PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Rodríguez Corbí, Gloria (Chemical Way)

Una vida corriente



7:15

Mara subió corriendo los últimos peldaños de la escalera que daba acceso a su preciosa casa. Entró en silencio, subió al piso de arriba quitándose la camiseta por el pasillo y se metió directamente en la ducha. El agua fresca era tonificante después de su carrera diaria. Se envolvió en una toalla, se soltó el pelo y se miró en el espejo. Sonrió. Perfecta y feliz, como de costumbre. Entró en su dormitorio y despertó a su marido.            —Arriba, perezoso. Hace un día espléndido —anunció levantando la persiana.            Daniel se sentó en la cama frotándose los ojos.            —¿Ya vienes de correr?            Mara se acercó a él y le dio un beso.            —Claro, y ya me he duchado. Es tu turno.            —Siempre me preguntaré de dónde sacas toda esa energía —dijo Daniel entre bostezos, entrando en el baño.            Mara rió. Su risa era musical y cristalina.

7:47

Cuando Daniel, vestido y listo para ir al trabajo, bajó a la cocina, Mara había preparado un café delicioso que se olía por toda la casa y ponía la mesa para el desayuno de los niños. Daniel saboreó su café en dos minutos, mirando por la ventana, y luego se dispuso a salir. Mara estaba junto a la puerta, tendiéndole las llaves del coche con una preciosa sonrisa.            —Ya sabes que esta noche tengo reunión en casa de Teresa.            —¿Vuelve a ser cuarto jueves de mes? —preguntó Daniel y se inclinó para besarla.            Ella le devolvió el beso.            —Exacto, cuarto jueves de mes. Día del club de chicas. ¿Volverás a las seis?            —Estaré aquí como un clavo.            —Ten cuidado, cariño —dijo Mara despidiéndose de su marido.

8:05

Mara despertó a sus hijos, una niña de seis años y un niño de cuatro. Los lavó, los vistió, los peinó y, mientras desayunaban, puso la lavadora e hizo las camas. Se peinó y se maquilló ligeramente. Luego preparó el almuerzo de los niños, lo metió en sus bolsas, recogió los platos y tazas del desayuno y se metió en el coche con sus hijos, al tiempo que dirimía alguna discusión entre ellos.

9:00

Desde la calle, Mara dijo adiós a los niños con la mano, volvió al coche y condujo hasta el supermercado. Recorrió los pasillos empujando el carro con una sonrisa. Pasta, cereales, mucha verdura. La cola de la caja era larga pero a ella no le importaba esperar. Saludó a un par de conocidas del colegio y tarareó la melodía del hilo musical. Al llegar su turno, tuvo una conversación corta pero cordial con la cajera.

10:40

Después de descargar las cosas del supermercado, Mara tendió la ropa y se dedicó el resto de la mañana a limpiar la cocina y los dos cuartos de baño.

13:30

En medio de un atasco, Mara golpeó el volante suavemente al compás de la canción de la radio. Había quedado en un restaurante tranquilo con algunas mamás del comité del colegio para programar la función de Navidad de los niños. Aún faltaban dos meses, pero ellas eran muy organizadas y no dejaban nada al azar. Mara llevaba ya cuatro años en el comité y sus compañeras estaban encantadas con ella. Era una mujer extraordinariamente práctica, inteligente y enérgica. Contar con ella era maravilloso. Las cinco mujeres comieron y charlaron animadamente. De los niños, de sus maridos, de recetas de cocina, de coches y de programas de televisión. También chismorrearon un poco. En la sobremesa, disfrutando de un café, debatieron sobre la función de Navidad y, al final, consiguieron ponerse de acuerdo sobre las piezas a representar y los disfraces de los niños. Gracias a Mara, hicieron un buen trabajo. Las piezas serían fáciles de aprender pero resultarían muy vistosas, y los disfraces serían baratos. Era una suerte contar con una mujer como Mara. Era tan creativa. Las amigas se despidieron, quedando para reunirse otra vez en un par de semanas.

16:03

Mara entró en la biblioteca. Necesitaba un par de libros para un trabajo de la universidad. Por las noches estudiaba y preparaba sus exámenes de psicología. Era ya su tercer año y le estaba resultando muy fácil. Tenía un gran poder de concentración y apenas le robaba tiempo. Encontró los dos libros que necesitaba. Qué suerte. Se dirigió al mostrador y saludó a la bibliotecaria con una sonrisa. Ya podía empezar a preparar su trabajo, aunque no esa noche. Era cuarto jueves de mes.

17:10

Mara acabó de ajustar las sillitas de viaje de sus hijos y se metió en el coche otra vez. Vuelta a casa. Estaba un poco cansada, pero era su noche especial y eso la hacía olvidarse de todo.

