la cabeza y las orejas bien altas, en una posición orgullosa. Después se sacudía el agua en la orilla y se revolcaba alegremente en la tierra seca de la costanera, corría hasta donde estaba Sergio y le llenaba de tierra la latita de azúcar. Sergio le tiraba una patada y Martín la esquivaba y le ladraba. Se quedaba mirándolo, a unos metros, con las orejas caídas. Sergio buscaba un cascote y se lo tiraba.            Era el fin de las tardes de los sábados.

 

 

 

5

             Llegó el frío. Terminaron la obra donde habían ahogado a los cachorros y a la semana empezaron otra, un edificio de siete pisos en barrio General Paz. A Sergio le quedaba cerca, cruzando el nudo vial. En las subidas, llevaba la bicicleta al costado o se la cargaba al hombro. En las bajadas, no tenía que pedalear y pensaba en cualquier cosa. Amanecía después de la siete y media, atardecía temprano. Sergio sacó del ropero una campera gastada de corderoy, guantes y un gorro de lana. Últimamente se sentía frágil. Un par de noches había despertado tosiendo, con el pecho cerrado y una sensación de ahogo, como si en la oscuridad de la pieza húmeda tuviera que lidiar con un peso insoportable. Entonces prendía la luz y todo seguía en su lugar, la pava sobre el calentador, su ropa en la silla, Martín durmiendo enrollado en una esquina, las migas y el plato sucio de la noche sobre la mesa. Después volvía a dormir y soñaba con que lo declaraban muerto y lo enterraban vivo. Era raro, y hacía mucho tiempo que no sentía nada raro. Era como si el mundo estuviese cambiando de color, virando lentamente al amarillo. En la obra, los baldes llenos de mezcla que le arrojaban desde el piso le parecían más pesados que antes. Algunas tardes los albañiles jóvenes o el encargado tenían que llamarlo un par de veces para que se diera vuelta. Sergio estaba distraído, pensando en muchas cosas. Recordaba a su padre, que también era albañil y se había muerto al caer de un andamio en el sesenta y dos. Esos recuerdos eran vívidos, mucho más vívidos que los recuerdos de la semana pasada o de la tarde anterior. Una noche, se despertó tosiendo y al prender el velador vio gotitas de sangre en las sábanas.            El sábado siguiente, tomando mates al borde del río, pensó en ir a visitar a su hermano. Su hermano se llamaba Oscar y estaba internado en el neurosiquiátrico por alcoholismo. Sergio también había pasado una temporada por ahí, y lo recordaba ahora con mucha nitidez. No era un buen lugar. Su hermano era el único pariente que le quedaba. Sergio nunca se había casado ni había tenido hijos. Podría llevarle una pastaflora, un budín. Después lo pensó mejor y se dijo que no sabía siquiera si su hermano seguía ahí, o si seguía vivo, o si en ese caso lo reconocería, ya que no se veían desde muchos años atrás.            En eso, una nube tapó el sol. El aire se oscureció de golpe. Sergio se cebó un mate y vio que se había levantado una tormenta en el sur y que en breve se iba a largar a llover, quizás con piedra. Se empezó a levantar viento y Sergio juntó la yerba y la latita de la azúcar y el mate. Antes de meterse en la casa, llamó a Martín con un silbido pero el perro no apareció por ninguna parte. Apenas había entrado, cayó un rayo cerca y se cortó la luz.

 

6

             Llovió toda la noche del sábado y la mañana del domingo, pero esa siesta el viento despejó las nubes y salió el sol. Sergio abrió la ventana y vio que el río había crecido durante la noche. El agua fría y llena de barro podía escucharse a la distancia, un rumor parejo y grave como el de la mezcladora de cemento. Sergio salió de su casa con un cigarrillo encendido y llamó a Martín varias veces, pero el perro no apareció. En el puente, había una pareja joven mirando la corriente crecida. Sergio cruzó la vereda y vio que, en la otra orilla, los chicos que andaban todo el día por el río le gritaban algo. No escuchó lo que decían pero por las señas miró hacia la derecha y vio a Martín, trepado a una loseta de cemento, en medio de la corriente. El agua seguía subiendo y el perro hacía equilibrio en la punta de la loseta. Sergio se acercó y el perro lo vio y metió una pata en el agua pero perdió el equilibrio y casi se cae. Empezó a ladrarle.            ¡Vení para acá!, le gritó Sergio, pero el perro metía una pata en el agua y después lo miraba y le volvía a ladrar. Sergio pensó que la crecida lo había agarrado cruzando el río y que ahora se iba a morir. Se iba a morir ahogado, como sus hermanos en el tacho. Era una lástima. Se quedó mirándolo un segundo y después se dijo: La puta madre que lo parió con este perro. Miró el agua sucia y helada, se sacó las zapatillas y se metió en el río.

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