17:55

—Cariño, ya estoy aquí –dijo Daniel cerrando la puerta tras él.            Los niños corrieron a abrazar a su padre, que cogió uno con cada brazo y los levantó, simulando que era un avión. Los niños rieron.            —Has venido pronto —­­­gritó Mara desde la cocina.            Daniel bajó a los niños, que corrieron de nuevo hacia la televisión, y se acercó a su esposa.            —Es tu noche especial. No quiero que te retrases.            Mara dejó los preparativos de la cena, se volvió y abrazó a su marido.            —Tengo el mejor marido del mundo. Soy muy afortunada.            —No, cariño —dijo él, besándola—. Yo soy el afortunado.            Daniel ayudó a Mara a acabar la cena y, mientras los niños comían, ella subió a su habitación a prepararse. Se vistió con ropa cómoda, cogió su bolso y se dispuso a salir.            Daniel y sus hijos la despidieron en la puerta.            —Ten cuidado, Mara.            —No te preocupes. Acuesta a los niños pronto, no me gusta que se duerman en el sofá viendo la televisión.            —Lo sé.            —No volveré tarde.            —Vuelve todo lo tarde que quieras. Y diviértete con tus amigas.            Mara dijo adiós a sus hijos y a su marido y caminó hacia el coche.            Daniel la contempló un momento antes de cerrar la puerta. Su esposa era la mujer perfecta: cariñosa, inteligente, trabajadora. Cada día daba gracias por tenerla. No creía que nadie más fuera capaz de manejar dos criaturas, una casa tan grande, un marido y unos estudios universitarios sin ningún tipo de ayuda y siempre son una sonrisa preciosa en su hermosa cara. No sería él quien se quejara de su reunión de chicas una vez al mes. Al fin y al cabo, a él le daba la oportunidad de disfrutar de sus hijos. Se sentó en el sofá al lado del niño pequeño y la niña se sentó a sus pies.

20:10

Mara tocó el timbre de la puerta. La casa era enorme y blanca. Una casa preciosa. Una mujer alta abrió la puerta.            —Señora, llegas muy pronto.            —Hola, Teresa. Sabes que me gusta prepararme con tranquilidad.            —Adelante. Estás en tu casa.            Mara atravesó el espacioso vestíbulo con decisión. Pasó ante el arco que daba acceso a un gran salón con la chimenea encendida pero ella se dirigió a una puerta pequeña bajo la escalera. La abrió, entró y la volvió a cerrar tras ella. Comenzó a bajar los estrechos peldaños que conducían al sótano. Descendió el equivalente a dos pisos con paso firme y entró en una habitación poco iluminada con una serie de taquillas de madera adosadas a una pared, lo que la hacía parecer un vestuario. Mara abrió una de las taquillas, se descalzó, se quitó la ropa, cogió la túnica negra y se la puso.            —Hola, señora —la saludó una mujer joven que entró en la habitación mientras Mara doblaba su jersey y lo metía en su taquilla.            —Hola, hermana. Bonita noche.            —Sí, una noche preciosa —dijo la joven desnudándose.            —¿Sabes si vendrán todas? —preguntó Mara.            La joven se puso su túnica negra, se soltó el pelo y guardó su ropa.            —Espero que sí, señora. La ceremonia de este mes es muy importante.            —Tu trabajo no es esperar, sino organizar —dijo Mara con voz cortante y una mirada gélida.

La joven disimuló mal su nerviosismo.

—Claro, por supuesto. Quiero decir... Sí, lo he organizado todo y está previsto que nos reunamos todas esta noche.

—Bien —contestó Mara—. Voy a prepararme. Avísame cuando todo esté dispuesto.

—Sí, señora —dijo la joven con una ligera reverencia.

Mara entró por una pequeña puerta al fondo del vestuario. La habitación era pequeña, fría y estaba bastante oscura. Se arrodilló en el frío suelo y empezó sus oraciones.

20:56

La joven abrió la puerta con timidez.            —¿Ya es la hora? —preguntó Mara con voz seca y fuerte.            —Sí, señora.            —¿Están todas?            —Sí, señora —repitió la chica sonriendo.            Mara se puso en pie, purificada por sus oraciones.            —Bien. Vamos allá.            Caminaron juntas por un pasillo amplio, iluminado por algunas bombillas de baja potencia que colgaban del techo. Al final del pasillo, dos enormes puertas entreabiertas de madera maciza dejaban escapar una suave luz amarilla y una especie de cántico lento.            —Va a ser una ceremonia preciosa, si me permitís que lo diga.            —¿Y el sacrificio? —preguntó Mara muy seria, deteniéndose ante las puertas.            La joven sonrió otra vez, visiblemente emocionada.            —Teresa lo ha conseguido. Un varón blanco de seis semanas.            Mara respiró hondo y sonrió a su vez, con una expresión muy diferente a la de las sonrisas de su vida corriente. Esta estaba cargada de crueldad y triunfo.            —Perfecto. Sencillamente perfecto.            Empujaron las puertas. La enorme sala abovedada estaba iluminada por miles de velas y llena de mujeres con túnicas negras que canturreaban. Al ver a Mara, se apartaron para formar un pasillo y ella caminó, decidida, segura y fría, hacia el altar.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de